Quince días antes de mi cumpleaños, después de una semana en la que había discutido con medio mundo y me sentía como un volcán a punto de erupción, tomé una decisión radical: me convertiría en un remanso de paz. Nada de impulsos clásicos de un Aries, nada de eficiencia militar, nada de esa vocecita interna que siempre pregunta “¿pero por qué la gente hace eso?”. Solo respiración consciente, té de tilo y una serenidad tan profunda que, si el Apocalipsis comenzaba, yo pediría agua caliente y una esterilla.
Iba a ser zen aunque el mundo se incendiara a mi alrededor. Creí que quince días serían suficientes para resetearme antes de soplar las velas.
Eso fue hace una semana.
Hoy falta exactamente otra semana para mi cumpleaños y mi paz interior ya está en terapia intensiva, conectada a un respirador emocional, con pronóstico reservado. Mientras tanto, el universo llevaba siete días jugando a su juego favorito: “¿Y si probamos cuánto aguanta este Ariano?”.
El primer día llegué a la oficina envuelto en una serenidad que me había costado tres tazas de té de tilo y dos meditaciones guiadas por un gurú de YouTube. Caminaba despacio, respiraba profundo y me repetía mentalmente que hoy Yo no era Yo, sino un helecho.
Fue entonces cuando apareció La Grosera. Aquella señora no entró: irrumpió con esa energía característica de quien viene a quejarse aunque todavía no sabe exactamente de qué. Si el universo fuera un restaurante, ella habría devuelto el Big Bang por estar “muy hinchado”. Apenas la vi sentí un escalofrío. En menos de tres segundos mis compañeros ejecutaron la desaparición colectiva más limpia de la historia corporativa: una silla quedó girando sola, un café humeaba sin dueño, un mouse seguía moviéndose por inercia, y un bolígrafo rodó por el piso como si sus dueños hubieran sido abducidos por extraterrestres.
Levanté la cara buscando un aliado, pero solo encontré silencio y mi Zen temblando como gelatina.
—Buenas tardes —dije con mi mejor voz de monje tibetano.
—¿Buenas? ¿Por qué? —respondió ella, como si yo hubiera cometido un crimen contra la gramática universal.
Tomé aire como si fuera el último oxígeno disponible. Mi Omm-Metro marcaba todavía un digno 10/10. Le pregunté en qué podía ayudarla y ella exclamó, abriendo los brazos como si invocara un huracán, que necesitaba ayuda en TODO porque todo estaba MAL: desde la puerta hasta el aire, que según ella estaba áspero.
Mientras seguía descargando su lista de agravios, alcancé a ver a los ocupantes de la oficina contigua asomando apenas un ojo detrás de una columna, como venados nerviosos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, la chica de recepción se escondió más rápido que mi paciencia.
Antes de que pudiera reaccionar, La Grosera remató diciendo que la planta de la entrada estaba triste y que éramos malos jardineros (en realidad dijo otra cosa, pero me da vergüenza repetirla). La miré asintiendo, aunque la planta lucía más verde y feliz que nunca, y yo empezaba a marchitarme por pura empatía. Mi Omm-Metro bajó a 6/10. Intenté responder, pero me interrumpió para criticar el tono con el que la estaba escuchando.
Del tono... Con el que la estaba escuchando. Así dijo, no me pregunten cómo pega eso. En ese momento entendí que mi retiro zen no sería un camino espiritual, sino un deporte extremo de alto riesgo.
Cuando por fin se marchó, mis compañeros reaparecieron como por arte de magia. Uno preguntó si ya se había ido, otro me extendió una galleta María con una palmada en la espalda como si hubiera desactivado una bomba nuclear, y alguien murmuró desde la impresora que yo era un héroe.
Pero mi Zen, aunque estaba herido, aún respiraba. Sin embargo, el universo, al parecer decepcionado por mi resistencia inicial, decidió subir la dificultad al modo experto.
