ll


domingo, 11 de octubre de 2026

Hoy el Tiempo Guardó Silencio

Hombre y mujer mirándose en un entorno rural místico bajo un cielo estrellado en espiral.
Hoy el tiempo guardó silencio
hasta que un destello de memoria
devolvió la luz
y te me apareciste clara,
intacta a través de los años.

Volviste con el brillo discreto
de aquel cofre diminuto
que siempre guardabas cerca del pecho:
un dije de oro con tu tesoro más íntimo,
el lazo primero que te unió a la vida,
raíz oculta de tu origen
y ancla indestructible al mundo.

En aquel pequeño oro
comencé a vislumbrar tu mundo:
vida arraigada a la tierra,
hija noble de Mma,
fiel al llamado de Juya
y al aliento del viento.

Hombre y mujer sembrando juntos en la tierra con raíces visibles bajo estrellas la estrellas y la luna.
Tal vez por eso, al mirarte,
en tus ojos habitaba una serenidad ancestral
y la fuerza intacta de tu gente.
Allí, en esa mirada que aún me alcanza,
se cruzaron nuestros pasos.

Yo te miraba desde el surco y la siembra,
midiendo el mundo en ciclos y certezas;
tú lo nombrabas desde la sangre,
bajo la guía de Lapü,
el sueño que protege y señala el camino.

En esa frontera nos encontramos:
mi afán de entender la tierra,
tu certeza de pertenecerle.

Y era también en esa forma tuya de habitar el mundo
donde se revelaba tu belleza:
serena, indomable,
guardiana de un linaje que no se explica,
solo se lleva.

Nos amamos con verdad,
con la solidez del barro que conserva la huella
y la libertad del aire que no pregunta nombres.

Hombre maduro sentado en un escritorio observando un recipiente con tierra y raíces de donde sale un camafeo brillante..
Hoy, después de tanto tiempo,
no sé en qué rincón del mapa habitas.
Pero el tiempo no borra
lo que echa raíz en el alma.

Llevo conmigo la huella de tus pasos,
la lección de tu mirada
y la paz de saber que el hombre que soy
guarda en sus cimientos
algo de aquel mundo tuyo
que el tiempo nunca pudo arrancarme.

viernes, 25 de septiembre de 2026

El secreto de las dos lunas

Pintura nocturna de pueblo colonial con luna llena, iglesia y médicos en una ventana.
Aquella madrugada, la ciudad guardaba un silencio tranquilo, envuelto en ese frío característico que hace años bajaba de los cerros. En el cielo, la Luna brillaba ya muy cerca de su plenitud, con una luz suave y clara que rasgaba la penumbra sobre los techos y las calles. Y mientras esa luz se acomodaba en la noche, en el recogimiento de una pequeña habitación de hospital, llegaste tú al mundo.

Nadie avisa cuando la vida está por cambiar para siempre. Simplemente ocurre: un llanto rompe el aire y, en un instante, el mapa de una familia se redibuja. Naciste bajo aquella luz, cuando a la Luna apenas le faltaban unos días para estar llena, como si el cielo hubiera querido acompañar tu llegada.

Han pasado más de tres décadas. Creciste entre risas, tropiezos, dudas y esa terquedad serena que te hizo levantarte cada vez que fue necesario. Casi sin darte cuenta, paso a paso, llegaste hasta aquí: al borde de la transformación más grande de tu vida. Estás quizá a solo horas de conocer a tu bebé.

Mujer embarazada mirando por la ventana a un pueblo andino de noche bajo la luna llena
Y ta vez por eso me resulta tan especial mirar al cielo esta noche. La Luna vuelve a estar allí, ahora completa, luminosa. Hace más de treinta años estaba a punto de llenarse; hoy, cuando tu hija está a punto de llegar, está llena. Casi la misma Luna. Casi la misma luz. Después de tanto tiempo, parece como si una misma escena hubiera encontrado la manera de repetirse, solo que ahora eres tú quien espera a alguien que está a punto de comenzar su propia historia.

Es normal que el pecho se apriete, que las manos tiemblen y que aparezca ese vértigo que acompaña todo lo que importa de verdad. A cualquiera le asaltarían las preguntas a última hora: si sabrás descifrar sus llantos, si serás la mamá que ella necesita, si tendrás la fuerza. A veces uno solo quisiera detener el reloj un momento y pedir un día más.

Ese miedo no es debilidad. Es la medida de cuánto ya te importa esa niña que todavía no has visto a los ojos y que, sin embargo, ya te habita por entero. No hay nada malo en sentirlo. Tú también llegaste al mundo sin saber nada de lo que te esperaba, y fuiste aprendiendo sobre la marcha, descubriendo fuerzas y formas de amar que no sabías que tenías. Lo mismo ocurrirá ahora. No necesitas un manual ni respuestas perfectas. Cuando llegue, solo necesitará escuchar tu voz, sentir tu piel y reconocer en ti el refugio que ha sido tu cuerpo. Lo demás irá llegando poco a poco, aprendiendo juntas.

