lunes, 16 de febrero de 2026

Sarela: El nudo de las Nubes

Sarela se sentía más viva cuanto menos suelo tenía bajo los pies. A cuatrocientos metros de altura, balanceándose sobre la pared del acantilado, el mundo se reducía a la aspereza del granito y al aire frío que ascendía desde el valle del Utcubamba. El arnés no la ataba: la liberaba. Suspendida entre cielo y piedra, la gravedad dejaba de ser una ley incuestionable y se volvía una negociación constante, íntima, casi personal.

Se detuvo en una repisa mínima, apenas suficiente para las puntas de las botas, y apoyó la palma de la mano en la roca porosa, todavía tibia por el sol. Cerró los ojos un instante y respiró hondo. Allí arriba, el tiempo perdía su forma habitual; no avanzaba, se estiraba.

Estás tranquila hoy —murmuró.

Hablaba con la montaña por una cortesía aprendida. Su abuela le había enseñado que la piedra escucha y que guarda memoria en sus vetas de cuarzo, que cada capa es una frase antigua y cada fisura, una advertencia. Sarela, con veintitrés años, aún no dominaba ese lenguaje, pero empezaba a reconocer cuándo la montaña estaba en calma… y cuándo no.

Se impulsó de nuevo, ascendiendo con una gracia que su cuerpo todavía no daba por sentada. Cada agarre era exacto, cada movimiento respondía tanto a años de práctica como a una intuición que no siempre sabía explicar. Al pasar bajo el nicho elevado del Gran Purunmacho, el antiguo guardián de arcilla que vigilaba el valle desde su repisa, sintió la presencia habitual: inmóvil, constante, ajena al paso del tiempo. Siempre había estado allí. Siempre estaría.

O eso había creído.

La vibración bajo su piel cambió.

No fue inmediato. Primero apareció como una irregularidad leve, casi imperceptible, un error mínimo en un ritmo conocido. Luego se volvió un lamento contenido, profundo, que no provenía del aire sino de la roca misma. El calor residual desapareció de golpe, como si un fuego antiguo hubiera sido sofocado, y un escalofrío recorrió la pared.

¿Qué te pasa? —susurró.

La piedra no respondió. El silencio se tensó, expectante, y el aire adquirió un olor agrio, cargado de humedad rancia y azufre. Colgada de una mano, Sarela giró el torso y entonces lo vio.

El nicho del Gran Purunmacho, a pocos metros, estaba siendo devorado por una sombra que no pertenecía al sol. El sarcófago de arcilla mostraba una grieta negra que latía como una herida viva. Aquella sombra no era ausencia de luz, sino algo denso y físico, derramándose sobre la roca que ella conocía de memoria, ocupándola como una infección.

La libertad del ascenso terminó ahí.

La montaña estaba siendo invadida.

Flanqueó lateralmente hacia el nicho con movimientos técnicos y medidos. A medida que se acercaba, la temperatura descendía de forma antinatural; la niebla quedaba suspendida, inmóvil, y el zumbido de la montaña se transformaba en un sollozo irregular concentrado bajo el sarcófago. Frente a él, se balanceó suavemente para estudiarlo. La figura de casi dos metros parecía intacta, con el rostro impasible orientado al horizonte, pero al acercar la mano, sin tocar,  sintió una repulsión clara, como si dos fuerzas iguales se negaran a encontrarse.

Extrajo de la faja la vara de chonta, madera negra heredada de su abuela, y rozó con ella la base donde la arcilla se fundía con la roca viva. No se trataba de una grieta física, sino de una asimetría en la sombra: demasiado larga, demasiado densa, moviéndose con una lentitud líquida que no obedecía al sol.

Al acercar la punta al cuello del sarcófago, advirtió que el ocre rojo ancestral había sido sustituido por una costra violeta oscura, casi negra, que palpitaba con un ritmo ajeno.

No es erosión —comprendió en voz baja—. Es una intrusión. Alguien rompió el silencio desde el otro lado.

Rozó la costra.

La montaña gritó.

La superficie estalló y un chorro de aire fétido la golpeó, lanzándola hacia atrás. Solo el anclaje principal la salvó del vacío. De la rotura emergió una extremidad larga y delgada, translúcida como vidrio ennegrecido, que se desplegó con el crujido de articulaciones antiguas. La criatura no salió del todo: usaba el Purunmacho como una armadura incompleta. Una segunda mano, con dedos imposiblemente largos, se aferró al borde del nicho y tiró hacia afuera, dejando ver un rostro sin ojos, hecho de humo condensado.

Sarela recuperó el equilibrio en la cuerda por puro instinto. Con una mano desenrolló la cuerda de fibra de llama; con la otra buscó el clavo de bronce que siempre llevaba en la faja, metal trabajado para sostener sellos. La criatura atacó sin dudar, no con mordidas sino cargando directamente contra la cuerda de vida.

—¡Atrás! —rugió.

El golpe pasó a milímetros de su rostro y desgarró la correa del casco. El roce le robó el calor de la mejilla, que se entumeció como si la sangre hubiera sido arrancada. Soltó el freno y cayó varios metros antes de que la cuerda se tensara con un crujido seco.

La sombra se estiró de forma imposible, descendiendo por la pared como una araña de tinta negra cuyos dedos se hundían en la roca sólida, destruyendo agarres bajo el nicho. Sarela gritó, con rabia más que con miedo, cuando la entidad envolvió la cuerda principal y el nailon comenzó a vibrar, deshilachándose bajo una corrosión oscura.

