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miércoles, 17 de diciembre de 2025

Catando su presencia

Ella apareció y con ella, el vino tinto, color de historia viva, cobró vida sin necesidad de copa. Lejos del rojo profundo del caldo inexperto, vestía la hondura violeta oscuro del vino maduro: un matiz que se posaba sobre su piel como una esencia antigua y multisensorial, como si hubiera elegido llevar puesto el secreto mejor guardado de un gran Bordeaux, una promesa de calor, aroma y tacto prohibido antes siquiera de acercarse.

Su ropa no era de un color cualquiera. Era fuego lento, ceñido a sus formas con la precisión de un amante que conoce cada curva, resaltando la suavidad de la luz allí donde la sombra se volvía promesa. Así, en ella, el vino tinto dejaba de ser tono para volverse una segunda piel: palpitante, magnética, deseable.

Y se extendía sobre ella como si hubiera encontrado al fin su lugar natural, derramándose con generosidad y cubriéndola en una caricia densa y envolvente. Se volvía tacto puro, aterciopelado y carnoso, calor que late bajo la superficie como la memoria viva de la uva madura recién exprimida, ofreciendo su espesura con la languidez de quien se entrega sin reservas.

Entonces, cuando la cercanía se volvió profunda y los contornos comenzaron a fundirse en un abrazo, el aroma ascendió, embriagador e íntimo: notas de cereza carnosa y pétalos oscuros; un aliento cálido de frutos abiertos al sol que liberan su dulzor prohibido. Ese perfume llenó el espacio cercano, se coló en la respiración e hizo que el pecho se expandiera buscando más, como si el aire mismo se hubiera vuelto mosto denso y deseable.

La mirada no podía sino beberlo todo: el contraste de la claridad rendida al vino intenso, sus hermosos ojos oscuros, color de la noche que guarda los secretos del vino, la forma en que ese tono delineaba y velaba a la vez lo que apenas se ocultaba. Cada movimiento era un sorbo lento; cada pausa, el instante cargado antes de llevar la copa a los labios.

Así, la sensualidad se volvía estado absoluto. No había distancia posible: ella estaba allí como un vino de guarda, vivo, palpitante, invitando a perderse en su hondura. Y quedaba esa certeza callada que no admite palabras: ese color no se lava ni se desvanece. Se queda en la piel, grabando en la memoria su cuerpo, como la mejor cosecha que uno desea volver a probar, una y otra vez, hasta la última gota.

martes, 16 de diciembre de 2025

Efecto Doppler a la moda

Era una hora cualquiera del día, de esas que se desdibujan en la rutina diaria, cuando de pronto todo se detuvo. Ella estaba allí, como siempre, con sus ojos hermosos fijos en cualquier otra cosa que no fuera yo.

Había algo en ella que, como siempre, me robaba la mirada. Un distractor habitual convertido, en ese instante, en una fuerza gravitatoria irresistible. 

Esta vez, sin embargo, no era solo distracción; mi dedicación mutó a la percepción repentina de algo extraordinario.

Mi atención se detuvo en el diseño del patrón que adornaba su pantalon: en la geometría impecable de esas bandas oscuras y claras alternadas. Siempre me ha gustado como luce en ella ese diseño, no puedo explicar por qué. Creo que me gusta cómo la arropa, cómo la abraza y la hace parecer ágil, activa, como una gacela dispuesta a jugar en la estepa abierta. En realidad se ve particularmente hermosa cuando lo usa.

Oculto aún a su mirada, en algún momento comprendí que aquella sensación que me erizaba la piel iba más allá de la mera sensibilidad estética. Era algo más intenso, algo que alcanzaba el rango de ley física. 

Mientras caminaba hacia mi, dudé si esa danza prodigiosa podía llamarse simplemente "caminar". De pronto, la revelación se hizo evidente: ella alteraba, sutilmente, la realidad a su alrededor. 

Es que ella no avanzaba simplemente en el espacio;  su sola presencia generaba una poderosa onda invisible que influenciaba todo a su alrededor. Y esas bandas en su  pantalón, ese patrón lineal que proyectaba sus piernas, parecía ser la expresión visible de su poderosa influencia. Como si aquellas bandas oscuras y luminosas fueran el rastro tangible de una perturbación mística que se propagaba en todas direcciones.

Al acercarse a mi, experimenté una especie de efecto Doppler visual y silencioso: la realidad frente a ella se comprimía, el tiempo parecía acelerarse en una alta frecuencia de lo inevitable, y las líneas del entorno se apilaban en una intensidad fuera de lo común.

