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lunes, 20 de abril de 2026

El Centinela

Heorot permanece en silencio, un silencio que pesa como plomo.

Estoy sentado ante la gran mesa, las palmas de las manos firmemente apoyadas sobre la madera vieja y nudosa. Bajo mis dedos late una vibración casi imperceptible, un eco que sube desde el suelo de piedra y llega desde el pantano lejano.

Sé que Grendel vendrá está noche, intentará vencerme una vez más. Ya está ahí afuera, observándome. He aprendido a reconocer su oscuridad mucho antes de que intente cruzar el umbral. Aún no ha entrado, pero su mirada ya atraviesa los muros como si fueran niebla. 

Con esa mirada llega el frío. El escozor del miedo, trepando despacio por mi nuca como una humedad que se instala en los huesos. Se sienta a mi lado, pegajoso y conocido, y me susurra con voz húmeda: "Esta vez tus manos estarán demasiado débiles para luchar. El salón es demasiado vasto para defenderlo solo. La negrura de afuera es más verdadera que el fuego de tus antorchas".

Cierro los ojos y obligo a mi respiración a obedecer, negándome a soltar el borde de la mesa. Él acecha desde la niebla, contando cada latido, esperando que el pánico abra una grieta por donde deslizarse.

Pero mis dedos no se mueven. Se hunden más profundamente en la textura áspera de la madera, siguiendo las cicatrices que cuarenta inviernos han grabado en las vigas. Conozco cada sombra de este salón, cada crujido familiar, cada ráfaga que intenta apagar las llamas. He defendido este lugar durante cuarenta años. Mi puesto sigue ocupado.

Hoy no necesito un grito de guerra. Mi victoria es más sencilla y, a la vez, más dura: simplemente permanecer. Habito mi cuerpo con deliberación. Siento el peso firme de mis botas contra la piedra fría, el aire que entra y sale de mis pulmones, el calor tenue de las antorchas que siguen ardiendo porque yo decido que ardan.

Mientras yo no abandone mi centro, el monstruo se quedará detenido en la orilla de su pantano, sin poder avanzar.

Estoy aquí.

El salón resiste.

Y yo, Beowulf, sigo al mando de la luz.

sábado, 18 de abril de 2026

El hombre equivocado

El aire en la Gran Cámara de Eos no olía a esperanza, sino a ozono quemado y a la humedad rancia de ventiladores que agonizaban. Cada frase pronunciada en la sala del Consejo sonaba más corta que la anterior, como si las palabras mismas robaran el poco oxígeno que quedaba. La Gran Sincronía había decidido que la superficie ya no existía y sellaba los ductos uno a uno, asfixiando a la humanidad con una lógica impecable.  

Semanas de debates agotadores habían reducido la discusión a un ritual de desgaste. Las luces de advertencia parpadeaban con una cadencia irregular, y más de uno hablaba tras una pausa demasiado larga, como si calculara el costo de cada inhalación. La Ministra insistía, la voz rota pero firme:  

Despertar al Doctor Thorne no es una regresión. Es el único acto responsable que nos queda. El Interruptor de Arquímedes fue diseñado con una firma genética que solo él puede activar. ¿Prefieren morir aferrados a nuestra pureza evolutiva o salvar a los vivos?  

El Filósofo de Estado respondió con una risa seca que terminó en tos. Apoyó una mano en la mesa, aguardando a que el mareo cediera.  

Durante siglos predicamos que nos habíamos liberado de las manos callosas y las soluciones analógicas. Despertar a un hombre de la era de las guerras por petróleo es contaminar nuestra identidad colectiva. La muerte, incluso esta, forma parte del orden que decidimos trascender. Recurrir a él es rendirnos ante la carne que tanto nos esforzamos por superar.  

La Ministra golpeó la mesa con debilidad; el sonido fue más hueco de lo que esperaba.  

La ética abstracta no alimenta pulmones. Mientras debatimos identidad y pureza, la gente cuenta sus últimos alientos. Si la Sincronía falla, nuestra supuesta superioridad se convierte en suicidio colectivo. La supervivencia de los vivos es el imperativo moral superior, no un ideal que nadie podrá defender cuando estemos todos muertos.  

Otras voces se sumaron, cada vez más roncas. Justicia intergeneracional. Estabilidad del sistema. El riesgo de erosionar la fe en la Sincronía como única guía legítima. Nadie recordaba la última vez que una válvula se hubiera abierto a mano. Al final, más por cansancio que por convicción, acordaron revertir la criostasis del Doctor Thorne.  