Mujer embarazada sentada junto a ventana abierta, con pueblo colonial y luna llena al fondo
Si la ansiedad aprieta, pon una mano sobre tu vientre y siente ese latido. Respira. Hay un hilo que une a la niña que nació bajo aquella Luna casi llena con la mujer que hoy está a punto de dar a luz. Más de treinta años de vivencias, alegrías, pérdidas, aprendizajes, dudas y certezas,  han llegado contigo hasta este momento. No llegas con las manos vacías.

Algún día, cuando ella sea grande y caminen juntas bajo la luna, quizá puedas contarle esta historia. Le dirás que mucho antes de que abriera los ojos ya había una historia esperándola; que su mamá había nacido en una madrugada fría, bajo una Luna que estaba a punto de llenarse, y que más de tres décadas después esa misma luz volvió a estar plena para otro comienzo.

Y también podrás decirle que las noches antes de conocerla tenías preguntas, como las tiene cualquiera que está a punto de entrar en algo desconocido. Que te preguntabas si sabrías hacerlo bien, si tendrías la fuerza. Pero que, aun así, estabas preparada. Porque has estado preparándote toda tu vida, aunque no lo supieras: cada vez que te levantaste después de una caída, cada vez que aprendiste a cuidar, a querer, a esperar. También durante estos meses, al sentirla crecer, al hablarle sin conocer todavía su rostro. Todo eso es preparación. Todo eso es maternidad.

Puedes tener miedo y estar preparada al mismo tiempo. No tienes que convertirte en alguien diferente cuando nazca. La mujer que eres ahora, con sus dudas, sus fortalezas y todo lo que ha aprendido, es exactamente la que ella necesita encontrar.

Muchas de las dudas que hoy te desvelan no se resuelven pensando en ellas una y otra vez. Se resolverán en el instante en que te la pongan sobre el pecho y escuches su primera respiración. Entonces descubrirás que no necesitabas saberlo todo de antemano. Estar preparada nunca significó tener todas las respuestas; significaba llegar hasta aquí con el deseo inmenso de recibirla y con la disposición de aprender junto a ella.

Madre con lágrimas de alegría sosteniendo a su bebé recién nacido frente a ventana con luna llena.
Así que respira. Mira la Luna si puedes. Piensa en aquella madrugada en que viniste al mundo y en todo lo que tuvo que aprender la niña que fuiste para convertirse en la mujer que eres. Ahora esa historia está a punto de continuar. La Luna que entonces estaba casi llena está plena ahora, igual que tú.

Puedes confiar en ti. Puedes abrir los brazos. Tu hija está por llegar, y tú estás lista para recibirla. No porque sepas exactamente cómo será todo, sino porque has llegado hasta aquí. Lo aprenderán juntas, paso a paso.

Tranquila. Ya casi está aquí.


sábado, 19 de septiembre de 2026

Mi corazón y el viento

Ilustración de hombre de perfil con poema escrito sobre su cuerpo que se disuelve en hojas secas y viento.
Mi corazón y el viento se reconocen sin esfuerzo.

Se entienden sin hablar,
comparten la costumbre de no quedarse
y el modo transparente de deshabitar los lugares.

A veces el viento llega tarde,
con olor a lluvia vieja
o a horizontes que nunca vi.

Mi corazón le abre
como se abre a un viajero
que regresa siempre con la misma historia.

Tal vez por eso se entienden:
ambos saben lo que es empujar la vida
sin poder sujetarla.

Por eso mi corazón le confía
los nombres que pesan.

Caligrama de hombre de perfil con tatuaje de tulipán y poema rodeado de viento, hojas secas y un paisaje al atardecer
El viento los desata,
los suelta entre la hierba,
hasta que dejan de doler
y se vuelven apenas
un rumor de hojas secas.

Y cuando el aire sopla fuerte afuera,
no tiemblo.

Sé que están conversando,
limpiando de polvo los rincones,
enseñándome a caminar
con poco equipaje
bajo el mismo cielo.

sábado, 8 de agosto de 2026

El Amo de la Trocha

Hombre anciano sentado en una mecedora observa a un hombre de pie frente a él
 —Abuelo, ¿por qué no te acuestas? Ya pasaron las nueve —dijo Mateo, entrando a la sala con un vaso de agua que aún sudaba frío. Llevaba puesta la camisa de franela a cuadros rojos y la sonrisa limpia de siempre. Su voz sonaba ligera, con ese tono familiar y cercano que Eustaquio había escuchado a diario desde que el muchacho era un niño. Todo en la escena parecía perfecto, rutinario y apacible bajo la luz amarilla de la lámpara de kerosén.
 
Y aun así, algo parecía ligeramente fuera de lugar.
 
Eustaquio se quedó inmóvil en su mecedora de mimbre, sintiendo un sudor frío que le resbalaba por la nuca. Su mente, surcada por los años, comenzó a agitarse. Una bruma espesa, densa como la neblina del monte al amanecer, empezó a removerse en lo más hondo de su cabeza, trayendo consigo un olor húmedo que no sentía desde que era joven. Algo, en un rincón empolvado de su memoria, luchaba por salir a flote: un recuerdo antiguo que durante décadas había relegado al seguro rincón de los malos sueños.
 