Cuando me pasó de largo, el aire no se cerró de inmediato a su espalda, sino que se estiró lentamente, dejando un rastro de vacío que se demoraba en disiparse. El espacio se alargaba en una baja frecuencia grave, una longitud de onda que tardaba en volver a la normalidad. Por un instante, el mundo entero quedó fuera de fase, modulado por aquel andar hermoso, a la vez sublime e inefable.

No fue un simple caminar. Fue la prueba de que, para el observador adecuado, una sola persona puede ajustar la resonancia del universo entero.


Nota: El efecto Doppler es la ilusión de que las ondas, de sonido, de luz o de presencia, modifican su ritmo según se acercan o se alejan. Es el eco del movimiento: un canto agudo al aproximarse, un murmullo grave al partir. 

Así también son sus ojos hermosos: al acercarse se tornan intensos, vibrando en la aguda proximidad; y al alejarse se vuelven graves, dejando un eco suave que se prolonga en la memoria.

sábado, 13 de diciembre de 2025

El Reloj de los Peores Momentos

El hombre permaneció inmóvil, la mirada fija en el pequeño reloj de bolsillo que reposaba sobre la mesa. Lo había hallado pocos días antes en una tienda oscura, oculto entre objetos singulares y muñecos privados de ojos.

El vendedor, un anciano de piel cetrina y rostro surcado, lo observó con sonrisa torva y voz ronca: - Este reloj sólo conduce a los peores momentos… y asegura que desea acompañarte -.

El hombre volvió el rostro, devolviendo una sonrisa tensa. Registró su bolsillo y pagó con las monedas que llevaba. El anciano tomó el dinero, envolvió el reloj y lo despidió con un murmullo que se prolongaba: - Qué afortunado eres… él te ha elegido -.

Aquella noche, en la quietud de su apartamento, el hombre extrajo el reloj. Era un sencillo mecanismo de cuerda, sin nada que lo distinguiera. Sin embargo, acosado por una depresión que lo hostigaba desde semanas atrás, pensó cuán venturoso sería poder recuperar a aquella mujer de ojos oscuros cuya ausencia se había vuelto herida abierta.

Alzó el reloj y susurró a la fría maquinaria: 

- ¿Me llevarás a mis peores momentos? Pues condúceme al más terrible: al día preciso en que le dije que nuestra relación no existía. Prefiero vivir de migajas que perder el eco de su mirada en mis ojos -. 

Con el pensamiento clavado en el pasado, giró la manecilla una sola vez.

El reloj vibró como un corazón mecánico. El hombre parpadeó y el aroma del café recién molido lo envolvió. Se hallaba en la cafetería que tan bien recordaba. ¡Era Aquel día! Se vio con idéntica ropa y el ramo de tulipanes rojos que tanto le costara. Al fondo, ella estaba allí… hermosa. Un impulso lo arrojó hacia adelante, dispuesto a revivir la escena.

Ella lo miró con sorpresa. Aceptó las flores, sonrió apenas y le solicitó un favor: 

- Gracias… ¿podrías ayudarme con estas bolsas? No quiero llegar sola cargada -.

Él consintió con euforia. Tal como lo guardaba la memoria, tomó las bolsas y salió con ella, saboreando la dicha de serle útil. Qué bueno saber que confiaba en él, que lo había mirado. Mas al doblar la esquina, el rugido de una motocicleta le recordó el epílogo de aquella tarde. Esteban aguardaba con el motor encendido. Ella le arrebató las bolsas y, con gesto fluido y natural, se acomodó detrás. Sólo le dedicó un ademán vago: - Gracias, hablamos luego - .

El hombre quedó inmóvil. El reloj vibró en su bolsillo, confirmando su magia. No era la escena buscada, pero funcionaba.

Concentró su mente en el día de la ruptura y volvió a girar la manecilla.

El aire se tornó pesado de familiaridad hiriente. Reconoció el lugar: era la tarde en que ella le había pedido acompañarla a un trámite importante. Él había pasado horas disponiendo todo, consiguiendo transporte, preparando provisiones. Caminaba convencido de que su esfuerzo sería reconocido.

Alzó la vista. Allí estaba ella, acomodando su hermoso trasero en la moto de Esteban. No lo vio. Ni siquiera pensó en avisarle que no iría.

El reloj vibró.

Con el alma deshecha, insistió nuevamente.

Al abrir los ojos la vio frente a él, escuchándolo con aparente atención mientras él hablaba con pasión. Sus palabras fluían, pero se sentía sombra repitiendo una escena grabada a fuego. Sabía lo que vendría. Ella miró hacia la puerta y, sin una palabra, lo dejó a mitad de la frase. Salió de la habitación. Recordó que, luego, la había visto en el patio, radiante de risa, oyendo las anécdotas de Esteban sin recordar que él la esperaba.

