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sábado, 21 de febrero de 2026

Crónica del Espejo de Agua

La procesión avanzó en silencio por el sendero de tierra roja que llevaba al Pozo de Santa Cristina. Las antorchas, alineadas como un collar de fuego, iluminaban los rostros tensos de las familias que acompañaban a Luna y Teo. No era un rito privado: era un acto de amor ofrecido ante la comunidad, un compromiso que trascendía lo humano para convertirse en parte de la arquitectura invisible que sostenía la isla.

Los ancianos caminaban al frente, sosteniendo bastones de olivo marcados con runas antiguas. Entonaron una letanía grave que hacía vibrar la noche:

- Sa luna narat, s’abba iscultat. Lughe e abba, semus unu. (La luna habla, el agua escucha. Luz y agua, somos uno.)

Las madres de los amantes llevaban collares de conchas que tintineaban con cada paso, como si el mar quisiera participar. Los niños, demasiado pequeños para comprender, observaban con ojos enormes, sintiendo que algo sagrado estaba a punto de ocurrir.

Al llegar al borde de la escalinata, el aire cambió. El olor a salitre y basalto húmedo se volvió más denso, casi táctil. La luna llena, suspendida sobre la abertura del templo, proyectaba un cilindro de luz blanca que descendía con una precisión imposible, tocando el espejo de agua como si lo despertara.

Allí, en el primer escalón, el pueblo se detuvo. Nadie podía bajar más. El ritual exigía que los amantes caminaran solos hacia el corazón del Anclaje. Era la ley de la isla, la ley del sello, la ley del amor que sostiene el mundo.

Luna se volvió hacia su gente. Vio lágrimas contenidas, orgullo y miedo entretejidos. Teo apretó su mano con firmeza, y en ese gesto compartieron todo lo necesario. Los ancianos levantaron sus bastones para entonar el canto final de despedida y bendición, recordándoles que, aunque descendieran solos, no lo estaban verdaderamente.

Los amantes comenzaron el descenso.

El agua los recibió con un frío que parecía provenir de siglos atrás. Luna era la luz: su piel reflejaba el rayo lunar, y cada paso suyo parecía encender el aire a su alrededor. Teo era el agua: su respiración se acompasaba con el murmullo del pozo, como si el acuífero reconociera su presencia. Entre sus manos sostenían el Broche de Filigrana, una pieza de plata tan delicada que parecía hecha de luz tensada. No era una joya. Era un puente. Los hilos finos, tejidos como los susurros de las janas en las cuevas secretas, recordaban el primer juramento bajo la luna: protección eterna, unión que ningún mal puede romper.

Coro a coro, sa petra bidet —susurró Luna, y su voz se multiplicó en la cúpula—. (Corazón con corazón, la piedra ve.)

Lughre e abba, su segretu est preservadu —respondió Teo, sintiendo cómo el agua vibraba bajo sus pies. (Luz y agua, el secreto está preservado.)

Cuando unieron sus manos sobre el broche, la plata comenzó a latir. No era metáfora: latía como un corazón, como dos corazones sincronizándose. La luz de la luna descendió por el cilindro perfecto y tocó el broche, y por un instante Luna y Teo fueron una sola frecuencia.

Pronunciaron entonces su juramento, no uno aprendido, sino uno nacido de su propia historia y certeza.

El broche vibró. El agua tembló. La luz se intensificó.

Y luego… nada.

Ni un destello.

Ni un susurro.

Ni una onda en la superficie del agua.

El pozo permaneció inmóvil, indiferente, como si no hubiera escuchado nada.

Luna abrió los ojos, desconcertada. Teo sintió cómo el frío del agua se volvía más pesado. Ambos esperaron: un segundo, dos, diez. Nada. El Anclaje no reaccionaba. No había señal de aceptación ni de rechazo. Solo silencio.

La duda entró primero, suave como una grieta. El agua empezó a oler levemente a hierro oxidado, como sangre antigua que se filtra. El broche latió irregular, como un corazón que titubea.

¿Y si no eran ellos? ¿Y si el broche no los reconocía? ¿Y si el amor que sentían no bastaba para sostener un mundo? ¿Y si las esperanzas de su pueblo habían sido depositadas en manos equivocadas?

Teo tragó saliva. Luna sintió un nudo en el pecho. El silencio del pozo se volvió insoportable, como si la piedra misma los observara sin decidir.

Y entonces, muy lentamente, el agua cambió de temperatura. No se agitó. No brilló. No habló. Simplemente se volvió más fría: una frialdad que no pertenecía al mundo, que se filtraba a través del agua desde algo más profundo.

Una sombra, apenas perceptible, cruzó el fondo del pozo. No tenía forma ni borde. Era una ausencia que se movía.

El broche dejó de vibrar.

La luz de la luna pareció apagarse un instante.

El aire se volvió espeso, como si respiraran a través de tela mojada.

Y entonces lo sintieron. No lo vieron primero. Lo sintieron.

Una presión en el pecho.

Un murmullo que no era sonido.

Una duda que no era suya.

Un Disfàghidu de sas Mares (el Deshacedor de las Mareas) había respondido antes que el Anclaje.

La sombra emergió desde el fondo, lenta e inevitable, como si hubiera esperado exactamente ese momento de incertidumbre. No irrumpía como un monstruo: se deslizaba, paciente, segura de que el miedo ya había hecho la mitad del trabajo.

La sombra se expandió, oscureciendo el agua alrededor de Teo, envolviéndolo como un manto pesado. Luna vio cómo los zarcillos de oscuridad se enroscaban en sus brazos, en su cuello, en su pecho, buscando arrancarlo de ella. Teo intentó moverse, pero el agua lo sujetaba como si formara parte de la sombra misma.

La sombra no atacaba con violencia bruta. Susurraba. A Teo le recordó la noche en que, años atrás, había prometido protegerla de la tormenta y, por miedo, la dejó sola en la cueva; le susurró que nunca había sido digno, que Luna merecía a alguien que no hubiera fallado en la promesa más sagrada. A Luna le insinuó que Teo la idealizaba, pero que en el fondo nunca la había visto de verdad: sus miedos, sus grietas ocultas.

