La procesión avanzó en silencio por el sendero de tierra roja que llevaba al Pozo de Santa Cristina. Las antorchas, alineadas como un collar de fuego, iluminaban los rostros tensos de las familias que acompañaban a Luna y Teo. No era un rito privado: era un acto de amor ofrecido ante la comunidad, un compromiso que trascendía lo humano para convertirse en parte de la arquitectura invisible que sostenía la isla.
Los ancianos caminaban al frente, sosteniendo bastones de olivo marcados con runas antiguas. Entonaron una letanía grave que hacía vibrar la noche:
- Sa luna narat, s’abba iscultat. Lughe e abba, semus unu. (La luna habla, el agua escucha. Luz y agua, somos uno.)
Las madres de los amantes llevaban collares de conchas que tintineaban con cada paso, como si el mar quisiera participar. Los niños, demasiado pequeños para comprender, observaban con ojos enormes, sintiendo que algo sagrado estaba a punto de ocurrir.
Al llegar al borde de la escalinata, el aire cambió. El olor a salitre y basalto húmedo se volvió más denso, casi táctil. La luna llena, suspendida sobre la abertura del templo, proyectaba un cilindro de luz blanca que descendía con una precisión imposible, tocando el espejo de agua como si lo despertara.
Allí, en el primer escalón, el pueblo se detuvo. Nadie podía bajar más. El ritual exigía que los amantes caminaran solos hacia el corazón del Anclaje. Era la ley de la isla, la ley del sello, la ley del amor que sostiene el mundo.
Luna se volvió hacia su gente. Vio lágrimas contenidas, orgullo y miedo entretejidos. Teo apretó su mano con firmeza, y en ese gesto compartieron todo lo necesario. Los ancianos levantaron sus bastones para entonar el canto final de despedida y bendición, recordándoles que, aunque descendieran solos, no lo estaban verdaderamente.
Los amantes comenzaron el descenso.
El agua los recibió con un frío que parecía provenir de siglos atrás. Luna era la luz: su piel reflejaba el rayo lunar, y cada paso suyo parecía encender el aire a su alrededor. Teo era el agua: su respiración se acompasaba con el murmullo del pozo, como si el acuífero reconociera su presencia. Entre sus manos sostenían el Broche de Filigrana, una pieza de plata tan delicada que parecía hecha de luz tensada. No era una joya. Era un puente. Los hilos finos, tejidos como los susurros de las janas en las cuevas secretas, recordaban el primer juramento bajo la luna: protección eterna, unión que ningún mal puede romper.
—Coro a coro, sa petra bidet —susurró Luna, y su voz se multiplicó en la cúpula—. (Corazón con corazón, la piedra ve.)
—Lughre e abba, su segretu est preservadu —respondió Teo, sintiendo cómo el agua vibraba bajo sus pies—. (Luz y agua, el secreto está preservado.)
Cuando unieron sus manos sobre el broche, la plata comenzó a latir. No era metáfora: latía como un corazón, como dos corazones sincronizándose. La luz de la luna descendió por el cilindro perfecto y tocó el broche, y por un instante Luna y Teo fueron una sola frecuencia.
Pronunciaron entonces su juramento, no uno aprendido, sino uno nacido de su propia historia y certeza.
El broche vibró. El agua tembló. La luz se intensificó.
Y luego… nada.
Ni un destello.
Ni un susurro.
Ni una onda en la superficie del agua.
El pozo permaneció inmóvil, indiferente, como si no hubiera escuchado nada.
Luna abrió los ojos, desconcertada. Teo sintió cómo el frío del agua se volvía más pesado. Ambos esperaron: un segundo, dos, diez. Nada. El Anclaje no reaccionaba. No había señal de aceptación ni de rechazo. Solo silencio.
La duda entró primero, suave como una grieta. El agua empezó a oler levemente a hierro oxidado, como sangre antigua que se filtra. El broche latió irregular, como un corazón que titubea.
¿Y si no eran ellos? ¿Y si el broche no los reconocía? ¿Y si el amor que sentían no bastaba para sostener un mundo? ¿Y si las esperanzas de su pueblo habían sido depositadas en manos equivocadas?