Mateo dio un paso más hacia el centro de la sala y, sin previo aviso, dejó de sonreír. Su rostro se volvió neutro, casi ausente, mientras clavaba la mirada en la nada.
 
—No hay que temerle a las sombras de los árboles, Eustaquio —murmuró el muchacho, con una cadencia hipnótica que no le pertenecía—. Siempre hay un camino más corto esperando del otro lado; solo hay que seguir el sonido del agua fresca para volver a casa.
 
El tiempo se detuvo. Al escuchar esas palabras, el velo del falso sueño se desgarró por completo. Eustaquio vio de nuevo, con nitidez espantosa, aquel claro del Guaramacal donde el sol entraba; recordó los tres días de charla que se convirtieron en ochenta años, el retorno tardío a un hogar que ya no le pertenecía y la deuda maldita que siempre supo, en lo más profundo de su conciencia, que el monte vendría a cobrar.
 
Los perros del caserío, escondidos bajo las tablas del piso, temblaban con un miedo tan profundo que ni siquiera se atrevían a respirar fuerte.
 
Pies calzados con alpargatas en una posicion poco natural
Eustaquio bajó lentamente la mirada temblorosa hacia el suelo de ladrillo cocido. Bajo el dobladillo del pantalón de su nieto asomaba una alpargata… y al lado, pisando el suelo frío con una rigidez insultante, el otro pie apuntaba exactamente hacia atrás, como si la pierna hubiera olvidado dónde estaba el resto del cuerpo. Además, las manos de Mateo estaban manchadas de un barro oscuro y fino, el mismo que solo se encuentra a orillas del arroyo del Guaramacal.
 
Eustaquio se quedó sin aire. La mecedora dejó de chirriar, atrapada en el silencio absoluto de la casa. Ya no era Mateo quien estaba de pie frente a él; era esa misma silueta de ojos vacíos que lo había esperado al borde del arroyo, ciento cincuenta años atrás, cuando él tenía apenas veinte y el mundo todavía le pertenecía. Para él habían sido tres tardes. Para el mundo fuera del monte, ochenta años.
 
El falso muchacho inclinó la cabeza hacia un lado, soltando una risa suave, ronca, como si la garganta del joven recordara un sonido que no era suyo.
 
—Vaya, Eustaquio. Tardaste en reconocerme —dijo la entidad con la voz de su nieto, estirando los brazos en un saludo distendido—. Hombre, no me pongas esa cara de susto. ¿Así se recibe al viejo amigo que te salvó el pellejo? Es hora de cobrar el favor. Me debes el relevo.
 
La sangre le golpeó las sienes. Setenta años habían pasado desde que el monte lo escupió de vuelta al mundo con el mismo cuerpo joven que tenía al perderse. Setenta años para envejecer, formar una familia, criar hijos, ver nacer a Mateo… y cargar con la culpa de haber regresado demasiado tarde para todos los demás.
 
Impulsado por una súbita ira, se aferró al bastón de guayabo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
 
Hombre anciano amenaza con su bastón a un espiritu maligno
—¿Favor? —escupió, con una voz que sonaba a madera rota—. Me arrancaste la vida de un mordisco y me devolviste al mundo como un extraño. Cuando salí de tu selva, creyendo que habían pasado tres tardes, mi madre ya estaba muerta. Mis hermanos eran ancianos decrépitos que apenas recordaban mi nombre.
 
La entidad dio un paso al frente, con los hombros rígidos y la mirada fija.
 
—Te di otra oportunidad —respondió, con un tono paciente—. Tú solo sabías arruinar la primera. Estabas huyendo de tus culpas. Yo te abrí un claro donde el tiempo no podía herirte. Te ofrecí silencio. Un lugar donde no eras esclavo de tus errores. Y los favores del monte siempre se pagan con carne de la misma sangre. Hoy vine por el muchacho. Tú viviste gracias a la promesa de él. Ahora él vivirá gracias a mí. Así funciona la trocha.
 
Eustaquio se incorporó a medias, temblando de rabia.
 
—¡Yo no renuncié a nada! ¡Me engañaste!
 
La entidad sonrió con una mueca ancha, sin alegría.
 
—El tiempo del monte no es el tiempo de los hombres, Eustaquio. Te devolví al mundo con salud y juventud prestada. ¿Qué más querías? Te di un segundo aire que no merecías.
 
Eustaquio apretó los dientes en silencio. La rabia le ardía en la garganta, quemándole por dentro; pero sus largos años de vida: los del jornalero, las trochas y el silencio del campo, le dieron la malicia necesaria para detenerse a pensar. Algo no encajaba. La ira dio paso, de golpe, a una fría y aguda suspicacia.
 
En lo más hondo de su mente, el engranaje de los viejos recuerdos comenzó a girar, dejando surgir otras voces que creía olvidadas: las de los ancianos del caserío cuando era apenas un niño, las advertencias junto al fogón, los cuentos que se repetían cuando el sol caía y el monte respiraba más cerca. Las historias olvidadas se abrían ahora en su cabeza como un libro carcomido por el tiempo.
 