Atrapada, respiró hondo mientras el cuerpo de escaladora tomaba el mando antes de que el pánico pudiera hacerlo. Pateó la pared e inició un péndulo amplio hacia la derecha. La sombra intentó cerrarse sobre ella en el aire, pero Sarela fue más rápida: en el punto máximo soltó el anclaje rápido y se lanzó a una fisura estrecha que conocía desde niña.

Quedó suspendida solo de las yemas, en una grieta del tamaño de una moneda. Debajo, la cuerda, quemada, colgaba inútil. La sombra rugió, y el sonido vibró dentro de sus pulmones como si buscara anclarse allí.

Pero Sarela ya no dependía solo del equipo moderno. Sintió que entraba en el terreno de su linaje. Colgada de una mano, extrajo un puñado de polvo de cinabrio mezclado con resina de selva y lo sopló. El rojo reveló la silueta torcida del ser.

Nudo de sangre, lazo de piedra.

Sacó la cuerda de fibra de llama y cobre que siempre llevaba enrollada en la faja. No para sostenerse, sino como arma. El cobre brilló con un resplandor naranja cuando lanzó el extremo, que se enroscó en el torso de humo. El contacto fue devastador: la fibra sagrada canalizó la energía estática del acantilado hacia el núcleo oscuro, y la entidad comenzó a perder cohesión, retorciéndose.

Sarela saltó desde la grieta hacia su pecho y, en el aire, desenvainó el Tumi de plata y bronce, cuchillo ceremonial capaz de cortar vínculos invisibles. Clavó la hoja en el centro de la masa y la plata absorbió la oscuridad como un sello inverso. Con las botas plantadas en el pecho del ser, empujó hacia el nicho roto.

Vuelve al silencio.

La sombra colapsó y fue succionada de regreso al Uku Pacha. La montaña exhaló un suspiro largo y profundo. El grito cesó. El silencio volvió, distinto al de antes, más tenso, como si algo hubiera quedado a la espera.

Sarela quedó colgada del brazo derecho, jadeando, con los dedos sangrando y el equipo destrozado. Tardó varios segundos en recuperar el control de su respiración. Cada movimiento le recordaba el frío que la entidad había dejado en sus huesos. Selló la fisura con arcilla sagrada mezclada con su sangre y resina de chonta, y la vibración errática de la montaña se aquietó, aunque no desapareció del todo.

Fue entonces cuando lo vio.

En la base del sarcófago, donde no debería haber nada más que piedra erosionada, descubrió cortes demasiado precisos para ser antiguos. No eran grietas naturales ni desgaste de siglos. Eran marcas recientes, hechas con intención. Entre los fragmentos de arcilla encontró una cápsula de metal pulido, pequeña, casi discreta, con un sensor que parpadeaba con una luz roja agonizante.

Al sostenerla, sintió un frío que no provenía de la montaña.

No era arqueología.

No era descuido.

Era vigilancia.

Cerró el puño alrededor del objeto y, por primera vez desde que había comenzado a escalar, sintió miedo de algo que no podía expulsar con rituales ni cuchillos. Alzó la vista hacia el horizonte, donde las nubes se abrían sobre las cumbres como si la cordillera misma contuviera un dolor sin nombre. La vibración había cambiado, no por una intrusión fallida, sino por algo más profundo y persistente.

Alguien había tocado lo que no debía.

Y no lo había hecho a ciegas.

Guardó la cápsula en la faja, no como prueba sino como advertencia, y comenzó el descenso. Cada metro hacia abajo le confirmó una certeza incómoda: lo ocurrido no había sido un accidente ni un hecho aislado.

Algo se estaba moviendo en la oscuridad.

Y alguien, en algún lugar, estaba observando.

Sarela descendía ahora con una comprensión nueva. No bastaba con vigilar lo que dormía bajo la tierra. Si el silencio había sido roto por manos humanas, entonces su tarea estaba a punto de cambiar.

Y ella también.



(Continúa la serie: Mientras los sellos de los Andes son profanados, un zumbido seco asciende por las arenas de Arizona. Elias Thorne sabe que la vida está fuera de equilibrio.

Lee la historia de Elias Aquí)

domingo, 15 de febrero de 2026

Elias Thorne: El peso del Silencio

El aire en el Cañón del Chaco no solo estaba seco; estaba hambriento.

Elias Thorne detuvo su vieja camioneta a un kilómetro de las ruinas de Pueblo Bonito. No necesitaba el GPS; lo sentía en los molares. Un zumbido sordo, una frecuencia ajena al viento y al motor, subía por sus botas, filtrándose desde el suelo. Era el Sipapu respirando, y eso nunca auguraba nada bueno.

Bajó del vehículo. Su silueta era la de un hombre que había pasado demasiadas noches bajo las estrellas y demasiados días bajo tierra. Llevaba una chaqueta de lona raída y, cruzado a la espalda, un estuche de cuero alargado con su atlatl de madera de hierro. Del cuello colgaba un trozo de obsidiana pulida, negra como un pozo sin fondo, con una grieta reciente que prefería no recordar.

Alzó la vista hacia las ruinas que se alzaban a lo lejos, siluetas oscuras contra el horizonte crepuscular. Pueblo Bonito emergía del cañón como un esqueleto olvidado, sus muros de piedra caliza erosionados por siglos de viento y sol implacable, pero aún erguidos con esa precisión antigua que desafiaba el olvido. El desierto se extendía a su alrededor, vasto y silencioso, con sus mesas y acantilados recortados contra un cielo que empezaba a teñirse de malva.

