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lunes, 13 de marzo de 2023

Pazuzu (Microrrelato)


La profunda oscuridad de la habitación engullía la suave luz con que, por la ventana, la vieja farola en la calle intentaba iluminar la escena. Apenas una mísera línea luminosa lograba abrirse paso en aquel enrarecido ambiente, impregnado de herrumbre y pudrición, señalando acusadora la figura sobre la cama.

En una posición poco natural aquella pequeña figura yacía inmóvil, respirando con dificultad de forma sibilante y encajonada con lentitud y arritmia. 

Yacía inmóvil pero alerta. 

Claramente a pesar de la oscuridad, el demoníaco rostro de aquella bestia prisionera se fruncía en un rictus de desprecio y odio. Sus ojos de animal, muy abiertos, se perdían en el vacío buscando, o esperando, algo que ansiaba con desesperación.

Se había servido del hombre desde el principio de los tiempos, había levantado y destruido reinos enteros, había pervertido sin medida a la humanidad para su placer… y sentía que en ese instante, en esa habitación, su destino le alcanzaría.

Escuchó el ruido de un vehículo en el exterior y una sonrisa perversa dejó entrever la dentadura manchada por el vómito y la mugre. El tiempo de la expiación había llegado… Su enemigo estaba allí.

Plenando con aire pestilente los pulmones de aquella carcasa mortal que le albergaba, el reto a la batalla surgió desde las mismas entrañas del infierno…

— ¡Meeerrriiinnnnn¡. 

Delatando así su presencia al anciano enemigo que, una vez más, trataría de arrebatarle aquella hija de la luz que poseía. Esta vez él, el poderoso Pazuzu, triunfaría.



NOTA: Una de las escenas mas recordadas en la historia del cine de terror, es la llegada del padre Merrin a la casa donde realizaría el famoso exorcismo en la película del mismo nombre por allá por el año 1973. Esta escena se ha convertido en todo un clásico y a muchos aun nos causa cierta intranquilidad al verla o recordarla.

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Para llevar y compartir

Pazuzu. Primera parte de Cuento de terror o microrrelato de una escena de la película el exorcista

Pazuzu. Primera parte de Cuento de terror o microrrelato de una escena de la película el exorcista





presentado en el reto del mes
de Marzo de 2023 en




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viernes, 10 de febrero de 2023

Las Excentricidades de Roque

Tercer Lugar en el reto del Mes de Febrero 2023
El Tintero de Oro

No recuerdo haber visto triste alguna vez a Roque, mi hermano mayor. “Roque”, en realidad, era el diminutivo de “Rockefeller de Jesús”, nombre con el que nuestros padres, entonces primerizos,  le bautizaron tratando de invocar una vida feliz para su primogénito. Es que, según lo que ellos mismos proclamaron a los cuatro vientos, con esos dos grandes nombres comprometían a su hijo a no ser menos que supremamente feliz.

Ya fuera con sus locuras como diría la abuela Julia, estupideces según el abuelo Carlos o “excentricidades” como al final las bautizó aquel psicólogo con pinta de Einstein, el último en prestar atención a Roque, mi hermano dejó una huella indeleble en todos los que le conocieron.

Aún ahora son famosas sus historias, divertidas algunas, bochornosas la mayoría, que se cuentan una y otra vez en las reuniones familiares. Algunas de esas historias son más populares que otras como cuando, a los 12,  se paró desnudo en la puerta de la casa con una flecha de goma pegada en la frente gritando como apache y casi provocándole un ataque a la octogenaria señora Darwin, la vecina. O aquel año en el que solo vistió con el uniforme del colegio, día y noche, permaneciendo como Dios lo trajo al mundo cuando llegaba la hora de lavarlo.

Con algunas excepciones, como aquel susto a la señora Darwin, las excentricidades de Roque pueden considerarse bastante inocuas. Ya quinceañero, por ejemplo, literalmente se negaba a usar las escaleras de la casa. Prefería subir y bajar hacia su cuarto usando una escalerilla improvisada directamente bajo su  ventana. 

Ya adulto, el hombre construyó una hermosa escalera en hierro forjado haciendo gala de una maravillosa concepción del arte que, dicho sea de paso, le serviría para ganarse la vida. Aun si llovía prefería llegar a su cuarto por esta ruta, usando las escaleras interiores solo cuando fuera estrictamente necesario. Lo que ocurría muy esporádicamente ya que, para Roque, parece que pocas cosas eran estrictamente necesarias.

Mi hermano a veces pasaba horas enteras observando las aves o acostado bajo las nubes y las estrellas, sonriendo y entonando aquel silbido que llegó a convertirse en su marca de fábrica. Era tanta su pasión por el aire libre que, cuando acumulamos algunos años y se le dificultó subir sus escaleras, construyó una pequeña cabaña en el patio de la antigua casa paterna.  Allí pasaba, como le gustaba, horas enteras mirando al cielo a través de una especie de techo transparente y corredizo con el que, según sus palabras, podía contar con el techo más grande y más hermoso sobre él… el cielo mismo.

De verdad que nunca le vi triste en los más de setenta años que estuvimos juntos. Ni siquiera cuando nuestros padres fallecieron, yo niño, él adolescente, vi en su rostro más que una pasajera seriedad y una sutil nubosidad en los ojos que delataba la vorágine que, sin duda, existía en su interior. No más de algunas semanas bastaron, sin embargo, para que contáramos de nuevo con el Roque de siempre. Convirtiéndose, la verdad, en la roca y el principal apoyo para superar nuestra pérdida.

Sin embargo, una vida entera me enseñó a conocer a mi hermano más que nadie, convirtiéndome en su confidente y en guardián de sus secretos. 

Sí, yo sé todos los secretos de mi hermano. La mayoría se irán conmigo cuando llegue mi turno de viajar al otro lado, pero otros los iré contando en las reuniones familiares, hasta que me llegue la hora, para que mis nietos sepan quién fue el abuelo Roque.


