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jueves, 12 de junio de 2025

Un Asunto Trágicamente Cómico

Informe para el Comité de Asuntos Trágicamente Cómicos: Caso 743B (Versión Definitiva)

Nombre del sujeto: Yo

Profesión: ayudador espontáneo, soñador sin licencia, redactor de ensayos ajenos y propios olvidables.

Estado mental al inicio: moderadamente ilusionado, sobrio, con un exceso de empatía que no pedí y no supe devolver.

Hay días que empiezan como una broma mal contada. Ese jueves fue uno de ellos.

Olor a café recalentado. Ambiciones que no cabían en mi cuaderno. El aula era un ecosistema de ansiedad productiva: teclados golpeando como corazones nerviosos, mochilas mal cerradas desbordando existencias.

Entonces, ella, protagonista involuntaria de mis microesperanzas, entró como una canción triste en modo aleatorio. Dejó caer la mochila con un suspiro que parecía arrastrar tres semestres de insomnio. Tenía esa forma de parpadear que parecía una disculpa al mundo. Su delineador vencido, sus gestos cansados. Su forma de abrazar el caos me recordaron a mí mismo en los días que intentaba flotar con los bolsillos llenos de piedras.

— No puedo entregar el trabajo final — dijo, mirando el suelo como quien espera que la tierra lo absorba —. Mi cactus emocional está en cuidados intensivos… y la realidad me pasa factura.

Dudé. Solo un segundo. Podría haber dicho “ánimo”, o “lo siento”, o simplemente haber seguido escribiendo sobre Rousseau.

Pero activé el protocolo del tonto romántico.

— Déjamelo a mí — respondí, con la absurda certeza de que estaba entrando en una historia donde yo sería el héroe. Spoiler: no lo era. Firmaba, sin saberlo, el contrato de extra académico en una comedia ajena.

Durante tres días me transformé en monje laico del sacrificio académico.

Las ojeras crecieron con cada cita en APA. Dormí poco, comí menos, dudé mucho. El teclado ardía como confesionario, y cada fuente citada era un gramo de dignidad que me dejaba atrás.

Pero el ensayo quedó impecable: treinta y seis páginas con tesis elegante, desarrollo sólido y conclusiones que podrían hacer llorar a Kant si tuviera acceso a Google Scholar.

Se lo envié con un GIF de un zorro escribiendo y un emoji de estrella fugaz. No sé por qué. Supongo que uno quiere que algo de lo que hizo brille, aunque sea en un chat.

Esperé su respuesta. Un "Gracias" bastaría, me decía. Algo mínimo que validara las noches sin sueño.

Entonces llegó. Lo abrí con orgullo contenido, como quien al fin cobra sentido.

“¡Gracias mil! Justo me diste tiempo de salir con Elías 😅”

Elías.

El nombre cayó con la gracia de una taza rota en una cocina silenciosa.

Había oído hablar de él. Poeta de pasillo, experto en metáforas de lluvia y caminatas lentas.

Yo no lo conocía, pero ya podía imaginarlo citando a Neruda mientras le abría la puerta de un Uber con destino a alguna puesta de sol que también habría leído en voz alta.

¿Me dolió?

No.

Me reí.

Primero en silencio, como quien entiende el chiste demasiado tarde. Luego con una carcajada honesta, resignada, liberadora.

No era el protagonista trágico. Ni el villano redimido.

Era el técnico que arma el escenario para que los besos ajenos se den bajo buena luz, con normas APA impecables.

Tomé mi taza vacía. El cursor parpadeaba como un testigo impasible.

Y anoté en mi libreta: 

Soy el escritor del prólogo en la historia de amor de otros. El artesano invisible del pie de página. Pero lo hago con estilo. Porque incluso los secundarios merecen su propia épica.

Días después, la vi en el pasillo. Ella reía con Elías. Él le hablaba con las manos, como quien escribe en el aire.

No me miró. Pero no importó.

En mi cabeza ya empezaba algo nuevo. No un ensayo para otro, sino una historia para mí. Pequeña. Incierta. Con olor a café recién hecho.

Y esta vez, el protagonista no era Elías.

Era yo. Con pluma temblorosa. Pero firme.








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miércoles, 11 de junio de 2025

Desde la orilla

Hay amores que no hacen ruido, pero iluminan. No estallan, no arden; simplemente, permanecen encendidos. Son afectos discretos, como un eco suave que no se va del todo, como la brisa de una palabra que quedó flotando en la memoria.

No buscan promesas ni puertas, solo un rincón desde donde ver al otro florecer. No tienen forma de carta ni de casa, ni necesidad de ser nombrados. Son presencias sutiles, constantes, que no esperan nada a cambio. Para comprenderlos, basta imaginar una escena cotidiana, sencilla y luminosa, donde los gestos más mínimos revelan una profundidad callada.

