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sábado, 19 de septiembre de 2026

Mi corazón y el viento

Mi corazón y el viento se reconocen sin esfuerzo.

Se entienden sin hablar,
comparten la costumbre de no quedarse
y el modo transparente de deshabitar los lugares.

A veces el viento llega tarde,
con olor a lluvia vieja
o a horizontes que nunca vi.

Mi corazón le abre
como se abre a un viajero
que regresa siempre con la misma historia.

Tal vez por eso se entienden:
ambos saben lo que es empujar la vida
sin poder sujetarla.

Por eso mi corazón le confía
los nombres que pesan.

El viento los desata,
los suelta entre la hierba,
hasta que dejan de doler
y se vuelven apenas
un rumor de hojas secas.

Y cuando el aire sopla fuerte afuera,
no tiemblo.

Sé que están conversando,
limpiando de polvo los rincones,
enseñándome a caminar
con poco equipaje
bajo el mismo cielo.

domingo, 28 de junio de 2026

Me duele mi pais

24 de Junio, Venezuela Tembló.

Me duele mi país. Es un dolor profundo que no se queda en la piel, sino que desciende hasta las raíces mismas de mi ser, hasta clavarse en esa misma tierra que, hace apenas unos días, se sacudió con una furia salvaje que nos robó el aliento y dejó nuestros sueños atrapados entre escombros.

Ver las calles y casas heridas nos obliga a confrontar de frente la devastación. Las vidas que se perdieron no son simples cifras estadísticas: son nombres, risas truncadas, abrazos que ya nunca llegarán e historias suspendidas para siempre en el polvo de lo que alguna vez quiso ser hogar. Duele el silencio ensordecedor que siguió al caos. Pesa la incertidumbre que nos envuelve en un país que ya venía arrastrando demasiadas tormentas.

Aun así, en medio de ese polvo y ese llanto colectivo, ha brotado algo indestructible. He visto manos ensangrentadas y temblorosas remover ruinas sin más arma que la pura voluntad y el amor al prójimo. He visto a extraños convertirse en hermanos y a vecinos transformarse en el último refugio del otro. En esa entrega desinteresada y espontánea se ha tejido una unión profunda, una solidaridad que el miedo no logra romper.

Porque, con el temblor de la tierra, caen las máscaras y desaparecen las etiquetas que suelen separarnos. Solo queda lo esencial: la humanidad desnuda, cruda y hermosa, capaz de hacerse más grande que la tragedia misma.

La herida será larga de cerrar y la reconstrucción será dura y lenta. Pero nuestra verdadera fortaleza nunca estuvo en los muros que cayeron, sino en esa capacidad de tendernos la mano entre los escombros, incluso cuando las nuestras están heridas y exhaustas.

Sí, me duele mi país y esta realidad me hiere profundamente. Sin embargo, ese dolor no me paraliza. No puede. Al contrario, este mismo dolor nos recuerda que nuestra gente es más grande que cualquier circunstancia. Mientras sigamos levantando al que ha caído y el vecino sea el techo y el consuelo del otro, Venezuela no solo se levantará: renacerá, más fuerte y más unida.

viernes, 8 de mayo de 2026

Kesshin: un nuevo camino

He vaciado el cántaro tantas veces
que el barro mismo ya sabe
el sonido de la sequía.

He sido el soporte, la viga silenciosa,
el que sostiene el techo ajeno
mientras el propio se agrieta en silencio.

De tanto sostener nace un cansancio
que no se cura durmiendo:
un peso de años,
derramando el oro del tiempo
a cambio de migajas
y manos que nunca se abren.

He sido el fuego
que calienta hogares donde no tengo silla,
la voz que alienta
cuando el eco es mi única respuesta.

Pero el silencio de hoy
no es el de siempre.
No es la fatiga del que se rinde,
sino la quietud lúcida
del que por fin comprende.

Siento el Kesshin vibrar,
no como amenaza,
sino como pulso exacto en la mano,
hoja de acero que corta limpio
el nudo que me ataba.

Sin ira en el filo,
solo claridad.
El corte necesario
entre lo que fui
y lo que ahora elijo ser.

Así reclamo mi corazón:
lo retiro de las plazas
donde se mendiga atención
y lo siembro, paciente,
en mi propio huerto.

Ya no hay fugas de energía hacia el vacío
ni sacrificios
en altares ajenos.

Me detengo.
Respiro un aire
que ya no le debo a nadie.

La resolución es muro
y puerta a la vez:
fin de la entrega ciega,
nacimiento de mi soberanía,
como un límite trazado en la tierra,
innegociable.