Al día siguiente mi jefe entró con cara de quien vio un fantasma que además le debía un informe. En menos de diez segundos soltó la triple corona del desastre: informes nunca solicitados que eran “para ayer”, una reunión urgente y un error de cálculo que nos costaría un riñón colectivo.
Necesitaba café con urgencia. Preparé la cafetera con cuidado, casi con devoción, pero al abrir el azúcar descubrí que no quedaba ni un grano. Bajé al minimarket, compré un paquete nuevo y regresé triunfante, solo para descubrir que el café que había colado había desaparecido hacia una dimensión alterna. Como si fuera poco, más tarde llegó un correo con el asunto en mayúsculas y sin texto, una llamada de “solo dos minutitos” que duró cuarenta y tres, y un documento que entregó una señora que comía mango con las manos desnudas y mirándome como si yo fuera el raro. Mi Omm-Metro bajó a 3/10 y emitió un sonido preocupante, como de electrodoméstico espiritual en corto.
Al tercer día, convencido de que necesitaba un respiro urgente, salí hacia el supermercado pensando que sería mi santuario. Grave error
de principiante. Treinta minutos en la fila de “máximo 10 artículos” bastaron para ver al señor de adelante debatiendo la existencia frente a los chocolates. Cuando por fin llegué a la caja, la cajera, con una calma de tortuga iluminada, sentenció que las tarjetas de mi banco no estaban pasando desde la mañana. Mi Omm-Metro bajó a 0.5/10. Mientras buscaba efectivo, un niño lloraba por un cereal con dinosaurio inexistente, un carrito me embistió el tobillo, una señora estornudó tan fuerte que me movió el cabello, y un paquete de harina se precipitó solo del estante. Salí de ahí con la única meta de llegar a casa cuanto antes.Pero el universo todavía guardaba un regalito de último minuto. El vecino de la otra calle, con quien solo cruzo saludos a distancia, había caminado trescientos metros y subido la cuesta únicamente para interceptarme: “¡Epa! Tú que eres Ingeniero… el baño se me está inundando. ¡Eso parece un pantano!”. Tomé aire y busqué dentro de mí el último átomo de zen. Le expliqué que soy Ingeniero Agrónomo, pero él respondió que tierra y agua era lo mismo y que el baño era como un sistema de riego, pero al revés.
Mi alma abandonó mi cuerpo, dio una vuelta rápida por la cuadra y regresó solo porque le dio pena dejarme ahí solo con él. Le expliqué, con la poca paciencia que me quedaba, que si su baño fuera una plantación de papas con estrés hídrico yo sería su hombre, pero que para una poceta urbana necesitaba un plomero y bastante suerte.
Entré a mi casa, cerré el portón con un estruendo que despertó a los antepasados, pisé la tierra de una maceta volcada, el filtro de agua decidió fallar, y un mosquito, uno solo, me eligió como su misión personal.
Se cortó la electricidad, así que me dejé caer en la oscuridad. Entonces el celular vibró con 45 mensajes del grupo de WhatsApp de los amigos que preparaban mi cumpleaños: “Muchachos, ¿y si mejor cada quien trae su silla y la bebida? El cumpleañero pone la comida”.
Ahí me cayó la locha. Mi Omm-Metro, que ya llevaba rato en números negativos, marcó −∞ y emitió un pitido de rendición total.
Todavía faltaba una semana. Una semana completa. Una semana más de universo freestyle, de aire áspero, plantas representativas y pocetas pantanosas. Y en ese instante, con la serenidad oficialmente muerta y enterrada, sentí el calor subir desde el pecho, el pulso golpeando en las sienes y la sangre recordándome quién era.
Mi verdadero yo, el Ariano puro, el Aries original, el Aries sin filtro, se levantó desde las cenizas como un ave fénix enojado.
Dejé el té de tilo a un lado, miré el calendario y declaré, con la voz de un general romano que acaba de quemar las naves:
—¿Sabes qué? Al cuerno el remanso de paz. Yo soy Aries. Y mañana… mañana se hace lo que YO diga.
El universo, por primera vez en siete días, se quedó calladito.





No hay comentarios:
Publicar un comentario