Se detuvo en una repisa mínima, apenas suficiente para las puntas de las botas, y apoyó la palma de la mano en la roca porosa, todavía tibia por el sol. Cerró los ojos un instante y respiró hondo. Allí arriba, el tiempo perdía su forma habitual; no avanzaba, se estiraba.
—Estás tranquila hoy —murmuró.
Hablaba con la montaña por una cortesía aprendida. Su abuela le había enseñado que la piedra escucha y que guarda memoria en sus vetas de cuarzo, que cada capa es una frase antigua y cada fisura, una advertencia. Sarela, con veintitrés años, aún no dominaba ese lenguaje, pero empezaba a reconocer cuándo la montaña estaba en calma… y cuándo no.
Se impulsó de nuevo, ascendiendo con una gracia que su cuerpo todavía no daba por sentada. Cada agarre era exacto, cada movimiento respondía tanto a años de práctica como a una intuición que no siempre sabía explicar. Al pasar bajo el nicho elevado del Gran Purunmacho, el antiguo guardián de arcilla que vigilaba el valle desde su repisa, sintió la presencia habitual: inmóvil, constante, ajena al paso del tiempo. Siempre había estado allí. Siempre estaría.
O eso había creído.
La vibración bajo su piel cambió.
No fue inmediato. Primero apareció como una irregularidad leve, casi imperceptible, un error mínimo en un ritmo conocido. Luego se volvió un lamento contenido, profundo, que no provenía del aire sino de la roca misma. El calor residual desapareció de golpe, como si un fuego antiguo hubiera sido sofocado, y un escalofrío recorrió la pared.
—¿Qué te pasa? —susurró.
La piedra no respondió. El silencio se tensó, expectante, y el aire adquirió un olor agrio, cargado de humedad rancia y azufre. Colgada de una mano, Sarela giró el torso y entonces lo vio.
El nicho del Gran Purunmacho, a pocos metros, estaba siendo devorado por una sombra que no pertenecía al sol. El sarcófago de arcilla mostraba una grieta negra que latía como una herida viva. Aquella sombra no era ausencia de luz, sino algo denso y físico, derramándose sobre la roca que ella conocía de memoria, ocupándola como una infección.
La libertad del ascenso terminó ahí.
La montaña estaba siendo invadida.
Flanqueó lateralmente hacia el nicho con movimientos técnicos y medidos. A medida que se acercaba, la temperatura descendía de forma antinatural; la niebla quedaba suspendida, inmóvil, y el zumbido de la montaña se transformaba en un sollozo irregular concentrado bajo el sarcófago. Frente a él, se balanceó suavemente para estudiarlo. La figura de casi dos metros parecía intacta, con el rostro impasible orientado al horizonte, pero al acercar la mano, sin tocar, sintió una repulsión clara, como si dos fuerzas iguales se negaran a encontrarse.
Extrajo de la faja la vara de chonta, madera negra heredada de su abuela, y rozó con ella la base donde la arcilla se fundía con la roca viva. No se trataba de una grieta física, sino de una asimetría en la sombra: demasiado larga, demasiado densa, moviéndose con una lentitud líquida que no obedecía al sol.
Al acercar la punta al cuello del sarcófago, advirtió que el ocre rojo ancestral había sido sustituido por una costra violeta oscura, casi negra, que palpitaba con un ritmo ajeno.
—No es erosión —comprendió en voz baja—. Es una intrusión. Alguien rompió el silencio desde el otro lado.
Rozó la costra.
La montaña gritó.
La superficie estalló y un chorro de aire fétido la golpeó, lanzándola hacia atrás. Solo el anclaje principal la salvó del vacío. De la rotura emergió una extremidad larga y delgada, translúcida como vidrio ennegrecido, que se desplegó con el crujido de articulaciones antiguas. La criatura no salió del todo: usaba el Purunmacho como una armadura incompleta. Una segunda mano, con dedos imposiblemente largos, se aferró al borde del nicho y tiró hacia afuera, dejando ver un rostro sin ojos, hecho de humo condensado.
Sarela recuperó el equilibrio en la cuerda por puro instinto. Con una mano desenrolló la cuerda de fibra de llama; con la otra buscó el clavo de bronce que siempre llevaba en la faja, metal trabajado para sostener sellos. La criatura atacó sin dudar, no con mordidas sino cargando directamente contra la cuerda de vida.
—¡Atrás! —rugió.
El golpe pasó a milímetros de su rostro y desgarró la correa del casco. El roce le robó el calor de la mejilla, que se entumeció como si la sangre hubiera sido arrancada. Soltó el freno y cayó varios metros antes de que la cuerda se tensara con un crujido seco.
