ll


sábado, 8 de agosto de 2026

El Amo de la Trocha

Hombre anciano sentado en una mecedora observa a un hombre de pie frente a él
 Abuelo, ¿por qué no te acuestas? Ya pasaron las nueve —dijo Mateo, entrando a la sala con un vaso de agua que aún sudaba frío. Llevaba puesta la camisa de franela a cuadros rojos y la sonrisa limpia de siempre. Su voz sonaba ligera, con ese tono familiar y cercano que Eustaquio había escuchado a diario desde que el muchacho era un niño. Todo en la escena parecía perfecto, rutinario y apacible bajo la luz amarilla de la lámpara de kerosén.
 
Y aun así, algo parecía ligeramente fuera de lugar.
 
Eustaquio se quedó inmóvil en su mecedora de mimbre, sintiendo un sudor frío que le resbalaba por la nuca. Su mente, surcada por los años, comenzó a agitarse. Una bruma espesa, densa como la neblina del monte al amanecer, empezó a removerse en lo más hondo de su cabeza, trayendo consigo un olor húmedo que no sentía desde que era joven. Algo, en un rincón empolvado de su memoria, luchaba por salir a flote: un recuerdo antiguo que durante décadas había relegado al seguro rincón de los malos sueños.
 
Mateo dio un paso más hacia el centro de la sala y, sin previo aviso, dejó de sonreír. Su rostro se volvió neutro, casi ausente, mientras clavaba la mirada en la nada.
 
No hay que temerle a las sombras de los árboles, Eustaquio —murmuró el muchacho, con una cadencia hipnótica que no le pertenecía—. Siempre hay un camino más corto esperando del otro lado; solo hay que seguir el sonido del agua fresca para volver a casa.
 
El tiempo se detuvo. Al escuchar esas palabras, el velo del falso sueño se desgarró por completo. Eustaquio vio de nuevo, con nitidez espantosa, aquel claro del Guaramacal donde el sol entraba; recordó los tres días de charla que se convirtieron en ochenta años, el retorno tardío a un hogar que ya no le pertenecía y la deuda maldita que siempre supo, en lo más profundo de su conciencia, que el monte vendría a cobrar.
 
Los perros del caserío, escondidos bajo las tablas del piso, temblaban con un miedo tan profundo que ni siquiera se atrevían a respirar fuerte.
 
Pies calzados con alpargatas en una posicion poco natural
Eustaquio bajó lentamente la mirada temblorosa hacia el suelo de ladrillo cocido. Bajo el dobladillo del pantalón de su nieto asomaba una alpargata… y al lado, pisando el suelo frío con una rigidez insultante, el otro pie apuntaba exactamente hacia atrás, como si la pierna hubiera olvidado dónde estaba el resto del cuerpo. Además, las manos de Mateo estaban manchadas de un barro oscuro y fino, el mismo que solo se encuentra a orillas del arroyo del Guaramacal.
 
Eustaquio se quedó sin aire. La mecedora dejó de chirriar, atrapada en el silencio absoluto de la casa. Ya no era Mateo quien estaba de pie frente a él; era esa misma silueta de ojos vacíos que lo había esperado al borde del arroyo, ciento cincuenta años atrás, cuando él tenía apenas veinte y el mundo todavía le pertenecía. Para él habían sido tres tardes. Para el mundo fuera del monte, ochenta años.
 
El falso muchacho inclinó la cabeza hacia un lado, soltando una risa suave, ronca, como si la garganta del joven recordara un sonido que no era suyo.
 
Vaya, Eustaquio. Tardaste en reconocerme —dijo la entidad con la voz de su nieto, estirando los brazos en un saludo distendido—. Hombre, no me pongas esa cara de susto. ¿Así se recibe al viejo amigo que te salvó el pellejo? Es hora de cobrar el favor. Me debes el relevo.
 
La sangre le golpeó las sienes. Setenta años habían pasado desde que el monte lo escupió de vuelta al mundo con el mismo cuerpo joven que tenía al perderse. Setenta años para envejecer, formar una familia, criar hijos, ver nacer a Mateo… y cargar con la culpa de haber regresado demasiado tarde para todos los demás.
 
Impulsado por una súbita ira, se aferró al bastón de guayabo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
 
Hombre anciano amenaza con su bastón a un espiritu maligno
¿Favor? —escupió, con una voz que sonaba a madera rota—. Me arrancaste la vida de un mordisco y me devolviste al mundo como un extraño. Cuando salí de tu selva, creyendo que habían pasado tres tardes, mi madre ya estaba muerta. Mis hermanos eran ancianos decrépitos que apenas recordaban mi nombre.
 
La entidad dio un paso al frente, con los hombros rígidos y la mirada fija.
 
Te di otra oportunidad —respondió, con un tono paciente—. Tú solo sabías arruinar la primera. Estabas huyendo de tus culpas. Yo te abrí un claro donde el tiempo no podía herirte. Te ofrecí silencio. Un lugar donde no eras esclavo de tus errores. Y los favores del monte siempre se pagan con carne de la misma sangre. Hoy vine por el muchacho. Tú viviste gracias a la promesa de él. Ahora él vivirá gracias a mí. Así funciona la trocha.
 
Eustaquio se incorporó a medias, temblando de rabia.
 
—¡Yo no renuncié a nada! ¡Me engañaste!
 