Sin embargo, algo no encajaba. El aire parecía más pesado, el silencio demasiado denso, como si el paisaje contuviera la respiración. No había pájaros, ni el habitual susurro de lagartijas entre las rocas. Solo ese vacío expectante que le erizaba la nuca.

Entonces, tocó la obsidiana una vez más, sintiendo cómo la grieta palpitaba levemente bajo su pulgar.

Koyaanisqatsi —susurró, como si el desierto pudiera oírlo—. Vida fuera de equilibrio.

Caminó hacia el complejo, sintiendo cómo cada paso lo acercaba más a las costillas de piedra que los Pueblos Ancestrales habían erigido con precisión inquietante. Las paredes de piedra caliza se alzaban, alineadas con ciclos lunares que esa noche observaban con malicia contenida.

En la plaza central, vio la anomalía.

En el corazón de la Gran Kiva no había oscuridad. Había algo peor. Una sombra viva.

Una columna de humo denso y aceitoso brotaba del agujero central. El Sipapu, portal simbólico al mundo anterior. Pero el humo no ascendía; reptaba por el suelo como un depredador que reconocía el olor de su presa, dejando en el aire un rastro rancio a piedra húmeda y quitina.

Elias sintió un tirón en el pecho. No era miedo. Era memoria.

Ya estás aquí —murmuró, como si saludara a un viejo conocido, mientras desenvainaba el cuchillo de pedernal.

De la sombra emergió una figura que desafiaba la anatomía. Parecía un hombre. Pero sus extremidades eran demasiado largas, codos doblados en ángulos imposibles, imitando los petroglifos de “hombres-insecto” en los acantilados. No tenía rostro, solo una superficie de piel reseca grabada con espirales que giraban lentamente, como si la carne fuera agua estancada.

Era un Atrapado, un eco del Tercer Mundo que había hallado una grieta en el sello.

El zumbido del Sipapu cambió de tono. Elias lo reconoció: un aviso. La última vez que lo oyó, el sello de Mesa Verde cedió y dejó un vacío que nunca llenó.

La criatura emitió un sonido como el roce de mil patas de hormiga sobre papel seco. Se lanzó hacia él con velocidad inhumana.

Elias no retrocedió.

Tocó la obsidiana; la grieta ardía bajo sus dedos como una advertencia. Metió la mano en el bolsillo y sacó un puñado de arena azul cobalto: maíz sagrado molido, bendecido en las tierras altas hopi.

Anu Sinom, guardianes que nos sostuvisteis en la oscuridad, prestadme vuestro peso contra los que traicionaron el equilibrio —bramó.

Lanzó el polvo al aire. Al contacto, la criatura chilló. El cobalto se adhirió a su forma invisible, revelando vetas como venas expuestas. Ya no era sombra; ahora era un objetivo tangible bajo la luna maliciosa.

Elias armó el atlatl con un movimiento practicado mil veces. El arma crujió como hueso viejo. El dardo, punta de pino petrificado del tiempo de los abuelos, silbó como un halcón descendiendo. No apuntó al pecho, sino a la garganta, donde el zumbido latía más fuerte, como un corazón enterrado.

Disparó.

El dardo se hundió con un crujido seco. El Atrapado se convulsionó, deshaciéndose en finas escamas de ceniza que el viento del desierto dispersó antes de tocar el suelo.

El silencio regresó, pero era un silencio herido.

Elias se dobló ligeramente, apoyando una mano en la rodilla mientras recuperaba el aliento. No era solo el atlatl o el polvo sagrado lo que había sellado la grieta esta vez; cada confrontación le exigía más de su propia esencia, un intercambio que le dejaba el pecho hueco y los músculos temblando como cuerdas flojas.

Las batallas se acumulaban en su cuerpo como capas de arena en una duna, y últimamente, el peso era mayor, el cansancio más profundo. Se dejó caer sentado en el borde de la plaza, el polvo del desierto adhiriéndose a su sudor, y miró a su alrededor: las sombras de las ruinas se alargaban bajo la luna, guardianes mudos de secretos antiguos.

Más descansado, se acercó al borde de la Kiva. Encendió la linterna y enfocó la pared interior. Allí, un petroglifo de mano abierta, con espirales que se desvanecían en los dedos, perdía su color. El sello se debilitaba. Con un suspiro cansado, sacó cincel y piedra de moler.

No esta noche —dijo, con una certeza gastada, repasando el grabado con la misma precisión ritual de siempre—. No mientras yo respire.

Entonces, mientras la piedra cedía bajo el cincel, lo vio: una marca que no pertenecía allí. Un trazo recto, frío, sin intención ceremonial. Violento en su simplicidad. Humano. Y reciente: el polvo aún no se había asentado en el surco.

Elias apretó la mandíbula.

No era la primera vez que encontraba señales así.

Pero esta era la más cercana al Sipapu.

Guardó sus herramientas y miró al horizonte, donde las luces de una ciudad lejana manchaban el cielo. Su guerra era invisible para ellos, librada en los márgenes de la historia, grabada en piedra y sellada con sangre.

Se subió a la camioneta y encendió la radio. Solo estática. Pero si escuchaba con atención, entre el ruido blanco se oía el rítmico rascar de incontables patas bajo la tierra, como si el desierto mismo respirara con ellas, esperando su turno para emerger.

Esta vez, el ritmo estaba demasiado cerca.