Sé, por ejemplo, que aquellos gritos de comanche en la puerta atrajeron la atención de nuestros padres y permitieron que su hermano menor entrara en la casa, ensangrentado pero seguro, luego de aquella pelea con los gamberros de la escuela.  También sé que vistió un año entero el uniforme escolar porque en secreto regaló toda su ropa de salir al hijo de los señores García cuando perdieron sus cosas en aquella inundación.

Si, sé eso y muchas cosas más sobre las “Excentricidades” de Roque.

También sé que al morir nuestros padres, atrapados en un incendio en su oficina, Roque  desarrolló un terror indescriptible a las escaleras internas y lugares encerrados. De ahí su reticencia a colocarse en esa posición mientras pudiera evitarlo. Pero por encima de todo, y he aquí su principal secreto, sé que se juró a si mismo cumplir a cabalidad con el deseo de nuestros padres labrándose una vida en la que no fuera menos que inmensamente feliz.

Eso y mucho más puedo contar de Roque, mi hermano, por quien no puedo evitar llorar al verle allí tendido en aquel cajón que, como una última "excentricidad", él mismo se construyó. Viéndolo allí, al final, no puedo más que pensar que cumplió cabalmente con su promesa. 

Es que, definitivamente y a su manera, Roque fue inmensamente Feliz. Y eso sí que es una excentricidad en estos tiempos en que la felicidad ajena es casi que un pecado.

 



Relato Corto Original de mi autoría
Participante en el reto
del mes de Febrero de 2023




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martes, 24 de enero de 2023

Regreso al Mukumbarí (Microrrelato)

Anciana indigena en una montaña nevada observando un grupo de aguílas que se se acercan con la luna llena de fondo
Luchando contra la violencia del viento helado, la anciana recorrió con la vista el abismo a sus pies mientras ajustaba sobre su pecho la pesada piel de puma con la que se protegía.

Entornando los ojos, entonó un canto con una hermosísima voz que se elevó por encima del ensordecedor ruido provocado por el viento:

Mukumbariiii —.  Cantó con una dulzura angelical que, a pesar de la furia del viento, rebotó en cada roca de aquellas montañas multiplicándose y resonando hasta el infinito. 

Sin dejar su canto, la anciana extendió una temblorosa mano hacia adelante ofrendando al abismo una brillante pluma de cristal, refulgente como los rayos de la madre Chía.

Súbitamente, el viento amainó y la noche pareció aclararse mientras la cara de Chía asomaba repleta allá en el horizonte. Como en una alegre celebración, la Luz de madre iluminó las cinco blancas cumbres del Mukumbarí y sus hermanas, tal y como cuando era una niña, provocando lagunas de recuerdos en los cansados ojos de la anciana.

Aquella mujer sonrió al escuchar un ruido de alas que se aproximaban, su ofrenda había sido aceptada y su penitencia terminaba esa noche. Era hora de devolver lo robado en los tiempos en que ella y el mundo eran jóvenes. 

Con la madre Chía de Fondo, cinco formas aladas se aproximaban a la anciana Princesa Caribay, atraídas de nuevo por su canción. Esta vez no huiría, viajaría con las águilas a su reino en el Mukumbarí por toda la eternidad.



La Leyenda

Aunque Venezuela es un País Tropical, hemos sido bendecidos con una extraordinaria variabilidad climática que incluye nuestras propias cumbres nevadas o “Sierra Nevada” de la cual el Pico Bolívar (El “Mukumbarí, donde nace el sol", en lengua indígena) con sus más de 5.000 msnm es el punto mas alto.

Cuenta la leyenda que Caribay, la primera mujer, era hija de Zuhé (El Sol) y Chía (La Luna).  Dotada de una extraordinaria belleza, una hermosísima voz y la habilidad de imitar el canto de las aves, un día Caribay vio en el cielo 5 majestuosas águilas de un refulgente color blanco.  Maravillada por la blancura de su plumaje, la Joven princesa se antojó de adornar su cabello con aquellas plumas. Persiguió las águilas por montes y valles y comenzó a llamarlas imitando a las aves con el canto más hermoso que pudiera recordar.

Engañadas por el mágico llamado, las cinco aves bajaron del cielo posándose adormiladas cada una en el pico de cinco montañas muy cercanas una de la otra. Rápidamente, Caribay alcanzó las aves dormidas para arrancarles las preciadas plumas pero, para su sorpresa, al tocarlas sintió como sus manos se le congelaban ya que se habían convertido en grandes estatuas de hielo. Asustada por aquel prodigio, Caribay huyó despavorida olvidando el canto y buscando refugio en tierras más cálidas.

Dice la leyenda que esa noche, al alumbrar la luna (la madre Chía) las estatuas de hielo, las aves cobraron vida nuevamente y descubrieron el engaño del que habían sido objeto. Furiosas, batieron sus alas con  gran fuerza esparciendo su blanco plumaje por toda la sierra cubriéndola en su totalidad. Desde entonces, cada nevada en la sierra venezolana es un recordatorio del engaño de la Princesa Caribay y la furia de las cinco águilas blancas de la leyenda.
 
Esta leyenda llegó hasta nosotros de la pluma del poeta venezolano Tulio Febres-Cordero, allá al comienzo del siglo XX, quien probablemente se basó en antiguas tradiciones orales de la cultura Indígena Tatuy. La Historia de la Princesa Caribay es una de las mas hermosas Leyendas de los Andes Venezolanos. 
 
En el siguiente enlace  podrás saber más de Don Tulio Febres-Cordero y Leer su historia original: LAS 5 ÁGUILAS BLANCAS
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martes, 13 de diciembre de 2022

Viejo, pero no Obsoleto.

 – ¡Demonios! – la expresión pronunciada con aquella a aguda voz metálica cortó el silencio como una navaja.

Con una parsimonia no coherente con el intento de vehemencia reflejada en su voz, la figura recogió el brazo mecánico que se acababa de desprender de su hombro y, con un rápido movimiento de enganche, volvió a colocarlo en su puesto ajustándolo hasta oír el clic del mecanismo de cierre.

Viejo, pero no obsoleto – dijo, mientras movía los dedos delante de sus sensores ópticos.

En realidad, el viejo androide no estaba muy claro de lo que significaban aquellas palabras. Solo recordaba las películas clásicas que sus antiguos dueños veían los domingos y le había parecido apropiado pronunciarlas en esta ocasión.