Kesshin: 

Determinación absoluta que nace de la unidad entre mente y espíritu, permitiendo cortar con vínculos o hábitos que agotan la energía vital para reenfocar la voluntad hacia un propósito nuevo y firme.

martes, 24 de marzo de 2026

Acordes en el silencio

Durante meses, Julián había convertido su habitación en un mausoleo de papel. Sus cuadernos desbordaban de una caligrafía errática, letras tensas que destilaban una amargura espesa. Cada estrofa era un epitafio improvisado, un torpe intento de asesinar un amor que nunca le había pertenecido. Aun así, los ojos de aquella mujer, de una oscuridad profunda color de la noche, seguían infiltrándose en sus silencios como huéspedes indeseados.

Su guitarra, compañera fiel en aquel duelo interminable, vibraba con un dramatismo que no parecía agotarse. Las notas, densas y cansadas, se hundían en el aire como si cargaran el mismo peso desde hacía demasiado tiempo.

Pero aquella tarde algo en la madera cambió. Al sentarse en el borde de la cama, Julián sintió una rigidez extraña en las cuerdas, como si el instrumento hubiera envejecido de golpe. Probó el acorde menor que siempre abría la puerta del abismo; el sonido salió opaco, sin la resonancia emocional de otras veces. Frunció el ceño, ajustó una clavija y respiró hondo. Lo intentó de nuevo. La nota se apagó al instante, absorbida por la caja, como si la guitarra se negara a seguir proyectando lamentos.

Insistió por tercera vez con un rasgueo brusco, casi desesperado. Solo surgió un trasteo metálico, un quejido seco y desprovisto de armonía. Ya no era un simple fallo técnico: era pura resistencia.

Desconcertado, aflojó la tensión de su mano izquierda. El cuerpo se detuvo, pero la mente, en cambio, se deslizó hacia el recuerdo de aquellos ojos inmensamente hermosos que tanto desorden habían provocado. Mientras su pensamiento vagaba por ese territorio conocido, su mano derecha, movida por una ligereza involuntaria, rozó las cuerdas en un gesto ascendente y casi tímido.

Y entonces ocurrió.

La guitarra respondió con una claridad inesperada, un destello sonoro que lo hizo parpadear. No era el llanto habitual: era un eco limpio y vibrante que se encendía desde dentro con una energía dorada. Por un instante dudó si lo había imaginado, pero el sonido permanecía allí, suspendido en el aire, luminoso y firme.

En ese momento comprendió, sin necesidad de palabras, que algo se había sellado en su interior. Las cuerdas ya no querían sostener su tragedia. El instrumento, más sabio que su dueño, había decidido que el duelo había cumplido su ciclo.

Julián exhaló un suspiro largo, como si liberara meses de tensión acumulada. Sus hombros descendieron y, en ese gesto sencillo, sintió que una grieta se abría en el peso que cargaba. Observó las cicatrices del barniz, golpes antiguos, roces de noches intensas, y entendió que, aunque su amor seguía intacto, aquellos ojos color de la noche seguían moviéndose dentro de él.  Pero ya no desde la herida. Lo que antes había sido un ancla se convertía ahora en un impulso suave, en una gratitud inesperada por haber conocido esa oscuridad profunda que, paradójicamente, le había enseñado a anhelar la luz.

Intuyó entonces que ese amor no correspondido, junto con cada fracaso que lo acompañó, no habían sido castigos, sino desvíos necesarios: manos invisibles que lo empujaban hacia donde realmente debía estar. Sus vacíos ya no parecían agujeros negros, sino espacios despejados, listos para recibir algo nuevo.

Con una sonrisa que llevaba mucho tiempo sin sentir, sus dedos buscaron una posición abierta y luminosa. El acorde mayor estalló en la habitación con una claridad expansiva, y el aire entero pareció vibrar con él. Un ritmo ágil y vivo brotó de la madera, como si la guitarra celebrara la decisión incluso antes que Julián.

Ya no era una marcha fúnebre. Era un latido que afirmaba la supervivencia. Los recuerdos que antes lo hundían se integraron en la melodía como adornos sutiles, y mientras la música fluía sin ataduras, Julián supo que tanto su creación como su alma habían encontrado, por fin, la forma de curarse.

sábado, 21 de marzo de 2026

Amílcar (Final): La verdad

Nunca imaginé que aquel día terminaría devolviéndome un fragmento de infancia que creía enterrado para siempre. Después de años lejos, había regresado a la región y trabajaba como médico forense en la capital provincial, a solo unas horas de lo que ahora era un pueblo grande y ruidoso. El caserío de mi niñez había crecido hasta convertirse en un barrio periférico de la ciudad extendida, pero la carretera vieja seguía allí, serpenteando entre barrancos que casi nadie visitaba.