Giró de nuevo, varias veces, obstinado en alcanzar la ruptura.

Lo llevó a la tarde en que ella aceptó su poema y lo catalogó apenas de "bonito"; al instante en la plaza donde le ofreció un helado que tomó sin detenerse; al día en que ella recibió un dulce exquisito que guardó sin compartir (al menos con él). Lo arrastró a los momentos en que le confió su historia más íntima, mostrando su vulnerabilidad, y ella simplemente cambió el tema.

Una y otra vez, el reloj le mostró lo mismo: ella acogía lo que él ofrecía, mas nunca ofrecía nada a cambio; su esfuerzo resultaba invisible, sus palabras se perdían en el aire.

Exhausto, el hombre se encontró nuevamente ante el reloj sobre la mesa. El metal frío parecía también observarlo. Había girado la cuerda buscando el día de la ruptura, convencido de que allí residía su peor momento. Pero el reloj nunca lo había llevado hasta allá.

En su lugar, lo había enfrentado a instantes infinitamente más crueles. Comprendió que el verdadero dolor no estaba en la pérdida final, sino en la dignidad perdida que la precedió. El reloj le había revelado que su peor error fue insistir en entregarse a quien, de manera constante, nunca lo aceptó.

Con un suspiro largo y profundo, acarició la superficie metálica. Entendió que el tiempo no podía devolver lo perdido, pues para devolverlo primero hubiera tenido que haberlo poseído. En esa certeza halló un resquicio de libertad: la libertad de dejar de girar la cuerda, de dejar de buscar aquello que nunca existió.

El reloj quedó inmóvil sobre la mesa, y él, por primera vez, avanzó.








Aporte para el reto
del Mes de Diciembre de 2025 en
(Un micro inspirado en una constelación)







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lunes, 2 de junio de 2025

Brillos en la sombra



Damos porque la luz nos llama,
porque en la sombra aún palpita
el latido de lo eterno,
el fuego que nunca duerme.

No buscamos retorno ni gloria,
solo el eco que confirme
que nuestro paso dejó huella,
que la brisa no fue muda,
que alguien, en la distancia,
sintió el fulgor crecer.

Pero a veces el eco no llega,
la señal se pierde en el aire,
y el silencio nos pregunta
si la entrega fue en vano.

Aun así, sostenemos lo que titubea,
protegemos lo que duda,
avivamos lo que, en secreto,
busca espacio para arder.

Porque el brillo no depende de testigos,
y la llama, aunque nadie la vea,
cumple su propósito al existir.

Toda luz merece ser recibida,
cuidada y protegida,
como un soplo que la resguarde,
como un abrazo que la sostenga.

Y si el viento cambia,
si nos empuja hacia otro tiempo,
sabremos que no fue en vano,
que cada entrega tejió un hilo
en el vasto lienzo del Padre,
donde toda luz merece florecer.

Porque Él, que dio forma a la belleza,
siempre reconocerá lo que hacemos
para que sus maravillas brillen más.

domingo, 1 de junio de 2025

El Paraguas

Mi amiga siempre era sorprendida por la lluvia. No importaba cuántas veces revisara el cielo, cuántas predicciones meteorológicas leyera o cuántos ruegos hiciera para que el clima tuviera piedad. La lluvia llegaba igual, sin previo aviso, con su aguacero implacable. Su cabello mojado, su ropa empapada y los resfriados estacionales se convirtieron en parte de su rutina.  

Resistió estoicamente. Se volvió una erudita del clima. Escudriñó mapas meteorológicos con la concentración de un astrónomo decodificando señales alienígenas. Interpretó el baile de las nubes, el canto del viento, la humedad en el aire. Se convirtió en guardiana de la ciencia atmosférica.  

Pero la lluvia… la lluvia jugaba con ella. Se burlaba de sus estudios, se colaba entre sus predicciones, ignoraba sus cálculos con la audacia de un mago tramposo. Aparecía cuando menos la esperaba, siempre lista para tomarla por sorpresa, como si fuera un truco diseñado con precisión para frustrar sus intentos de mantenerse seca.  

Hasta que un día, mi amiga se hartó. Ya no habría más estrategias inútiles, más derrotas humillantes. Tomó una decisión definitiva: ¡obtuvo un paraguas!.  

Y entonces, la lluvia ejecutó la burla suprema. Como si se hubiera cansado de su propio juego, selló una tregua con el sol en un pacto traicionero.  