Con el pequeño adaptador incorporado en su dedo, siguió ajustando el tablero en el que había estado trabajando la última hora. Terminado el trabajo,  activó algunos brakers y cerró con un golpe la pesada y derruida tapa. Al momento, algo comenzó a cobrar vida allá abajo, en lo más profundo de la estructura. Algún tipo de máquina se activó y, de pronto, toda la estancia pareció iluminarse con una luz amarillenta y suave.

Filas y filas de estanterías repletas de latas, paquetes y bolsas en perfecto estado, el cableado perfectamente empalmado y las estanterías en su lugar evidenciaban que aquel bunker había sido reparado y acondicionado recientemente encontrándose en pleno funcionamiento.

Su primer trabajo, hace más de un siglo, había sido precisamente en aquel bunker que, encargado por humanos poderosos, nunca pudo utilizarse. El hombre quemó el mundo, y a casi toda la vida en él, antes de que alguien estrenara aquella fortaleza. Lástima, nadie había podido apreciar la belleza de un trabajo bien hecho y una programación cumplida al detalle.

Es que nada quedaba en aquel mundo en cenizas, infestado por una humanidad que, deforme física y mentalmente, trataba de aplazar el inevitable fin programado en su mismo ADN, irreversiblemente degradado y en cenizas como todo lo demás.

Una señal de alerta le advirtió de algo que pasaba en el exterior. No necesitó mirar el monitor de seguridad, sabía lo que era… Por fin habían llegado.

Satisfecho con las reparaciones realizadas, subió rápidamente y sin esfuerzo los tres tramos de escalera que le llevaron a la puerta exterior, asegurándose cada vez de que cada uno de los pesados portones de acero y concreto quedaran bien cerrados y ajustados tras de si.

Al lado de la última puerta le esperaba un bolso de colores que tomó antes de salir al aire maloliente del exterior. Mientras se aseguraba de que el bunker quedara herméticamente cerrado, escuchó claramente como la muchedumbre reunida afuera gritaba

Prometeo, Ladrón. Devuélvenos  lo nuestro.

Sin inmutarse, tomó nuevamente el bolso y se dirigió hacia la cerca que le separaba de la multitud. Destacándose del grupo, un hombre anciano se adelantó reclamando silencio y obligando a los demás a escucharlo.

SNAB182534, conocido como Prometeo S05, “El Viejo”. Rompiste la ley y has robado a tus dueños.  Has perdido el derecho de reprogramación, devuelve lo mío y preséntate para ser desensamblado.

Un murmullo de excitación recorrió el grupo al observar que el androide les daba la espalda y se arrodillaba para abrir el bolso. Con una extraña delicadeza, tomó un pequeño bulto envuelto en una hermosa tela bordada color azul. Con el bultito en brazos, se dirigió hacia el grupo que irrumpió en vítores y celebraciones al otro lado de la cerca.

Sin embargo, la celebración en los rostros demacrados y deformes se transformó en sorpresa al ver que en aquellos brazos robóticos, reluciente y brillante,  había uno de aquellos antiguos artilugios que los humanos habían usado un siglo atrás para destruirse.

Extrañamente, por instinto, la multitud trato de acercarse más al androide y su carga como quien busca aproximarse a lo que será su redención. La providencia parecía premiarles con sus más caros deseos, y la posibilidad verdadera de terminar su condena se encontraba allí en brazos de aquella estúpida maquina con piernas.

Sin el más minimo atisbo de duda y con la más absoluta precisión mecánica. Fue activando uno a uno los controles en el aparato. Antes de oprimir el último, levantó la cara hacia la multitud y con su desafinada voz mecánica les informó:

Viejo, pero no obsoleto –. y con un movimiento seguro, detonó el explosivo que arrasaría con los allí presentes y todo lo demás en cientos de kilómetros a la redonda.

Algunos días después, luego de que se asentara el polvo y se enfriara la tierra, el paisaje no había cambiado mucho mostrando La misma desolación y oscuridad que por décadas le había caracterizado.


En uno de los compartimientos de aquel bunker, en lo profundo de la tierra, otro androide manipulaba algo sobre una mesa. Juguetonamente, una pequeña forma humana tomaba un dedo de las tres manos de aquel viejo androide pediátrico que le cambiaba el pañal en el más tradicional estilo.

Era este el objeto robado a aquellos hombres y por el que Prometeo había decidido inmolarse para asegurar su supervivencia. Un bebé humano sin mácula genética, una niña perfecta, la primera después de un siglo de decadencia y destrucción. Una esperanza de futuro que sobreviviría en aquel bunker hasta que pudiera salir al exterior y sanar la humanidad. Todo gracias a un androide “viejo, pero no obsoleto” que decidió cumplir con su programación y reparar el mundo.




Puedes escuchar La Lectura de este relato
en mi Canal de Youtube






 



miércoles, 23 de noviembre de 2022

Ojos en la Oscuridad (Microrrelato)

El vaivén de la cubierta parecía no afectar a la delgada figura parada a un costado de aquella goleta a plena vela. Rodeados por una densa neblina, los relámpagos iluminaban apenas la demacrada cara en la que unos ojos penetrantes aparentaban buscar algo en la oscuridad.

Un punzante dolor obligó al hombre a encogerse sobre sí mismo con las manos en su vientre. Sabía lo que lo causaba, era el hambre que le atacaba desde que, ya hace algunos días, no se alimentaba. El viaje se había alargado más de lo que esperaba y el cancerbero de su prisión se había elevado 30 veces en el cielo desde la partida.

Echó una mirada hacia el timón donde otra figura se movía acompañando el giro descontrolado de la rueda. Era el último de las 10 almas que comenzaron el viaje y aun se mantenía en su puesto, atado al timón y sosteniendo entre sus manos aquel rosario, símbolo de la inútil fe que no les había salvado de la muerte a él o a sus hombres.

