El hombre permaneció inmóvil, la mirada fija en el pequeño reloj de bolsillo que reposaba sobre la mesa. Lo había hallado pocos días antes en una tienda oscura, oculto entre objetos singulares y muñecos privados de ojos.El vendedor, un anciano de piel cetrina y rostro surcado, lo observó con sonrisa torva y voz ronca: - Este reloj sólo conduce a los peores momentos… y asegura que desea acompañarte -.
El hombre volvió el rostro, devolviendo una sonrisa tensa. Registró su bolsillo y pagó con las monedas que llevaba. El anciano tomó el dinero, envolvió el reloj y lo despidió con un murmullo que se prolongaba: - Qué afortunado eres… él te ha elegido -.
Aquella noche, en la quietud de su apartamento, el hombre extrajo el reloj. Era un sencillo mecanismo de cuerda, sin nada que lo distinguiera. Sin embargo, acosado por una depresión que lo hostigaba desde semanas atrás, pensó cuán venturoso sería poder recuperar a aquella mujer de ojos oscuros cuya ausencia se había vuelto herida abierta.
Alzó el reloj y susurró a la fría maquinaria:
- ¿Me llevarás a mis peores momentos? Pues condúceme al más terrible: al día preciso en que le dije que nuestra relación no existía. Prefiero vivir de migajas que perder el eco de su mirada en mis ojos -.
Con el pensamiento clavado en el pasado, giró la manecilla una sola vez.
El reloj vibró como un corazón mecánico. El hombre parpadeó y el aroma del café recién molido lo envolvió. Se hallaba en la cafetería que tan bien recordaba. ¡Era Aquel día! Se vio con idéntica ropa y el ramo de tulipanes rojos que tanto le costara. Al fondo, ella estaba allí… hermosa. Un impulso lo arrojó hacia adelante, dispuesto a revivir la escena.
Ella lo miró con sorpresa. Aceptó las flores, sonrió apenas y le solicitó un favor:
- Gracias… ¿podrías ayudarme con estas bolsas? No quiero llegar sola cargada -.Él consintió con euforia. Tal como lo guardaba la memoria, tomó las bolsas y salió con ella, saboreando la dicha de serle útil. Qué bueno saber que confiaba en él, que lo había mirado. Mas al doblar la esquina, el rugido de una motocicleta le recordó el epílogo de aquella tarde. Esteban aguardaba con el motor encendido. Ella le arrebató las bolsas y, con gesto fluido y natural, se acomodó detrás. Sólo le dedicó un ademán vago: - Gracias, hablamos luego - .
El hombre quedó inmóvil. El reloj vibró en su bolsillo, confirmando su magia. No era la escena buscada, pero funcionaba.
Concentró su mente en el día de la ruptura y volvió a girar la manecilla.
El aire se tornó pesado de familiaridad hiriente. Reconoció el lugar: era la tarde en que ella le había pedido acompañarla a un trámite importante. Él había pasado horas disponiendo todo, consiguiendo transporte, preparando provisiones. Caminaba convencido de que su esfuerzo sería reconocido.
Alzó la vista. Allí estaba ella, acomodando su hermoso trasero en la moto de Esteban. No lo vio. Ni siquiera pensó en avisarle que no iría.
El reloj vibró.
Con el alma deshecha, insistió nuevamente.
Al abrir los ojos la vio frente a él, escuchándolo con aparente atención mientras él hablaba con pasión. Sus palabras fluían, pero se sentía sombra repitiendo una escena grabada a fuego. Sabía lo que vendría. Ella miró hacia la puerta y, sin una palabra, lo dejó a mitad de la frase. Salió de la habitación. Recordó que, luego, la había visto en el patio, radiante de risa, oyendo las anécdotas de Esteban sin recordar que él la esperaba.
Giró de nuevo, varias veces, obstinado en alcanzar la ruptura.
Lo llevó a la tarde en que ella aceptó su poema y lo catalogó apenas de "bonito"; al instante en la plaza donde le ofreció un helado que tomó sin detenerse; al día en que ella recibió un dulce exquisito que guardó sin compartir (al menos con él). Lo arrastró a los momentos en que le confió su historia más íntima, mostrando su vulnerabilidad, y ella simplemente cambió el tema.
Una y otra vez, el reloj le mostró lo mismo: ella acogía lo que él ofrecía, mas nunca ofrecía nada a cambio; su esfuerzo resultaba invisible, sus palabras se perdían en el aire.
Exhausto, el hombre se encontró nuevamente ante el reloj sobre la mesa. El metal frío parecía también observarlo. Había girado la cuerda buscando el día de la ruptura, convencido de que allí residía su peor momento. Pero el reloj nunca lo había llevado hasta allá.
En su lugar, lo había enfrentado a instantes infinitamente más crueles. Comprendió que el verdadero dolor no estaba en la pérdida final, sino en la dignidad perdida que la precedió. El reloj le había revelado que su peor error fue insistir en entregarse a quien, de manera constante, nunca lo aceptó.Con un suspiro largo y profundo, acarició la superficie metálica. Entendió que el tiempo no podía devolver lo perdido, pues para devolverlo primero hubiera tenido que haberlo poseído. En esa certeza halló un resquicio de libertad: la libertad de dejar de girar la cuerda, de dejar de buscar aquello que nunca existió.
El reloj quedó inmóvil sobre la mesa, y él, por primera vez, avanzó.
Aporte para el reto
del Mes de Diciembre de 2025 en
(Un micro inspirado en una constelación)
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