Teo… —susurró Luna, y su voz tembló por primera vez.

La sombra respondió al temblor. Se fortaleció. El Disfàghidu se alimentaba de la duda.

Teo sintió que algo dentro de él se aflojaba. No un músculo. No un hueso. Algo más profundo. La idea de que quizá no era suficiente. De que quizá nunca lo había sido.

No mi lassaras, Teo… non custa borta —susurró Luna—. (No me sueltes, Teo… no esta vez.)

La luz de la luna se reflejó en su piel, intensificándose como si respondiera a su determinación. Luna dio un paso hacia él, hundiéndose más en el agua negra. La sombra siseó, irritada, y lanzó un zarcillo hacia ella, pero la luz que emanaba de su cuerpo lo hizo retroceder.

Teo, mira·mi —continuó ella—. (Mírame.)

Él levantó la vista con esfuerzo. Sus ojos estaban empañados, como si la sombra hubiera cubierto sus pensamientos.

No escuches lo que te dice —insistió Luna—. Non est sa tua boghe. Non est sa tua beridadi. (No es tu voz. No es tu verdad.)

El agua burbujeó alrededor de Teo, como si el pozo entero quisiera tragárselo.

Luna… yo… ¿Y si no somos suficientes? ¿Y si aquella noche…?

La sombra vibró de placer.

Luna sintió un dolor punzante en el pecho, pero no retrocedió. Dio otro paso. El agua le llegó a la cintura. La luz que la rodeaba se volvió más intensa, como si la luna misma la empujara hacia adelante.

Teo, escúchame —dijo, firme, cálida, indiscutible—. Deo so sa lughe. Tue ses s’abba. E paris semus su segellu. (Yo soy la luz. Tú eres el agua. Y juntos somos el sello.)

— Aquella noche fallamos los dos. Pero nos elegimos después. Siempre.

El broche, aún entre sus manos unidas, emitió un leve pulso.

Teo sintió algo romperse dentro de él. No una grieta. Una atadura. La sombra siseó, irritada, intentando hundirlo. Pero Teo ya no miraba al agua. Miraba a Luna.

Deo ti bogu, Luna… e ti serro —dijo con voz clara—. (Yo te quiero, Luna… y te sostengo.)

La sombra se contrajo, quemada por esas palabras.

—E deo ti bogu, Teo… a pustis de totu —respondió ella—. (Y yo te quiero, Teo… después de todo.)

El broche despertó.

La plata vibró con un latido profundo, como si un corazón antiguo hubiera vuelto a la vida. Los hilos de filigrana se expandieron como una red viva, recordando las janas que tejen protección contra el mal de ojo y el olvido. La luz descendió por el cilindro lunar y se concentró en el broche, que estalló en un resplandor plateado que iluminó todo el pozo.

Los hilos se mezclaron con el agua, y el agua se mezcló con la luz, formando un remolino que giraba alrededor de los amantes. Teo sintió cómo el agua respondía a su voluntad. Luna sintió cómo la luz fluía hacia el broche, tejiendo la red.

La sombra intentó escapar, pero la red se cerró sobre ella, obligándola a retroceder hacia el fondo del pozo. El Disfàghidu rugió, un sonido sordo que hizo vibrar las paredes del templo.

FROZZA ET CORO! —gritaron juntos—. (¡Fuerza y Corazón!)

La red se tensó.

La sombra se desgarró.

El sello se encendió.

El basalto brilló con líneas plateadas que se extendieron como venas por toda la estructura. Las micro-grietas se cerraron. El agua recuperó su claridad. El aire se volvió liviano.

Y el pozo respiró.

Luna y Teo quedaron de pie, tomados de las manos, con el broche brillando entre ellos como una estrella atrapada.

Habían vencido.

No por fuerza.

No por destino.

Sino porque su amor era real.

El silencio que siguió no fue pacífico. Era denso, cargado, como si el pozo aún contuviera un eco del Disfàghidu. Luna apoyó la frente en el hombro de Teo. Él temblaba. Ambos estaban exhaustos.

El sello estaba restaurado… pero algo no encajaba.

Luna levantó la vista hacia las paredes del pozo. Había marcas. No de erosión. No de desgaste natural. Eran cortes. Precisos. Intencionales.

Custu no est naturale —susurró ella—. (Esto no es natural.)

Teo siguió su mirada. Su expresión cambió.

Alguien l’at toccadu —respondió—. (Alguien lo ha tocado.)

No era un fallo espontáneo.

Había sido debilitado.

Saboteado.

Y el Disfàghidu no había venido por azar.

Casi… casi nos rompe —murmuró Luna.

Ma no l’at fattu —dijo Teo—. Proite nois semus paris. (Pero no lo hizo. Porque estamos juntos.)

El broche vibró suavemente, como si confirmara sus palabras.

Con pasos lentos comenzaron a subir la escalinata. Cuando emergieron del pozo, el aire nocturno les golpeó el rostro como una bendición.

El pueblo los esperaba en silencio reverente.

Todos habían sentido el temblor.

Todos habían visto la luz.

Todos sabían que algo había cambiado.


Luna y Teo avanzaron entre ellos, tomados de la mano. Nadie los tocó. Nadie habló. Era como si el pueblo entero entendiera que regresaban no solo cansados, sino transformados.

El anciano mayor dio un paso adelante.

Fizos de sa lughe e de s’abba… —dijo con voz grave—. (Hijos de la luz y del agua…)

Su tempus chi benit no est unu tempus de pagu. (El tiempo que viene no será un tiempo fácil.)

Ma est su tempus vostru. (Pero es su tiempo.)

El viento sopló entre los olivos. Las antorchas parpadearon. El pozo exhaló un último suspiro… frío, no plateado, como si algo hubiera aprendido de ellos y esperara su momento.

Algo había comenzado.

Algo que no podían ver aún.

Algo que los había elegido a ellos.

Y aunque estaban exhaustos, heridos y asustados…

también estaban juntos.

