ll


domingo, 8 de febrero de 2026

El Arquitecto del Silencio

Hombre adulto con insomnio observa su teléfono Móvil en una noche  de vigilia
La medianoche no llegó con el golpe de un reloj, sino con un bostezo gélido que se instaló en mi cuarto como huésped indeseado. Primero apagó el tic-tac lejano de mi reloj; luego, el zumbido del refrigerador y el ronroneo del ventilador. Quedó solo el zumbido amplificado de mi sangre contra el tímpano y el parpadeo azul del teléfono que vibraba una vez más sobre la mesa… pantalla negra, como si esperara por mí. Intenté ignorarlo, pero el silencio se hizo eléctrico: un grito ahogado con tono de notificación.

Allí estaba yo, en vigilia insomne, viendo agonizar la luz de la lámpara sobre los restos de mi devoción. Entonces oí un carraspeo seco, como el crujido de un pergamino olvidado en una cripta, que brotó de aquel rincón donde la penumbra se volvía líquida.

Interrogar a la sombra, cuando la luz se ha marchado a iluminar otro rostro, es empresa vana —susurró una voz que se filtraba desde las grietas de la razón.

De la oscuridad, emergió una silueta envuelta en una levita raída. No vi sus ojos, pero traía consigo un aroma anacrónico: tinta fresca, tabaco rancio y el frío mineral de tierra removida. Sus dedos dejaron leves manchas oscuras en el brazo de la silla, como si la madera absorbiera su sustancia espectral. Se sentó en la orilla de mi cama y me observó con una fijeza que convertía mi sangre en plomo.

Hombre adulto afectado por una desilución observa la visita del espectro de alguien que en verdad ha perdido.. Edgar Allan Poe
Tú perdiste a una mujer que camina bajo el mismo sol que tú, pero que jamás te reconoció como destino —continuó—. Yo también conocí ese invierno del alma, aunque mi pérdida olía a flores de cementerio. Escucha el aire mi viejo amigo. Tu, arquitecto de nadas: el dolor tiene la misma frecuencia en todos los siglos.

Ella nunca fue mía —confesé—. Fui andamio de su alegría, siervo de una felicidad que usó para mirar otro horizonte. Me desangré en silencios para que ella tuviera voz. Ahora que sabe cantar, se la ofrece a un extraño.

La figura se inclinó hacia la luz. Reveló una frente pálida y vasta como lápida, cabello oscuro que vibraba con electricidad fúnebre. Una sonrisa amarga, casi un rictus, se dibujó bajo el bigote.

Tu tragedia es más refinada que la mía. Yo perdí a una mujer que amé; tú perdiste a una que nunca te amó. Convertiste barro en oro; y el ídolo, al brillar, miró hacia otro lado. Ella no solo se llevó las llaves de tu alma: se llevó la luz que instalaste en su mirada para que otro viera el camino.

Se puso en pie con la elegancia letal de un ave de rapiña. En la pared, la luz de la lámpara proyectó forma de alas negras, pesadas, eternas.

¿Qué hago ahora con este “nunca más”? —pregunté. La frase me amputaba el futuro.

Esa frase es mi herencia, no tu condena —replicó—. Mi cuervo la graznaba desde un busto pálido; el tuyo grazna en el parpadeo de una pantalla que se niega a llenarse. Tu “nunca más” es más feroz: no sentencia el fin de un amor, sino el fin de una ilusión. No es que ella se haya ido: sino que nunca estuvo donde construiste tu altar.

Se acercó. Olí el invierno en sus ropajes. Sacó de la levita una pluma cuya punta brillaba con luz negra, como una astilla de noche pura.

Edgar Allan Poe entrega una pluma a un hombre adulto, que perdió a quien nunca tuvo, para que comience a escribir su propia historia
Escribe —ordenó—. No sobre lo que no fue, pues ya es página en blanco que no te pertenece. Escribe sobre el hombre que se vació para alimentar un incendio que no le dio calor. Haz que tu naufragio rime con la eternidad. No hay belleza tan terrible como un sacrificio sin testigos.

Comenzó a desvanecerse, integrándose en la mancha de tinta de la noche. Antes de marcharse dejó sobre la mesa un rastro de ceniza y una verdad que se clavó como puñal gótico:

No busques bálsamo en Galaad. Para los que amamos sin ser elegidos, solo queda la majestuosidad del desastre.

Me quedé a solas con mi sombra. Estiré los dedos y me senté frente al resplandor azulado de la computadora. La pluma de Poe, ahora sé quién era aquella sombra, descansaba en el borde del escritorio, recordatorio de que el dolor no era desperdicio, sino noble materia prima.

