El libro pesaba en mi mano con densidad de tiempo, un peso que parecía emanar de la madera misma del tercer estante, ese rincón de penumbra que siempre había reservado para Stoker. Al retirarlo, quedó un hueco breve, como si la madera hubiera exhalado ante la ausencia de su inquilino habitual.
Me hundí en el sillón y abrí el libro, buscando el consuelo de una historia conocida, el destino me detuvo en la primera línea del tercer capítulo:
“Cuando descubrí que era un prisionero, una especie de sentimiento salvaje se apoderó de mí”
De repente, aquella ventana hacia Transilvania mutó en un espejo incómodo. La distancia entre el texto y mi propia realidad se había disuelto: mi carcelero no tenía colmillos ni forma visible, sino la persistencia silenciosa de la costumbre. Mi prisión no era de piedra, sino de la inercia de los años y la inagotable necesidad de ser útil, un muro que había levantado día a día sin siquiera notar que me estaba confinando.
Cerré el libro, despacio, mientras mi mirada regresaba al hueco en el estante. Ya no parecía una herida, sino un espacio en calma que no exigía ser llenado. Sonreí: el encierro no estaba afuera. Estaba adentro, en la manera en que yo mismo había sostenido los barrotes de mi propia jaula. Al observar el estante, sentí una extraña paz al saber que bastaba con aflojar la presión.
No soy todavía quien atraviesa los muros por completo, pero algo en mí empieza a moverse, como si el aire, tras años de quietud, hubiera encontrado finalmente una rendija por donde colarse.

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