Figura de un hombre delgado parado en la proa de un barco mirando hacia el mar durante una tormenta.
Algo pareció llamar su atención haciéndole olvidar el dolor. Allá afuera, apenas a unas millas de distancia, vislumbró al fin lo que sería su destino. Las tierras por las que había asumido el riesgo de atravesar el mar, y en las que por fin comenzaría a desenredar la madeja final de su destino. Allí estaba Inglaterra, donde él comenzaría la leyenda que obligaría al mundo a pronunciar con terror el nombre de DRÁCULA.







lunes, 10 de octubre de 2022

El Contrato

Una brisa suave entró por la puerta que daba al balcón. Cálida para las demás personas, para él era tremendamente helada así que hubiera dado lo que fuera por cerrar aquella puerta. Pero eso habría significado tener que abandonar la cama, y al tibio cuerpo que le acompañaba en ella.

Así que, ignorando la inoportuna brisa, buscó el calor de su compañera colocándose de costado, su pecho contra su espalda, y abrazándola suavemente. Entre sueños, la chica atrapó su brazo apretándolo contra su pecho desnudo como buscando a su vez protección y abrigo.

El hombre sonrió para sus adentros, pensando en lo que provocaría en los suyos si se enteraran de ese momento de sensibilidad que estaba mostrando con esta chica. Y es que para ellos, y para él mismo la mayor parte del tiempo, esa chica y su gente eran solo un medio para llegar a un fin.

Un movimiento involuntario en la parte baja de su cuerpo le sacó de sus cavilaciones. Rápidamente, pero con toda la suavidad de la que era capaz, abandonó la cama. Sabía lo que aquel movimiento en su entrepierna significaba, había apostado incontables veces a su poder sobre los hombres para favorecer sus “negocios”,  y no estaba seguro de resistir incólume si se dejaba llevar.

Desnudo y en silencio, caminó hacia la mesita del minibar y se sirvió un trago de Ron fijando su vista en un papel que se encontraba sobre la mesa. Solo tenía algunos párrafos escritos a mano y, al final, una firma. Una firma y la huella de un beso... Un beso de aquella mujer cuyo cuerpo también desnudo se empeñaba en devolverle en su reflejo el espejo del minibar.

Tomando el papel en una mano y el trago en la otra, el hombre se dirigió al balcón y se sentó en una amplia silla desde la que podía observarse la “grandiosidad” de la ciudad. Otro intento de sonrisa trató de aflorar en su rostro. Desde aquel penthouse en un piso veinte él no veía grandiosidad por ninguna parte, solo veía un pantano en el que los humanos se agrupan y aparean, gestando pasiones nuevas a partir de pecados antiguos.

No se quejaba, era en ese lodazal donde prosperaban sus negocios. Y, a pesar de la mala fama, muy pocas veces necesitaba recurrir a tretas sucias  para lograr sus objetivos. En estos días a la gente ya parecía importarle poco las consecuencias de sus actos. A veces extrañaba los viejos tiempos en los cuales debía exhibir su pericia en el arte del engaño y cada negocio cerrado era una victoria en la que, de verdad, triunfaba el mejor.

Sin embargo, el mundo no dejaba de sorprenderle. Entre el lodazal y la porquería siempre surgían excepciones en la condición humana. Y es allí, con esas excepciones, que en verdad se lucía. Es que sentía una especial satisfacción en atraerlos a “su” mundo y, al final, lograr atraparles en sus redes tal y como a todos los demás.

Y en la cama de aquella habitación estaba una de esas excepciones. Una de esas almas que florecen en el lodazal y que siempre le han ofrecido la oportunidad de demostrar lo fáciles que son de hundir… y en la mano, con aquel papel, tenía la prueba de su victoria sobre ella.

Solo que, por primera vez desde que hacia negocios, no sentía satisfacción por el éxito obtenido. Es que en algún momento comenzó a sentir cosas, no sabía cómo llamarles, y aquella chica llegó a convertirse en una posibilidad real de dar fin a su camino en soledad. Aquella chica, hija de aquel mundo donde hacía sus “negocios”, era a la vez esperanza e incertidumbre de un destino hasta ahora inexorable.

Un ligero resplandor en el horizonte, perceptible solo para ojos acostumbrados a la oscuridad más absoluta, le advirtió de la llegada del amanecer. Se levantó de la silla y entró a la habitación en búsqueda de su ropa. Mientras se vestía, repasó con la vista el hermoso cuerpo sobre la cama. Esa chica que aquel papel decía era suya y a la cual había conocido libre.

Sabía que, al despertar, ella sabría lo que había hecho. Le reconocería y comprendería la magnitud de su propia locura. Y entonces le odiaría, como todos. Sin importar lo que por ella sintiera o lo que el futuro deparara.

Con la suavidad de quien acaricia una rosa, el hombre rozó con su dedo la mejilla de la chica hasta seguir el contorno de sus labios. Luego, tomando nuevamente la hoja de papel, se dirigió al balcón.  Ya con vista a la ciudad, levantó su mano observando el papel que aun sostenía. Suspirando, elevó la mano hasta la altura de su cabeza y la sacudió enérgicamente. 

- ¡Rescindido! – dijo, y el papel, en medio de una llamarada azul, desapareció en el aire.

Luego, mirando hacia arriba, el hombre amenazó con su puño y dijo por lo bajo

- Ni creas que ganaste nada, ella es irrepetible y lo más probable es que igual sea mía luego… Cada segundo alguien firma un contrato con sus demonios, uno menos no enfriará el infierno.

Dio una última mirada a la ciudad que ya brillaba con la luz del amanecer. Luego, con una sonrisa diabólica y un gesto de furia, dio un salto sobre la baranda del balcón regresando al mundo en búsqueda de nuevos negocios.








lunes, 3 de octubre de 2022

Amílcar (Cuento corto: 1era Parte)

La verdad, no podría decir que fui amigo de Amílcar. No recuerdo haberle visto nunca jugar con otro niño o que coincidiéramos en algunas de esas pocas reuniones que podíamos permitirnos allá en los años en que nuestro caserío era más un casa de vecindad que un centro poblado real.

A pesar de que trato de exprimir mis recuerdos al máximo, solo me ha sido posible llegar hasta  verlo, ya con unos siete años, llevar el almuerzo a su papá religiosamente cada día allá al pequeño y pedregoso terreno donde luchaba por cultivar sus hortalizas. Siempre caminando, en la misma vianda metálica y siempre con esa especie de gorro rastafari de lana tejida cubriéndole la cabeza.