(Mientras el Sipapu vibra en el desierto de Arizona, algo despierta en los acantilados de los Andes. Lee la historia de Sarela Aquí)


domingo, 8 de febrero de 2026

El Arquitecto del Silencio

Hombre adulto con insomnio observa su teléfono Móvil en una noche  de vigilia
La medianoche no llegó con el golpe de un reloj, sino con un bostezo gélido que se instaló en mi cuarto como huésped indeseado. Primero apagó el tic-tac lejano de mi reloj; luego, el zumbido del refrigerador y el ronroneo del ventilador. Quedó solo el zumbido amplificado de mi sangre contra el tímpano y el parpadeo azul del teléfono que vibraba una vez más sobre la mesa… pantalla negra, como si esperara por mí. Intenté ignorarlo, pero el silencio se hizo eléctrico: un grito ahogado con tono de notificación.

Allí estaba yo, en vigilia insomne, viendo agonizar la luz de la lámpara sobre los restos de mi devoción. Entonces oí un carraspeo seco, como el crujido de un pergamino olvidado en una cripta, que brotó de aquel rincón donde la penumbra se volvía líquida.

Interrogar a la sombra, cuando la luz se ha marchado a iluminar otro rostro, es empresa vana —susurró una voz que se filtraba desde las grietas de la razón.

De la oscuridad, emergió una silueta envuelta en una levita raída. No vi sus ojos, pero traía consigo un aroma anacrónico: tinta fresca, tabaco rancio y el frío mineral de tierra removida. Sus dedos dejaron leves manchas oscuras en el brazo de la silla, como si la madera absorbiera su sustancia espectral. Se sentó en la orilla de mi cama y me observó con una fijeza que convertía mi sangre en plomo.

Hombre adulto afectado por una desilución observa la visita del espectro de alguien que en verdad ha perdido.. Edgar Allan Poe
Tú perdiste a una mujer que camina bajo el mismo sol que tú, pero que jamás te reconoció como destino —continuó—. Yo también conocí ese invierno del alma, aunque mi pérdida olía a flores de cementerio. Escucha el aire mi viejo amigo. Tu, arquitecto de nadas: el dolor tiene la misma frecuencia en todos los siglos.

Ella nunca fue mía —confesé—. Fui andamio de su alegría, siervo de una felicidad que usó para mirar otro horizonte. Me desangré en silencios para que ella tuviera voz. Ahora que sabe cantar, se la ofrece a un extraño.

La figura se inclinó hacia la luz. Reveló una frente pálida y vasta como lápida, cabello oscuro que vibraba con electricidad fúnebre. Una sonrisa amarga, casi un rictus, se dibujó bajo el bigote.

Tu tragedia es más refinada que la mía. Yo perdí a una mujer que amé; tú perdiste a una que nunca te amó. Convertiste barro en oro; y el ídolo, al brillar, miró hacia otro lado. Ella no solo se llevó las llaves de tu alma: se llevó la luz que instalaste en su mirada para que otro viera el camino.

Se puso en pie con la elegancia letal de un ave de rapiña. En la pared, la luz de la lámpara proyectó forma de alas negras, pesadas, eternas.

¿Qué hago ahora con este “nunca más”? —pregunté. La frase me amputaba el futuro.

Esa frase es mi herencia, no tu condena —replicó—. Mi cuervo la graznaba desde un busto pálido; el tuyo grazna en el parpadeo de una pantalla que se niega a llenarse. Tu “nunca más” es más feroz: no sentencia el fin de un amor, sino el fin de una ilusión. No es que ella se haya ido: sino que nunca estuvo donde construiste tu altar.

Se acercó. Olí el invierno en sus ropajes. Sacó de la levita una pluma cuya punta brillaba con luz negra, como una astilla de noche pura.

Edgar Allan Poe entrega una pluma a un hombre adulto, que perdió a quien nunca tuvo, para que comience a escribir su propia historia
Escribe —ordenó—. No sobre lo que no fue, pues ya es página en blanco que no te pertenece. Escribe sobre el hombre que se vació para alimentar un incendio que no le dio calor. Haz que tu naufragio rime con la eternidad. No hay belleza tan terrible como un sacrificio sin testigos.

Comenzó a desvanecerse, integrándose en la mancha de tinta de la noche. Antes de marcharse dejó sobre la mesa un rastro de ceniza y una verdad que se clavó como puñal gótico:

No busques bálsamo en Galaad. Para los que amamos sin ser elegidos, solo queda la majestuosidad del desastre.

Me quedé a solas con mi sombra. Estiré los dedos y me senté frente al resplandor azulado de la computadora. La pluma de Poe, ahora sé quién era aquella sombra, descansaba en el borde del escritorio, recordatorio de que el dolor no era desperdicio, sino noble materia prima.

Ya no miré el teléfono. Mis manos, que tanto habían trabajado para esculpir un trono de cristal a quien prefirió el yermo, se posaron por fin sobre el teclado. Las teclas comenzaron a sonar como picoteo rítmico de ave sobre madera: obsesivo, necesario. Sentí el roce de alas invisibles en la nuca: ya no era miedo, sino mandato.

Hombre adulto escribe en una computadora. dispuesto a usar su dolor como materia prima para sus palabras.
Con un suspiro que sacó el último resto de esperanza inútil, tecleé la primera frase, frontera entre pasado e inmortalidad:

“Ella fue la deidad de un templo que nunca quiso habitar; hoy le devuelvo sus llaves y sus silencios, mientras yo me quedo con el fuego, con esta pluma y con la gloria de haber amado incluso en el vacío…”

El cursor ya no parpadeaba en espera. Latía en ritmo, como un corazón que, por fin, late solo para sí. Las alas se aquietaron. En la pantalla apareció algo que no era silencio.

