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sábado, 28 de febrero de 2026

Amílcar (3): sombras en la maleza

Después del derrumbe y la muerte de sus padres, Amílcar dejó de ser visible como antes. Al principio todavía lo vi vagar por los caminos, con la ropa cubierta de polvo y el gorro apretado más que nunca sobre la cabeza. Sin embargo, con el paso de los días empezó a desaparecer durante lapsos cada vez más largos, hasta que dejó de verse por completo. Ya no dormía en casa de nadie. A veces parecía que la montaña lo hubiera ido reclamando poco a poco, como si supiera exactamente cuándo debía esconderlo.

Las primeras semanas transcurrieron en un silencio incómodo, de esos que tensan el ánimo sin hacer ruido. Luego comenzaron a ocurrir pequeñas cosas, aisladas al principio,  que nadie quiso señalar directamente pero que empezaron a repetirse con demasiada frecuencia. Una mañana apareció el galpón de don Pedro abierto de par en par, el saco de maíz volcado y las mazorcas esparcidas por el suelo, como si alguien hubiera hurgado con torpeza y prisa. Otro día, las gallinas de la tía de Mariela amanecieron muertas en el corral, sin rastro claro de animal salvaje ni señales de lucha.

Los adultos hablaban en voz baja, casi siempre al caer la tarde. Algunos decían que el niño del gorro ahora andaba como criatura de monte; otros que la desgracia lo había trastornado. Nosotros no decíamos nada, pero bastaba con cruzar miradas para saber que todos pensábamos en lo mismo, aunque nadie se atreviera a pronunciar su nombre.

Aun así, Amílcar no desapareció del todo. De cuando en cuando encontrábamos frutas frescas en los lugares donde solíamos reunirnos: guayabas maduras, mangos silvestres, colocados con cuidado sobre una piedra o una hoja grande, como si alguien hubiera querido dejarlos allí sin ser visto. En otras ocasiones, al ir al río o al patio de Elisa, lo descubríamos entre los arbustos, inmóvil, demasiado quieto para ser solo curiosidad. Nunca permanecía mucho tiempo; apenas lo suficiente para que notáramos su presencia antes de que volviera a deslizarse entre la maleza.

Con Elisa, sin embargo, parecía distinto. Cuando ella estaba cerca, Amílcar tardaba más en irse, como si algo lo retuviera. No hablaba, pero su mirada se detenía en ella un instante más que en los demás y, en ese breve lapso, parecía encontrar un descanso que no hallaba en ningún otro lugar.

Mientras tanto, los campos comenzaron a mostrar cambios difíciles de explicar. Algunas plantas se marchitaban sin razón aparente; parcelas enteras se echaban a perder de la noche a la mañana, sin plaga visible ni sequía que lo justificara. Los hombres del caserío empezaron a reunirse al anochecer, murmurando que el Amílcar de antes ya no existía, que ahora había otro, más huraño y extraño, que se movía con dificultad y se ocultaba como animal herido.

Una madrugada el caserío despertó con alboroto. Varios corrales estaban abiertos y los animales corrían desorientados por los caminos. Al seguir las huellas en la tierra húmeda, los hombres encontraron marcas confusas: pasos cortos que se detenían de golpe, ramas quebradas a media altura, señales de alguien que había pasado sin rumbo claro. En la entrada de un galpón quedó enganchado un trozo de tela oscura, deshilachado.

Los adultos discutieron qué hacer, pero ninguno se atrevió a internarse en el monte. Fuimos los niños quienes, empujados por una mezcla de miedo y curiosidad, nos acercamos. Yo estaba con Elisa y algunos más, ocultos detrás de unos arbustos, cuando Amílcar apareció.

Avanzaba con el cuerpo rígido, como si cada paso le exigiera una negociación silenciosa. Murmuraba entre dientes y su respiración era irregular, forzada. El gorro se tensaba de forma desigual y, bajo la lana, se marcaba un relieve extraño: no un movimiento definido, sino una presión que iba y venía, como si algo dentro buscara acomodarse sin lograrlo. Amílcar se llevó una mano al cuello, apretó la mandíbula y se detuvo, vencido por el esfuerzo.

No nos atacó. Tampoco huyó. Simplemente nos miró.

En sus ojos había cansancio, miedo y algo más difícil de nombrar: una súplica muda que no pedía ayuda, sino comprensión. Elisa dio un paso al frente. Al verla, Amílcar aflojó apenas los hombros, como si el peso que cargaba se redistribuyera por un instante. Colocó las manos sobre los hombros de mi prima e inclinó la frente hasta tocar la de ella, repitiendo aquel gesto imposible de olvidar. El contacto duró solo un segundo, pero bastó para que el murmullo se apagara.

No teman a Amílcar… —dijo con la voz quebrada—. Amílcar no puede hacerles nada. Amílcar los cuida… como lo cuidaron.

Nadie respondió. Nadie se movió. Elisa sostuvo su mirada sin apartarse y, por primera vez, sentí que ella comprendía algo que a nosotros se nos escapaba. Dentro de mí se quebró algo silencioso: ya no era juego ni curiosidad; era un miedo distinto, uno que no empujaba a huir, sino a quedarse quieto.