En ninguna de ellas, ni una sola, el Amo de la Trocha salía de su espesura. Nunca cruzaba la frontera. Nunca tomaba forma humana fuera del monte. Nunca entraba en una casa. Siempre era lo mismo: los hombres se acercaban demasiado, la criatura los engañaba, los arrastraba hacia adentro, y allí se perdían. El monte devoraba. El monte no visitaba.
 
Entonces, ¿por qué estaba allí ahora?
 
—Tú no deberías estar aquí —dijo Eustaquio—. Nunca saliste de la trocha. Nunca tocaste una casa. ¿Por qué ahora?

La criatura no respondió de inmediato.

El falso semblante de Mateo tembló con violencia. La piel del muchacho onduló como agua estancada bajo la brisa, y los hombros del joven se encogieron, buscando un resguardo invisible en la penumbra de la sala con una rigidez impropia de los vivos. Las manos de aquella cosa, parecida a su nieto, se cerraron con tanta fuerza contra los costados que los nudillos se pusieron grises, denotando una urgencia desesperada, casi suplicante.

Cuando al fin se atrevió a hablar, la voz del ente se quebró y dio paso a un tono más profundo, más húmedo, que arrastraba el peso de los siglos.

—Porque ya no vienen —susurró—. Ya nadie se acerca al monte. Ya nadie escucha las historias. Ya nadie teme la trocha. Ya nadie me nombra.

Hizo una pausa, y el olor a musgo y tierra podrida inundó la sala.
 
—Dentro del monte cobré muchos relevos. Hombres que se perdían solos, que seguían el agua fresca, que creían encontrar un atajo. Todos pagaron. Pero los hombres cambiaron. Dejaron de caminar hacia mí. Dejaron de perderse. Dejaron de ofrecerse. Me quedé solo. Y tú… tú eres el último que me recuerda.
 
La piel del muchacho se desprendió como humo. La figura se encogió, se alargó, se dobló. El rostro humano se deshizo entre un leve crujido de raíces secas. La entidad tomó su forma real: una sombra de humedad y raíces, un cuerpo hecho de noche, ojos como pozos sin fondo.
 
Eustaquio sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
 
—Si me llevas —dijo—, desapareces conmigo.
 
La criatura respiró, como si el monte entero estuviera dentro de ella.
 
—Es inevitable —respondió, con esa voz antigua y húmeda—. Así es el monte.
 
La sombra se quedó inmóvil. Por un instante, el cuerpo de humedad y raíces vaciló, como si esa simple posibilidad la hubiera desestabilizado. El olor a musgo se volvió más denso. Los ojos sin fondo parpadearon, inciertos, por primera vez en siglos.

Eustaquio contuvo el aliento, con los dedos aferrados al bastón de guayabo. Su primera reacción fue el rechazo absoluto, el impulso de cerrarle la puerta a esa presencia y echarla de su casa a fuerza de rabia. Pero la rabia, tan rápida y estéril, dio paso enseguida a la astucia del viejo jornalero. Miró de nuevo a la criatura, a esa masa de memoria y olvido que se desmoronaba frente a él, y ató los cabos.

El ente no había venido a buscar un relevo por capricho ni por fuerza; había venido porque estaba muriendo de hambre. Si nadie lo nombraba, si el miedo al monte se apagaba, la criatura misma dejaría de existir. Y si la criatura desaparecía... ¿qué pasaría con el pacto antiguo que lo ataba a él y a su familia? ¿Qué pasaría con el peso de la culpa que había cargado durante setenta años?

El viejo entornó los ojos, midiendo el silencio y el peligro real de lo que estaba a punto de articular. No podía entregar su vida, pero de repente vio una salida donde antes solo había una trampa.

—Pero no tiene que ser así —susurró.
 
Eustaquio esperó un segundo más, midiendo el silencio.
 
—No puedo darte mi vida —dijo entonces, con voz baja pero firme—. Pero puedo darte lo único que te salva. Puedo contarte. Puedo repetir tu nombre. Puedo devolver tus historias. Puedo hacer que vuelvan a temerte. Puedo hacer que vuelvas a existir.

Figura de un espiritu del bosque que huye mientras pierde su forma humana
La criatura se detuvo del todo. El aire se volvió espeso. La casa pareció encogerse.
 
—Déjalo vivir aquí, conmigo—continuó el viejo—. Y yo cumplo mi parte. Yo te devuelvo al mundo. No como carne. Como cuento.
 
El silencio se estancó y la silueta se contrajo. Por algunos segundos, permaneció inmóvil, dudando, evaluando el vértigo de depender de una voz humana para no borrarse de la historia. La sombra vaciló, un temblor sordo recorrió el suelo, y por primera vez en siglos, el ente pareció comprender que su supervivencia ya no dependía de la fuerza, sino de la clemencia de su última víctima.
 
Extendiendo los brazos como si de alas se tratasen, el Amo de la Trocha retrocedió. Su forma se deshizo en jirones de sombra. El olor a musgo llenó la sala. La oscuridad se plegó sobre sí misma.
 