Y en ese nodo, eso era suficiente para desafiar al Disfàghidu… por ahora.

lunes, 16 de febrero de 2026

Amilcar: La batalla por la cercania

Niño delgado con gorro tribal camina lentamente por un sendero rural al atardecer, observado por otros niños a lo lejos.
Nunca supe explicar por qué, después de aquella pelea con los “fuereños”, Amílcar empezó a buscarnos. No era evidente ni mucho menos; seguía siendo el mismo niño silencioso, de pasos cortos y mirada huidiza, pero ahora había en su forma de acercarse un reconocimiento tímido, como si hubiéramos cruzado juntos una frontera invisible entre su soledad y nuestro mundo.

Ese acercamiento, sin embargo, no era sencillo para él. Lo que para nosotros era un simple caminar hacia el río, para Amílcar representaba una batalla física que no podía disimular. Avanzaba con una lentitud dolorosa: un paso, pausa, mueca de esfuerzo extremo, como si cada movimiento le costara una fuerza desproporcionada. El polvo de la carretera nueva ya empezaba a cubrir los caminos viejos y traía consigo un olor lejano a gasolina y escape que antes no existía. Todo cambiaba alrededor, pero Amílcar parecía cambiar más rápido que el paisaje.

Elisa fue la primera en intentar romper ese muro. Una tarde le ofreció un puñado de guayabas silvestres. Amílcar estiró la mano; vi cómo sus dedos temblaban de forma antinatural, los tendones marcados bajo la piel como cables al límite. Justo antes de tocar la mano de mi prima, su brazo dio un sacudón brusco, un espasmo violento que lo obligó a retroceder varios pasos. Bajó la mirada, avergonzado, mientras el murmullo bajo su gorro se aceleraba, casi frenético, como si recitara una oración a toda velocidad para calmarse… o para callar algo más.

Está bien, Amílcar, no pasa nada —dijo Elisa con paciencia infinita.

Pero sí pasaba. Y todos lo sabíamos, aunque no tuviéramos nombre para nombrarlo.

Niño intenta trepar un árbol en un claro boscoso
Semanas después, en el claro detrás del viejo galpón, intentamos enseñarle a trepar un árbol pequeño, apenas un tronco inclinado con un par de ramas fuertes. Para nosotros era un juego; para él, una prueba imposible.

Elisa lo animaba desde abajo. Amílcar puso un pie sobre la corteza, tembloroso. Pero en cuanto intentó impulsarse, su cuerpo se bloqueó. No fue torpeza: fue como si sus músculos se negaran a obedecer. La pierna tembló en el aire, los tendones del cuello se pusieron rígidos y su cabeza se echó hacia atrás con tal fuerza que perdió el equilibrio. Cayó de espaldas con un golpe seco que levantó polvo.

El grito que soltó fue puro alarido de frustración y rabia contenida. Elisa se arrodilló al instante para ayudarlo, pero cuando puso las manos sobre sus hombros, el gorro de lana se tensó de golpe. Vimos, o creímos ver, un abultamiento bajo la tela que se movió una vez, como si algo empujara desde dentro, y luego latió una, dos veces, con un ritmo seco y profundo que se sintió más que se oyó, como un puño pequeño golpeando madera hueca.

Amílcar se soltó con una urgencia aterradora, casi empujándola, y se alejó gateando varios metros antes de levantarse y correr hacia los matorrales. Mientras huía, los murmullos ya no sonaban a disculpas; eran más graves, entrecortados, como si respondiera a una pregunta que nadie había hecho.

Nos quedamos en silencio un buen rato, sin atrevernos a hablar de lo que habíamos visto. Pero los niños no aguantamos mucho el silencio, y al final, mientras pelábamos mandarinas en el patio de Elisa, las palabras salieron solas.

Cuatro niños sentados en círculo pelan mandarinas bajo una lámpara nocturna.
Fue como si tuviera un segundo corazón ahí arriba —dijo Toño con los ojos muy abiertos—. Mi abuelo decía que cuando la cabeza se hincha mucho por el agua, el líquido late como si fuera sangre, como un tambor dentro del cráneo.

Elisa pensó un segundo y murmuró:

Mi mamá dice que el gorro está tejido con las trenzas de su abuela para que nada se escape. Que si late es porque el agua está muy presionada y quiere salir. Por eso no deja que nadie lo toque: si se afloja el gorro, todo se desborda y se muere.

Mariela arrugó la nariz:

O tal vez es el alma que se mueve. Mi tía la rezandera dice que cuando uno nace con la cabeza así, a veces trae dos espíritus y uno se queda atrapado atrás, latiendo para que lo dejen salir. Por eso su mamá nunca se lo quitaba ni para dormir.

Toño soltó una risita nerviosa:

¿Entonces si le quitamos el gorro se le sale el espíritu y vuela?

O se le sale el agua y se seca como una pasa —remató alguien, y todos nos reímos, pero fue una risa breve, de esas que se apagan porque en el fondo nadie está del todo seguro.

En ese momento esas explicaciones nos parecieron tan ciertas como el sol que se ponía. Vivíamos entre cuentos de abuelas y remedios de campo; para nosotros era posible que la cabeza de Amílcar tuviera agua latiendo como un tambor, o un espíritu inquieto que empujaba desde dentro. Lo importante era que el gorro lo mantenía todo en su lugar.

Seguimos pelando mandarinas, dejando que las cáscaras se acumularan a nuestros pies, como si ese pequeño desorden pudiera distraernos de lo que ninguno quería decir en voz alta.

Esa noche el caserío tembló.

Fue un sacudón leve. En la mayoría de las casas apenas vibraron los platos. Después se dijo que las detonaciones usadas para abrir paso a la carretera habían debilitado el terreno; que días antes algunos muros viejos ya mostraban grietas nuevas; que el suelo no había resistido más.

La casa de Amílcar fue la única que colapsó por completo. El derrumbe fue interno, súbito.

Sus padres murieron allí.

Quienes estuvieron cerca aseguraron que, antes del temblor, Amílcar estaba sentado en el umbral, murmurando con insistencia, como si discutiera en voz baja con la noche. Cuando lo sacaron de entre los escombros, cubierto de polvo y sangre, no lloraba. Repetía, con una calma extraña:

Niño cubierto de polvo y sangre se sienta en el umbral de su casa colapsada, mientras vecinos iluminan los escombros con linternas
Ahora ya no hay quien lo detenga.