Desde el instante en que aquel pequeño pero resistente paraguas ocupó lugar permanente en su bolso, las nubes desaparecieron sin dejar rastro. Ni una mísera sombra gris ensució el horizonte, ni una gota furtiva desafió la conspiración celeste.  

El sol, astuto y oportunista, aprovechó la ausencia de su eterna rival. Brilló con una intensidad desconocida, como si quisiera compensar un montón de aguaceros imprevistos. Por primera vez, mi amiga extrañó la lluvia. Y, por primera vez, la lluvia se rió de ella sin siquiera aparecer.  

El paraguas, orgulloso, esperaba su gran debut. “Déjenme proteger, déjenme brillar”, parecía decir. Pero el sol, despiadado, les castigó con días de brillo insoportable. Mi amiga, obstinada, decidió llevarlo consigo de todos modos. Primero con discreción, luego con descaro. Lo sacaba del bolso cada tanto, lo abría y lo cerraba como quien prueba un artefacto mágico aún sin activar. Le lanzaba miradas inquisitivas, como si quisiera convencerlo de que invocara una tormenta.  

La impaciencia creció. Comenzó a pasearse cerca de aspersores, fingiendo casualidad, deteniéndose estratégicamente cuando el agua giraba en su dirección. En los cafés, agitaba distraídamente su vaso para que las gotitas se elevaran y aterrizaran en la tela impermeable. Probaba el mecanismo con el viento más débil, ajustando el ángulo bajo cualquier sombra sospechosa. Estaba decidida a poner a prueba su paraguas, aún si eso significaba recurrir a métodos poco convencionales.  

Hasta que un día, una nube apareció. Se alzó majestuosa, oscura, cargada de promesas. Mi amiga la vio y se detuvo en seco, conteniendo la respiración como si de su concentración dependiera que no desapareciera.  

Era el momento. Su momento. Después de días de burlas, de una sequía estratégica y de la conspiración descarada entre la lluvia y el sol, por fin había llegado la oportunidad de reivindicarse. Su corazón latía con anticipación. Sentía que todo en su vida la había llevado hasta este punto.  

Una gota cayó. ¡Al fin!  

Nunca antes una sola gota de agua había sido recibida con tanto entusiasmo. Casi podía oír una fanfarria de fondo, como si el universo estuviera celebrando este instante decisivo. Había esperado tanto, había sufrido tanto… ahora, su paraguas tendría su glorioso debut.  

Lo extendió con elegancia, con una ceremonia que rayaba en lo divino. La tela se desplegó como una cúpula protectora, su escudo contra el mundo que tantas veces la había humillado con aguaceros traicioneros. Por fin estaba lista.  

Y entonces... el viento.  

No una brisa suave, no un susurro juguetón, sino una ráfaga impertinente y oportunista, como si el universo hubiese estado esperando justo este momento para lanzar su golpe final.  

El paraguas, con su flamante estructura, no ofreció resistencia. Escapó de su mano y salió volando con una rapidez absurda, como si toda su existencia hubiera estado encaminada a este preciso despegue. Giró sobre sí mismo, dio un par de saltitos emocionados por el aire y luego emprendió una trayectoria gloriosa hacia lo desconocido.  

Mi amiga, aún con el gesto de victoria en su rostro, apenas tuvo tiempo de ver cómo su preciado escudo desaparecía en el horizonte como un cometa errante, dejándola sola… de nuevo… con la lluvia que apenas comenzaba.  

Nadie ha vuelto a ver ese paraguas desde entonces.  

Dicen que sigue surcando los cielos, esquivando techos y antenas, buscando el aguacero perfecto que nunca pudo probar. Algunos afirman haberlo visto en la distancia, danzando con el viento, siempre al borde de la lluvia, pero nunca dentro de ella.  

Mi amiga, mientras tanto, se quedó allí… en medio de la calle, bajo un cielo que finalmente había cedido, dejando caer su largamente esperada tormenta.  

Sin su escudo.  

Sin su victoria.  

La primera gota apenas rozó su mejilla cuando la realidad la golpeó. En cuestión de segundos, su cabello estaba mojado, su ropa empapada, sus zapatos convertidos en pequeños acuarios portátiles. Una vez más, como tantas veces antes, la lluvia se reía de ella y de su eterna derrota.  

Y así, la historia se cerró con la misma ironía con la que había comenzado. La lluvia, una vez más, había ganado.






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sábado, 24 de mayo de 2025

Encuentros

Como si, en su vastedad, el tiempo dejara migas de luz para guiar lo imposible. Como si en los pliegues del azar respirara un propósito oculto. Hay coincidencias que quiebran la lógica, desobedecen las reglas del cálculo y parecen gestos deliberados de un orden secreto, una conspiración silenciosa que, en su capricho más bello, nos acerca con una precisión imposible.  