Teo tragó saliva. Luna sintió un nudo en el pecho. El silencio del pozo se volvió insoportable, como si la piedra misma los observara sin decidir.
Y entonces, muy lentamente, el agua cambió de temperatura. No se agitó. No brilló. No habló. Simplemente se volvió más fría: una frialdad que no pertenecía al mundo, que se filtraba a través del agua desde algo más profundo.
Una sombra, apenas perceptible, cruzó el fondo del pozo. No tenía forma ni borde. Era una ausencia que se movía.
El broche dejó de vibrar.
La luz de la luna pareció apagarse un instante.
El aire se volvió espeso, como si respiraran a través de tela mojada.
Y entonces lo sintieron. No lo vieron primero. Lo sintieron.
Una presión en el pecho.
Un murmullo que no era sonido.
Una duda que no era suya.
Un Disfàghidu de sas Mares (el Deshacedor de las Mareas) había respondido antes que el Anclaje.
La sombra emergió desde el fondo, lenta e inevitable, como si hubiera esperado exactamente ese momento de incertidumbre. No irrumpía como un monstruo: se deslizaba, paciente, segura de que el miedo ya había hecho la mitad del trabajo.
La sombra se expandió, oscureciendo el agua alrededor de Teo, envolviéndolo como un manto pesado. Luna vio cómo los zarcillos de oscuridad se enroscaban en sus brazos, en su cuello, en su pecho, buscando arrancarlo de ella. Teo intentó moverse, pero el agua lo sujetaba como si formara parte de la sombra misma.
La sombra no atacaba con violencia bruta. Susurraba. A Teo le recordó la noche en que, años atrás, había prometido protegerla de la tormenta y, por miedo, la dejó sola en la cueva; le susurró que nunca había sido digno, que Luna merecía a alguien que no hubiera fallado en la promesa más sagrada. A Luna le insinuó que Teo la idealizaba, pero que en el fondo nunca la había visto de verdad: sus miedos, sus grietas ocultas.
—Teo… —susurró Luna, y su voz tembló por primera vez.
La sombra respondió al temblor. Se fortaleció. El Disfàghidu se alimentaba de la duda.
Teo sintió que algo dentro de él se aflojaba. No un músculo. No un hueso. Algo más profundo. La idea de que quizá no era suficiente. De que quizá nunca lo había sido.
—No mi lassaras, Teo… non custa borta —susurró Luna—. (No me sueltes, Teo… no esta vez.)
La luz de la luna se reflejó en su piel, intensificándose como si respondiera a su determinación. Luna dio un paso hacia él, hundiéndose más en el agua negra. La sombra siseó, irritada, y lanzó un zarcillo hacia ella, pero la luz que emanaba de su cuerpo lo hizo retroceder.
—Teo, mira·mi —continuó ella—. (Mírame.)
Él levantó la vista con esfuerzo. Sus ojos estaban empañados, como si la sombra hubiera cubierto sus pensamientos.
—No escuches lo que te dice —insistió Luna—. Non est sa tua boghe. Non est sa tua beridadi. (No es tu voz. No es tu verdad.)
El agua burbujeó alrededor de Teo, como si el pozo entero quisiera tragárselo.
—Luna… yo… ¿Y si no somos suficientes? ¿Y si aquella noche…?
La sombra vibró de placer.
Luna sintió un dolor punzante en el pecho, pero no retrocedió. Dio otro paso. El agua le llegó a la cintura. La luz que la rodeaba se volvió más intensa, como si la luna misma la empujara hacia adelante.
—Teo, escúchame —dijo, firme, cálida, indiscutible—. Deo so sa lughe. Tue ses s’abba. E paris semus su segellu. (Yo soy la luz. Tú eres el agua. Y juntos somos el sello.)
— Aquella noche fallamos los dos. Pero nos elegimos después. Siempre.
El broche, aún entre sus manos unidas, emitió un leve pulso.
Teo sintió algo romperse dentro de él. No una grieta. Una atadura. La sombra siseó, irritada, intentando hundirlo. Pero Teo ya no miraba al agua. Miraba a Luna.
