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domingo, 8 de febrero de 2026

El Arquitecto del Silencio

Hombre adulto con insomnio observa su teléfono Móvil en una noche  de vigilia
La medianoche no llegó con el golpe de un reloj, sino con un bostezo gélido que se instaló en mi cuarto como huésped indeseado. Primero apagó el tic-tac lejano de mi reloj; luego, el zumbido del refrigerador y el ronroneo del ventilador. Quedó solo el zumbido amplificado de mi sangre contra el tímpano y el parpadeo azul del teléfono que vibraba una vez más sobre la mesa… pantalla negra, como si esperara por mí. Intenté ignorarlo, pero el silencio se hizo eléctrico: un grito ahogado con tono de notificación.

Allí estaba yo, en vigilia insomne, viendo agonizar la luz de la lámpara sobre los restos de mi devoción. Entonces oí un carraspeo seco, como el crujido de un pergamino olvidado en una cripta, que brotó de aquel rincón donde la penumbra se volvía líquida.

Interrogar a la sombra cuando la luz se ha marchado a iluminar otro rostro, es empresa vana —susurró una voz que se filtraba desde las grietas de la razón.

De la oscuridad, emergió una silueta envuelta en una levita raída. No vi sus ojos, pero traía consigo un aroma anacrónico: tinta fresca, tabaco rancio y el frío mineral de tierra removida. Sus dedos dejaron leves manchas oscuras en el brazo de la silla, como si la madera absorbiera su sustancia espectral. Se sentó en la orilla de mi cama y me observó con una fijeza que convertía mi sangre en plomo.

Hombre adulto afectado por una desilución observa la visita del espectro de alguien que en verdad ha perdido.. Edgar Allan Poe
Tú perdiste a una mujer que camina bajo el mismo sol que tú, pero que jamás te reconoció como destino —continuó—. Yo también conocí ese invierno del alma, aunque mi pérdida olía a flores de cementerio. Escucha el aire mi viejo amigo. tu, arquitecto de nadas: el dolor tiene la misma frecuencia en todos los siglos.

Ella nunca fue mía —confesé—. Fui andamio de su alegría, siervo de una felicidad que usó para mirar otro horizonte. Me desangré en silencios para que ella tuviera voz. Ahora que sabe cantar, se la ofrece a un extraño.

La figura se inclinó hacia la luz. Reveló una frente pálida y vasta como lápida, cabello oscuro que vibraba con electricidad fúnebre. Una sonrisa amarga, casi un rictus, se dibujó bajo el bigote.

Tu tragedia es más refinada que la mía. Yo perdí a una mujer que amé; tú perdiste a una que nunca te amó. Convertiste barro en oro; y el ídolo, al brillar, miró hacia otro lado. Ella no solo se llevó las llaves de tu alma: se llevó la luz que instalaste en su mirada para que otro viera el camino.

Se puso en pie con la elegancia letal de un ave de rapiña. En la pared, la luz de la lámpara proyectó forma de alas negras, pesadas, eternas.

¿Qué hago ahora con este “nunca más”? —pregunté. La frase me amputaba el futuro.

Esa frase es mi herencia, no tu condena —replicó—. Mi cuervo la graznaba desde un busto pálido; el tuyo grazna en el parpadeo de una pantalla que se niega a llenarse. Tu “nunca más” es más feroz: no sentencia el fin de un amor, sino el fin de una ilusión. No es que ella se haya ido: sino que nunca estuvo donde construiste tu altar.

Se acercó. Olí el invierno en sus ropajes. Sacó de la levita una pluma cuya punta brillaba con luz negra, como una astilla de noche pura.

Edgar Allan Poe entrega una pluma a un hombre adulto, que perdió a quien nunca tuvo, para que comience a escribir su propia historia
Escribe —ordenó—. No sobre lo que no fue, pues ya es página en blanco que no te pertenece. Escribe sobre el hombre que se vació para alimentar un incendio que no le dio calor. Haz que tu naufragio rime con la eternidad. No hay belleza tan terrible como un sacrificio sin testigos.

Comenzó a desvanecerse, integrándose en la mancha de tinta de la noche. Antes de marcharse dejó sobre la mesa un rastro de ceniza y una verdad que se clavó como puñal gótico:

No busques bálsamo en Galaad. Para los que amamos sin ser elegidos, solo queda la majestuosidad del desastre.

Me quedé a solas con mi sombra. Estiré los dedos y me senté frente al resplandor azulado de la computadora. La pluma de Poe, ahora sé quién era aquella sombra, descansaba en el borde del escritorio, recordatorio de que el dolor no era desperdicio, sino noble materia prima.