Mientras los adultos seguían hablando de cosechas perdidas y de la carretera que pronto nos conectaría con el mundo, nosotros sabíamos que había otra historia creciendo en la montaña. Una historia que no se contaba en voz alta, pero que nos acompañaba en cada paso hacia la adolescencia.

Entonces comprendí que el miedo no era solo a Amílcar, sino a todo lo que estaba cambiando: el pueblo, nosotros mismos y él, que parecía hundirse cada vez más en la sombra del monte. Y, sin saber por qué, todos recordábamos aquellas palabras que había murmurado tiempo atrás, cuando aún creíamos entenderlo todo:

“Ahora viene el otro Amílcar”.



Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar. Puedes ver aquí las otras entregas de mi relato.

1. Amílcar

2. La batalla por la cercania 

3. Sombras en la maleza.

4. El Quiebre 

5.  La Partida 

6. La verdad bajo el gorro

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Ella, el epicentro

 Ese día, él llegó al café con una inquietud leve, como si el tiempo hubiera resbalado un segundo fuera de sitio. No era tristeza ni alegría, sino una incomodidad invisible, como si el mundo tocara una melodía distinta sin pedir permiso. El murmullo de las conversaciones y el aroma del café recién molido parecían normales, demasiado normales, como si la rutina escondiera algo que estaba a punto de romperse.

Y entonces, ella entró sin anunciarse, como siempre. Llevaba esa camisa de mangas largas que usaba contra el sol, y su cabello oscuro suelto, un torbellino que desafiaba peines, pero que él adoraba por su rebeldía. Era pequeña, sí, pero con una presencia que movía el aire. Caminaba como si la ciudad la meciera a su ritmo.

Él la miró. Algo cedió, o tal vez se lo imaginó. El suelo, al parecer, también.

Sintió que su centro se inclinaba hacia ella, como si su cuerpo olvidara las leyes del equilibrio. La cucharilla en su taza tintineó sola. ¿Era su pulso… o era el mundo?
El vaso vibró. La lámpara osciló. Sus rodillas flaquearon. No supo si era amor o falla tectónica.

Ella se acercó al mostrador, pidió un café con un “por favor” tan suave que hizo sonrojar al barista. Sonrió al tomar la taza, y el universo pareció plegarse en torno a su gesto. Las ventanas zumbaron, un cuadro se torció, un cliente dejó caer su teléfono. Él, convencido, pensó: claro, todo cede a su paso magnético.

La mesa se agitó. Una taza rodó. Y aún así él creyó que era su propio pulso, hasta que un grito lo alcanzó desde lejos: “¡temblor!”. Pero apenas lo registró; seguía atrapado en esos ojos que guardaban un secreto del universo.

Ella permaneció quieta. Sostuvo la taza con calma, frunciendo apenas el ceño, como si aquel terremoto fuera un rompecabezas menor. Luego, sin apuro, caminó hacia la puerta. No corría. No temblaba. Solo giró el rostro hacia él, fugazmente, y en ese instante todo volvió a sacudirse dentro de él.

La siguió con la mirada, embobado, arrullándola hasta que cruzó el umbral, suspendido en una nube tibia, con el mundo vibrando como una sinfonía invisible.

Un vaso se quebró a su lado y, por fin, la realidad lo abofeteó. “¡Mierda, está temblando!”, exclamó, recordando de golpe el café, el caos, el peligro. Se lanzó hacia la salida, chocando con una mesa, el corazón aún enredado en ella, pero los pies, al fin, huyendo con los demás.

Corrió calle abajo, sonriendo. Su enamoramiento era una emergencia, digna de una alerta sísmica personal. Con ella como epicentro, su vida se había vuelto una zona de desastre, y él, feliz, el único loco dispuesto a quedarse bajo los escombros.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

El retrato .. (Microrrelato)

No puedo apartar la mirada de la figura frente a mí, hermosa de un modo que me desconcierta. Algo me ata a ese rostro sereno, enmarcado por una cabellera negra, indócil, que como sombra viva cubre sus hombros. Sus ojos oscuros, profundos, vastos, me atrapan con una intensidad que me desarma. No necesita decir nada; su presencia basta para que algo en mí despierte, como si el tiempo, por fin, tuviera sentido.

Un calor extraño me ocupa el pecho. Suave, tibio, como la memoria de algo que jamás viví. No es deseo; es asombro. Es la luz en aquella belleza aún sin nombre.

Ella me mira, inmóvil. Me parece estar atado a aquel instante. Me siento suspendido en un tiempo que no me pertenece, pero percibo su candidez con una claridad que quema. Quisiera hablarle, decirle que en sus ojos hay promesas de mundos intactos, que en su mirada siento algo más que contemplación.

Pero no tengo voz, no tengo cuerpo... ¡Soy apenas mirada!

Ella inclina la cabeza. Un mechón rebelde roza su mejilla mientras lee la placa junto a mí. 

