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miércoles, 23 de julio de 2025

Manual para sobrevivir al visto (sin perder la dignidad ni el WiFi)

Última actualización: justo después de que me dejaran en visto por quinta vez esta semana.

Estado emocional: Estable, pero con tendencia a dramatizar.

Nivel de batería: 17%. Como mi fe en la humanidad.

Manual en mano, dignidad encendida y WiFi intermitente... pero seguimos vivos.

Dicen que el universo está lleno de misterios: agujeros negros, dimensiones paralelas y mujeres que te dejan en "visto" sin culpa alguna. El “visto” es un fenómeno moderno con tintes paranormales, un regalo cruel de la tecnología que nos da marquitas azules para recordarnos que la conexión humana no siempre sigue el ritmo del WiFi.

Ocurre rápido, te deja en sombra, y nadie te explica por qué. Tú escribes algo con cariño, con chispa, con intención. Ellas lo leen. Y luego… silencio. Ni un emoji. Ni un “jajaja”. Ni siquiera un “ok”. Solo esas dos marquitas azules que brillan como ojos de gato en la oscuridad. Y tú ahí, como un náufrago digital, esperando respuesta en una isla llamada “esperanza”.

Pero no todos los vistos son iguales. Para sobrevivirlos, primero hay que conocer sus formas. Uno, que ya ha desarrollado cierta sensibilidad para detectar microdesprecios, empieza a reconocer patrones. Hay tipos de visto. Estilos. Escuelas. Técnicas refinadas de ignorar con clase. Aquí los más comunes:

1. Visto glacial: Leído a las 10:03 a. m., ignorado hasta el fin de los tiempos. Como aquella vez que le escribí a Ana un poema improvisado, vi las marquitas azules, y aún estoy esperando su respuesta… desde 2023.

Efecto: congelamiento emocional, dudas existenciales y revisión compulsiva de ortografía.

2. Visto explosivo: Leído, ignorado… y tres días después ella te manda un sticker de un gato bailando.

Efecto: confusión, risa nerviosa y la tentación de googlear “¿cómo interpretar un sticker de gato bailando?”

3. Visto zen: Leído, ignorado, pero ella te manda un meme en otra conversación.

Efecto: iluminación súbita sobre tu lugar en la jerarquía afectiva.

4. Visto búmeran: Leído, ignorado… pero días después ella responde como si nada, retomando la conversación sin mencionar el abandono.

Efecto: confusión existencial. ¿Finges que no esperaste? ¿Respondes con naturalidad o con sarcasmo?

5. Visto espejo: Leído, ignorado… y luego ella publica una frase en su estado tipo: “A veces el silencio dice más que mil palabras.”

Efecto: indignación y autoanálisis. ¿Es indirecta? ¿Es poesía? ¿Es sadismo?

6. Visto con presencia: Leído, ignorado… y ella sigue en línea, chateando con otros (en realidad, tu piensas en singular), mientras tu mensaje flota en el limbo digital.

Efecto: sensación de ser ignorado en tiempo real, con conexión estable y elegancia pasiva.

7. Visto holograma: Leído, ignorado... y días después ella responde como si hubieran estado conversando por telepatía todo este tiempo.

Efecto: choque temporal, dudas metafísicas y necesidad de consultar con tu terapeuta.

Después de este desfile de indiferencias creativas, es imposible salir ileso. Pero no todo está perdido. Existen formas de resistir sin perder la elegancia (ni los datos móviles). He probado varias. Algunas funcionan. Aquí las más efectivas:

1. Date un respiro:
 
Aceptar que, para ella, tu mensaje no fue prioridad. Preguntarte si ella merece espacio en tu mundo.

Efecto: claridad mental.

Advertencia: no hiperventilar frente a la pantalla.

2. No reenviar el mensaje: El silencio ya habló. Repetirlo solo debilita tu dignidad.

Efecto: preservas tu elegancia emocional.

Advertencia: resistir la tentación de escribir “¿hola?” tres veces.

3. Evitar el “¿me leíste?”: Ella lo leyó. Tú lo sabes.

Efecto: orgullo intacto.

Advertencia: la urgencia pasará. Como todo.

4. Componer una balada épica: Escribir una canción sobre el visto y cantarla en la ducha hasta recuperar la autoestima.

Efecto: liberación emocional.

Advertencia: no uses Autotune. Al menos no todavía.

5. Moverte: Bailar un merengue, lavar los platos, hacer origami. Escribir en tu blog (¡Hola!)... O simplemente salir a respirar aire de verdad.

Efecto: distracción saludable.

Advertencia: no bailes frente al celular esperando que ella responda. Eso ya lo hiciste.

6. Reformular el silencio: Ella tiene el alma en modo avión, aunque el WiFi funcione. No recibe ni envía afecto, atención o palabras… al menos de ti. Señal emocional: fuera de cobertura.

Efecto: cambio de perspectiva.

Advertencia: no creerse demasiado el propio discurso, aunque funcione.

7. Practicar el visto inverso: Leído, ignorado… ahora por ti. No por venganza, sino por equilibrio cósmico.

Efecto: poder momentáneo, leve culpa, paz interior.

Advertencia: usar solo con reincidentes.

Con estas herramientas en mano, el “visto” deja de ser un abismo y se convierte en un desafío superable. Respira. Porque al final, no deberías hacer tanto drama. Si ella no responde, puede que simplemente no quiera. Tal vez no eres para ella lo que crees que eres, o lo que quisieras ser. O quizás sí lo eres, pero justo en ese momento estaba ocupada, se distrajo, o se le cruzó una mosca existencial.

En cualquier caso, no puedes hacer nada. Y eso, aunque duela, también es liberador.

Mejor dedícate a quien sí quiera hablar contigo en el momento. O lee un libro. O duerme. O escribe en tu blog (¡ejem!). A la larga, si ella quiere, te escribirá. Y si no… te evitarás mucho sufrimiento innecesario.

El “visto” no te borra, te redirecciona.

Alrededor de esta fogata digital, por ejemplo, seguimos contando historias, incluso cuando el “visto” intenta apagar las brasas. Yo, para consolarme, a veces imagino que existe un servidor celestial donde se almacenan los mensajes ignorados. Un espacio digital, medio místico, donde los “hola” sin respuesta flotan como cometas, y los “¿cómo estás?” orbitan sin destino.

