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miércoles, 29 de abril de 2026

Parábola de la parábola

Ross llevaba un buen rato frente a su cuaderno de matemáticas sin realmente verlo. Las parábolas se le antojaban curvas frías y vacías, dibujos sin sentido que no lograban quedarse en su cabeza. Había leído la misma explicación varias veces, pero sentía que todo se le escapaba. Su mente saltaba de un pensamiento a otro: el examen del día siguiente, el celular que vibraba sobre la mesa, la conversación que tendría con su amiga por la tarde. Nada se asentaba. Todo rebotaba dentro de ella sin quedarse en ningún lugar. Se esforzaba, pero terminaba con esa sensación conocida de vacío, como si estudiar no sirviera de nada.

María, su madre, profesora de cálculo, entró en la cocina con ese cansancio sereno de quien ha explicado mil veces lo mismo y aun así guarda paciencia para lo esencial. Sin decir palabra, abrió un cajón y sacó un cucharón de acero inoxidable. El metal brilló suavemente bajo la luz amarillenta de la lámpara.

Lo sostuvo frente al rostro de Ross mostrándole el lado convexo.

Ross vio su reflejo distorsionado, estirado hacia los bordes, como si su propia imagen no pudiera quedarse quieta. Sintió un leve malestar en el estómago.

Así estás ahora —dijo María—. Como una curva que no recoge nada. Todo lo que llega a ti rebota y se pierde.

Luego giró el cucharón y dejó ver el lado cóncavo.

El reflejo cambió al instante. El rostro de Ross apareció reunido en el fondo de la curva, claro y estable, como si todo se ordenara en un solo punto.

Mira bien —continuó María—. Esta forma se parece mucho a la parábola que estás estudiando. No es solo una curva cualquiera: es una curva que tiene un centro, un foco. Todo lo que llega a ella, si entra bien, termina concentrándose ahí.

Mientras hablaba, dejó caer una gota de miel justo en el punto más hondo. La gota descendió lentamente y quedó atrapada, temblando apenas sin derramarse.

Cuando estudias sin atención —añadió, señalando el lado convexo—, los contenidos rebotan. Lees, copias, haces ejercicios, pero nada se queda. Por eso te cansas y sientes que no avanzas.

Volvió a mostrar la concavidad.

Pero cuando te concentras, cuando decides estar de verdad ahí, haces lo mismo que una parábola: permites que todo lo que llega se dirija hacia un punto. Ese punto es tu foco. Ahí las ideas se juntan, lo que parecía difícil empieza a tener sentido y lo que aprendes deja de escaparse.

Ross tomó el cucharón entre sus manos. Sintió el frío del metal y la precisión de su curva. Pasó un dedo por la miel atrapada y comprendió, con una claridad repentina, que la parábola no era solo un dibujo del cuaderno. Era una forma de estar frente al mundo, de recibir lo que la vida le entregaba sin dejarlo ir.

Cuando volvió al cuaderno, ya no vio curvas abstractas ni símbolos sin alma. Vio parábolas con centro y dirección. Imaginó que, si lograba estudiar buscando ese foco, lo aprendido dejaría de dispersarse. El lápiz comenzó a moverse, no por obligación, sino porque ahora sabía hacia dónde ir.

MoralejaLa vida derrama la misma miel sobre todos. Pero solo quien aprende a ser parábola, a buscar su foco, logra que lo que recibe se quede y lo transforme.

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