Días después, cuando el oxígeno escaseaba incluso en la sala del Consejo, el proceso comenzó.  

El vapor gélido se derramó como aliento de cadáver cuando la tapa del sarcófago se deslizó con un siseo frío. El hombre que emergió tenía hombros anchos y manos grandes, nudillos marcados por cicatrices de soldadura y ácido. El Consejo lo rodeó con una reverencia desesperada, hablándole de algoritmos cuánticos fallidos y protocolos de emergencia, esperando que su sabiduría ancestral pusiera orden al caos.  

Él asentía en silencio, los ojos aún empañados, fijos en los hologramas que flotaban como espectros. El Ingeniero Jefe se inclinó sobre los escáneres y frunció el ceño.  

Ministra… estas marcas no son de laboratorio.  

Lo condujeron hasta la Gran Consola. La voz de la Sincronía resonó, como siempre, fría e impersonal:  

Firma genética requerida. Solo el Doctor Thorne puede activar el Interruptor de Arquímedes.  

El hombre colocó la palma sobre el lector.  

La pantalla estalló en rojo. Las luces de la cámara parpadearon al unísono y, por primera vez, la voz de la Sincronía se fragmentó.  

Error de identidad. Error de continuidad de registros. Firma inexistente.  

El silencio que siguió fue anómalo, demasiado largo.  

El aire pareció espesarse. La Ministra dio un paso adelante y se llevó una mano al pecho.  

¿Quién eres tú?  

Me llamo Elías —respondió él con una calma áspera, como piedra rozando acero—. Era el mecánico de mantenimiento del búnker. Cuando el cielo empezó a caer, Thorne intentó entrar. Un bombardeo derribó el techo sobre él. Me miró a los ojos, me dio su tarjeta y me empujó adentro. “Alguien tiene que llegar al otro lado”, me dijo. Y se quedó allí.  

La Ministra cerró los ojos. No fue culpa lo que la atravesó, sino una comprensión tardía, incómoda.  

Entonces… nunca fue Thorne.  

El Filósofo soltó una carcajada quebrada, sin humor, que resonó débilmente en la cámara saturada.  

Un genio murió haciendo lo único que podía hacer… y nosotros seguimos creyendo que los respuestas están en los hombres equivocados.  

La sala se llenó de voces superpuestas, sin forma ni jerarquía. Propuestas desesperadas, súplicas inútiles, cuerpos dejándose caer contra la mesa o el suelo frío.  

Mientras el caos crecía, Elías se apartó del grupo sin decir palabra. Ignoró los hologramas brillantes y se arrodilló junto a las placas del suelo. Pegó la oreja al metal y cerró los ojos, escuchando un lenguaje que no había cambiado en milenios: el gemido irregular del acero, el silbido ahogado del aire atrapado.  

Oigan —dijo de pronto, como si interrumpiera una discusión trivial—. Su IA no está loca. Está sobrecalentada. La válvula de retorno del conducto primario suena a que está bloqueada por óxido seco. Debe llevar décadas así, seguro nadie la ha tocado desde que cubrieron todo esto con capas de estética y un montón de símbolos de su grandeza inutil.  

Se puso de pie y señaló un panel de mantenimiento oculto tras la sobrecargada ornamentación de las paredes.  

Las máquinas, por muy inteligentes que sean, siguen siendo máquinas. No necesitan un código genético, ni saben de filosofía o ética. Necesitan a alguien que recuerden como es el estar dispuesto a ensuciarse las manos y golpear el metal hasta que el aire vuelva a correr.  

Elías ya se arremangaba. Sus manos callosas se hundieron en el panel sin vacilar. Por primera vez en semanas, alguien hacía algo concreto.  

En un mundo que había elevado la abstracción a religión, el hombre equivocado era el único que aún sabía escuchar el metal

… y devolverle aire a los vivos.


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El Precio de los siglos

 En abril del año 46 a.C., tras la aplastante victoria de Julio César en la batalla de Tapso, las últimas esperanzas de la República romana se extinguían en las arenas del norte de África. Mientras las legiones victoriosas celebraban el fin de la guerra civil, en la tienda de uno de sus Generales más leales se sellaba el destino de los vencidos (tal vez pudo pasar así).