Y desapareció.
 
El silencio fue tan profundo que Eustaquio creyó que el mundo entero había dejado de respirar. Solo quedaba el leve crujido de la madera de la casa y el latido de su propia sangre.
 
Entonces, desde afuera, llegó una voz.
 
—¿Abuelo?
 
Mateo entró al rancho, sudado, con la camisa llena de hojas, los ojos abiertos como si hubiera despertado de un sueño sin principio. Las manos aún le temblaban, limpias ahora, pero el olor a tierra húmeda todavía se aferraba a su ropa.
 
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó, confundido—. Yo… yo estaba en el monte. No sé cómo llegué. No sé qué pasó.
 
Eustaquio lo miró. Su expresión había cambiado: ya no había miedo en ella, sino un reconocimiento antiguo, casi paternal. Cuando habló, su voz arrastró un leve eco, como si resonara desde más lejos de lo que la sala permitía.
 
—¿En el monte tan tarde, muchacho? —dijo—. ¿Anda buscando que el Amo de la Trocha lo pierda?
 
Hombre anciano sentado en una mecedora cuenta historias a otro hombre joven sentado. a la luz de una lampara
Mateo frunció el ceño, incrédulo.
 
—¿El Amo de la Trocha? —dijo sin entender.
 
Eustaquio le hizo una seña. La lámpara de kerosén parpadeó una sola vez.
 
—Ven. Siéntate. Hay algo que tengo que contarte.
 
El muchacho se acercó, todavía temblando.
 
El viejo respiró hondo. El olor a musgo persistió un segundo más de lo natural.
 
Y comenzó a hablar.
 

jueves, 9 de julio de 2026

Hoy no

Caligrama con poema de aceptacion y descanso.

Hoy no.

El mundo espera en la repisa,
y mis manos, por fin, se sueltan de los engranajes.

Hoy descanso de las incongruencias,
de las deslealtades y de las ausencias;
solo existe una película de Navidad en julio,
el refugio de la cobija y el peso dulce de la almohada.

Bajo esa luz tibia,
el lienzo se queda en blanco,
sin la firma del cálculo
ni la huella fría del método.

El tiempo se detiene entonces,
libre de metas y de medidas;
hoy, simplemente, descanso del mundo,
abrazado a la inmensidad
de no hacer nada.

Mañana será otra decisión.

domingo, 28 de junio de 2026

Me duele mi pais

24 de Junio, Venezuela Tembló.

Me duele mi país. Es un dolor profundo que no se queda en la piel, sino que desciende hasta las raíces mismas de mi ser, hasta clavarse en esa misma tierra que, hace apenas unos días, se sacudió con una furia salvaje que nos robó el aliento y dejó nuestros sueños atrapados entre escombros.

Ver las calles y casas heridas nos obliga a confrontar de frente la devastación. Las vidas que se perdieron no son simples cifras estadísticas: son nombres, risas truncadas, abrazos que ya nunca llegarán e historias suspendidas para siempre en el polvo de lo que alguna vez quiso ser hogar. Duele el silencio ensordecedor que siguió al caos. Pesa la incertidumbre que nos envuelve en un país que ya venía arrastrando demasiadas tormentas.

Aun así, en medio de ese polvo y ese llanto colectivo, ha brotado algo indestructible. He visto manos ensangrentadas y temblorosas remover ruinas sin más arma que la pura voluntad y el amor al prójimo. He visto a extraños convertirse en hermanos y a vecinos transformarse en el último refugio del otro. En esa entrega desinteresada y espontánea se ha tejido una unión profunda, una solidaridad que el miedo no logra romper.

Porque, con el temblor de la tierra, caen las máscaras y desaparecen las etiquetas que suelen separarnos. Solo queda lo esencial: la humanidad desnuda, cruda y hermosa, capaz de hacerse más grande que la tragedia misma.

La herida será larga de cerrar y la reconstrucción será dura y lenta. Pero nuestra verdadera fortaleza nunca estuvo en los muros que cayeron, sino en esa capacidad de tendernos la mano entre los escombros, incluso cuando las nuestras están heridas y exhaustas.

Sí, me duele mi país y esta realidad me hiere profundamente. Sin embargo, ese dolor no me paraliza. No puede. Al contrario, este mismo dolor nos recuerda que nuestra gente es más grande que cualquier circunstancia. Mientras sigamos levantando al que ha caído y el vecino sea el techo y el consuelo del otro, Venezuela no solo se levantará: renacerá, más fuerte y más unida.

sábado, 13 de junio de 2026

El Último Servicio

Ilustración estilo cómic de un soldado con armadura sentado al pie de un gran árbol en la selva con su rifle
El barro del Orinoco se tragaba las botas de Diego de Vargas. Parecía comerse también lo que quedaba de sus ganas de vivir. Escupió una mezcla amarga de bilis y fango. A su lado, el mosquete de mecha ya no servía para nada, hinchado de humedad, pudriéndose como un perro muerto. La pólvora, que en Europa había sido el alma de sus victorias, aquí no era más que una masa grisácea vencida por el vapor constante. Diego intentó recordar cuándo fue la última vez que disparó, pero la memoria también se le deshacía.