La entidad sonrió con una mueca ancha, sin alegría.
 
El tiempo del monte no es el tiempo de los hombres, Eustaquio. Te devolví al mundo con salud y juventud prestada. ¿Qué más querías? Te di un segundo aire que no merecías.
 
Eustaquio apretó los dientes en silencio. La rabia le ardía en la garganta, quemándole por dentro; pero sus largos años de vida: los del jornalero, las trochas y el silencio del campo, le dieron la malicia necesaria para detenerse a pensar. Algo no encajaba. La ira dio paso, de golpe, a una fría y aguda suspicacia.
 
En lo más hondo de su mente, el engranaje de los viejos recuerdos comenzó a girar, dejando surgir otras voces que creía olvidadas: las de los ancianos del caserío cuando era apenas un niño, las advertencias junto al fogón, los cuentos que se repetían cuando el sol caía y el monte respiraba más cerca. Las historias olvidadas se abrían ahora en su cabeza como un libro carcomido por el tiempo.
 
En ninguna de ellas, ni una sola, el Amo de la Trocha salía de su espesura. Nunca cruzaba la frontera. Nunca tomaba forma humana fuera del monte. Nunca entraba en una casa. Siempre era lo mismo: los hombres se acercaban demasiado, la criatura los engañaba, los arrastraba hacia adentro, y allí se perdían. El monte devoraba. El monte no visitaba.
 
Entonces, ¿por qué estaba allí ahora?
 
Tú no deberías estar aquí —dijo Eustaquio—. Nunca saliste de la trocha. Nunca tocaste una casa. ¿Por qué ahora?

La criatura no respondió de inmediato.

El falso semblante de Mateo tembló con violencia. La piel del muchacho onduló como agua estancada bajo la brisa, y los hombros del joven se encogieron, buscando un resguardo invisible en la penumbra de la sala con una rigidez impropia de los vivos. Las manos de aquella cosa, parecida a su nieto, se cerraron con tanta fuerza contra los costados que los nudillos se pusieron grises, denotando una urgencia desesperada, casi suplicante.

Cuando al fin se atrevió a hablar, la voz del ente se quebró y dio paso a un tono más profundo, más húmedo, que arrastraba el peso de los siglos.

Porque ya no vienen —susurró—. Ya nadie se acerca al monte. Ya nadie escucha las historias. Ya nadie teme la trocha. Ya nadie me nombra.

Hizo una pausa, y el olor a musgo y tierra podrida inundó la sala.
 
Dentro del monte cobré muchos relevos. Hombres que se perdían solos, que seguían el agua fresca, que creían encontrar un atajo. Todos pagaron. Pero los hombres cambiaron. Dejaron de caminar hacia mí. Dejaron de perderse. Dejaron de ofrecerse. Me quedé solo. Y tú… tú eres el último que me recuerda.
 
La piel del muchacho se desprendió como humo. La figura se encogió, se alargó, se dobló. El rostro humano se deshizo entre un leve crujido de raíces secas. La entidad tomó su forma real: una sombra de humedad y raíces, un cuerpo hecho de noche, ojos como pozos sin fondo.
 
Eustaquio sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
 
Si me llevas —dijo—, desapareces conmigo.
 
La criatura respiró, como si el monte entero estuviera dentro de ella.
 
Es inevitable —respondió, con esa voz antigua y húmeda—. Así es el monte.
 
La sombra se quedó inmóvil. Por un instante, el cuerpo de humedad y raíces vaciló, como si esa simple posibilidad la hubiera desestabilizado. El olor a musgo se volvió más denso. Los ojos sin fondo parpadearon, inciertos, por primera vez en siglos.

Eustaquio contuvo el aliento, con los dedos aferrados al bastón de guayabo. Su primera reacción fue el rechazo absoluto, el impulso de cerrarle la puerta a esa presencia y echarla de su casa a fuerza de rabia. Pero la rabia, tan rápida y estéril, dio paso enseguida a la astucia del viejo jornalero. Miró de nuevo a la criatura, a esa masa de memoria y olvido que se desmoronaba frente a él, y ató los cabos.

El ente no había venido a buscar un relevo por capricho ni por fuerza; había venido porque estaba muriendo de hambre. Si nadie lo nombraba, si el miedo al monte se apagaba, la criatura misma dejaría de existir. Y si la criatura desaparecía... ¿qué pasaría con el pacto antiguo que lo ataba a él y a su familia? ¿Qué pasaría con el peso de la culpa que había cargado durante setenta años?

El viejo entornó los ojos, midiendo el silencio y el peligro real de lo que estaba a punto de articular. No podía entregar su vida, pero de repente vio una salida donde antes solo había una trampa.

Pero no tiene que ser así —susurró.
 
La sombra se quedó inmóvil. Por un instante, el cuerpo de humedad y raíces vaciló, como si esa simple posibilidad la hubiera desestabilizado. El olor a musgo se volvió más denso. Los ojos sin fondo parpadearon, inciertos, por primera vez en siglos.
 
Eustaquio esperó un segundo más, midiendo el silencio.
 
No puedo darte mi vida —dijo entonces, con voz baja pero firme—. Pero puedo darte lo único que te salva. Puedo contarte. Puedo repetir tu nombre. Puedo devolver tus historias. Puedo hacer que vuelvan a temerte. Puedo hacer que vuelvas a existir.