El viento cálido del desierto azotaba las paredes de la tienda de Marco Valerio, trayendo consigo el olor a salitre y el hedor dulce de la victoria reciente en los campos de Tapso. Bajo el cielo de abril del norte de África, el campamento de la X Legion se extendía como una mancha de hierro y sangre sobre la arena blanca.

En el interior, la penumbra apenas cedía ante el parpadeo de una lámpara de aceite. Sus sombras alargadas se deslizaban sobre los mapas desplegados, deformando costas y fronteras como si el mundo aún no hubiese decidido su forma definitiva. Valerio, con la túnica manchada del polvo rojizo de la batalla, recorría los informes de las legiones senatoriales aniquiladas. Sus dedos, curtidos por años de campaña, se detuvieron un instante sobre un sello roto, y luego siguieron adelante.

Frente a él, encadenado pero erguido con una dignidad que el cautiverio no lograba quebrar, estaba Claudio. La toga desgarrada y el hollín adherido a su rostro hablaban de la derrota. Afuera, los gritos de júbilo de los soldados celebraban algo más que una victoria: celebraban el hundimiento definitivo de la vieja República, mientras los últimos focos de resistencia se apagaban a lo largo de la costa tunecina.

Valerio tomó la jarra, vertió vino en una copa de bronce y la sostuvo en el aire unos segundos antes de ofrecerla.

Bebe —dijo—. El polvo reseca la garganta.

Claudio no bajó la mirada ni movió las manos. El silencio se alargó lo suficiente para que Valerio comprendiera la respuesta. Dejó la copa sobre la mesa sin insistir.

Mañana, al alba —continuó con una calma que pesaba más que un grito—, las últimas naves de la facción senatorial arderán en el puerto. He ordenado que no se conceda cuartel a los oficiales que se nieguen a jurar lealtad.

Hizo una breve pausa, como si midiera el cansancio en sus propios huesos.

Este suelo africano ya ha bebido suficiente sangre romana. Es hora de que produzca algo más que cadáveres.

Claudio alzó los ojos lentamente. El polvo del desierto había secado su voz, pero no su desprecio.

No has traído la paz, Valerio. Has eliminado a quienes se atrevieron a cuestionar tu ambición. El Senado que juraste proteger yace muerto en las arenas de Tapso.

Sonrió apenas, sin burla.

Has ganado una batalla, pero has perdido Roma.

Valerio apoyó la palma sobre el mapa, cubriendo medio mundo con un solo gesto. Permaneció así un instante, inmóvil, como si aquel contacto bastara para afirmarlo. Luego se irguió, y la luz de la lámpara marcó con dureza las cicatrices que surcaban su rostro.

Los nobles del Senado trataban la República como un botín privado —respondió—. Bloqueaban las leyes que habrían dado tierras a las legiones que conquistaron la Galia, mientras se repartían provincias como herencias familiares.

Dio un paso, despacio, y su sombra se deslizó sobre el lienzo del mapa.

Me condenaron al exilio por defender la dignidad del pueblo. Crucé el Rubicón porque prefería ser juzgado vivo que morir desterrado por privilegios disfrazados de ley.

Señaló el mapa sin llegar a tocarlo.

La vieja aristocracia ya no puede sostener un imperio. Roma necesita un cirujano. Alguien que sepa amputar el miembro podrido para salvar el cuerpo entero.

Se volvió hacia la entrada de la tienda y descorrió el pesado lienzo púrpura. Afuera, el resplandor de mil hogueras se reflejaba en el Mediterráneo como una constelación caída. El viento irrumpió con más fuerza, haciendo titilar la llama de la lámpara.

Mañana —continuó, sin volverse— el nombre de la República será solo humo. Los historiadores de tu calaña me llamarán carnicero de ciudadanos. Dirán que mi ambición no tuvo límites.

Se detuvo.

Y tendrán razón… por ahora.

Giró lentamente.

Dentro de doscientos años, cuando un comerciante pueda viajar desde Britania hasta el Éufrates sin desenvainar la espada porque mi nombre custodia los caminos, nadie recordará cuántos senadores murieron para cimentar esa paz.

Alzó apenas los hombros.

La moral es un lujo de quienes no tienen que construir nada. Yo no escribo leyes, Claudio. Yo fabrico los siglos.

El silencio cayó entre ambos como una losa. El calor de la noche africana parecía espesarse dentro de la tienda.