Trató de acomodarse el único guardabrazo que llevaba. Ni siquiera el acero de las corazas, que había exhibido con orgullo bajo el sol de Flandes, soportaba el castigo de la selva: lo que antes resistía el fuego enemigo se deshacía en óxido, como si aquella tierra estuviera digiriendo su capacidad de matar.

Diego recorrió con la mirada a los supervivientes. Hacía pocas semanas, sesenta hombres, veteranos del sitio de Breda, lo seguían con la férrea disciplina de los Tercios. De aquella legión solo quedaban seis. Seis espectros consumidos por la malaria y el hambre, cuyos ojos ya no miraban al frente, sino hacia un vacío lleno de derrota.

—El Capitán Alatriste no habría terminado así... — susurró un muchacho al que todos llamaban El Vizcaíno.

Sumergido en sus delirios, parecía hablarle a un fantasma mientras sus manos, comidas por la gangrena, intentaban cargar una pistola.

Ilustración estilo cómic de un soldado con armadura mirando hacia una taberna iluminada con velas.
Diego permaneció en silencio. Le vino a la cabeza la Taberna del Turco, el olor a vino peleón y el ruido de las risas. Alatriste soltando una de sus bromas secas, Quevedo respondiéndole con veneno y aquella mujer de la Plaza Mayor que les sonrió a los tres. O eso creía recordar. Ya ni siquiera estaba seguro de que hubiera existido. Era su vieja vida, antes de que el acero y el destino les presentaran la cuenta.

También recordó Breda: el frío seco, el aroma a hierro y tabaco, y aquella mirada del Capitán que entendía la existencia como una cuenta pendiente con la Parca. Pero en aquel abismo verde la muerte carecía de la dignidad del acero. Aquí llegaba bajo la forma de una flecha invisible o de una fiebre que cocía los sesos de los hombres hasta arrancarles gritos invocando a madres muertas hacía décadas.

—Sargento... —El Vizcaíno señaló hacia la espesura.

Diego dirigió sus ojos hinchados hacia la oscuridad. Nada. En aquel infierno todo era silencio. No había pájaros ni insectos. Solo el latido sordo de la sangre en sus oídos.

Sabía que estaban allí. Los verdaderos amos de aquella selva. No tenían prisa; habían visto cómo el río y la codicia destruían a sus hombres. Aquellos espectros en que se habían convertido no valían ni siquiera una flecha.

Diego se apoyó contra el tronco de una ceiba. Algo le subía por el brazo herido. Hormigas, fiebre, qué más daba. Desenvainó la toledana. Seguía siendo una buena espada, aunque estuviera cubierta de óxido y melladuras.

—Allá donde estés, Alatriste —pensó—, dirías que al final da lo mismo perecer bajo este sol extraño que en una taberna de Madrid. El juego se termina, amigo. Y lo único que importa es no soltar la espada.

Miró a sus hombres. Ya no eran soldados de un Imperio, sino pellejo y huesos. Entonces comprendió algo que llevaba semanas negándose a aceptar: la selva no era un escenario, sino una fuerza invencible. España, con sus blasones, sus tercios y sus pretensiones de dominio, no era más que un aliento efímero frente a aquella inmensidad verde. El orgullo de Flandes no significaba nada allí.

El Vizcaíno soltó una carcajada histérica que se convirtió en un estertor. Luego dejó de respirar. Su pecho se detuvo con una tos seca y un suspiro final que se perdió entre los helechos.

Diego ni siquiera se sorprendió.

—Qué mierda de final para un soldado de los Tercios.

Ilustración estilo cómic de guerreros indígenas con pinturas rojas en el rostro acechando entre la vegetación de la selva.
Las sombras empezaron a filtrarse entre el follaje. A diferencia de las batallas que habían marcado su vida, el enemigo no llegó con gritos ni fanfarrias. Surgió en silencio.

Eran los Kari'ña, dueños legítimos del gran río, figuras que emergían de la penumbra con la piel teñida de achiote. No avanzaban como una fuerza de guerra, sino como una sentencia inevitable. Aquella tierra, saqueada por hombres venidos de lejos, reclamaba ahora su tributo.

Diego se puso en pie, obligando a sus piernas flacas a sostener el peso de la armadura oxidada. Se ajustó el cinto.

Por un instante, el calor del Orinoco se disipó y le pareció ver la silueta de Alatriste, de espaldas, fumando un cigarro inexistente, esperando el último combate con su habitual impasibilidad.

—Por lo que fuimos —susurró.

El primer flechazo le rozó el hombro. Apenas lo sintió.

Ilustración de un hombre mayor sosteniendo una espada con hormigas trepando por su brazo
El sargento Diego de Vargas levantó la punta de su toledana hacia la oscuridad que venía a cobrar la deuda. La expedición había terminado. El Dorado no era más que un montón de huesos bajo el musgo.