Ya no miré el teléfono. Mis manos, que tanto habían trabajado para esculpir un trono de cristal a quien prefirió el yermo, se posaron por fin sobre el teclado. Las teclas comenzaron a sonar como picoteo rítmico de ave sobre madera: obsesivo, necesario. Sentí el roce de alas invisibles en la nuca: ya no era miedo, sino mandato.

Hombre adulto escribe en una computadora. dispuesto a usar su dolor como materia prima para sus palabras.
Con un suspiro que sacó el último resto de esperanza inútil, tecleé la primera frase, frontera entre pasado e inmortalidad:

“Ella fue la deidad de un templo que nunca quiso habitar; hoy le devuelvo sus llaves y sus silencios, mientras yo me quedo con el fuego, con esta pluma y con la gloria de haber amado incluso en el vacío…”

El cursor ya no parpadeaba en espera. Latía en ritmo, como un corazón que, por fin, late solo para sí. Las alas se aquietaron. En la pantalla apareció algo que no era silencio.

Que el olvido le sea leve. A mí me quedan las palabras para volverme eterno.








Aporte para el reto
del Mes de Febrero de 2026 en
(escribir un relato en el que aparezca un personaje histórico.)







¿Quieres Aprender sobre Liderazgo
y otros temas?

viernes, 6 de febrero de 2026

Guardia en Heorot: Crónica de una Noche de Resistencia

El fuego en el centro de Heorot es apenas un suspiro: un ojo naranja que agoniza mientras la sombra avanza sin prisa. Estoy aquí otra vez, con la espalda apoyada en el pilar de madera tallada, sintiendo cómo el frío del suelo se filtra por mi túnica hasta alcanzarme los huesos. No hay cantos de bardos esta noche. Solo el crujido del edificio, que parece encogerse bajo el peso de mi vigilia.

Mis dedos, los mismos que alguna vez arrancaron extremidades con la fuerza de treinta hombres, hoy se sienten como plomo. No es mi cuerpo el que falla; es algo más hondo. Un temblor fino recorre los tendones de mis manos, nacido del cansancio de saber que el amanecer está a una eternidad de distancia y que la bestia, a diferencia de mí, nunca necesita dormir.

En esa quietud forzada escucho el primer sonido.

Grendel no llega con la furia del que busca pelea, sino con la paciencia del que sabe que el tiempo trabaja para él. Cada noche me parece más grande, no porque su cuerpo crezca, sino porque mi fe en el acero se reduce.

Con esa certeza llega también el gesto.

Hay un momento en que mis manos se abren. La espada no cae con un estrépito heroico, sino con un golpe seco sobre la paja, un sonido breve que vibra en mis muñecas y se apaga enseguida. No me importa. Miro mis palmas y, por primera vez, me parecen ajenas. ¿A quién protejo realmente? La brasa que ardía en mi pecho, como un brasero encendido en noches de festín, se ha consumido, dejando solo ceniza fría. Ya no sé para qué vencer.

Tal vez por eso Grendel se detiene. Percibe que mi resistencia se ha diluido. La puerta se abre lentamente, dejando entrar la niebla del pantano, que comienza a lamerme los pies y a robarle calor al aire.

—Hazlo —susurro, sin desafío—. Si no hay luz que custodiar, ¿qué importa si la sombra lo reclama todo?

Y, sin embargo, incluso en esa renuncia, algo persiste. Siento el peso firme de mis propios pies sobre la tierra. A falta de una razón para vencer, me queda la terca, mecánica e irracional voluntad de no ser borrado. Es mi costumbre de luchar. Una brasa diminuta, enterrada bajo las cenizas de la mente, esperando un viento que aún no llega.

Lo que sigue no es un choque de metales, sino una presión insoportable. Durante horas siento la respiración fétida de la bestia demasiado cerca, murmurándome que mi esfuerzo es inútil. No respondo. Solo aprieto los dientes. Es una batalla de milímetros: resistir el peso de los párpados, mantener un puño cerrado, seguir el compás de mi propio corazón cuando todo lo demás parece detenido.

Así, casi sin anuncio, el aire cambia.

Un rayo de sol, débil, frío, pero innegable, atraviesa la rendija de la puerta este y corta el salón como una hoja de luz. Grendel emite un siseo breve y se retira hacia las sombras. No ha sido derrotado por mi fuerza, sino por mi permanencia. Yo sigo aquí; el sol también.

No celebro. Me dejo caer sobre el banco de madera, con el cuerpo vibrando por el esfuerzo. Observo cómo el polvo danza en los haces de luz. El trofeo de esta noche no es un brazo arrancado, sino el aire que vuelve, poco a poco, a llenar mis pulmones.

El asedio inmediato ha terminado.