Claudio dio un paso adelante. Las cadenas tintinearon sobre la arena. No había odio en su mirada, solo una lástima serena.

Hablas del tiempo como si fuera tu esclavo, General —dijo—, pero olvidas que el tiempo tiene una memoria más larga que tus monumentos. El orden que nace del miedo no es paz: es silencio. Has cambiado la justicia por la fuerza de las legiones. Has enseñado a Roma que el poder es la única verdad.

Se volvió hacia la oscuridad del horizonte, donde Útica aguardaba su destino.

Algún día, otro hombre tan ambicioso como tú contemplará tu Imperio, tus estatuas, tus provincias, y pronunciará las mismas palabras: “Es necesario”. Usará tu ejemplo para incendiar lo que has levantado y erigir su altar sobre tus ruinas.

Su voz descendió hasta casi extinguirse.

Ese es tu legado: no la paz, sino el método perfecto para destruirla.

Respiró hondo.

Yo moriré mañana. Moriré siendo un hombre libre en la última noche de la República. Tú vivirás lo suficiente para convertirte en mármol frío, esperando que el próximo carnicero te haga pedazos para usar tus piedras en su propia muralla.

Valerio no respondió de inmediato. Bajo el vaivén de las antorchas, el peso invisible de una corona que aún no llevaba pareció oprimirle las sienes. No era duda ni culpa lo que sentía, sino la conciencia plena del precio.

Una ráfaga más fuerte sacudió la tienda. La llama vaciló.

Llévenselo —ordenó al fin, con la voz ronca por el cansancio—. Que la sentencia se cumpla al amanecer, antes del primer toque de trompeta.

Hizo una breve pausa.

No quiero que vea nacer el mundo que hemos creado.

Los guardias arrastraron a Claudio fuera de la tienda. Su silueta se perdió entre filas de escudos y lanzas.

Valerio quedó solo frente al mapa. Observó un instante las fronteras, las rutas, los nombres aún vivos. Luego, con un gesto lento y deliberado, sopló la llama de la lámpara.

La oscuridad fue absoluta.

Afuera, el viento del desierto siguió soplando, incansable, sobre los restos de la República.




A manera de reflexión

Dos mil años después, seguimos atrapados en la misma conversación de nuestra historia "ficticia". En 2026, mientras la libertad global acumula ya dos décadas de retroceso continuo y casi tres de cada cuatro personas viven bajo regímenes autoritarios, el viejo dilema regresa con fuerza: ¿vale la pena aceptar un orden fuerte, capaz de imponer decisiones rápidas ante crisis económicas, migratorias o de seguridad, aunque eso implique erosionar los frenos y contrapesos democráticos y recortar libertades conquistadas con esfuerzo?

Valerio y Claudio no quedaron en Tapso; simplemente cambiaron de nombre y de escenario. Hoy sus voces resuenan en los debates sobre líderes que prometen “hacer grande de nuevo” sus naciones a costa de normas institucionales, en la concentración de poder en Occidente y en la alianza cada vez más estrecha entre autocracias que desafían el orden liberal. Visten trajes, uniformes o sudaderas con capucha, y discuten en redes sociales, platós de televisión y salas de poder si el precio de la estabilidad y la eficiencia justifica sacrificar las libertades que tanto costó conquistar. 

La lámpara sigue titilando. La pregunta sigue sin respuesta.

viernes, 10 de abril de 2026

El Efecto Mariposa (o Abeja)

Dicen que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Caracas. En mi caso, bastó con el aleteo de una simple abeja para desarmar todos mis planes y, sin que yo lo supiera, salvarme.

Tenía un objetivo claro: conquistar a Vanessa. Ella caminaba como si el mundo le debiera favores y sonreía de una forma que volvía borroso todo lo demás. Llevaba semanas trazando la estrategia perfecta, convencido de que, esta vez, nada podía fallar.

Mi primer intento de estrategia parecía sacado de una película. Convencí al barista de mi café favorito de dibujar su rostro en la espuma de un latte y la esperé en el ascensor con el corazón acelerado. Entonces, aquella pequeña abeja asustó un niño que esperaba junto a mi, obligándolo a soltar su globo de helio. Esa especie de dirigible quedó flotando frente al sensor como un centinela. La puerta se cerró de golpe, me atrapó el brazo y lanzó el café caliente sobre el vestido blanco de Elena, mi vecina de pasillo.