La policía envió un cadáver sin identificar, encontrado en uno de esos barrancos, en un tramo que solía quedar aislado cuando llovía demasiado. La ficha era escueta: hombre adulto, sin documentos, posible caída accidental. Nada fuera de lo común. Nada que interrumpiera la rutina de alguien acostumbrado a tratar con cuerpos sin historia.

El cuerpo llegó envuelto en una sábana húmeda, con olor a tierra mojada y hojas podridas. Al retirarla, lo primero que vi fue un gorro de lana viejo, descolorido, tan gastado que los colores parecían manchas sin forma. No lo reconocí de inmediato. Estaba limpio, demasiado limpio para alguien encontrado en un barranco. Pensé que quizá alguien lo había lavado. No le di más vueltas y seguí el protocolo.

Examiné las manos callosas, las uñas sucias y la piel marcada por años de intemperie. Era evidente que aquel hombre había vivido lejos de todo. Nada en él me hablaba del caserío, ni de mi infancia, ni de la noche del puente.
Hasta que llegué al cráneo.

Tomé el borde del gorro para retirarlo. La lana estaba rígida, como si se hubiera secado al sol durante días. Al tirar con cuidado sentí una resistencia inesperada, casi obstinada. Lo giré apenas y entonces vi, en un pliegue casi borrado por el tiempo, un rombo rojo. Luego una línea verde. Después, un patrón que conocía mejor que mi propio nombre.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

Era el gorro de Amílcar.
El mismo que nadie podía tocar.
El mismo que latía.
El mismo que era parte de él.

Sentí que me desmoronaba. Retrocedí un paso, como cuando era niño y veía venir a los fuereños por el camino. Sin darme cuenta, me refugié en el rincón más oscuro de la sala. En mi mente, aquel rincón era el mismo al que tantas veces había escapado de sus burlas y de sus piedras. Me dejé caer contra la pared fría, con las rodillas recogidas, y lloré. Lloré sin control, como no lo hacía desde aquella noche en el puente.

Pensé en Elisa.

En cómo, después del golpe, nunca volvió a ser del todo la misma.

En cómo su cuerpo sanó, pero su mirada quedó lejos.
En cómo se fue apagando despacio, sin reproches ni explicaciones.

Murió años después, en silencio, como todo lo que rodeó aquella noche. Y yo, que tanto la quise, ni siquiera fui capaz de despedirme.

Lloré por ella.
Lloré por él.
Lloré por el niño que fuimos y por el hombre que nunca llegué a conocer.

No sé cuánto tiempo estuve allí. Solo cuando el cuerpo empezó a perder el frío de la madrugada entendí que no podía quedarme. Me limpié la cara con el dorso de la mano, respiré hondo y volví a la mesa.

Entonces ya no vi a un desconocido. Vi al niño que murmuraba oraciones, al adolescente que se escondía en el monte, al muchacho que tembló en el puente mientras todo se venía abajo. Me puse los guantes con lentitud y regresé al gorro.

Lo levanté poco a poco. La lana se resistía, como si no quisiera separarse de la piel. Noté entonces que la forma del cráneo no era regular. Bajo el tejido había protuberancias suaves, hundimientos y líneas que no correspondían a la anatomía humana. Pensé en fracturas antiguas, en cicatrices mal soldadas.

Aparté el cabello con cuidado. Cada mechón revelaba un poco más. Primero, una sombra extraña en la nuca. Me detuve: las lágrimas me nublaban la vista. Respiré hondo y continué. Al separar otro mechón apareció un pliegue que parecía un párpado cerrado. Más allá, una curva suave, casi una comisura.

No era un rostro completo. 
Era apenas la insinuación de uno, oculto entre la piel y el cabello. Como si algo hubiera intentado formarse y se hubiera quedado a medio camino.

Me temblaban las manos. El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho. Recordé de pronto un caso perdido entre mis libros de estudio: craniopagus parasiticus. Un gemelo incompleto, adherido al cráneo del otro. Un hermano que nunca terminó de nacer.

Y entonces lo entendí.
Era el otro Amílcar.