Exhalo un suspiro largo. Estoy agotado y herido por el vacío, pero mientras el sol reclama cada rincón de Heorot, comprendo que mi valor no residía en la fuerza, sino en el simple hecho de no haber abandonado el salón.

En este nuevo día, quizá empiece a tomar forma aquello que dé sentido a futuras gestas.

lunes, 12 de enero de 2026

Guardián de la memoria

¿Quién podrá decirme dónde guardo lo que no recuerdo?

Fernando Pessoa (Quizá) 


Hoy leí esta frase y pensé:

Somos guardianes de un tesoro, pero perdimos la llave.

Cargamos maletas cuyo contenido parece borrado, aunque su peso aún nos dobla la espalda. En la buhardilla del pecho se amontona lo que la memoria jubiló: nombres sin voz y el color de tardes que nos cambiaron.

Preguntar dónde está lo olvidado es preguntar quién vive dentro de nosotros al cerrar los ojos. Porque lo olvidado no muere; permanece, como un nudo en la garganta o un olor que trae la nostalgia.

No somos, entonces, solo el relato cómodo que contamos. También somos un archivo silencioso que espera a que el azar nos devuelva lo que fuimos. La memoria no se pierde; solo aguarda en un rincón cuyo mapa no sabemos leer.

Y sin embargo, mientras cargamos el peso de lo olvidado, guardamos también un incendio que no elegimos. Un fuego que nos calienta y nos consume a la vez.

Por eso, mientras llevamos las maletas del olvido, en el pecho nos arden llamas que no se apagan: rostros que se resisten al borrón, ojos profundos como la noche, voces en salas imposibles de cerrar. Y el sabor intacto de instantes que el corazón reaviva cada día.

Podríamos preguntarnos, entonces, ¿por qué no podemos soltar lo que sí recordamos? Porque lo inolvidable no espera: irrumpe. Se vuelve pulso furioso, herida al roce o llamarada al cruzar una calle que fue nuestra.

Así que no somos solo el relato editado para sobrevivir, ni el archivo que aguarda en la sombra. Somos, sobre todo, la hoguera inextinguible de lo que sentimos. Ella nos recuerda, con crudeza luminosa, la versión más viva y dolorosa de nosotros mismos.

Lo amado no se pierde; solo se transforma en un fuego eterno cuyo calor ya no sabemos apagar.

Al final, tanto el peso de lo olvidado como el fuego de lo recordado nos moldean. No somos una memoria o una ausencia, sino el paisaje que ambas fuerzas tallan. Nuestro contexto no se construye con lo que elegimos guardar o soltar, sino con la tensión permanente entre el peso que nos dobla y la llama que nos obliga a seguir en pie.

sábado, 3 de enero de 2026

Lo que el espejo no refleja

El frío le envolvió como promesa cumplida. Sintió que su cuerpo comenzaba a ceder mientras cruzaba un umbral difuso. Al abrir los ojos, el desierto se había disuelto; en su lugar emergió un mundo al revés, donde las sombras precedían a los objetos y los juicios se hacían antes que los crímenes.

Había visitado otros lugares extraños: el asteroide del rey que reinaba sobre el vacío, el del vanidoso que solo oía aplausos y hasta uno habitado por un farolero agotado. Pero este jardín era mucho más inquietante.

Frente a él, tres naipes sudorosos teñían de rojo un rosal blanco…. Extrañado, se ajustó la bufanda dorada que flotaba sin brisa y se acercó a la flor más alta, cuyos pétalos goteaban un rojo espeso.

¿Por qué permites que te oculten? — preguntó —. Tengo una amiga a la que cuatro espinas le bastan para protegerse.

La rosa rió con un sonido de cristal roto.

— Aquí no somos responsables de nuestra esencia. Si no somos rojas, nos cortan el tallo. La honestidad es un lujo de las flores que no pertenecen a nadie.

Él miró sus manos, acostumbradas a arrancar baobabs, manchadas por un pigmento artificial. Aquel lugar era una prisión donde el corazón estorbaba al juego de otros.

Sintió un último tirón en el pecho. El regalo de la serpiente disolvió los hilos que lo ataban a la Tierra. Mientras el jardín se desvanecía, sonrió. Escapaba al fin de las apariencias, regresando a lo esencial: invisible a los ojos.







Aporte para el reto
del Mes de Septiembre de 2025 en
(Un micro  inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola)







¿Quieres Aprender sobre Liderazgo
y otros temas?

sábado, 20 de diciembre de 2025

Te veo, aún si no te veo

Te veo, aún si no te veo.

Te reconozco en la vibración del aire,
en la huella invisible que dejas al pasar.
Y así te conviertes en la sombra
que se alarga en mi memoria,
en la luz que insiste tras mis párpados cerrados.