Un chico, con un cuaderno de tapas dobladas bajo el brazo, observa desde lejos a una joven que ríe entre sus amigos en el parque. No se acerca, no habla. La ama desde el margen, donde las palabras no llegan, pero su mirada basta para nombrar el mundo.

Cada tarde, la ve rodeada de risas. Ella aparta un mechón de cabello del rostro, como si quisiera ver el mundo sin obstáculos. Camina con una soltura tranquila. Tan natural, que el sol parece seguirla como un reflejo. Y cuando se sienta en su banco de siempre —ese que parece haber sido puesto allí solo para esperarla—, él permanece a la sombra, ofreciéndole lo único que tiene: una presencia que nadie reclama, una ternura sin destinatario, tejida en silencio.

A veces, el pecho le aprieta, como si el silencio pesara más que todas las palabras que nunca dirá. Pero no se mueve. No se delata. Está ahí, simplemente. Y eso, para él, basta.

Ella lo ha notado. No se puede ignorar una constancia tan callada. Lo ha visto en la plaza, a la misma hora, con los hombros envueltos en una quietud que parece hecha de preguntas sin respuesta. Lo ha sentido detener el paso al verla cruzar, su mirada colgando de su hombro como un suspiro que no se atreve a ser palabra.

Y, aunque no lo diga, a veces lo busca entre la multitud. Como si en medio del bullicio su figura fuera un ancla que la conecta con algo más verdadero. Pero sus mundos no se rozan con naturalidad. Ella habita un entorno donde las conversaciones fluyen, los nombres se pronuncian por costumbre y los gestos parecen coreografiados por la pertenencia. Él es otra forma de estar: más silencio que palabra, más pregunta que certeza.

Ella sigue su curso, pleno, radiante, como un río que no necesita nuevas corrientes para completarse. Y él lo sabe. Él es apenas una brisa que roza su superficie: presente, pero sin alterar su cauce.

Su amor no será nombrado. No cambiará nada. Pero permanece. Porque le gusta verla reír, aunque no sea con él. Porque hay belleza en su forma de estar en el mundo, y él cree —con la fe intacta del que no espera nada a cambio— que esa belleza merece multiplicarse, ser feliz, incluso si él nunca habita su jardín.

Cada día está ahí. No espera milagros. Solo sostiene un faro encendido al borde del camino, sabiendo que nunca lo recorrerán juntos. Ella no notará las sombras que él despeja a su paso, ni sabrá cuántas veces su luz la ha tocado sin anunciarse.

Él no necesita que lo recuerde. Solo quiere que ella siga, que sea. La mira como se contempla un río desde la orilla, sin alterar su corriente. Y en esa orilla construye su refugio. No de resignación, sino de devoción. Una fe secreta que no exige destino.

Porque no todos los amores terminan en abrazo. Algunos solo quieren existir sin dañar, sin interrumpir la belleza que admiran.

La ama. Ella lo sabe,  aunque no lo nombra. Y eso, de algún modo, basta.

Tal vez eso sea lo más puro del amor: no la cercanía, ni el gesto evidente, sino esa entrega que no pide nada. Un amor que camina en silencio, que cuida sin ser visto. Que no necesita ser lámpara, solo faro. Solo fe.









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martes, 10 de junio de 2025

¿Que haría sin ti?

¿Que qué haría sin ti?

La tierra perdería su firmeza bajo mis pies. Todo seguiría ahí, claro: el cielo abierto, las garzas cruzando la distancia, el murmullo del viento entre los pastos. Pero algo esencial se disolvería, como el agua que se pierde en el fango… sin dejar rastro. Sin ti, el mundo existiría, sí, pero como una escena vacía: hermosa y muda.

Al principio, ni lo notaría. Creería que es solo un día más. Que vas a hablar, a reír, a aparecer en cualquier momento. Me diría que tu voz va a llenarlo todo otra vez. Pero luego, en la quietud, me alcanzaría el peso de tu ausencia. La brisa ya no me tocaría igual. La luz, aunque dorada, no calentaría. Todo seguiría siendo lo mismo, menos yo.

Sin darme cuenta, ya estaría en el tremedal, ese lugar donde el suelo cede y nada sostiene. Buscaría tu risa, tu voz, tu sombra… pero cada paso me hundiría más. Tu recuerdo pesaría más que mi cuerpo. Más que mi voluntad.

Las garzas seguirían volando, ajenas. El viento soplaría como siempre, ciego a mi pena. El mundo seguiría su curso con una serenidad cruel, como si mi tristeza no mereciera ni una pausa. Y aun así, lucharía. Porque aún sin ti, tu sombra seguiría viva en mí, aferrada a los recuerdos que construimos.

Me debatiría contra el barro, tratando de sostener tu figura, aunque solo fuera una silueta en la niebla. Pero el tremedal no suelta fácil a los que temen perderlo todo. Solo espera, inmóvil, a que acepte lo inevitable.