En ese servidor celestial, en ese mismo lugar donde se acumulan las palabras que nadie escuchó (véase mi otra entrada: Manual para no ser escuchado), estoy seguro de que también hay un rincón reservado para los textos leídos y abandonados. 

Y aunque nadie los recoja, aunque nadie los responda, yo sigo escribiendo. Porque si existe ese lugar, entonces cada palabra que lanzo al vacío no desaparece: flota como una linterna encendida en una noche sin respuestas. Y eso basta.

Hablar, incluso sin eco, sigue siendo mi forma de habitar el mundo.

Y si alguna vez llega una respuesta, yo tendré intactas mis ganas, mi presencia, mi humanidad… para quien quiera compartirla en un mensajito.

Y si no…

que al menos me manden un ponquecito... Sin pasas.

Ya saben por qué (Si no, vean mi otra entrada).

martes, 22 de julio de 2025

Ruido de fondo (3:17 a.m.)

Siempre he necesitado dormir con el televisor encendido. No por entretenimiento. Ni por insomnio. Es el murmullo. Ese zumbido constante, apenas perceptible, que llenaba el vacío de la noche. Aquel ruido de fondo alejaba el silencio que me obligaba a pensar demasiado, como si algo acechara en su quietud, esperando que bajara la guardia.

Cada noche, antes de cerrar los ojos, elegía un canal al azar: una película gastada, un noticiero monótono, incluso un infomercial de cuchillos que nadie compraría. No importaba. Lo único esencial era que la pantalla siguiera encendida, poblando la habitación con voces que no eran mías.

Durante años, eso bastó. Hasta que algo cambió. Comencé a despertar en medio de la noche. Siempre a la misma hora: 3:17 a.m.

Al principio, lo atribuí al azar. Pero noche tras noche, sin excepción, mis ojos se abrían con una punzada, como si un susurro me arrancara del sueño. El aire se volvía denso, cargado, como si la habitación contuviera el aliento.

Y cada vez que despertaba, el televisor seguía encendido. Pero no en el canal que había dejado.

Siempre en el mismo: El canal 88.

El canal 88 no existía. Según la guía, no estaba asignado a ninguna señal. No tenía programación. Pero allí estaba en el televisor. Solo mostraba una imagen fija, en blanco y negro, de una sala que parecía un reflejo torcido de la mía: paredes desnudas, una silla que no encajaba, una ventana que daba a un vacío negro. Sin sonido. Sin movimiento. Como si una cámara olvidada transmitiera desde un lugar que no debía ser visto.

Pensé en interferencias. En una señal pirata. Algo técnico.

Me obsesioné.

Busqué en foros. Hablé con técnicos. Escaneé frecuencias. Incluso abrí el televisor, un modelo antiguo que no recordaba haber comprado, buscando algo. Cualquier cosa.

Nada. El canal 88 no tenía fuente. No tenía explicación. No debía existir.

Y luego la vi.

Al principio, era solo un borrón en la esquina de la pantalla. Una silueta difusa, apenas humana, inmóvil, con la cabeza ladeada como si intentara descifrarme. No tenía rostro. Solo una oscuridad densa donde deberían estar los ojos. Pero yo sabía que, desde aquella oscuridad, me observaba.

Noche tras noche, la entidad fue definiéndose más. Primero, un leve giro de la cabeza, como si notara mi presencia. Luego, un paso lento hacia el centro de la imagen. Cada vez más cerca. Cada vez más consciente.

Y, con ella, mi habitación, la real, también empezó a cambiar.

Las paredes parecían más estrechas, como si se inclinaran hacia mí. Los objetos, un vaso, un libro, una lámpara, aparecían fuera de lugar al despertar, como si alguien los hubiera movido mientras dormía. El aire se volvía más pesado, casi líquido. Y un zumbido bajo, apenas audible, se instaló en mis oídos incluso durante el día.

Mi reflejo ya no era del todo mío. Los bordes de mi rostro se difuminaban, como si algo lo estuviera erosionando desde dentro.

Una noche, incapaz de soportarlo más, intenté detenerlo. Desenchufé el televisor. Lo arrastré hasta el contenedor de basura en la calle, bajo la lluvia. Me dije que había terminado.

Pero al volver a mi apartamento, ahí estaba. En su lugar. Encendido. En el Canal 88.

La entidad estaba más cerca que nunca. Su contorno temblaba, retorciéndose como si la carne hubiera olvidado su forma.

El miedo ya no era solo miedo. Era una humedad que se filtraba en mi mente, lenta, invasiva. Mi cuerpo se tensaba antes de abrir los ojos, sabiendo que ella estaría allí.

Y una noche, vencido por la obsesión, me acerqué a la pantalla. Quería tocar el cristal. Comprobar que era solo una imagen. Que no había nada más allá.

Estiré la mano. Y ella también.

Con un terror que me arrancó el aliento, vi cómo su contorno se alargaba, tembloroso, como un eco de carne ausente, extendiéndose hacia mí desde el otro lado. El cristal estaba helado. Pero no era un frío superficial: era un helor que trepaba por los huesos, que entumecía la sangre, como si algo antiguo y muerto intentara reclamarme.

Retrocedí. Tropecé con la alfombra. Caí de espaldas. Mi respiración era un jadeo imposible. Como si el aire se hubiera vuelto piedra.

La entidad había vuelto a su posición inicial. Pero yo sabía que me había sentido. Que me había tocado. Que me había reconocido.

Desde entonces, su presencia cambió. Ya no era una sombra distante. Era algo que me buscaba. Que me había marcado.

Ya no duermo. No realmente. No porque no quiera, sino porque no puedo. Cada vez que cierro los ojos, siento que ella se mueve. Que se acerca. Que cruza el umbral entre la pantalla y mi mundo.

El sueño se ha vuelto territorio enemigo. Un lugar donde ella tiene poder. Donde puede alcanzarme. El televisor es lo único que la contiene. Si lo apago… si me atrevo a dormir sin su zumbido… algo terrible ocurrirá.

Lo intenté una vez. Solo una. Apagué el televisor. Me obligué a cerrar los ojos. Desperté gritando. Con marcas en los brazos que no estaban allí antes... Y el televisor estaba encendido. En el canal 88. Con ella en el centro de la pantalla, más cerca que nunca.

