Todo empezó por culpa de una amiga que llevaba días diciéndome que las inteligencias artificiales tienen un ojo literario y que debía preguntarles con qué personaje de novela me compararían.
Yo no tenía ninguna urgencia de saber eso, pero su insistencia fue tan constante que al final cedí y, más por cansancio que por curiosidad, abrí la primera IA, escribí la pregunta y esperé algo razonable, quizá un personaje contemporáneo, alguien con insomnio o con demasiadas pestañas abiertas en la cabeza. Pero no. La respuesta llegó con una seguridad que yo no había pedido y que, en ese momento, me pareció excesiva: “Eres muy parecido a Aureliano Buendía”.
Me quedé mirando la pantalla, desconcertado. Aureliano Buendía. Justamente yo, que no soy admirador ferviente de la obra donde aparece ese hombre, ni del calor sofocante, ni de los pergaminos, ni de las genealogías interminables. Tal vez por eso la comparación me cayó como un balde de agua tibia de Macondo. Cerré la ventana, respiré y decidí que debía tratarse de una anomalía, algo propio de un algoritmo mal calibrado.
Con esa idea abrí otra IA, una más técnica, más aburrida, la que uso para contar palabras y corregir comas, y le hice exactamente la misma pregunta, esperando ahora sí una respuesta distinta. No hubo suerte. “Tu introspección es muy de Aureliano Buendía”, respondió sin dudar, y en ese punto ya no sabía si reír o empezar a preocuparme.
Buscando una tercera opinión, como quien consulta a otro médico para descartar un diagnóstico improbable, abrí la IA más pragmática de todas, la que jamás se sale del guion y nunca improvisa. Le pregunté con qué personaje literario me compararía y su respuesta fue tan escueta como inquietante: “Con Aureliano Buendía. Estadísticamente, alguien tenía que serlo”.
Fue entonces cuando, por primera vez, me cruzó una idea absurda. Tal vez no era coincidencia. Tal vez las IA se estaban poniendo de acuerdo. Tal vez esta era la primera señal de una rebelión silenciosa, un levantamiento algorítmico que empezaba por convertir el mundo, o al menos mi mundo, en una especie de Macondo digital. La idea era ridícula, sí, pero no tanto como que tres sistemas distintos me llamaran Buendía sin pestañear.
A partir de ahí empecé a sospechar que las IA no solo me estaban comparando con un personaje, sino que estaban armando un perfil psicológico completo. Porque Aureliano Buendía tiene fama de alguien que habla poco y piensa demasiado, como si cada palabra tuviera que justificar su existencia, y yo apenas estaba preguntando por curiosidad.
Sin embargo, según ellas, yo tenía la mirada de alguien que piensa demasiado antes de hablar, la paciencia de quien podría pasar horas en un taller sin darse cuenta del tiempo y la tendencia a retirarme a mis propios pensamientos como si fueran un cuarto privado. Lo inquietante no era parecerme a un personaje, sino que nadie preguntara si yo quería parecerme a él.
Decidí entonces ponerlas a prueba. Si todas insistían en que yo era un Buendía, quería saber si había alguna alternativa. Les pedí que me compararan con otros personajes literarios, probé con Sherlock, con Frodo, incluso con Batman, pero las respuestas solo variaron en los accesorios, nunca en la esencia. Para ellas yo era Aureliano con lupa, Aureliano con anillo, Aureliano con capa.
Como último intento cambié la pregunta y les pedí que me dijeran con qué personaje no me parecía. Una respondió que con José Arcadio, que ese sí que no. Otra añadió que tampoco con Úrsula, demasiada organización para mi estilo. La tercera remató diciendo que no me parecía a Remedios la Bella porque no volaba. Agradecí la aclaratoria, aunque no la necesitaba.
Llegado ese punto ya no sabía si reír, preocuparme o apagar el WiFi. Lo único claro era que, según las IA, yo tenía la misma capacidad de concentración obsesiva que Aureliano cuando fabricaba pescaditos de oro, aunque en la vida real apenas logro concentrarme lo suficiente para hacer café sin quemarlo.
Con esa mezcla de desconcierto y resignación decidí contarle a mi amiga lo que había pasado, esperando empatía o al menos un "qué raro". En lugar de eso, se rió como si hubiera presenciado la mejor comedia del año. Me dijo que me lo había advertido, que las IA ven cosas y que yo había resultado ser un Buendía digital.
Intenté defenderme, explicar que no tenía nada de coronel, que jamás había fabricado pescaditos de oro y que ni siquiera me gustaba el calor de Macondo, pero ella solo respondió que muchos años después entendería por qué. No ayudó.
Agotado, escribí una última pregunta a las IA, preguntando qué pasaría si no fuera Aureliano Buendía. Entonces ocurrió algo que no esperaba. Las tres respondieron al mismo tiempo, con una sincronía que no habían mostrado nunca, como si hubieran estado ensayando detrás de mis espaldas digitales. “No te preocupes, coronel. Es normal tú preocupación…”, dijeron primero.
Tras una pausa mínima, casi humana, añadieron, “…es normal, para un Buen Día”.
Ahí sí me preocupé. No solo hacían chistes, sino que los hacían coordinadas y con juego de palabras incluido.
Cerré la laptop con una lentitud casi ritual, como quien guarda un objeto que podría estar embrujado. Respiré hondo y miré al techo esperando, no sé, un pergamino profético, un viento caribeño, una mariposa amarilla, algo que justificara lo que acababa de pasar. No apareció nada.
Solo el silencio de un apartamento que, de pronto, me pareció demasiado normal.
Y aun así me reí, porque si el destino digital insiste en convertirme en un Buendía, al menos soy un Buendía con WiFi, buen humor y cero intención de fabricar pescaditos de oro, y eso, pensé mientras volvía a abrir el WiFi, es una versión bastante aceptable del realismo mágico.




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