—Abuelo, ¿por qué no
te acuestas? Ya pasaron las nueve —dijo Mateo, entrando a la sala con un vaso
de agua que aún sudaba frío. Llevaba puesta la camisa de franela a cuadros
rojos y la sonrisa limpia de siempre. Su voz sonaba ligera, con ese tono
familiar y cercano que Eustaquio había escuchado a diario desde que el muchacho
era un niño. Todo en la escena parecía perfecto, rutinario y apacible bajo la
luz amarilla de la lámpara de kerosén.
Y aun así, algo parecía
ligeramente fuera de lugar.
Eustaquio se quedó
inmóvil en su mecedora de mimbre, sintiendo un sudor frío que le resbalaba por
la nuca. Su mente, surcada por los años, comenzó a agitarse. Una bruma espesa,
densa como la neblina del monte al amanecer, empezó a removerse en lo más hondo
de su cabeza, trayendo consigo un olor húmedo que no sentía desde que era joven.
Algo, en un rincón empolvado de su memoria, luchaba por salir a flote: un
recuerdo antiguo que durante décadas había relegado al seguro rincón de los
malos sueños.
Mateo dio un paso más
hacia el centro de la sala y, sin previo aviso, dejó de sonreír. Su rostro se
volvió neutro, casi ausente, mientras clavaba la mirada en la nada.
—No hay que temerle a
las sombras de los árboles, Eustaquio —murmuró el muchacho, con una cadencia
hipnótica que no le pertenecía—. Siempre hay un camino más corto esperando del
otro lado; solo hay que seguir el sonido del agua fresca para volver a casa.
El tiempo se detuvo.
Al escuchar esas palabras, el velo del falso sueño se desgarró por completo.
Eustaquio vio de nuevo, con nitidez espantosa, aquel claro del Guaramacal donde
el sol entraba; recordó los tres días de charla que se convirtieron en ochenta
años, el retorno tardío a un hogar que ya no le pertenecía y la deuda maldita
que siempre supo, en lo más profundo de su conciencia, que el monte vendría a
cobrar.
Los perros del
caserío, escondidos bajo las tablas del piso, temblaban con un miedo tan
profundo que ni siquiera se atrevían a respirar fuerte.
Eustaquio bajó
lentamente la mirada temblorosa hacia el suelo de ladrillo cocido. Bajo el
dobladillo del pantalón de su nieto asomaba una alpargata… y al lado, pisando
el suelo frío con una rigidez insultante, el otro pie apuntaba exactamente
hacia atrás, como si la pierna hubiera olvidado dónde estaba el resto del
cuerpo. Además, las manos de Mateo estaban manchadas de un barro oscuro y fino,
el mismo que solo se encuentra a orillas del arroyo del Guaramacal.
Eustaquio se quedó
sin aire. La mecedora dejó de chirriar, atrapada en el silencio absoluto de la
casa. Ya no era Mateo quien estaba de pie frente a él; era esa misma silueta de
ojos vacíos que lo había esperado al borde del arroyo, ciento cincuenta años
atrás, cuando él tenía apenas veinte y el mundo todavía le pertenecía. Para él
habían sido tres tardes. Para el mundo fuera del monte, ochenta años.
El falso muchacho
inclinó la cabeza hacia un lado, soltando una risa suave, ronca, como si la
garganta del joven recordara un sonido que no era suyo.
—Vaya, Eustaquio.
Tardaste en reconocerme —dijo la entidad con la voz de su nieto, estirando los
brazos en un saludo distendido—. Hombre, no me pongas esa cara de susto. ¿Así
se recibe al viejo amigo que te salvó el pellejo? Es hora de cobrar el favor.
Me debes el relevo.
La sangre le golpeó
las sienes. Setenta años habían pasado desde que el monte lo escupió de vuelta
al mundo con el mismo cuerpo joven que tenía al perderse. Setenta años para
envejecer, formar una familia, criar hijos, ver nacer a Mateo… y cargar con la
culpa de haber regresado demasiado tarde para todos los demás.
Impulsado por una súbita
ira, se aferró al bastón de guayabo con tanta fuerza que los nudillos se le
pusieron blancos.
—¿Favor? —escupió,
con una voz que sonaba a madera rota—. Me arrancaste la vida de un mordisco y
me devolviste al mundo como un extraño. Cuando salí de tu selva, creyendo que
habían pasado tres tardes, mi madre ya estaba muerta. Mis hermanos eran
ancianos decrépitos que apenas recordaban mi nombre.