Había estado allí todo el tiempo, empujando, obligándolo a resistirse a su propio cuerpo. Los murmullos, el latido bajo el gorro y la fuerza desbordada de aquella noche cobraban sentido. No fue maldad. Fue una crueldad de la naturaleza, una lucha que nadie más vio.

Al apartar el último mechón encontré algo más: una trenza pequeña, delgada, casi deshecha, atrapada entre la lana y la piel. La reconocí al instante. Era de Elisa. Ella se la había dado. Él la había guardado. Hasta el final.

Me quedé largo rato con la trenza entre los dedos. Comprendí que, aunque ella ya no estaba y yo no pude despedirme, ellos dos habían seguido acompañándose en silencio, lejos de todos nosotros.

Cerré el informe sin mencionar nada de lo que había visto. Sabía que nadie preguntaría. Solo yo conocería la verdad.

Salí al pequeño jardín detrás de la morgue, corté unas flores silvestres parecidas a las que él dejaba en la ventana de Elisa y las coloqué sobre su pecho. Acomodé el gorro con el mismo cuidado con que su madre lo hacía y escribí una nota personal al final del informe, una que nadie más leería:

"Elisa, ya lo encontré."

Apagué la luz. La sala quedó en penumbra. Al salir, me pareció sentir que el peso de la lana se acomodaba apenas, como un suspiro final. Tal vez fue solo cansancio. Tal vez no.

Lo único cierto es que, por primera vez, Amílcar, los dos, ya no tenían que luchar.




Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar. Puedes ver aquí las otras entregas de mi relato.

1. Amílcar

2. La batalla por la cercania 

3. Sombras en la maleza.

4. El Quiebre 

5. La Partida

6. La verdad bajo el gorro



domingo, 8 de febrero de 2026

El Arquitecto del Silencio

Hombre adulto con insomnio observa su teléfono Móvil en una noche  de vigilia
La medianoche no llegó con el golpe de un reloj, sino con un bostezo gélido que se instaló en mi cuarto como huésped indeseado. Primero apagó el tic-tac lejano de mi reloj; luego, el zumbido del refrigerador y el ronroneo del ventilador. Quedó solo el zumbido amplificado de mi sangre contra el tímpano y el parpadeo azul del teléfono que vibraba una vez más sobre la mesa… pantalla negra, como si esperara por mí. Intenté ignorarlo, pero el silencio se hizo eléctrico: un grito ahogado con tono de notificación.

Allí estaba yo, en vigilia insomne, viendo agonizar la luz de la lámpara sobre los restos de mi devoción. Entonces oí un carraspeo seco, como el crujido de un pergamino olvidado en una cripta, que brotó de aquel rincón donde la penumbra se volvía líquida.

—Interrogar a la sombra, cuando la luz se ha marchado a iluminar otro rostro, es empresa vana —susurró una voz que se filtraba desde las grietas de la razón.

De la oscuridad, emergió una silueta envuelta en una levita raída. No vi sus ojos, pero traía consigo un aroma anacrónico: tinta fresca, tabaco rancio y el frío mineral de tierra removida. Sus dedos dejaron leves manchas oscuras en el brazo de la silla, como si la madera absorbiera su sustancia espectral. Se sentó en la orilla de mi cama y me observó con una fijeza que convertía mi sangre en plomo.

Hombre adulto afectado por una desilución observa la visita del espectro de alguien que en verdad ha perdido.. Edgar Allan Poe
—Tú perdiste a una mujer que camina bajo el mismo sol que tú, pero que jamás te reconoció como destino —continuó—. Yo también conocí ese invierno del alma, aunque mi pérdida olía a flores de cementerio. Escucha el aire mi viejo amigo. Tu, arquitecto de nadas: el dolor tiene la misma frecuencia en todos los siglos.

—Ella nunca fue mía —confesé—. Fui andamio de su alegría, siervo de una felicidad que usó para mirar otro horizonte. Me desangré en silencios para que ella tuviera voz. Ahora que sabe cantar, se la ofrece a un extraño.

La figura se inclinó hacia la luz. Reveló una frente pálida y vasta como lápida, cabello oscuro que vibraba con electricidad fúnebre. Una sonrisa amarga, casi un rictus, se dibujó bajo el bigote.

—Tu tragedia es más refinada que la mía. Yo perdí a una mujer que amé; tú perdiste a una que nunca te amó. Convertiste barro en oro; y el ídolo, al brillar, miró hacia otro lado. Ella no solo se llevó las llaves de tu alma: se llevó la luz que instalaste en su mirada para que otro viera el camino.