Figura de un espiritu del bosque que huye mientras pierde su forma humana
La criatura se detuvo del todo. El aire se volvió espeso. La casa pareció encogerse.
 
Déjalo vivir aquí, conmigo—continuó el viejo—. Y yo cumplo mi parte. Yo te devuelvo al mundo. No como carne. Como cuento.
 
El silencio se estancó y la silueta se contrajo. Por algunos segundos, permaneció inmóvil, dudando, evaluando el vértigo de depender de una voz humana para no borrarse de la historia. La sombra vaciló, un temblor sordo recorrió el suelo, y por primera vez en siglos, el ente pareció comprender que su supervivencia ya no dependía de la fuerza, sino de la clemencia de su última víctima.
 
Extendiendo los brazos como si de alas se tratasen, el Amo de la Trocha retrocedió. Su forma se deshizo en jirones de sombra. El olor a musgo llenó la sala. La oscuridad se plegó sobre sí misma.
 
Y desapareció.
 
El silencio fue tan profundo que Eustaquio creyó que el mundo entero había dejado de respirar. Solo quedaba el leve crujido de la madera de la casa y el latido de su propia sangre.
 
Entonces, desde afuera, llegó una voz.
 
¿Abuelo?
 
Mateo entró al rancho, sudado, con la camisa llena de hojas, los ojos abiertos como si hubiera despertado de un sueño sin principio. Las manos aún le temblaban, limpias ahora, pero el olor a tierra húmeda todavía se aferraba a su ropa.
 
¿Qué hace usted aquí? —preguntó, confundido—. Yo… yo estaba en el monte. No sé cómo llegué. No sé qué pasó.
 
Eustaquio lo miró. Su expresión había cambiado: ya no había miedo en ella, sino un reconocimiento antiguo, casi paternal. Cuando habló, su voz arrastró un leve eco, como si resonara desde más lejos de lo que la sala permitía.
 
¿En el monte tan tarde, muchacho? —dijo—. ¿Anda buscando que el Amo de la Trocha lo pierda?
 
Hombre anciano sentado en una mecedora cuenta historias a otro hombre joven sentado. a la luz de una lampara
Mateo frunció el ceño, incrédulo.
 
¿El Amo de la Trocha? —dijo sin entender.
 
Eustaquio le hizo una seña. La lámpara de kerosén parpadeó una sola vez.
 
Ven. Siéntate. Hay algo que tengo que contarte.
 
El muchacho se acercó, todavía temblando.
 
El viejo respiró hondo. El olor a musgo persistió un segundo más de lo natural.
 
Y comenzó a hablar.
 

jueves, 9 de julio de 2026

Hoy no

Caligrama con poema de aceptacion y descanso.

Hoy no.

El mundo espera en la repisa,
y mis manos, por fin, se sueltan de los engranajes.

Hoy descanso de las incongruencias,
de las deslealtades y de las ausencias;
solo existe una película de Navidad en julio,
el refugio de la cobija y el peso dulce de la almohada.

Bajo esa luz tibia,
el lienzo se queda en blanco,
sin la firma del cálculo
ni la huella fría del método.

El tiempo se detiene entonces,
libre de metas y de medidas;
hoy, simplemente, descanso del mundo,
abrazado a la inmensidad
de no hacer nada.

Mañana será otra decisión.

domingo, 28 de junio de 2026

Me duele mi pais

24 de Junio, Venezuela Tembló.

Me duele mi país. Es un dolor profundo que no se queda en la piel, sino que desciende hasta las raíces mismas de mi ser, hasta clavarse en esa misma tierra que, hace apenas unos días, se sacudió con una furia salvaje que nos robó el aliento y dejó nuestros sueños atrapados entre escombros.

Ver las calles y casas heridas nos obliga a confrontar de frente la devastación. Las vidas que se perdieron no son simples cifras estadísticas: son nombres, risas truncadas, abrazos que ya nunca llegarán e historias suspendidas para siempre en el polvo de lo que alguna vez quiso ser hogar. Duele el silencio ensordecedor que siguió al caos. Pesa la incertidumbre que nos envuelve en un país que ya venía arrastrando demasiadas tormentas.

Aun así, en medio de ese polvo y ese llanto colectivo, ha brotado algo indestructible. He visto manos ensangrentadas y temblorosas remover ruinas sin más arma que la pura voluntad y el amor al prójimo. He visto a extraños convertirse en hermanos y a vecinos transformarse en el último refugio del otro. En esa entrega desinteresada y espontánea se ha tejido una unión profunda, una solidaridad que el miedo no logra romper.

Porque, con el temblor de la tierra, caen las máscaras y desaparecen las etiquetas que suelen separarnos. Solo queda lo esencial: la humanidad desnuda, cruda y hermosa, capaz de hacerse más grande que la tragedia misma.

La herida será larga de cerrar y la reconstrucción será dura y lenta. Pero nuestra verdadera fortaleza nunca estuvo en los muros que cayeron, sino en esa capacidad de tendernos la mano entre los escombros, incluso cuando las nuestras están heridas y exhaustas.

