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lunes, 16 de febrero de 2026

Amílcar (2): La batalla por la cercania

Niño delgado con gorro tribal camina lentamente por un sendero rural al atardecer, observado por otros niños a lo lejos.
Nunca supe explicar por qué, después de aquella pelea con los “fuereños”, Amílcar empezó a buscarnos. No era evidente ni mucho menos; seguía siendo el mismo niño silencioso, de pasos cortos y mirada huidiza, pero ahora había en su forma de acercarse un reconocimiento tímido, como si hubiéramos cruzado juntos una frontera invisible entre su soledad y nuestro mundo.

Ese acercamiento, sin embargo, no era sencillo para él. Lo que para nosotros era un simple caminar hacia el río, para Amílcar representaba una batalla física que no podía disimular. Avanzaba con una lentitud dolorosa: un paso, pausa, mueca de esfuerzo extremo, como si cada movimiento le costara una fuerza desproporcionada. El polvo de la carretera nueva ya empezaba a cubrir los caminos viejos y traía consigo un olor lejano a gasolina y escape que antes no existía. Todo cambiaba alrededor, pero Amílcar parecía cambiar más rápido que el paisaje.

Elisa fue la primera en intentar romper ese muro. Una tarde le ofreció un puñado de guayabas silvestres. Amílcar estiró la mano; vi cómo sus dedos temblaban de forma antinatural, los tendones marcados bajo la piel como cables al límite. Justo antes de tocar la mano de mi prima, su brazo dio un sacudón brusco, un espasmo violento que lo obligó a retroceder varios pasos. Bajó la mirada, avergonzado, mientras el murmullo bajo su gorro se aceleraba, casi frenético, como si recitara una oración a toda velocidad para calmarse… o para callar algo más.

Está bien, Amílcar, no pasa nada —dijo Elisa con paciencia infinita.

Pero sí pasaba. Y todos lo sabíamos, aunque no tuviéramos nombre para nombrarlo.

Niño intenta trepar un árbol en un claro boscoso
Semanas después, en el claro detrás del viejo galpón, intentamos enseñarle a trepar un árbol pequeño, apenas un tronco inclinado con un par de ramas fuertes. Para nosotros era un juego; para él, una prueba imposible.

Elisa lo animaba desde abajo. Amílcar puso un pie sobre la corteza, tembloroso. Pero en cuanto intentó impulsarse, su cuerpo se bloqueó. No fue torpeza: fue como si sus músculos se negaran a obedecer. La pierna tembló en el aire, los tendones del cuello se pusieron rígidos y su cabeza se echó hacia atrás con tal fuerza que perdió el equilibrio. Cayó de espaldas con un golpe seco que levantó polvo.

El grito que soltó fue puro alarido de frustración y rabia contenida. Elisa se arrodilló al instante para ayudarlo, pero cuando puso las manos sobre sus hombros, el gorro de lana se tensó de golpe. Vimos, o creímos ver, un abultamiento bajo la tela que se movió una vez, como si algo empujara desde dentro, y luego latió una, dos veces, con un ritmo seco y profundo que se sintió más que se oyó, como un puño pequeño golpeando madera hueca.

Amílcar se soltó con una urgencia aterradora, casi empujándola, y se alejó gateando varios metros antes de levantarse y correr hacia los matorrales. Mientras huía, los murmullos ya no sonaban a disculpas; eran más graves, entrecortados, como si respondiera a una pregunta que nadie había hecho.

Nos quedamos en silencio un buen rato, sin atrevernos a hablar de lo que habíamos visto. Pero los niños no aguantamos mucho el silencio, y al final, mientras pelábamos mandarinas en el patio de Elisa, las palabras salieron solas.

Cuatro niños sentados en círculo pelan mandarinas bajo una lámpara nocturna.
Fue como si tuviera un segundo corazón ahí arriba —dijo Toño con los ojos muy abiertos—. Mi abuelo decía que cuando la cabeza se hincha mucho por el agua, el líquido late como si fuera sangre, como un tambor dentro del cráneo.