Se puso en pie con la elegancia letal de un ave de rapiña. En la pared, la luz de la lámpara proyectó forma de alas negras, pesadas, eternas.

—¿Qué hago ahora con este “nunca más”? —pregunté. La frase me amputaba el futuro.

—Esa frase es mi herencia, no tu condena —replicó—. Mi cuervo la graznaba desde un busto pálido; el tuyo grazna en el parpadeo de una pantalla que se niega a llenarse. Tu “nunca más” es más feroz: no sentencia el fin de un amor, sino el fin de una ilusión. No es que ella se haya ido: sino que nunca estuvo donde construiste tu altar.

Se acercó. Olí el invierno en sus ropajes. Sacó de la levita una pluma cuya punta brillaba con luz negra, como una astilla de noche pura.

Edgar Allan Poe entrega una pluma a un hombre adulto, que perdió a quien nunca tuvo, para que comience a escribir su propia historia
—Escribe —ordenó—. No sobre lo que no fue, pues ya es página en blanco que no te pertenece. Escribe sobre el hombre que se vació para alimentar un incendio que no le dio calor. Haz que tu naufragio rime con la eternidad. No hay belleza tan terrible como un sacrificio sin testigos.

Comenzó a desvanecerse, integrándose en la mancha de tinta de la noche. Antes de marcharse dejó sobre la mesa un rastro de ceniza y una verdad que se clavó como puñal gótico:

—No busques bálsamo en Galaad. Para los que amamos sin ser elegidos, solo queda la majestuosidad del desastre.

Me quedé a solas con mi sombra. Estiré los dedos y me senté frente al resplandor azulado de la computadora. La pluma de Poe, ahora sé quién era aquella sombra, descansaba en el borde del escritorio, recordatorio de que el dolor no era desperdicio, sino noble materia prima.

Ya no miré el teléfono. Mis manos, que tanto habían trabajado para esculpir un trono de cristal a quien prefirió el yermo, se posaron por fin sobre el teclado. Las teclas comenzaron a sonar como picoteo rítmico de ave sobre madera: obsesivo, necesario. Sentí el roce de alas invisibles en la nuca: ya no era miedo, sino mandato.

Hombre adulto escribe en una computadora. dispuesto a usar su dolor como materia prima para sus palabras.
Con un suspiro que sacó el último resto de esperanza inútil, tecleé la primera frase, frontera entre pasado e inmortalidad:

“Ella fue la deidad de un templo que nunca quiso habitar; hoy le devuelvo sus llaves y sus silencios, mientras yo me quedo con el fuego, con esta pluma y con la gloria de haber amado incluso en el vacío…”

El cursor ya no parpadeaba en espera. Latía en ritmo, como un corazón que, por fin, late solo para sí. Las alas se aquietaron. En la pantalla apareció algo que no era silencio.

Que el olvido le sea leve. A mí me quedan las palabras para volverme eterno.








Aporte para el reto
del Mes de Febrero de 2026 en
(escribir un relato en el que aparezca un personaje histórico.)







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sábado, 13 de diciembre de 2025

El Reloj de los Peores Momentos

El hombre permaneció inmóvil, la mirada fija en el pequeño reloj de bolsillo que reposaba sobre la mesa. Lo había hallado pocos días antes en una tienda oscura, oculto entre objetos singulares y muñecos privados de ojos.

El vendedor, un anciano de piel cetrina y rostro surcado, lo observó con sonrisa torva y voz ronca: - Este reloj sólo conduce a los peores momentos… y asegura que desea acompañarte -.

El hombre volvió el rostro, devolviendo una sonrisa tensa. Registró su bolsillo y pagó con las monedas que llevaba. El anciano tomó el dinero, envolvió el reloj y lo despidió con un murmullo que se prolongaba: - Qué afortunado eres… él te ha elegido -.

Aquella noche, en la quietud de su apartamento, el hombre extrajo el reloj. Era un sencillo mecanismo de cuerda, sin nada que lo distinguiera. Sin embargo, acosado por una depresión que lo hostigaba desde semanas atrás, pensó cuán venturoso sería poder recuperar a aquella mujer de ojos oscuros cuya ausencia se había vuelto herida abierta.

Alzó el reloj y susurró a la fría maquinaria: 

- ¿Me llevarás a mis peores momentos? Pues condúceme al más terrible: al día preciso en que le dije que nuestra relación no existía. Prefiero vivir de migajas que perder el eco de su mirada en mis ojos -. 

Con el pensamiento clavado en el pasado, giró la manecilla una sola vez.

