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sábado, 18 de abril de 2026

El hombre equivocado

El aire en la Gran Cámara de Eos no olía a esperanza, sino a hierro oxidado y a algo rancio imposible de identificar y que los agonizantes ventiladores se esforzaban por esparcir. Cada frase pronunciada en la sala del Consejo sonaba más corta que la anterior, como si las palabras mismas robaran el poco oxígeno que quedaba. La Gran Sincronía había decidido que  el mundo de la superficie ya no existía y sellaba los ductos uno a uno, asfixiando a la humanidad siguiendo una lógica impecable.  

Semanas de debates agotadores habían reducido la discusión a un ritual de desgaste. Las luces de advertencia parpadeaban con una cadencia irregular, y los interlocutores hablaban reservándose una pausa demasiado larga, como si calcularan el costo de cada inhalación. La Ministra insistía, la voz rota pero firme:  

Despertar al Doctor Thorne no es una regresión. Es el único acto responsable que nos queda. El Interruptor de Arquímedes fue diseñado con una firma genética que solo él puede activar. ¿Prefieren morir aferrados a nuestra pureza evolutiva o salvar a los vivos?  

El Filósofo de Estado respondió con una risa seca que terminó en tos. Apoyó una mano en la mesa, aguardando a que el mareo cediera.  

Durante siglos predicamos que nos habíamos liberado de las manos callosas y de todas soluciones analógicas. Despertar a un hombre de la época de las guerras por petróleo es contaminar nuestra identidad colectiva. La muerte, incluso esta, forma parte del orden que decidimos trascender. Recurrir a él es rendirnos ante la bestialidad que tanto nos esforzamos por superar.  

La Ministra golpeó la mesa con debilidad; el sonido fue más hueco de lo que esperaba.  Con evidentes señales de falta de aire, señaló un monitor que mostraba a un grupo de personas tendida en el suelo, muriendo...

¿Crees que les importa la ética?— Escupió, dándose cuenta, tarde, de que no había tomado suficiente aire.

— La ética abstracta no alimentará sus pulmones. Mientras debatimos identidad y pureza, nuestra gente emite su último aliento. Si la Sincronía falla, nuestra supuesta superioridad terminará en suicidio colectivo. La supervivencia de los vivos es el imperativo moral superior, no un ideal que nadie podrá defender cuando estemos todos muertos.  

Otras voces se sumaron, cada vez más roncas: Justicia intergeneracional, estabilidad del sistema, el riesgo de erosionar la fe en la Sincronía como única guía legítima, nadie recordaba la última vez que una válvula se hubiera abierto a mano. 

Al final, más por cansancio que por convicción, acordaron revertir la criostasis del Doctor Thorne.  

Días después, cuando el oxígeno escaseaba incluso en la sala del Consejo, el proceso comenzó.  

El vapor gélido se derramó como aliento de cadáver cuando la tapa de aquel sarcófago se deslizó con un siseo helado. El hombre que emergió tenía hombros anchos y manos grandes, nudillos marcados por cicatrices de soldadura y ácido. El Consejo lo rodeó con una reverencia desesperada, hablándole de algoritmos cuánticos fallidos y protocolos de emergencia, esperando que su sabiduría ancestral pusiera orden al caos.  

Él asentía en silencio, con los ojos aún empañados y fijos en los hologramas que flotaban como espectros. Cuando intentó ponerse en pie, las piernas le fallaron de inmediato; los presentes tuvieron que ayudarlo a salir del sarcófago y sostenerlo por los brazos, ya que sus músculos, atrofiados por siglos de parálisis, parecían no querer responder a sus órdenes.

El Ingeniero Jefe se inclinó sobre los escáneres y frunció el ceño.  

Ministra… estas marcas no son de laboratorio.  

Lo condujeron hasta la Gran Consola. La voz de la Sincronía resonó, como siempre, fría e impersonal:  

Firma genética requerida. Solo el Doctor Thorne puede activar el Interruptor de Arquímedes.  

Aun sin saber lo que ocurría, el hombre colocó la palma sobre el lector.  