Elisa pensó un segundo y murmuró:

Mi mamá dice que el gorro está tejido con las trenzas de su abuela para que nada se escape. Que si late es porque el agua está muy presionada y quiere salir. Por eso no deja que nadie lo toque: si se afloja el gorro, todo se desborda y se muere.

Mariela arrugó la nariz:

O tal vez es el alma que se mueve. Mi tía la rezandera dice que cuando uno nace con la cabeza así, a veces trae dos espíritus y uno se queda atrapado atrás, latiendo para que lo dejen salir. Por eso su mamá nunca se lo quitaba ni para dormir.

Toño soltó una risita nerviosa:

¿Entonces si le quitamos el gorro se le sale el espíritu y vuela?

O se le sale el agua y se seca como una pasa —remató alguien, y todos nos reímos, pero fue una risa breve, de esas que se apagan porque en el fondo nadie está del todo seguro.

En ese momento esas explicaciones nos parecieron tan ciertas como el sol que se ponía. Vivíamos entre cuentos de abuelas y remedios de campo; para nosotros era posible que la cabeza de Amílcar tuviera agua latiendo como un tambor, o un espíritu inquieto que empujaba desde dentro. Lo importante era que el gorro lo mantenía todo en su lugar.

Seguimos pelando mandarinas, dejando que las cáscaras se acumularan a nuestros pies, como si ese pequeño desorden pudiera distraernos de lo que ninguno quería decir en voz alta.

Esa noche el caserío tembló.

Fue un sacudón leve. En la mayoría de las casas apenas vibraron los platos. Después se dijo que las detonaciones usadas para abrir paso a la carretera habían debilitado el terreno; que días antes algunos muros viejos ya mostraban grietas nuevas; que el suelo no había resistido más.

La casa de Amílcar fue la única que colapsó por completo. El derrumbe fue interno, súbito.

Sus padres murieron allí.

Quienes estuvieron cerca aseguraron que, antes del temblor, Amílcar estaba sentado en el umbral, murmurando con insistencia, como si discutiera en voz baja con la noche. Cuando lo sacaron de entre los escombros, cubierto de polvo y sangre, no lloraba. Repetía, con una calma extraña:

Niño cubierto de polvo y sangre se sienta en el umbral de su casa colapsada, mientras vecinos iluminan los escombros con linternas
Ahora ya no hay quien lo detenga.

Durante años atribuí lo ocurrido a la carretera, a la mala construcción, a la casualidad. Sin embargo, al mirar las ruinas bajo la luna, tuve la sensación de que el caserío se había encogido, como si algo invisible hubiera empezado a crecerá entre nosotros, ocupando el espacio que nadie quiso mirar de frente.





Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar. Puedes ver aquí las otras entregas de mi relato.

1. Amílcar

2. La batalla por la cercania 

3. Sombras en la maleza.

4. El Quiebre

6. La Partida

6. La verdad bajo el gorro


domingo, 15 de febrero de 2026

Elias Thorne: El peso del Silencio

El aire en el Cañón del Chaco no solo estaba seco; estaba hambriento.

Elias Thorne detuvo su vieja camioneta a un kilómetro de las ruinas de Pueblo Bonito. No necesitaba el GPS; lo sentía en los molares. Un zumbido sordo, una frecuencia ajena al viento y al motor, subía por sus botas, filtrándose desde el suelo. Era el Sipapu respirando, y eso nunca auguraba nada bueno.

Bajó del vehículo. Su silueta era la de un hombre que había pasado demasiadas noches bajo las estrellas y demasiados días bajo tierra. Llevaba una chaqueta de lona raída y, cruzado a la espalda, un estuche de cuero alargado con su atlatl de madera de hierro. Del cuello colgaba un trozo de obsidiana pulida, negra como un pozo sin fondo, con una grieta reciente que prefería no recordar.

