Viene otra vez
Lo sé por el temblor primero,
por ese golpe sordo en el pecho
que no es latido,
sino un puño antiguo
golpeando desde dentro
las puertas cerradas de mis costillas.
El aire se espesa entonces,
se pudre en la boca.
Llega la pestilencia del pantano,
húmeda y espesa,
convenciéndome
de que cada respiración
es un lujo que no merezco.
Los pasos retumban
cada vez más cerca,
dentro de mi propio esternón,
sin salida.
Mi corazón
se ha vuelto tambor de guerra
de la bestia que se acerca.
Y aun así… aquí estoy.
Solo, sí.
Solo como el guerrero que comprende,
demasiado tarde, demasiadas veces,
que la batalla más feroz
ocurre adentro.
Mis manos tiemblan,
pero siguen siendo mías.
Mi respiración se quiebra,
pero aún entra.
Mi miedo grita,
pero ya no manda.
Grendel avanza.
Yo me enderezo.
No porque me crea invencible,
sino porque conozco su olor,
su sombra,
su vieja y repetida mentira.
Esta noche es larga,
el salón está vacío
y mi voz apenas encuentra eco.
Pero guardo un secreto
que él no soporta:
incluso cuando tiemblo,
sigo en pie.
Incluso cuando él llega,
yo también llego.
Y esta vez,
como todas las veces,
también pasará.


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