Entonces lo recuerdo: soy apenas un retrato en la pared, forjado por un pincel que quiso apresar un alma y solo alcanzó su sombra. Condenado a acompañar a quienes se detienen frente a mí. 

Pero nunca antes alguien me había mirado así.

Ella sonríe, apenas. Y por un instante, la eternidad se vuelve leve, casi respirable. En esa levedad descubro lo imposible: hoy, desde mi lienzo, comienzo a vivir.






Aporte para el reto
del Mes de Septiembre de 2025 en
(Un micro que narre una historia que tenga como protagonista un cuadro, escultura o similar)









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lunes, 21 de julio de 2025

El universo en su mejilla..

Hay una ternura que me atraviesa cuando ella está cerca. No tiene nombre, pero se revela en el impulso que me guía hacia su mejilla. Me gusta rozar su suavidad: un susurro silente que se desliza entre mis dedos como el aire tibio antes de la tormenta.

A veces, sin previo aviso, me descubro habitando la curva de su rostro, esa llanura serena donde el tiempo se desvanece. Me recuerda a un pétalo que tiembla al alba. Frágil, sí, pero cargado de promesas. O al tulipán que se abre sin temor a ser herido.

Su esencia es un jardín que florece al roce, una caricia que transforma la quietud en ritual, en idioma secreto. Cada contacto es un pacto invisible, un temblor que se aprende de memoria.

Mientras trazo en su piel la huella de lo que somos, me pregunto: ¿acaso la belleza más intensa habita en lo apenas tocado?

Y entonces, en un instante, su roce me eleva más allá del tiempo. No hay relojes, ni ruido, solo un latir que me disuelve. Me deslizo hacia el universo que es ella, donde los pulsos son constelaciones y los suspiros, cometas fugaces que iluminan mi tránsito.

Es un cosmos íntimo: diminuto, un secreto entre dos almas; pero a la vez infinito, un deseo que no cabe en palabras. Allí soy luz que no cansa, eco sin retorno, viajero sin mapa.

Y cuando regreso, nunca del todo, aún llevo su universo adherido a mi tacto, como el aroma que queda tras la tormenta, como la ternura que vuelve a rozar su mejilla.

domingo, 13 de julio de 2025

Refugio en la memoria..

Hay horas que caen sin aviso, cuando el alma deja de fingir fortaleza. No es nostalgia ni vacío: es un cansancio que suplica abrigo. El cuerpo avanza por inercia, pero el alma se detiene, buscando un rincón donde quedarse quieta. No siempre es tristeza; a veces, es solo el peso de los días, como piedras acumuladas en los bolsillos, un agotamiento que no se alivia con sueño.

En medio de una rutina que exige tanto y devuelve tan poco, llega el recuerdo: una sensación cálida, tenue, persistente.

Extraño esos ojos de noche. Profundos como un cielo sin luna. No por su ausencia, sino por el refugio que fueron. No eran promesa ni certeza. En su mirada encontré una tregua. Un lugar donde el alma podía quitarse el abrigo. Dejar de resistir. Simplemente quedarse.

Hubo un tiempo, breve pero suficiente, en que esos ojos fueron más que mirada. Fueron un susurro de gestos, de silencios compartidos, de encuentros que entendían sin hablar. En ellos hallé compañía en el caos. La certeza de que no todo debía enfrentarse solo. En los días más oscuros, su presencia bastaba para empequeñecer el miedo, para volver el mundo, por un instante, menos hostil.

Y aunque esos días hayan quedado atrás, su eco persiste. A veces, el recuerdo no solo visita: se arraiga. En los días en que la soledad pesa y el mundo agobia, esos ojos de noche, que ya no me miran, siguen siendo amparo. Su fuerza me sostiene, aunque solo viva en la memoria.

Claro que los añoro. Cómo no hacerlo, si aún desde la memoria siguen siendo abrigo. Pero ese añorar ya no me rompe. Me sostiene. Lo que alguna vez fue refugio afuera, ahora brilla en mí como una lámpara encendida en el cansancio. Ya no es espera. Ni deseo. Ni ausencia. Es fuerza. Es memoria que abraza desde dentro, como si al evocarla, el corazón recordara que alguna vez fue visto, comprendido, sostenido.

Y en ese espacio donde el recuerdo se vuelve fuerza, el acto de evocar revela su verdadera forma. Añorar no es un acto triste. Es una ceremonia silenciosa de amor persistente, una forma de habitar lo que alguna vez nos sostuvo.

Y eso basta. No porque cierre la herida, sino porque la convierte en cimiento. Una raíz invisible que sostiene. Un faro que guía sin necesidad de volver atrás. Porque hay amores que, aún si no fueron, no se extinguen: se enraízan. Y desde lo invisible, nos sostienen.

jueves, 26 de junio de 2025

Manual para no ser escuchado (y sobrevivir al intento)

Última hora: se reporta la muerte trágica de otra conversación con futuro. 

La causa oficial: abandono espontáneo del interlocutor, precedido por una mirada vagamente interesada y una fuga silenciosa hacia ninguna parte.