La pantalla estalló en rojo. Las luces de la cámara parpadearon al unísono y, por primera vez, la voz de la Sincronía se fragmentó.  

Error de identidad. Error de continuidad de registros. Firma inexistente.  

El silencio que siguió fue anómalo, demasiado largo.  

El aire pareció espesarse. La Ministra dio un paso adelante y se llevó una mano al pecho.  

¿Quién eres tú?  

Me llamo Elías —respondió él con una calma áspera, como piedra rozando acero, su propia voz pareció sonarle extraña ya que carraspeó varias veces antes de continuar —. Soy el mecánico de mantenimiento del búnker. 

Vaciló sobre sus aun inestables piernas, obligando a los presentes a apoyarlo sobre la consola lectora.

— Cuando el cielo empezó a caer, Thorne intentó entrar. Un bombardeo derribó el techo sobre él. Me miró a los ojos, me dio su tarjeta y me empujó adentro. “Alguien tiene que llegar al otro lado”, me dijo. Y se quedó allí.  

La Ministra cerró los ojos. No fue culpa lo que la atravesó, sino una comprensión tardía, incómoda.  

Entonces… No eres Thorne.  

El Filósofo soltó una carcajada quebrada, sin humor, que resonó débilmente en la cámara saturada.  

Un genio murió haciendo lo único que podía hacer… y nosotros seguimos creyendo que los respuestas están en los hombres equivocados.  

La sala se llenó de voces superpuestas, ya sin forma ni jerarquía. Propuestas desesperadas, súplicas inútiles, cuerpos dejándose caer contra la mesa o el suelo frío.  

Mientras el caos crecía, Elías se apartó del grupo sin decir palabra. Ignoró los hologramas brillantes y se arrodilló junto a las placas del suelo, ya no resistía el dolor en sus rodillas. Estando allí, algo llamó su atención, pegó la oreja al metal y cerró los ojos, escuchando un lenguaje que no había cambiado en milenios: el gemido irregular del acero, el silbido ahogado del aire atrapado.  

Oigan —dijo de pronto, como si interrumpiera una discusión trivial—. Su IA no está loca. Creo que está sobrecalentada.

Se tendió boca abajo sobre el suelo, con los brazos estirados por encima de la cabeza, buscando una vibración en el metal. Cuando abrió los ojos, un brillo de esperanza le cruzó la mirada, pero al intentar explicarlo, el aire le faltó. Tosió, buscando oxígeno que no llegaba, y forzó la voz, hablando despacio, casi entrecortado:

—La válvula... la de retorno del conducto primario... suena a que está bloqueada por óxido seco. Seguro lleva décadas así, apuesto a que nadie la ha tocado desde que cubrieron todo esto con... tanta ornamentación inútil.  

Se puso de pie y señaló un panel de mantenimiento oculto tras la sobrecargada parafernalia de las paredes.  

Las máquinas, por muy inteligentes que sean, siguen siendo máquinas. No necesitan un código genético, ni saben de filosofía o ética. Necesitan a alguien que recuerde como es el estar dispuesto a ensuciarse las manos y golpear el metal hasta que el aire vuelva a correr.  

Elías se arremangó, notando que el uniforme le quedaba grande, demasiado holgado desde lo último que recordaba. Sus manos, sucias, con las uñas encarnadas por el trabajo de años, buscaron una muesca en el panel. Tuvo que intentarlo varias veces. Sus movimiento aun eran torpes, y el polvo que soltó la pared al ceder empobrecía aun más el aire que respiraba. Alguien detrás de él soltó un quejido de frustración, pero él no se giró. Solo quería que aquellos idiotas dejaran de mirarlo como bicho raro.  

El metal crujió, quejándose, y por fin el aire volvió a correr. Elías no dijo nada. Se limpió el sudor y el polvo con el antebrazo, dejando una mancha oscura sobre la piel. A su lado, el mundo que se creía superior estaba volviendo a respirar gracias a alguien que, para ellos, nunca debió estar allí... 

El hombre equivocado, el único que aún sabía escuchar el metal, tomó una fuerte bocanada de aire, desde ese mismo aire que había sido el único capaz de traer desde el pasado a los vivos... y luego se durmió plácidamente, sin importar nada más.


