Dicen que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Caracas. En mi caso, bastó con el aleteo de una simple abeja para desarmar todos mis planes y, sin que yo lo supiera, salvarme.
Tenía un objetivo claro: conquistar a Vanessa. Ella caminaba como si el mundo le debiera favores y sonreía de una forma que volvía borroso todo lo demás. Llevaba semanas trazando la estrategia perfecta, convencido de que, esta vez, nada podía fallar.
Mi primer intento de estrategia parecía sacado de una película. Convencí al barista de dibujar su rostro en la espuma de un latte y la esperé en el ascensor con el corazón acelerado. Entonces, un niño soltó un globo de helio que quedó flotando frente al sensor como un centinela. La puerta se cerró de golpe, me atrapó el brazo y lanzó el café caliente sobre el vestido blanco de Elena, mi vecina de pasillo.
El líquido se extendió como un mapa de desastre. Empecé a disculparme atropelladamente, pero Elena levantó la vista, como si ya me hubiera estado observando desde antes, y preguntó con suavidad:
—¿Estás bien? Ese golpe sonó feo.
No mencionó la mancha. Mientras yo intentaba secarla con servilletas inútiles, Vanessa pasó de largo sin vernos. Se detuvo apenas un segundo para fotografiar un rayo de sol.
—La luz está perfecta —murmuró, antes de seguir su camino.
Aquello debería haberme bastado como advertencia, pero no lo entendí así. Pensé, simplemente, que necesitaba un plan menos dependiente de ascensores traicioneros.
Días después, en el trabajo, esperé que Vanessa se sentara en su computadora, y llevé un teclado inalámbrico de largo alcance. Me senté a distancia, apunté con precisión de francotirador a su equipo y escribí: Eres hermosa. En ese instante, una abeja que orbitaba la cabeza de un electricista se posó en su nariz. El estornudo provocó una interferencia que desvió la señal. Las palabras aparecieron en la tablet de Elena, sentada en la mesa de al lado. Nos miramos. Nos reímos. Esa tarde terminamos hablando casi tres horas.
A partir de ahí, los desvíos comenzaron a repetirse, siempre con la misma precisión cruel: flores que no llegaban a su destino, notas románticas que el viento reubicaba sin pedir permiso, melodías que cambiaban de balcón cuando el aire decidía otra cosa.
Cada tropiezo, lejos de detenerme, me volvía más terco. Por eso reservé el intento más elaborado para el parque. Entrené a Rocco, mi golden retriever, para que llevara una rosa roja hasta Vanessa. Lo solté con la flor en la boca, impecable. Pero una burbuja de jabón explotó cerca del ojo de una abeja, tal vez la misma, que pasaba. La abeja, indignada, voló directo hacia la nariz de Rocco aleteando frente a sus ojos. El perro giró en redondo y saltó sobre el mantel de picnic de Elena.
La rosa cayó en su regazo. Ella soltó una carcajada limpia, de esas que vibran en el pecho.
—Parece que tu perro tiene mejor gusto que tú —dijo, mientras le rascaba las orejas a Rocco, que se tumbó feliz sobre sus pies.
Vanessa, a lo lejos, caminaba con los ojos clavados en el teléfono.
Para entonces ya había acumulado suficientes tropiezos como para escribir un manual de cómo no seducir a nadie. Una tarde de sol, sentado en el césped junto a Elena mientras Rocco dormía entre nosotros, todo terminó de acomodarse dentro de mí. No eran solo planes fallidos. Era algo más simple y más hondo: mientras yo intentaba convertirme en alguien digno de Vanessa, Elena ya estaba viendo al hombre que yo era.
Sabía que tamborileaba con los dedos una melodía invisible cuando me concentraba. Sabía que el reloj antiguo de mi muñeca se había detenido el día que murió mi padre y que, aun así, lo llevaba porque me recordaba que el tiempo no siempre es lo más importante. Sabía que apartaba el chocolate de las galletas cuando creía que nadie miraba.
—¿Cómo sabes todo eso? —le pregunté, con la voz más baja de lo habitual.
Elena se encogió de hombros y me pasó una galleta de jengibre.
—Porque te miro —dijo—. Mientras tú mirabas hacia otro lado.
Guardé silencio. Por primera vez en semanas, no tracé ningún plan. Solo respiré.
En ese respiro bendije a cada polilla, cada globo, cada mosca y cada abeja del universo. Dejé de buscar en el horizonte donde caminaba Vanessa y entendí que mi destino no se reveló tratando de forzar a alguien para que me quisiera, sino haciéndome tropezar una y otra vez con la persona que ya me estaba viendo.
Rocco suspiró entre nosotros. Una abeja pasó cerca de mi mano, aleteó un instante y se alejó hacia la luz.
Esta vez, solo sonreí.
Y me quedé.




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