La víctima:  (yo, por supuesto) quedó en la escena, junto a una taza de café tibio, una silla giratoria y el eco de sus propias palabras flotando como globos sin dueño.

La escena es tan común que ya debería enseñarse en las escuelas: alguien habla con entusiasmo, hilando ideas, contando algo con intención... y tu interlocutor, con la habilidad de un ninja distraído, desaparece. A veces sin siquiera intentar disimular. Simplemente se desconecta, o se va como si pulsara el botón de “salir de la reunión” en su mente.

Y seamos sinceros: todos hemos estado en ambos lados. Pero hay una verdad que no se puede ignorar: prestar atención no es un lujo ni una concesión, es una forma básica de respeto. No importa si la persona está contando una anécdota, compartiendo un problema o diciendo algo aparentemente trivial. En ese momento, ha depositado en ti su voz, su tiempo, sus ideas. Y tú estás ahí. Tienes oídos. Úsalos.

Ahora bien, si por alguna razón necesitas irte, está bien. Todos hemos sentido ese tirón existencial hacia el baño, una llamada urgente, o la necesidad vital de seguir una mosca hasta el fin del mundo. Pero al menos haz el gesto: un “te escucho en un momento”, un “ahora regreso”, o incluso un “no quiero parecer grosero, pero...”.

Algo. Lo que sea. Porque marcharse sin aviso es como cerrar la puerta en medio de un abrazo: duele, confunde y te deja con los brazos colgando.

Y esto, por alguna razón, a mi me pasa con demasiada frecuencia. No importa si hablo de algo personal, profesional, o simplemente cuento una historia con chispa. Basta que por ejemplo, una pelusa o cualquier otra cosa que no sea yo, flote entre nosotros para que active el protocolo de escape silencioso y desaparezca de mi vista sin ninguna explicación.

Y creo que no se trata de charlas aburridas las que hago. Me esfuerzo. Les pongo ritmo, gracia, estructura. A veces me siento como un guionista improvisando una escena épica. Pero da igual. Una notificación, un perro bostezando, una hormiga caminando… y la importancia de mis palabras se desvanecen como el vapor que escapa de mi taza de café, cada vez más fría.

Y sí, me enfurece. Porque una cosa es que no conectes con lo que digo, y otra muy distinta es que me borres en tiempo real. Sentir que lo que uno dice vale menos que el sonido del hielo en un vaso... eso duele. Es una falta de respeto disfrazada de distracción.

Recuerdo una vez en particular. Estaba explicando a alguien algo importante del trabajo: tiempos, presupuesto, recursos. Nada emocional, nada abstracto.

Mi taza de café humeaba frente a mí, como intentando seguirme el paso. Ella parecía atenta… hasta que su mirada se desvió hacia la ventana. Me quedé en silencio, con la frase a medio camino, sintiendo cómo mi entusiasmo se deshacía como arena entre los dedos.

Y entonces, sí, noté que miraba algo. Quizá una mosca, o algo igual de absurdo. Pero en ese momento, para mí, fue como una maldita mosca. Y la frustración fue la misma: no era solo la interrupción, sino la sensación de que lo que soy, lo que pienso, no importa lo suficiente para retener una mirada, un instante.

Y no termina ahí. Más calmado, uno intenta retomar la conversación. Mandas un mensaje. Haces una broma. Lanzas otra idea. Pero revivir una charla caída es como intentar reanimar un cactus: no importa cuánto lo riegues, si ya está seco, se acabó. Y te queda esa sensación amarga, como un sorbo de café frío. Como si hablar fuera un riesgo. Como si cada palabra saliera con su propio seguro de abandono.

Con el tiempo, uno se vuelve más cuidadoso. Empieza a guardarse las buenas ideas como si fueran dulces caros. Ya no por miedo, sino por puro cansancio. Porque cuando te dejan hablando solo una y otra vez, aprendes que tus palabras no merecen el vacío como respuesta.

Pero, sin embargo, sigo intentado. Aunque sea con cuidado. Porque soy terco. O quizá un optimista sin remedio. Porque hablar, aunque no siempre funcione, es mi forma de estar en el mundo.

Eso sí, ojalá que la próxima vez que alguien me deje hablando solo, que al menos tenga la decencia de dejarme un café pagado, una nota de disculpas… y un ponquecito al menos. Sin pasas. Eso ya sería sadismo.

Y si leyendo esto piensas: “Vaya, qué historia más tonta…”, Mejor no te cuento lo de WhatsApp.  Ahí lo de dejarme hablando solo entra en el terreno de los zombies mutantes. Ahí me dejan con el diabólico visto. Esas terroríficas marquitas azules que dicen mas que mil mensajes de audio. Que se muestran arrogantes como alguien les hubiera nombrado cura para el aburrimiento (Cosa por lo demás segura). En silencio. Con frialdad.

Con ese iconico color azul que se me antoja lápida.