Alzó la vista hacia las ruinas que se alzaban a lo lejos, siluetas oscuras contra el horizonte crepuscular. Pueblo Bonito emergía del cañón como un esqueleto olvidado, sus muros de piedra caliza erosionados por siglos de viento y sol implacable, pero aún erguidos con esa precisión antigua que desafiaba el olvido. El desierto se extendía a su alrededor, vasto y silencioso, con sus mesas y acantilados recortados contra un cielo que empezaba a teñirse de malva.

Sin embargo, algo no encajaba. El aire parecía más pesado, el silencio demasiado denso, como si el paisaje contuviera la respiración. No había pájaros, ni el habitual susurro de lagartijas entre las rocas. Solo ese vacío expectante que le erizaba la nuca.

Entonces, tocó la obsidiana una vez más, sintiendo cómo la grieta palpitaba levemente bajo su pulgar.

Koyaanisqatsi —susurró, como si el desierto pudiera oírlo—. Vida fuera de equilibrio.

Caminó hacia el complejo, sintiendo cómo cada paso lo acercaba más a las costillas de piedra que los Pueblos Ancestrales habían erigido con precisión inquietante. Las paredes de piedra caliza se alzaban, alineadas con ciclos lunares que esa noche observaban con malicia contenida.

En la plaza central, vio la anomalía.

En el corazón de la Gran Kiva no había oscuridad. Había algo peor. Una sombra viva.

Una columna de humo denso y aceitoso brotaba del agujero central. El Sipapu, portal simbólico al mundo anterior. Pero el humo no ascendía; reptaba por el suelo como un depredador que reconocía el olor de su presa, dejando en el aire un rastro rancio a piedra húmeda y quitina.

Elias sintió un tirón en el pecho. No era miedo. Era memoria.

Ya estás aquí —murmuró, como si saludara a un viejo conocido, mientras desenvainaba el cuchillo de pedernal.

De la sombra emergió una figura que desafiaba la anatomía. Parecía un hombre. Pero sus extremidades eran demasiado largas, codos doblados en ángulos imposibles, imitando los petroglifos de “hombres-insecto” en los acantilados. No tenía rostro, solo una superficie de piel reseca grabada con espirales que giraban lentamente, como si la carne fuera agua estancada.

Era un Atrapado, un eco del Tercer Mundo que había hallado una grieta en el sello.

El zumbido del Sipapu cambió de tono. Elias lo reconoció: un aviso. La última vez que lo oyó, el sello de Mesa Verde cedió y dejó un vacío que nunca llenó.

La criatura emitió un sonido como el roce de mil patas de hormiga sobre papel seco. Se lanzó hacia él con velocidad inhumana.

Elias no retrocedió.

Tocó la obsidiana; la grieta ardía bajo sus dedos como una advertencia. Metió la mano en el bolsillo y sacó un puñado de arena azul cobalto: maíz sagrado molido, bendecido en las tierras altas hopi.

Anu Sinom, guardianes que nos sostuvisteis en la oscuridad, prestadme vuestro peso contra los que traicionaron el equilibrio —bramó.

Lanzó el polvo al aire. Al contacto, la criatura chilló. El cobalto se adhirió a su forma invisible, revelando vetas como venas expuestas. Ya no era sombra; ahora era un objetivo tangible bajo la luna maliciosa.

Elias armó el atlatl con un movimiento practicado mil veces. El arma crujió como hueso viejo. El dardo, punta de pino petrificado del tiempo de los abuelos, silbó como un halcón descendiendo. No apuntó al pecho, sino a la garganta, donde el zumbido latía más fuerte, como un corazón enterrado.

Disparó.

El dardo se hundió con un crujido seco. El Atrapado se convulsionó, deshaciéndose en finas escamas de ceniza que el viento del desierto dispersó antes de tocar el suelo.

