La noche en el poblado era un manto de terciopelo pesado, roto solo por el resplandor de una hoguera central que proyectaba sombras alargadas contra las paredes de adobe de las casas escalonadas. Los jóvenes se habían agrupado en un semicírculo sobre la tierra apisonada de la plaza, envueltos en mantas frente al frío que bajaba de las mesetas, mientras el aroma de la leña de piñón se mezclaba con el polvo del desierto. En el centro, el anciano permanecía sentado sobre un tronco de enebro, con las manos extendidas hacia las llamas, como si invocara el calor de los mundos que ya no existen. Pertenecía a los Custodios del Velo, un linaje que había caminado por todos los continentes desde el alba de los tiempos. Protegían los Nexos Primordiales, aquellos portales que, en algunas regiones, llamaban sipapus; en otras, vórtices o umbrales. No eran de una sola tierra ni de un solo nombre: sus cánticos se adaptaban a cada desierto, montaña o selva donde un sello amenazaba con romperse.
Cuando el anciano habló, no alzó la voz.
Se volvió densa.
Su tono se asentó en la plaza como un peso antiguo, retumbando más bajo la tierra que en el aire, y los muchachos sintieron la vibración en las plantas de los pies antes de comprender las palabras.
—Escuchen, estirpe del barro y la arena —dijo—, pues el aire que respiran hoy es el mismo que se asfixió en la caída.
El fuego crepitó.
Nadie se movió.
—En la aurora del Segundo Mundo, la Tierra era una Vasta Resonancia; no existía la herida ni el muro. Los Nexos Primordiales eran Grandes Puertas de Cristal y Aliento, abiertas de par en par bajo un sol de ámbar que nunca conocía el ocaso.
No eran meras entradas. Eran puntos de tránsito.
—Por ellas fluía el Canto Único sin interrupción. A través de las Puertas, el pensamiento de un hombre se volvía la canción de todos; el aliento de los Espíritus ascendía y descendía libremente, tejiendo los cielos con las montañas, la vida con el vacío, lo visible con lo invisible.
— Nadie ocultaba nada. El cristal reflejaba toda verdad. El Aliento la compartía.
— Así, los hombres caminaban entre los Espíritus en una unión perfecta, donde cada nota del Canto Único ataba los cielos a las montañas y sostenía el equilibrio eterno.
El anciano dejó pasar un silencio breve, casi incómodo.
—Y durante un tiempo… eso bastó.
El viento cruzó la plaza, levantando una ráfaga de chispas.
—Hasta que algunos comenzaron a escuchar su propia nota con más atención que la del conjunto.
Entonces alzó el rostro.
—En las altas cumbres de la Desolación, donde ese orgullo silencioso se acumuló como nubes inmóviles, surgió Q’atoka.
No llegó del vacío.
No fue invocado.
—Se manifestó desde dentro.
Tomó forma en alas de ceniza que brotaron de grietas invisibles. No hablaba. No seducía. Su presencia hacía más denso el aire, como si cada respiración costara un recuerdo.
—Q’atoka fue el eco vivo de la discordia. Creció alimentado por sombras pequeñas: comparaciones no dichas, agravios retenidos, notas que dejaron de compartirse, hasta que su sombra eclipsó la luz ámbar.
El anciano inclinó la cabeza hacia el fuego.
—Q’atoka no necesitó convencer.
Alzó un dedo nudoso.
—Pero su peso dejó espacio para que otros aprendieran a hacerlo.
Algunos jóvenes se estremecieron antes de comprender por qué.
—De su lengua envenenada nació Vochti.
No descendió con fuego.
Descendió con cercanía.
—Vochti, el Heraldo de las Mil Caras, habló en voz baja, con aliento tibio, con palabras que parecían propias.
No gritó.
Susurró.
—Se acercó a los Guardianes de las Puertas y les habló así:
“¿Por qué compartir el Canto, si tu nota es la más pura?
¿Por qué dejar las Puertas abiertas, si el Vacío es un tesoro que solo tú deberías custodiar?”
Un guardián cerró su Puerta una noche.
No por miedo al enemigo, sino por miedo al vecino.
El veneno fue lento.
—Las palabras de Vochti se filtraron como humo invisible. Alianzas se resquebrajaron en murmullos. Comunidades que antes cantaban juntas comenzaron a desconfiar de cada nota ajena.
El orgullo individual infectó al colectivo.
—El Canto Único se fragmentó.
Las llamas crepitaron con fuerza.
—Cuando las Puertas dejaron de unir, el mundo perdió su defensa final.
El anciano alzó ambas manos.
—Las Puertas de Cristal se astillaron. Se volvieron bocas hambrientas.
El cielo de ámbar se quebró.
No fue un instante.
Fue un arrastre.
—El sol se fragmentó en astillas de luz rota que cayeron como ceniza ardiente. La tierra se abrió en grietas profundas.
Todo lo demás ocurrió después.
—Ríos asfixiados. Campos mudos. Cicatrices que no cerraron.
No fue destrucción.
Fue herencia.
—Por esas grietas, los ecos de la discordia aprendieron a viajar hacia otras eras.
Los pocos que aún conservaban fragmentos del Canto se reunieron ante los Nexos que quedaban en pie.
—Con los últimos alientos de armonía, sellaron parcialmente las Puertas astilladas, convirtiéndolas en pasajes estrechos y peligrosos.
Uno a uno, descendieron.
—Así llegaron al Tercer Mundo: más oscuro, más frágil, donde el sol conocía el ocaso y la tierra exigía sacrificio para dar frutos.
No todos cruzaron.
—Algunos fueron devorados. Otros quedaron atrapados como ecos errantes. Pero quienes emergieron llevaron consigo una memoria herida… y una promesa.
El anciano alzó la mirada hacia los jóvenes.
—El Segundo Mundo no cayó por las espadas, sino por el silencio de los corazones que dejaron de decir la verdad.
Las palabras se apagaron en el humo, como si el fuego mismo las hubiera absorbido. La plaza quedó suspendida en un vacío helado.
Elias Thorne exhaló lentamente, apoyado contra la pared de adobe de la casa más alejada. El humo de su cigarro se enredó con las espirales de la hoguera antes de disiparse, una danza gris demasiado parecida a la Eco-Ceniza del relato.
El silencio, pensó.
Siempre empezaba ahí.
No era frío lo que sentía en los dedos, sino memoria. Su encuentro reciente en las profundidades de Pueblo Bonito había sido eso: una grieta viva, un Atrapado arañando el velo con una desesperación que ninguna leyenda lograba contener.
La disonancia de la que hablaba el anciano era la misma estática que ahora saboteaba los enlaces entre los Nodos dispersos por los continentes. Mientras los jóvenes temblaban ante la caída del cielo ámbar, Elias sintió en la nuca el presagio de un Cuarto Mundo perdiendo su frecuencia.
Sabía que, si no contenían la presión que crecía en las entrañas de Arizona, y en otros puntos del globo, el ciclo volvería a cerrarse.
El poblado... El olvido; El silencio como única verdad.
Entonces lo sintió.
No fue el crepitar del fuego. Desde lo profundo, bajo sus pies, un zumbido familiar comenzó a ascender: el pulso inconfundible de un Nexo que, en algún lugar del mundo, ya había empezado a agrietarse.





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