¿Saben?. A veces imagino que existe en alguna parte un sector cósmico donde van a parar todas las palabras no escuchadas. Una sala de espera galáctica, con pantallas flotantes que parpadean en tonos azulados.

Un lugar con luces tenues que titilan como estrellas lejanas y donde impera un silencio denso, como si el universo mismo contuviera el aliento. Ahí están mis ideas, archivadas como expedientes olvidados:

Proyecto de mejora”, guardado sin abrir.

Confesión tímida”, pendiente de entrega.

Chiste con remate brillante”, flotando a media carcajada.

Pero en esa sala, mis palabras no se rinden. Siguen esperando, tercas, a que alguien, algún día, presione “reproducir”. Y si no, no importa. Yo seguiré aquí, con una taza de café en la mano, lanzando palabras al vacío como quien lanza botellas al mar de un universo distraído. Algún día, alguien (ojalá quien ahora importa) abrirá una.

Y si no, al menos sabrán que existí, que intenté.

Sabrán que hablé.


















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domingo, 15 de junio de 2025

Desde los escombros

Querido yo,

Es hora de dejar atrás esa pared: la ilusión que escalaste con el sudor de tus días, convencido de que al otro lado alguien —o algo— te aguardaba. Cada ladrillo fue un gesto de fe, cada grieta en tus manos, el eco de una esperanza que te empujaba hacia arriba. Pensabas que, al alcanzar la cima, verías florecer un mundo nuevo.

Pero la cima trajo silencio. No había voces ni paisajes soñados. Solo un aire inmóvil donde tus anhelos, tejidos con tanto cuidado, no encontraron reflejo. Comprendiste entonces que aquella pared no era un límite, sino un espejismo. Una promesa sin raíces. Una historia que tú solo contabas.

Y en ese silencio, viste con claridad. No hay cadenas que aten tu sombra. No hay un destino trazado más allá del muro. Solo está lo que eres. Deja que el viento arrastre los escombros de lo que soñaste. No intentes reconstruir con piedras que no sostienen. Porque al otro lado no había otra vida. Solo una imagen proyectada por tus propios anhelos, desvaneciéndose en el aire.

El camino está abierto. Sin muros. Sin ecos. Solo tú. Tú, libre de ilusiones.

No te detengas entre los restos. Reconoce la verdad: el dolor no nació de lo que faltó, sino de lo que tú construiste esperando que otro lo habitara. Sí, duele. Duele ver que eras el único que alimentaba esa llama. Siente esa herida, que también es tuya. No la niegues. Porque en ella late tu fuerza.

Diste sin medida, incluso cuando el eco fue el silencio. Esa entrega, sin máscaras ni condiciones, es un tesoro que nadie puede arrebatarte. No guardes rencor por lo que no fue. Ya ofreciste todo; no ofrezcas más, ni siquiera tu tristeza. Suelta el peso como se suelta un sueño que ya no quiere volver.

Por un instante, quisiste abrazar los restos, dar forma al “pudo ser”. Pero una chispa en ti se negó a apagarse. Ser vulnerable es tu coraje, no tu fragilidad. Si hoy caminas con cautela, que sea por sabiduría, no por miedo. Que el recuerdo no opaque tu luz ni te robe el deseo de confiar otra vez.

Sacúdete el polvo. Alza la mirada. El sendero está limpio. Ya no hay promesas que te cieguen, ni muros que te retengan. Solo instantes que te esperan, paisajes que no prometen nada, pero sanarán tus grietas. Y amaneceres que no deben explicarse, solo vivirse.

No eres un mártir. Eres un viajero que ha aprendido a andar con el corazón despierto. Cada paso que des, sin cargas, será una elección. Y ese horizonte, por fin real, no te exige nada. Solo te espera para que lo llenes con lo que eres.













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jueves, 12 de junio de 2025

Un Asunto Trágicamente Cómico

Informe para el Comité de Asuntos Trágicamente Cómicos: Caso 743B (Versión Definitiva)

Nombre del sujeto: Yo

Profesión: ayudador espontáneo, soñador sin licencia, redactor de ensayos ajenos y propios olvidables.

Estado mental al inicio: moderadamente ilusionado, sobrio, con un exceso de empatía que no pedí y no supe devolver.

Hay días que empiezan como una broma mal contada. Ese jueves fue uno de ellos.

Olor a café recalentado. Ambiciones que no cabían en mi cuaderno. El aula era un ecosistema de ansiedad productiva: teclados golpeando como corazones nerviosos, mochilas mal cerradas desbordando existencias.

Entonces, ella, protagonista involuntaria de mis microesperanzas, entró como una canción triste en modo aleatorio. Dejó caer la mochila con un suspiro que parecía arrastrar tres semestres de insomnio. Tenía esa forma de parpadear que parecía una disculpa al mundo. Su delineador vencido, sus gestos cansados. Su forma de abrazar el caos me recordaron a mí mismo en los días que intentaba flotar con los bolsillos llenos de piedras.

No puedo entregar el trabajo final — dijo, mirando el suelo como quien espera que la tierra lo absorba —. Mi cactus emocional está en cuidados intensivos… y la realidad me pasa factura.