—Deo ti bogu, Luna… e ti serro —dijo con voz clara—. (Yo te quiero, Luna… y te sostengo.)
La sombra se contrajo, quemada por esas palabras.
—E deo ti bogu, Teo… a pustis de totu —respondió ella—. (Y yo te quiero, Teo… después de todo.)
El broche despertó.
La plata vibró con un latido profundo, como si un corazón antiguo hubiera vuelto a la vida. Los hilos de filigrana se expandieron como una red viva, recordando las janas que tejen protección contra el mal de ojo y el olvido. La luz descendió por el cilindro lunar y se concentró en el broche, que estalló en un resplandor plateado que iluminó todo el pozo.
Los hilos se mezclaron con el agua, y el agua se mezcló con la luz, formando un remolino que giraba alrededor de los amantes. Teo sintió cómo el agua respondía a su voluntad. Luna sintió cómo la luz fluía hacia el broche, tejiendo la red.
La sombra intentó escapar, pero la red se cerró sobre ella, obligándola a retroceder hacia el fondo del pozo. El Disfàghidu rugió, un sonido sordo que hizo vibrar las paredes del templo.
—FROZZA ET CORO! —gritaron juntos—. (¡Fuerza y Corazón!)
La red se tensó.
La sombra se desgarró.
El sello se encendió.
El basalto brilló con líneas plateadas que se extendieron como venas por toda la estructura. Las micro-grietas se cerraron. El agua recuperó su claridad. El aire se volvió liviano.
Y el pozo respiró.
Luna y Teo quedaron de pie, tomados de las manos, con el broche brillando entre ellos como una estrella atrapada.
Habían vencido.
No por fuerza.
No por destino.
Sino porque su amor era real.
El silencio que siguió no fue pacífico. Era denso, cargado, como si el pozo aún contuviera un eco del Disfàghidu. Luna apoyó la frente en el hombro de Teo. Él temblaba. Ambos estaban exhaustos.
El sello estaba restaurado… pero algo no encajaba.
Luna levantó la vista hacia las paredes del pozo. Había marcas. No de erosión. No de desgaste natural. Eran cortes. Precisos. Intencionales.
—Custu no est naturale —susurró ella—. (Esto no es natural.)
Teo siguió su mirada. Su expresión cambió.
—Alguien l’at toccadu —respondió—. (Alguien lo ha tocado.)
No era un fallo espontáneo.
Había sido debilitado.
Saboteado.
Y el Disfàghidu no había venido por azar.
—Casi… casi nos rompe —murmuró Luna.
—Ma no l’at fattu —dijo Teo—. Proite nois semus paris. (Pero no lo hizo. Porque estamos juntos.)
El broche vibró suavemente, como si confirmara sus palabras.
Con pasos lentos comenzaron a subir la escalinata. Cuando emergieron del pozo, el aire nocturno les golpeó el rostro como una bendición.
El pueblo los esperaba en silencio reverente.
Todos habían sentido el temblor.
Todos habían visto la luz.
Todos sabían que algo había cambiado.
Luna y Teo avanzaron entre ellos, tomados de la mano. Nadie los tocó. Nadie habló. Era como si el pueblo entero entendiera que regresaban no solo cansados, sino transformados.
El anciano mayor dio un paso adelante.
—Fizos de sa lughe e de s’abba… —dijo con voz grave—. (Hijos de la luz y del agua…)
—Su tempus chi benit no est unu tempus de pagu. (El tiempo que viene no será un tiempo fácil.)
—Ma est su tempus vostru. (Pero es su tiempo.)
El viento sopló entre los olivos. Las antorchas parpadearon. El pozo exhaló un último suspiro… frío, no plateado, como si algo hubiera aprendido de ellos y esperara su momento.
Algo había comenzado.
Algo que no podían ver aún.
Algo que los había elegido a ellos.
Y aunque estaban exhaustos, heridos y asustados…
también estaban juntos.
Y en ese nodo, eso era suficiente para desafiar al Disfàghidu… por ahora.





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