Y, sin embargo, aunque la distancia te oculte,
aunque el silencio te disfrace,
aunque el tiempo intente borrarte,
tu presencia arde como un eco
que no se extingue.

Por eso te veo en lo que no miro,
te siento en lo que no toco,
te nombro en lo que no digo.

En cada ausencia
descubro una forma más plena de presencia
y, en esa certeza, aunque invisible,
me sostengo.

Tu ausencia no es vacío:
es semilla que, en lo profundo, florece en mi memoria.




Otra vez Te veo, aún si no te veo. #poesia #canciones #sentimientos ♬ sonido original - Octavio

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Catando su presencia

Ella apareció y con ella, el vino tinto, color de historia viva, cobró vida sin necesidad de copa. Lejos del rojo profundo del caldo inexperto, vestía la hondura violeta oscuro del vino maduro: un matiz que se posaba sobre su piel como una esencia antigua y multisensorial, como si hubiera elegido llevar puesto el secreto mejor guardado de un gran Bordeaux, una promesa de calor, aroma y tacto prohibido antes siquiera de acercarse.

Su ropa no era de un color cualquiera. Era fuego lento, ceñido a sus formas con la precisión de un amante que conoce cada curva, resaltando la suavidad de la luz allí donde la sombra se volvía promesa. Así, en ella, el vino tinto dejaba de ser tono para volverse una segunda piel: palpitante, magnética, deseable.

Y se extendía sobre ella como si hubiera encontrado al fin su lugar natural, derramándose con generosidad y cubriéndola en una caricia densa y envolvente. Se volvía tacto puro, aterciopelado y carnoso, calor que late bajo la superficie como la memoria viva de la uva madura recién exprimida, ofreciendo su espesura con la languidez de quien se entrega sin reservas.

Entonces, cuando la cercanía se volvió profunda y los contornos comenzaron a fundirse en un abrazo, el aroma ascendió, embriagador e íntimo: notas de cereza carnosa y pétalos oscuros; un aliento cálido de frutos abiertos al sol que liberan su dulzor prohibido. Ese perfume llenó el espacio cercano, se coló en la respiración e hizo que el pecho se expandiera buscando más, como si el aire mismo se hubiera vuelto mosto denso y deseable.

La mirada no podía sino beberlo todo: el contraste de la claridad rendida al vino intenso, sus hermosos ojos oscuros, color de la noche que guarda los secretos del vino, la forma en que ese tono delineaba y velaba a la vez lo que apenas se ocultaba. Cada movimiento era un sorbo lento; cada pausa, el instante cargado antes de llevar la copa a los labios.

Así, la sensualidad se volvía estado absoluto. No había distancia posible: ella estaba allí como un vino de guarda, vivo, palpitante, invitando a perderse en su hondura. Y quedaba esa certeza callada que no admite palabras: ese color no se lava ni se desvanece. Se queda en la piel, grabando en la memoria su cuerpo, como la mejor cosecha que uno desea volver a probar, una y otra vez, hasta la última gota.

martes, 16 de diciembre de 2025

Efecto Doppler a la moda

Era una hora cualquiera del día, de esas que se desdibujan en la rutina diaria, cuando de pronto todo se detuvo. Ella estaba allí, como siempre, con sus ojos hermosos fijos en cualquier otra cosa que no fuera yo.

Había algo en ella que, como siempre, me robaba la mirada. Un distractor habitual convertido, en ese instante, en una fuerza gravitatoria irresistible. 

Esta vez, sin embargo, no era solo distracción; mi dedicación mutó a la percepción repentina de algo extraordinario.

Mi atención se detuvo en el diseño del patrón que adornaba su pantalon: en la geometría impecable de esas bandas oscuras y claras alternadas. Siempre me ha gustado como luce en ella ese diseño, no puedo explicar por qué. Creo que me gusta cómo la arropa, cómo la abraza y la hace parecer ágil, activa, como una gacela dispuesta a jugar en la estepa abierta. En realidad se ve particularmente hermosa cuando lo usa.

Oculto aún a su mirada, en algún momento comprendí que aquella sensación que me erizaba la piel iba más allá de la mera sensibilidad estética. Era algo más intenso, algo que alcanzaba el rango de ley física. 

Mientras caminaba hacia mi, dudé si esa danza prodigiosa podía llamarse simplemente "caminar". De pronto, la revelación se hizo evidente: ella alteraba, sutilmente, la realidad a su alrededor. 

Es que ella no avanzaba simplemente en el espacio;  su sola presencia generaba una poderosa onda invisible que influenciaba todo a su alrededor. Y esas bandas en su  pantalón, ese patrón lineal que proyectaba sus piernas, parecía ser la expresión visible de su poderosa influencia. Como si aquellas bandas oscuras y luminosas fueran el rastro tangible de una perturbación mística que se propagaba en todas direcciones.