La entidad dio un paso
al frente, con los hombros rígidos y la mirada fija.
—Te di otra
oportunidad —respondió, con un tono paciente—. Tú solo sabías arruinar la
primera. Estabas huyendo de tus culpas. Yo te abrí un claro donde el tiempo no
podía herirte. Te ofrecí silencio. Un lugar donde no eras esclavo de tus
errores. Y los favores del monte siempre se pagan con carne de la misma sangre.
Hoy vine por el muchacho. Tú viviste gracias a la promesa de él. Ahora él
vivirá gracias a mí. Así funciona la trocha.
Eustaquio se
incorporó a medias, temblando de rabia.
—¡Yo no renuncié a
nada! ¡Me engañaste!
La entidad sonrió con
una mueca ancha, sin alegría.
—El tiempo del monte
no es el tiempo de los hombres, Eustaquio. Te devolví al mundo con salud y
juventud prestada. ¿Qué más querías? Te di un segundo aire que no merecías.
Eustaquio apretó los
dientes en silencio. La rabia le ardía en la garganta, quemándole por dentro;
pero sus largos años de vida: los del jornalero, las trochas y el silencio del
campo, le dieron la malicia necesaria para detenerse a pensar. Algo no
encajaba. La ira dio paso, de golpe, a una fría y aguda suspicacia.
En lo más hondo de su
mente, el engranaje de los viejos recuerdos comenzó a girar, dejando surgir
otras voces que creía olvidadas: las de los ancianos del caserío cuando era
apenas un niño, las advertencias junto al fogón, los cuentos que se repetían
cuando el sol caía y el monte respiraba más cerca. Las historias olvidadas se
abrían ahora en su cabeza como un libro carcomido por el tiempo.
En ninguna de ellas, ni
una sola, el Amo de la Trocha salía de su espesura. Nunca cruzaba la frontera.
Nunca tomaba forma humana fuera del monte. Nunca entraba en una casa. Siempre
era lo mismo: los hombres se acercaban demasiado, la criatura los engañaba, los
arrastraba hacia adentro, y allí se perdían. El monte devoraba. El monte no
visitaba.
Entonces, ¿por qué
estaba allí ahora?
—Tú no deberías estar
aquí —dijo Eustaquio—. Nunca saliste de la trocha. Nunca tocaste una casa. ¿Por
qué ahora?
La criatura no respondió de inmediato.
El falso semblante de Mateo tembló con violencia. La piel del muchacho onduló como agua estancada bajo la brisa, y los hombros del joven se encogieron, buscando un resguardo invisible en la penumbra de la sala con una rigidez impropia de los vivos. Las manos de aquella cosa, parecida a su nieto, se cerraron con tanta fuerza contra los costados que los nudillos se pusieron grises, denotando una urgencia desesperada, casi suplicante.
Cuando al fin se atrevió a hablar, la voz del ente se quebró y dio paso a un tono más profundo, más húmedo, que arrastraba el peso de los siglos.
—Porque ya no vienen —susurró—. Ya nadie se acerca al monte. Ya nadie escucha las historias. Ya nadie teme la trocha. Ya nadie me nombra.
Hizo una pausa, y el olor a musgo y tierra podrida inundó la sala.
Eustaquio contuvo el aliento, con los dedos aferrados al bastón de guayabo. Su primera reacción fue el rechazo absoluto, el impulso de cerrarle la puerta a esa presencia y echarla de su casa a fuerza de rabia. Pero la rabia, tan rápida y estéril, dio paso enseguida a la astucia del viejo jornalero. Miró de nuevo a la criatura, a esa masa de memoria y olvido que se desmoronaba frente a él, y ató los cabos.
El ente no había venido a buscar un relevo por capricho ni por fuerza; había venido porque estaba muriendo de hambre. Si nadie lo nombraba, si el miedo al monte se apagaba, la criatura misma dejaría de existir. Y si la criatura desaparecía... ¿qué pasaría con el pacto antiguo que lo ataba a él y a su familia? ¿Qué pasaría con el peso de la culpa que había cargado durante setenta años?
El viejo entornó los ojos, midiendo el silencio y el peligro real de lo que estaba a punto de articular. No podía entregar su vida, pero de repente vio una salida donde antes solo había una trampa.
—Pero no tiene que ser así —susurró.




