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sábado, 8 de agosto de 2026

El Amo de la Trocha

Hombre anciano sentado en una mecedora observa a un hombre de pie frente a él
 Abuelo, ¿por qué no te acuestas? Ya pasaron las nueve —dijo Mateo, entrando a la sala con un vaso de agua que aún sudaba frío. Llevaba puesta la camisa de franela a cuadros rojos y la sonrisa limpia de siempre. Su voz sonaba ligera, con ese tono familiar y cercano que Eustaquio había escuchado a diario desde que el muchacho era un niño. Todo en la escena parecía perfecto, rutinario y apacible bajo la luz amarilla de la lámpara de kerosén.
 
Y aun así, algo parecía ligeramente fuera de lugar.
 
Eustaquio se quedó inmóvil en su mecedora de mimbre, sintiendo un sudor frío que le resbalaba por la nuca. Su mente, surcada por los años, comenzó a agitarse. Una bruma espesa, densa como la neblina del monte al amanecer, empezó a removerse en lo más hondo de su cabeza, trayendo consigo un olor húmedo que no sentía desde que era joven. Algo, en un rincón empolvado de su memoria, luchaba por salir a flote: un recuerdo antiguo que durante décadas había relegado al seguro rincón de los malos sueños.
 
Mateo dio un paso más hacia el centro de la sala y, sin previo aviso, dejó de sonreír. Su rostro se volvió neutro, casi ausente, mientras clavaba la mirada en la nada.
 
No hay que temerle a las sombras de los árboles, Eustaquio —murmuró el muchacho, con una cadencia hipnótica que no le pertenecía—. Siempre hay un camino más corto esperando del otro lado; solo hay que seguir el sonido del agua fresca para volver a casa.
 
El tiempo se detuvo. Al escuchar esas palabras, el velo del falso sueño se desgarró por completo. Eustaquio vio de nuevo, con nitidez espantosa, aquel claro del Guaramacal donde el sol entraba; recordó los tres días de charla que se convirtieron en ochenta años, el retorno tardío a un hogar que ya no le pertenecía y la deuda maldita que siempre supo, en lo más profundo de su conciencia, que el monte vendría a cobrar.
 
Los perros del caserío, escondidos bajo las tablas del piso, temblaban con un miedo tan profundo que ni siquiera se atrevían a respirar fuerte.
 
Pies calzados con alpargatas en una posicion poco natural
Eustaquio bajó lentamente la mirada temblorosa hacia el suelo de ladrillo cocido. Bajo el dobladillo del pantalón de su nieto asomaba una alpargata… y al lado, pisando el suelo frío con una rigidez insultante, el otro pie apuntaba exactamente hacia atrás, como si la pierna hubiera olvidado dónde estaba el resto del cuerpo. Además, las manos de Mateo estaban manchadas de un barro oscuro y fino, el mismo que solo se encuentra a orillas del arroyo del Guaramacal.
 
Eustaquio se quedó sin aire. La mecedora dejó de chirriar, atrapada en el silencio absoluto de la casa. Ya no era Mateo quien estaba de pie frente a él; era esa misma silueta de ojos vacíos que lo había esperado al borde del arroyo, ciento cincuenta años atrás, cuando él tenía apenas veinte y el mundo todavía le pertenecía. Para él habían sido tres tardes. Para el mundo fuera del monte, ochenta años.
 
El falso muchacho inclinó la cabeza hacia un lado, soltando una risa suave, ronca, como si la garganta del joven recordara un sonido que no era suyo.
 
Vaya, Eustaquio. Tardaste en reconocerme —dijo la entidad con la voz de su nieto, estirando los brazos en un saludo distendido—. Hombre, no me pongas esa cara de susto. ¿Así se recibe al viejo amigo que te salvó el pellejo? Es hora de cobrar el favor. Me debes el relevo.
 
La sangre le golpeó las sienes. Setenta años habían pasado desde que el monte lo escupió de vuelta al mundo con el mismo cuerpo joven que tenía al perderse. Setenta años para envejecer, formar una familia, criar hijos, ver nacer a Mateo… y cargar con la culpa de haber regresado demasiado tarde para todos los demás.
 
Impulsado por una súbita ira, se aferró al bastón de guayabo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
 
Hombre anciano amenaza con su bastón a un espiritu maligno
¿Favor? —escupió, con una voz que sonaba a madera rota—. Me arrancaste la vida de un mordisco y me devolviste al mundo como un extraño. Cuando salí de tu selva, creyendo que habían pasado tres tardes, mi madre ya estaba muerta. Mis hermanos eran ancianos decrépitos que apenas recordaban mi nombre.
 