A veces, la existencia nos ofrece destellos de ese diseño oculto, tejiendo caminos invisibles que conducen los sueños hasta la orilla de lo real. En esos instantes, el azar deja de ser un accidente y se inclina con elegancia hacia un propósito, plegando el caos en formas que nos conducen, sin aviso, al milagro del reconocimiento.  

Era improbable nuestro encuentro, casi absurdo en la vasta lógica del cosmos. Como dos astros condenados a trayectorias opuestas, como sombras que jamás deberían tocarse, como dos notas de una melodía que el tiempo nunca quiso hacer coincidir. Éramos líneas dibujadas en mapas distintos, costas separadas por océanos de distancia y azares que nunca se doblegan ante los deseos.  

Pero algo, en uno de sus raros gestos de belleza, pareció desafiarse a sí mismo. Algún engranaje invisible se alteró, algún cálculo imposible quebró su ecuación perfecta, y de pronto, en el pliegue más insospechado de la realidad, allí estaba ella, en el único cruce improbable que jamás debió existir, en la grieta exacta donde el azar permitió la maravilla de conocernos.  

Los astros titubearon en su marcha errante, inclinándose con un gesto imperceptible hacia la promesa de nuestro encuentro. Las mareas, en su danza antigua, tejieron un acuerdo silencioso con el viento, que en su aliento errático supo llevar los ecos de lo inevitable.  

Todo cedió un poco, el pulso del tiempo se desvió en su mínima fracción, la luz de una estrella agonizante iluminó justo el instante en que nuestros caminos debieron cruzarse. Entre la arquitectura secreta del caos, la casualidad doblegó sus propias leyes, torciendo la vastedad en un instante exacto, en el milagro preciso de hallarla.  

Planeado o casualidad, celebro la maravilla de nuestro encuentro, el instante donde todo cedió. Las órbitas, los vientos, los caminos que nunca debieron tocarse. Como si una fuerza antigua decidiera revelarnos la verdad que escondía.  

Como quien agradece la luz después de la sombra, honro el equilibrio secreto que nos permitió encontrarnos, la precisión oculta que torció el caos hasta dar forma a este milagro. No importa si fue destino o error, si fue cálculo o capricho; lo único que sé es que en este cruce, en esta coincidencia dorada, la inmensidad se dejó comprender por un instante... Y nos miramos. 

Todo debió alinearse. Las estrellas que callan, los senderos que doblan en esquinas invisibles, los pulsos secretos del azar que vibraron justo en el instante preciso. Fue como si el orden oculto del cosmos, en un arrebato de generosidad, ajustara cada variable para que nuestras miradas se cruzaran en el único momento posible.  

Y aquí estamos, con la certeza luminosa de que lo improbable no solo es posible, sino que, cuando ocurre, es la belleza más pura que la realidad puede ofrecer. Como si el destino mismo hubiese escrito su voluntad en las órbitas celestes, sería casi una afrenta ignorarla, sería casi un pecado no quererla.  

Después de todo, si el mundo entero se dispuso a traerla hasta mí, ¿qué otra opción podría quedarme sino rendirme ante su milagro?  







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viernes, 16 de mayo de 2025

El Fulgor

En algún punto invisible de la mañana, el mundo dejó de girar para mí. Fue como si el aire mismo me hubiese tomado por los hombros y susurrado: ¡Mí­rala!. 

No hubo voluntad, no hubo decisión; solo la certeza súbita de que todo lo demás podía esperar. Allí estaba ella, leve y real, suspendida en su quietud como una nota olvidada en medio de una melodía. Y yo, obediente a ese antiguo hechizo que siempre me domina cuando se trata de ella, abandoné todo fingimiento y, disimuladamente, me rendí a su misterio. Cada gesto suyo era un murmullo, una constelación que mi mirada seguía como si en ello se me fuera el alma.

La contemplé con los ojos del amor, esos que no saben mirar sin asombro. Me extravié en la visión de aquel cuerpo pequeño, como quien admira el lujoso empaque con que la vida guarda las cosas que le generan especial ternura. Sin embargo, ella no era algo que se exhibiera, era un tesoro que se custodiaba. 

No eran solo sus formas lo que en aquel momento me atraía, sino lo que irradiaba más allá de ella: un resplandor que no se veía, sino que se sentía más que en la piel en el espíritu. Un halo sutil y poderoso que cruzó el espacio entre nosotros sin permiso, envolviéndome con una dulzura antigua, provocando en mí un temblor apenas perceptible, como si el deseo de tocarla bastara para quebrar mi mundo.