Durante años atribuí lo ocurrido a la carretera, a la mala construcción, a la casualidad. Sin embargo, al mirar las ruinas bajo la luna, tuve la sensación de que el caserío se había encogido, como si algo invisible hubiera empezado a crecerá entre nosotros, ocupando el espacio que nadie quiso mirar de frente.





Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar.

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Sarela: El nudo de las Nubes

Sarela se sentía más viva cuanto menos suelo tenía bajo los pies. A cuatrocientos metros de altura, balanceándose sobre la pared del acantilado, el mundo se reducía a la aspereza del granito y al aire frío que ascendía desde el valle del Utcubamba. El arnés no la ataba: la liberaba. Suspendida entre cielo y piedra, la gravedad dejaba de ser una ley incuestionable y se volvía una negociación constante, íntima, casi personal.

Se detuvo en una repisa mínima, apenas suficiente para las puntas de las botas, y apoyó la palma de la mano en la roca porosa, todavía tibia por el sol. Cerró los ojos un instante y respiró hondo. Allí arriba, el tiempo perdía su forma habitual; no avanzaba, se estiraba.

Estás tranquila hoy —murmuró.

Hablaba con la montaña por una cortesía aprendida. Su abuela le había enseñado que la piedra escucha y que guarda memoria en sus vetas de cuarzo, que cada capa es una frase antigua y cada fisura, una advertencia. Sarela, con veintitrés años, aún no dominaba ese lenguaje, pero empezaba a reconocer cuándo la montaña estaba en calma… y cuándo no.

Se impulsó de nuevo, ascendiendo con una gracia que su cuerpo todavía no daba por sentada. Cada agarre era exacto, cada movimiento respondía tanto a años de práctica como a una intuición que no siempre sabía explicar. Al pasar bajo el nicho elevado del Gran Purunmacho, el antiguo guardián de arcilla que vigilaba el valle desde su repisa, sintió la presencia habitual: inmóvil, constante, ajena al paso del tiempo. Siempre había estado allí. Siempre estaría.

O eso había creído.

La vibración bajo su piel cambió.

No fue inmediato. Primero apareció como una irregularidad leve, casi imperceptible, un error mínimo en un ritmo conocido. Luego se volvió un lamento contenido, profundo, que no provenía del aire sino de la roca misma. El calor residual desapareció de golpe, como si un fuego antiguo hubiera sido sofocado, y un escalofrío recorrió la pared.

¿Qué te pasa? —susurró.

La piedra no respondió. El silencio se tensó, expectante, y el aire adquirió un olor agrio, cargado de humedad rancia y azufre. Colgada de una mano, Sarela giró el torso y entonces lo vio.

El nicho del Gran Purunmacho, a pocos metros, estaba siendo devorado por una sombra que no pertenecía al sol. El sarcófago de arcilla mostraba una grieta negra que latía como una herida viva. Aquella sombra no era ausencia de luz, sino algo denso y físico, derramándose sobre la roca que ella conocía de memoria, ocupándola como una infección.

La libertad del ascenso terminó ahí.

La montaña estaba siendo invadida.

Flanqueó lateralmente hacia el nicho con movimientos técnicos y medidos. A medida que se acercaba, la temperatura descendía de forma antinatural; la niebla quedaba suspendida, inmóvil, y el zumbido de la montaña se transformaba en un sollozo irregular concentrado bajo el sarcófago. Frente a él, se balanceó suavemente para estudiarlo. La figura de casi dos metros parecía intacta, con el rostro impasible orientado al horizonte, pero al acercar la mano, sin tocar,  sintió una repulsión clara, como si dos fuerzas iguales se negaran a encontrarse.

Extrajo de la faja la vara de chonta, madera negra heredada de su abuela, y rozó con ella la base donde la arcilla se fundía con la roca viva. No se trataba de una grieta física, sino de una asimetría en la sombra: demasiado larga, demasiado densa, moviéndose con una lentitud líquida que no obedecía al sol.

Al acercar la punta al cuello del sarcófago, advirtió que el ocre rojo ancestral había sido sustituido por una costra violeta oscura, casi negra, que palpitaba con un ritmo ajeno.

No es erosión —comprendió en voz baja—. Es una intrusión. Alguien rompió el silencio desde el otro lado.

Rozó la costra.

La montaña gritó.

La superficie estalló y un chorro de aire fétido la golpeó, lanzándola hacia atrás. Solo el anclaje principal la salvó del vacío. De la rotura emergió una extremidad larga y delgada, translúcida como vidrio ennegrecido, que se desplegó con el crujido de articulaciones antiguas. La criatura no salió del todo: usaba el Purunmacho como una armadura incompleta. Una segunda mano, con dedos imposiblemente largos, se aferró al borde del nicho y tiró hacia afuera, dejando ver un rostro sin ojos, hecho de humo condensado.

Sarela recuperó el equilibrio en la cuerda por puro instinto. Con una mano desenrolló la cuerda de fibra de llama; con la otra buscó el clavo de bronce que siempre llevaba en la faja, metal trabajado para sostener sellos. La criatura atacó sin dudar, no con mordidas sino cargando directamente contra la cuerda de vida.

—¡Atrás! —rugió.

El golpe pasó a milímetros de su rostro y desgarró la correa del casco. El roce le robó el calor de la mejilla, que se entumeció como si la sangre hubiera sido arrancada. Soltó el freno y cayó varios metros antes de que la cuerda se tensara con un crujido seco.

La sombra se estiró de forma imposible, descendiendo por la pared como una araña de tinta negra cuyos dedos se hundían en la roca sólida, destruyendo agarres bajo el nicho. Sarela gritó, con rabia más que con miedo, cuando la entidad envolvió la cuerda principal y el nailon comenzó a vibrar, deshilachándose bajo una corrosión oscura.