Nadie hablaba de eso, pero todos sabíamos por nuestros padres que Amílcar había nacido afectado por  una rara enfermedad que hacía que su cabeza fuera más grande de lo normal y que siguiera creciendo con los años. Poco sabíamos de estas enfermedades en un campo en el que apenas veíamos otras personas, pero con el tiempo y los estudios asumí que la dolencia del pobre Amílcar era algún tipo de hidrocefalia, condición terrible por lo demás y que aún hoy puede tener en muchos casos un pronóstico poco alentador.

Fuera lo que sintiera o lo difícil que resultara para Amílcar su condición, el hecho es que el chico era un alma bastante solitaria que, cuando no hacia algún encargo para sus padres, vagaba por los campos murmurando por lo bajo lo que pensábamos eran las oraciones que su madre, rezandera de vocación, le habría enseñado y el chico no paraba de recitar para sí, deteniéndose solo cuando pensaba que alguien más le escuchaba. Esa costumbre de murmurar permanentemente y la soledad a la que se sometía voluntariamente nos hacían sospechar que, además de la deformidad física, algo más no andaba bien en su cabeza.

Sin embargo, y a pesar de lo raro, la gente del caserío apreciaba al niño y a sus padres y a nosotros la dura vida del campo nos absorbía la mayor parte de nuestro tiempo por lo que nadie se preocupaba mucho por lo que hacía o deshacía.

Las cosas cambiaron con la llegada de la carretera nacional que conectó la región con la capital y los principales puertos del país. Nuestro caserío pasó de unas cuantas docenas de habitantes a un par de centenares en el primer año y cerca de los dos millares en los años siguientes. La modernidad había llegado a nosotros y, con ella, el infierno para Amílcar.

Para el pobre chico debió ser extraordinariamente difícil ver como diariamente aparecían construcciones y caras nuevas en nuestro normalmente placido caserío, con personas que exhibían extrañas costumbres y desacostumbrados prejuicios en un pueblo en el que tradicionalmente todos éramos casi familia. Los hijos de los nuevos habitantes pronto comenzaron a hacer de Amílcar blanco de burlas con referencias soeces y despectivas sobre su supuesta deformidad y el gorro con el que la ocultaba. Sin embargo, y a pesar de las burlas, Amílcar seguía llevando diariamente la comida a su padre en un religioso acto que sus enemigos aprovechaban para esperarle y montar una especie de show en el que burlarse del “fenómeno” era la consigna.

Una de las últimas veces que vi a Amílcar está fijada en mi memoria como uno de esos hechos que marcan las vidas de las personas y le acompañan para siempre.  Una tarde, los niños “fuereños” le arrinconaron a la salida del caserío con sus clásicas burlas y gritos. Hasta entonces jamás le habían agredido físicamente pero ese día James, un regordete niño “fuereño” de mala actitud, trató de arrebatarle el gorro a la fuerza tirando de él con tanto vigor que Amílcar cayó al suelo de espaldas mientras el agresor seguía halándolo con violencia.

La reacción de Amílcar fue terrible, gritó con un llanto desgarrador como si estuvieran tratando de arrancarle en carne viva una parte de su cuerpo… aferrando desesperadamente su gorro, tiraba y se revolcaba en el piso tratando de liberarse de su agresor mientras los demás niños gritaban y reían por lo que su amigo hacía.

De pronto una piedra golpeo la espalda del niño agresor obligándolo a soltar a Amílcar con un grito de dolor. Sorprendido, vi como por el puente viejo mi prima Elisa y al menos otros seis niños del caserío dejaban su carga en el suelo y corrían hacia el grupo que agredía a Amílcar. En segundos se armó allí una verdadera batalla campal, en la que me temo también me vi involucrado, y de la que los "fuereños" llevaron la peor parte por no ser rivales para un grupo de niños acostumbrados a la rudeza del trabajo de campo.

Terminada la batalla con la huida de los agresores, en el piso aún se encontraba el pobre Amílcar llorando a lágrima tendida y con sus manos aún sosteniendo fuertemente su gorro. Pasó más de una hora antes de que se calmara lo suficiente para incorporarse y permitir que mi prima lo limpiara un poco. Fue curioso darnos cuenta que era la primera vez que estábamos tan cerca de Amílcar y, sin embargo, él parecía reconocernos a todos y confiar lo suficiente para permitirnos sacudirle y tratar de arreglar un poco su ropa… evitando siempre que tocáramos su gorro.

Fue allí donde por primera vez comenzamos a darnos cuenta de la importancia real que aquel gorro tenía para Amílcar. Aquel gorro, aparentemente tejido especialmente para él, contaba con unos pequeños ojales en los bordes de los cuales se extendían unas coloridas cintas tejidas con el mismo hermoso diseño. A través de estos ojales sobresalían delicadas trenzas del cabello del niño cuidadosamente elaboradas con un indudable estilo tribal que revelaba el origen indígena de su familia. Aquellas trenzas tribales se unían a las cintas tejidas del gorro haciendo que el cabello de Amílcar y su gorro, en realidad, fueran una unidad.

- Lo estaban “mechoneando” – me dijo mi prima con los ojos lluviosos por la pena, refiriéndose al daño que aquellos niños le hacían a Amílcar al tratar de quitarle el gorro por la fuerza.

Ya un poco más calmado y limpio Amílcar, nos dispusimos a regresar a nuestras casas a sabiendas del problema que se presentaría allí cuando se supiera lo de la batalla con aquellos niños. Sin embargo, antes de seguir camino, el niño nos regaló una sorpresa que jamás habríamos esperado. Aun cojeando ligeramente, caminó hasta mi prima Elisa y, colocando suavemente las manos sobre sus hombros, inclinó su frente hasta tocar la de ella. Ese contacto, que hasta entonces nos hubiera parecido imposible, se repitió con cada uno de nosotros y nos entusiasmó más que la misma pelea de minutos antes... Amílcar en verdad era uno de nosotros.