Sí, me duele mi país y esta realidad me hiere profundamente. Sin embargo, ese dolor no me paraliza. No puede. Al contrario, este mismo dolor nos recuerda que nuestra gente es más grande que cualquier circunstancia. Mientras sigamos levantando al que ha caído y el vecino sea el techo y el consuelo del otro, Venezuela no solo se levantará: renacerá, más fuerte y más unida.

sábado, 13 de junio de 2026

El Último Servicio

El barro del Orinoco se tragaba las botas de Diego de Vargas. Parecía comerse también lo que quedaba de sus ganas de vivir. Escupió una mezcla amarga de bilis y fango. A su lado, el mosquete de mecha ya no servía para nada, hinchado de humedad, pudriéndose como un perro muerto. La pólvora, que en Europa había sido el alma de sus victorias, aquí no era más que una masa grisácea vencida por el vapor constante. Diego intentó recordar cuándo fue la última vez que disparó, pero la memoria también se le deshacía.

Trató de acomodarse el único guardabrazo que llevaba. Ni siquiera el acero de las corazas, que había exhibido con orgullo bajo el sol de Flandes, soportaba el castigo de la selva: lo que antes resistía el fuego enemigo se deshacía en óxido, como si aquella tierra estuviera digiriendo su capacidad de matar.

Diego recorrió con la mirada a los supervivientes. Hacía pocas semanas, sesenta hombres, veteranos del sitio de Breda, lo seguían con la férrea disciplina de los Tercios. De aquella legión solo quedaban seis. Seis espectros consumidos por la malaria y el hambre, cuyos ojos ya no miraban al frente, sino hacia un vacío lleno de derrota.

El Capitán Alatriste no habría terminado así... — susurró un muchacho al que todos llamaban El Vizcaíno.

Sumergido en sus delirios, parecía hablarle a un fantasma mientras sus manos, comidas por la gangrena, intentaban cargar una pistola.

Diego permaneció en silencio. Le vino a la cabeza la Taberna del Turco, el olor a vino peleón y el ruido de las risas. Alatriste soltando una de sus bromas secas, Quevedo respondiéndole con veneno y aquella mujer de la Plaza Mayor que les sonrió a los tres. O eso creía recordar. Ya ni siquiera estaba seguro de que hubiera existido. Era su vieja vida, antes de que el acero y el destino les presentaran la cuenta.

También recordó Breda: el frío seco, el aroma a hierro y tabaco, y aquella mirada del Capitán que entendía la existencia como una cuenta pendiente con la Parca. Pero en aquel abismo verde la muerte carecía de la dignidad del acero. Aquí llegaba bajo la forma de una flecha invisible o de una fiebre que cocía los sesos de los hombres hasta arrancarles gritos invocando a madres muertas hacía décadas.

Sargento... —El Vizcaíno señaló hacia la espesura.

Diego dirigió sus ojos hinchados hacia la oscuridad. Nada. En aquel infierno todo era silencio. No había pájaros ni insectos. Solo el latido sordo de la sangre en sus oídos.

Sabía que estaban allí. Los verdaderos amos de aquella selva. No tenían prisa; habían visto cómo el río y la codicia destruían a sus hombres. Aquellos espectros en que se habían convertido no valían ni siquiera una flecha.

Diego se apoyó contra el tronco de una ceiba. Algo le subía por el brazo herido. Hormigas, fiebre, qué más daba. Desenvainó la toledana. Seguía siendo una buena espada, aunque estuviera cubierta de óxido y melladuras.

Allá donde estés, Alatriste —pensó—, dirías que al final da lo mismo perecer bajo este sol extraño que en una taberna de Madrid. El juego se termina, amigo. Y lo único que importa es no soltar la espada.

Miró a sus hombres. Ya no eran soldados de un Imperio, sino pellejo y huesos. Entonces comprendió algo que llevaba semanas negándose a aceptar: la selva no era un escenario, sino una fuerza invencible. España, con sus blasones, sus tercios y sus pretensiones de dominio, no era más que un aliento efímero frente a aquella inmensidad verde. El orgullo de Flandes no significaba nada allí.

El Vizcaíno soltó una carcajada histérica que se convirtió en un estertor. Luego dejó de respirar. Su pecho se detuvo con una tos seca y un suspiro final que se perdió entre los helechos.

Diego ni siquiera se sorprendió.

Qué mierda de final para un soldado de los Tercios.

Las sombras empezaron a filtrarse entre el follaje. A diferencia de las batallas que habían marcado su vida, el enemigo no llegó con gritos ni fanfarrias. Surgió en silencio.

Eran los Kari'ña, dueños legítimos del gran río, figuras que emergían de la penumbra con la piel teñida de achiote. No avanzaban como una fuerza de guerra, sino como una sentencia inevitable. Aquella tierra, saqueada por hombres venidos de lejos, reclamaba ahora su tributo.

Diego se puso en pie, obligando a sus piernas flacas a sostener el peso de la armadura oxidada. Se ajustó el cinto.

Por un instante, el calor del Orinoco se disipó y le pareció ver la silueta de Alatriste, de espaldas, fumando un cigarro inexistente, esperando el último combate con su habitual impasibilidad.

Por lo que fuimos —susurró.

El primer flechazo le rozó el hombro. Apenas lo sintió.

El sargento Diego de Vargas levantó la punta de su toledana hacia la oscuridad que venía a cobrar la deuda. La expedición había terminado. El Dorado no era más que un montón de huesos bajo el musgo.