Y puede que lo hiciera. Que bajara la cabeza y dejara que el silencio me envolviera. Puede que, por un instante, dejara de luchar. Porque sin ti, no sabría hacia dónde avanzar.

Pero entonces… algo pasaría. La luz titilaría, como si el mundo contuviera el aliento. Un roce de aire, leve, como tu aliento en mi mejilla. Y un murmullo, apenas un susurro como esos que dejas en mis pensamientos, encendería un fuego olvidado en mi pecho.

Volvería la vista, con el corazón detenido, suspendido. Me preguntaría si eres tú, o si mi deseo esta dibujándote con la desesperación de quien no quiere olvidar. Pero ahí estarás. No una sombra, no un recuerdo… tú. Real. Tangible.

El tremedal desaparecería, no porque nunca existiera, sino porque la ausencia que temía aún no había llegado. De pronto, la tierra firme volvería a sostener mis pasos. La luz, dorada, recobraría su calor. Y tu voz, viva y clara, volvería a llenar el espacio, borrando un vacío que, tal vez, nunca fue real del todo.

Entonces sonreiría, con el alma aligerada.

Porque tú estás.

Porque siempre has estado, aún desde antes de conocernos.











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lunes, 9 de junio de 2025

El último crepúsculo

El aire huele a tierra seca y ceniza, delatando a un mundo que retiene su último aliento antes de sucumbir. El viento se desplaza en ráfagas inconsistentes, levantando espirales de polvo que se disuelven apenas unos metros adelante. La ciudad yace en un silencio muerto, con sus edificios inclinados, como si estuvieran demasiado agotados para seguir de pie.

El paisaje es un cadáver de piedra y asfalto, inmóvil bajo el cielo en llamas. Es un lugar al que aquel hombre ha regresado demasiadas veces. Un campo de batalla en ruinas, donde el día agoniza antes de entregar su luz a la noche.

Y en ese yermo desolado, él espera.

Su piel curtida lleva las marcas de un tiempo que nadie más recuerda. Ha cruzado tierras devastadas, mares que dejaron de cantar, ciudades que se derrumbaron bajo su mirada. Su espada descansa contra su espalda, esperando el contacto de una mano que ha blandido el acero más veces de las que quisiera contar. Antes, la empuñaba con convicción. Ahora, con hábito.

Ha peleado demasiadas veces. Ha sentido la furia y el fuego, la euforia y el dolor. Ha sido testigo de victorias que nunca duraron, de derrotas que nunca importaron. ¿Cuántos años han pasado? ¿Cuántos ciclos más tendrá que repetir? La respuesta no es necesaria. Lo único seguro es que el otro hombre vendrá.

El viento gira. Algo ha cambiado en el aire, como una pausa sutil antes de un movimiento inevitable. No hay sonido que anuncie su llegada, ni el crujir de pasos sobre piedra, ni el silbido de un arma desenfundada. Pero el hombre siente su presencia. Como siempre la ha sentido.

La sombra aparece como si hubiera estado ahí todo el tiempo. El viento la arrastra consigo, enredándola entre las ruinas, dándole forma antes de materializarla por completo. Su andar es pausado, sin prisa, sin titubeo. Sus ropajes oscuros ondean a su alrededor como un eco de las sombras que lo rodean, como si la propia tierra reconociera su presencia y se apartara en reverencia. Hay algo serpentino en su movimiento, un ritmo que no pertenece al mundo de los hombres.

El hombre que espera no reacciona de inmediato. No porque no lo haya visto venir, sino porque cada vez es un recordatorio de lo inevitable. La batalla será como todas las demás, una repetición sin fin. Sin embargo, por un instante, en el umbral de la confrontación, hay algo ceremonial en aquel encuentro. Como si, más allá de la guerra, hubiera algo más profundo que los une. Algo anterior a la historia, al lenguaje o a la razón.

Un suspiro invisible recorre la tierra. El viento se detiene como si el tiempo mismo contuviera el aliento. El sol agoniza un poco más.

El recién llegado avanza.

Su andar es pausado, constante, sin urgencia. No porque desee retrasar el inevitable enfrentamiento, sino porque el tiempo ya no tiene significado para él.

La ciudad en ruinas no le dice nada. No siente nostalgia, ni pesar, ni siquiera reconocimiento. Podría haber sido otra ciudad, otro campo de batalla, otro mundo. Todo se ha desmoronado antes y volverá a hacerlo. Solo los escombros permanecen, solo el polvo gira con el viento, solo la sombra que arrastra consigo sigue siendo real.

No hay odio en su pecho, ni furia. Las emociones le abandonaron hace demasiado tiempo, consumidas por la repetición, por la certeza de lo inevitable. Y si alguna vez hubo algo más—un propósito, una razón, una voluntad—también quedó enterrado en alguna guerra que ya no recuerda.