El líquido se extendió como un mapa de desastre. Empecé a disculparme atropelladamente, pero Elena levantó la vista, como si ya me hubiera estado observando desde antes, y preguntó con suavidad:

¿Estás bien? Ese golpe sonó feo.

No mencionó la mancha. Mientras yo intentaba secarla con servilletas inútiles, Vanessa pasó de largo sin vernos. Se detuvo apenas un segundo para fotografiar un rayo de sol.

La luz está perfecta —murmuró, antes de seguir su camino.

Aquello debería haberme bastado como advertencia, pero no lo entendí así. Pensé, simplemente, que necesitaba un plan menos dependiente de ascensores traicioneros.

Días después, en el trabajo, esperé que Vanessa se sentara en su computadora, y saqué a escondidas mi teclado inalámbrico de largo alcance. Me senté a distancia, apunté con precisión de francotirador a su equipo y escribí: Eres hermosa. En ese instante, una abeja que orbitaba la cabeza de un electricista se posó en su nariz. El estornudo provocó una interferencia que desvió la señal. Las palabras aparecieron en la tablet de Elena, sentada en la mesa de al lado. Nos miramos. Nos reímos. Esa tarde terminamos hablando casi tres horas.

A partir de ahí, los desvíos comenzaron a repetirse, siempre con la misma precisión cruel: flores que no llegaban a su destino, notas románticas que el viento reubicaba sin pedir permiso, melodías que cambiaban de balcón cuando el aire decidía otra cosa.

Cada tropiezo, lejos de detenerme, me volvía más terco. Por eso reservé el intento más elaborado para el parque. Entrené a Rocco, mi golden retriever, para que llevara una rosa roja hasta Vanessa. Lo solté con la flor en la boca, impecable. Pero una burbuja de jabón explotó cerca del ojo de una abeja que pasaba, tal vez la misma de mis aventuras anteriores. El pequeño insecto, indignado, voló directo hacia la nariz de Rocco aleteando frente a sus ojos zumbando su queja. El perro, asustado, giró en redondo y saltó... sobre Elena.

La rosa cayó en su regazo. Ella soltó una carcajada limpia, de esas que vibran en el pecho.

Parece que tu perro tiene mejor gusto que tú —dijo, mientras le rascaba las orejas a Rocco, que se tumbó feliz sobre sus pies.

Vanessa, a lo lejos, caminaba con los ojos clavados en el teléfono.

Para entonces ya había acumulado suficientes tropiezos como para escribir un manual de "cómo no seducir a nadie". Una tarde de sol, sentado en el césped junto a Elena mientras Rocco dormía entre nosotros, todo terminó de acomodarse dentro de mí. No eran solo planes fallidos. Era algo más simple y más hondo: mientras yo intentaba convertirme en alguien digno de Vanessa, Elena ya estaba viendo al hombre que yo era.

Sabía que tamborileaba con los dedos una melodía invisible cuando me concentraba. Sabía que el reloj antiguo de mi muñeca se había detenido el día que murió mi padre y que, aun así, lo llevaba porque me recordaba que el tiempo no siempre es lo más importante. Sabía que apartaba el chocolate de las galletas cuando creía que nadie miraba.

¿Cómo sabes todo eso? —le pregunté, con la voz más baja de lo habitual.

Elena se encogió de hombros y me pasó una galleta de jengibre.

Porque te miro —dijo—. Mientras tú mirabas hacia otro lado.

Guardé silencio. Por primera vez en semanas, no tracé ningún plan. Solo respiré.

En ese respiro bendije a cada polilla, cada globo, cada mosca y cada abeja del universo. Dejé de buscar en el horizonte donde caminaba Vanessa y entendí que el destino si existe, y que en mi caso no se reveló tratando de forzar a alguien para que me quisiera, sino haciéndome tropezar una y otra vez con la persona que ya me estaba viendo.

Rocco suspiró entre nosotros. Una abeja pasó cerca de mi mano, aleteó un instante, como despidiéndose, y se alejó hacia la luz en busca de otra misión.

Esta vez, solo sonreí.

Y me quedé.







Aporte para el reto
del Mes de Abril de 2026 en
(un relato de 900 palabras basado en el destino)



domingo, 5 de abril de 2026

Estamos aquí para ser (Cueste lo que cueste)

No puede ser que hayamos llegado al mundo
solo para no atrevernos a ser.