El silencio regresó, pero era un silencio herido.

Elias se dobló ligeramente, apoyando una mano en la rodilla mientras recuperaba el aliento. No era solo el atlatl o el polvo sagrado lo que había sellado la grieta esta vez; cada confrontación le exigía más de su propia esencia, un intercambio que le dejaba el pecho hueco y los músculos temblando como cuerdas flojas.

Las batallas se acumulaban en su cuerpo como capas de arena en una duna, y últimamente, el peso era mayor, el cansancio más profundo. Se dejó caer sentado en el borde de la plaza, el polvo del desierto adhiriéndose a su sudor, y miró a su alrededor: las sombras de las ruinas se alargaban bajo la luna, guardianes mudos de secretos antiguos.

Más descansado, se acercó al borde de la Kiva. Encendió la linterna y enfocó la pared interior. Allí, un petroglifo de mano abierta, con espirales que se desvanecían en los dedos, perdía su color. El sello se debilitaba. Con un suspiro cansado, sacó cincel y piedra de moler.

No esta noche —dijo, con una certeza gastada, repasando el grabado con la misma precisión ritual de siempre—. No mientras yo respire.

Entonces, mientras la piedra cedía bajo el cincel, lo vio: una marca que no pertenecía allí. Un trazo recto, frío, sin intención ceremonial. Violento en su simplicidad. Humano. Y reciente: el polvo aún no se había asentado en el surco.

Elias apretó la mandíbula.

No era la primera vez que encontraba señales así.

Pero esta era la más cercana al Sipapu.

Guardó sus herramientas y miró al horizonte, donde las luces de una ciudad lejana manchaban el cielo. Su guerra era invisible para ellos, librada en los márgenes de la historia, grabada en piedra y sellada con sangre.

Se subió a la camioneta y encendió la radio. Solo estática. Pero si escuchaba con atención, entre el ruido blanco se oía el rítmico rascar de incontables patas bajo la tierra, como si el desierto mismo respirara con ellas, esperando su turno para emerger.

Esta vez, el ritmo estaba demasiado cerca.


(Mientras el Sipapu vibra en el desierto de Arizona, algo despierta en los acantilados de los Andes. Lee la historia de Sarela Aquí)


sábado, 30 de agosto de 2025

Sofia

El polvo danzaba en los haces de luz que atravesaban las persianas rotas. Alejandro, frente a un teléfono mudo y un escritorio agrietado, se sentía una cáscara vacía, con venas azules asomando bajo su piel translúcida. Sus dedos no respondían. Sus ojos, hundidos, no veían. Solo un eco sordo resonaba en su pecho.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Días, semanas, tal vez meses. El tiempo había perdido forma. Solo persistía la sensación de haber sido vaciado.

La pantalla de su teléfono, encendida sin que recordara haberla tocado, parecía responder a ese vacío. En el centro, una imagen: el retrato de una mujer. Cabello oscuro, indócil, sonrisa tenue, mirada que atravesaba lo visible. El nombre del archivo: sofia.jpg.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

No sabía quién era. No recordaba haber tomado esa foto. Pero algo en ella lo llamó. Una vibración sutil, como si su nombre resonara en su pecho. Sofía.

Al abrir la carpeta, encontró más: mensajes sin contestar, grabaciones de voz, fragmentos de texto. Todos de ella. Todos dirigidos a él. Con cada clic, algo se abría en su mente. No eran recuerdos exactos, sino imágenes, sensaciones, ecos.

La foto lo arrastró a la primera vez que la vio. Estaba en la cafetería de la universidad, solo, con un cuaderno abierto y una taza de café fría. Afuera llovía, y el agua golpeando los ventanales lo aislaba del mundo.

Entonces la notó.

No fue que entrara: de pronto estaba allí, sentada en una mesa contigua, con la cabeza inclinada y los ojos fijos en él. No en su rostro, sino en algo más hondo: su deseo de ser visto.

