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martes, 2 de junio de 2026

Viene otra vez

Viene otra vez

Lo sé por el temblor primero,

por ese golpe sordo en el pecho

que no es latido,

sino un puño antiguo

golpeando desde dentro

las puertas cerradas de mis costillas.


El aire se espesa entonces,

se pudre en la boca.

Llega la pestilencia del pantano,

húmeda y espesa,

convenciéndome

de que cada respiración

es un lujo que no merezco.


Los pasos retumban

cada vez más cerca,

dentro de mi propio esternón,

sin salida.

Mi corazón

se ha vuelto tambor de guerra

de la bestia que se acerca.


Y aun así… aquí estoy.

Solo, sí.

Solo como el guerrero que comprende,

demasiado tarde, demasiadas veces,

que la batalla más feroz

ocurre adentro.


Mis manos tiemblan,

pero siguen siendo mías.

Mi respiración se quiebra,

pero aún entra.


Mi miedo grita,

pero ya no manda.

Grendel avanza.

Yo me enderezo.

No porque me crea invencible,

sino porque conozco su olor,

su sombra,

su vieja y repetida mentira.


Esta noche es larga,

el salón está vacío

y mi voz apenas encuentra eco.

Pero guardo un secreto

que él no soporta:

incluso cuando tiemblo,

sigo en pie.

Incluso cuando él llega,

yo también llego.


Y esta vez,

como todas las veces,

también pasará.

lunes, 20 de abril de 2026

El Centinela

Heorot permanece en silencio, un silencio que pesa como plomo.

Estoy sentado ante la gran mesa, las palmas de las manos firmemente apoyadas sobre la madera vieja y nudosa. Bajo mis dedos late una vibración casi imperceptible, un eco que sube desde el suelo de piedra y llega desde el pantano lejano.

Sé que Grendel vendrá está noche, intentará vencerme una vez más. Ya está ahí afuera, observándome. He aprendido a reconocer su oscuridad mucho antes de que intente cruzar el umbral. Aún no ha entrado, pero su mirada ya atraviesa los muros como si fueran niebla. 

Con esa mirada llega el frío. El escozor del miedo, trepando despacio por mi nuca como una humedad que se instala en los huesos. Se sienta a mi lado, pegajoso y conocido, y me susurra con voz húmeda: "Esta vez tus manos estarán demasiado débiles para luchar. El salón es demasiado vasto para defenderlo solo. La negrura de afuera es más verdadera que el fuego de tus antorchas".

Cierro los ojos y obligo a mi respiración a obedecer, negándome a soltar el borde de la mesa. Él acecha desde la niebla, contando cada latido, esperando que el pánico abra una grieta por donde deslizarse.

Pero mis dedos no se mueven. Se hunden más profundamente en la textura áspera de la madera, siguiendo las cicatrices que cuarenta inviernos han grabado en las vigas. Conozco cada sombra de este salón, cada crujido familiar, cada ráfaga que intenta apagar las llamas. He defendido este lugar durante cuarenta años. Mi puesto sigue ocupado.

Hoy no necesito un grito de guerra. Mi victoria es más sencilla y, a la vez, más dura: simplemente permanecer. Habito mi cuerpo con deliberación. Siento el peso firme de mis botas contra la piedra fría, el aire que entra y sale de mis pulmones, el calor tenue de las antorchas que siguen ardiendo porque yo decido que ardan.

Mientras yo no abandone mi centro, el monstruo se quedará detenido en la orilla de su pantano, sin poder avanzar.

Estoy aquí.

El salón resiste.

Y yo, Beowulf, sigo al mando de la luz.