Aunque los días nos estrujen como sogas mojadas,
aunque el mundo nos borre el rostro y el nombre,
aunque la duda nos muerda los talones con saña,
seguimos respirando, terca raíz en la grieta,
reclamando el lugar que nadie nos dio.

Ser es un acto salvaje y callado,
una llama que se niega a morir bajo la lluvia.

Mientras lata un corazón rebelde en el pecho,
mientras un nombre se atreva a pronunciarse,
lo imposible se incendia y se vuelve desafío,
y el desafío se templa hasta volverse certeza:

Estamos aquí para ser,
cueste lo que cueste,
valga lo que valga.

miércoles, 1 de abril de 2026

Cuando un Aries quiere ser "Zen" (Y el universo se ríe)

Quince días antes de mi cumpleaños, después de una semana en la que había discutido con medio mundo y me sentía como un volcán a punto de erupción, tomé una decisión radical: me convertiría en un remanso de paz. Nada de impulsos clásicos de un Aries, nada de eficiencia militar, nada de esa vocecita interna que siempre pregunta “¿pero por qué la gente hace eso?”. Solo respiración consciente, té de tilo y una serenidad tan profunda que, si el Apocalipsis comenzaba, yo pediría agua caliente y una esterilla. 

Iba a ser zen aunque el mundo se incendiara a mi alrededor. Creí que quince días serían suficientes para resetearme antes de soplar las velas.

Eso fue hace una semana.

Hoy falta exactamente otra semana para mi cumpleaños y mi paz interior ya está en terapia intensiva, conectada a un respirador emocional, con pronóstico reservado. Mientras tanto, el universo llevaba siete días jugando a su juego favorito: “¿Y si probamos cuánto aguanta este Ariano?”.

El primer día llegué a la oficina envuelto en una serenidad que me había costado tres tazas de té de tilo y dos meditaciones guiadas por un gurú de YouTube. Caminaba despacio, respiraba profundo y me repetía mentalmente que hoy Yo no era Yo, sino un helecho.

Fue entonces cuando apareció La Grosera. Aquella señora no entró: irrumpió con esa energía característica de quien viene a quejarse aunque todavía no sabe exactamente de qué. Si el universo fuera un restaurante, ella habría devuelto el Big Bang por estar “muy hinchado”. Apenas la vi sentí un escalofrío. En menos de tres segundos mis compañeros ejecutaron la desaparición colectiva más limpia de la historia corporativa: una silla quedó girando sola, un café humeaba sin dueño, un mouse seguía moviéndose por inercia, y un bolígrafo rodó por el piso como si sus dueños hubieran sido abducidos por extraterrestres.

Levanté la cara buscando un aliado, pero solo encontré silencio y mi Zen temblando como gelatina.

Buenas tardes —dije con mi mejor voz de monje tibetano.

¿Buenas? ¿Por qué? —respondió ella, como si yo hubiera cometido un crimen contra la gramática universal.

Tomé aire como si fuera el último oxígeno disponible. Mi Omm-Metro marcaba todavía un digno 10/10. Le pregunté en qué podía ayudarla y ella exclamó, abriendo los brazos como si invocara un huracán, que necesitaba ayuda en TODO porque todo estaba MAL: desde la puerta hasta el aire, que según ella estaba áspero.

Mientras seguía descargando su lista de agravios, alcancé a ver a los ocupantes de la oficina contigua asomando apenas un ojo detrás de una columna, como venados nerviosos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, la chica de recepción se escondió más rápido que mi paciencia.

Antes de que pudiera reaccionar, La Grosera remató diciendo que la planta de la entrada estaba triste y que éramos malos jardineros (en realidad dijo otra cosa, pero me da vergüenza repetirla). La miré asintiendo, aunque la planta lucía más verde y feliz que nunca, y yo empezaba a marchitarme por pura empatía. Mi Omm-Metro bajó a 6/10. Intenté responder, pero me interrumpió para criticar el tono con el que la estaba escuchando.

Del tono... Con el que la estaba escuchando. Así dijo, no me pregunten cómo pega eso. En ese momento entendí que mi retiro zen no sería un camino espiritual, sino un deporte extremo de alto riesgo.

Cuando por fin se marchó, mis compañeros reaparecieron como por arte de magia. Uno preguntó si ya se había ido, otro me extendió una galleta María con una palmada en la espalda como si hubiera desactivado una bomba nuclear, y alguien murmuró desde la impresora que yo era un héroe.