Sofía tenía una belleza que se imponía sin violencia: cabello rebelde cayendo en mechones desordenados, ojos oscuros que parecían guardar una luz propia. Cuando sonrió, Alejandro sintió que una puerta en su pecho se desbloqueaba.

Ella se acercó sin decir palabra. Se sentó frente a él, como si fuera lo más natural. Y habló:

Siento que la gente apasionada me da energía.

Él, ingenuo, respondió:

Te daré toda la que necesites.

En ese instante, algo cambió. No en el mundo, sino en él. Como si su voluntad hubiera quedado sellada.

Desde entonces, Sofía aparecía en sus días como una presencia inevitable. Cada conversación lo elevaba, bastaba una frase suya para que las palabras fluyeran como un río desbordado. Luego, venía el agotamiento. Al principio lo atribuyó al esfuerzo. Después, al amor. Ahora comprendía que era otra cosa.

Con el tiempo, aquel sentimiento, aquellas cosas que ella despertaba en él ya no eran  ternura ni deseo. Se convirtieron en un vaciamiento lento y persistente que drenaba su fuerza vital. Cada encuentro lo dejaba encendido por un instante y después exhausto, como si su fuerza se filtrara gota a gota hacia ella. No era solo cansancio: era desinterés por lo que antes le importaba, una disolución de sí mismo acompañada de una inexplicable pérdida de memoria que pudiera distraerlo de todo lo que no fuera ella. Poco a poco, casi sin darse cuenta, Alejandro vio su vida desvanecerse, inmolando ante aquellos ojos hermosos, voluntariamente, todo lo que lo hacía ser él mismo: sus palabras, su pasión, su voluntad.

Una noche, tras una charla intensa, Sofía se despidió con una sonrisa ambigua y dejó su teléfono sobre el escritorio. No dijo nada. Solo lo dejó allí.

Durante horas, el aparato permaneció encendido, silencioso, como si esperara. Alejandro lo miraba sin tocarlo, consciente de que abrirlo sería cruzar un umbral sin retorno.

Finalmente lo tomó. La pantalla se encendió sola. La galería estaba abierta.

La primera imagen lo detuvo: Sofía, de perfil, en una estación de autobús. Junto a ella, un hombre que no era Alejandro. Pero su expresión le resultaba demasiado familiar: admiración, entrega, agotamiento.

La galería estaba llena. Fotos de Sofía con distintas personas, en lugares y épocas imposibles de reunir en un solo teléfono. En todas, ella idéntica.

En una carpeta etiquetada “M. Ortega” halló mensajes, fragmentos de diarios. Todos hablaban de ella. De cómo los inspiraba. De cómo los hacía sentir únicos. De cómo, poco a poco, se quedaban vacíos. El último texto era una frase inconclusa: “Ella no me deja ir. Me...

Junto al teléfono había un libro sin título. Solo un símbolo dorado: un triángulo incompleto con un círculo en el centro. Allí se hablaba de seres que no consumían carne ni sangre, sino algo más profundo.

Desde que la verdad se instaló en su mente, el mundo comenzó a deshilacharse. Hilo por hilo.

Alejandro no recordaba cuándo Sofía recuperó su teléfono ni el libro. La verdad, ni siquiera recordaba cuándo la vio por última vez. Intentó dejar de buscarla. Nunca supo si lo logró. Cada día era una página en blanco. Olvidaba lo que había hecho, sentido, o decidido.

Lo más inquietante era que Sofía ya no necesitaba estar presente para afectarlo. Su influencia se volvió incorpórea, como una niebla que lo envolvía. Alejandro la sentía en los objetos, en los reflejos, en las palabras que escribía sin saber por qué.

Su cuerpo también cambiaba. No era solo cansancio. Era una liviandad extraña, como si algo se evaporara desde dentro. Al pasar frente al espejo, a veces no se veía. Otras, solo una silueta gris, sin contornos.