Que el olvido le sea leve. A mí me quedan las palabras para volverme eterno.








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del Mes de Febrero de 2026 en
(escribir un relato en el que aparezca un personaje histórico.)







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viernes, 6 de febrero de 2026

Guardia en Heorot: Crónica de una Noche de Resistencia

El fuego en el centro de Heorot es apenas un suspiro: un ojo naranja que agoniza mientras la sombra avanza sin prisa. Estoy aquí otra vez, con la espalda apoyada en el pilar de madera tallada, sintiendo cómo el frío del suelo se filtra por mi túnica hasta alcanzarme los huesos. No hay cantos de bardos esta noche. Solo el crujido del edificio, que parece encogerse bajo el peso de mi vigilia.

Mis dedos, los mismos que alguna vez arrancaron extremidades con la fuerza de treinta hombres, hoy se sienten como plomo. No es mi cuerpo el que falla; es algo más hondo. Un temblor fino recorre los tendones de mis manos, nacido del cansancio de saber que el amanecer está a una eternidad de distancia y que la bestia, a diferencia de mí, nunca necesita dormir.

En esa quietud forzada escucho el primer sonido.

Grendel no llega con la furia del que busca pelea, sino con la paciencia del que sabe que el tiempo trabaja para él. Cada noche me parece más grande, no porque su cuerpo crezca, sino porque mi fe en el acero se reduce.

Con esa certeza llega también el gesto.

Hay un momento en que mis manos se abren. La espada no cae con un estrépito heroico, sino con un golpe seco sobre la paja, un sonido breve que vibra en mis muñecas y se apaga enseguida. No me importa. Miro mis palmas y, por primera vez, me parecen ajenas. ¿A quién protejo realmente? La brasa que ardía en mi pecho, como un brasero encendido en noches de festín, se ha consumido, dejando solo ceniza fría. Ya no sé para qué vencer.

Tal vez por eso Grendel se detiene. Percibe que mi resistencia se ha diluido. La puerta se abre lentamente, dejando entrar la niebla del pantano, que comienza a lamerme los pies y a robarle calor al aire.

—Hazlo —susurro, sin desafío—. Si no hay luz que custodiar, ¿qué importa si la sombra lo reclama todo?

Y, sin embargo, incluso en esa renuncia, algo persiste. Siento el peso firme de mis propios pies sobre la tierra. A falta de una razón para vencer, me queda la terca, mecánica e irracional voluntad de no ser borrado. Es mi costumbre de luchar. Una brasa diminuta, enterrada bajo las cenizas de la mente, esperando un viento que aún no llega.

Lo que sigue no es un choque de metales, sino una presión insoportable. Durante horas siento la respiración fétida de la bestia demasiado cerca, murmurándome que mi esfuerzo es inútil. No respondo. Solo aprieto los dientes. Es una batalla de milímetros: resistir el peso de los párpados, mantener un puño cerrado, seguir el compás de mi propio corazón cuando todo lo demás parece detenido.

Así, casi sin anuncio, el aire cambia.

Un rayo de sol, débil, frío, pero innegable, atraviesa la rendija de la puerta este y corta el salón como una hoja de luz. Grendel emite un siseo breve y se retira hacia las sombras. No ha sido derrotado por mi fuerza, sino por mi permanencia. Yo sigo aquí; el sol también.

No celebro. Me dejo caer sobre el banco de madera, con el cuerpo vibrando por el esfuerzo. Observo cómo el polvo danza en los haces de luz. El trofeo de esta noche no es un brazo arrancado, sino el aire que vuelve, poco a poco, a llenar mis pulmones.

El asedio inmediato ha terminado.

Exhalo un suspiro largo. Estoy agotado y herido por el vacío, pero mientras el sol reclama cada rincón de Heorot, comprendo que mi valor no residía en la fuerza, sino en el simple hecho de no haber abandonado el salón.

En este nuevo día, quizá empiece a tomar forma aquello que dé sentido a futuras gestas.

lunes, 12 de enero de 2026

Guardián de la memoria

¿Quién podrá decirme dónde guardo lo que no recuerdo?

Fernando Pessoa (Quizá) 


Hoy leí esta frase y pensé:

Somos guardianes de un tesoro, pero perdimos la llave.

Cargamos maletas cuyo contenido parece borrado, aunque su peso aún nos dobla la espalda. En la buhardilla del pecho se amontona lo que la memoria jubiló: nombres sin voz y el color de tardes que nos cambiaron.

Preguntar dónde está lo olvidado es preguntar quién vive dentro de nosotros al cerrar los ojos. Porque lo olvidado no muere; permanece, como un nudo en la garganta o un olor que trae la nostalgia.

No somos, entonces, solo el relato cómodo que contamos. También somos un archivo silencioso que espera a que el azar nos devuelva lo que fuimos. La memoria no se pierde; solo aguarda en un rincón cuyo mapa no sabemos leer.

Y sin embargo, mientras cargamos el peso de lo olvidado, guardamos también un incendio que no elegimos. Un fuego que nos calienta y nos consume a la vez.

Por eso, mientras llevamos las maletas del olvido, en el pecho nos arden llamas que no se apagan: rostros que se resisten al borrón, ojos profundos como la noche, voces en salas imposibles de cerrar. Y el sabor intacto de instantes que el corazón reaviva cada día.