Cerró los ojos, evocó el sabor del vino de Castilla y, cuando el primer guerrero emergió de la sombra, se lanzó al encuentro de la única verdad: el hombre frente a su destino, en una tierra a la que nunca debieron llegar empuñando la espada.



martes, 2 de junio de 2026

Viene otra vez

Viene otra vez

Lo sé por el temblor primero,

por ese golpe sordo en el pecho

que no es latido,

sino un puño antiguo

golpeando desde dentro

las puertas cerradas de mis costillas.


El aire se espesa entonces,

se pudre en la boca.

Llega la pestilencia del pantano,

húmeda y espesa,

convenciéndome

de que cada respiración

es un lujo que no merezco.


Los pasos retumban

cada vez más cerca,

dentro de mi propio esternón,

sin salida.

Mi corazón

se ha vuelto tambor de guerra

de la bestia que se acerca.


Y aun así… aquí estoy.

Solo, sí.

Solo como el guerrero que comprende,

demasiado tarde, demasiadas veces,

que la batalla más feroz

ocurre adentro.


Mis manos tiemblan,

pero siguen siendo mías.

Mi respiración se quiebra,

pero aún entra.


Mi miedo grita,

pero ya no manda.

Grendel avanza.

Yo me enderezo.

No porque me crea invencible,

sino porque conozco su olor,

su sombra,

su vieja y repetida mentira.


Esta noche es larga,

el salón está vacío

y mi voz apenas encuentra eco.

Pero guardo un secreto

que él no soporta:

incluso cuando tiemblo,

sigo en pie.

Incluso cuando él llega,

yo también llego.


Y esta vez,

como todas las veces,

también pasará.

lunes, 25 de mayo de 2026

Prisioneros (Microrrelato)

El libro pesaba en mi mano con densidad de tiempo, un peso que parecía emanar de la madera misma del tercer estante, ese rincón de penumbra que siempre había reservado para Stoker. Al retirarlo, quedó un hueco breve, como si la madera hubiera exhalado echando en falta a su inquilino habitual. 

Abandonado en mi sillón favorito, abrí el libro  en cualquier parte buscando el consuelo de una historia conocida, leí la primera línea del tercer capítulo: 

“Cuando descubrí que era un prisionero, una especie de sentimiento salvaje se apoderó de mí”

De repente, aquella ventana hacia Transilvania mutó en un espejo incómodo. La distancia entre el texto y mi propia realidad se había disuelto: mi propio carcelero no tenía colmillos, ni siquiera forma visible, sino la persistencia silenciosa de la costumbre. Mi prisión no era de piedra, sino de la inercia de los años y la inagotable necesidad de ser útil, un muro que había levantado día a día sin siquiera notar que me estaba confinando.

Cerré el libro, despacio, mientras mi mirada regresaba al hueco en el estante. Ya no solo era vacío, sino un espacio en calma que no necesitaba llenarse. Sonreí: mi encierro no venía de afuera. Estaba adentro, en la manera en que yo mismo había sostenido los barrotes de mi propia jaula. Al observar el estante, sentí una extraña paz al saber que me bastaría con aflojar la presión. 

Aun no se cómo atravesar esos muros, no se si quiera, pero ahora algo en mí se mueve, como si el aire, después de tanto tiempo, hubiera encontrado finalmente una rendija.


Nota del Autor: Drácula, de Bram Stoker, fue el primer libro completo que leí en mi vida. Prácticamente aprendí a viajar con la literatura gracias a él. Hoy sigue estando entre mis obras favoritas y, quien lo diría, me sigue enseñando cosas. 

miércoles, 13 de mayo de 2026

El polvo del camino: (Manifiesto de escritura en tiempos de IA)

Vengo de una estirpe de pies cansados y gargantas rasposas por el polvo del camino. En mi tierra los cuentacuentos no necesitaban libros: llevaban las historias metidas en el pecho y las soltaban con el aliento, dejando que el sol, el viento y las leguas les torcieran las palabras hasta que sonaran a vida de verdad.

Hoy soy uno de esos herederos. Mi camino ya no es de tierra rojiza, sino de cables, pantallas y algoritmos. Aun así, el corazón sigue siendo exactamente el mismo.

Por eso me esfuerzo por mejorar mi lenguaje, explorar otros estilos y encontrar formas más precisas de contar. No lo hago por lucirme, sino por respeto al oficio y porque quiero que cada lector sienta que estas palabras le hablan de cerca, casi al oído. Incluso así, ese esfuerzo constante levanta sospechas.

Uso herramientas de este tiempo. A veces una IA me ayuda a domar una frase rebelde o a crear una imagen que acompañe el relato. Sé que eso hace que más de uno frunza el ceño y piense: “Esto está hecho por máquinas”. No los culpo. Hoy cualquier texto demasiado limpio despierta desconfianza.

Pero quiero que quede muy claro algo: ninguna máquina conoce el nudo que se me forma aquí, en la garganta, cuando vuelven ciertos recuerdos. Ni la rabia callada de algunos silencios que duran años. Ni la decepción de ciertas deslealtades que todavía pesan al nombrarlas. Ni cómo llevo pegado a la piel el polvo que los pies levantaron al seguir mis propios caminos. La IA puede ser un buen bastón, sí, pero el peso del cuerpo, los pasos y el cansancio siguen siendo míos.