La casa reflejaba su estado. Las paredes se agrietaban sin razón. Las luces parpadeaban incluso apagadas. El aire olía a metal oxidado.

Y un dia, desde la ventana, la vio por ultima vez en la distancia.

Sofía. Radiante. Su cabello brillaba bajo una luz sin origen. Su sonrisa, que ya no era ternura: era hambre satisfecha.

Ella reía. No con crueldad, sino con plenitud. Su rostro resplandecía con una luz que él sabía que una vez fue suya.

Y Alejandro, por primera vez, no sintió miedo ni rabia ni tristeza. Solo una paz extraña, como si el vacío ya no doliera. Como si, al fin, pudiera descansar.

Se sentó frente al espejo, no para verse, sino para desaparecer con dignidad. Cerró los ojos y se dejó ir. No como quien se rinde, sino como quien comprende que ya no hay nada que sostener.

Epílogo: La promesa

En otra ciudad, bajo la lluvia, Sofía se sienta frente a un joven con sueños en los ojos. Su cabello rebelde brilla, su sonrisa irradia luz.

Ella inclina la cabeza, lo mira con dulzura y gravedad.

Siento que la gente apasionada me da energía.

Él sonríe, como si ya la conociera.

Te daré toda la que necesites.

martes, 22 de julio de 2025

Ruido de fondo (3:17 a.m.)

Siempre he necesitado dormir con el televisor encendido. No por entretenimiento. Ni por insomnio. Es el murmullo. Ese zumbido constante, apenas perceptible, que llenaba el vacío de la noche. Aquel ruido de fondo alejaba el silencio que me obligaba a pensar demasiado, como si algo acechara en su quietud, esperando que bajara la guardia.

Cada noche, antes de cerrar los ojos, elegía un canal al azar: una película gastada, un noticiero monótono, incluso un infomercial de cuchillos que nadie compraría. No importaba. Lo único esencial era que la pantalla siguiera encendida, poblando la habitación con voces que no eran mías.

Durante años, eso bastó. Hasta que algo cambió. Comencé a despertar en medio de la noche. Siempre a la misma hora: 3:17 a.m.

Al principio, lo atribuí al azar. Pero noche tras noche, sin excepción, mis ojos se abrían con una punzada, como si un susurro me arrancara del sueño. El aire se volvía denso, cargado, como si la habitación contuviera el aliento.

Y cada vez que despertaba, el televisor seguía encendido. Pero no en el canal que había dejado.

Siempre en el mismo: El canal 88.

El canal 88 no existía. Según la guía, no estaba asignado a ninguna señal. No tenía programación. Pero allí estaba en el televisor. Solo mostraba una imagen fija, en blanco y negro, de una sala que parecía un reflejo torcido de la mía: paredes desnudas, una silla que no encajaba, una ventana que daba a un vacío negro. Sin sonido. Sin movimiento. Como si una cámara olvidada transmitiera desde un lugar que no debía ser visto.

Pensé en interferencias. En una señal pirata. Algo técnico.

Me obsesioné.

Busqué en foros. Hablé con técnicos. Escaneé frecuencias. Incluso abrí el televisor, un modelo antiguo que no recordaba haber comprado, buscando algo. Cualquier cosa.

Nada. El canal 88 no tenía fuente. No tenía explicación. No debía existir.

Y luego la vi.

Al principio, era solo un borrón en la esquina de la pantalla. Una silueta difusa, apenas humana, inmóvil, con la cabeza ladeada como si intentara descifrarme. No tenía rostro. Solo una oscuridad densa donde deberían estar los ojos. Pero yo sabía que, desde aquella oscuridad, me observaba.

Noche tras noche, la entidad fue definiéndose más. Primero, un leve giro de la cabeza, como si notara mi presencia. Luego, un paso lento hacia el centro de la imagen. Cada vez más cerca. Cada vez más consciente.