Por más que la mirara, no lograba entender cómo tanta luz podía habitar en algo tan frágil. Su pequeñez desmentía la vastedad de lo que en ella vibraba. ¿Cómo podía una estrella tan breve sostener un cielo entero? ¿Cómo lograba esa criatura menuda contener la fuerza de encender mis sombras, de doblegarme sin emitir un solo sonido? Me sentí atrapado, rendido ante una energía que no alzaba la voz, pero que todo lo movía. Y la añoré con la intensidad con que se ansían los milagros: esos que se rozan una vez, pero que ya no se olvidan. Quizá el amor sea eso: un sitio al que nunca se llega, pero donde, sin saber cómo, uno permanece.

Alguien llegó entonces, rompiendo el instante como se rompe el agua con una piedra. El hechizo se dispersó, pero ya era tarde. Ella, sin saberlo, me habitaba. Había encendido una llama que no pide permiso, que se queda en silencio a arder. Y aunque sus ojos jamás se volvieron a los míos, los míos ya la llevaban dentro, brillando con el reflejo de su luz, como si todavía la miraran.



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martes, 13 de mayo de 2025

Instantes...

Hoy la presentí antes que verla.

Su aroma llegó primero, como un susurro antiguo que acarició mi conciencia antes de que su figura se hiciera carne. El mundo, por un instante, respiró distinto.

No hizo falta buscarla con la vista: ya estaba en mí, en la piel erizada, en el pecho vibrante. Esa presencia etérea que influye en todo lo que toca se volvió tangible en una danza floral girando en espiral, dándole vida nueva a todo lo que nos rodeaba.

Era ella, usando aquel perfume como heraldo, proclamando al mundo su presencia, ofreciéndole la oportunidad de prepararse para recibir a su reina.

Y entonces, irrumpió con la extraña fusión de un mazo y una brisa marina. Desbordándome, provocando un cúmulo de sensaciones que mi mente, rendida, dejó pasar sin intentar comprenderlas ni contenerlas.

Solo la sentí. Solo me dejé envolver por esa calidez sin nombre que abrazó mi cuerpo como un recuerdo imposible.

Era ella.

O quizá, la eternidad que venía a mí disfrazada de instante.






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jueves, 13 de febrero de 2025

El Tulipán Rojo

Con la delicadeza de un orfebre, el hombre depositó sobre la mesa el pequeño paquete que había custodiado en su bolsillo como un valioso tesoro. Como si descubriera la más frágil de las joyas, retiró el envoltorio de papel que lo protegía  revelando una minúscula flor roja, un hermoso tulipán elaborado en algún tipo de tejido,  engarzado en un material transparente con tonalidades que aparentaban gotas de rocío. Todo el conjunto  tenía la apariencia de un hermoso bouquet de cristal, listo para ser exhibido en las manos de la más hermosa de las hadas.

Sonriendo y con un brillo de emoción en los ojos, el hombre extendió su mano y rozó lentamente y con delicadeza aquella flor que a todas luces era especial para él.  Nadie que hubiera atestiguado aquel momento habría podido interpretar aquel gesto, revelación silente del torbellino de sentimientos que revolucionaban su interior. Es que, para él, ese pequeño tulipán se había convertido en el avatar de un cariño inmenso... En el Icono de un amor inmensurable y de un corazón roto que cicatrizaba poco a poco sin dejarse vencer por la desesperanza.

En cada hilo, en cada puntada, en cada cruce y doblez de aquella flor parecían entretejerse un sin fin de besos que no fueron,  caricias que nunca llegaron y contactos que siempre se evitaron.

Había convertido aquella flor eterna en resguardo permanente de todo aquello que no fue, y tal vez no sería, a pesar de saberse un manantial represado de besos y caricias... a pesar de sentir como su piel, campo fértil listo para florecer, esperaba ansiosa entregarse a la sensación del contacto anhelado.

Aquella flor, minúscula en verdad y ni siquiera real, ahora era símbolo de entrega definitiva. Compendio absoluto de todos los sentimientos acumulados y que, desde un tiempo ya,  habían dejado de ser suyos. Querer y no tener, Desear y no ser… dualidades sobre las que ya no tenía control y que en un gesto único y definitivo entregaría en custodia a quien amaba, ocultas en la forma de aquel pequeño tulipán rojo. 

Respirando profundo, el hombre rebuscó en la gaveta de la mesa hasta encontrar una barra de chocolate que había reservado para la ocasión. Torpemente, hizo un solo paquete con flor y dulce colocándole un pequeño lazo para darle aspecto de presente. No se atrevía a más. A pesar de que su alma rebosaba de deseos de demostrar su cariño de mil formas, no se atrevía a expresar sus sentimientos de manera más evidente. Alguien más ya se había adueñado de ese derecho.