Pero hay una certeza. Siempre hay una… El enemigo que le espera.

Cuando su mirada encuentra a la del otro hombre, la siente como una corriente helada atravesando su piel. No es sorpresa. No es temor. Es reconocimiento. Una chispa de memoria encendida en la eternidad.

Porque al final, cuando todos los mundos se han extinguido, cuando todas las victorias han sido devoradas por el vacío, cuando cada batalla ha terminado igual que la anterior, él sigue aquí. Y el otro también.

El viento se detiene. La sombra se extiende a su alrededor.

Los dos hombres se miran.

No hay sorpresa en sus rostros. No hay odio. Solo el reconocimiento de lo inevitable.

Uno de ellos inclina la cabeza levemente, un gesto apenas perceptible, pero suficiente. El otro responde del mismo modo. No es un saludo festivo, ni una señal de respeto convencional. Es el acuerdo tácito de dos guerreros que han recorrido este camino demasiadas veces.

Entonces, ambos avanzan.

No es un ataque ciego, ni un estallido de furia repentina. Es una danza ensayada, una coreografía escrita hace milenios. La tierra tiembla bajo sus pasos, el aire se parte con el primer golpe. Acero contra sombras, luz contra caos.

Un hombre se alza con la fuerza de la aurora. Su espada corta el aire con un resplandor ardiente, su movimiento firme, preciso. No lucha por victoria. Lucha porque debe hacerlo. Como lo ha hecho desde el primer amanecer.

El otro hombre se desliza entre los golpes como si el viento lo guiara. Su sombra crece, se retuerce, se adapta. No esquiva por miedo. Esquiva porque ha aprendido que la lucha no es para ganar, sino para continuar. Como lo ha hecho desde el primer susurro del caos.

Cada golpe se encuentra con su opuesto. Ninguno retrocede. Ninguno cede.

El sol se desangra sobre el cielo. Los dioses se abalanzan uno contra el otro. Y la batalla comienza otra vez. 

Así como ha sido durante milenios, Ra, el dios del sol, y Apofis, el dios del caos, siguen su inútil y eterna lucha por la supremacía en una tierra que ya no existe, donde las ciudades han olvidado sus nombres, y el polvo ha comenzado a olvidar también a los dioses que lo habitan.








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domingo, 8 de junio de 2025

Desastre Galante

Sofía no tenía idea de lo que acababa de ocurrir. Ella solo tomaba su café, sin saber que su presencia había activado un terremoto en mi cabeza.

Pero yo, en mi intento por ser encantador, solté la frase con una confianza completamente desubicada:

— Debes estar cansada de haber paseado toda la tarde por mis pensamientos.

Error. Error catastrófico. Un accidente de creatividad en plena vía pública.

Porque claro, no solo había lanzado una frase trillada, sino que lo había hecho yo, que me jacto de mi sensibilidad literaria. Alguien que busca la originalidad. Que cree en la fuerza de las metáforas bien construidas.

Y allí estaba: usando una línea que probablemente había sido pronunciada en incontables telenovelas y mensajes de WhatsApp desde 2009.

Sofía frunció el ceño con algo entre confusión y cautela.

— ¿Qué?

Allí debí haber retrocedido. Fingido que hablaba con otra persona, que citaba una película, cualquier cosa. Pero no. Doblé la apuesta.

— Bueno... lo que quiero decir es que has estado en mi cabeza todo el día.

Ella apoyó la taza en la mesa y fingió pensarlo.

— Interesante. No recuerdo haber comprado boleto para este viaje. ¿Incluye recorrido guiado o simplemente fui lanzada sin instrucciones?

Y claro, como si no fuera suficiente, mi cerebro optó por agravar el desastre: lanzó una explicación innecesaria.

— Bueno, imagina que mi mente es como... como una expedición arqueológica. Llegaste sin previo aviso y, de pronto, te ves rodeada de ruinas de pensamientos inconclusos, trampas de frases mal estructuradas y algún que otro jeroglífico que yo mismo olvidé traducir.

Sofía bebió un sorbo, sin dejar de mirarme con esa mezcla de diversión e intriga.

— ¿O sea que entré a un templo misterioso?

— Exacto.

— ¿Y dónde está la salida?

— Eh... eso es lo complicado. No suelo pensar en eso.

Suspiró. Y como quien decide que ya está demasiado metida en el asunto, apoyó un codo en la mesa y dijo:

— Bueno. Como guía turística improvisada de tu mente, dime: ¿qué atracciones hay por aquí?

Ahí fue cuando mi cerebro se rindió completamente.

— Bueno, tenemos la sección de "cosas que debí haber dicho pero no dije", la de "planes que nunca ejecuté", y un pequeño rincón donde trato de recordar si me gustan más los perros o los gatos.