Al acercarse a mi, experimenté una especie de efecto Doppler visual y silencioso: la realidad frente a ella se comprimía, el tiempo parecía acelerarse en una alta frecuencia de lo inevitable, y las líneas del entorno se apilaban en una intensidad fuera de lo común.

Cuando me pasó de largo, el aire no se cerró de inmediato a su espalda, sino que se estiró lentamente, dejando un rastro de vacío que se demoraba en disiparse. El espacio se alargaba en una baja frecuencia grave, una longitud de onda que tardaba en volver a la normalidad. Por un instante, el mundo entero quedó fuera de fase, modulado por aquel andar hermoso, a la vez sublime e inefable.

No fue un simple caminar. Fue la prueba de que, para el observador adecuado, una sola persona puede ajustar la resonancia del universo entero.


NotaEl efecto Doppler es la ilusión de que las ondas, de sonido, de luz o de presencia, modifican su ritmo según se acercan o se alejan. Es el eco del movimiento: un canto agudo al aproximarse, un murmullo grave al partir. 

Así también son sus ojos hermosos: al acercarse se tornan intensos, vibrando en la aguda proximidad; y al alejarse se vuelven graves, dejando un eco suave que se prolonga en la memoria.

sábado, 13 de diciembre de 2025

El Reloj de los Peores Momentos

El hombre permaneció inmóvil, la mirada fija en el pequeño reloj de bolsillo que reposaba sobre la mesa. Lo había hallado pocos días antes en una tienda oscura, oculto entre objetos singulares y muñecos privados de ojos.

El vendedor, un anciano de piel cetrina y rostro surcado, lo observó con sonrisa torva y voz ronca: - Este reloj sólo conduce a los peores momentos… y asegura que desea acompañarte -.

El hombre volvió el rostro, devolviendo una sonrisa tensa. Registró su bolsillo y pagó con las monedas que llevaba. El anciano tomó el dinero, envolvió el reloj y lo despidió con un murmullo que se prolongaba: - Qué afortunado eres… él te ha elegido -.

Aquella noche, en la quietud de su apartamento, el hombre extrajo el reloj. Era un sencillo mecanismo de cuerda, sin nada que lo distinguiera. Sin embargo, acosado por una depresión que lo hostigaba desde semanas atrás, pensó cuán venturoso sería poder recuperar a aquella mujer de ojos oscuros cuya ausencia se había vuelto herida abierta.

Alzó el reloj y susurró a la fría maquinaria: 

- ¿Me llevarás a mis peores momentos? Pues condúceme al más terrible: al día preciso en que le dije que nuestra relación no existía. Prefiero vivir de migajas que perder el eco de su mirada en mis ojos -. 

Con el pensamiento clavado en el pasado, giró la manecilla una sola vez.

El reloj vibró como un corazón mecánico. El hombre parpadeó y el aroma del café recién molido lo envolvió. Se hallaba en la cafetería que tan bien recordaba. ¡Era Aquel día! Se vio con idéntica ropa y el ramo de tulipanes rojos que tanto le costara. Al fondo, ella estaba allí… hermosa. Un impulso lo arrojó hacia adelante, dispuesto a revivir la escena.

Ella lo miró con sorpresa. Aceptó las flores, sonrió apenas y le solicitó un favor: 

- Gracias… ¿podrías ayudarme con estas bolsas? No quiero llegar sola cargada -.

Él consintió con euforia. Tal como lo guardaba la memoria, tomó las bolsas y salió con ella, saboreando la dicha de serle útil. Qué bueno saber que confiaba en él, que lo había mirado. Mas al doblar la esquina, el rugido de una motocicleta le recordó el epílogo de aquella tarde. Esteban aguardaba con el motor encendido. Ella le arrebató las bolsas y, con gesto fluido y natural, se acomodó detrás. Sólo le dedicó un ademán vago: - Gracias, hablamos luego - .

El hombre quedó inmóvil. El reloj vibró en su bolsillo, confirmando su magia. No era la escena buscada, pero funcionaba.

Concentró su mente en el día de la ruptura y volvió a girar la manecilla.

El aire se tornó pesado de familiaridad hiriente. Reconoció el lugar: era la tarde en que ella le había pedido acompañarla a un trámite importante. Él había pasado horas disponiendo todo, consiguiendo transporte, preparando provisiones. Caminaba convencido de que su esfuerzo sería reconocido.

Alzó la vista. Allí estaba ella, acomodando su hermoso trasero en la moto de Esteban. No lo vio. Ni siquiera pensó en avisarle que no iría.

El reloj vibró.

Con el alma deshecha, insistió nuevamente.