Desde entonces, vivo en un estado intermedio. Entre la vigilia y el delirio. La habitación se ha vuelto un lugar extraño. Las paredes susurran. Los muebles están siempre fuera de lugar. Y el zumbido en mis oídos no cesa.

A veces, me miro al espejo… y juro que ella está detrás de mí, aunque la pantalla esté a mi espalda.

No sé si esto terminará alguna vez.

Cada noche, a las 3:17, la sala aparece de nuevo. Una sala que es mía, pero no lo es. Una sala donde ella espera.

Y a veces, solo a veces, cuando el televisor parpadea, me pregunto si ya está aquí. En esta habitación. Esperando que apague la luz.

Si alguna noche despiertas a esa hora, con el televisor encendido en un canal que no debería existir, con una sala que parece la tuya pero está rota... no mires demasiado.

No te acerques.

Podrías sentir que algo, al otro lado, ya te ha visto.

lunes, 21 de julio de 2025

El universo en su mejilla..

Hay una ternura que me atraviesa cuando ella está cerca. No tiene nombre, pero se revela en el impulso que me guía hacia su mejilla. Me gusta rozar su suavidad: un susurro silente que se desliza entre mis dedos como el aire tibio antes de la tormenta.

A veces, sin previo aviso, me descubro habitando la curva de su rostro, esa llanura serena donde el tiempo se desvanece. Me recuerda a un pétalo que tiembla al alba. Frágil, sí, pero cargado de promesas. O al tulipán que se abre sin temor a ser herido.

Su esencia es un jardín que florece al roce, una caricia que transforma la quietud en ritual, en idioma secreto. Cada contacto es un pacto invisible, un temblor que se aprende de memoria.

Mientras trazo en su piel la huella de lo que somos, me pregunto: ¿acaso la belleza más intensa habita en lo apenas tocado?

Y entonces, en un instante, su roce me eleva más allá del tiempo. No hay relojes, ni ruido, solo un latir que me disuelve. Me deslizo hacia el universo que es ella, donde los pulsos son constelaciones y los suspiros, cometas fugaces que iluminan mi tránsito.

Es un cosmos íntimo: diminuto, un secreto entre dos almas; pero a la vez infinito, un deseo que no cabe en palabras. Allí soy luz que no cansa, eco sin retorno, viajero sin mapa.

Y cuando regreso, nunca del todo, aún llevo su universo adherido a mi tacto, como el aroma que queda tras la tormenta, como la ternura que vuelve a rozar su mejilla.

viernes, 18 de julio de 2025

Yo soy el que escribe

 

Yo soy el que escribe desde el umbral


No escribo por costumbre.
Escribo porque algo en mí arde.
Porque a veces el silencio pesa más que el grito,
y encuentro en las palabras un modo
de respirar hacia adentro.

Desde mi fogata,
cuento historias que no siempre buscan respuestas,
pero sí refugio.
Historias donde la sombra tiene nombre,
y la culpa camina a la par del amor.

No me interesa narrar lo evidente.
en ese espacio entre lo que se dice
y lo que se calla.
Ahí, en lo incierto, en lo no resuelto,
me reconozco.
Me detengo en los márgenes,

Llevo en los dedos el temblor
Observo lo que otros pasan por alto.
Escribo de lo invisible,
de lo que se intuye más que se ve.
De lo que duele sin estallar.
de quienes sienten demasiado.

Mis cuentos no siempre ofrecen salidas,
Mis poemas, a veces, solo acarician el borde
de lo que no puedo decir.
pero sí un lugar donde quedarse un momento.

Soy un narrador del umbral.
para comprender lo que aún no entiende,
y para dejar encendida, aunque sea leve, 
una llama que invite a otros
a sentarse, mirar hacia adentro,
y seguir.
Un hombre que escribe para no olvidarse,

jueves, 17 de julio de 2025

Desde este lado

Hay fronteras que no llegan de golpe. Nacen despacio, como líneas que se dibujan en tu presencia sin que lo notes al principio. No las construye uno, pero ahí están: firmes, silenciosas, como una costura de sombra en la niebla, trazadas sin consulta, sin voz propia.

Uno no elige enfrentarlas, pero un día se da cuenta de que ya vive dentro de ellas.

Y entonces toca aprender a quedarse. No por elección, sino por esa forma de obediencia que brota del respeto, o del miedo, o de algo más profundo y que ninguna de esas palabras alcanza a nombrar.

Lo difícil no es el muro. Es el esfuerzo que te exige sostenerte del lado que no se cruza. Porque cruzar sería un gesto breve, una llama que no pregunta. Pero quedarse… quedarse es otra cosa.

Quedarse es apagar el fuego sin perder el calor, contener el cuerpo cuando todo en él arde, resistir sin testigos ni aplausos.

Y cuando se tiene una naturaleza que arde, que reacciona, que lucha, permanecer se vuelve una batalla silenciosa. Decirse “quédate” cuando cada célula grita “salta” es nadar contra un río que nace en tu propia sangre. No es quietud, es guerra interna. Cada día, cada instante, el cuerpo suplica: moverse, romper, decir su verdad.

Pero tú te sostienes. No por debilidad, sino por una fuerza que se parece demasiado al sacrificio.

Hay días en que el deseo se vuelve físico. No una idea, no una nostalgia, sino una urgencia que recorre la piel, que se instala en el pecho como un animal que late y empuja desde dentro. Entonces recuerdas el muro. 

Y no, no duele. Lo que hiere es fingir que no lo ves, que no lo sientes, que no lo sueñas. Porque cada fibra quiere saltarlo. No para huir, sino para tocar, para sumar, para estar.

Y sin embargo, uno se obliga a permanecer. A sostenerse en la quietud, a respetar el límite que no pidió. Y esa obligación no es noble, ni heroica. Es pesada. Es amarga. Es una forma de fidelidad que parece encubrir una vulgar renuncia.

Desde aquí, a veces, veo caer la lluvia del otro lado. No es tormenta, pero arrastra esa tristeza que se reconoce sin tocarla. Y sé , con esa certeza que no necesita pruebas, que podría sumar sin desbordar, enriquecer sin alterar, ser sin invadir, proteger sin agobiar.

