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lunes, 16 de febrero de 2026

Amilcar: La batalla por la cercania

Niño delgado con gorro tribal camina lentamente por un sendero rural al atardecer, observado por otros niños a lo lejos.
Nunca supe explicar por qué, después de aquella pelea con los “fuereños”, Amílcar empezó a buscarnos. No era evidente ni mucho menos; seguía siendo el mismo niño silencioso, de pasos cortos y mirada huidiza, pero ahora había en su forma de acercarse un reconocimiento tímido, como si hubiéramos cruzado juntos una frontera invisible entre su soledad y nuestro mundo.

Ese acercamiento, sin embargo, no era sencillo para él. Lo que para nosotros era un simple caminar hacia el río, para Amílcar representaba una batalla física que no podía disimular. Avanzaba con una lentitud dolorosa: un paso, pausa, mueca de esfuerzo extremo, como si cada movimiento le costara una fuerza desproporcionada. El polvo de la carretera nueva ya empezaba a cubrir los caminos viejos y traía consigo un olor lejano a gasolina y escape que antes no existía. Todo cambiaba alrededor, pero Amílcar parecía cambiar más rápido que el paisaje.

Elisa fue la primera en intentar romper ese muro. Una tarde le ofreció un puñado de guayabas silvestres. Amílcar estiró la mano; vi cómo sus dedos temblaban de forma antinatural, los tendones marcados bajo la piel como cables al límite. Justo antes de tocar la mano de mi prima, su brazo dio un sacudón brusco, un espasmo violento que lo obligó a retroceder varios pasos. Bajó la mirada, avergonzado, mientras el murmullo bajo su gorro se aceleraba, casi frenético, como si recitara una oración a toda velocidad para calmarse… o para callar algo más.

Está bien, Amílcar, no pasa nada —dijo Elisa con paciencia infinita.

Pero sí pasaba. Y todos lo sabíamos, aunque no tuviéramos nombre para nombrarlo.

Niño intenta trepar un árbol en un claro boscoso
Semanas después, en el claro detrás del viejo galpón, intentamos enseñarle a trepar un árbol pequeño, apenas un tronco inclinado con un par de ramas fuertes. Para nosotros era un juego; para él, una prueba imposible.

Elisa lo animaba desde abajo. Amílcar puso un pie sobre la corteza, tembloroso. Pero en cuanto intentó impulsarse, su cuerpo se bloqueó. No fue torpeza: fue como si sus músculos se negaran a obedecer. La pierna tembló en el aire, los tendones del cuello se pusieron rígidos y su cabeza se echó hacia atrás con tal fuerza que perdió el equilibrio. Cayó de espaldas con un golpe seco que levantó polvo.

El grito que soltó fue puro alarido de frustración y rabia contenida. Elisa se arrodilló al instante para ayudarlo, pero cuando puso las manos sobre sus hombros, el gorro de lana se tensó de golpe. Vimos, o creímos ver, un abultamiento bajo la tela que se movió una vez, como si algo empujara desde dentro, y luego latió una, dos veces, con un ritmo seco y profundo que se sintió más que se oyó, como un puño pequeño golpeando madera hueca.

Amílcar se soltó con una urgencia aterradora, casi empujándola, y se alejó gateando varios metros antes de levantarse y correr hacia los matorrales. Mientras huía, los murmullos ya no sonaban a disculpas; eran más graves, entrecortados, como si respondiera a una pregunta que nadie había hecho.

Nos quedamos en silencio un buen rato, sin atrevernos a hablar de lo que habíamos visto. Pero los niños no aguantamos mucho el silencio, y al final, mientras pelábamos mandarinas en el patio de Elisa, las palabras salieron solas.

Cuatro niños sentados en círculo pelan mandarinas bajo una lámpara nocturna.
Fue como si tuviera un segundo corazón ahí arriba —dijo Toño con los ojos muy abiertos—. Mi abuelo decía que cuando la cabeza se hincha mucho por el agua, el líquido late como si fuera sangre, como un tambor dentro del cráneo.

Elisa pensó un segundo y murmuró:

Mi mamá dice que el gorro está tejido con las trenzas de su abuela para que nada se escape. Que si late es porque el agua está muy presionada y quiere salir. Por eso no deja que nadie lo toque: si se afloja el gorro, todo se desborda y se muere.

Mariela arrugó la nariz:

O tal vez es el alma que se mueve. Mi tía la rezandera dice que cuando uno nace con la cabeza así, a veces trae dos espíritus y uno se queda atrapado atrás, latiendo para que lo dejen salir. Por eso su mamá nunca se lo quitaba ni para dormir.

Toño soltó una risita nerviosa:

¿Entonces si le quitamos el gorro se le sale el espíritu y vuela?

O se le sale el agua y se seca como una pasa —remató alguien, y todos nos reímos, pero fue una risa breve, de esas que se apagan porque en el fondo nadie está del todo seguro.

En ese momento esas explicaciones nos parecieron tan ciertas como el sol que se ponía. Vivíamos entre cuentos de abuelas y remedios de campo; para nosotros era posible que la cabeza de Amílcar tuviera agua latiendo como un tambor, o un espíritu inquieto que empujaba desde dentro. Lo importante era que el gorro lo mantenía todo en su lugar.

Seguimos pelando mandarinas, dejando que las cáscaras se acumularan a nuestros pies, como si ese pequeño desorden pudiera distraernos de lo que ninguno quería decir en voz alta.

Esa noche el caserío tembló.

Fue un sacudón leve. En la mayoría de las casas apenas vibraron los platos. Después se dijo que las detonaciones usadas para abrir paso a la carretera habían debilitado el terreno; que días antes algunos muros viejos ya mostraban grietas nuevas; que el suelo no había resistido más.

La casa de Amílcar fue la única que colapsó por completo. El derrumbe fue interno, súbito.

Sus padres murieron allí.

Quienes estuvieron cerca aseguraron que, antes del temblor, Amílcar estaba sentado en el umbral, murmurando con insistencia, como si discutiera en voz baja con la noche. Cuando lo sacaron de entre los escombros, cubierto de polvo y sangre, no lloraba. Repetía, con una calma extraña:

Niño cubierto de polvo y sangre se sienta en el umbral de su casa colapsada, mientras vecinos iluminan los escombros con linternas
Ahora ya no hay quien lo detenga.

Durante años atribuí lo ocurrido a la carretera, a la mala construcción, a la casualidad. Sin embargo, al mirar las ruinas bajo la luna, tuve la sensación de que el caserío se había encogido, como si algo invisible hubiera empezado a crecerá entre nosotros, ocupando el espacio que nadie quiso mirar de frente.





Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar.

Puedes ver mi primera entrada haciendo CLIC AQUI


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