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viernes, 20 de marzo de 2026

A la antigua entonces

La tormenta no era un accidente. Nunca lo era cuando ellos dos se encontraban.

Él llegó primero al borde del rascacielos, envuelto en un abrigo oscuro que le pesaba como si el cuerpo humano le quedara estrecho. El viento le azotaba la ropa y, por un instante, su silueta pareció alzarse más alta de lo posible contra el cielo encapotado. Bajó la vista. La ciudad respiraba abajo en su sueño eléctrico, luces parpadeando como almas indecisas que aún no sabían si quedarse o partir.

Ella apareció poco después. Avanzó serena, elegante, caminando por el borde como si la lluvia la hubiera estado esperando desde siempre. Al llegar a su lado, rozó el vacío con un dedo, midiendo la caída con una familiaridad que helaba la sangre. Esta vez no sonrió.

Se miraron. Entre ambos persistía la misma intimidad antigua: aquel instante remoto en que sus caminos se separaron, cuando una mano se tendió hacia abajo y la otra, detenida por un corazón dividido, no la retuvo.

Siempre eliges las alturas —dijo ella al fin, con una sonrisa cansada, casi humana—. Como si aún extrañaras algo que perdiste hace mucho.

Él sostuvo la mirada. En sus ojos brillaba una luz quieta, antigua, como si hubiera visto amanecer cuando el mundo aún era silencio.

Y tú siempre eliges el borde —respondió.

El viento empujó sus palabras antes de que continuara—. Como si aún recordaras la caída.

La palabra quedó suspendida entre ellos, pesada. No era un mito ni una metáfora: era un recuerdo compartido, una fractura que había alterado todo lo que vino después.

Ella bajó la mirada un instante y luego sonrió, sin burla, solo con un agotamiento que parecía venir de muy lejos.

No me arrepiento —susurró—. Allá arriba… solo había un guion. Uno solo.

Alzó la vista hacia la ciudad—. Aquí improvisan. Se equivocan. Se pierden. Y aun así siguen caminando.

Él negó con suavidad, como quien ya ha pronunciado esa respuesta demasiadas veces.

No se trata de soltarse —dijo.

Desvió la vista hacia las luces. El cuello le dolía, como si cargar esa idea tuviera un peso físico—. Se trata de recordar.

Ella lo observó con una mezcla de ternura y fatiga, como si aquella convicción le resultara tan pesada como a él mismo.

Tú esperas que encuentren fe —dijo, rozando otra vez el borde, esta vez con menos firmeza—. Yo espero que encuentren descanso.

Volvió a mirarlo—. Tú quieres que recuerden quiénes podrían ser… y yo quiero que dejen de castigarse por no lograrlo.

La tormenta pareció contener el aliento. Un relámpago quedó suspendido un segundo más de lo natural, como si algo superior dudara antes de intervenir.

Ella suspiró y contempló la ciudad como quien recuerda batallas demasiado antiguas para nombrarlas.

Últimamente nos enfrentamos de formas muy limpias. Susurros en redes. Ideas sembradas donde nadie ve la mano. Tú empujando esperanzas en figuras visibles; yo disolviéndolas en multitudes anónimas.

Su voz descendió—. Pero extraño cuando el conflicto tenía peso. Cuando dolía en las manos.

El viento silbó entre ellos. Él asintió, y al hacerlo sus hombros cedieron apenas, como si algo invisible se aflojara.

Yo también lo extraño. Estas eras nos han vuelto sutiles… casi olvidables.

Miró el borde, y por primera vez no dio un paso más cerca—. Aquí al menos no fingimos.

Guardaron silencio. La lluvia golpeaba el concreto como un recuerdo insistente.

Entonces ella alzó la vista. En sus ojos había un brillo juguetón, teñido de nostalgia.

¿A la antigua, entonces?

Él sonrió por primera vez. Fue breve. Le dolió un poco.

A la antigua.

Cerró los ojos. Al abrirlos, algo cedió dentro de él. La luz brotó de su espalda no como un estallido, sino como una herida que vuelve a abrirse. Las alas emergieron con un estruendo opaco, pesadas, inmensas, y titubearon un segundo antes de extenderse por completo, como si el cuerpo recordara el costo.

Ella dejó caer su máscara. El fuego oscuro la envolvió, no con furia, sino con una densidad antigua. Sus ojos se volvieron pozos sin fondo y, aun así, en ellos persistía algo cercano a la compasión.

Él alzó una lanza de luz. La muñeca le tembló, apenas.

—No te enfrento por odio.

Los látigos de sombra surgieron en torno a ella, lentos, como si escucharan antes de obedecer.

Ni yo por rencor —respondió—. Solo… no creemos en el mismo mañana.

La ciudad seguía viva debajo, ignorante, respirando.

—¿Listo? —preguntó ella.

Él dudó. Fue menos de un segundo. Suficiente.

Desde antes de la Caída.

Y se lanzaron uno contra el otro.

No para vencer.

No para borrar al otro.l

Sino para que, abajo, entre luces indecisas y sueños eléctricos, nadie pudiera descartar del todo su derecho a la duda.



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