Al abrir los ojos la vio frente a él, escuchándolo con aparente atención mientras él hablaba con pasión. Sus palabras fluían, pero se sentía sombra repitiendo una escena grabada a fuego. Sabía lo que vendría. Ella miró hacia la puerta y, sin una palabra, lo dejó a mitad de la frase. Salió de la habitación. Recordó que, luego, la había visto en el patio, radiante de risa, oyendo las anécdotas de Esteban sin recordar que él la esperaba.

Giró de nuevo, varias veces, obstinado en alcanzar la ruptura.

Lo llevó a la tarde en que ella aceptó su poema y lo catalogó apenas de "bonito"; al instante en la plaza donde le ofreció un helado que tomó sin detenerse; al día en que ella recibió un dulce exquisito que guardó sin compartir (al menos con él). Lo arrastró a los momentos en que le confió su historia más íntima, mostrando su vulnerabilidad, y ella simplemente cambió el tema.

Una y otra vez, el reloj le mostró lo mismo: ella acogía lo que él ofrecía, mas nunca ofrecía nada a cambio; su esfuerzo resultaba invisible, sus palabras se perdían en el aire.

Exhausto, el hombre se encontró nuevamente ante el reloj sobre la mesa. El metal frío parecía también observarlo. Había girado la cuerda buscando el día de la ruptura, convencido de que allí residía su peor momento. Pero el reloj nunca lo había llevado hasta allá.

En su lugar, lo había enfrentado a instantes infinitamente más crueles. Comprendió que el verdadero dolor no estaba en la pérdida final, sino en la dignidad perdida que la precedió. El reloj le había revelado que su peor error fue insistir en entregarse a quien, de manera constante, nunca lo aceptó.

Con un suspiro largo y profundo, acarició la superficie metálica. Entendió que el tiempo no podía devolver lo perdido, pues para devolverlo primero hubiera tenido que haberlo poseído. En esa certeza halló un resquicio de libertad: la libertad de dejar de girar la cuerda, de dejar de buscar aquello que nunca existió.

El reloj quedó inmóvil sobre la mesa, y él, por primera vez, avanzó.








Aporte para el reto
del Mes de Diciembre de 2025 en
(Un micro inspirado en una constelación)







¿Quieres Aprender sobre Liderazgo
y otros temas?

miércoles, 10 de diciembre de 2025

La huida

Llegué con el alma limpia, el cuerpo en calma y la certeza de no volver a caer. Creí que todo estaba firme, que ya nada podría torcer el camino.

Y entonces  ella entró.

No fue un gesto cualquiera. Fue una irrupción de luz que recogió el mundo entero y lo encerró en su figura.

Sus ojos , oscuros, color de la noche, se abrieron como abismos. En ellos cabían galaxias extinguidas y constelaciones que aún no tienen nombre.

No tuve defensa. Mi voluntad se deshizo como ceniza bajo aquella mirada que era a la vez absolución y condena. Me pregunté si era ella tan poderosa o si era yo quien se entregaba sin remedio.

Intenté bajar los párpados, volver la cara… Pero ¿cómo negarle la vista al paraíso cuando late a solo un palmo de distancia?

Caí. 

Una sola mirada bastó para ser suyo otra vez. Entero, sin restos. Me quedé allí, inmóvil, perdido en la inmensidad de sus ojos, como quien se abandona al mar sabiendo que ya no tocará tierra nunca más. Hasta que, cuando ya no quedaba nada por rendir, algo se alzó en mí. una última brizna de instinto. 

Entonces huí.

Un movimiento puntual, exacto, casi militar. Una estrategia desesperada para apartarme un instante de su poder antes de desaparecer del todo. Le di la espalda al Edén con el cuerpo todavía temblando, consciente de que solo me escapaba por un tiempo.

Porque sé lo que ella espera. y sigo intentando dárselo, aunque lo que entrego sea apenas la sombra de lo que arde dentro de mí.

Aun así, en esta tregua que yo mismo me impuse, sus ojos me acompañan. Oscuros, heraldos de la noche, arden como faros que nadie enciende. Ya no son solo recuerdo de lo perdido. son la promesa intacta de lo que volverá a suceder.

Y en la pregunta que nunca calla, si es su poder o mi amor desmedido, late ahora una certeza más peligrosa que todas: que regresaré, mañana o pasado, con la voluntad bien firme y la esperanza intacta de su mirada.

Aun sabiendo que esa misma mirada será, otra vez,  mi caída.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Lucas (Microrrelato)

El hombre, ahora anciano, volvió a la casa familiar tras tres décadas. Ya de noche, salió solo al corral. Se dejó caer en el banco de piedra donde su padre, y antes el padre de su padre, desgranaron habas. Desde allí, con los párpados cerrados, escuchó crujir el viejo tejado mientras aspiraba con honda nostalgia el aire oloroso a tierra recién llovida y a pino quemado. 