Buscó nuevamente hasta encontrar una pequeña tarjeta y un lápiz. Se aprestó a escribir algún tipo de dedicatoria pero algo lo detuvo. En el último momento no sabía qué escribir ni cómo firmar la dedicatoria de aquella tarjeta. Nunca le habían llamado por su nombre y, la verdad, por el momento aquella pared, aquella barrera de respeto tras la cual había sido lapidado, y que no había logrado escalar por más esfuerzos que realizara, no le ofrecía ninguna alternativa que le inspirara.

Decidido, guardó la tarjeta en blanco y tomó el presente que había preparado, casi con indolencia, dirigiéndose a la salida. Al querer apagar la luz, su mano tropezó con el, bastante rayado ya, calendario en la pared que indicaba los días del mes de febrero. 

"Jueves 13", leyó claramente la fecha de aquel día, y, en un extraño salto, le seguía "Sábado 15". Una gran mancha negra realizada con lápiz indeleble separaba ambas fechas en el lugar donde debería estar el viernes correspondiente. Pero el hombre no pareció prestar atención a este extraño detalle. Simplemente salió por la puerta hacia la calle y, sin detenerse o mirar atrás, siguió su camino decidido a entregar su presente. 

Para el hombre del tulipán aquel mes de febrero, y tal vez muchos de los siguientes, no tendría día 14.


domingo, 24 de diciembre de 2023

Nochebuena

Hombre mirando por la ventana a un grupo de monstruos amigables
El hombre, ensimismado en sus pensamientos, miró por la ventana con desgana. A pesar de que podía contar muchas historias sobre lo que veía en el exterior, aquella noche se mantendría al margen de aquel mundo que le fascinaba y en el que se perdía de vez en cuando.

Por ahora, los protagonistas de sus escritos quedarían afuera. Aquella noche, su mundo era aquella habitación repleta de ángeles, reyes y reinas del mundo real. El resto, bueno, el resto tendría que esperar.

Un coro de gritos de alegría lo sacó de sus pensamientos. Sonriendo, saludó con la mano a los seres fantásticos que lo observaban desde fuera, y cerró la cortina de la ventana para apresurarse al encuentro de quienes lo llamaban desde dentro.

–  Hey, el regalo grande es el mío… -. Dijo mientras un grupo de niños le abrazaban las piernas

–  ¡Feliz Navidad Tío!, ya llegó Santa.

Y aquella noche, Nochebuena por cierto, los protagonistas de sus historias se quedaron afuera… provisionalmente. 




A todos los lectores asiduos de mi blog, especialmente a mis amigos de El Tintero de Oro, les quiero dar las gracias por acompañarme durante este año. Sus comentarios me ayudan a pulir mis historias y a mejorar mi escritura. Se les aprecia mucho. Desde Venezuela, les deseo una muy feliz Navidad y un excelente año 2024 lleno de éxitos y alegrías. Un abrazo a todos. (Octavio)

Grupo de monstruos navideños con regalos rodeando una fogata


sábado, 9 de diciembre de 2023

El Espejo

Pareja Hetero de magos adolescentes observando un gran espejo colgado en la pared
La joven pareja, con su aspecto fresco y juvenil y sus túnicas escolares, contrastaba con la apariencia antigua de aquella habitación. Décadas de polvo se habían acumulado sobre el suelo y los muebles que parecían testigos de tiempos mucho mejores. La tenue luz de un candelabro en manos de la chica iluminaba la amplia escena, en la que se podían apreciar algunos de aquello muebles cubiertos con mantas o cortinas, como si alguien hubiera intentado protegerlos mucho tiempo atrás.

Mientras su compañero centraba su interés en la puerta del balcón, cerrada, empolvada y derruida como todo lo demás, la chica recorrió la habitación. Al llegar a la pared del fondo, se detuvo delante de un gran objeto cubierto con una sábana. Los pliegues de la tela dejaban al descubierto partes de un marco dorado con algún tipo de runas, indescifrables pero de una extraordinaria calidad artística.

– ¡Oesed! –. Dijo en voz baja, mientras tiraba de la sábana haciéndola caer – ¡Estás Aquí!

Alertado por aquel susurro, el chico detuvo su labor con la puerta fijándose en la muchacha y en el mueble que había descubierto. Un enorme espejo con un pesado marco de oro que, desde su punto de vista, extrañamente mostraba una superficie totalmente negra y opaca.