Cerró los ojos, evocó el sabor del vino de Castilla y, cuando el primer guerrero emergió de la sombra, se lanzó al encuentro de la única verdad: el hombre frente a su destino, en una tierra a la que nunca debieron llegar empuñando la espada.



martes, 2 de junio de 2026

Viene otra vez

Viene otra vez

Lo sé por el temblor primero,

por ese golpe sordo en el pecho

que no es latido,

sino un puño antiguo

golpeando desde dentro

las puertas cerradas de mis costillas.


El aire se espesa entonces,

se pudre en la boca.

Llega la pestilencia del pantano,

húmeda y espesa,

convenciéndome

de que cada respiración

es un lujo que no merezco.


Los pasos retumban

cada vez más cerca,

dentro de mi propio esternón,

sin salida.

Mi corazón

se ha vuelto tambor de guerra

de la bestia que se acerca.


Y aun así… aquí estoy.

Solo, sí.

Solo como el guerrero que comprende,

demasiado tarde, demasiadas veces,

que la batalla más feroz

ocurre adentro.


Mis manos tiemblan,

pero siguen siendo mías.

Mi respiración se quiebra,

pero aún entra.


Mi miedo grita,

pero ya no manda.

Grendel avanza.

Yo me enderezo.

No porque me crea invencible,

sino porque conozco su olor,

su sombra,

su vieja y repetida mentira.


Esta noche es larga,

el salón está vacío

y mi voz apenas encuentra eco.

Pero guardo un secreto

que él no soporta:

incluso cuando tiemblo,

sigo en pie.

Incluso cuando él llega,

yo también llego.


Y esta vez,

como todas las veces,

también pasará.

domingo, 31 de mayo de 2026

El extraño residente: Manual de Supervivencia en un Nuevo Ecosistema Laboral

En mi vida laboral, me he encontrado con algunos trabajos que resultaron terriblemente aburridos, algunos en los que duré muy poco,  y otros que llegaron a ser una especie de guerra de guerrillas. Pero el actual es algo distinto, algo nuevo: es un tipo de ecosistema con reglas que nadie escribió y que, de algún modo, todos parecen haber recibido en un folleto secreto… todos excepto yo, por supuesto.

En este nuevo ecosistema que me ha tocado habitar, la población femenina domina ampliamente el paisaje y yo, por razones que la estadística aún no explica, soy el único hombre del equipo. No es un problema grave que haya que convertir en un Drama Coreano, pero sí es un rompecabezas con aristas antropológicas que, la verdad, aún no he logrado armar. A veces esto me hace sentir como un alienígena tratando de entender la humanidad viendo un reality.  

Tras meses de observación silenciosa, silenciosa más por necesidad que por elección, decidí compilar este pequeño manual de supervivencia. Una guía práctica para quien se encuentre en minoría visible dentro de un hábitat laboral como este.

Regla número uno: La “Sonrisa de Coincidencia”

En este ecosistema, las conversaciones nunca son unidimensionales. Existe la capa audible, que puedo escuchar, y una capa subterránea que fluye en un volumen perfectamente calibrado para oídos no autorizados. Es en esta capa que se enmarcan los comentarios como chisme, cuento o información. 

Por supuesto, incapaz de establecer la diferencia en los niveles de confidencialidad, solo se que cuando ese murmullo culmina en carcajadas compartidas, preguntar “¿de qué se ríen?” es casi siempre un error estratégico.

Por eso desarrollé la Sonrisa de Coincidencia: exhalo suavemente, ajusto mis lentes con gesto profesional y asiento con naturalidad. Si alguien me mira, siempre temeroso de revelar mi ignorancia, remato con voz de convicción:

Es un clásico, sin duda.

No tengo la menor idea a que clásico me refiero, en realidad a veces también me miran como diciendo: ¿y eso que quiere decir?. Pero tampoco se detienen en explicaciones. Y en ese preciso equilibrio radica su eficacia.

Esta misma dinámica de códigos implícitos se extiende más allá de las conversaciones. De hecho, afecta incluso a la presencia física de las personas.

Regla número dos: La gestión de las desapariciones

Aquí la ley de conservación de la masa parece suspendida. Las personas desaparecen sin previo aviso, como absorbidas por un portal interdimensional ubicado entre la cafetera y el archivador, y reaparecen más tarde con bolsas misteriosas.

Al principio intenté registrar estos movimientos. Pronto me di cuenta de que era inútil: no siguen patrones, no responden a horarios y, sobre todo, nunca los reportan. Esto es un problema cuando necesitas apoyo y no hay a quién pedirlo.

Ahora, cuando alguien se esfuma, simplemente anoto mentalmente: “Escape a dimensión paralela”, o “de visita al Upside Down”. Es más científico y considerablemente menos frustrante que buscar y no encontrar.

Mientras tanto, aunque ya también aprendí a desaparecer, yo sigo avisando incluso cuando voy al baño, previendo que puedan necesitar mi apoyo. Una cortesía que, por lo visto, no funciona como moneda de cambio en este hábitat.

Regla número tres: El “Evento” y la invitación fantasma

Los eventos grupales se organizan en cónclaves casi litúrgicos, en círculos cerrados como un equipo de football americano recibiendo instrucciones de su entrenador. Cuando te enteras de su desarrollo, suelen hacerlo en forma de invitaciones fantasma: notifican más que invitan, casi siempre con menos de 24 horas de antelación, no vaya a ser que no tengas nada agendado y se te ocurra asistir. Sé que no es su intención pero así se siente.