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miércoles, 24 de septiembre de 2025

Ella, el epicentro

 Ese día, él llegó al café con una inquietud leve, como si el tiempo hubiera resbalado un segundo fuera de sitio. No era tristeza ni alegría, sino una incomodidad invisible, como si el mundo tocara una melodía distinta sin pedir permiso. El murmullo de las conversaciones y el aroma del café recién molido parecían normales, demasiado normales, como si la rutina escondiera algo que estaba a punto de romperse.

Y entonces, ella entró sin anunciarse, como siempre. Llevaba esa camisa de mangas largas que usaba contra el sol, y su cabello oscuro suelto, un torbellino que desafiaba peines, pero que él adoraba por su rebeldía. Era pequeña, sí, pero con una presencia que movía el aire. Caminaba como si la ciudad la meciera a su ritmo.

Él la miró. Algo cedió, o tal vez se lo imaginó. El suelo, al parecer, también.

Sintió que su centro se inclinaba hacia ella, como si su cuerpo olvidara las leyes del equilibrio. La cucharilla en su taza tintineó sola. ¿Era su pulso… o era el mundo?
El vaso vibró. La lámpara osciló. Sus rodillas flaquearon. No supo si era amor o falla tectónica.

Ella se acercó al mostrador, pidió un café con un “por favor” tan suave que hizo sonrojar al barista. Sonrió al tomar la taza, y el universo pareció plegarse en torno a su gesto. Las ventanas zumbaron, un cuadro se torció, un cliente dejó caer su teléfono. Él, convencido, pensó: claro, todo cede a su paso magnético.

La mesa se agitó. Una taza rodó. Y aún así él creyó que era su propio pulso, hasta que un grito lo alcanzó desde lejos: “¡temblor!”. Pero apenas lo registró; seguía atrapado en esos ojos que guardaban un secreto del universo.

Ella permaneció quieta. Sostuvo la taza con calma, frunciendo apenas el ceño, como si aquel terremoto fuera un rompecabezas menor. Luego, sin apuro, caminó hacia la puerta. No corría. No temblaba. Solo giró el rostro hacia él, fugazmente, y en ese instante todo volvió a sacudirse dentro de él.

La siguió con la mirada, embobado, arrullándola hasta que cruzó el umbral, suspendido en una nube tibia, con el mundo vibrando como una sinfonía invisible.

Un vaso se quebró a su lado y, por fin, la realidad lo abofeteó. “¡Mierda, está temblando!”, exclamó, recordando de golpe el café, el caos, el peligro. Se lanzó hacia la salida, chocando con una mesa, el corazón aún enredado en ella, pero los pies, al fin, huyendo con los demás.

Corrió calle abajo, sonriendo. Su enamoramiento era una emergencia, digna de una alerta sísmica personal. Con ella como epicentro, su vida se había vuelto una zona de desastre, y él, feliz, el único loco dispuesto a quedarse bajo los escombros.

sábado, 12 de julio de 2025

Elías: Crónica de un Romanticismo Prohibido

ULTIMA HORA. ALERTA POÉTICA: PANDEMIA DE SENTIMIENTOS

Sábado, 12 de julio de 2025 — 04:04 CEST

Redacción Central del Diario Sensorial

Sección: Inusuales & Inesperados

UN ROMÁNTICO DESATA EL CAOS EMOCIONAL

A las 05:47 horas de ayer, un hombre colocó una carta manuscrita en una máquina expendedora. Antes de desvanecerse en la niebla, murmuró: “te extraño”. Las autoridades emocionales, con cautela, lo nombran Elías.

En 2021, tras la Gran Desconexión, las redes sociales fueron reprogramadas para eliminar toda emoción, archivando el Romanticismo como reliquia peligrosa. El acto de Elías, un gesto tan breve como disruptivo, ha reactivado un síndrome afectivo latente, desencadenando una crisis poética de alcance mundial.

