El maldito barro del Orinoco se tragaba las botas de Diego de Vargas. Parecía comerse también lo que quedaba de sus ganas de vivir. Escupió una mezcla amarga de bilis y fango. A su lado, el mosquete de mecha ya no servía para nada, hinchado de humedad, pudriéndose como un perro muerto. La pólvora, que en Europa había sido el alma de sus victorias, aquí no era más que una masa grisácea vencida por el vapor constante. Diego intentó recordar cuándo fue la última vez que disparó, pero la memoria también se le deshacía.
Trató de acomodarse el único guardabrazo que llevaba. Ni
siquiera el acero de las corazas, que había exhibido con orgullo bajo el sol de
Flandes, soportaba el castigo de la selva: lo que antes resistía el fuego
enemigo se deshacía en óxido, como si aquella tierra estuviera digiriendo su
capacidad de matar.
Diego recorrió con la mirada a los supervivientes. Hacía
pocas semanas, sesenta hombres, veteranos del sitio de Breda, lo seguían con la
férrea disciplina de los Tercios. De aquella legión solo quedaban seis. Seis
espectros consumidos por la malaria y el hambre, cuyos ojos ya no miraban al
frente, sino hacia un vacío lleno de derrota.
—El Capitán Alatriste no habría terminado así...
— susurró un muchacho al que todos llamaban El Vizcaíno.
Sumergido en sus delirios, parecía hablarle a un
fantasma mientras sus manos, comidas por la gangrena, intentaban cargar una
pistola.
Diego permaneció en silencio. Le vino a la cabeza la Taberna del Turco, el olor a vino peleón y el ruido de las risas. Alatriste soltando una de sus bromas secas, Quevedo respondiéndole con veneno y aquella mujer de la Plaza Mayor que les sonrió a los tres. O eso creía recordar. Ya ni siquiera estaba seguro de que hubiera existido. Era su vieja vida, antes de que el acero y el destino les presentaran la cuenta.
También recordó Breda: el frío seco, el aroma a hierro y
tabaco, y aquella mirada del Capitán que entendía la existencia como una cuenta
pendiente con la Parca. Pero en aquel abismo verde la muerte carecía de la
dignidad del acero. Aquí llegaba bajo la forma de una flecha invisible o de una
fiebre que cocía los sesos de los hombres hasta arrancarles gritos invocando a
madres muertas hacía décadas.
—Sargento... —El Vizcaíno señaló hacia la espesura.
Diego dirigió sus ojos hinchados hacia la oscuridad.
Nada. En aquel infierno todo era silencio. No había pájaros ni insectos. Solo
el latido sordo de la sangre en sus oídos.
Sabía que estaban allí. Los verdaderos amos de aquella
selva. No tenían prisa; habían visto cómo el río y la codicia destruían a sus
hombres. Aquellos espectros en que se habían convertido no valían ni siquiera
una flecha.
Diego se apoyó contra el tronco de una ceiba. Algo le
subía por el brazo herido. Hormigas, fiebre, qué más daba. Desenvainó la
toledana. Seguía siendo una buena espada, aunque estuviera cubierta de óxido y
melladuras.
—Allá donde estés, Alatriste —pensó—, dirías que al
final da lo mismo perecer bajo este sol extraño que en una taberna de Madrid.
El juego se termina, amigo. Y lo único que importa es no soltar la espada.
Miró a sus hombres. Ya no eran soldados de un Imperio,
sino pellejo y huesos. Entonces comprendió algo que llevaba semanas negándose a
aceptar: la selva no era un escenario, sino una fuerza invencible. España, con
sus blasones, sus tercios y sus pretensiones de dominio, no era más que un
aliento efímero frente a aquella inmensidad verde. El orgullo de Flandes no
significaba nada allí.
El Vizcaíno soltó una carcajada histérica que se
convirtió en un estertor. Luego dejó de respirar. Su pecho se detuvo con una
tos seca y un suspiro final que se perdió entre los helechos.
Diego ni siquiera se sorprendió.
—Qué mierda de final para un soldado de los Tercios.
Las sombras empezaron a filtrarse entre el follaje. A diferencia de las batallas que habían marcado su vida, el enemigo no llegó con gritos ni fanfarrias. Surgió en silencio.
Eran los Kari'ña, dueños legítimos del gran río, figuras
que emergían de la penumbra con la piel teñida de achiote. No avanzaban como
una fuerza de guerra, sino como una sentencia inevitable. Aquella tierra,
saqueada por hombres venidos de lejos, reclamaba ahora su tributo.
Diego se puso en pie, obligando a sus piernas flacas a
sostener el peso de la armadura oxidada. Se ajustó el cinto.
Por un instante, el calor del Orinoco se disipó y le
pareció ver la silueta de Alatriste, de espaldas, fumando un cigarro
inexistente, esperando el último combate con su habitual impasibilidad.
—Por lo que fuimos —susurró.
El primer flechazo le rozó el hombro. Apenas lo sintió.
El sargento Diego de Vargas levantó la punta de su toledana hacia la oscuridad que venía a cobrar la deuda. La expedición había terminado. El Dorado no era más que un montón de huesos bajo el musgo.
Cerró los ojos, evocó el sabor del vino de Castilla y, cuando el primer guerrero emergió de la sombra, se lanzó al encuentro de la única verdad: el hombre frente a su destino, en una tierra a la que nunca debieron llegar empuñando la espada.




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