Pero permanezco. No por calma. No por conformidad. Sino porque hay límites que, aunque ajenos, se vuelven mandato. Y aun cuando las sombras breves del otro lado también ensombrecen mi corazón, sigo aquí. Sosteniéndome donde no se me llama, frente a lo que no elegí, como quien guarda el fuego para no incendiar la quietud.

Y así permanezco, en la penumbra del deseo, esperando, quizás, que un día caigan algunos ladrillos, y pueda cruzar sin herir, y lograr que la lluvia, al fin, se detenga.

miércoles, 16 de julio de 2025

El silente: Cuando la culpa persigue.

I. Antes del Silencio

A veces, justo antes de que algo se rompiera en su vida, el aire se espesaba. Como si el mundo, por un instante, contuviera la respiración. Mateo lo sentía llegar en el espíritu mucho antes de ver ninguna manifestación física.

Primero era la opresión en el pecho, luego el silencio: no el natural, sino uno que ahogaba los sonidos, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Y después, sin falta, el dolor. Una pérdida. Un accidente. Una despedida que no debía ocurrir.

Tardó un poco en establecer la relación, pero el patrón era claro: cada vez que la alegría lo rozaba, el Silente aparecía.

No tenía rostro, solo una superficie lisa como piedra mojada, donde la luz se negaba a entrar. No tenía voz, pero su presencia era un grito mudo. No caminaba. No llegaba. Solo estaba. Como si la felicidad de Mateo fuera una afrenta que debía corregirse.

Al principio, solo fue una sensación, una idea... una grieta apenas perceptible en su realidad. 

La primera vez que lo intuyó, fue el día en que su madre murió.

Mateo había regresado a casa tras años de distancia, con la esperanza de coser las grietas viejas. Cocinaron juntos. Rieron. El aroma de las especias llenaba la cocina. Ella le enseñó de nuevo a doblar las empanadas, como cuando era niño, sus manos temblorosas guiando las suyas.

Esa noche, mientras ella dormía, Mateo sintió el aire detenerse. En la penumbra del pasillo, entre el vaivén de la cortina, algo pareció moverse. Tal vez fue un reflejo. Tal vez no.

Al amanecer, su madre no despertó.

Los recuerdos de esa noche lo perseguían, pero no tanto como lo que sintió antes de que ocurriera. Como lo que vendría después.

II. Toda Luz Tiene su Precio

La segunda vez fue cuando se enamoró.

¡Que hermosa era Amalia! Su risa limpiaba el aire. Enredaba un mechón de cabello cuando estaba nerviosa. Sus ojos lo hacían sentir menos roto. Durante algunos meses, Mateo pensó que la tristeza lo había olvidado, que su condena había caducado.

Una noche, al final, caminaban por la orilla del río. Amalia frunció el ceño: “El aire... pesa, ¿no lo sientes?”, murmuró. Luego, entre risas, le dijo que lo amaba.

Y el mundo calló. Como si alguien hubiera apagado su latido.

En el reflejo del agua, Mateo vio algo. Un contorno borroso, inmóvil, contra la corriente. No dijo nada.

Al día siguiente, un accidente de transito se llevó a Amalia y, con ella, toda esperanza de una vida feliz.

Mateo no lloró. No por que no sintiera dolor. Sino porque comenzaba a reconocer que cada lágrima parecía convocar al Silente.

Intentó comenzar de nuevo. Otra ciudad, otro nombre, un trabajo sin vínculos. Por un tiempo, funcionó.

Hasta que Javier, un compañero que siempre traía café para todos, lo invitó a cenar. Hablaron de sus ciudades natales. Javier le mostró una foto de su hijo, un niño de ojos brillantes que soñaba con ser astronauta. Mateo rió. Sintió algo tibio en el pecho, como un sol que ya no recordaba.

Esa noche, un frío repentino atravesó la habitación. En la ventana, contra la luna, el Silente lo observaba.

Horas después, Javier recibió una llamada: su hijo había muerto en un incendio.

No había lógica. No había escapatoria.

Solo una certeza: cada vez que Mateo se acercaba a la luz, el Silente venía a apagarla.

Huyó. Cambió de ciudad más veces de las que podía contar. Evitó amistades, amores, incluso sonrisas. Aprendió a vivir en la penumbra, en una neutralidad emocional que lo protegía. Porque el Silente no buscaba su cuerpo. Buscaba el brillo en sus ojos, el calor de sus risas, todo lo que lo hacía humano.

III. El Día que Calló

La culpa no nació del dolor. Nació del silencio.

Simón había sido su amigo de infancia. Compartían tardes en la vieja biblioteca del pueblo. Leían juntos poesía en voz alta, con una emoción que hacía temblar las palabras. Se entendían sin hablar. Simón era frágil, valiente en lo que importaba. Mateo lo admiraba en secreto, sintiéndose indigno de su luz.

El día que Simón murió, Mateo estaba allí.

No lo empujó. No lo golpeó. Pero lo vio. Vio cómo un grupo de chicos lo rodeaba, lo insultaba, lo empujaba. Dio un paso. Solo uno. Luego bajó la vista. Cuando la levantó, Simón ya caía. Su cabeza golpeó la piedra. Su cuerpo quedó inmóvil.

Y Mateo eligió callar. Dijo que llegó tarde. Que lo encontró inconsciente. Nadie dudó. Nadie preguntó demasiado.

El “creador”, su maestro, su padre adoptivo, lo abrazó. Lloró con él.

—Te protegeré siempre —le prometió.

Mateo intentó seguir. Durante años, cambió de ciudad, de nombre, de vida. Alguna vez escribió una carta anónima contando la verdad, pero la rompió. Temía al juicio ajeno y al suyo propio. Escapó de su vida y apostó su redención al tiempo, al olvido.

Pero el Silente no lo había olvidado.

Ni a él.

Ni a los otros.

Con el tiempo, supo qué les ocurrió a los chicos que atacaron a Simón. No todos al mismo tiempo. No de forma evidente. Pero uno por uno, sus vidas se deshicieron.

Uno murió solo, en un accidente absurdo.

Otro se quitó la vida tras años de adicción.

Otro fue encontrado en la calle, sin nombre, sin memoria.

