La vi de pronto,
como se manifiestan las fuerzas verdaderas:
sin anunciarse,
sin pedir permiso,
simplemente ocupando el lugar
del que ya no retroceden.
El vestido negro,
ceñido e inevitable,
no intentaba cubrirla:
la acompañaba,
como la tierra acompaña a la semilla
cuando algo empieza a moverse
bajo la superficie
y el mundo, por un instante,
aprende a contener la respiración.
En ese centro
habitaba una luz redonda,
un pequeño universo creciendo en silencio,
una vida que ensaya su diálogo
desde la tibieza de lo innombrado,
desde aquello que aún no tiene nombre
pero ya conoce su rumbo.
La curva ascendía despacio
hasta sus ojos,
del color de la noche que la envuelve,
una noche que no oculta,
sino que guarda
y sabe esperar.
Cuando se encontraron con los míos,
entendí
que existen tinieblas
que no apagan nada,
sino que revelan,
porque en su sombra
algo en mí
aprendía a ver.
Y en esa luz nueva que empezaba a nacer
sobre su pecho,
una rosa brotaba de un corazón abierto;
se ofrecía sin alarde,
impulsada por un rumor doble,
como si aquel latido extra
le concediera la fuerza necesaria
para abrirse
y teñir de rojo
lo que ya palpitaba dentro.
En medio de ese pulso compartido,
ella se erguía completa,
y el aire parecía apartarse
con una delicadeza antigua,
como si supiera
que dos latidos avanzaban
resguardados en un solo cuerpo.
Yo permanecí inmóvil,
no por falta de impulso,
sino por respeto al milagro
que no pedí
y que, sin embargo,
ya comenzaba a transformarme en silencio.
Porque allí, al verla así,
tan entera, tan hermosa,
envuelta en su noche fértil,
algo que llevaba tiempo
contenido,
aprendiendo a callar
en el fondo del pecho,
cedió.
No fue un gesto
ni una decisión.
Fue el reconocimiento
de una fuerza
que ya no acepta cadenas.
Y entonces el amor,
como se manifiestan las fuerzas verdaderas:
sin anunciarse,
sin pedir permiso,
simplemente ocupando el lugar
del que ya no retroceden.
El vestido negro,
ceñido e inevitable,
no intentaba cubrirla:
la acompañaba,
como la tierra acompaña a la semilla
cuando algo empieza a moverse
bajo la superficie
y el mundo, por un instante,
aprende a contener la respiración.
En ese centro
habitaba una luz redonda,
un pequeño universo creciendo en silencio,
una vida que ensaya su diálogo
desde la tibieza de lo innombrado,
desde aquello que aún no tiene nombre
pero ya conoce su rumbo.
La curva ascendía despacio
hasta sus ojos,
del color de la noche que la envuelve,
una noche que no oculta,
sino que guarda
y sabe esperar.
Cuando se encontraron con los míos,
entendí
que existen tinieblas
que no apagan nada,
sino que revelan,
porque en su sombra
algo en mí
aprendía a ver.
Y en esa luz nueva que empezaba a nacer
sobre su pecho,
una rosa brotaba de un corazón abierto;
se ofrecía sin alarde,
impulsada por un rumor doble,
como si aquel latido extra
le concediera la fuerza necesaria
para abrirse
y teñir de rojo
lo que ya palpitaba dentro.
En medio de ese pulso compartido,
ella se erguía completa,
y el aire parecía apartarse
con una delicadeza antigua,
como si supiera
que dos latidos avanzaban
resguardados en un solo cuerpo.
Yo permanecí inmóvil,
no por falta de impulso,
sino por respeto al milagro
que no pedí
y que, sin embargo,
ya comenzaba a transformarme en silencio.
Porque allí, al verla así,
tan entera, tan hermosa,
envuelta en su noche fértil,
algo que llevaba tiempo
contenido,
aprendiendo a callar
en el fondo del pecho,
cedió.
No fue un gesto
ni una decisión.
Fue el reconocimiento
de una fuerza
que ya no acepta cadenas.
Y entonces el amor,
Durante un tiempo encadenado,
se alzó sin pedir permiso,
se desbordó
como un río que rompe su cauce
y lo inunda todo,
simplemente
porque ya no sabe
hacer otra cosa.
se alzó sin pedir permiso,
se desbordó
como un río que rompe su cauce
y lo inunda todo,
simplemente
porque ya no sabe
hacer otra cosa.




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