Atrapada, respiró hondo mientras el cuerpo de escaladora tomaba el mando antes de que el pánico pudiera hacerlo. Pateó la pared e inició un péndulo amplio hacia la derecha. La sombra intentó cerrarse sobre ella en el aire, pero Sarela fue más rápida: en el punto máximo soltó el anclaje rápido y se lanzó a una fisura estrecha que conocía desde niña.

Quedó suspendida solo de las yemas, en una grieta del tamaño de una moneda. Debajo, la cuerda, quemada, colgaba inútil. La sombra rugió, y el sonido vibró dentro de sus pulmones como si buscara anclarse allí.

Pero Sarela ya no dependía solo del equipo moderno. Sintió que entraba en el terreno de su linaje. Colgada de una mano, extrajo un puñado de polvo de cinabrio mezclado con resina de selva y lo sopló. El rojo reveló la silueta torcida del ser.

Nudo de sangre, lazo de piedra.

Sacó la cuerda de fibra de llama y cobre que siempre llevaba enrollada en la faja. No para sostenerse, sino como arma. El cobre brilló con un resplandor naranja cuando lanzó el extremo, que se enroscó en el torso de humo. El contacto fue devastador: la fibra sagrada canalizó la energía estática del acantilado hacia el núcleo oscuro, y la entidad comenzó a perder cohesión, retorciéndose.

Sarela saltó desde la grieta hacia su pecho y, en el aire, desenvainó el Tumi de plata y bronce, cuchillo ceremonial capaz de cortar vínculos invisibles. Clavó la hoja en el centro de la masa y la plata absorbió la oscuridad como un sello inverso. Con las botas plantadas en el pecho del ser, empujó hacia el nicho roto.

Vuelve al silencio.

La sombra colapsó y fue succionada de regreso al Uku Pacha. La montaña exhaló un suspiro largo y profundo. El grito cesó. El silencio volvió, distinto al de antes, más tenso, como si algo hubiera quedado a la espera.

Sarela quedó colgada del brazo derecho, jadeando, con los dedos sangrando y el equipo destrozado. Tardó varios segundos en recuperar el control de su respiración. Cada movimiento le recordaba el frío que la entidad había dejado en sus huesos. Selló la fisura con arcilla sagrada mezclada con su sangre y resina de chonta, y la vibración errática de la montaña se aquietó, aunque no desapareció del todo.

Fue entonces cuando lo vio.

En la base del sarcófago, donde no debería haber nada más que piedra erosionada, descubrió cortes demasiado precisos para ser antiguos. No eran grietas naturales ni desgaste de siglos. Eran marcas recientes, hechas con intención. Entre los fragmentos de arcilla encontró una cápsula de metal pulido, pequeña, casi discreta, con un sensor que parpadeaba con una luz roja agonizante.

Al sostenerla, sintió un frío que no provenía de la montaña.

No era arqueología.

No era descuido.

Era vigilancia.

Cerró el puño alrededor del objeto y, por primera vez desde que había comenzado a escalar, sintió miedo de algo que no podía expulsar con rituales ni cuchillos. Alzó la vista hacia el horizonte, donde las nubes se abrían sobre las cumbres como si la cordillera misma contuviera un dolor sin nombre. La vibración había cambiado, no por una intrusión fallida, sino por algo más profundo y persistente.

Alguien había tocado lo que no debía.

Y no lo había hecho a ciegas.

Guardó la cápsula en la faja, no como prueba sino como advertencia, y comenzó el descenso. Cada metro hacia abajo le confirmó una certeza incómoda: lo ocurrido no había sido un accidente ni un hecho aislado.

Algo se estaba moviendo en la oscuridad.

Y alguien, en algún lugar, estaba observando.

Sarela descendía ahora con una comprensión nueva. No bastaba con vigilar lo que dormía bajo la tierra. Si el silencio había sido roto por manos humanas, entonces su tarea estaba a punto de cambiar.

Y ella también.



(Continúa la serie: Mientras los sellos de los Andes son profanados, un zumbido seco asciende por las arenas de Arizona. Elias Thorne sabe que la vida está fuera de equilibrio.

Lee la historia de Elias Aquí)

domingo, 15 de febrero de 2026

Elias Thorne: El peso del Silencio

El aire en el Cañón del Chaco no solo estaba seco; estaba hambriento.

Elias Thorne detuvo su vieja camioneta a un kilómetro de las ruinas de Pueblo Bonito. No necesitaba el GPS; lo sentía en los molares. Un zumbido sordo, una frecuencia ajena al viento y al motor, subía por sus botas, filtrándose desde el suelo. Era el Sipapu respirando, y eso nunca auguraba nada bueno.

Bajó del vehículo. Su silueta era la de un hombre que había pasado demasiadas noches bajo las estrellas y demasiados días bajo tierra. Llevaba una chaqueta de lona raída y, cruzado a la espalda, un estuche de cuero alargado con su atlatl de madera de hierro. Del cuello colgaba un trozo de obsidiana pulida, negra como un pozo sin fondo, con una grieta reciente que prefería no recordar.

Alzó la vista hacia las ruinas que se alzaban a lo lejos, siluetas oscuras contra el horizonte crepuscular. Pueblo Bonito emergía del cañón como un esqueleto olvidado, sus muros de piedra caliza erosionados por siglos de viento y sol implacable, pero aún erguidos con esa precisión antigua que desafiaba el olvido. El desierto se extendía a su alrededor, vasto y silencioso, con sus mesas y acantilados recortados contra un cielo que empezaba a teñirse de malva.

Sin embargo, algo no encajaba. El aire parecía más pesado, el silencio demasiado denso, como si el paisaje contuviera la respiración. No había pájaros, ni el habitual susurro de lagartijas entre las rocas. Solo ese vacío expectante que le erizaba la nuca.

Entonces, tocó la obsidiana una vez más, sintiendo cómo la grieta palpitaba levemente bajo su pulgar.

Koyaanisqatsi —susurró, como si el desierto pudiera oírlo—. Vida fuera de equilibrio.

Caminó hacia el complejo, sintiendo cómo cada paso lo acercaba más a las costillas de piedra que los Pueblos Ancestrales habían erigido con precisión inquietante. Las paredes de piedra caliza se alzaban, alineadas con ciclos lunares que esa noche observaban con malicia contenida.