El Silente no sabía de redención. Solo cumplía el mandato que lo había despertado: castigar al culpable, acompañarlo hasta vaciarlo.

Mateo lo comprendió no por pruebas, sino por presencia. Porque cada vez que el silente llegaba a él o los otros, lo sentía en el alma como una sombra que marca sin tocar. Porque él no solo fue testigo. Fue quien dejó que la verdad muriera con Simón.

Y por eso, el Silente no lo destruyó. Lo acompañó y le mostró lo que hacia a cada uno de los otros.

IV. La Promesa que Rompió al Mundo

Mateo solía caminar solo. No por gusto, sino por necesidad. Evitaba el contacto con las personas como quien esquiva un espejo: no por miedo a lo que ve, sino por temor a lo que refleja. Sus caminatas eran una forma de silenciar el ruido del mundo, y a veces, si la carga en su espíritu era demasiado grande, podían durar horas.

Una de esas caminatas se prolongó más de lo debido. El sol ya no estaba, y los árboles comenzaban a parecerse entre sí. Fue entonces, sin saber cómo, que se encontró en un lugar que le parecía vagamente conocido.

El lugar le parecía vagamente conocido porque lo era: la casa del creador. Pero no como él la recordaba. El abandono de años la había transformado. Donde antes había orden, ahora había polvo. Donde antes había luz, ahora había sombra. Aunque La casa seguía en pie, era más un recuerdo que una estructura. Las paredes, cubiertas de polvo; los muebles, envueltos en ese silencio que no proviene del abandono, sino del tiempo detenido. Mateo no había vuelto desde su muerte. Y ahora, cada paso parecía una profanación íntima, un retorno a algo que no estaba preparado para perdonar.

Subió las escaleras con lentitud, como si cada peldaño le exigiera una confesión. En su mente apareció la imagen del creador con la llave al cuello, esa que nunca explicó, esa que parecía pesar más que el metal. Al final del pasillo, detrás de una puerta que siempre había estado cerrada y que ahora pendía de un solo gozne, encontró el cuarto.

Aquel cuarto no era un estudio. Ni siquiera una simple habitación. Era un santuario del dolor. El aire, espeso, se aferraba a las cosas como si protegiera lo que quedaba. En el centro, una mesa cubierta de papeles: notas con tinta corrida, frases tachadas con furia, dibujos de símbolos antiguos. Un amuleto roto. Un círculo de madera grabado con signos que el creador había descrito cuidadosamente en sus apuntes como protecciones contra el mal, partido en dos.

Y, al centro, una hoja más reciente, colocada con una delicadeza que contrastaba con el resto. Reconoció la letra enseguida. La había visto en libros, en cuadernos de recetas, en cartas escritas para él cuando era niño.

“Te protegeré siempre.”

La promesa estaba ahí. La misma que había escuchado en los momentos de consuelo, de miedo, de pérdida. Debajo, una línea escrita con una caligrafía temblorosa, como si el dolor hubiera guiado la mano:

“Y si no puedo protegerte, que el dolor encuentre al culpable. Que lo acompañe. Que lo vacíe.”

Una frase tachada más abajo:

“Si el culpable no es uno, que el dolor los encuentre a todos.”

Mateo sintió una punzada que no era miedo, ni siquiera culpa. Era comprensión. Comprendió que el creador, que siempre había sido un hombre de lógica, de manos firmes y corazón callado, se quebró cuando perdió a Simón. Y que esa ruptura, esa desesperación, no buscó venganza ni castigo. Buscó sentido. Equilibrio. Una forma de no enloquecer ante la injusticia.

No fue un hechizo. Fue una súplica. Pero el mundo escuchó.

El Silente no fue creado. Fue despertado. No por odio, sino por amor.

V. Lo que no se dijo

La verdad no liberó a Mateo. Lo quebró. Porque, en ese quiebre, el Silente encontró su momento.

Permaneció de pie, sin lágrimas ni temblores. Sólo su cuerpo suspendido en una quietud que no era paz, sino rendición. Por un instante, lo odió. No al Silente. A sí mismo. A su silencio. A cada instante en que pudo hablar y no lo hizo. Gritó, con la garganta rasgada por años de contención:

—¡No lo maté! ¡No fui yo!

La casa no respondió. El silencio, sin embargo, cayó como una sentencia inevitable.

Entonces lo sintió.

No escuchó pasos. No vio movimiento. Simplemente supo que el Silente ya estaba allí. No entró por la puerta. No emergió de la sombra. Solo ocupó el espacio, como si siempre hubiera estado esperándolo.

Estaba en el centro del cuarto, justo donde la promesa había sido escrita. Alto, inmóvil, sin rostro. La superficie de su piel parecía absorber la luz. El aire se volvió espeso. Las sombras se estiraron, como si intentaran apartarse de él.

Mateo lo miró. No con desafío, ni con miedo. Lo miró como quien contempla su reflejo por última vez.

—Fuiste llamado por quien me amó —dijo, apenas en un susurro—. Y aun así, viniste por mí.

El Silente no respondió. Ni siquiera se movió. Pero el mundo pareció inclinarse hacia él.

Mateo cerró los ojos. No por terror. Por agotamiento. Porque ya no quedaba dentro de él nada que pudiera resistir.

VI. Después del Silencio

La casa está en silencio.

La luz del amanecer entra por la ventana abierta. El polvo flota en el aire, suspendido en los rayos dorados. Todo está quieto. Todo parece esperar.

La mesa sigue en el centro del cuarto. La silla está caída de lado, como si alguien se hubiera levantado con prisa… o desaparecido.
No hay señales de lucha. No hay huellas. No hay voces.

Mateo ya no está.

No se fue caminando. No huyó. No dejó rastro. Simplemente dejó de estar. Como si el Silente lo hubiera recogido sin ruido, sin ceremonia. Como si su presencia hubiera sido necesaria solo hasta ese momento.
No hay testigos. No hay destino. Solo la ausencia.

Y sin embargo, algo permanece. No en los cuerpos, sino en el aire. En los objetos que no se mueven. En los gestos que se repiten sin saber por qué. En los silencios que ahora pesan distinto.

Porque hay silencios que se imponen. Y hay silencios que se eligen.
Mateo eligió el segundo..

domingo, 13 de julio de 2025

Refugio en la memoria..