Portaba un tulipán marchito en el bolsillo y un cuaderno de versos que parecían escritos a contratiempo. Fue visto por última vez de pie frente a la máquina, escribiendo una carta en lugar de comprar. La bruma, con un sutil olor a melancolía, lo envolvió al partir.

Reacciones inmediatas

El pánico emocional se propagó como un eco. Ciudadanos tapiaron ventanas, temiendo que el sentimiento se filtrara como aire húmedo. En un hospital, un paciente en coma recitó un poema al despertar, desconcertando al personal médico,

que diagnosticó una posible "infección lírica". En suburbios monitorizados, adolescentes grafitearon "El corazón no se censura", venerando a Elías como figura insurgente, mientras son perseguidos por unidades de contención afectiva.

Rumores persistentes

Las autoridades niegan la existencia de Elías, calificándolo como una alucinación colectiva o constructo simbólico. Sin embargo, los rumores se multiplican. Se dice que escribió poemas y los lanzó a la red, no como sátira, sino con una sinceridad tan desarmada que incomoda.

En la sublírica, una red clandestina de "escribientes", circulan textos que susurran, frágiles como si temieran romperse. Desde foros ocultos se planea el "Día de la Palabra Libre", una insurrección poética que buscará inundar las plataformas con versos imposibles de filtrar.

Eco global

En el hemisferio sur, multitudes improvisan recitales en plazas abiertas, como si el aire mismo necesitara palabras. En el norte, los firewalls emocionales se endurecen, blindando corazones y pantallas.

Declaración oficial

"No toleraremos desviaciones afectivas. La estabilidad emocional no es negociable", declaró con voz plana la Dra. Irma Cero, del Ministerio de Coherencia Social. La unidad institucional muestra fisuras: un agente de la Brigada de Coherencia confesó de forma anónima: "Encontré un poema de Elías en mi terminal. No lo reporté. Sentí algo."

El parlamento reabre el debate sobre una vacuna contra el Romanticismo, archivada en 2021 por considerarse "innecesariamente poética". Ahora es vista como la última defensa contra sentimientos de alto contagio simbólico.

Fenómenos colaterales

Semáforos se detienen en rojo sin tránsito. Estatuas lagrimean discretamente. Pianos olvidados reviven melodías antiguas sin manos. La ciudad, en su delirio, recita. A medianoche, pantallas públicas fueron hackeadas: "No hay firewall contra el alma." El silencio posterior fue interrumpido por miles de voces que, simultáneamente, recordaron cómo suena un poema.

Epílogo incierto

El paradero de Elías sigue siendo un misterio. Algunos lo vieron cruzar estaciones vacías o hablar con la lluvia. En barrios sin ruido flotan frases: "No era olvido, era miedo", "Aún guardo el pétalo donde me nombraste".

Esta noche, en miles de hogares, alguien escribe en secreto, acaricia un tulipán dormido, o simplemente recuerda sin permiso. Si el amor es pandemia, ¿quién en verdad quiere la cura?

lunes, 9 de junio de 2025

El último crepúsculo

El aire huele a tierra seca y ceniza, delatando a un mundo que retiene su último aliento antes de sucumbir. El viento se desplaza en ráfagas inconsistentes, levantando espirales de polvo que se disuelven apenas unos metros adelante. La ciudad yace en un silencio muerto, con sus edificios inclinados, como si estuvieran demasiado agotados para seguir de pie.

El paisaje es un cadáver de piedra y asfalto, inmóvil bajo el cielo en llamas. Es un lugar al que aquel hombre ha regresado demasiadas veces. Un campo de batalla en ruinas, donde el día agoniza antes de entregar su luz a la noche.

Y en ese yermo desolado, él espera.

Su piel curtida lleva las marcas de un tiempo que nadie más recuerda. Ha cruzado tierras devastadas, mares que dejaron de cantar, ciudades que se derrumbaron bajo su mirada. Su espada descansa contra su espalda, esperando el contacto de una mano que ha blandido el acero más veces de las que quisiera contar. Antes, la empuñaba con convicción. Ahora, con hábito.