El reloj vibró como un corazón mecánico. El hombre parpadeó y el aroma del café recién molido lo envolvió. Se hallaba en la cafetería que tan bien recordaba. ¡Era Aquel día! Se vio con idéntica ropa y el ramo de tulipanes rojos que tanto le costara. Al fondo, ella estaba allí… hermosa. Un impulso lo arrojó hacia adelante, dispuesto a revivir la escena.

Ella lo miró con sorpresa. Aceptó las flores, sonrió apenas y le solicitó un favor: 

- Gracias… ¿podrías ayudarme con estas bolsas? No quiero llegar sola cargada -.

Él consintió con euforia. Tal como lo guardaba la memoria, tomó las bolsas y salió con ella, saboreando la dicha de serle útil. Qué bueno saber que confiaba en él, que lo había mirado. Mas al doblar la esquina, el rugido de una motocicleta le recordó el epílogo de aquella tarde. Esteban aguardaba con el motor encendido. Ella le arrebató las bolsas y, con gesto fluido y natural, se acomodó detrás. Sólo le dedicó un ademán vago: - Gracias, hablamos luego - .

El hombre quedó inmóvil. El reloj vibró en su bolsillo, confirmando su magia. No era la escena buscada, pero funcionaba.

Concentró su mente en el día de la ruptura y volvió a girar la manecilla.

El aire se tornó pesado de familiaridad hiriente. Reconoció el lugar: era la tarde en que ella le había pedido acompañarla a un trámite importante. Él había pasado horas disponiendo todo, consiguiendo transporte, preparando provisiones. Caminaba convencido de que su esfuerzo sería reconocido.

Alzó la vista. Allí estaba ella, acomodando su hermoso trasero en la moto de Esteban. No lo vio. Ni siquiera pensó en avisarle que no iría.

El reloj vibró.

Con el alma deshecha, insistió nuevamente.

Al abrir los ojos la vio frente a él, escuchándolo con aparente atención mientras él hablaba con pasión. Sus palabras fluían, pero se sentía sombra repitiendo una escena grabada a fuego. Sabía lo que vendría. Ella miró hacia la puerta y, sin una palabra, lo dejó a mitad de la frase. Salió de la habitación. Recordó que, luego, la había visto en el patio, radiante de risa, oyendo las anécdotas de Esteban sin recordar que él la esperaba.

Giró de nuevo, varias veces, obstinado en alcanzar la ruptura.

Lo llevó a la tarde en que ella aceptó su poema y lo catalogó apenas de "bonito"; al instante en la plaza donde le ofreció un helado que tomó sin detenerse; al día en que ella recibió un dulce exquisito que guardó sin compartir (al menos con él). Lo arrastró a los momentos en que le confió su historia más íntima, mostrando su vulnerabilidad, y ella simplemente cambió el tema.

Una y otra vez, el reloj le mostró lo mismo: ella acogía lo que él ofrecía, mas nunca ofrecía nada a cambio; su esfuerzo resultaba invisible, sus palabras se perdían en el aire.

Exhausto, el hombre se encontró nuevamente ante el reloj sobre la mesa. El metal frío parecía también observarlo. Había girado la cuerda buscando el día de la ruptura, convencido de que allí residía su peor momento. Pero el reloj nunca lo había llevado hasta allá.

En su lugar, lo había enfrentado a instantes infinitamente más crueles. Comprendió que el verdadero dolor no estaba en la pérdida final, sino en la dignidad perdida que la precedió. El reloj le había revelado que su peor error fue insistir en entregarse a quien, de manera constante, nunca lo aceptó.

Con un suspiro largo y profundo, acarició la superficie metálica. Entendió que el tiempo no podía devolver lo perdido, pues para devolverlo primero hubiera tenido que haberlo poseído. En esa certeza halló un resquicio de libertad: la libertad de dejar de girar la cuerda, de dejar de buscar aquello que nunca existió.

El reloj quedó inmóvil sobre la mesa, y él, por primera vez, avanzó.








Aporte para el reto
del Mes de Diciembre de 2025 en
(Un micro inspirado en una constelación)







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miércoles, 10 de diciembre de 2025

La huida

Llegué con el alma limpia, el cuerpo en calma y la certeza de no volver a caer. Creí que todo estaba firme, que ya nada podría torcer el camino.

Y entonces  ella entró.

No fue un gesto cualquiera. Fue una irrupción de luz que recogió el mundo entero y lo encerró en su figura.

Sus ojos , oscuros, color de la noche, se abrieron como abismos. En ellos cabían galaxias extinguidas y constelaciones que aún no tienen nombre.