La entidad dio un paso al frente, con los hombros rígidos y la mirada fija.
 
Te di otra oportunidad —respondió, con un tono paciente—. Tú solo sabías arruinar la primera. Estabas huyendo de tus culpas. Yo te abrí un claro donde el tiempo no podía herirte. Te ofrecí silencio. Un lugar donde no eras esclavo de tus errores. Y los favores del monte siempre se pagan con carne de la misma sangre. Hoy vine por el muchacho. Tú viviste gracias a la promesa de él. Ahora él vivirá gracias a mí. Así funciona la trocha.
 
Eustaquio se incorporó a medias, temblando de rabia.
 
—¡Yo no renuncié a nada! ¡Me engañaste!
 
La entidad sonrió con una mueca ancha, sin alegría.
 
El tiempo del monte no es el tiempo de los hombres, Eustaquio. Te devolví al mundo con salud y juventud prestada. ¿Qué más querías? Te di un segundo aire que no merecías.
 
Eustaquio apretó los dientes en silencio. La rabia le ardía en la garganta, quemándole por dentro; pero sus largos años de vida: los del jornalero, las trochas y el silencio del campo, le dieron la malicia necesaria para detenerse a pensar. Algo no encajaba. La ira dio paso, de golpe, a una fría y aguda suspicacia.
 
En lo más hondo de su mente, el engranaje de los viejos recuerdos comenzó a girar, dejando surgir otras voces que creía olvidadas: las de los ancianos del caserío cuando era apenas un niño, las advertencias junto al fogón, los cuentos que se repetían cuando el sol caía y el monte respiraba más cerca. Las historias olvidadas se abrían ahora en su cabeza como un libro carcomido por el tiempo.
 
En ninguna de ellas, ni una sola, el Amo de la Trocha salía de su espesura. Nunca cruzaba la frontera. Nunca tomaba forma humana fuera del monte. Nunca entraba en una casa. Siempre era lo mismo: los hombres se acercaban demasiado, la criatura los engañaba, los arrastraba hacia adentro, y allí se perdían. El monte devoraba. El monte no visitaba.
 
Entonces, ¿por qué estaba allí ahora?
 
Tú no deberías estar aquí —dijo Eustaquio—. Nunca saliste de la trocha. Nunca tocaste una casa. ¿Por qué ahora?

La criatura no respondió de inmediato.

El falso semblante de Mateo tembló con violencia. La piel del muchacho onduló como agua estancada bajo la brisa, y los hombros del joven se encogieron, buscando un resguardo invisible en la penumbra de la sala con una rigidez impropia de los vivos. Las manos de aquella cosa, parecida a su nieto, se cerraron con tanta fuerza contra los costados que los nudillos se pusieron grises, denotando una urgencia desesperada, casi suplicante.

Cuando al fin se atrevió a hablar, la voz del ente se quebró y dio paso a un tono más profundo, más húmedo, que arrastraba el peso de los siglos.

Porque ya no vienen —susurró—. Ya nadie se acerca al monte. Ya nadie escucha las historias. Ya nadie teme la trocha. Ya nadie me nombra.

Hizo una pausa, y el olor a musgo y tierra podrida inundó la sala.
 
Dentro del monte cobré muchos relevos. Hombres que se perdían solos, que seguían el agua fresca, que creían encontrar un atajo. Todos pagaron. Pero los hombres cambiaron. Dejaron de caminar hacia mí. Dejaron de perderse. Dejaron de ofrecerse. Me quedé solo. Y tú… tú eres el último que me recuerda.
 
La piel del muchacho se desprendió como humo. La figura se encogió, se alargó, se dobló. El rostro humano se deshizo entre un leve crujido de raíces secas. La entidad tomó su forma real: una sombra de humedad y raíces, un cuerpo hecho de noche, ojos como pozos sin fondo.
 
Eustaquio sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
 
Si me llevas —dijo—, desapareces conmigo.
 
La criatura respiró, como si el monte entero estuviera dentro de ella.
 
Es inevitable —respondió, con esa voz antigua y húmeda—. Así es el monte.
 
La sombra se quedó inmóvil. Por un instante, el cuerpo de humedad y raíces vaciló, como si esa simple posibilidad la hubiera desestabilizado. El olor a musgo se volvió más denso. Los ojos sin fondo parpadearon, inciertos, por primera vez en siglos.