Estoy trabajando en una respuesta genérica que quiero tratar de convertir en automática:

Me encantaría asistir, pero mi agenda no permite modificaciones de última hora.

Lo digo con la cara más seria que puedo, mientras por dentro me pregunto si en realidad alguien notaría la diferencia si dijera la verdad.

Suelen asentir con respeto, imaginando quizá reuniones estratégicas o compromisos importantes. La realidad, por supuesto, es mucho más sencilla y tranquila. Pero la percepción, en estos entornos, también cuenta.

Lo curioso es que todas asisten. Siempre. Generalmente acompañadas en primera línea por miembros de otros equipos que, seguramente, si fueron avisados con tiempo y legítimo interés. 

Regla número cuatro: El mito de la vacante imposible

Existe, si, una vacante no oficial a la cual generalmente no aplico: la del confidente decorativo. Ese rol que implica participar en las conversaciones sobre colores, arreglos, celebraciones, detalles estéticos y secretos compartidos en voz baja. No se cómo hacerlo y ahí creo esta mis principal desventaja.

Sin embargo, siempre estoy dispuesto a colaborar en lo práctico: colgar cuadros, inflar globos, mover muebles o cargar cajas. Soy, probablemente, el recurso más multifuncional del equipo. Aun así, no califico para ese rol emocional y estético. Y lo acepto. Mi autenticidad intacta vale más que fingir entusiasmo por servilletas temáticas con bordes dorados.

Esta diferencia de roles y expectativas desemboca, de forma casi natural, en la paradoja más constante del día a día.

Regla número cinco: La paradoja del buen compañero

Yo aviso cuando no voy a estar, cuando salgo, cuando regreso y cuando puedo o no puedo apoyar. Creo firmemente que el trabajo en equipo se sostiene sobre comunicación clara y no sobre telepatía.

Pero aquí tienen sus propias reglas: si no vienen, no avisan; si se esfuman, tampoco. Me entero de que faltan no por un aviso, sino por el silencio de su silla vacía y ese café que se queda ahí, enfriándose, como un monumento a su ausencia

No es algo dramático. Pero sí resulta curioso cómo la cortesía, cuando no es recíproca, se convierte en un recordatorio suave pero constante de quién está dentro del círculo y quién orbita en la periferia.

Con el tiempo, todas estas observaciones me han llevado a entender el lugar de una forma más profunda.

Regla número seis: La oficina como entidad mística

La oficina no es solo un espacio físico. Es una entidad con voluntad propia que decide quién pertenece plenamente, quién flota y quién se queda observando. El secreto está en no pelearse con lo que no se puede controlar. 

Mi tarea, como explorador accidental, consiste en interpretar sus rituales: susurros, risas internas, códigos invisibles. Si logro entenderlos, aunque sea un poco, viviré más tranquilo. Y eso, al final del día, es todo lo que importa.

Conclusión: El habitante feliz

Después de todo este análisis, he llegado a una conclusión que inicialmente me sorprendió: Ser el extraño residente tiene sus cosas buenas. Al final, he encontrado mi propio hueco de paz mental en medio de todo este ruido.

Mientras la bandada navega su vorágine social, yo avanzo en línea recta. Disfruto del silencio, un lujo cada vez más escaso. Me tomo mi café solo, sí. Pero, así, el café igual puede saber bien y, aunque siempre es bueno ser parte del grupo, mi café solitario tiene mucho mejor gusto que el que intentaría tomarme a la fuerza en una conversación a la que no me llaman.

Esto no es un reclamo ni una queja. Es simplemente la constatación humorística de una realidad laboral concreta, y la forma en que he elegido adaptarme a ella. Porque sobrevivir, y hacerlo con cierta elegancia, también forma parte del trabajo.

Así que, si algún día leen esto y se sienten aludidos, tranquilos: no espero que cambien. Solo espero que, la próxima vez que desaparezcan a otra dimensión, se acuerden de dejar un post-it. Es pedir demasiado, lo sé, pero uno nunca pierde la esperanza

lunes, 25 de mayo de 2026

Prisioneros (Microrrelato)

El libro pesaba en mi mano con densidad de tiempo, un peso que parecía emanar de la madera misma del tercer estante, ese rincón de penumbra que siempre había reservado para Stoker. Al retirarlo, quedó un hueco breve, como si la madera hubiera exhalado echando en falta a su inquilino habitual. 

Abandonado en mi sillón favorito, abrí el libro  en cualquier parte buscando el consuelo de una historia conocida, leí la primera línea del tercer capítulo: 

Cuando descubrí que era un prisionero, una especie de sentimiento salvaje se apoderó de mí

De repente, aquella ventana hacia Transilvania mutó en un espejo incómodo. La distancia entre el texto y mi propia realidad se había disuelto: mi propio carcelero no tenía colmillos, ni siquiera forma visible, sino la persistencia silenciosa de la costumbre. Mi prisión no era de piedra, sino de la inercia de los años y la inagotable necesidad de ser útil, un muro que había levantado día a día sin siquiera notar que me estaba confinando.

Cerré el libro, despacio, mientras mi mirada regresaba al hueco en el estante. Ya no solo era vacío, sino un espacio en calma que no necesitaba llenarse. Sonreí: mi encierro no venía de afuera. Estaba adentro, en la manera en que yo mismo había sostenido los barrotes de mi propia jaula. Al observar el estante, sentí una extraña paz al saber que me bastaría con aflojar la presión. 