Ha peleado demasiadas veces. Ha sentido la furia y el fuego, la euforia y el dolor. Ha sido testigo de victorias que nunca duraron, de derrotas que nunca importaron. ¿Cuántos años han pasado? ¿Cuántos ciclos más tendrá que repetir? La respuesta no es necesaria. Lo único seguro es que el otro hombre vendrá.

El viento gira. Algo ha cambiado en el aire, como una pausa sutil antes de un movimiento inevitable. No hay sonido que anuncie su llegada, ni el crujir de pasos sobre piedra, ni el silbido de un arma desenfundada. Pero el hombre siente su presencia. Como siempre la ha sentido.

La sombra aparece como si hubiera estado ahí todo el tiempo. El viento la arrastra consigo, enredándola entre las ruinas, dándole forma antes de materializarla por completo. Su andar es pausado, sin prisa, sin titubeo. Sus ropajes oscuros ondean a su alrededor como un eco de las sombras que lo rodean, como si la propia tierra reconociera su presencia y se apartara en reverencia. Hay algo serpentino en su movimiento, un ritmo que no pertenece al mundo de los hombres.

El hombre que espera no reacciona de inmediato. No porque no lo haya visto venir, sino porque cada vez es un recordatorio de lo inevitable. La batalla será como todas las demás, una repetición sin fin. Sin embargo, por un instante, en el umbral de la confrontación, hay algo ceremonial en aquel encuentro. Como si, más allá de la guerra, hubiera algo más profundo que los une. Algo anterior a la historia, al lenguaje o a la razón.

Un suspiro invisible recorre la tierra. El viento se detiene como si el tiempo mismo contuviera el aliento. El sol agoniza un poco más.

El recién llegado avanza.

Su andar es pausado, constante, sin urgencia. No porque desee retrasar el inevitable enfrentamiento, sino porque el tiempo ya no tiene significado para él.

La ciudad en ruinas no le dice nada. No siente nostalgia, ni pesar, ni siquiera reconocimiento. Podría haber sido otra ciudad, otro campo de batalla, otro mundo. Todo se ha desmoronado antes y volverá a hacerlo. Solo los escombros permanecen, solo el polvo gira con el viento, solo la sombra que arrastra consigo sigue siendo real.

No hay odio en su pecho, ni furia. Las emociones le abandonaron hace demasiado tiempo, consumidas por la repetición, por la certeza de lo inevitable. Y si alguna vez hubo algo más—un propósito, una razón, una voluntad—también quedó enterrado en alguna guerra que ya no recuerda.

Pero hay una certeza. Siempre hay una… El enemigo que le espera.

Cuando su mirada encuentra a la del otro hombre, la siente como una corriente helada atravesando su piel. No es sorpresa. No es temor. Es reconocimiento. Una chispa de memoria encendida en la eternidad.

Porque al final, cuando todos los mundos se han extinguido, cuando todas las victorias han sido devoradas por el vacío, cuando cada batalla ha terminado igual que la anterior, él sigue aquí. Y el otro también.

El viento se detiene. La sombra se extiende a su alrededor.

Los dos hombres se miran.

No hay sorpresa en sus rostros. No hay odio. Solo el reconocimiento de lo inevitable.

Uno de ellos inclina la cabeza levemente, un gesto apenas perceptible, pero suficiente. El otro responde del mismo modo. No es un saludo festivo, ni una señal de respeto convencional. Es el acuerdo tácito de dos guerreros que han recorrido este camino demasiadas veces.

Entonces, ambos avanzan.

No es un ataque ciego, ni un estallido de furia repentina. Es una danza ensayada, una coreografía escrita hace milenios. La tierra tiembla bajo sus pasos, el aire se parte con el primer golpe. Acero contra sombras, luz contra caos.

Un hombre se alza con la fuerza de la aurora. Su espada corta el aire con un resplandor ardiente, su movimiento firme, preciso. No lucha por victoria. Lucha porque debe hacerlo. Como lo ha hecho desde el primer amanecer.

El otro hombre se desliza entre los golpes como si el viento lo guiara. Su sombra crece, se retuerce, se adapta. No esquiva por miedo. Esquiva porque ha aprendido que la lucha no es para ganar, sino para continuar. Como lo ha hecho desde el primer susurro del caos.