Eustaquio contuvo el aliento, con los dedos aferrados al bastón de guayabo. Su primera reacción fue el rechazo absoluto, el impulso de cerrarle la puerta a esa presencia y echarla de su casa a fuerza de rabia. Pero la rabia, tan rápida y estéril, dio paso enseguida a la astucia del viejo jornalero. Miró de nuevo a la criatura, a esa masa de memoria y olvido que se desmoronaba frente a él, y ató los cabos.

El ente no había venido a buscar un relevo por capricho ni por fuerza; había venido porque estaba muriendo de hambre. Si nadie lo nombraba, si el miedo al monte se apagaba, la criatura misma dejaría de existir. Y si la criatura desaparecía... ¿qué pasaría con el pacto antiguo que lo ataba a él y a su familia? ¿Qué pasaría con el peso de la culpa que había cargado durante setenta años?

El viejo entornó los ojos, midiendo el silencio y el peligro real de lo que estaba a punto de articular. No podía entregar su vida, pero de repente vio una salida donde antes solo había una trampa.

Pero no tiene que ser así —susurró.
 
La sombra se quedó inmóvil. Por un instante, el cuerpo de humedad y raíces vaciló, como si esa simple posibilidad la hubiera desestabilizado. El olor a musgo se volvió más denso. Los ojos sin fondo parpadearon, inciertos, por primera vez en siglos.
 
Eustaquio esperó un segundo más, midiendo el silencio.
 
No puedo darte mi vida —dijo entonces, con voz baja pero firme—. Pero puedo darte lo único que te salva. Puedo contarte. Puedo repetir tu nombre. Puedo devolver tus historias. Puedo hacer que vuelvan a temerte. Puedo hacer que vuelvas a existir.

Figura de un espiritu del bosque que huye mientras pierde su forma humana
La criatura se detuvo del todo. El aire se volvió espeso. La casa pareció encogerse.
 
Déjalo vivir aquí, conmigo—continuó el viejo—. Y yo cumplo mi parte. Yo te devuelvo al mundo. No como carne. Como cuento.
 
El silencio se estancó y la silueta se contrajo. Por algunos segundos, permaneció inmóvil, dudando, evaluando el vértigo de depender de una voz humana para no borrarse de la historia. La sombra vaciló, un temblor sordo recorrió el suelo, y por primera vez en siglos, el ente pareció comprender que su supervivencia ya no dependía de la fuerza, sino de la clemencia de su última víctima.
 
Extendiendo los brazos como si de alas se tratasen, el Amo de la Trocha retrocedió. Su forma se deshizo en jirones de sombra. El olor a musgo llenó la sala. La oscuridad se plegó sobre sí misma.
 
Y desapareció.
 
El silencio fue tan profundo que Eustaquio creyó que el mundo entero había dejado de respirar. Solo quedaba el leve crujido de la madera de la casa y el latido de su propia sangre.
 
Entonces, desde afuera, llegó una voz.
 
¿Abuelo?
 
Mateo entró al rancho, sudado, con la camisa llena de hojas, los ojos abiertos como si hubiera despertado de un sueño sin principio. Las manos aún le temblaban, limpias ahora, pero el olor a tierra húmeda todavía se aferraba a su ropa.
 
¿Qué hace usted aquí? —preguntó, confundido—. Yo… yo estaba en el monte. No sé cómo llegué. No sé qué pasó.
 
Eustaquio lo miró. Su expresión había cambiado: ya no había miedo en ella, sino un reconocimiento antiguo, casi paternal. Cuando habló, su voz arrastró un leve eco, como si resonara desde más lejos de lo que la sala permitía.
 
¿En el monte tan tarde, muchacho? —dijo—. ¿Anda buscando que el Amo de la Trocha lo pierda?
 
Hombre anciano sentado en una mecedora cuenta historias a otro hombre joven sentado. a la luz de una lampara
Mateo frunció el ceño, incrédulo.
 
¿El Amo de la Trocha? —dijo sin entender.
 
Eustaquio le hizo una seña. La lámpara de kerosén parpadeó una sola vez.
 
Ven. Siéntate. Hay algo que tengo que contarte.
 
El muchacho se acercó, todavía temblando.
 
El viejo respiró hondo. El olor a musgo persistió un segundo más de lo natural.
 
Y comenzó a hablar.