Sofía arqueó una ceja.

— Dime que al menos hay señalización.

— Eh... no exactamente, pero puedes encontrar pistas en las cosas que digo sin contexto.

Soltó una carcajada.

— Muy bien, explorador mental. Si ya pasé toda la tarde ahí, al menos dime qué piensas hacer ahora que me tienes en frente.

Y claro, en el momento de brillar, lo único que logué decir fue:

— Ehh... 

— Ajá.

Sofía se rió abiertamente.

— Tu sistema necesita mantenimiento.

Se levantó con su taza, tomó una servilleta, escribió algo y me la dejó en la mesa.

— Aquí tienes un mapa mental. Para la próxima, organízalo mejor.

Cuando la leí, solo decía:

"Primera parada: ordenar otro café y decir algo que no incluya 'ajá'."

Definitivamente, no había impresionado a Sofía... pero al menos había logrado que la conversación terminara en risa, y no en desastre absoluto.

Lo que no esperaba era lo que pasó segundos después.

Cuando fui a recoger mi café, el barista, un tipo con expresión solemne y la actitud de alguien que ha visto demasiado en esa cafetería, me miró fijamente y suspiró.

— Hermano... — dijo, con el tono de quien está a punto de anunciar que el barco se hunde —. Lo vi todo.

Sentí un escalofrío.

— ¿Todo?

Asintió, bajando la mirada como quien ha sido testigo de una tragedia.

— Toda la metáfora arqueológica. El templo. La señalización inexistente. La caída libre.

Respiró hondo, como si el dolor ajeno lo afectara personalmente.

— No debió ser así.

Yo, aún procesando la situación, intenté salvar lo poco que quedaba de mi dignidad.

— Bueno, no fue tan malo. Se rió conmigo y no de mí, así que...

El barista ladeó la cabeza con pesar.

— La risa es buena. Pero hermano... un hombre no debería vivir este tipo de humillación en horario de café.

Se acercó un poco, como si fuera a decirme un secreto importante.

— Por eso, te regalo este café.

Me entregó un café extra, gratis, pero con la delicadeza de quien ofrece una manta a un náufrago.

— Recíbelo con honor.

Yo lo tomé sin saber muy bien qué hacer.

— Gracias... supongo.

El barista suspiró otra vez y puso una mano en mi hombro.

— Solo sigue adelante.

Y se alejó, probablemente para seguir presenciando otras desgracias sociales de clientes en apuros.

Me quedé parado, sosteniendo dos cafés, una servilleta con instrucciones de Sofía y la certeza absoluta de que mi cerebro necesitaba una remodelación completa.

Tal vez era momento de diseñar mejor mis metáforas.

O tal vez, solo tal vez, era momento de aprender a decir algo que no incluyera "ajá".

O por lo menos, pedir un café que no venga con juicio incluido.







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jueves, 5 de junio de 2025

El mueble

El mueble era un viejo enemigo.

Pesado, testarudo, imposible de mover sola.

Como un centinela obstinado, llevaba años en el mismo rincón, acumulando libros, tazas de café y una inexplicable colección de cosas que nadie recordaba haber dejado allí.

Martha había decidido enfrentarlo. Era tiempo de cambio. Pero moverlo era una tarea titánica. Y para ello, necesitaba refuerzos.

— ¿Me ayudas mañana? — preguntó con la confianza de quien no duda de su ejército.

Óscar sonrió con la seguridad de un aliado inquebrantable.

—¡Por supuesto!

— A mediodía.

— A mediodía.

El día llegó con promesa de batalla... Y el Mediodía pasó.

Pero el mueble seguía en su sitio.

Martha esperó con dignidad. En silencio. Repitiendose que jamás rogaría.

Las horas pasaron, y con ellas, su paciencia.

Cuando finalmente lo vio más tarde ese mismo día, cruzó los brazos y disparó la primera flecha:

— Hola.

Óscar, ajeno al peligro, respondió con la inocencia de quien camina directo hacia una emboscada:

— Hola.

Solo silencio. Ninguna Respuesta.

Miró alrededor, buscando pistas sobre la tensión en el aire.

— ¿Estás bien?

La sonrisa de Martha fue demasiado amable. Demasiado cándida.

— Perfectamente.

Fue ahí cuando Óscar lo recordó.

— Ups… el mueble.

Martha alzó las cejas. ¿En serio? ¿Recién ahora? ¿Tantas horas después?

— ¿Solo ahora te acuerdas?... ¡No puedo Contar contigo para nada!

— ¡Es que pensé que ya no me necesitabas! — se defendió, intentando sonar razonable —. Nunca te he abandonado. ¡Siempre estoy aquí!

— ¡Ah, sí, claro! Como cuando olvidaste mi cumpleaños.

— ¡Pero te di un regalo!

— ¡Dos días después!