No tuve defensa. Mi voluntad se deshizo como ceniza bajo aquella mirada que era a la vez absolución y condena. Me pregunté si era ella tan poderosa o si era yo quien se entregaba sin remedio.

Intenté bajar los párpados, volver la cara… Pero ¿cómo negarle la vista al paraíso cuando late a solo un palmo de distancia?

Caí. 

Una sola mirada bastó para ser suyo otra vez. Entero, sin restos. Me quedé allí, inmóvil, perdido en la inmensidad de sus ojos, como quien se abandona al mar sabiendo que ya no tocará tierra nunca más. Hasta que, cuando ya no quedaba nada por rendir, algo se alzó en mí. una última brizna de instinto. 

Entonces huí.

Un movimiento puntual, exacto, casi militar. Una estrategia desesperada para apartarme un instante de su poder antes de desaparecer del todo. Le di la espalda al Edén con el cuerpo todavía temblando, consciente de que solo me escapaba por un tiempo.

Porque sé lo que ella espera. y sigo intentando dárselo, aunque lo que entrego sea apenas la sombra de lo que arde dentro de mí.

Aun así, en esta tregua que yo mismo me impuse, sus ojos me acompañan. Oscuros, heraldos de la noche, arden como faros que nadie enciende. Ya no son solo recuerdo de lo perdido. son la promesa intacta de lo que volverá a suceder.

Y en la pregunta que nunca calla, si es su poder o mi amor desmedido, late ahora una certeza más peligrosa que todas: que regresaré, mañana o pasado, con la voluntad bien firme y la esperanza intacta de su mirada.

Aun sabiendo que esa misma mirada será, otra vez,  mi caída.

martes, 2 de septiembre de 2025

No estoy roto, estoy desbordado....

No sé si me habita la depresión
o solo un desorden distraído.

A veces me descubro
como quien deja la puerta entreabierta
para que el viento desordene sus papeles.

Mis ojos se extravían.
Me pierdo en los bordes de las cosas:
el temblor de una cortina,
el reflejo en una taza vacía,
el silencio que nadie nombra.

De ese vacío nace una marea antigua,
con el rostro de palabras calladas,
con el peso de esperas sin nombre.

De esa marea se levanta mi sombra:
llega antes que yo,
se sienta en la silla más quieta
y observa cómo me olvido.

No estoy roto.
Estoy desbordado.

Por mis grietas se filtran
memorias que no viví,
promesas que no pedí.

Camino dentro
de una fotografía borrosa,
buscando el instante
donde el dolor se funde en paisaje.

Y allí, en la niebla,
algo germina en secreto.
A veces, una flor crece
sin que nadie la haya sembrado.

Y en medio de ese germinar incierto
confío en alguien
que nunca llega.

Y en su ausencia crece la flor
que yo no sembré.

No la miro,
pero sé que espera.

Aunque el cuerpo pese
como siglos de lluvia,
aunque el alma se pliegue
como una flor sin sol,

escribo para nombrarla.

Todavía estoy aquí,
entre la lluvia y la flor,
como si alguien hubiera dejado
una puerta abierta al milagro.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Caminar sin Mapas

Hoy he visto la oscuridad.
No era sombra ni amenaza, sino el rostro del día
que se detiene frente a una puerta que no sé si se abrirá.

Me miró sin disfraz y habló en silencio:
con gestos que no prometen,
con palabras que no llegan,
con la sensación de estar en un lugar
que podría dejar de ser mío.

Me ha mostrado el temblor del futuro,
la fragilidad de lo que parecía firme,
la ausencia de certezas
en un espacio que hasta ayer llamaba refugio,
y me sentí por un instante desconectado de todo.

Al enfrentar esa oscuridad, por momentos me sentí solo.
Levanté la cara y no vi compañía;
miré mi mano y la encontré vacía,
como si todo lo cercano hubiera retrocedido un paso.

Y he sentido también la posibilidad de no ser reflejo,
de no ser parte del paisaje que hasta ahora me sostenía.

Y allí, en la hondura del silencio,
vinieron a mí aquellos dos puntos luminosos,
tan oscuros como la noche,
que hacían de la sombra un umbral,
que enlazaban mi alma con el universo.
Y la certeza de que prevalecerían
fortaleció mi espíritu
ante la amenaza de perderlo todo.

Y esa certeza, a pesar de lo duro del encuentro,
ha impedido que la sombra se lleve todo.
Algo en mí permanece:
no como resistencia ni como escudo,
sino como llama que no exige arder,
pero insiste en no apagarse.

