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jueves, 17 de julio de 2025

Desde este lado

Hay fronteras que no llegan de golpe. Nacen despacio, como líneas que se dibujan en tu presencia sin que lo notes al principio. No las construye uno, pero ahí están: firmes, silenciosas, como una costura de sombra en la niebla, trazadas sin consulta, sin voz propia.

Uno no elige enfrentarlas, pero un día se da cuenta de que ya vive dentro de ellas.

Y entonces toca aprender a quedarse. No por elección, sino por esa forma de obediencia que brota del respeto, o del miedo, o de algo más profundo y que ninguna de esas palabras alcanza a nombrar.

Lo difícil no es el muro. Es el esfuerzo que te exige sostenerte del lado que no se cruza. Porque cruzar sería un gesto breve, una llama que no pregunta. Pero quedarse… quedarse es otra cosa.

Quedarse es apagar el fuego sin perder el calor, contener el cuerpo cuando todo en él arde, resistir sin testigos ni aplausos.

Y cuando se tiene una naturaleza que arde, que reacciona, que lucha, permanecer se vuelve una batalla silenciosa. Decirse “quédate” cuando cada célula grita “salta” es nadar contra un río que nace en tu propia sangre. No es quietud, es guerra interna. Cada día, cada instante, el cuerpo suplica: moverse, romper, decir su verdad.

Pero tú te sostienes. No por debilidad, sino por una fuerza que se parece demasiado al sacrificio.

Hay días en que el deseo se vuelve físico. No una idea, no una nostalgia, sino una urgencia que recorre la piel, que se instala en el pecho como un animal que late y empuja desde dentro. Entonces recuerdas el muro. 

Y no, no duele. Lo que hiere es fingir que no lo ves, que no lo sientes, que no lo sueñas. Porque cada fibra quiere saltarlo. No para huir, sino para tocar, para sumar, para estar.

Y sin embargo, uno se obliga a permanecer. A sostenerse en la quietud, a respetar el límite que no pidió. Y esa obligación no es noble, ni heroica. Es pesada. Es amarga. Es una forma de fidelidad que parece encubrir una vulgar renuncia.

Desde aquí, a veces, veo caer la lluvia del otro lado. No es tormenta, pero arrastra esa tristeza que se reconoce sin tocarla. Y sé , con esa certeza que no necesita pruebas, que podría sumar sin desbordar, enriquecer sin alterar, ser sin invadir, proteger sin agobiar.

Pero permanezco. No por calma. No por conformidad. Sino porque hay límites que, aunque ajenos, se vuelven mandato. Y aun cuando las sombras breves del otro lado también ensombrecen mi corazón, sigo aquí. Sosteniéndome donde no se me llama, frente a lo que no elegí, como quien guarda el fuego para no incendiar la quietud.

Y así permanezco, en la penumbra del deseo, esperando, quizás, que un día caigan algunos ladrillos, y pueda cruzar sin herir, y lograr que la lluvia, al fin, se detenga.

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