En la plaza central, vio la anomalía.

En el corazón de la Gran Kiva no había oscuridad. Había algo peor. Una sombra viva.

Una columna de humo denso y aceitoso brotaba del agujero central. El Sipapu, portal simbólico al mundo anterior. Pero el humo no ascendía; reptaba por el suelo como un depredador que reconocía el olor de su presa, dejando en el aire un rastro rancio a piedra húmeda y quitina.

Elias sintió un tirón en el pecho. No era miedo. Era memoria.

Ya estás aquí —murmuró, como si saludara a un viejo conocido, mientras desenvainaba el cuchillo de pedernal.

De la sombra emergió una figura que desafiaba la anatomía. Parecía un hombre. Pero sus extremidades eran demasiado largas, codos doblados en ángulos imposibles, imitando los petroglifos de “hombres-insecto” en los acantilados. No tenía rostro, solo una superficie de piel reseca grabada con espirales que giraban lentamente, como si la carne fuera agua estancada.

Era un Atrapado, un eco del Tercer Mundo que había hallado una grieta en el sello.

El zumbido del Sipapu cambió de tono. Elias lo reconoció: un aviso. La última vez que lo oyó, el sello de Mesa Verde cedió y dejó un vacío que nunca llenó.

La criatura emitió un sonido como el roce de mil patas de hormiga sobre papel seco. Se lanzó hacia él con velocidad inhumana.

Elias no retrocedió.

Tocó la obsidiana; la grieta ardía bajo sus dedos como una advertencia. Metió la mano en el bolsillo y sacó un puñado de arena azul cobalto: maíz sagrado molido, bendecido en las tierras altas hopi.

Anu Sinom, guardianes que nos sostuvisteis en la oscuridad, prestadme vuestro peso contra los que traicionaron el equilibrio —bramó.

Lanzó el polvo al aire. Al contacto, la criatura chilló. El cobalto se adhirió a su forma invisible, revelando vetas como venas expuestas. Ya no era sombra; ahora era un objetivo tangible bajo la luna maliciosa.

Elias armó el atlatl con un movimiento practicado mil veces. El arma crujió como hueso viejo. El dardo, punta de pino petrificado del tiempo de los abuelos, silbó como un halcón descendiendo. No apuntó al pecho, sino a la garganta, donde el zumbido latía más fuerte, como un corazón enterrado.

Disparó.

El dardo se hundió con un crujido seco. El Atrapado se convulsionó, deshaciéndose en finas escamas de ceniza que el viento del desierto dispersó antes de tocar el suelo.

El silencio regresó, pero era un silencio herido.

Elias se dobló ligeramente, apoyando una mano en la rodilla mientras recuperaba el aliento. No era solo el atlatl o el polvo sagrado lo que había sellado la grieta esta vez; cada confrontación le exigía más de su propia esencia, un intercambio que le dejaba el pecho hueco y los músculos temblando como cuerdas flojas.

Las batallas se acumulaban en su cuerpo como capas de arena en una duna, y últimamente, el peso era mayor, el cansancio más profundo. Se dejó caer sentado en el borde de la plaza, el polvo del desierto adhiriéndose a su sudor, y miró a su alrededor: las sombras de las ruinas se alargaban bajo la luna, guardianes mudos de secretos antiguos.

Más descansado, se acercó al borde de la Kiva. Encendió la linterna y enfocó la pared interior. Allí, un petroglifo de mano abierta, con espirales que se desvanecían en los dedos, perdía su color. El sello se debilitaba. Con un suspiro cansado, sacó cincel y piedra de moler.

No esta noche —dijo, con una certeza gastada, repasando el grabado con la misma precisión ritual de siempre—. No mientras yo respire.

Entonces, mientras la piedra cedía bajo el cincel, lo vio: una marca que no pertenecía allí. Un trazo recto, frío, sin intención ceremonial. Violento en su simplicidad. Humano. Y reciente: el polvo aún no se había asentado en el surco.

Elias apretó la mandíbula.

No era la primera vez que encontraba señales así.

Pero esta era la más cercana al Sipapu.

Guardó sus herramientas y miró al horizonte, donde las luces de una ciudad lejana manchaban el cielo. Su guerra era invisible para ellos, librada en los márgenes de la historia, grabada en piedra y sellada con sangre.

Se subió a la camioneta y encendió la radio. Solo estática. Pero si escuchaba con atención, entre el ruido blanco se oía el rítmico rascar de incontables patas bajo la tierra, como si el desierto mismo respirara con ellas, esperando su turno para emerger.

Esta vez, el ritmo estaba demasiado cerca.


(Mientras el Sipapu vibra en el desierto de Arizona, algo despierta en los acantilados de los Andes. Lee la historia de Sarela Aquí)


domingo, 8 de febrero de 2026

El Arquitecto del Silencio

Hombre adulto con insomnio observa su teléfono Móvil en una noche  de vigilia
La medianoche no llegó con el golpe de un reloj, sino con un bostezo gélido que se instaló en mi cuarto como huésped indeseado. Primero apagó el tic-tac lejano de mi reloj; luego, el zumbido del refrigerador y el ronroneo del ventilador. Quedó solo el zumbido amplificado de mi sangre contra el tímpano y el parpadeo azul del teléfono que vibraba una vez más sobre la mesa… pantalla negra, como si esperara por mí. Intenté ignorarlo, pero el silencio se hizo eléctrico: un grito ahogado con tono de notificación.

Allí estaba yo, en vigilia insomne, viendo agonizar la luz de la lámpara sobre los restos de mi devoción. Entonces oí un carraspeo seco, como el crujido de un pergamino olvidado en una cripta, que brotó de aquel rincón donde la penumbra se volvía líquida.

Interrogar a la sombra, cuando la luz se ha marchado a iluminar otro rostro, es empresa vana —susurró una voz que se filtraba desde las grietas de la razón.