Ya no miré el teléfono. Mis manos, que tanto habían trabajado para esculpir un trono de cristal a quien prefirió el yermo, se posaron por fin sobre el teclado. Las teclas comenzaron a sonar como picoteo rítmico de ave sobre madera: obsesivo, necesario. Sentí el roce de alas invisibles en la nuca: ya no era miedo, sino mandato.

Hombre adulto escribe en una computadora. dispuesto a usar su dolor como materia prima para sus palabras.
Con un suspiro que sacó el último resto de esperanza inútil, tecleé la primera frase, frontera entre pasado e inmortalidad:

“Ella fue la deidad de un templo que nunca quiso habitar; hoy le devuelvo sus llaves y sus silencios, mientras yo me quedo con el fuego, con esta pluma y con la gloria de haber amado incluso en el vacío…”

El cursor ya no parpadeaba en espera. Latía en ritmo, como un corazón que, por fin, late solo para sí. Las alas se aquietaron. En la pantalla apareció algo que no era silencio.

Que el olvido le sea leve. A mí me quedan las palabras para volverme eterno.








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viernes, 6 de febrero de 2026

Guardia en Heorot: Crónica de una Noche de Resistencia

El fuego en el centro de Heorot es apenas un suspiro: un ojo naranja que agoniza mientras la sombra avanza sin prisa. Estoy aquí otra vez, con la espalda apoyada en el pilar de madera tallada, sintiendo cómo el frío del suelo se filtra por mi túnica hasta alcanzarme los huesos. No hay cantos de bardos esta noche. Solo el crujido del edificio, que parece encogerse bajo el peso de mi vigilia.

Mis dedos, los mismos que alguna vez arrancaron extremidades con la fuerza de treinta hombres, hoy se sienten como plomo. No es mi cuerpo el que falla; es algo más hondo. Un temblor fino recorre los tendones de mis manos, nacido del cansancio de saber que el amanecer está a una eternidad de distancia y que la bestia, a diferencia de mí, nunca necesita dormir.

En esa quietud forzada escucho el primer sonido.

Grendel no llega con la furia del que busca pelea, sino con la paciencia del que sabe que el tiempo trabaja para él. Cada noche me parece más grande, no porque su cuerpo crezca, sino porque mi fe en el acero se reduce.

Con esa certeza llega también el gesto.

Hay un momento en que mis manos se abren. La espada no cae con un estrépito heroico, sino con un golpe seco sobre la paja, un sonido breve que vibra en mis muñecas y se apaga enseguida. No me importa. Miro mis palmas y, por primera vez, me parecen ajenas. ¿A quién protejo realmente? La brasa que ardía en mi pecho, como un brasero encendido en noches de festín, se ha consumido, dejando solo ceniza fría. Ya no sé para qué vencer.

Tal vez por eso Grendel se detiene. Percibe que mi resistencia se ha diluido. La puerta se abre lentamente, dejando entrar la niebla del pantano, que comienza a lamerme los pies y a robarle calor al aire.

—Hazlo —susurro, sin desafío—. Si no hay luz que custodiar, ¿qué importa si la sombra lo reclama todo?

Y, sin embargo, incluso en esa renuncia, algo persiste. Siento el peso firme de mis propios pies sobre la tierra. A falta de una razón para vencer, me queda la terca, mecánica e irracional voluntad de no ser borrado. Es mi costumbre de luchar. Una brasa diminuta, enterrada bajo las cenizas de la mente, esperando un viento que aún no llega.

Lo que sigue no es un choque de metales, sino una presión insoportable. Durante horas siento la respiración fétida de la bestia demasiado cerca, murmurándome que mi esfuerzo es inútil. No respondo. Solo aprieto los dientes. Es una batalla de milímetros: resistir el peso de los párpados, mantener un puño cerrado, seguir el compás de mi propio corazón cuando todo lo demás parece detenido.

Así, casi sin anuncio, el aire cambia.

Un rayo de sol, débil, frío, pero innegable, atraviesa la rendija de la puerta este y corta el salón como una hoja de luz. Grendel emite un siseo breve y se retira hacia las sombras. No ha sido derrotado por mi fuerza, sino por mi permanencia. Yo sigo aquí; el sol también.

No celebro. Me dejo caer sobre el banco de madera, con el cuerpo vibrando por el esfuerzo. Observo cómo el polvo danza en los haces de luz. El trofeo de esta noche no es un brazo arrancado, sino el aire que vuelve, poco a poco, a llenar mis pulmones.

El asedio inmediato ha terminado.

Exhalo un suspiro largo. Estoy agotado y herido por el vacío, pero mientras el sol reclama cada rincón de Heorot, comprendo que mi valor no residía en la fuerza, sino en el simple hecho de no haber abandonado el salón.

En este nuevo día, quizá empiece a tomar forma aquello que dé sentido a futuras gestas.