Aquella madrugada, la ciudad guardaba un silencio tranquilo, envuelto en ese frío característico que hace años bajaba de los cerros. En el cielo, la Luna brillaba ya muy cerca de su plenitud, con una luz suave y clara que rasgaba la penumbra sobre los techos y las calles. Y mientras esa luz se acomodaba en la noche, en el recogimiento de una pequeña habitación de hospital, llegaste tú al mundo.
Nadie avisa cuando la vida está por cambiar para siempre. Simplemente ocurre: un llanto rompe el aire y, en un instante, el mapa de una familia se redibuja. Naciste bajo aquella luz, cuando a la Luna apenas le faltaban unos días para estar llena, como si el cielo hubiera querido acompañar tu llegada.
Han pasado más de tres décadas. Creciste entre risas, tropiezos, dudas y esa terquedad serena que te hizo levantarte cada vez que fue necesario. Casi sin darte cuenta, paso a paso, llegaste hasta aquí: al borde de la transformación más grande de tu vida. Estás quizá a solo horas de conocer a tu bebé.
Y ta vez por eso me resulta tan especial mirar al cielo esta noche. La Luna vuelve a estar allí, ahora completa, luminosa. Hace más de treinta años estaba a punto de llenarse; hoy, cuando tu hija está a punto de llegar, está llena. Casi la misma Luna. Casi la misma luz. Después de tanto tiempo, parece como si una misma escena hubiera encontrado la manera de repetirse, solo que ahora eres tú quien espera a alguien que está a punto de comenzar su propia historia.
Es normal que el pecho se apriete, que las manos tiemblen y que aparezca ese vértigo que acompaña todo lo que importa de verdad. A cualquiera le asaltarían las preguntas a última hora: si sabrás descifrar sus llantos, si serás la mamá que ella necesita, si tendrás la fuerza. A veces uno solo quisiera detener el reloj un momento y pedir un día más.
Ese miedo no es debilidad. Es la medida de cuánto ya te importa esa niña que todavía no has visto a los ojos y que, sin embargo, ya te habita por entero. No hay nada malo en sentirlo. Tú también llegaste al mundo sin saber nada de lo que te esperaba, y fuiste aprendiendo sobre la marcha, descubriendo fuerzas y formas de amar que no sabías que tenías. Lo mismo ocurrirá ahora. No necesitas un manual ni respuestas perfectas. Cuando llegue, solo necesitará escuchar tu voz, sentir tu piel y reconocer en ti el refugio que ha sido tu cuerpo. Lo demás irá llegando poco a poco, aprendiendo juntas.
Si la ansiedad aprieta, pon una mano sobre tu vientre y siente ese latido. Respira. Hay un hilo que une a la niña que nació bajo aquella Luna casi llena con la mujer que hoy está a punto de dar a luz. Más de treinta años de vivencias, alegrías, pérdidas, aprendizajes, dudas y certezas, han llegado contigo hasta este momento. No llegas con las manos vacías.
Algún día, cuando ella sea grande y caminen juntas bajo la luna, quizá puedas contarle esta historia. Le dirás que mucho antes de que abriera los ojos ya había una historia esperándola; que su mamá había nacido en una madrugada fría, bajo una Luna que estaba a punto de llenarse, y que más de tres décadas después esa misma luz volvió a estar plena para otro comienzo.
Y también podrás decirle que las noches antes de conocerla tenías preguntas, como las tiene cualquiera que está a punto de entrar en algo desconocido. Que te preguntabas si sabrías hacerlo bien, si tendrías la fuerza. Pero que, aun así, estabas preparada. Porque has estado preparándote toda tu vida, aunque no lo supieras: cada vez que te levantaste después de una caída, cada vez que aprendiste a cuidar, a querer, a esperar. También durante estos meses, al sentirla crecer, al hablarle sin conocer todavía su rostro. Todo eso es preparación. Todo eso es maternidad.
Puedes tener miedo y estar preparada al mismo tiempo. No tienes que convertirte en alguien diferente cuando nazca. La mujer que eres ahora, con sus dudas, sus fortalezas y todo lo que ha aprendido, es exactamente la que ella necesita encontrar.
Muchas de las dudas que hoy te desvelan no se resuelven pensando en ellas una y otra vez. Se resolverán en el instante en que te la pongan sobre el pecho y escuches su primera respiración. Entonces descubrirás que no necesitabas saberlo todo de antemano. Estar preparada nunca significó tener todas las respuestas; significaba llegar hasta aquí con el deseo inmenso de recibirla y con la disposición de aprender junto a ella.
Así que respira. Mira la Luna si puedes. Piensa en aquella madrugada en que viniste al mundo y en todo lo que tuvo que aprender la niña que fuiste para convertirse en la mujer que eres. Ahora esa historia está a punto de continuar. La Luna que entonces estaba casi llena está plena ahora, igual que tú.
Puedes confiar en ti. Puedes abrir los brazos. Tu hija está por llegar, y tú estás lista para recibirla. No porque sepas exactamente cómo será todo, sino porque has llegado hasta aquí. Lo aprenderán juntas, paso a paso.
Tranquila. Ya casi está aquí.






