— ¡Me confundí de fecha, fue un accidente!

— ¡No se confunde el cumpleaños de una amiga!

Óscar, sintiendo que la batalla se inclinaba en su contra, sacó su propia carta:

— ¡Ah, sí, porque tú nunca olvidas nada, ¿verdad?!

Martha frunció el ceño.

— Exacto.

— ¿Te acuerdas cuando olvidaste que íbamos al cine?

Ella entrecerró los ojos, desconfiada.

— ¿Qué tiene que ver eso ahora?

— ¡Todo! — Óscar alzó las manos, teatral. — Ese día olvidaste que teníamos planes, no estabas lista cuando llegué, y encima me reclamaste a mí por no haberte llamado antes.

— Eso fue distinto — murmuró, cruzando los brazos.

— ¿Distinto? — Él rió con incredulidad—. ¡Olvidaste el plan y la culpa terminó siendo mía!

— ¡Si me hubieras llamado antes, no lo habría olvidado!

Óscar la miró con ironía.

— Claro, cuando tú olvidas algo, la solución es que yo lo recuerde por ti.

Martha chasqueó la lengua.

— ¡Eres mi amigo! ¡No se supone que tenga que estar recordándote tus promesas!

Él contraatacó sin dudarlo:

— ¡Eres mi amiga! ¡Y los amigos ayudan a que los amigos no olviden cosas importantes!

Las réplicas volaban como proyectiles de catapulta. Se trajeron a colación incidentes olvidados, situaciones enterradas en el pasado, y hasta la vez que Óscar le dijo “te avisé” sobre el aguacero justo cuando Martha ya estaba empapada.

— ¡Siempre te tengo que recordar todo! — ella se quejó —. ¡Pareces mi abuelita con la memoria intermitente!

— ¿Disculpa? — Óscar se indignó —. ¡Tengo memoria de elefante!

— Un elefante con amnesia —. Bufó.

— Si tanto te importaba el mueble, ¡¿por qué no me llamaste?!

— ¡Porque me lo prometiste!. No tengo porqué verificar nada.

— ¡Ah, sí, y cuando tú prometes algo y lo olvidas, ¿la culpa también es mía?

— ¡Por supuesto!

El volumen de la discusión aumentaba. Ya no era solo el mueble: era el principio moral de la confianza, la memoria y el deber de un amigo.

Pero entonces, ocurrió la tragedia definitiva. 

En medio del caos, Óscar resbaló. 

Tropezó con la alfombra. Su brazo buscó apoyo, y ese apoyo fue el mueble inmóvil. El armatoste, soberbio hasta ese instante, finalmente cedió.

El sonido de la caída fue estruendoso. Óscar terminó en el suelo, Martha en shock.

Y entonces, rieron.

Al principio, intentaron contenerse, como si la dignidad aún tuviera una mínima oportunidad de sobrevivir.

Pero no tardaron en fracasar.

Las carcajadas explotaron sin piedad. Rieron hasta quedarse sin aire, hasta que Martha tuvo que apoyarse en el mueble, ahora oficialmente movido, y Óscar, entre risas, se tapó la cara como si así pudiera recuperar algo de su compostura.

El orgullo, la indignación y la guerra quedaron en el olvido. Solo quedaba la risa, el mueble y el absurdo del momento.

Se miraron, agotados.

Óscar suspiró.

— Bueno… ya está movido.

Martha lo pensó.

— Sí… pero no está en el lugar correcto.

Se miraron con complicidad.

— Lo acomodamos juntos.

Y así lo hicieron. Porque el problema nunca fue el mueble.

Fue el orgullo disfrazado con excusas. Y la certeza de que, después de todo, seguirían siendo necesarios el uno para el otro.









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miércoles, 4 de junio de 2025

La celda vacía

Estoy frente a la pantalla.

Una hoja de Excel abierta.

Una tabla en blanco.

Esperando.

La estructura está lista. Columnas silenciosas. Filas vacías. Fórmulas pendientes. Sé lo que debería hacer. He hecho esto tantas veces que los atajos deberían fluir solos desde mis dedos. Pero ahora están inmóviles, como si no me obedecieran. Como si recordaran algo que yo intento olvidar.

El cursor titila. Incesante.

No se cansa.

No duda.

No siente.

Yo sí.

Busco una entrada lógica: "Costo unitario", "proyección mensual", "total final". Lo repito mentalmente como una plegaria sin fe. Las palabras suenan correctas, pero me llegan huecas. Como si ya no tuvieran peso. Como si ya no me pertenecieran.

Y en ese espacio entre el pensamiento y la acción, aparece ella.

No con su nombre. No con su rostro.

Solo como una presencia difusa.

Una sombra detrás de los ojos.

Un eco donde antes había concentración.

No es que piense en ella. Es que ella se volvió mis pensamientos. Está dentro, instalada en rincones donde antes habitaba mi orden, mi claridad, mi foco.

