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lunes, 12 de enero de 2026

Guardián de la memoria

¿Quién podrá decirme dónde guardo lo que no recuerdo?

Fernando Pessoa (Quizá) 


Hoy leí esta frase y pensé:

Somos guardianes de un tesoro, pero perdimos la llave.

Cargamos maletas cuyo contenido parece borrado, aunque su peso aún nos dobla la espalda. En la buhardilla del pecho se amontona lo que la memoria jubiló: nombres sin voz y el color de tardes que nos cambiaron.

Preguntar dónde está lo olvidado es preguntar quién vive dentro de nosotros al cerrar los ojos. Porque lo olvidado no muere; permanece, como un nudo en la garganta o un olor que trae la nostalgia.

No somos, entonces, solo el relato cómodo que contamos. También somos un archivo silencioso que espera a que el azar nos devuelva lo que fuimos. La memoria no se pierde; solo aguarda en un rincón cuyo mapa no sabemos leer.

Y sin embargo, mientras cargamos el peso de lo olvidado, guardamos también un incendio que no elegimos. Un fuego que nos calienta y nos consume a la vez.

Por eso, mientras llevamos las maletas del olvido, en el pecho nos arden llamas que no se apagan: rostros que se resisten al borrón, ojos profundos como la noche, voces en salas imposibles de cerrar. Y el sabor intacto de instantes que el corazón reaviva cada día.

Podríamos preguntarnos, entonces, ¿por qué no podemos soltar lo que sí recordamos? Porque lo inolvidable no espera: irrumpe. Se vuelve pulso furioso, herida al roce o llamarada al cruzar una calle que fue nuestra.

Así que no somos solo el relato editado para sobrevivir, ni el archivo que aguarda en la sombra. Somos, sobre todo, la hoguera inextinguible de lo que sentimos. Ella nos recuerda, con crudeza luminosa, la versión más viva y dolorosa de nosotros mismos.

Lo amado no se pierde; solo se transforma en un fuego eterno cuyo calor ya no sabemos apagar.

Al final, tanto el peso de lo olvidado como el fuego de lo recordado nos moldean. No somos una memoria o una ausencia, sino el paisaje que ambas fuerzas tallan. Nuestro contexto no se construye con lo que elegimos guardar o soltar, sino con la tensión permanente entre el peso que nos dobla y la llama que nos obliga a seguir en pie.

sábado, 3 de enero de 2026

Lo que el espejo no refleja

El frío le envolvió como promesa cumplida. Sintió que su cuerpo comenzaba a ceder mientras cruzaba un umbral difuso. Al abrir los ojos, el desierto se había disuelto; en su lugar emergió un mundo al revés, donde las sombras precedían a los objetos y los juicios se hacían antes que los crímenes.

Había visitado otros lugares extraños: el asteroide del rey que reinaba sobre el vacío, el del vanidoso que solo oía aplausos y hasta uno habitado por un farolero agotado. Pero este jardín era mucho más inquietante.

Frente a él, tres naipes sudorosos teñían de rojo un rosal blanco…. Extrañado, se ajustó la bufanda dorada que flotaba sin brisa y se acercó a la flor más alta, cuyos pétalos goteaban un rojo espeso.

¿Por qué permites que te oculten? — preguntó —. Tengo una amiga a la que cuatro espinas le bastan para protegerse.

La rosa rió con un sonido de cristal roto.

— Aquí no somos responsables de nuestra esencia. Si no somos rojas, nos cortan el tallo. La honestidad es un lujo de las flores que no pertenecen a nadie.

Él miró sus manos, acostumbradas a arrancar baobabs, manchadas por un pigmento artificial. Aquel lugar era una prisión donde el corazón estorbaba al juego de otros.

Sintió un último tirón en el pecho. El regalo de la serpiente disolvió los hilos que lo ataban a la Tierra. Mientras el jardín se desvanecía, sonrió. Escapaba al fin de las apariencias, regresando a lo esencial: invisible a los ojos.







Aporte para el reto
del Mes de Septiembre de 2025 en
(Un micro  inspirado en algún cuento o historia conocida pero alterándola)







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