Cada golpe se encuentra con su opuesto. Ninguno retrocede. Ninguno cede.

El sol se desangra sobre el cielo. Los dioses se abalanzan uno contra el otro. Y la batalla comienza otra vez. 

Así como ha sido durante milenios, Ra, el dios del sol, y Apofis, el dios del caos, siguen su inútil y eterna lucha por la supremacía en una tierra que ya no existe, donde las ciudades han olvidado sus nombres, y el polvo ha comenzado a olvidar también a los dioses que lo habitan.








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viernes, 10 de noviembre de 2023

La Exhibición

Grupo de extraterrestres observando un aviso en una pared.
AVISO

Respondiendo a los hechos de esta mañana, la comandancia general ha decidido tomar una serie de acciones destinadas a garantizar la seguridad de esta comunidad. 

Instamos a los capitanes de unidad a asegurar el cumplimiento de las siguientes normas destinadas a lograr una defensa más efectiva y una pronta victoria:

  1. Se prohíbe la permanencia en el exterior en el horario comprendido entre las 1900 y las 0700 horas.
  2. Los pases de salida se otorgarán solo a los grupos operativos de logística con escolta. Todas las salidas estarán restringidas al horario comprendido ente las 1000 y las 1400 horas.
  3. Los capitanes deberán garantizar los suministros a las unidades especializadas que efectuarán labores de limpieza exterior. Para ello se servirán a discreción de cualquier pertrecho en nuestras instalaciones.
  4. Los residentes no combatientes se mantendrán en sus cubículos y pondrán a disposición de los grupos operativos cualquier recurso, material o humano, requerido. La lucha es responsabilidad de todos y no hay sacrificio demasiado grande para la victoria.

Hermanos, por milenios hemos sobrevivido a plagas, guerras, cataclismos geológicos y eventos interestelares… y aún estamos aquí. Esta vez, en unidad, también sobreviviremos.

Nota: El Servicio fúnebre de los caídos se realizará a las 0800 horas. Agradecemos Puntualidad, la unidad médica deberá asegurar la disposición de los cuerpos antes de su transformación. 

C.R.E.

DATOS DEL DOCUMENTO HISTÓRICO

Cod: AR_TI15F2534
EDAD SOLAR: ¿1600-1700 ciclos?
ORIGEN: PLION1485 (Tierra. Sin formas de vida inteligente. Probable Holocausto Zombie)
TIPO: Texto Arqueológico
UBICACIÓN: Museo interestelar SOL859S (En Exhibición)






martes, 13 de diciembre de 2022

Viejo, pero no Obsoleto.

 – ¡Demonios! – la expresión pronunciada con aquella a aguda voz metálica cortó el silencio como una navaja.

Con una parsimonia no coherente con el intento de vehemencia reflejada en su voz, la figura recogió el brazo mecánico que se acababa de desprender de su hombro y, con un rápido movimiento de enganche, volvió a colocarlo en su puesto ajustándolo hasta oír el clic del mecanismo de cierre.

Viejo, pero no obsoleto – dijo, mientras movía los dedos delante de sus sensores ópticos.

En realidad, el viejo androide no estaba muy claro de lo que significaban aquellas palabras. Solo recordaba las películas clásicas que sus antiguos dueños veían los domingos y le había parecido apropiado pronunciarlas en esta ocasión.

Con el pequeño adaptador incorporado en su dedo, siguió ajustando el tablero en el que había estado trabajando la última hora. Terminado el trabajo,  activó algunos brakers y cerró con un golpe la pesada y derruida tapa. Al momento, algo comenzó a cobrar vida allá abajo, en lo más profundo de la estructura. Algún tipo de máquina se activó y, de pronto, toda la estancia pareció iluminarse con una luz amarillenta y suave.

Filas y filas de estanterías repletas de latas, paquetes y bolsas en perfecto estado, el cableado perfectamente empalmado y las estanterías en su lugar evidenciaban que aquel bunker había sido reparado y acondicionado recientemente encontrándose en pleno funcionamiento.