Antes, trabajar era una forma de calmar el mundo. Las tablas eran tranquilas. Los datos obedecían. Las celdas, aunque frías, ofrecían una estructura donde nada se movía sin permiso. Yo decidía. Yo trazaba los límites.

Ahora, cada intento de concentración es una fractura. Cada fórmula es un hilo suelto que no sé cómo volver a anudar.

No entiendo cómo pasó. No hubo un instante claro. No hubo promesas. Ni siquiera intenciones. Solo fue ocurriendo. Abrí la computadora como cada día, y de a poco ella empezó a quedarse. Primero en los márgenes, en los pensamientos intermitentes. Luego más cerca. Luego más dentro.

Sin pedirlo, sin advertirme, fue tomando lugar.

Un gesto.

Una frase que no se fue.

Un silencio que se quedó.

Y luego, sin darme cuenta, no supe cómo seguir trabajando sin pensar en ella.

La pantalla sigue ahí. Impasible. Testigo fiel de este naufragio que solo yo veo.

Y sin embargo… sin embargo, también me lo refleja.

No juzga.

No consuela.

Solo observa. Como ella.

Me detengo. Vuelvo a mirar la tabla. Es sencilla. Podría completarla en minutos si no sintiera este vacío que me pesa en el pecho. Esta incapacidad de comenzar. Como si iniciar esa tabla significara dejar de pensar en ella. Como si trabajar fuera traicionarla.

Pero no hay promesa. No hay vínculo. Solo está esa sensación absurda de estar unido a una presencia que no me pidió nada. Que no me mira. Que probablemente ni siquiera sepa que habita aquí, entre mis teclas, entre mis silencios.

No es que no quiera trabajar. Es que no puedo sin sacarla de mí, y ya no sé cómo hacerlo.

Ya no sé qué parte de mi mente es mía.

Cuáles pensamientos me pertenecen.

Qué fragmentos de mí aún no le he dado.

La celda sigue vacía.

El cursor insiste. Yo estoy perdido.

Respiro hondo. Intento. Pero no hay forma. Solo esta tristeza espesa, esta melancolía sin dirección que lo cubre todo.

Y el pensamiento inevitable:

¿Cuándo fue que le di tanto poder?

¿Y por qué nunca me lo reclamó?

No sé si algún día podré volver a mirar esta pantalla sin pensar en ella.

Sin sentir su sombra cruzando mi frente como un recuerdo que no termina de irse.

O quizá no quiera que se vaya.

Quizá, de alguna manera, ya me acostumbré a perderme en ella.







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lunes, 2 de junio de 2025

Brillos en la sombra



Damos porque la luz nos llama,
porque en la sombra aún palpita
el latido de lo eterno,
el fuego que nunca duerme.

No buscamos retorno ni gloria,
solo el eco que confirme
que nuestro paso dejó huella,
que la brisa no fue muda,
que alguien, en la distancia,
sintió el fulgor crecer.

Pero a veces el eco no llega,
la señal se pierde en el aire,
y el silencio nos pregunta
si la entrega fue en vano.

Aun así, sostenemos lo que titubea,
protegemos lo que duda,
avivamos lo que, en secreto,
busca espacio para arder.

Porque el brillo no depende de testigos,
y la llama, aunque nadie la vea,
cumple su propósito al existir.

Toda luz merece ser recibida,
cuidada y protegida,
como un soplo que la resguarde,
como un abrazo que la sostenga.

Y si el viento cambia,
si nos empuja hacia otro tiempo,
sabremos que no fue en vano,
que cada entrega tejió un hilo
en el vasto lienzo del Padre,
donde toda luz merece florecer.

Porque Él, que dio forma a la belleza,
siempre reconocerá lo que hacemos
para que sus maravillas brillen más.

domingo, 1 de junio de 2025

El Paraguas

Mi amiga siempre era sorprendida por la lluvia. No importaba cuántas veces revisara el cielo, cuántas predicciones meteorológicas leyera o cuántos ruegos hiciera para que el clima tuviera piedad. La lluvia llegaba igual, sin previo aviso, con su aguacero implacable. Su cabello mojado, su ropa empapada y los resfriados estacionales se convirtieron en parte de su rutina.  

Resistió estoicamente. Se volvió una erudita del clima. Escudriñó mapas meteorológicos con la concentración de un astrónomo decodificando señales alienígenas. Interpretó el baile de las nubes, el canto del viento, la humedad en el aire. Se convirtió en guardiana de la ciencia atmosférica.  

Pero la lluvia… la lluvia jugaba con ella. Se burlaba de sus estudios, se colaba entre sus predicciones, ignoraba sus cálculos con la audacia de un mago tramposo. Aparecía cuando menos la esperaba, siempre lista para tomarla por sorpresa, como si fuera un truco diseñado con precisión para frustrar sus intentos de mantenerse seca.  