Hay horas que caen sin aviso, cuando el alma deja de fingir fortaleza. No es nostalgia ni vacío: es un cansancio que suplica abrigo. El cuerpo avanza por inercia, pero el alma se detiene, buscando un rincón donde quedarse quieta. No siempre es tristeza; a veces, es solo el peso de los días, como piedras acumuladas en los bolsillos, un agotamiento que no se alivia con sueño.

En medio de una rutina que exige tanto y devuelve tan poco, llega el recuerdo: una sensación cálida, tenue, persistente.

Extraño esos ojos de noche. Profundos como un cielo sin luna. No por su ausencia, sino por el refugio que fueron. No eran promesa ni certeza. En su mirada encontré una tregua. Un lugar donde el alma podía quitarse el abrigo. Dejar de resistir. Simplemente quedarse.

Hubo un tiempo, breve pero suficiente, en que esos ojos fueron más que mirada. Fueron un susurro de gestos, de silencios compartidos, de encuentros que entendían sin hablar. En ellos hallé compañía en el caos. La certeza de que no todo debía enfrentarse solo. En los días más oscuros, su presencia bastaba para empequeñecer el miedo, para volver el mundo, por un instante, menos hostil.

Y aunque esos días hayan quedado atrás, su eco persiste. A veces, el recuerdo no solo visita: se arraiga. En los días en que la soledad pesa y el mundo agobia, esos ojos de noche, que ya no me miran, siguen siendo amparo. Su fuerza me sostiene, aunque solo viva en la memoria.

Claro que los añoro. Cómo no hacerlo, si aún desde la memoria siguen siendo abrigo. Pero ese añorar ya no me rompe. Me sostiene. Lo que alguna vez fue refugio afuera, ahora brilla en mí como una lámpara encendida en el cansancio. Ya no es espera. Ni deseo. Ni ausencia. Es fuerza. Es memoria que abraza desde dentro, como si al evocarla, el corazón recordara que alguna vez fue visto, comprendido, sostenido.

Y en ese espacio donde el recuerdo se vuelve fuerza, el acto de evocar revela su verdadera forma. Añorar no es un acto triste. Es una ceremonia silenciosa de amor persistente, una forma de habitar lo que alguna vez nos sostuvo.

Y eso basta. No porque cierre la herida, sino porque la convierte en cimiento. Una raíz invisible que sostiene. Un faro que guía sin necesidad de volver atrás. Porque hay amores que, aún si no fueron, no se extinguen: se enraízan. Y desde lo invisible, nos sostienen.

sábado, 12 de julio de 2025

Elías: Crónica de un Romanticismo Prohibido

ULTIMA HORA. ALERTA POÉTICA: PANDEMIA DE SENTIMIENTOS

Sábado, 12 de julio de 2025 — 04:04 CEST

Redacción Central del Diario Sensorial

Sección: Inusuales & Inesperados

UN ROMÁNTICO DESATA EL CAOS EMOCIONAL

A las 05:47 horas de ayer, un hombre colocó una carta manuscrita en una máquina expendedora. Antes de desvanecerse en la niebla, murmuró: “te extraño”. Las autoridades emocionales, con cautela, lo nombran Elías.

En 2021, tras la Gran Desconexión, las redes sociales fueron reprogramadas para eliminar toda emoción, archivando el Romanticismo como reliquia peligrosa. El acto de Elías, un gesto tan breve como disruptivo, ha reactivado un síndrome afectivo latente, desencadenando una crisis poética de alcance mundial.

Portaba un tulipán marchito en el bolsillo y un cuaderno de versos que parecían escritos a contratiempo. Fue visto por última vez de pie frente a la máquina, escribiendo una carta en lugar de comprar. La bruma, con un sutil olor a melancolía, lo envolvió al partir.

Reacciones inmediatas

El pánico emocional se propagó como un eco. Ciudadanos tapiaron ventanas, temiendo que el sentimiento se filtrara como aire húmedo. En un hospital, un paciente en coma recitó un poema al despertar, desconcertando al personal médico,

que diagnosticó una posible "infección lírica". En suburbios monitorizados, adolescentes grafitearon "El corazón no se censura", venerando a Elías como figura insurgente, mientras son perseguidos por unidades de contención afectiva.

Rumores persistentes

Las autoridades niegan la existencia de Elías, calificándolo como una alucinación colectiva o constructo simbólico. Sin embargo, los rumores se multiplican. Se dice que escribió poemas y los lanzó a la red, no como sátira, sino con una sinceridad tan desarmada que incomoda.

En la sublírica, una red clandestina de "escribientes", circulan textos que susurran, frágiles como si temieran romperse. Desde foros ocultos se planea el "Día de la Palabra Libre", una insurrección poética que buscará inundar las plataformas con versos imposibles de filtrar.

Eco global

En el hemisferio sur, multitudes improvisan recitales en plazas abiertas, como si el aire mismo necesitara palabras. En el norte, los firewalls emocionales se endurecen, blindando corazones y pantallas.

Declaración oficial

"No toleraremos desviaciones afectivas. La estabilidad emocional no es negociable", declaró con voz plana la Dra. Irma Cero, del Ministerio de Coherencia Social. La unidad institucional muestra fisuras: un agente de la Brigada de Coherencia confesó de forma anónima: "Encontré un poema de Elías en mi terminal. No lo reporté. Sentí algo."

El parlamento reabre el debate sobre una vacuna contra el Romanticismo, archivada en 2021 por considerarse "innecesariamente poética". Ahora es vista como la última defensa contra sentimientos de alto contagio simbólico.

Fenómenos colaterales

Semáforos se detienen en rojo sin tránsito. Estatuas lagrimean discretamente. Pianos olvidados reviven melodías antiguas sin manos. La ciudad, en su delirio, recita. A medianoche, pantallas públicas fueron hackeadas: "No hay firewall contra el alma." El silencio posterior fue interrumpido por miles de voces que, simultáneamente, recordaron cómo suena un poema.

Epílogo incierto

El paradero de Elías sigue siendo un misterio. Algunos lo vieron cruzar estaciones vacías o hablar con la lluvia. En barrios sin ruido flotan frases: "No era olvido, era miedo", "Aún guardo el pétalo donde me nombraste".