Aun no se cómo atravesar esos muros, no se si quiera, pero ahora algo en mí se mueve, como si el aire, después de tanto tiempo, hubiera encontrado finalmente una rendija.


Nota del Autor: Drácula, de Bram Stoker, fue el primer libro completo que leí en mi vida. Prácticamente aprendí a viajar con la literatura gracias a él. Hoy sigue estando entre mis obras favoritas y, quien lo diría, me sigue enseñando cosas. 

miércoles, 13 de mayo de 2026

El polvo del camino: (Manifiesto de escritura en tiempos de IA)

Vengo de una estirpe de pies cansados y gargantas rasposas por el polvo del camino. En mi tierra los cuentacuentos no necesitaban libros: llevaban las historias metidas en el pecho y las soltaban con el aliento, dejando que el sol, el viento y las leguas les torcieran las palabras hasta que sonaran a vida de verdad.

Hoy soy uno de esos herederos. Mi camino ya no es de tierra rojiza, sino de cables, pantallas y algoritmos. Aun así, el corazón sigue siendo exactamente el mismo.

Por eso me esfuerzo por mejorar mi lenguaje, explorar otros estilos y encontrar formas más precisas de contar. No lo hago por lucirme, sino por respeto al oficio y porque quiero que cada lector sienta que estas palabras le hablan de cerca, casi al oído. Incluso así, ese esfuerzo constante levanta sospechas.

Uso herramientas de este tiempo. A veces una IA me ayuda a domar una frase rebelde o a crear una imagen que acompañe el relato. Sé que eso hace que más de uno frunza el ceño y piense: “Esto está hecho por máquinas”. No los culpo. Hoy cualquier texto demasiado limpio despierta desconfianza.

Pero quiero que quede muy claro algo: ninguna máquina conoce el nudo que se me forma aquí, en la garganta, cuando vuelven ciertos recuerdos. Ni la rabia callada de algunos silencios que duran años. Ni la decepción de ciertas deslealtades que todavía pesan al nombrarlas. Ni cómo llevo pegado a la piel el polvo que los pies levantaron al seguir mis propios caminos. La IA puede ser un buen bastón, sí, pero el peso del cuerpo, los pasos y el cansancio siguen siendo míos.

Desde siempre ha sido así. La hipérbole, el ritmo que se quiebra, la imagen que duele o que arranca una risa han salido del mismo lugar: de haber vivido, tropezado, observado y seguido contando a pesar de todo. Las ilustraciones que acompañan mis historias pueden nacer de un prompt, es cierto, pero el alma del relato, la intención, las cicatrices y la mirada obstinada brotan de mí. Solo de mí.

Este es mi manifiesto, simple y terco:

Escribo porque tengo algo que decir 
y nadie más lo dirá como yo. Uso las herramientas de mi tiempo porque no quiero quedarme atrás. Pero la voz, las dudas, las obsesiones y el latido siguen siendo míos.

Y seguirán siéndolo mientras me queden caminos por andar y relatos por narrar... aunque algunos quieran ver en ellos solo píxeles, porque la IA ya marca sus vidas mucho más de lo que marca la mía.


Nota del autor: Este texto es una reflexión sobre mi proceso de aprendizaje y exploración narrativa. Mientras que las imágenes son un apoyo visual asistido por tecnología, este relato (como todos en mi blog) es fruto de mi propia autoría, de mi búsqueda por conectar con diferentes voces y de mi profundo respeto por el arte de contar historias.


martes, 12 de mayo de 2026

El surco Interior

Sobre esta tarjetita que
Recibí en un taller


Cada paso que damos por el mundo es, en esencia, un acto silencioso de siembra. Portamos en las manos semillas invisibles: palabras, silencios, esfuerzos, que dejamos caer como gotas de lluvia en terreno ajeno, soñando a veces con ver brotar jardines que sabemos nunca serán nuestros.

En ese ir dejando huellas, aprendemos con el tiempo una verdad más profunda: el primer surco no se abre en la tierra que pisamos, sino en la tierra tibia de nuestro propio interior.

No importa si el horizonte nos regresa una cosecha dorada o si el campo se demora en un aparente letargo. El verdadero fruto nace en el mismo instante en que sembramos con el corazón abierto. En ese gesto, la tierra interior despierta, se remueve y comienza a respirar con nueva vida.

Así, casi sin advertirlo, comprendemos que al tender una palabra de aliento o una guía firme, la primera alma que se nutre es la nuestra. En ese acto, la nobleza se reconoce, se ilumina y se expande como un amanecer dentro del pecho. La siembra se ha vuelto espejo: en ella nos contemplamos más verdaderos.

Pero la transformación no se detiene en la superficie. Cada semilla que entregamos echa también una raíz hacia nuestro centro más vivo, forjando una identidad que ya no mendiga vientos de aplausos, sino que se yergue, serena y firme, en la callada coherencia del acto. Así, lo que ofrecemos al mundo se convierte, misteriosamente, en el humus donde nosotros mismos crecemos.

Desde esta comprensión nace una serenidad profunda: la de cultivar sin condiciones ni demandas, sabiendo que el mayor tesoro no se guarda en graneros lejanos, sino en la paz humilde de habernos convertido en el terreno fértil donde la bondad germina y florece.