Podríamos preguntarnos, entonces, ¿por qué no podemos soltar lo que sí recordamos? Porque lo inolvidable no espera: irrumpe. Se vuelve pulso furioso, herida al roce o llamarada al cruzar una calle que fue nuestra.

Así que no somos solo el relato editado para sobrevivir, ni el archivo que aguarda en la sombra. Somos, sobre todo, la hoguera inextinguible de lo que sentimos. Ella nos recuerda, con crudeza luminosa, la versión más viva y dolorosa de nosotros mismos.

Lo amado no se pierde; solo se transforma en un fuego eterno cuyo calor ya no sabemos apagar.

Al final, tanto el peso de lo olvidado como el fuego de lo recordado nos moldean. No somos una memoria o una ausencia, sino el paisaje que ambas fuerzas tallan. Nuestro contexto no se construye con lo que elegimos guardar o soltar, sino con la tensión permanente entre el peso que nos dobla y la llama que nos obliga a seguir en pie.

sábado, 3 de enero de 2026

Lo que el espejo no refleja

El frío le envolvió como promesa cumplida. Sintió que su cuerpo comenzaba a ceder mientras cruzaba un umbral difuso. Al abrir los ojos, el desierto se había disuelto; en su lugar emergió un mundo al revés, donde las sombras precedían a los objetos y los juicios se hacían antes que los crímenes.

Había visitado otros lugares extraños: el asteroide del rey que reinaba sobre el vacío, el del vanidoso que solo oía aplausos y hasta uno habitado por un farolero agotado. Pero este jardín era mucho más inquietante.

Frente a él, tres naipes sudorosos teñían de rojo un rosal blanco…. Extrañado, se ajustó la bufanda dorada que flotaba sin brisa y se acercó a la flor más alta, cuyos pétalos goteaban un rojo espeso.

¿Por qué permites que te oculten? — preguntó —. Tengo una amiga a la que cuatro espinas le bastan para protegerse.

La rosa rió con un sonido de cristal roto.

— Aquí no somos responsables de nuestra esencia. Si no somos rojas, nos cortan el tallo. La honestidad es un lujo de las flores que no pertenecen a nadie.

Él miró sus manos, acostumbradas a arrancar baobabs, manchadas por un pigmento artificial. Aquel lugar era una prisión donde el corazón estorbaba al juego de otros.

Sintió un último tirón en el pecho. El regalo de la serpiente disolvió los hilos que lo ataban a la Tierra. Mientras el jardín se desvanecía, sonrió. Escapaba al fin de las apariencias, regresando a lo esencial: invisible a los ojos.







Aporte para el reto
del Mes de Septiembre de 2025 en
(Un micro  inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola)







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sábado, 20 de diciembre de 2025

Te veo, aún si no te veo

Te veo, aún si no te veo.

Te reconozco en la vibración del aire,
en la huella invisible que dejas al pasar.
Y así te conviertes en la sombra
que se alarga en mi memoria,
en la luz que insiste tras mis párpados cerrados.

Y, sin embargo, aunque la distancia te oculte,
aunque el silencio te disfrace,
aunque el tiempo intente borrarte,
tu presencia arde como un eco
que no se extingue.

Por eso te veo en lo que no miro,
te siento en lo que no toco,
te nombro en lo que no digo.

En cada ausencia
descubro una forma más plena de presencia
y, en esa certeza, aunque invisible,
me sostengo.

Tu ausencia no es vacío:
es semilla que, en lo profundo, florece en mi memoria.




Otra vez Te veo, aún si no te veo. #poesia #canciones #sentimientos ♬ sonido original - Octavio

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Catando su presencia

Ella apareció y con ella, el vino tinto, color de historia viva, cobró vida sin necesidad de copa. Lejos del rojo profundo del caldo inexperto, vestía la hondura violeta oscuro del vino maduro: un matiz que se posaba sobre su piel como una esencia antigua y multisensorial, como si hubiera elegido llevar puesto el secreto mejor guardado de un gran Bordeaux, una promesa de calor, aroma y tacto prohibido antes siquiera de acercarse.

Su ropa no era de un color cualquiera. Era fuego lento, ceñido a sus formas con la precisión de un amante que conoce cada curva, resaltando la suavidad de la luz allí donde la sombra se volvía promesa. Así, en ella, el vino tinto dejaba de ser tono para volverse una segunda piel: palpitante, magnética, deseable.

Y se extendía sobre ella como si hubiera encontrado al fin su lugar natural, derramándose con generosidad y cubriéndola en una caricia densa y envolvente. Se volvía tacto puro, aterciopelado y carnoso, calor que late bajo la superficie como la memoria viva de la uva madura recién exprimida, ofreciendo su espesura con la languidez de quien se entrega sin reservas.

Entonces, cuando la cercanía se volvió profunda y los contornos comenzaron a fundirse en un abrazo, el aroma ascendió, embriagador e íntimo: notas de cereza carnosa y pétalos oscuros; un aliento cálido de frutos abiertos al sol que liberan su dulzor prohibido. Ese perfume llenó el espacio cercano, se coló en la respiración e hizo que el pecho se expandiera buscando más, como si el aire mismo se hubiera vuelto mosto denso y deseable.

La mirada no podía sino beberlo todo: el contraste de la claridad rendida al vino intenso, sus hermosos ojos oscuros, color de la noche que guarda los secretos del vino, la forma en que ese tono delineaba y velaba a la vez lo que apenas se ocultaba. Cada movimiento era un sorbo lento; cada pausa, el instante cargado antes de llevar la copa a los labios.