Aquel impensable acto, totalmente incompatible con lo que sabíamos de la naturaleza de aquel solitario niño, fue tan impactante que la mayor parte de nosotros olvidó la frase que, en un murmullo, repitió en cada saludo realizado. Solo ahora que escribo estas líneas aquellas palabras vienen a mi mente tan claras como el día que las escuché.

- Gracias por cuidarme… ahora viene el otro Amílcar – 

En aquella época, aquella promesa de cambio del niño me pareció muy apropiada y reflejó de alguna manera lo que todos estábamos sintiendo, apabullados como estábamos con nuestra incipiente adolescencia y las transformaciones que nuestras vidas estaban enfrentando. Ahora que lo pienso, sin embargo, aquellas palabras de Amílcar también fueron premonitorias de las cosas inimaginables que vendrían después.

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Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar. Puedes ver aquí las otras entregas de mi relato.

1. Amílcar

2. La batalla por la cercania 

3. Sombras en la maleza.

4. El Quiebre 

5. La Partida

6. La verdad bajo el gorro



martes, 20 de septiembre de 2022

Los Monstruos Existen

La mujer cerró los ojos mientras sentía como aquel líquido extraño entraba en sus venas. Escapó así momentáneamente de las cosas que pasaban en su presente, y la oscuridad que escogió se convirtió en el ambiente perfecto para proyectar su vida una vez más.

Claramente pudo pasearse por sus inicios en los que reconoció todo era más difícil. En aquellos tiempos cada paso y cada decisión tomada eran el resultado de una lucha interna que en algún momento llegó a ser épica. 

Pero aprendió rápido. Sabiamente ocultó sus instintos dejando que afloraran poco a poco, disfrazándolos de esos mismos preceptos morales que le habían inculcado en su niñez. Poco a Poco aquellas voces internas que le increpaban callaron y pronto sus deseos se volvieron sus reglas, su moral… su “se debe”.

Y entonces nació de nuevo. Surgió como lo que siempre debió ser, la dueña de su destino, La reina en una creación de mojigatos incapaces de servirse de ella según su real gana. Y vaya que le sacó provecho... Por décadas, la sangre y el horror ajeno impartido por su mano le dieron contexto a este mundo gris y sin sentido al que no pidió venir pero que se propuso vivir hasta el final.

Ahora, tendida en ese camastro mientras las gotas que fluían de aquella botella agotaban su vida, pensó que el mundo era mejor por su obra y que la definición de monstruo al final no era lo que le habían contado.

"Los monstruos son reales,
y los fantasmas también:
viven dentro de nosotros y,
a veces, ellos ganan".
 
Stephen King.



Relato Original de mi autoría
participante en el Microrreto del mes
de Septiembre de 2022
de EL TINTERO DE ORO

 

 

jueves, 3 de junio de 2021

Legiones. Relato Corto

Impaciente, la niña observó por enésima vez el reloj en la pared. Le parecía terriblemente aburrido tener que esperar hasta la hora señalada pero había cometido la estupidez de convocar a esa hora y ya no podía retractarse o no llegarían todos. Para el futuro tendría que programarse mejor.

Miró por la ventana de la sala con la esperanza de observar un relámpago o un trueno que la sacara de su aburrimiento. Solo la impasible lechuza del gran árbol del patio montaba guardia a la entrada de su agujero.

Un movimiento sobre el alfeizar de la ventana llamó su atención. Aparentemente después de trepar desde el exterior, un pequeño insecto parecido a una cucaracha trataba de entrar a la casa por la ventana abierta. Tal vez era algún tipo de escarabajo,  pero no podría asegurarlo.

Lejos de asustarse por la presencia de aquel bicho, la niña pareció alegrase de encontrar algo para entretenerse. Puso su mano con la palma hacia arriba y lo empujo con un dedo hasta subirlo. Elevándolo hasta su rostro, le sopló con delicadeza el polvo del caparazón y le sonrió con cariño.

No entendía como las personas podían odiar tanto a criaturas tan hermosas y delicadas. Solo querían vivir sus vidas sin molestar a nadie.  Y lo hacían en los rincones de la casa más ocultos y alejados para que nadie se ofendiera o asustara de su presencia. Esta cosita en particular había decidido vivir afuera, en las bases de la casa, para que ni siquiera sus patitas dejaran un rastro que la delatase.

Cuidadosamente llevó el insecto hacia el interior de la casa. Alumbrándose con la linterna se dirigió hacia una pequeña mesa en una esquina de la habitación.

Perdón por la luz chicos, pero no puedo ver en la oscuridad y no quisiera pisarlos —dijo, mientras caminaba por la habitación casi en puntas de pies.

Es que a su paso, pequeñas sombras se apresuraban a apartarse con una notoria aversión al suave círculo de luz emitido por la linterna de mano.

Un poco más de atención habría permitido a un observador curioso reconocer en aquellas sombras a decenas de insectos bastante parecidos al que ahora llevaba en su mano y que, en este caso no había duda, eran cucarachas… decenas, tal vez cientos de ellas huyendo de la luz.

En su afán de caminar cuidadosamente, la niña trastabilló hasta casi caer. Tratando de proteger al insecto que llevaba en la mano, su linterna rodó por el suelo alumbrando con más amplitud la habitación donde se encontraban. Aunque la recuperó con rapidez, los segundos de luz proporcionados mostraron que las decenas de sombras delante de la niña se multiplicaban por millares en el resto de la habitación.

Habitación de una casa con muebles, pisos y paredes cubiertos de insectos
En una escena dantesca, millones de insectos de infinidad de especies se amontonaban en un agitado mar de antenas, patas y alas de toda forma y tamaño. Al huir de la luz, los cuerpos en fuga producían un tétrico entrechocar que recordaba el rasguñar de la madera en el bosque.

Ya va, ya va, ¡Tropecé!  ¿entienden? Hoy son muchos más, hay que entrenar un poco para ser más ordenados.  

Miró hacia arriba tratando de percibir alguna señal de que alguien había sido alertado de lo que pasaba en la sala. En un momento, su duda se disipó y, más tranquila, colocó su amigo junto a un montón de la misma especie que esperaba sobre una pequeña mesa.