Permanece la fe,
no en lo que es,
sino en lo que aún puede ser.
Permanece la ternura de seguir,
aunque el camino se vuelva niebla.
Permanece la dignidad de no soltar mi abrazo,
aunque el lugar tiemble bajo mis pies.

Tal vez mi misión ha concluido,
o tal vez aún queda un tramo por recorrer.
Si un nuevo destino me espera,
lo asumiré con esperanza.
No por certeza,
sino por fidelidad a aquellos dos puntos luminosos 
que me enseñaron a caminar
sin mapas.

lunes, 18 de agosto de 2025

Donde late Distinto

A veces el corazón se queda fijo,
mirando largo rato hacia el mismo lugar,
como quien espera que algo se revele entre la niebla.

Pero allí, donde insiste la mirada,
no hay nada.
Ni un destello mínimo,
ni una sombra que sugiera movimiento.
Solo bruma, quietud,
y una puerta tras la que se esconde un espacio hueco.

Tanto tiempo golpeando,
esperando que el eco se vuelva voz,
que olvidó mirar el marco:
sin huellas, sin calor, sin historia.
Como un farol encendido frente a un campo desierto,
gastando su luz en una dirección sin respuesta.

Cansado de tanto insistir,
el corazón se escucha a sí mismo:
“ya basta de mirar allí,
ya basta de esperar donde nada nace”.
Porque incluso la niebla, cuando se contempla demasiado,
empieza a parecer promesa.
Y no lo es.

Entonces llega el momento en que el silencio ya no es pausa,
sino respuesta.
Y el vacío ya no es misterio,
sino frontera.

Sin dramatismo, sin estrépito,
el corazón se gira.
No hacia el olvido,
sino hacia lo que sí respira:
una hoja que cae con intención,
una brisa que roza sin urgencia,
una presencia que no reclama ser vista.

Allí, en lo que no se esperaba,
algo comienza a encenderse suave,
como un calor que sostiene desde dentro.
No es lo que buscaba,
pero es lo que lo sostiene.

lunes, 11 de agosto de 2025

Al abrigo del Padre, permanecemos.

Hay días en que el mundo parece inclinarse, como si el suelo perdiera por un instante su firmeza. El viento cambia de rostro, los caminos se desdibujan y el tiempo se vuelve un espejo borroso. En ese vaivén incierto, una voz suave late en el fondo del pecho y nos recuerda el rumbo.

Y caminamos.

A veces con pasos firmes, otras con temblores en las rodillas, pero siempre hacia adelante. Sembramos con manos limpias, con intención clara. Y aunque la lluvia tarde o el sol se esconda, confiamos en que la cosecha llegará: no por azar, sino por justicia.

Los cambios se ciernen como tormentas que parecen quebrarnos; los vientos contrarios nos retienen y nos hacen dudar de la estabilidad del terreno. Sin embargo, prevalecemos. No por fuerza propia, sino por la luz que nos habita. Somos guerreros del espíritu, los que enarbolan las banderas del Padre, los que avanzan no por lo que ven, sino por lo que creen.

El Padre nos inspira, nos impulsa, nos fortalece. Nos da la resiliencia para transformar las circunstancias y surgir victoriosos desde los escombros de viejos contextos, con una fe que no se rinde y una esperanza que no se apaga.

Nuestra esperanza no nace del optimismo vacío, sino de una certeza profunda: el Padre nos sostiene. Él ve más allá de lo que entendemos, no se confunde con apariencias ni se limita por calendarios. Es la fuente de todo bienestar, el refugio que no falla, el origen de cada promesa que florece en su tiempo.

Por eso no dependemos de títulos ni de puestos, ni de lo que una situación específica nos provoque. Nuestro éxito no se mide en ascensos ni en aplausos, sino en la paz que sentimos al hacer lo correcto, en la quietud que nos envuelve cuando hemos sido fieles a lo que Él nos pidió.

Los cambios no nos quiebran: nos enseñan, nos afinan, nos revelan más de lo que somos.

Y si alguna vez dudamos, que sea solo para recordar que la esperanza no es ingenua: es valiente. Que la fe no es ciega: es sabia, como quien avanza en la noche guiado por la forma invisible del amanecer. Que la resiliencia no es dureza: es ternura que se niega a rendirse.

Todo saldrá bien. Porque el Padre es fiel. Porque su voluntad es buena. Y nosotros permanecemos: con fe, con certeza, con una esperanza que no se apaga.