Después del derrumbe y la muerte de sus padres, Amílcar dejó de ser visible como antes. Al principio todavía lo vi vagar por los caminos, con la ropa cubierta de polvo y el gorro apretado más que nunca sobre la cabeza. Sin embargo, con el paso de los días empezó a desaparecer durante lapsos cada vez más largos, hasta que dejó de verse por completo. Ya no dormía en casa de nadie. A veces parecía que la montaña lo hubiera ido reclamando poco a poco, como si supiera exactamente cuándo debía esconderlo.
Las primeras semanas transcurrieron en un silencio incómodo, de esos que tensan el ánimo sin hacer ruido. Luego comenzaron a ocurrir pequeñas cosas, aisladas al principio, que nadie quiso señalar directamente pero que empezaron a repetirse con demasiada frecuencia. Una mañana apareció el galpón de don Pedro abierto de par en par, el saco de maíz volcado y las mazorcas esparcidas por el suelo, como si alguien hubiera hurgado con torpeza y prisa. Otro día, las gallinas de la tía de Mariela amanecieron muertas en el corral, sin rastro claro de animal salvaje ni señales de lucha.
Los adultos hablaban en voz baja, casi siempre al caer la tarde. Algunos decían que el niño del gorro ahora andaba como criatura de monte; otros que la desgracia lo había trastornado. Nosotros no decíamos nada, pero bastaba con cruzar miradas para saber que todos pensábamos en lo mismo, aunque nadie se atreviera a pronunciar su nombre.
Aun así, Amílcar no desapareció del todo. De cuando en cuando encontrábamos frutas frescas en los lugares donde solíamos reunirnos: guayabas maduras, mangos silvestres, colocados con cuidado sobre una piedra o una hoja grande, como si alguien hubiera querido dejarlos allí sin ser visto. En otras ocasiones, al ir al río o al patio de Elisa, lo descubríamos entre los arbustos, inmóvil, demasiado quieto para ser solo curiosidad. Nunca permanecía mucho tiempo; apenas lo suficiente para que notáramos su presencia antes de que volviera a deslizarse entre la maleza.
Con Elisa, sin embargo, parecía distinto. Cuando ella estaba cerca, Amílcar tardaba más en irse, como si algo lo retuviera. No hablaba, pero su mirada se detenía en ella un instante más que en los demás y, en ese breve lapso, parecía encontrar un descanso que no hallaba en ningún otro lugar.
Mientras tanto, los campos comenzaron a mostrar cambios difíciles de explicar. Algunas plantas se marchitaban sin razón aparente; parcelas enteras se echaban a perder de la noche a la mañana, sin plaga visible ni sequía que lo justificara. Los hombres del caserío empezaron a reunirse al anochecer, murmurando que el Amílcar de antes ya no existía, que ahora había otro, más huraño y extraño, que se movía con dificultad y se ocultaba como animal herido.
Una madrugada el caserío despertó con alboroto. Varios corrales estaban abiertos y los animales corrían desorientados por los caminos. Al seguir las huellas en la tierra húmeda, los hombres encontraron marcas confusas: pasos cortos que se detenían de golpe, ramas quebradas a media altura, señales de alguien que había pasado sin rumbo claro. En la entrada de un galpón quedó enganchado un trozo de tela oscura, deshilachado.
Los adultos discutieron qué hacer, pero ninguno se atrevió a internarse en el monte. Fuimos los niños quienes, empujados por una mezcla de miedo y curiosidad, nos acercamos. Yo estaba con Elisa y algunos más, ocultos detrás de unos arbustos, cuando Amílcar apareció.
Avanzaba con el cuerpo rígido, como si cada paso le exigiera una negociación silenciosa. Murmuraba entre dientes y su respiración era irregular, forzada. El gorro se tensaba de forma desigual y, bajo la lana, se marcaba un relieve extraño: no un movimiento definido, sino una presión que iba y venía, como si algo dentro buscara acomodarse sin lograrlo. Amílcar se llevó una mano al cuello, apretó la mandíbula y se detuvo, vencido por el esfuerzo.
No nos atacó. Tampoco huyó. Simplemente nos miró.
En sus ojos había cansancio, miedo y algo más difícil de nombrar: una súplica muda que no pedía ayuda, sino comprensión. Elisa dio un paso al frente. Al verla, Amílcar aflojó apenas los hombros, como si el peso que cargaba se redistribuyera por un instante. Colocó las manos sobre los hombros de mi prima e inclinó la frente hasta tocar la de ella, repitiendo aquel gesto imposible de olvidar. El contacto duró solo un segundo, pero bastó para que el murmullo se apagara.
—No teman a Amílcar… —dijo con la voz quebrada—. Amílcar no puede hacerles nada. Amílcar los cuida… como lo cuidaron.
Nadie respondió. Nadie se movió. Elisa sostuvo su mirada sin apartarse y, por primera vez, sentí que ella comprendía algo que a nosotros se nos escapaba. Dentro de mí se quebró algo silencioso: ya no era juego ni curiosidad; era un miedo distinto, uno que no empujaba a huir, sino a quedarse quieto.
Mientras los adultos seguían hablando de cosechas perdidas y de la carretera que pronto nos conectaría con el mundo, nosotros sabíamos que había otra historia creciendo en la montaña. Una historia que no se contaba en voz alta, pero que nos acompañaba en cada paso hacia la adolescencia.
Entonces comprendí que el miedo no era solo a Amílcar, sino a todo lo que estaba cambiando: el pueblo, nosotros mismos y él, que parecía hundirse cada vez más en la sombra del monte. Y, sin saber por qué, todos recordábamos aquellas palabras que había murmurado tiempo atrás, cuando aún creíamos entenderlo todo:
“Ahora viene el otro Amílcar”.
Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar. Puedes ver aquí las otras entregas de mi relato.
1. Amílcar
3. Sombras en la maleza


