Desde siempre ha sido así. La hipérbole, el ritmo que se quiebra, la imagen que duele o que arranca una risa han salido del mismo lugar: de haber vivido, tropezado, observado y seguido contando a pesar de todo. Las ilustraciones que acompañan mis historias pueden nacer de un prompt, es cierto, pero el alma del relato, la intención, las cicatrices y la mirada obstinada brotan de mí. Solo de mí.

Este es mi manifiesto, simple y terco:

Escribo porque tengo algo que decir 
y nadie más lo dirá como yo. Uso las herramientas de mi tiempo porque no quiero quedarme atrás. Pero la voz, las dudas, las obsesiones y el latido siguen siendo míos.

Y seguirán siéndolo mientras me queden caminos por andar y relatos por narrar... aunque algunos quieran ver en ellos solo píxeles, porque la IA ya marca sus vidas mucho más de lo que marca la mía.


Nota del autor: Este texto es una reflexión sobre mi proceso de aprendizaje y exploración narrativa. Mientras que las imágenes son un apoyo visual asistido por tecnología, este relato (como todos en mi blog) es fruto de mi propia autoría, de mi búsqueda por conectar con diferentes voces y de mi profundo respeto por el arte de contar historias.


martes, 12 de mayo de 2026

El surco Interior

Sobre esta tarjetita que
Recibí en un taller


Cada paso que damos por el mundo es, en esencia, un acto silencioso de siembra. Portamos en las manos semillas invisibles: palabras, silencios, esfuerzos, que dejamos caer como gotas de lluvia en terreno ajeno, soñando a veces con ver brotar jardines que sabemos nunca serán nuestros.

En ese ir dejando huellas, aprendemos con el tiempo una verdad más profunda: el primer surco no se abre en la tierra que pisamos, sino en la tierra tibia de nuestro propio interior.

No importa si el horizonte nos regresa una cosecha dorada o si el campo se demora en un aparente letargo. El verdadero fruto nace en el mismo instante en que sembramos con el corazón abierto. En ese gesto, la tierra interior despierta, se remueve y comienza a respirar con nueva vida.

Así, casi sin advertirlo, comprendemos que al tender una palabra de aliento o una guía firme, la primera alma que se nutre es la nuestra. En ese acto, la nobleza se reconoce, se ilumina y se expande como un amanecer dentro del pecho. La siembra se ha vuelto espejo: en ella nos contemplamos más verdaderos.

Pero la transformación no se detiene en la superficie. Cada semilla que entregamos echa también una raíz hacia nuestro centro más vivo, forjando una identidad que ya no mendiga vientos de aplausos, sino que se yergue, serena y firme, en la callada coherencia del acto. Así, lo que ofrecemos al mundo se convierte, misteriosamente, en el humus donde nosotros mismos crecemos.

Desde esta comprensión nace una serenidad profunda: la de cultivar sin condiciones ni demandas, sabiendo que el mayor tesoro no se guarda en graneros lejanos, sino en la paz humilde de habernos convertido en el terreno fértil donde la bondad germina y florece.

Al final, no somos lo que logramos recolectar en el camino, sino la huella que dejamos y la vida secreta que, en silencio, germinó en nuestro pecho mientras creíamos estar haciendo florecer el mundo.

viernes, 8 de mayo de 2026

Kesshin: un nuevo camino

He vaciado el cántaro tantas veces
que el barro mismo ya sabe
el sonido de la sequía.

He sido el soporte, la viga silenciosa,
el que sostiene el techo ajeno
mientras el propio se agrieta en silencio.

De tanto sostener nace un cansancio
que no se cura durmiendo:
un peso de años,
derramando el oro del tiempo
a cambio de migajas
y manos que nunca se abren.

He sido el fuego
que calienta hogares donde no tengo silla,
la voz que alienta
cuando el eco es mi única respuesta.

Pero el silencio de hoy
no es el de siempre.
No es la fatiga del que se rinde,
sino la quietud lúcida
del que por fin comprende.

Siento el Kesshin vibrar,
no como amenaza,
sino como pulso exacto en la mano,
hoja de acero que corta limpio
el nudo que me ataba.

Sin ira en el filo,
solo claridad.
El corte necesario
entre lo que fui
y lo que ahora elijo ser.

Así reclamo mi corazón:
lo retiro de las plazas
donde se mendiga atención
y lo siembro, paciente,
en mi propio huerto.

Ya no hay fugas de energía hacia el vacío
ni sacrificios
en altares ajenos.

Me detengo.
Respiro un aire
que ya no le debo a nadie.

La resolución es muro
y puerta a la vez:
fin de la entrega ciega,
nacimiento de mi soberanía,
como un límite trazado en la tierra,
innegociable.






Kesshin: 

Determinación absoluta que nace de la unidad entre mente y espíritu, permitiendo cortar con vínculos o hábitos que agotan la energía vital para reenfocar la voluntad hacia un propósito nuevo y firme.