Pero mi Zen, aunque estaba herido, aún respiraba. Sin embargo, el universo, al parecer decepcionado por mi resistencia inicial, decidió subir la dificultad al modo experto.

Al día siguiente mi jefe entró con cara de quien vio un fantasma que además le debía un informe. En menos de diez segundos soltó la triple corona del desastre: informes nunca solicitados que eran  “para ayer”, una reunión urgente y un error de cálculo que nos costaría un riñón colectivo.

Necesitaba café con urgencia. Preparé la cafetera con cuidado, casi con devoción, pero al abrir el azúcar descubrí que no quedaba ni un grano. Bajé al minimarket, compré un paquete nuevo y regresé triunfante, solo para descubrir que el café que había colado había desaparecido hacia una dimensión alterna. Como si fuera poco, más tarde llegó un correo con el asunto en mayúsculas y sin texto, una llamada de “solo dos minutitos” que duró cuarenta y tres, y un documento que entregó una señora que comía mango con las manos desnudas y mirándome como si yo fuera el raro. Mi Omm-Metro bajó a 3/10 y emitió un sonido preocupante, como de electrodoméstico espiritual en corto.

Al tercer día, convencido de que necesitaba un respiro urgente, salí hacia el supermercado pensando que sería mi santuario. Grave error

de principiante. Treinta minutos en la fila de “máximo 10 artículos” bastaron para ver al señor de adelante debatiendo la existencia frente a los chocolates. Cuando por fin llegué a la caja, la cajera, con una calma de tortuga iluminada, sentenció que las tarjetas de mi banco no estaban pasando desde la mañana. Mi Omm-Metro bajó a 0.5/10. Mientras buscaba efectivo, un niño lloraba por un cereal con dinosaurio inexistente, un carrito me embistió el tobillo, una señora estornudó tan fuerte que me movió el cabello, y un paquete de harina se precipitó solo del estante. Salí de ahí con la única meta de llegar a casa cuanto antes.

Pero el universo todavía guardaba un regalito de último minuto. El vecino de la otra calle, con quien solo cruzo saludos a distancia, había caminado trescientos metros y subido la cuesta únicamente para interceptarme: “¡Epa! Tú que eres Ingeniero… el baño se me está inundando. ¡Eso parece un pantano!”. Tomé aire y busqué dentro de mí el último átomo de zen. Le expliqué que soy Ingeniero Agrónomo, pero él respondió que tierra y agua era lo mismo y que el baño era como un sistema de riego, pero al revés.

Mi alma abandonó mi cuerpo, dio una vuelta rápida por la cuadra y regresó solo porque le dio pena dejarme ahí solo con él. Le expliqué, con la poca paciencia que me quedaba, que si su baño fuera una plantación de papas con estrés hídrico yo sería su hombre, pero que para una poceta urbana necesitaba un plomero y bastante suerte.

Entré a mi casa, cerré el portón con un estruendo que despertó a los antepasados, pisé la tierra de una maceta volcada, el filtro de agua decidió fallar, y un mosquito, uno solo, me eligió como su misión personal. 

Se cortó la electricidad, así que me dejé caer en la oscuridad. Entonces el celular vibró con 45 mensajes del grupo de WhatsApp de los amigos que preparaban mi cumpleaños: “Muchachos, ¿y si mejor cada quien trae su silla y la bebida? El cumpleañero pone la comida”. 

Ahí me cayó la locha. Mi Omm-Metro, que ya llevaba rato en números negativos, marcó −∞ y emitió un pitido de rendición total.

Todavía faltaba una semana. Una semana completa. Una semana más de universo freestyle, de aire áspero, plantas representativas y pocetas pantanosas. Y en ese instante, con la serenidad oficialmente muerta y enterrada, sentí el calor subir desde el pecho, el pulso golpeando en las sienes y la sangre recordándome quién era. 

Mi verdadero yo, el Ariano puro, el Aries original, el Aries sin filtro, se levantó desde las cenizas como un ave fénix enojado.

Dejé el té de tilo a un lado, miré el calendario y declaré, con la voz de un general romano que acaba de quemar las naves:

¿Sabes qué? Al cuerno el remanso de paz. Yo soy Aries. Y mañana… mañana se hace lo que YO diga.

El universo, por primera vez en siete días, se quedó calladito.