Dudé. Solo un segundo. Podría haber dicho “ánimo”, o “lo siento”, o simplemente haber seguido escribiendo sobre Rousseau.

Pero activé el protocolo del tonto romántico.

Déjamelo a mí — respondí, con la absurda certeza de que estaba entrando en una historia donde yo sería el héroe. Spoiler: no lo era. Firmaba, sin saberlo, el contrato de extra académico en una comedia ajena.

Durante tres días me transformé en monje laico del sacrificio académico.

Las ojeras crecieron con cada cita en APA. Dormí poco, comí menos, dudé mucho. El teclado ardía como confesionario, y cada fuente citada era un gramo de dignidad que me dejaba atrás.

Pero el ensayo quedó impecable: treinta y seis páginas con tesis elegante, desarrollo sólido y conclusiones que podrían hacer llorar a Kant si tuviera acceso a Google Scholar.

Se lo envié con un GIF de un zorro escribiendo y un emoji de estrella fugaz. No sé por qué. Supongo que uno quiere que algo de lo que hizo brille, aunque sea en un chat.

Esperé su respuesta. Un "Gracias" bastaría, me decía. Algo mínimo que validara las noches sin sueño.

Entonces llegó. Lo abrí con orgullo contenido, como quien al fin cobra sentido.

“¡Gracias mil! Justo me diste tiempo de salir con Elías 😅”

Elías.

El nombre cayó con la gracia de una taza rota en una cocina silenciosa.

Había oído hablar de él. Poeta de pasillo, experto en metáforas de lluvia y caminatas lentas.

Yo no lo conocía, pero ya podía imaginarlo citando a Neruda mientras le abría la puerta de un Uber con destino a alguna puesta de sol que también habría leído en voz alta.

¿Me dolió?

No.

Me reí.

Primero en silencio, como quien entiende el chiste demasiado tarde. Luego con una carcajada honesta, resignada, liberadora.

No era el protagonista trágico. Ni el villano redimido.

Era el técnico que arma el escenario para que los besos ajenos se den bajo buena luz, con normas APA impecables.

Tomé mi taza vacía. El cursor parpadeaba como un testigo impasible.

Y anoté en mi libreta: 

Soy el escritor del prólogo en la historia de amor de otros. El artesano invisible del pie de página. Pero lo hago con estilo. Porque incluso los secundarios merecen su propia épica.

Días después, la vi en el pasillo. Ella reía con Elías. Él le hablaba con las manos, como quien escribe en el aire.

No me miró. Pero no importó.

En mi cabeza ya empezaba algo nuevo. No un ensayo para otro, sino una historia para mí. Pequeña. Incierta. Con olor a café recién hecho.

Y esta vez, el protagonista no era Elías.

Era yo. Con pluma temblorosa. Pero firme.








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miércoles, 11 de junio de 2025

Desde la orilla

Hay amores que no hacen ruido, pero iluminan. No estallan, no arden; simplemente, permanecen encendidos. Son afectos discretos, como un eco suave que no se va del todo, como la brisa de una palabra que quedó flotando en la memoria.

No buscan promesas ni puertas, solo un rincón desde donde ver al otro florecer. No tienen forma de carta ni de casa, ni necesidad de ser nombrados. Son presencias sutiles, constantes, que no esperan nada a cambio. Para comprenderlos, basta imaginar una escena cotidiana, sencilla y luminosa, donde los gestos más mínimos revelan una profundidad callada.

Un chico, con un cuaderno de tapas dobladas bajo el brazo, observa desde lejos a una joven que ríe entre sus amigos en el parque. No se acerca, no habla. La ama desde el margen, donde las palabras no llegan, pero su mirada basta para nombrar el mundo.

Cada tarde, la ve rodeada de risas. Ella aparta un mechón de cabello del rostro, como si quisiera ver el mundo sin obstáculos. Camina con una soltura tranquila. Tan natural, que el sol parece seguirla como un reflejo. Y cuando se sienta en su banco de siempre —ese que parece haber sido puesto allí solo para esperarla—, él permanece a la sombra, ofreciéndole lo único que tiene: una presencia que nadie reclama, una ternura sin destinatario, tejida en silencio.

A veces, el pecho le aprieta, como si el silencio pesara más que todas las palabras que nunca dirá. Pero no se mueve. No se delata. Está ahí, simplemente. Y eso, para él, basta.

Ella lo ha notado. No se puede ignorar una constancia tan callada. Lo ha visto en la plaza, a la misma hora, con los hombros envueltos en una quietud que parece hecha de preguntas sin respuesta. Lo ha sentido detener el paso al verla cruzar, su mirada colgando de su hombro como un suspiro que no se atreve a ser palabra.

Y, aunque no lo diga, a veces lo busca entre la multitud. Como si en medio del bullicio su figura fuera un ancla que la conecta con algo más verdadero. Pero sus mundos no se rozan con naturalidad. Ella habita un entorno donde las conversaciones fluyen, los nombres se pronuncian por costumbre y los gestos parecen coreografiados por la pertenencia. Él es otra forma de estar: más silencio que palabra, más pregunta que certeza.