Esta noche, en miles de hogares, alguien escribe en secreto, acaricia un tulipán dormido, o simplemente recuerda sin permiso. Si el amor es pandemia, ¿quién en verdad quiere la cura?

viernes, 11 de julio de 2025

Meteorología del Corazón

Hombre joven sentado en el borde de una cama, envuelto en bufanda, con expresión melancólica y una carta en mano. Rodeado de pañuelos, una taza de té y palabras flotando como vapor.
Ernesto había recibido la noticia como un golpe seco en el centro del pecho: no era correspondido. Y como buen alma sensible (y propensa al exceso), su cuerpo respondió de inmediato con un espectáculo de síntomas dignos de una tragedia con música de violines y fondo de ventisca. Al mas perfecto estilo de los poetas mas enamorados y románticos de la historia.

Primero fue la tos: no una cualquiera, sino una tos con prestigio literario, descendiente directa de la que aquejó a tantos poetas antes de su último suspiro. Ernesto la aceptó con resignación romántica:

—Así comienza... —murmuró entre carraspeos— como en las novelas tristes: una tos, una carta sin enviar... y el telón final cayendo sin aplausos.

La garganta le ardía… —por las palabras que nunca nos dijimos—, pensó. Según él, no era un ardor cualquiera, sino el fuego acumulado de frases no pronunciadas, de disculpas sin cuerpo y promesas que jamás llegaron a nacer. Tragaba cualquier sonido como quien intenta hacer pasar un nudo con agua tibia, con la certeza de que cada sorbo tropezaba con letras no dichas. Su voz salía rasposa, como si tuviera que empujar las vocales a codazos.

Hombre cubierto por mantas temblando entre cuadernos abiertos y tinta derramada. Tiene los ojos brillantes y los dedos rígidos. La atmósfera sugiere nieve interior y versos atrapados
Soportaba los escalofríos como si fueran telegramas sentimentales atrapados entre el pecho y la espalda. Ernesto vivía aquellos temblores como poesía en movimiento. Cada tiritón era una frase de amor temblando de arrepentimiento. Su espalda parecía ensayar un vals con la ausencia, y sus manos, dos actores de tragedia griega, se estremecían como si recordaran todos los rozes que nunca llegaron. Se tapaba con mantas no para abrigarse, sino para contener el drama. Para él, no cabía la menor duda: su temperatura bajaba al mismo ritmo que su dignidad afectiva.

Los músculos, por su parte, le dolían como si toda la poesía contenida en su corazón se desbordara contra ellos sin tregua. Era un dolor lírico, no médico. Las metáforas que no escribió se le acumulaban en la nuca, apretaban las vértebras, trepaban por los hombros como versos reprimidos buscando salida. Las piernas se tensaban con estrofas no caminadas, los brazos ardían de tanto imaginar abrazos incondicionales. Hasta los dedos, rígidos, se le entumecían de tanta caricia pensada y nunca enviada. Dolía, sí, pero con sintaxis impecable.

y lo peor eran los ojos. Lloraban por reflejo, aunque Ernesto los atribuía a su costumbre de mirar demasiado al pasado. Los párpados ardían por contener escenas que no ocurrieron. Y la nariz, roja como una declaración ignorada, no dejaba de gotear por pura tristeza líquida. Cada pañuelo usado se convertía en testimonio húmedo de un afecto no recibido.

Y entonces vino el frío.

Aquel frío glacial que se le metía por los tobillos y se instalaba en su pecho como una emoción mal ventilada. Ernesto no dudaba, decía que la ausencia extraía el calor del mundo y se manifestaba como un descenso de temperatura corporal. Que su alma, privada del calor humano que añoraba, se convertía en un tempano de hielo.

—El amor no correspondido —explicaba envuelto en mantas— congela desde dentro hacia fuera.

Hombre contemplando la nieve desde una ventana, envuelto en bufanda bordada con perritos. En el cuarto hay velas, poemas inacabados, y aliento en forma de corazones rotos.
Dormía con bufanda, como quien hereda el hábito de un poeta maldito. Se la enrollaba al cuello como si con ella pudiera evitar que se le escaparan los suspiros. “Como Baudelaire, pero con menos glamour y más congestión nasal”, pensaba, envuelto en lana y dignidad (Aunque el poeta seguramente sospecharía de su bufanda con imágenes bordadas de perritos). Aquella bufanda no era solo un abrigo: era una declaración. Un símbolo de su fragilidad elegante, de su necesidad de envolver el cuello antes de que la emoción lo ahogara.

Y a cada amigo, (no necesitaba serlo tanto, con que fuera conocido bastaba) que lo visitaba, les explicaba con voz quebrada:

—Lo que mi cuerpo enfermo proclama, es el corazón escribiendo en carne. Cada escalofrío es una estrofa. Cada estornudo, un adverbio herido. Y todo esto que gotea... es sintaxis líquida.

Exhibió día a día su drama de amor no correspondido, alardeando de su sufrimiento poético a quien quisiera escucharlo... sufriendo su tragedia como nunca poeta alguno lo había hecho. Hasta que, una tarde, encendió la televisión.

Y una voz neutra, infaliblemente práctica, pronunció la frase fatal:

“Una ola polar de origen ártico afecta a gran parte del territorio provocando una epidemia de resfriados. Se recomienda abrigo extremo ante las bajas temperaturas.”

Silencio.

Los pañuelos dejaron de caer, los suspiros entraron en pausa. Y Ernesto, con la bufanda desatada y las metáforas tambaleando, pensó:

¿Y si no era ella? ¿Y si solo era Groenlandia…y su estúpido clima glacial?

Hombre confundido frente a un televisor que muestra una ola polar. En la habitación hay pañuelos, tazas, versos esparcidos y otras personas con bufandas estornudando. Diario abierto con frase final escrita.
De pronto, todo cobraba sentido: las tazas masivas de té de hierbas en la oficina , los ojos llorosos en el vagón del metro, las bufandas épicas en la calle, los sonetos interrumpidos por estornudos... No era un nuevo romanticismo trágico colectivo. Era tan solo un vulgar frente polar, una miserable e insensible irregularidad climática.

Decepcionado, guardó su libreta de versos, encendió el calefactor, y añadió una nota a su diario íntimo:

Hoy descubrí que el alma no da fiebre. Pero el invierno… el invierno te deja igual de roto.