De todas formas, dudaba que alguien quisiera bajar, aun habiendo escuchado algún ruido. Todos sabían, de alguna forma, del vínculo que se había formado entre ella y sus amigos desde que se habían mudado a aquella casa. Sabían, pero el miedo les obligaba a callar y hacerse los ignorantes.

Ahora tenían miedo, claro. Por sus nuevos amigos, pero antes se burlaban, la humillaban. En especial el idiota del novio de su hermana. No perdía oportunidad de lucirse, burlándose, poniéndole apodos, arrojándole cosas. 

Solo que cometió el error de hacerla enojar, de tratar de quedarse con su habitación para estar cercar de su hermana. Una vez allí, trató de acabar con sus amigos y ella no lo podía permitir. Ahora, el estúpido se encontraba en un hospital, con lo que los médicos llamaron “una crisis psicótica”, hablando cosas de “cucarachas, arañas y bichos asquerosos que se le subían por todo el cuerpo y lo mordían”.

Aun no podía creer el infierno que había desatado aquel estúpido aquella noche apoyado por su misma familia. Decenas, tal vez cientos, de sus amigos habían perecido aplastados, envenenados o simplemente asfixiados en un sanguinario desenfreno que ella no había podido evitar.

Primer plano de niña en la penunmbra. Con una sonrisa diabólica y cubierta de insectos
No lo pudo evitar, pero si lo pudo cobrar. La noche siguiente sus amigos y ella le mostraron de lo que era capaz al estúpido, y a su familia traidora que lo apoyó. Y, como dijo, él estaba ahora en un hospital y sus padres, hermano y hermana en sus cuartos sometidos por el miedo.

Y ella estaba allí, con sus amigos, regodeándose en su poder sobre ellos recién descubierto y en los planes que gestaba para el futuro. Los entrenaría, les enseñaría como trabajar al unísono. Le enseñaría a sus legiones cómo convertirse en un único insecto, gigantesco, poderoso, invencible. … y luego saldrían al mundo, a tomar lo que por derecho les pertenecía.

Allí, en ese momento, la humanidad parió un enemigo.



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lunes, 17 de mayo de 2021

Relato: Sombras

Vencido por la momentánea incapacidad de sus pulmones para oxigenar su sangre, el muchacho calló de rodillas sobre las rocas del camino. Desesperado, inhaló todo el aire que su boca fue capaz de atrapar en un intento por recuperar el aliento después del extraordinario esfuerzo por correr hasta allí a través del bosque.

¡Ya viene, corre! –  La voz en su oído lo sacó bruscamente de sus pensamientos obligándolo a levantarse y a tratar de seguir avanzando sin saber hacia donde se dirigía. Apremiado por aquella voz, y por la sensación opresora de que algo lo seguía, solo se concentró en obligar a sus pies a moverse entre las hojas y las ramas que alfombraban el suelo.

¡Más rápido, ya viene! – la voz delante de él parecía llamarle, guiarle en una huida que por alguna razón parecía ser cosa de vida o muerte. 

En la mañana de ese día, la idea de hacer un tik tok en la entrada de la abandonada mansión de la tía Emilia parecía divertida. Máxime cuando la belleza del barrio puso en duda su valor para llevar a cabo el reto. No creía en los cuentos de viejas locas y niños asesinados que se decían en la ciudad y los enormes ojos de la chica eran una promesa de mucho lujo como para pasar por un cobarde. Así que, no muy convencido, recogió el reto y se preparó para la hazaña.

¡Para!.. ¡Para! – la voz le obligó a detenerse nuevamente en la oscuridad. La orden llegó justo a tiempo, delante de él se extendía el borde de una barranca que se escondía entre las sombras como la boca del lobo que espera oculto su presa. En su carrera desenfrenada, el muchacho había olvidado que solo había un camino para regresar a la carretera principal y pasaba por un viejo puente peatonal que, desde donde estaba, no podía ver.

Ella está aquí, ¡Corre! – dijo la voz, esta vez desde su izquierda, pero el agotamiento había afectado sus reflejos y esta vez solo acató a mirar atrás hacia el camino recorrido. Solo alcanzó a percibir las mismas sombras que, amenazadoras, parecían rodearlo jugando con su imaginación. 

Sin atreverse a reaccionar, su atención se dirigió hacia una de aquellas sombras que, de repente, pareció destacarse entre las otras. Aquella sombra, que vagamente recordaba una figura humana, se desplazó por el bosque aumentando de tamaño como si fuese una proyección que usara árboles y arbustos como pantalla. 

¡Te quiere, como a nosotros!... ¡CORRE!.. - La presurosa voz en su oído  funcionó como una descarga eléctrica que le puso en movimiento bordeando la barranca. Podía sentir en la piel de su nuca la sombra maligna tras del él. Y, esta vez estaba seguro de que no lo imaginaba, podía ver huyendo delante de él a la otra pequeña sombra que le guiaba. 

La primera vez que la sintió fue al llegar a la vieja casona un poco antes. Parado en la entrada de la casa, sobre los viejos tablones de madera, comenzó a grabar el mensaje que pensaba le aseguraría los favores de su amiga. De súbito, sintió como unas pequeñas manos lo empujaban por la espalda con tanta fuerza que perdió el equilibrio y cayó al piso fuera de la casa. Inmediatamente un trozo de viga del techo pareció rodar y caer justo en el sitio donde estaba parado antes de su caída. El peso de la viga y la fuerza del golpe fueron tales que abrieron un enorme hoyo en el piso de madera. Hubiera muerto sin duda alguna de no haber sido… ¿empujado?

En aquel momento, desde el piso, la sorpresa se transformó en pánico ante la figura aparecida en la puerta de la vieja casona. Como en una película de terror, una espantosa mujer le miraba con ojos inyectados en sangre. De traje y sombrero como en esas viejas fotografías de la abuela, la mujer levantó un palo, tal vez un bastón, haciendo gestos amenazadores hacia él en una espantosa mímica que mínimo presagiaba una paliza.

¡Corre tonto, va a atraparte! – Dijo aquella voz, dejándose oír por primera vez. Y fue tanto el apremio que, sin pensarlo dos veces, se levantó y salió a escape buscando el camino por el que había llegado.