De la oscuridad, emergió una silueta envuelta en una levita raída. No vi sus ojos, pero traía consigo un aroma anacrónico: tinta fresca, tabaco rancio y el frío mineral de tierra removida. Sus dedos dejaron leves manchas oscuras en el brazo de la silla, como si la madera absorbiera su sustancia espectral. Se sentó en la orilla de mi cama y me observó con una fijeza que convertía mi sangre en plomo.

Hombre adulto afectado por una desilución observa la visita del espectro de alguien que en verdad ha perdido.. Edgar Allan Poe
Tú perdiste a una mujer que camina bajo el mismo sol que tú, pero que jamás te reconoció como destino —continuó—. Yo también conocí ese invierno del alma, aunque mi pérdida olía a flores de cementerio. Escucha el aire mi viejo amigo. Tu, arquitecto de nadas: el dolor tiene la misma frecuencia en todos los siglos.

Ella nunca fue mía —confesé—. Fui andamio de su alegría, siervo de una felicidad que usó para mirar otro horizonte. Me desangré en silencios para que ella tuviera voz. Ahora que sabe cantar, se la ofrece a un extraño.

La figura se inclinó hacia la luz. Reveló una frente pálida y vasta como lápida, cabello oscuro que vibraba con electricidad fúnebre. Una sonrisa amarga, casi un rictus, se dibujó bajo el bigote.

Tu tragedia es más refinada que la mía. Yo perdí a una mujer que amé; tú perdiste a una que nunca te amó. Convertiste barro en oro; y el ídolo, al brillar, miró hacia otro lado. Ella no solo se llevó las llaves de tu alma: se llevó la luz que instalaste en su mirada para que otro viera el camino.

Se puso en pie con la elegancia letal de un ave de rapiña. En la pared, la luz de la lámpara proyectó forma de alas negras, pesadas, eternas.

¿Qué hago ahora con este “nunca más”? —pregunté. La frase me amputaba el futuro.

Esa frase es mi herencia, no tu condena —replicó—. Mi cuervo la graznaba desde un busto pálido; el tuyo grazna en el parpadeo de una pantalla que se niega a llenarse. Tu “nunca más” es más feroz: no sentencia el fin de un amor, sino el fin de una ilusión. No es que ella se haya ido: sino que nunca estuvo donde construiste tu altar.

Se acercó. Olí el invierno en sus ropajes. Sacó de la levita una pluma cuya punta brillaba con luz negra, como una astilla de noche pura.

Edgar Allan Poe entrega una pluma a un hombre adulto, que perdió a quien nunca tuvo, para que comience a escribir su propia historia
Escribe —ordenó—. No sobre lo que no fue, pues ya es página en blanco que no te pertenece. Escribe sobre el hombre que se vació para alimentar un incendio que no le dio calor. Haz que tu naufragio rime con la eternidad. No hay belleza tan terrible como un sacrificio sin testigos.

Comenzó a desvanecerse, integrándose en la mancha de tinta de la noche. Antes de marcharse dejó sobre la mesa un rastro de ceniza y una verdad que se clavó como puñal gótico:

No busques bálsamo en Galaad. Para los que amamos sin ser elegidos, solo queda la majestuosidad del desastre.

Me quedé a solas con mi sombra. Estiré los dedos y me senté frente al resplandor azulado de la computadora. La pluma de Poe, ahora sé quién era aquella sombra, descansaba en el borde del escritorio, recordatorio de que el dolor no era desperdicio, sino noble materia prima.

Ya no miré el teléfono. Mis manos, que tanto habían trabajado para esculpir un trono de cristal a quien prefirió el yermo, se posaron por fin sobre el teclado. Las teclas comenzaron a sonar como picoteo rítmico de ave sobre madera: obsesivo, necesario. Sentí el roce de alas invisibles en la nuca: ya no era miedo, sino mandato.

Hombre adulto escribe en una computadora. dispuesto a usar su dolor como materia prima para sus palabras.
Con un suspiro que sacó el último resto de esperanza inútil, tecleé la primera frase, frontera entre pasado e inmortalidad:

“Ella fue la deidad de un templo que nunca quiso habitar; hoy le devuelvo sus llaves y sus silencios, mientras yo me quedo con el fuego, con esta pluma y con la gloria de haber amado incluso en el vacío…”

El cursor ya no parpadeaba en espera. Latía en ritmo, como un corazón que, por fin, late solo para sí. Las alas se aquietaron. En la pantalla apareció algo que no era silencio.

Que el olvido le sea leve. A mí me quedan las palabras para volverme eterno.








Aporte para el reto
del Mes de Febrero de 2026 en
(escribir un relato en el que aparezca un personaje histórico.)







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viernes, 6 de febrero de 2026

Guardia en Heorot: Crónica de una Noche de Resistencia

El fuego en el centro de Heorot es apenas un suspiro: un ojo naranja que agoniza mientras la sombra avanza sin prisa. Estoy aquí otra vez, con la espalda apoyada en el pilar de madera tallada, sintiendo cómo el frío del suelo se filtra por mi túnica hasta alcanzarme los huesos. No hay cantos de bardos esta noche. Solo el crujido del edificio, que parece encogerse bajo el peso de mi vigilia.

Mis dedos, los mismos que alguna vez arrancaron extremidades con la fuerza de treinta hombres, hoy se sienten como plomo. No es mi cuerpo el que falla; es algo más hondo. Un temblor fino recorre los tendones de mis manos, nacido del cansancio de saber que el amanecer está a una eternidad de distancia y que la bestia, a diferencia de mí, nunca necesita dormir.

En esa quietud forzada escucho el primer sonido.

Grendel no llega con la furia del que busca pelea, sino con la paciencia del que sabe que el tiempo trabaja para él. Cada noche me parece más grande, no porque su cuerpo crezca, sino porque mi fe en el acero se reduce.

Con esa certeza llega también el gesto.

Hay un momento en que mis manos se abren. La espada no cae con un estrépito heroico, sino con un golpe seco sobre la paja, un sonido breve que vibra en mis muñecas y se apaga enseguida. No me importa. Miro mis palmas y, por primera vez, me parecen ajenas. ¿A quién protejo realmente? La brasa que ardía en mi pecho, como un brasero encendido en noches de festín, se ha consumido, dejando solo ceniza fría. Ya no sé para qué vencer.