Ella sigue su curso, pleno, radiante, como un río que no necesita nuevas corrientes para completarse. Y él lo sabe. Él es apenas una brisa que roza su superficie: presente, pero sin alterar su cauce.

Su amor no será nombrado. No cambiará nada. Pero permanece. Porque le gusta verla reír, aunque no sea con él. Porque hay belleza en su forma de estar en el mundo, y él cree —con la fe intacta del que no espera nada a cambio— que esa belleza merece multiplicarse, ser feliz, incluso si él nunca habita su jardín.

Cada día está ahí. No espera milagros. Solo sostiene un faro encendido al borde del camino, sabiendo que nunca lo recorrerán juntos. Ella no notará las sombras que él despeja a su paso, ni sabrá cuántas veces su luz la ha tocado sin anunciarse.

Él no necesita que lo recuerde. Solo quiere que ella siga, que sea. La mira como se contempla un río desde la orilla, sin alterar su corriente. Y en esa orilla construye su refugio. No de resignación, sino de devoción. Una fe secreta que no exige destino.

Porque no todos los amores terminan en abrazo. Algunos solo quieren existir sin dañar, sin interrumpir la belleza que admiran.

La ama. Ella lo sabe,  aunque no lo nombra. Y eso, de algún modo, basta.

Tal vez eso sea lo más puro del amor: no la cercanía, ni el gesto evidente, sino esa entrega que no pide nada. Un amor que camina en silencio, que cuida sin ser visto. Que no necesita ser lámpara, solo faro. Solo fe.









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martes, 10 de junio de 2025

¿Que haría sin ti?

¿Que qué haría sin ti?

La tierra perdería su firmeza bajo mis pies. Todo seguiría ahí, claro: el cielo abierto, las garzas cruzando la distancia, el murmullo del viento entre los pastos. Pero algo esencial se disolvería, como el agua que se pierde en el fango… sin dejar rastro. Sin ti, el mundo existiría, sí, pero como una escena vacía: hermosa y muda.

Al principio, ni lo notaría. Creería que es solo un día más. Que vas a hablar, a reír, a aparecer en cualquier momento. Me diría que tu voz va a llenarlo todo otra vez. Pero luego, en la quietud, me alcanzaría el peso de tu ausencia. La brisa ya no me tocaría igual. La luz, aunque dorada, no calentaría. Todo seguiría siendo lo mismo, menos yo.

Sin darme cuenta, ya estaría en el tremedal, ese lugar donde el suelo cede y nada sostiene. Buscaría tu risa, tu voz, tu sombra… pero cada paso me hundiría más. Tu recuerdo pesaría más que mi cuerpo. Más que mi voluntad.

Las garzas seguirían volando, ajenas. El viento soplaría como siempre, ciego a mi pena. El mundo seguiría su curso con una serenidad cruel, como si mi tristeza no mereciera ni una pausa. Y aun así, lucharía. Porque aún sin ti, tu sombra seguiría viva en mí, aferrada a los recuerdos que construimos.

Me debatiría contra el barro, tratando de sostener tu figura, aunque solo fuera una silueta en la niebla. Pero el tremedal no suelta fácil a los que temen perderlo todo. Solo espera, inmóvil, a que acepte lo inevitable.

Y puede que lo hiciera. Que bajara la cabeza y dejara que el silencio me envolviera. Puede que, por un instante, dejara de luchar. Porque sin ti, no sabría hacia dónde avanzar.

Pero entonces… algo pasaría. La luz titilaría, como si el mundo contuviera el aliento. Un roce de aire, leve, como tu aliento en mi mejilla. Y un murmullo, apenas un susurro como esos que dejas en mis pensamientos, encendería un fuego olvidado en mi pecho.

Volvería la vista, con el corazón detenido, suspendido. Me preguntaría si eres tú, o si mi deseo esta dibujándote con la desesperación de quien no quiere olvidar. Pero ahí estarás. No una sombra, no un recuerdo… tú. Real. Tangible.

El tremedal desaparecería, no porque nunca existiera, sino porque la ausencia que temía aún no había llegado. De pronto, la tierra firme volvería a sostener mis pasos. La luz, dorada, recobraría su calor. Y tu voz, viva y clara, volvería a llenar el espacio, borrando un vacío que, tal vez, nunca fue real del todo.

Entonces sonreiría, con el alma aligerada.

Porque tú estás.

Porque siempre has estado, aún desde antes de conocernos.











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jueves, 5 de junio de 2025

El mueble

El mueble era un viejo enemigo.

Pesado, testarudo, imposible de mover sola.

Como un centinela obstinado, llevaba años en el mismo rincón, acumulando libros, tazas de café y una inexplicable colección de cosas que nadie recordaba haber dejado allí.

Martha había decidido enfrentarlo. Era tiempo de cambio. Pero moverlo era una tarea titánica. Y para ello, necesitaba refuerzos.