Alzó la mano temblorosa, el Parkinson no perdona, y señaló Alnilam, la estrella del centro del cinturón de Orión.

Mira, Lucas… tu estrella –. susurró, como si el niño aún estuviera encaramado al tejado.

Lucas siempre había sido un loco de las constelaciones. A los cinco años ya las nombraba todas y decía que cuando fuera mayor se iría a vivir entre ellas. Se colgaba de aquel tejado diariamente a ver sus estrellas mientras comía naranjas.

El recuerdo llegó entero: risas, naranjas robadas, rodillas raspadas, la vocecita gritando: "te doy una mañana, papá. Estoy ocupado". Él abajo, fumando, sonriendo.

Una lágrima rodó lenta por la barba gris.

Sacó el teléfono y escribió al número de Lucas:

 – Estoy aquí, guárdame naranjas para mañana

Pulsó enviar, guardó el móvil sin esperar respuesta y alzó la vista. Alnilam parpadeó.

Desde la puerta iluminada, una suave voz femenina lo llamó:

– Papá… ya traen el ataúd.

Se levantó despacio.

Dio un paso hacia la casa. Desde Alnilam, los ojos traviesos de Lucas lo miraban fijamente con amor, como cuando tenía cinco años y nada malo podía pasar.

Entró.







Aporte para el reto
del Mes de Noviembre de 2025 en
(Un micro inspirado en una constelación)






¿Quieres Aprender sobre Liderazgo
y otros temas?

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Ella, el epicentro

 Ese día, él llegó al café con una inquietud leve, como si el tiempo hubiera resbalado un segundo fuera de sitio. No era tristeza ni alegría, sino una incomodidad invisible, como si el mundo tocara una melodía distinta sin pedir permiso. El murmullo de las conversaciones y el aroma del café recién molido parecían normales, demasiado normales, como si la rutina escondiera algo que estaba a punto de romperse.

Y entonces, ella entró sin anunciarse, como siempre. Llevaba esa camisa de mangas largas que usaba contra el sol, y su cabello oscuro suelto, un torbellino que desafiaba peines, pero que él adoraba por su rebeldía. Era pequeña, sí, pero con una presencia que movía el aire. Caminaba como si la ciudad la meciera a su ritmo.

Él la miró. Algo cedió, o tal vez se lo imaginó. El suelo, al parecer, también.

Sintió que su centro se inclinaba hacia ella, como si su cuerpo olvidara las leyes del equilibrio. La cucharilla en su taza tintineó sola. ¿Era su pulso… o era el mundo?
El vaso vibró. La lámpara osciló. Sus rodillas flaquearon. No supo si era amor o falla tectónica.

Ella se acercó al mostrador, pidió un café con un “por favor” tan suave que hizo sonrojar al barista. Sonrió al tomar la taza, y el universo pareció plegarse en torno a su gesto. Las ventanas zumbaron, un cuadro se torció, un cliente dejó caer su teléfono. Él, convencido, pensó: claro, todo cede a su paso magnético.

La mesa se agitó. Una taza rodó. Y aún así él creyó que era su propio pulso, hasta que un grito lo alcanzó desde lejos: “¡temblor!”. Pero apenas lo registró; seguía atrapado en esos ojos que guardaban un secreto del universo.

Ella permaneció quieta. Sostuvo la taza con calma, frunciendo apenas el ceño, como si aquel terremoto fuera un rompecabezas menor. Luego, sin apuro, caminó hacia la puerta. No corría. No temblaba. Solo giró el rostro hacia él, fugazmente, y en ese instante todo volvió a sacudirse dentro de él.

La siguió con la mirada, embobado, arrullándola hasta que cruzó el umbral, suspendido en una nube tibia, con el mundo vibrando como una sinfonía invisible.

Un vaso se quebró a su lado y, por fin, la realidad lo abofeteó. “¡Mierda, está temblando!”, exclamó, recordando de golpe el café, el caos, el peligro. Se lanzó hacia la salida, chocando con una mesa, el corazón aún enredado en ella, pero los pies, al fin, huyendo con los demás.

Corrió calle abajo, sonriendo. Su enamoramiento era una emergencia, digna de una alerta sísmica personal. Con ella como epicentro, su vida se había vuelto una zona de desastre, y él, feliz, el único loco dispuesto a quedarse bajo los escombros.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

El retrato .. (Microrrelato)

No puedo apartar la mirada de la figura frente a mí, hermosa de un modo que me desconcierta. Algo me ata a ese rostro sereno, enmarcado por una cabellera negra, indócil, que como sombra viva cubre sus hombros. Sus ojos oscuros, profundos, vastos, me atrapan con una intensidad que me desarma. No necesita decir nada; su presencia basta para que algo en mí despierte, como si el tiempo, por fin, tuviera sentido.