– ¡Teresa, ten cuidado! – dijo, tratando de llamar la atención de su compañera.

La chica le miró con una sonrisa y una amorosa mirada que tranquilizaron al inquieto muchacho.

– Tranquilo Ren, sé lo que es y lo que hace… Ven, mirémoslo juntos. 

– Es una pérdida de tiempo Teresa, y peligroso, sabes lo que veremos.

– Aún no es la hora. Ven, será bueno para nosotros.

– ¡Teresa…!

– Anda, ven.

Primer plano de un mago abriendo una puerta con magia de su varita
Renato miró a los ojos de aquella chica que extendía su mano hacia él. Hacía tiempo que sabía que la amaba, que daría todo por ella. Era la única en la que de verdad creía y confiaba en aquellos tiempos de locura.

Alejándose de la puerta, buscó entre los pliegues de su túnica hasta encontrar una pequeña vara de madera con la que señaló la cerradura.

– ¡Alohomora! 

Una pequeña y rápida lluvia de chispas salió de aquella varita hacia la cerradura y, sin más esfuerzo, la vieja puerta se abrió de par en par. Abriéndola y cerrándola con cuidado, se aseguró de que no tendría más dificultades y tomó con delicadeza la mano que le extendía la chica acercándose a ella para mirar juntos aquella superficie pulida.

– ¿Cuánto tiempo crees que tenga aquí? – Preguntó la chica

– Mínimo desde la caída de Tom. El Profesor Romulus dijo en clase que una vez se usó para un hechizo de ocultamiento y después nadie supo de él. Muy pocos magos lo recuerdan ahora.

– Papá dijo que se había quemado… pero aquí está.

Ambos quedaron en silencio observando aquel espejo. Extrañamente, cualquier observador externo solo seguiría apreciando la superficie oscura y sin reflejos. Sin embargo, la expresión de felicidad que invadió los rostros de la pareja indicaba que había algo más.

Pareja de magos adolescentes viendo un espejo en la pared
– Que suerte he tenido –. Dijo la chica, extasiada, mientras apretaba dulcemente la mano de su compañero.

Es que aquel espejo le mostraba en ese instante imágenes épicas de batallas y enfrentamientos. Con emoción, vio como legiones enteras de magos se enfrentaban entre si luchando por una sociedad sin desigualdades en la que ninguna magia fuera proscrita y que la carencia de ella no fuera marca de inferioridad. Vio ejércitos enteros marchar por todo el mundo mágico impartiendo paz y justicia a todos los niveles. Y, a la cabeza de esos ejércitos, su amado Renato. Portando las más poderosas reliquias y trayendo el orden al caos, con ella a su lado fortaleciéndole con su amor. 

– No más que la mía –. Respondió Renato en un susurro, apretándose al cuerpo de su compañera sin soltar su mano.

Pareja de magos adolescentes viendo un espejo en la pared
A diferencia de Teresa, aquel espejo mágico mostraba a Renato escenas de paz. La paz de la familia, del amor compartido y del apoyo desinteresado. Desde aquel espejo, una Teresa y un Renato distintos le observaban sonrientes, mostrando con orgullo un par de hermosos niños jugando con un grupo de elfos. Todos con las togas escolares de su casa, en un campo soleado y en un contexto pleno de amor y sin preocupaciones. Era su vida, la que había perdido, la que le observaba desde aquel espejo.

Una gran explosión y muchos gritos provenientes del exterior provocaron un sobresalto en la pareja de magos sacándolos de su abstracción.  Rápidamente, el chico volvió a cubrir el espejo mientras observaba fuera de la habitación por la puerta abierta… Ya no tenían tiempo. 

Impulsados por una descarga de amor, ambos magos se abrazaron uniendo en uno solo sus corazones tratando de controlar las lágrimas que asomaban en sus ojos. Separándose pero sin soltar sus manos, respiraron profundamente y caminaron hacia la puerta.

Endureciendo la expresión de sus rostros, se miraron por última vez y, al unísono, avanzaron hacia el balcón donde les esperaba su destino. Los gritos eufóricos y las explosiones se incrementaron mientras alguien les recibía con emoción:

Pareja de magos adolescentes desfilando en una marcha de magos
“Honor y gloria, gloria y honor a Renato Potter y Teresa Ryddley. Los líderes de la casa de Slytherin y del nuevo mundo.”

Atrás, en aquella habitación, quedó nuevamente abandonado el Espejo de Oesed. El objeto mágico que solo refleja los mayores deseos de tu corazón.








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Relato Corto Original de mi autoría
Participante en el reto
del mes de Diciembre de 2023






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