¿Me ayudas mañana? — preguntó con la confianza de quien no duda de su ejército.

Óscar sonrió con la seguridad de un aliado inquebrantable.

¡Por supuesto!

A mediodía.

A mediodía.

El día llegó con promesa de batalla... Y el Mediodía pasó.

Pero el mueble seguía en su sitio.

Martha esperó con dignidad. En silencio. Repitiendose que jamás rogaría.

Las horas pasaron, y con ellas, su paciencia.

Cuando finalmente lo vio más tarde ese mismo día, cruzó los brazos y disparó la primera flecha:

Hola.

Óscar, ajeno al peligro, respondió con la inocencia de quien camina directo hacia una emboscada:

Hola.

Solo silencio. Ninguna Respuesta.

Miró alrededor, buscando pistas sobre la tensión en el aire.

¿Estás bien?

La sonrisa de Martha fue demasiado amable. Demasiado cándida.

Perfectamente.

Fue ahí cuando Óscar lo recordó.

Ups… el mueble.

Martha alzó las cejas. ¿En serio? ¿Recién ahora? ¿Tantas horas después?

¿Solo ahora te acuerdas?... ¡No puedo Contar contigo para nada!

¡Es que pensé que ya no me necesitabas! — se defendió, intentando sonar razonable —. Nunca te he abandonado. ¡Siempre estoy aquí!

¡Ah, sí, claro! Como cuando olvidaste mi cumpleaños.

¡Pero te di un regalo!

¡Dos días después!

¡Me confundí de fecha, fue un accidente!

¡No se confunde el cumpleaños de una amiga!

Óscar, sintiendo que la batalla se inclinaba en su contra, sacó su propia carta:

¡Ah, sí, porque tú nunca olvidas nada, ¿verdad?!

Martha frunció el ceño.

Exacto.

¿Te acuerdas cuando olvidaste que íbamos al cine?

Ella entrecerró los ojos, desconfiada.

¿Qué tiene que ver eso ahora?

¡Todo! — Óscar alzó las manos, teatral. — Ese día olvidaste que teníamos planes, no estabas lista cuando llegué, y encima me reclamaste a mí por no haberte llamado antes.

Eso fue distinto — murmuró, cruzando los brazos.

¿Distinto? — Él rió con incredulidad—. ¡Olvidaste el plan y la culpa terminó siendo mía!

¡Si me hubieras llamado antes, no lo habría olvidado!

Óscar la miró con ironía.

Claro, cuando tú olvidas algo, la solución es que yo lo recuerde por ti.

Martha chasqueó la lengua.

¡Eres mi amigo! ¡No se supone que tenga que estar recordándote tus promesas!

Él contraatacó sin dudarlo:

¡Eres mi amiga! ¡Y los amigos ayudan a que los amigos no olviden cosas importantes!

Las réplicas volaban como proyectiles de catapulta. Se trajeron a colación incidentes olvidados, situaciones enterradas en el pasado, y hasta la vez que Óscar le dijo “te avisé” sobre el aguacero justo cuando Martha ya estaba empapada.

¡Siempre te tengo que recordar todo! — ella se quejó —. ¡Pareces mi abuelita con la memoria intermitente!

¿Disculpa? — Óscar se indignó —. ¡Tengo memoria de elefante!

Un elefante con amnesia Bufó.

Si tanto te importaba el mueble, ¡¿por qué no me llamaste?!

¡Porque me lo prometiste!. No tengo porqué verificar nada.

¡Ah, sí, y cuando tú prometes algo y lo olvidas, ¿la culpa también es mía?

¡Por supuesto!

El volumen de la discusión aumentaba. Ya no era solo el mueble: era el principio moral de la confianza, la memoria y el deber de un amigo.

Pero entonces, ocurrió la tragedia definitiva. 

En medio del caos, Óscar resbaló. 

Tropezó con la alfombra. Su brazo buscó apoyo, y ese apoyo fue el mueble inmóvil. El armatoste, soberbio hasta ese instante, finalmente cedió.

El sonido de la caída fue estruendoso. Óscar terminó en el suelo, Martha en shock.

Y entonces, rieron.

Al principio, intentaron contenerse, como si la dignidad aún tuviera una mínima oportunidad de sobrevivir.

Pero no tardaron en fracasar.

Las carcajadas explotaron sin piedad. Rieron hasta quedarse sin aire, hasta que Martha tuvo que apoyarse en el mueble, ahora oficialmente movido, y Óscar, entre risas, se tapó la cara como si así pudiera recuperar algo de su compostura.

El orgullo, la indignación y la guerra quedaron en el olvido. Solo quedaba la risa, el mueble y el absurdo del momento.

Se miraron, agotados.

Óscar suspiró.

Bueno… ya está movido.

Martha lo pensó.

Sí… pero no está en el lugar correcto.

Se miraron con complicidad.

Lo acomodamos juntos.

Y así lo hicieron. Porque el problema nunca fue el mueble.

Fue el orgullo disfrazado con excusas. Y la certeza de que, después de todo, seguirían siendo necesarios el uno para el otro.









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