Así, la sensualidad se volvía estado absoluto. No había distancia posible: ella estaba allí como un vino de guarda, vivo, palpitante, invitando a perderse en su hondura. Y quedaba esa certeza callada que no admite palabras: ese color no se lava ni se desvanece. Se queda en la piel, grabando en la memoria su cuerpo, como la mejor cosecha que uno desea volver a probar, una y otra vez, hasta la última gota.

martes, 16 de diciembre de 2025

Efecto Doppler a la moda

Era una hora cualquiera del día, de esas que se desdibujan en la rutina diaria, cuando de pronto todo se detuvo. Ella estaba allí, como siempre, con sus ojos hermosos fijos en cualquier otra cosa que no fuera yo.

Había algo en ella que, como siempre, me robaba la mirada. Un distractor habitual convertido, en ese instante, en una fuerza gravitatoria irresistible. 

Esta vez, sin embargo, no era solo distracción; mi dedicación mutó a la percepción repentina de algo extraordinario.

Mi atención se detuvo en el diseño del patrón que adornaba su pantalon: en la geometría impecable de esas bandas oscuras y claras alternadas. Siempre me ha gustado como luce en ella ese diseño, no puedo explicar por qué. Creo que me gusta cómo la arropa, cómo la abraza y la hace parecer ágil, activa, como una gacela dispuesta a jugar en la estepa abierta. En realidad se ve particularmente hermosa cuando lo usa.

Oculto aún a su mirada, en algún momento comprendí que aquella sensación que me erizaba la piel iba más allá de la mera sensibilidad estética. Era algo más intenso, algo que alcanzaba el rango de ley física. 

Mientras caminaba hacia mi, dudé si esa danza prodigiosa podía llamarse simplemente "caminar". De pronto, la revelación se hizo evidente: ella alteraba, sutilmente, la realidad a su alrededor. 

Es que ella no avanzaba simplemente en el espacio;  su sola presencia generaba una poderosa onda invisible que influenciaba todo a su alrededor. Y esas bandas en su  pantalón, ese patrón lineal que proyectaba sus piernas, parecía ser la expresión visible de su poderosa influencia. Como si aquellas bandas oscuras y luminosas fueran el rastro tangible de una perturbación mística que se propagaba en todas direcciones.

Al acercarse a mi, experimenté una especie de efecto Doppler visual y silencioso: la realidad frente a ella se comprimía, el tiempo parecía acelerarse en una alta frecuencia de lo inevitable, y las líneas del entorno se apilaban en una intensidad fuera de lo común.

Cuando me pasó de largo, el aire no se cerró de inmediato a su espalda, sino que se estiró lentamente, dejando un rastro de vacío que se demoraba en disiparse. El espacio se alargaba en una baja frecuencia grave, una longitud de onda que tardaba en volver a la normalidad. Por un instante, el mundo entero quedó fuera de fase, modulado por aquel andar hermoso, a la vez sublime e inefable.

No fue un simple caminar. Fue la prueba de que, para el observador adecuado, una sola persona puede ajustar la resonancia del universo entero.


NotaEl efecto Doppler es la ilusión de que las ondas, de sonido, de luz o de presencia, modifican su ritmo según se acercan o se alejan. Es el eco del movimiento: un canto agudo al aproximarse, un murmullo grave al partir. 

Así también son sus ojos hermosos: al acercarse se tornan intensos, vibrando en la aguda proximidad; y al alejarse se vuelven graves, dejando un eco suave que se prolonga en la memoria.

sábado, 13 de diciembre de 2025

El Reloj de los Peores Momentos

El hombre permaneció inmóvil, la mirada fija en el pequeño reloj de bolsillo que reposaba sobre la mesa. Lo había hallado pocos días antes en una tienda oscura, oculto entre objetos singulares y muñecos privados de ojos.

El vendedor, un anciano de piel cetrina y rostro surcado, lo observó con sonrisa torva y voz ronca: - Este reloj sólo conduce a los peores momentos… y asegura que desea acompañarte -.

El hombre volvió el rostro, devolviendo una sonrisa tensa. Registró su bolsillo y pagó con las monedas que llevaba. El anciano tomó el dinero, envolvió el reloj y lo despidió con un murmullo que se prolongaba: - Qué afortunado eres… él te ha elegido -.

Aquella noche, en la quietud de su apartamento, el hombre extrajo el reloj. Era un sencillo mecanismo de cuerda, sin nada que lo distinguiera. Sin embargo, acosado por una depresión que lo hostigaba desde semanas atrás, pensó cuán venturoso sería poder recuperar a aquella mujer de ojos oscuros cuya ausencia se había vuelto herida abierta.

Alzó el reloj y susurró a la fría maquinaria: 

- ¿Me llevarás a mis peores momentos? Pues condúceme al más terrible: al día preciso en que le dije que nuestra relación no existía. Prefiero vivir de migajas que perder el eco de su mirada en mis ojos -. 

Con el pensamiento clavado en el pasado, giró la manecilla una sola vez.

El reloj vibró como un corazón mecánico. El hombre parpadeó y el aroma del café recién molido lo envolvió. Se hallaba en la cafetería que tan bien recordaba. ¡Era Aquel día! Se vio con idéntica ropa y el ramo de tulipanes rojos que tanto le costara. Al fondo, ella estaba allí… hermosa. Un impulso lo arrojó hacia adelante, dispuesto a revivir la escena.

Ella lo miró con sorpresa. Aceptó las flores, sonrió apenas y le solicitó un favor: 

- Gracias… ¿podrías ayudarme con estas bolsas? No quiero llegar sola cargada -.