Tal vez por eso Grendel se detiene. Percibe que mi resistencia se ha diluido. La puerta se abre lentamente, dejando entrar la niebla del pantano, que comienza a lamerme los pies y a robarle calor al aire.

Hazlo —susurro, sin desafío—. Si no hay luz que custodiar, ¿qué importa si la sombra lo reclama todo?

Y, sin embargo, incluso en esa renuncia, algo persiste. Siento el peso firme de mis propios pies sobre la tierra. A falta de una razón para vencer, me queda la terca, mecánica e irracional voluntad de no ser borrado. Es mi costumbre de luchar. Una brasa diminuta, enterrada bajo las cenizas de la mente, esperando un viento que aún no llega.

Lo que sigue no es un choque de metales, sino una presión insoportable. Durante horas siento la respiración fétida de la bestia demasiado cerca, murmurándome que mi esfuerzo es inútil. No respondo. Solo aprieto los dientes. Es una batalla de milímetros: resistir el peso de los párpados, mantener un puño cerrado, seguir el compás de mi propio corazón cuando todo lo demás parece detenido.

Así, casi sin anuncio, el aire cambia.

Un rayo de sol, débil, frío, pero innegable, atraviesa la rendija de la puerta este y corta el salón como una hoja de luz. Grendel emite un siseo breve y se retira hacia las sombras. No ha sido derrotado por mi fuerza, sino por mi permanencia. Yo sigo aquí; el sol también.

No celebro. Me dejo caer sobre el banco de madera, con el cuerpo vibrando por el esfuerzo. Observo cómo el polvo danza en los haces de luz. El trofeo de esta noche no es un brazo arrancado, sino el aire que vuelve, poco a poco, a llenar mis pulmones.

El asedio inmediato ha terminado.

Exhalo un suspiro largo. Estoy agotado y herido por el vacío, pero mientras el sol reclama cada rincón de Heorot, comprendo que mi valor no residía en la fuerza, sino en el simple hecho de no haber abandonado el salón.

En este nuevo día, quizá empiece a tomar forma aquello que dé sentido a futuras gestas.

lunes, 12 de enero de 2026

Guardián de la memoria

¿Quién podrá decirme dónde guardo lo que no recuerdo?

Fernando Pessoa (Quizá) 


Hoy leí esta frase y pensé:

Somos guardianes de un tesoro, pero perdimos la llave.

Cargamos maletas cuyo contenido parece borrado, aunque su peso aún nos dobla la espalda. En la buhardilla del pecho se amontona lo que la memoria jubiló: nombres sin voz y el color de tardes que nos cambiaron.

Preguntar dónde está lo olvidado es preguntar quién vive dentro de nosotros al cerrar los ojos. Porque lo olvidado no muere; permanece, como un nudo en la garganta o un olor que trae la nostalgia.

No somos, entonces, solo el relato cómodo que contamos. También somos un archivo silencioso que espera a que el azar nos devuelva lo que fuimos. La memoria no se pierde; solo aguarda en un rincón cuyo mapa no sabemos leer.

Y sin embargo, mientras cargamos el peso de lo olvidado, guardamos también un incendio que no elegimos. Un fuego que nos calienta y nos consume a la vez.

Por eso, mientras llevamos las maletas del olvido, en el pecho nos arden llamas que no se apagan: rostros que se resisten al borrón, ojos profundos como la noche, voces en salas imposibles de cerrar. Y el sabor intacto de instantes que el corazón reaviva cada día.

Podríamos preguntarnos, entonces, ¿por qué no podemos soltar lo que sí recordamos? Porque lo inolvidable no espera: irrumpe. Se vuelve pulso furioso, herida al roce o llamarada al cruzar una calle que fue nuestra.

Así que no somos solo el relato editado para sobrevivir, ni el archivo que aguarda en la sombra. Somos, sobre todo, la hoguera inextinguible de lo que sentimos. Ella nos recuerda, con crudeza luminosa, la versión más viva y dolorosa de nosotros mismos.

Lo amado no se pierde; solo se transforma en un fuego eterno cuyo calor ya no sabemos apagar.

Al final, tanto el peso de lo olvidado como el fuego de lo recordado nos moldean. No somos una memoria o una ausencia, sino el paisaje que ambas fuerzas tallan. Nuestro contexto no se construye con lo que elegimos guardar o soltar, sino con la tensión permanente entre el peso que nos dobla y la llama que nos obliga a seguir en pie.

sábado, 3 de enero de 2026

Lo que el espejo no refleja

El frío le envolvió como promesa cumplida. Sintió que su cuerpo comenzaba a ceder mientras cruzaba un umbral difuso. Al abrir los ojos, el desierto se había disuelto; en su lugar emergió un mundo al revés, donde las sombras precedían a los objetos y los juicios se hacían antes que los crímenes.

Había visitado otros lugares extraños: el asteroide del rey que reinaba sobre el vacío, el del vanidoso que solo oía aplausos y hasta uno habitado por un farolero agotado. Pero este jardín era mucho más inquietante.

Frente a él, tres naipes sudorosos teñían de rojo un rosal blanco…. Extrañado, se ajustó la bufanda dorada que flotaba sin brisa y se acercó a la flor más alta, cuyos pétalos goteaban un rojo espeso.

¿Por qué permites que te oculten? — preguntó —. Tengo una amiga a la que cuatro espinas le bastan para protegerse.

La rosa rió con un sonido de cristal roto.

— Aquí no somos responsables de nuestra esencia. Si no somos rojas, nos cortan el tallo. La honestidad es un lujo de las flores que no pertenecen a nadie.

Él miró sus manos, acostumbradas a arrancar baobabs, manchadas por un pigmento artificial. Aquel lugar era una prisión donde el corazón estorbaba al juego de otros.

Sintió un último tirón en el pecho. El regalo de la serpiente disolvió los hilos que lo ataban a la Tierra. Mientras el jardín se desvanecía, sonrió. Escapaba al fin de las apariencias, regresando a lo esencial: invisible a los ojos.







Aporte para el reto
del Mes de Septiembre de 2025 en
(Un micro  inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola)







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