Hasta que un día, mi amiga se hartó. Ya no habría más estrategias inútiles, más derrotas humillantes. Tomó una decisión definitiva: ¡obtuvo un paraguas!.  

Y entonces, la lluvia ejecutó la burla suprema. Como si se hubiera cansado de su propio juego, selló una tregua con el sol en un pacto traicionero.  

Desde el instante en que aquel pequeño pero resistente paraguas ocupó lugar permanente en su bolso, las nubes desaparecieron sin dejar rastro. Ni una mísera sombra gris ensució el horizonte, ni una gota furtiva desafió la conspiración celeste.  

El sol, astuto y oportunista, aprovechó la ausencia de su eterna rival. Brilló con una intensidad desconocida, como si quisiera compensar un montón de aguaceros imprevistos. Por primera vez, mi amiga extrañó la lluvia. Y, por primera vez, la lluvia se rió de ella sin siquiera aparecer.  

El paraguas, orgulloso, esperaba su gran debut. “Déjenme proteger, déjenme brillar”, parecía decir. Pero el sol, despiadado, les castigó con días de brillo insoportable. Mi amiga, obstinada, decidió llevarlo consigo de todos modos. Primero con discreción, luego con descaro. Lo sacaba del bolso cada tanto, lo abría y lo cerraba como quien prueba un artefacto mágico aún sin activar. Le lanzaba miradas inquisitivas, como si quisiera convencerlo de que invocara una tormenta.  

La impaciencia creció. Comenzó a pasearse cerca de aspersores, fingiendo casualidad, deteniéndose estratégicamente cuando el agua giraba en su dirección. En los cafés, agitaba distraídamente su vaso para que las gotitas se elevaran y aterrizaran en la tela impermeable. Probaba el mecanismo con el viento más débil, ajustando el ángulo bajo cualquier sombra sospechosa. Estaba decidida a poner a prueba su paraguas, aún si eso significaba recurrir a métodos poco convencionales.  

Hasta que un día, una nube apareció. Se alzó majestuosa, oscura, cargada de promesas. Mi amiga la vio y se detuvo en seco, conteniendo la respiración como si de su concentración dependiera que no desapareciera.  

Era el momento. Su momento. Después de días de burlas, de una sequía estratégica y de la conspiración descarada entre la lluvia y el sol, por fin había llegado la oportunidad de reivindicarse. Su corazón latía con anticipación. Sentía que todo en su vida la había llevado hasta este punto.  

Una gota cayó. ¡Al fin!  

Nunca antes una sola gota de agua había sido recibida con tanto entusiasmo. Casi podía oír una fanfarria de fondo, como si el universo estuviera celebrando este instante decisivo. Había esperado tanto, había sufrido tanto… ahora, su paraguas tendría su glorioso debut.  

Lo extendió con elegancia, con una ceremonia que rayaba en lo divino. La tela se desplegó como una cúpula protectora, su escudo contra el mundo que tantas veces la había humillado con aguaceros traicioneros. Por fin estaba lista.  

Y entonces... el viento.  

No una brisa suave, no un susurro juguetón, sino una ráfaga impertinente y oportunista, como si el universo hubiese estado esperando justo este momento para lanzar su golpe final.  

El paraguas, con su flamante estructura, no ofreció resistencia. Escapó de su mano y salió volando con una rapidez absurda, como si toda su existencia hubiera estado encaminada a este preciso despegue. Giró sobre sí mismo, dio un par de saltitos emocionados por el aire y luego emprendió una trayectoria gloriosa hacia lo desconocido.  

Mi amiga, aún con el gesto de victoria en su rostro, apenas tuvo tiempo de ver cómo su preciado escudo desaparecía en el horizonte como un cometa errante, dejándola sola… de nuevo… con la lluvia que apenas comenzaba.  

Nadie ha vuelto a ver ese paraguas desde entonces.  

Dicen que sigue surcando los cielos, esquivando techos y antenas, buscando el aguacero perfecto que nunca pudo probar. Algunos afirman haberlo visto en la distancia, danzando con el viento, siempre al borde de la lluvia, pero nunca dentro de ella.  

Mi amiga, mientras tanto, se quedó allí… en medio de la calle, bajo un cielo que finalmente había cedido, dejando caer su largamente esperada tormenta.  

Sin su escudo.  

Sin su victoria.  

La primera gota apenas rozó su mejilla cuando la realidad la golpeó. En cuestión de segundos, su cabello estaba mojado, su ropa empapada, sus zapatos convertidos en pequeños acuarios portátiles. Una vez más, como tantas veces antes, la lluvia se reía de ella y de su eterna derrota.  

Y así, la historia se cerró con la misma ironía con la que había comenzado. La lluvia, una vez más, había ganado.






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