Una vez más sin respiración, tuvo que detenerse para recuperar el aliento. – No tienes tiempo, está aquí – le urgió la voz, pero no tenía fuerzas para atender la urgencia con la que le apremiaba. 

Con gran esfuerzo dio un paso hacia adelante intentando seguir el camino. Pero en ese momento, algo pesado le golpeo en mitad de la espada con tanta fuerza que tuvo que arquear los hombros hacia atrás para soportar el dolor. Sea lo que fuera, mujer o sombra, lo que le perseguía le había alcanzado en aquel momento de debilidad y le había demostrado sus intenciones con ese único golpe poderoso.

Un súbito empujón de adrenalina le hizo tomar una gran bocanada de aire y sus pies se movieron con una energía impensable un segundo antes. La luz de la luna logró colarse por entren las ramas y un camino parecía extenderse delante de él permitiéndole ver, a escasos metros, como su sombra guía escapaba rauda por allí. 

¡El puente, allí está el puente, si llegas a la carretera no podrá seguirte! – le urgió aquella voz.


En efecto un brillo blanco, más brillante que el que la luna le regalaba, revelaba la presencia de las luminarias de la carretera principal. Unos pasos antes, pudo diferenciar la estructura del destartalado puente de madera ya a unos pocos metros de distancia. No quiso mirar atrás, pero cada milímetro de su piel sentía la presencia maligna que le seguía, y que sabía no descansaría hasta alcanzarlo. 

En un último esfuerzo, y sin ver nada más que aquella luminaria, cruzó raudo el puente salvador sintiendo como las viejas tablas crujían quejándose bajo sus pies. Agotado hasta casi el desmayo, cayó al otro lado en la carretera de asfalto, sintiendo como su pecho parecía abrirse en dos por el titánico esfuerzo para respirar.

Tuvieron que pasar unos minutos antes de poder levantar la cabeza y atreverse a mirar el camino andado. Entre las sombras vio claramente a un niño mirándolo sonriente al otro lado del puente, como si le divirtiese alguna picardía. 

Mirando hacia un lado de la barranca, impulsado por algo que vio, el niño corrió hacia el lado contrario desapareciendo en el bosque. Tras él, de entre la maleza, surgió otra figura esta vez perfectamente reconocible a la luz de la luna. Era aquella mujer, bastante mayor, con un recatado vestido de falda ancha hasta el tobillo,  un amplio sombrero y un peculiar bastón en la mano.  

Dando una última mirada al muchacho al otro lado del puente, la mujer extendió su bastón hacia él de una forma amenazadora y partió tras el niño en la profundidad del bosque. 

Mirando el brillo en el horizonte que revelaba la llegada del nuevo día, el muchacho comprendió de pronto que había sido testigo y victima colateral de un encuentro entre dos almas en pena que le habían tomado como premio. Un encuentro que vaya usted a saber desde hace cuánto se libraría y que aparentemente, gracias a Dios, el niño había ganado en esta oportunidad.

Ya recuperado, se levantó del suelo y tomo el caminó principal hacia la ciudad. Una sonrisa apareció de repente en su rostro, acababa de darse cuenta de que había perdido el móvil con la prueba de su visita a la vieja casona. Después de todo, aquellos grandes ojos tendrían que esperar, no pensaba ni en un millón de años volver a reclamar su teléfono. En realidad, dudaba tener que hacerse de uno en algún tiempo.


Nota: Esta historia de ficción está basada en la leyenda de la CASA DE LA TÍA TOÑA. Esta casona, ubicada en pleno bosque Chapultepec de la ciudad de México, es protagonista de una leyenda urbana plagada de locura y crímenes. Alimentada por las historias populares, la casa se ha convertido en un atractivo casi turístico que ha provocado varias muertes por el deseo de las personas de comprobar el mito. 


Puedes escuchar el relato Aquí (10:29 min)

 
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sábado, 8 de mayo de 2021

Microrrelato: La Fuga

Cinco años planificando, preparándose para ese día.  Memorizó calendarios, planos y rutinas. Aprendió a reconocer cada ruido externo, cada sonido ocasionado por el viento contra su prisión.

Tanto cuidado para preparar su plan de fuga y ahora todo parecía irse al demonio. Allí parado en la calle, a medio centenar de metros de la libertad, el miedo más profundo le paralizaba al observar con terror lo único que no había previsto.

Es que en la estrecha vereda, justo en medio de él y su libertad, la materialización de sus más oscuras pesadillas le miraba con maléficos ojos. Ojos en los que se revelaba cierto brillo de burla.

Toda una vida creando hábitos seguros basados en el miedo. Tanto calcular movimientos para evitar encuentros fortuitos y allí estaba el maldito mirándole, saboteando su vida una vez más.

De pronto, aquel engendro del infierno dio un pequeño paso hacia adelante y esa cosa asquerosa salió de su boca en búsqueda de quién sabe qué presa en la oscuridad… Y eso fue todo. De un salto dio la espalda a su enemigo y, con la premura del que huye del diablo mismo, corrió a la seguridad de lo que antes consideraba su prisión y ahora veía como su refugio.

Ya en su cama, el hombre comenzó nuevamente a planear su futura fuga. Comenzó a registrar nuevamente planos, sonidos y rutinas. Pero esta vez tomó nota mentalmente - Para el día cero, asegurarse de que ¡NO HAYA SAPOS!

 


Nota: La Bufonofobia (Miedo irracional y exagerado a los sapos) es uno de los cientos de trastornos de ansiedad comúnmente conocidos como “Fobias”. Aunque sus síntomas varían en cada persona que la padece, esta fobia es un problema real que puede resultar incapacitante y reviste cierta gravedad en casos en que la ansiedad se torna crítica. 

Aunque a muchos puedan parecer exageradas y hasta divertidas, las fobias son un problema serio y las personas que las padecen requieren apoyo y ayuda externa para superarlas o, al menos, convivir con ellas.

Para saber mas: Bufonofobia (miedo a los sapos): síntomas, causas y tratamiento


 Puedes escuchar el relato Aquí (3:50 min)

 
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