Su primer trabajo, hace más de un siglo, había sido precisamente en aquel bunker que, encargado por humanos poderosos, nunca pudo utilizarse. El hombre quemó el mundo, y a casi toda la vida en él, antes de que alguien estrenara aquella fortaleza. Lástima, nadie había podido apreciar la belleza de un trabajo bien hecho y una programación cumplida al detalle.

Es que nada quedaba en aquel mundo en cenizas, infestado por una humanidad que, deforme física y mentalmente, trataba de aplazar el inevitable fin programado en su mismo ADN, irreversiblemente degradado y en cenizas como todo lo demás.

Una señal de alerta le advirtió de algo que pasaba en el exterior. No necesitó mirar el monitor de seguridad, sabía lo que era… Por fin habían llegado.

Satisfecho con las reparaciones realizadas, subió rápidamente y sin esfuerzo los tres tramos de escalera que le llevaron a la puerta exterior, asegurándose cada vez de que cada uno de los pesados portones de acero y concreto quedaran bien cerrados y ajustados tras de si.

Al lado de la última puerta le esperaba un bolso de colores que tomó antes de salir al aire maloliente del exterior. Mientras se aseguraba de que el bunker quedara herméticamente cerrado, escuchó claramente como la muchedumbre reunida afuera gritaba

Prometeo, Ladrón. Devuélvenos  lo nuestro.

Sin inmutarse, tomó nuevamente el bolso y se dirigió hacia la cerca que le separaba de la multitud. Destacándose del grupo, un hombre anciano se adelantó reclamando silencio y obligando a los demás a escucharlo.

SNAB182534, conocido como Prometeo S05, “El Viejo”. Rompiste la ley y has robado a tus dueños.  Has perdido el derecho de reprogramación, devuelve lo mío y preséntate para ser desensamblado.

Un murmullo de excitación recorrió el grupo al observar que el androide les daba la espalda y se arrodillaba para abrir el bolso. Con una extraña delicadeza, tomó un pequeño bulto envuelto en una hermosa tela bordada color azul. Con el bultito en brazos, se dirigió hacia el grupo que irrumpió en vítores y celebraciones al otro lado de la cerca.

Sin embargo, la celebración en los rostros demacrados y deformes se transformó en sorpresa al ver que en aquellos brazos robóticos, reluciente y brillante,  había uno de aquellos antiguos artilugios que los humanos habían usado un siglo atrás para destruirse.

Extrañamente, por instinto, la multitud trato de acercarse más al androide y su carga como quien busca aproximarse a lo que será su redención. La providencia parecía premiarles con sus más caros deseos, y la posibilidad verdadera de terminar su condena se encontraba allí en brazos de aquella estúpida maquina con piernas.

Sin el más minimo atisbo de duda y con la más absoluta precisión mecánica. Fue activando uno a uno los controles en el aparato. Antes de oprimir el último, levantó la cara hacia la multitud y con su desafinada voz mecánica les informó:

Viejo, pero no obsoleto –. y con un movimiento seguro, detonó el explosivo que arrasaría con los allí presentes y todo lo demás en cientos de kilómetros a la redonda.

Algunos días después, luego de que se asentara el polvo y se enfriara la tierra, el paisaje no había cambiado mucho mostrando La misma desolación y oscuridad que por décadas le había caracterizado.


En uno de los compartimientos de aquel bunker, en lo profundo de la tierra, otro androide manipulaba algo sobre una mesa. Juguetonamente, una pequeña forma humana tomaba un dedo de las tres manos de aquel viejo androide pediátrico que le cambiaba el pañal en el más tradicional estilo.

Era este el objeto robado a aquellos hombres y por el que Prometeo había decidido inmolarse para asegurar su supervivencia. Un bebé humano sin mácula genética, una niña perfecta, la primera después de un siglo de decadencia y destrucción. Una esperanza de futuro que sobreviviría en aquel bunker hasta que pudiera salir al exterior y sanar la humanidad. Todo gracias a un androide “viejo, pero no obsoleto” que decidió cumplir con su programación y reparar el mundo.




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