Dicen que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Caracas. En mi caso, bastó con el aleteo de una simple abeja para desarmar todos mis planes amorosos.
Tenía un objetivo claro: conquistar a Vanessa. Ella caminaba como si el mundo le debiera favores y sonreía de una forma que diluía todo lo demás. Por semanas, tracé la estrategia perfecta, convencido de que, esta vez, nada podía fallar.
Mi primer intento parecía sacado de una película. Convencí al barista de mi café favorito de dibujar su rostro en un latte y la esperé en el ascensor con el corazón acelerado. Entonces, aquella pequeña abeja asustó un niño que esperaba junto a mi, obligándolo a soltar su globo de helio. Esa especie de dirigible quedó flotando frente al sensor como un centinela. La puerta se cerró de golpe, me atrapó el brazo y lanzó el café caliente sobre el vestido blanco de Elena, mi vecina de pasillo.
El líquido se extendió como un mapa de desastre. Mientras intentaba secar a Elena, empecé a disculparme atropelladamente sintiéndome ridículo, pero ella solo levantó la vista y preguntó con suavidad:
—¿Estás bien? Ese golpe sonó feo.
No mencionó la mancha. Mientras yo intentaba secarla con servilletas inútiles, Vanessa pasó de largo sin vernos deteniéndose apenas un segundo para fotografiar un rayo de sol.
—La luz está perfecta —murmuró, antes de seguir su camino.
Aquello debería haberme bastado como advertencia, pero no lo entendí así. Pensé, simplemente, que necesitaba un plan menos dependiente de ascensores traicioneros.
Días después, en el trabajo, esperé que Vanessa se sentara en su computadora, y saqué a escondidas mi teclado inalámbrico de largo alcance. Me senté a distancia, apunté con precisión de francotirador a su equipo y escribí: Eres hermosa.
Pasaron un par de semanas de desastres. Flores que terminaban en el desagüe, notas que el viento se llevaba a la basura... Era una racha de mala suerte tan ridícula que, si no fuera porque me estaba dejando como un tonto, habría sido para tomárselo a broma.
Sin embargo cada tropiezo, lejos de detenerme, me volvía más terco. Por eso reservé el intento más elaborado para el parque. Entrené a Rocco, mi golden retriever, para que llevara una rosa roja hasta Vanessa.
Lo solté con la flor en la boca, impecable.
Pero una burbuja de jabón explotó cerca del ojo de una abeja que pasaba, tal vez la misma de mis aventuras anteriores. El pequeño insecto, indignado, voló directo hacia la nariz de Rocco aleteando frente a sus ojos zumbando su queja. El perro, asustado, giró en redondo y saltó... sobre Elena.
La rosa cayó en su regazo. Ella soltó una carcajada limpia, de esas que vibran en el pecho.
—Parece que tu perro tiene mejor gusto que tú —dijo, mientras le rascaba las orejas a Rocco, que se tumbó feliz sobre sus pies.
Vanessa, a lo lejos, caminaba con los ojos clavados en el teléfono.
Para entonces ya había acumulado suficientes tropiezos como para escribir un manual de "cómo no seducir a nadie". Una tarde de sol, sentado en el césped junto a Elena mientras Rocco dormía entre nosotros, todo terminó de acomodarse dentro de mí. No eran solo planes fallidos. Era algo más simple y más hondo: mientras yo intentaba convertirme en alguien digno de Vanessa, Elena ya estaba viendo al hombre que yo era.
Sabía que tamborileaba con los dedos una melodía invisible cuando me concentraba. Sabía que el reloj antiguo de mi muñeca se había detenido el día que murió mi padre y que, aun así, lo llevaba porque me recordaba que el tiempo no siempre es lo más importante. Sabía que apartaba el chocolate de las galletas cuando creía que nadie miraba.
—¿Cómo sabes todo eso? —le pregunté, con la voz más baja de lo habitual.
Elena se encogió de hombros y me pasó una galleta de jengibre.
—Porque te miro —dijo
Guardé silencio. Por primera vez en semanas, no tracé ningún plan. Solo respiré.
En ese respiro bendije a cada abeja del universo. Dejé de buscar en el horizonte donde caminaba Vanessa y entendí que el destino si existe, y que en mi caso no se reveló tratando de forzar a alguien para que me quisiera, sino haciéndome tropezar una y otra vez con la persona que ya me estaba viendo.
Miré de reojo a Elena mientras le daba un mordisco a su galleta y, de repente, sentí que toda la energía que había gastado en Vanessa se me había evaporado. No hubo ninguna revelación mística ni un coro de ángeles. Solo me di cuenta de que llevaba dos horas sin revisar el teléfono, sin planear el próximo movimiento y sin querer ser otra persona. Quizás no era el destino. Quizás era simplemente que, por fin, me había cansado de hacer el ridículo y alguien se había quedado a ver qué pasaba después
Rocco suspiró entre nosotros. Una abeja pasó cerca de mi mano, aleteó un instante, como despidiéndose, y se alejó hacia la luz en busca de otra misión.
Esta vez, solo sonreí.
Y me quedé.