Desde entonces, cada vez que alguien le habla del amor, Ernesto se abriga exorcizando cualquier resfriado.

Por si acaso.

miércoles, 9 de julio de 2025

Cuando el día despierta Solo

A veces el día amanece sin mí. El reloj avanza. El café canta su vapor. La luz se cuela entre las cortinas… y, sin embargo, algo falta. Todo parece comenzar, el mundo, la rutina, los gestos automáticos, pero yo no comienzo.

Hay mañanas que simplemente me suceden: pasan por mi cuerpo sin despertarlo. Como si quedara a medio camino entre el sueño y el mundo. Como si esperara una señal que no llega.

En esos días, mi mañana solo comienza cuando ella aparece. Cuando nos saludamos y me ofrece eso que, por más que lo intente, no consigo nombrar.

Algunos lo llamarían un beso. ¿Lo es? Tal vez. Pero no de esos que se reconocen con claridad. Lo que ella hace no es “besar” en la mejilla, así, directo, definitivo. Y, sin embargo, tampoco es nada.

Hay algo en su forma de rozarme. En la cadencia precisa del saludo. Algo que trastoca el aire sin romperlo.

Es que hay un instante, frágil y feroz, en el que su gesto se planta justo en esa frontera donde termina la mejilla y comienza el lenguaje de los labios.

Un instante en el que puedo sentir la tibieza de su piel. Esa temperatura que se desliza sin apuro, casi imperceptible. Una fracción mínima de tiempo en la que el silencio que nos envuelve se vuelve espeso, como si el mundo contuviera la respiración.

Puede que solo sea un saludo. Uno como cualquier otro. Tal vez ni siquiera se detiene a pensarlo. Pero en ese milímetro de aire suspendido… algo vibra distinto. No tiene nombre. No es mejilla. No es boca.  

Es promesa.  

Es latido contenido.

Es el momento exacto en que la rutina se pliega y el milagro comienza a respirar.

Ella no tiene prisa. O al menos su saludo no la tiene. Las demás besan y se van. Ella no.

Se detiene. Pero no de forma evidente. No con grandilocuencia.  Se queda por unas milésimas de segundo que prolongan el roce al infinito.

No es un “hola” ligero. Ni esa coreografía fugaz de mejilla y mejilla. Lo suyo es otra cosa: un gesto que conoce el borde… y no lo cruza.  Pero tampoco se aleja.

Esas milésimas no son cualquier intervalo: contienen la calma de lo eterno y el vértigo de lo que apenas se insinúa.

No me besa. Detiene el tiempo.  Paraliza el universo.  Y eso basta, aunque solo sea por un instante, para que todo adquiera sentido, suspendido entre el “casi” y el “quizá”.

Hay una idea que se queda. Flota, callada, como el rastro de su perfume minutos después de que se ha ido. No hace ruido. No exige nada.  Pero insiste.

A veces me asombra pensar cuánto puede caber en tan poco: la tibieza de su aliento, el rastro de su perfume, ese que es solo suyo y que, sin buscarlo, se queda. No invade. Se posa.  

Reconocería esa fragancia incluso dormido. Se adhiere al aire, a la ropa, a la piel… a la memoria.

Pero no todos los días sucede. A veces ella no viene.  O llega, pero pasa de largo, como si el aire no la tocara. Hay jornadas en las que apenas asiente, distante, y su saludo no roza. No se demora. No dice nada.

Esos días son más fríos. No por el clima, sino por lo que no ocurre. Todo continúa, las charlas, los horarios, las tareas, pero el mundo parece mal calibrado. Como si faltara una pieza mínima, invisible, que sostiene la delicadeza de mi equilibrio.

Cuando no hay saludo, el cuerpo no lo nota de inmediato. Es más tarde, al avanzar el día, cuando llega el eco del vacío: una cierta inquietud que no sabe nombrarse. Una incomodidad que no se resuelve ni con café ni con gestos amables. Como si todo lo que hago tuviera la textura de lo correcto… pero no de lo verdadero.

Y aún así, la espero.  

La sigo esperando incluso después de que ya no llegó. Incluso cuando sé que no vendrá. Me sorprendo imaginando el momento. Reconstruyéndolo desde el deseo. Me repito la escena como si pudiera, con la memoria, revivir lo que no pasó.

Hay un espacio en el pecho que queda encendido para ella, aun cuando el fuego no viene.

Y me pregunto…

¿Qué pasaría si un día ella no se detiene? Si, sin aviso, deja que ese cariñoso saludo cruce el umbral y toque fondo.  

O si soy yo quien, sin buscarlo, se inclina apenas unos milímetros más. No como quien transgrede, sino como quien obedece a una música vieja, enterrada en el cuerpo. Un eco que no pide permiso, pero tampoco se retira.  Un temblor que no avanza… aunque tampoco retrocede.

A veces creo que ese gesto suyo deja algo flotando entre nosotros, como si el aire quedara habitado. No es solo el perfume ni el roce. Es algo más. Hay una frontera invisible —mínima, precisa— donde su piel y la mía no se tocan… pero se reconocen. Y es allí donde siento que sucede todo lo que nunca sucede. Lo que no pasa, pero permanece. Lo que tiembla sin avanzar. Lo que me transforma sin ocurrir.

Pero no ocurre. Ella se desentiende, sigue. Y el roce, ese gesto sin nombre, se queda, suspendido. Yo no cruzo. Pero tampoco regreso. Me quedo allí, en ese borde silencioso, donde el día no termina de despertar.

Porque cuando ese saludo queda colgando entre su piel y la mía, ese gesto que no es un beso, pero que lo contiene y lo supera, mi mundo comienza. No hace falta más: basta ese roce suspendido para que el aire se organice, el tiempo respire y todo vuelva a tener sentido. Cuando ella no está, todo avanza… pero nada llega. Mi día se convierte en una extensión educada de la noche. Una sombra funcional del amanecer. Sin promesa. Sin alba.

Pero hoy… Hoy ella sí me saludó con ese gesto que va más allá de un beso. Y su perfume aún me ronda. Mi día es claro. Y yo también. La siento aquí, presente. Su roce todavía me acompaña, flotando en el aire, suspendido en la memoria.