Él consintió con euforia. Tal como lo guardaba la memoria, tomó las bolsas y salió con ella, saboreando la dicha de serle útil. Qué bueno saber que confiaba en él, que lo había mirado. Mas al doblar la esquina, el rugido de una motocicleta le recordó el epílogo de aquella tarde. Esteban aguardaba con el motor encendido. Ella le arrebató las bolsas y, con gesto fluido y natural, se acomodó detrás. Sólo le dedicó un ademán vago: - Gracias, hablamos luego - .

El hombre quedó inmóvil. El reloj vibró en su bolsillo, confirmando su magia. No era la escena buscada, pero funcionaba.

Concentró su mente en el día de la ruptura y volvió a girar la manecilla.

El aire se tornó pesado de familiaridad hiriente. Reconoció el lugar: era la tarde en que ella le había pedido acompañarla a un trámite importante. Él había pasado horas disponiendo todo, consiguiendo transporte, preparando provisiones. Caminaba convencido de que su esfuerzo sería reconocido.

Alzó la vista. Allí estaba ella, acomodando su hermoso trasero en la moto de Esteban. No lo vio. Ni siquiera pensó en avisarle que no iría.

El reloj vibró.

Con el alma deshecha, insistió nuevamente.

Al abrir los ojos la vio frente a él, escuchándolo con aparente atención mientras él hablaba con pasión. Sus palabras fluían, pero se sentía sombra repitiendo una escena grabada a fuego. Sabía lo que vendría. Ella miró hacia la puerta y, sin una palabra, lo dejó a mitad de la frase. Salió de la habitación. Recordó que, luego, la había visto en el patio, radiante de risa, oyendo las anécdotas de Esteban sin recordar que él la esperaba.

Giró de nuevo, varias veces, obstinado en alcanzar la ruptura.

Lo llevó a la tarde en que ella aceptó su poema y lo catalogó apenas de "bonito"; al instante en la plaza donde le ofreció un helado que tomó sin detenerse; al día en que ella recibió un dulce exquisito que guardó sin compartir (al menos con él). Lo arrastró a los momentos en que le confió su historia más íntima, mostrando su vulnerabilidad, y ella simplemente cambió el tema.

Una y otra vez, el reloj le mostró lo mismo: ella acogía lo que él ofrecía, mas nunca ofrecía nada a cambio; su esfuerzo resultaba invisible, sus palabras se perdían en el aire.

Exhausto, el hombre se encontró nuevamente ante el reloj sobre la mesa. El metal frío parecía también observarlo. Había girado la cuerda buscando el día de la ruptura, convencido de que allí residía su peor momento. Pero el reloj nunca lo había llevado hasta allá.

En su lugar, lo había enfrentado a instantes infinitamente más crueles. Comprendió que el verdadero dolor no estaba en la pérdida final, sino en la dignidad perdida que la precedió. El reloj le había revelado que su peor error fue insistir en entregarse a quien, de manera constante, nunca lo aceptó.

Con un suspiro largo y profundo, acarició la superficie metálica. Entendió que el tiempo no podía devolver lo perdido, pues para devolverlo primero hubiera tenido que haberlo poseído. En esa certeza halló un resquicio de libertad: la libertad de dejar de girar la cuerda, de dejar de buscar aquello que nunca existió.

El reloj quedó inmóvil sobre la mesa, y él, por primera vez, avanzó.








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miércoles, 10 de diciembre de 2025

La huida

Llegué con el alma limpia, el cuerpo en calma y la certeza de no volver a caer. Creí que todo estaba firme, que ya nada podría torcer el camino.

Y entonces  ella entró.

No fue un gesto cualquiera. Fue una irrupción de luz que recogió el mundo entero y lo encerró en su figura.

Sus ojos , oscuros, color de la noche, se abrieron como abismos. En ellos cabían galaxias extinguidas y constelaciones que aún no tienen nombre.

No tuve defensa. Mi voluntad se deshizo como ceniza bajo aquella mirada que era a la vez absolución y condena. Me pregunté si era ella tan poderosa o si era yo quien se entregaba sin remedio.

Intenté bajar los párpados, volver la cara… Pero ¿cómo negarle la vista al paraíso cuando late a solo un palmo de distancia?

Caí. 

Una sola mirada bastó para ser suyo otra vez. Entero, sin restos. Me quedé allí, inmóvil, perdido en la inmensidad de sus ojos, como quien se abandona al mar sabiendo que ya no tocará tierra nunca más. Hasta que, cuando ya no quedaba nada por rendir, algo se alzó en mí. una última brizna de instinto. 

Entonces huí.

Un movimiento puntual, exacto, casi militar. Una estrategia desesperada para apartarme un instante de su poder antes de desaparecer del todo. Le di la espalda al Edén con el cuerpo todavía temblando, consciente de que solo me escapaba por un tiempo.

Porque sé lo que ella espera. y sigo intentando dárselo, aunque lo que entrego sea apenas la sombra de lo que arde dentro de mí.

Aun así, en esta tregua que yo mismo me impuse, sus ojos me acompañan. Oscuros, heraldos de la noche, arden como faros que nadie enciende. Ya no son solo recuerdo de lo perdido. son la promesa intacta de lo que volverá a suceder.

Y en la pregunta que nunca calla, si es su poder o mi amor desmedido, late ahora una certeza más peligrosa que todas: que regresaré, mañana o pasado, con la voluntad bien firme y la esperanza intacta de su mirada.

Aun sabiendo que esa misma mirada será, otra vez,  mi caída.