Al final, no somos lo que logramos recolectar en el camino, sino la huella que dejamos y la vida secreta que, en silencio, germinó en nuestro pecho mientras creíamos estar haciendo florecer el mundo.

viernes, 8 de mayo de 2026

Kesshin: un nuevo camino

He vaciado el cántaro tantas veces
que el barro mismo ya sabe
el sonido de la sequía.

He sido el soporte, la viga silenciosa,
el que sostiene el techo ajeno
mientras el propio se agrieta en silencio.

De tanto sostener nace un cansancio
que no se cura durmiendo:
un peso de años,
derramando el oro del tiempo
a cambio de migajas
y manos que nunca se abren.

He sido el fuego
que calienta hogares donde no tengo silla,
la voz que alienta
cuando el eco es mi única respuesta.

Pero el silencio de hoy
no es el de siempre.
No es la fatiga del que se rinde,
sino la quietud lúcida
del que por fin comprende.

Siento el Kesshin vibrar,
no como amenaza,
sino como pulso exacto en la mano,
hoja de acero que corta limpio
el nudo que me ataba.

Sin ira en el filo,
solo claridad.
El corte necesario
entre lo que fui
y lo que ahora elijo ser.

Así reclamo mi corazón:
lo retiro de las plazas
donde se mendiga atención
y lo siembro, paciente,
en mi propio huerto.

Ya no hay fugas de energía hacia el vacío
ni sacrificios
en altares ajenos.

Me detengo.
Respiro un aire
que ya no le debo a nadie.

La resolución es muro
y puerta a la vez:
fin de la entrega ciega,
nacimiento de mi soberanía,
como un límite trazado en la tierra,
innegociable.






Kesshin

Determinación absoluta que nace de la unidad entre mente y espíritu, permitiendo cortar con vínculos o hábitos que agotan la energía vital para reenfocar la voluntad hacia un propósito nuevo y firme.

miércoles, 29 de abril de 2026

Parábola de la parábola

Ross llevaba un buen rato frente a su cuaderno de matemáticas sin realmente verlo. Las parábolas se le antojaban curvas frías y vacías, dibujos sin sentido que no lograban quedarse en su cabeza. Había leído la misma explicación varias veces, pero sentía que todo se le escapaba. Su mente saltaba de un pensamiento a otro: el examen del día siguiente, el celular que vibraba sobre la mesa, la conversación que tendría con su amiga por la tarde. Nada se asentaba. Todo rebotaba dentro de ella sin quedarse en ningún lugar. Se esforzaba, pero terminaba con esa sensación conocida de vacío, como si estudiar no sirviera de nada.

María, su madre, profesora de cálculo, entró en la cocina con ese cansancio de quien ha explicado mil veces lo mismo y aun así guarda paciencia para lo esencial. Sin decir palabra, abrió un cajón y sacó un cucharón de acero inoxidable. El metal brilló suavemente bajo la luz amarillenta de la lámpara.

Lo sostuvo frente al rostro de Ross mostrándole el lado convexo.

Ross vio su reflejo distorsionado, estirado hacia los bordes, como si su propia imagen no pudiera quedarse quieta. Sintió un leve malestar en el estómago.

Así estás ahora —dijo María—. Como una curva que no recoge nada. Todo lo que llega a ti rebota y se pierde.

Luego giró el cucharón y dejó ver el lado cóncavo.

El reflejo cambió al instante. El rostro de Ross apareció reunido en el fondo de la curva, claro y estable, como si todo se ordenara en un solo punto.

Mira bien —continuó María—. Esta forma se parece mucho a la parábola que estás estudiando. No es solo una curva cualquiera: es una curva que tiene un centro, un foco. Todo lo que llega a ella, si entra bien, termina concentrándose ahí.

Mientras hablaba, dejó caer una gota de miel justo en el punto más hondo. La gota descendió lentamente y quedó atrapada, temblando apenas sin derramarse.

Cuando estudias sin atención —añadió, señalando el lado convexo—, los contenidos rebotan. Lees, copias, haces ejercicios, pero nada se queda. Por eso te cansas y sientes que no avanzas.

Volvió a mostrar la concavidad.

Pero cuando te concentras, cuando decides estar de verdad ahí, haces lo mismo que una parábola: permites que todo lo que llega se dirija hacia un punto. Ese punto es tu foco. Ahí las ideas se juntan, lo que parecía difícil empieza a tener sentido y lo que aprendes deja de escaparse.

Ross tomó el cucharón entre sus manos. Sintió el frío del metal y la precisión de su curva. Pasó un dedo por la miel atrapada y comprendió, con una claridad repentina, que la parábola no era solo un dibujo del cuaderno. Era una forma de estar frente al mundo, de recibir lo que la vida le entregaba sin dejarlo ir.

Cuando volvió al cuaderno, ya no vio curvas abstractas ni símbolos sin alma. Vio parábolas con centro y dirección. Imaginó que, si lograba estudiar buscando ese foco, lo aprendido dejaría de dispersarse. El lápiz comenzó a moverse, no por obligación, sino porque ahora sabía hacia dónde ir.

MoralejaLa vida derrama la misma miel sobre todos. Pero solo quien aprende a ser parábola, a buscar su foco, logra que lo que recibe se quede y lo transforme.