La sombra se estiró de forma imposible, descendiendo por la pared como una araña de tinta negra cuyos dedos se hundían en la roca sólida, destruyendo agarres bajo el nicho. Sarela gritó, con rabia más que con miedo, cuando la entidad envolvió la cuerda principal y el nailon comenzó a vibrar, deshilachándose bajo una corrosión oscura.
Atrapada, respiró hondo mientras el cuerpo de escaladora tomaba el mando antes de que el pánico pudiera hacerlo. Pateó la pared e inició un péndulo amplio hacia la derecha. La sombra intentó cerrarse sobre ella en el aire, pero Sarela fue más rápida: en el punto máximo soltó el anclaje rápido y se lanzó a una fisura estrecha que conocía desde niña.
Quedó suspendida solo de las yemas, en una grieta del tamaño de una moneda. Debajo, la cuerda, quemada, colgaba inútil. La sombra rugió, y el sonido vibró dentro de sus pulmones como si buscara anclarse allí.
Pero Sarela ya no dependía solo del equipo moderno. Sintió que entraba en el terreno de su linaje. Colgada de una mano, extrajo un puñado de polvo de cinabrio mezclado con resina de selva y lo sopló. El rojo reveló la silueta torcida del ser.
—Nudo de sangre, lazo de piedra.
Sacó la cuerda de fibra de llama y cobre que siempre llevaba enrollada en la faja. No para sostenerse, sino como arma. El cobre brilló con un resplandor naranja cuando lanzó el extremo, que se enroscó en el torso de humo. El contacto fue devastador: la fibra sagrada canalizó la energía estática del acantilado hacia el núcleo oscuro, y la entidad comenzó a perder cohesión, retorciéndose.
Sarela saltó desde la grieta hacia su pecho y, en el aire, desenvainó el Tumi de plata y bronce, cuchillo ceremonial capaz de cortar vínculos invisibles. Clavó la hoja en el centro de la masa y la plata absorbió la oscuridad como un sello inverso. Con las botas plantadas en el pecho del ser, empujó hacia el nicho roto.
—Vuelve al silencio.
La sombra colapsó y fue succionada de regreso al Uku Pacha. La montaña exhaló un suspiro largo y profundo. El grito cesó. El silencio volvió, distinto al de antes, más tenso, como si algo hubiera quedado a la espera.
Sarela quedó colgada del brazo derecho, jadeando, con los dedos sangrando y el equipo destrozado. Tardó varios segundos en recuperar el control de su respiración. Cada movimiento le recordaba el frío que la entidad había dejado en sus huesos. Selló la fisura con arcilla sagrada mezclada con su sangre y resina de chonta, y la vibración errática de la montaña se aquietó, aunque no desapareció del todo.
Fue entonces cuando lo vio.
En la base del sarcófago, donde no debería haber nada más que piedra erosionada, descubrió cortes demasiado precisos para ser antiguos. No eran grietas naturales ni desgaste de siglos. Eran marcas recientes, hechas con intención. Entre los fragmentos de arcilla encontró una cápsula de metal pulido, pequeña, casi discreta, con un sensor que parpadeaba con una luz roja agonizante.
Al sostenerla, sintió un frío que no provenía de la montaña.
No era arqueología.
No era descuido.
Era vigilancia.
Cerró el puño alrededor del objeto y, por primera vez desde que había comenzado a escalar, sintió miedo de algo que no podía expulsar con rituales ni cuchillos. Alzó la vista hacia el horizonte, donde las nubes se abrían sobre las cumbres como si la cordillera misma contuviera un dolor sin nombre. La vibración había cambiado, no por una intrusión fallida, sino por algo más profundo y persistente.
Alguien había tocado lo que no debía.
Y no lo había hecho a ciegas.
Guardó la cápsula en la faja, no como prueba sino como advertencia, y comenzó el descenso. Cada metro hacia abajo le confirmó una certeza incómoda: lo ocurrido no había sido un accidente ni un hecho aislado.
Algo se estaba moviendo en la oscuridad.
Y alguien, en algún lugar, estaba observando.
Sarela descendía ahora con una comprensión nueva. No bastaba con vigilar lo que dormía bajo la tierra. Si el silencio había sido roto por manos humanas, entonces su tarea estaba a punto de cambiar.
Y ella también.
(Continúa la serie: Mientras los sellos de los Andes son profanados, un zumbido seco asciende por las arenas de Arizona. Elias Thorne sabe que la vida está fuera de equilibrio.






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