Ver las calles y casas heridas nos obliga a confrontar de frente la devastación. Las vidas que se perdieron no son simples cifras estadísticas: son nombres, risas truncadas, abrazos que ya nunca llegarán e historias suspendidas para siempre en el polvo de lo que alguna vez quiso ser hogar. Duele el silencio ensordecedor que siguió al caos. Pesa la incertidumbre que nos envuelve en un país que ya venía arrastrando demasiadas tormentas.
Aun así, en medio de ese polvo y ese llanto colectivo, ha brotado algo indestructible. He visto manos ensangrentadas y temblorosas remover ruinas sin más arma que la pura voluntad y el amor al prójimo. He visto a extraños convertirse en hermanos y a vecinos transformarse en el último refugio del otro. En esa entrega desinteresada y espontánea se ha tejido una unión profunda, una solidaridad que el miedo no logra romper.
Porque, con el temblor de la tierra, caen las máscaras y desaparecen las etiquetas que suelen separarnos. Solo queda lo esencial: la humanidad desnuda, cruda y hermosa, capaz de hacerse más grande que la tragedia misma.
La herida será larga de cerrar y la reconstrucción será dura y lenta. Pero nuestra verdadera fortaleza nunca estuvo en los muros que cayeron, sino en esa capacidad de tendernos la mano entre los escombros, incluso cuando las nuestras están heridas y exhaustas.
Sí, me duele mi país y esta realidad me hiere profundamente. Sin embargo, ese dolor no me paraliza. No puede. Al contrario, este mismo dolor nos recuerda que nuestra gente es más grande que cualquier circunstancia. Mientras sigamos levantando al que ha caído y el vecino sea el techo y el consuelo del otro, Venezuela no solo se levantará: renacerá, más fuerte y más unida.



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