Y, con ella, mi habitación, la real, también empezó a cambiar.

Las paredes parecían más estrechas, como si se inclinaran hacia mí. Los objetos, un vaso, un libro, una lámpara, aparecían fuera de lugar al despertar, como si alguien los hubiera movido mientras dormía. El aire se volvía más pesado, casi líquido. Y un zumbido bajo, apenas audible, se instaló en mis oídos incluso durante el día.

Mi reflejo ya no era del todo mío. Los bordes de mi rostro se difuminaban, como si algo lo estuviera erosionando desde dentro.

Una noche, incapaz de soportarlo más, intenté detenerlo. Desenchufé el televisor. Lo arrastré hasta el contenedor de basura en la calle, bajo la lluvia. Me dije que había terminado.

Pero al volver a mi apartamento, ahí estaba. En su lugar. Encendido. En el Canal 88.

La entidad estaba más cerca que nunca. Su contorno temblaba, retorciéndose como si la carne hubiera olvidado su forma.

El miedo ya no era solo miedo. Era una humedad que se filtraba en mi mente, lenta, invasiva. Mi cuerpo se tensaba antes de abrir los ojos, sabiendo que ella estaría allí.

Y una noche, vencido por la obsesión, me acerqué a la pantalla. Quería tocar el cristal. Comprobar que era solo una imagen. Que no había nada más allá.

Estiré la mano. Y ella también.

Con un terror que me arrancó el aliento, vi cómo su contorno se alargaba, tembloroso, como un eco de carne ausente, extendiéndose hacia mí desde el otro lado. El cristal estaba helado. Pero no era un frío superficial: era un helor que trepaba por los huesos, que entumecía la sangre, como si algo antiguo y muerto intentara reclamarme.

Retrocedí. Tropecé con la alfombra. Caí de espaldas. Mi respiración era un jadeo imposible. Como si el aire se hubiera vuelto piedra.

La entidad había vuelto a su posición inicial. Pero yo sabía que me había sentido. Que me había tocado. Que me había reconocido.

Desde entonces, su presencia cambió. Ya no era una sombra distante. Era algo que me buscaba. Que me había marcado.

Ya no duermo. No realmente. No porque no quiera, sino porque no puedo. Cada vez que cierro los ojos, siento que ella se mueve. Que se acerca. Que cruza el umbral entre la pantalla y mi mundo.

El sueño se ha vuelto territorio enemigo. Un lugar donde ella tiene poder. Donde puede alcanzarme. El televisor es lo único que la contiene. Si lo apago… si me atrevo a dormir sin su zumbido… algo terrible ocurrirá.

Lo intenté una vez. Solo una. Apagué el televisor. Me obligué a cerrar los ojos. Desperté gritando. Con marcas en los brazos que no estaban allí antes... Y el televisor estaba encendido. En el canal 88. Con ella en el centro de la pantalla, más cerca que nunca.

Desde entonces, vivo en un estado intermedio. Entre la vigilia y el delirio. La habitación se ha vuelto un lugar extraño. Las paredes susurran. Los muebles están siempre fuera de lugar. Y el zumbido en mis oídos no cesa.

A veces, me miro al espejo… y juro que ella está detrás de mí, aunque la pantalla esté a mi espalda.

No sé si esto terminará alguna vez.

Cada noche, a las 3:17, la sala aparece de nuevo. Una sala que es mía, pero no lo es. Una sala donde ella espera.

Y a veces, solo a veces, cuando el televisor parpadea, me pregunto si ya está aquí. En esta habitación. Esperando que apague la luz.

Si alguna noche despiertas a esa hora, con el televisor encendido en un canal que no debería existir, con una sala que parece la tuya pero está rota... no mires demasiado.

No te acerques.

Podrías sentir que algo, al otro lado, ya te ha visto.