La medianoche no llegó con el golpe de un reloj, sino con un bostezo gélido que se instaló en mi cuarto como huésped indeseado. Primero apagó el tic-tac lejano de mi reloj; luego, el zumbido del refrigerador y el ronroneo del ventilador. Quedó solo el zumbido amplificado de mi sangre contra el tímpano y el parpadeo azul del teléfono que vibraba una vez más sobre la mesa… pantalla negra, como si esperara por mí. Intenté ignorarlo, pero el silencio se hizo eléctrico: un grito ahogado con tono de notificación.
Allí estaba yo, en vigilia insomne, viendo agonizar la luz de la lámpara sobre los restos de mi devoción. Entonces oí un carraspeo seco, como el crujido de un pergamino olvidado en una cripta, que brotó de aquel rincón donde la penumbra se volvía líquida.
—Interrogar a la sombra, cuando la luz se ha marchado a iluminar otro rostro, es empresa vana —susurró una voz que se filtraba desde las grietas de la razón.
De la oscuridad, emergió una silueta envuelta en una levita raída. No vi sus ojos, pero traía consigo un aroma anacrónico: tinta fresca, tabaco rancio y el frío mineral de tierra removida. Sus dedos dejaron leves manchas oscuras en el brazo de la silla, como si la madera absorbiera su sustancia espectral. Se sentó en la orilla de mi cama y me observó con una fijeza que convertía mi sangre en plomo.
—Tú perdiste a una mujer que camina bajo el mismo sol que tú, pero que jamás te reconoció como destino —continuó—. Yo también conocí ese invierno del alma, aunque mi pérdida olía a flores de cementerio. Escucha el aire mi viejo amigo. Tu, arquitecto de nadas: el dolor tiene la misma frecuencia en todos los siglos.
—Ella nunca fue mía —confesé—. Fui andamio de su alegría, siervo de una felicidad que usó para mirar otro horizonte. Me desangré en silencios para que ella tuviera voz. Ahora que sabe cantar, se la ofrece a un extraño.
La figura se inclinó hacia la luz. Reveló una frente pálida y vasta como lápida, cabello oscuro que vibraba con electricidad fúnebre. Una sonrisa amarga, casi un rictus, se dibujó bajo el bigote.
—Tu tragedia es más refinada que la mía. Yo perdí a una mujer que amé; tú perdiste a una que nunca te amó. Convertiste barro en oro; y el ídolo, al brillar, miró hacia otro lado. Ella no solo se llevó las llaves de tu alma: se llevó la luz que instalaste en su mirada para que otro viera el camino.
Se puso en pie con la elegancia letal de un ave de rapiña. En la pared, la luz de la lámpara proyectó forma de alas negras, pesadas, eternas.
—¿Qué hago ahora con este “nunca más”? —pregunté. La frase me amputaba el futuro.
—Esa frase es mi herencia, no tu condena —replicó—. Mi cuervo la graznaba desde un busto pálido; el tuyo grazna en el parpadeo de una pantalla que se niega a llenarse. Tu “nunca más” es más feroz: no sentencia el fin de un amor, sino el fin de una ilusión. No es que ella se haya ido: sino que nunca estuvo donde construiste tu altar.
Se acercó. Olí el invierno en sus ropajes. Sacó de la levita una pluma cuya punta brillaba con luz negra, como una astilla de noche pura.
—Escribe —ordenó—. No sobre lo que no fue, pues ya es página en blanco que no te pertenece. Escribe sobre el hombre que se vació para alimentar un incendio que no le dio calor. Haz que tu naufragio rime con la eternidad. No hay belleza tan terrible como un sacrificio sin testigos.
Comenzó a desvanecerse, integrándose en la mancha de tinta de la noche. Antes de marcharse dejó sobre la mesa un rastro de ceniza y una verdad que se clavó como puñal gótico:
—No busques bálsamo en Galaad. Para los que amamos sin ser elegidos, solo queda la majestuosidad del desastre.
Me quedé a solas con mi sombra. Estiré los dedos y me senté frente al resplandor azulado de la computadora. La pluma de Poe, ahora sé quién era aquella sombra, descansaba en el borde del escritorio, recordatorio de que el dolor no era desperdicio, sino noble materia prima.
Ya no miré el teléfono. Mis manos, que tanto habían trabajado para esculpir un trono de cristal a quien prefirió el yermo, se posaron por fin sobre el teclado. Las teclas comenzaron a sonar como picoteo rítmico de ave sobre madera: obsesivo, necesario. Sentí el roce de alas invisibles en la nuca: ya no era miedo, sino mandato.
Con un suspiro que sacó el último resto de esperanza inútil, tecleé la primera frase, frontera entre pasado e inmortalidad:
“Ella fue la deidad de un templo que nunca quiso habitar; hoy le devuelvo sus llaves y sus silencios, mientras yo me quedo con el fuego, con esta pluma y con la gloria de haber amado incluso en el vacío…”
El cursor ya no parpadeaba en espera. Latía en ritmo, como un corazón que, por fin, late solo para sí. Las alas se aquietaron. En la pantalla apareció algo que no era silencio.
Que el olvido le sea leve. A mí me quedan las palabras para volverme eterno.
(escribir un relato en el que aparezca un personaje histórico.)
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