Un calor extraño me ocupa el pecho. Suave, tibio, como la memoria de algo que jamás viví. No es deseo; es asombro. Es la luz en aquella belleza aún sin nombre.

Ella me mira, inmóvil. Me parece estar atado a aquel instante. Me siento suspendido en un tiempo que no me pertenece, pero percibo su candidez con una claridad que quema. Quisiera hablarle, decirle que en sus ojos hay promesas de mundos intactos, que en su mirada siento algo más que contemplación.

Pero no tengo voz, no tengo cuerpo... ¡Soy apenas mirada!

Ella inclina la cabeza. Un mechón rebelde roza su mejilla mientras lee la placa junto a mí. 

Entonces lo recuerdo: soy apenas un retrato en la pared, forjado por un pincel que quiso apresar un alma y solo alcanzó su sombra. Condenado a acompañar a quienes se detienen frente a mí. 

Pero nunca antes alguien me había mirado así.

Ella sonríe, apenas. Y por un instante, la eternidad se vuelve leve, casi respirable. En esa levedad descubro lo imposible: hoy, desde mi lienzo, comienzo a vivir.






Aporte para el reto
del Mes de Septiembre de 2025 en
(Un micro que narre una historia que tenga como protagonista un cuadro, escultura o similar)









¿Quieres Aprender sobre Liderazgo
y otros temas?

martes, 2 de septiembre de 2025

No estoy roto, estoy desbordado....

No sé si me habita la depresión
o solo un desorden distraído.

A veces me descubro
como quien deja la puerta entreabierta
para que el viento desordene sus papeles.

Mis ojos se extravían.
Me pierdo en los bordes de las cosas:
el temblor de una cortina,
el reflejo en una taza vacía,
el silencio que nadie nombra.

De ese vacío nace una marea antigua,
con el rostro de palabras calladas,
con el peso de esperas sin nombre.

De esa marea se levanta mi sombra:
llega antes que yo,
se sienta en la silla más quieta
y observa cómo me olvido.

No estoy roto.
Estoy desbordado.

Por mis grietas se filtran
memorias que no viví,
promesas que no pedí.

Camino dentro
de una fotografía borrosa,
buscando el instante
donde el dolor se funde en paisaje.

Y allí, en la niebla,
algo germina en secreto.
A veces, una flor crece
sin que nadie la haya sembrado.

Y en medio de ese germinar incierto
confío en alguien
que nunca llega.

Y en su ausencia crece la flor
que yo no sembré.

No la miro,
pero sé que espera.

Aunque el cuerpo pese
como siglos de lluvia,
aunque el alma se pliegue
como una flor sin sol,

escribo para nombrarla.

Todavía estoy aquí,
entre la lluvia y la flor,
como si alguien hubiera dejado
una puerta abierta al milagro.

lunes, 1 de septiembre de 2025

Ella... Ella es Perfecta

Ella... ella es perfecta.
No en el sentido hueco de las palabras gastadas,
sino en cómo respira,
en cómo sus ideas fluyen con claridad serena,
en la manera en que su presencia no irrumpe,
sino que afina el mundo.

Se revela impecable en su modo de construir,
en su mirar sin prisa,
en las palabras que acarician,
en la forma de sostener sin dejar sentir el peso.

Y en su mirada, que se posa sin esfuerzo,
tiene ojos color de la noche:
no por la oscuridad, sino por la hondura sin fin.
Asomarse a ellos es entrar en un cielo callado,
donde cada estrella custodia un secreto.

asdasds
De esa hondura brota también lo íntimo:
una candidez sin máscara,
una ternura que no pide permiso,
una fragilidad que no resta fuerza,
sino que invita a protegerla,
como se guarda lo que da sentido.

Un gesto suyo es cuidado.
Su silencio abre espacio.
Y hasta en una decisión, discreta,
levanta refugio de respeto.
Nada en ella desentona:
ni la risa, ni el andar, ni su manera de habitar el mundo.
Todo parece hecho para acompañar sin peso,
para inspirar sin alzar la voz.

A veces pienso que, si el universo debiera justificar su existencia,
bastaría con mostrarla.
Y mientras ella basta para el universo,
yo sigo buscando razones para justificarme.

Quizá ahí está la grieta.
Porque, sin embargo…
hay un detalle,
apenas un susurro,
pero definitivo.

Ella es perfecta.

Su único defecto:
¡no está conmigo!.

Y el mundo, sin ella, 
se rompe en silencio.