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viernes, 10 de abril de 2026

El Efecto Mariposa (o Abeja)

Dicen que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Caracas. En mi caso, bastó con el aleteo de una simple abeja para desarmar todos mis planes y, sin que yo lo supiera, salvarme.

Tenía un objetivo claro: conquistar a Vanessa. Ella caminaba como si el mundo le debiera favores y sonreía de una forma que volvía borroso todo lo demás. Llevaba semanas trazando la estrategia perfecta, convencido de que, esta vez, nada podía fallar.

Mi primer intento de estrategia parecía sacado de una película. Convencí al barista de mi café favorito de dibujar su rostro en la espuma de un latte y la esperé en el ascensor con el corazón acelerado. Entonces, aquella pequeña abeja asustó un niño que esperaba junto a mi, obligándolo a soltar su globo de helio. Esa especie de dirigible quedó flotando frente al sensor como un centinela. La puerta se cerró de golpe, me atrapó el brazo y lanzó el café caliente sobre el vestido blanco de Elena, mi vecina de pasillo.

El líquido se extendió como un mapa de desastre. Empecé a disculparme atropelladamente, pero Elena levantó la vista, como si ya me hubiera estado observando desde antes, y preguntó con suavidad:

¿Estás bien? Ese golpe sonó feo.

No mencionó la mancha. Mientras yo intentaba secarla con servilletas inútiles, Vanessa pasó de largo sin vernos. Se detuvo apenas un segundo para fotografiar un rayo de sol.

La luz está perfecta —murmuró, antes de seguir su camino.

Aquello debería haberme bastado como advertencia, pero no lo entendí así. Pensé, simplemente, que necesitaba un plan menos dependiente de ascensores traicioneros.

Días después, en el trabajo, esperé que Vanessa se sentara en su computadora, y saqué a escondidas mi teclado inalámbrico de largo alcance. Me senté a distancia, apunté con precisión de francotirador a su equipo y escribí: Eres hermosa. En ese instante, una abeja que orbitaba la cabeza de un electricista se posó en su nariz. El estornudo provocó una interferencia que desvió la señal. Las palabras aparecieron en la tablet de Elena, sentada en la mesa de al lado. Nos miramos. Nos reímos. Esa tarde terminamos hablando casi tres horas.

A partir de ahí, los desvíos comenzaron a repetirse, siempre con la misma precisión cruel: flores que no llegaban a su destino, notas románticas que el viento reubicaba sin pedir permiso, melodías que cambiaban de balcón cuando el aire decidía otra cosa.

Cada tropiezo, lejos de detenerme, me volvía más terco. Por eso reservé el intento más elaborado para el parque. Entrené a Rocco, mi golden retriever, para que llevara una rosa roja hasta Vanessa. Lo solté con la flor en la boca, impecable. Pero una burbuja de jabón explotó cerca del ojo de una abeja que pasaba, tal vez la misma de mis aventuras anteriores. El pequeño insecto, indignado, voló directo hacia la nariz de Rocco aleteando frente a sus ojos zumbando su queja. El perro, asustado, giró en redondo y saltó... sobre Elena.

La rosa cayó en su regazo. Ella soltó una carcajada limpia, de esas que vibran en el pecho.

Parece que tu perro tiene mejor gusto que tú —dijo, mientras le rascaba las orejas a Rocco, que se tumbó feliz sobre sus pies.

Vanessa, a lo lejos, caminaba con los ojos clavados en el teléfono.

Para entonces ya había acumulado suficientes tropiezos como para escribir un manual de "cómo no seducir a nadie". Una tarde de sol, sentado en el césped junto a Elena mientras Rocco dormía entre nosotros, todo terminó de acomodarse dentro de mí. No eran solo planes fallidos. Era algo más simple y más hondo: mientras yo intentaba convertirme en alguien digno de Vanessa, Elena ya estaba viendo al hombre que yo era.

Sabía que tamborileaba con los dedos una melodía invisible cuando me concentraba. Sabía que el reloj antiguo de mi muñeca se había detenido el día que murió mi padre y que, aun así, lo llevaba porque me recordaba que el tiempo no siempre es lo más importante. Sabía que apartaba el chocolate de las galletas cuando creía que nadie miraba.

¿Cómo sabes todo eso? —le pregunté, con la voz más baja de lo habitual.

Elena se encogió de hombros y me pasó una galleta de jengibre.

Porque te miro —dijo—. Mientras tú mirabas hacia otro lado.

Guardé silencio. Por primera vez en semanas, no tracé ningún plan. Solo respiré.

En ese respiro bendije a cada polilla, cada globo, cada mosca y cada abeja del universo. Dejé de buscar en el horizonte donde caminaba Vanessa y entendí que el destino si existe, y que en mi caso no se reveló tratando de forzar a alguien para que me quisiera, sino haciéndome tropezar una y otra vez con la persona que ya me estaba viendo.

Rocco suspiró entre nosotros. Una abeja pasó cerca de mi mano, aleteó un instante, como despidiéndose, y se alejó hacia la luz en busca de otra misión.

Esta vez, solo sonreí.

Y me quedé.







Aporte para el reto
del Mes de Abril de 2026 en
(un relato de 900 palabras basado en el destino)



sábado, 21 de marzo de 2026

Amílcar (Final): La verdad

Nunca imaginé que aquel día terminaría devolviéndome un fragmento de infancia que creía enterrado para siempre. Después de años lejos, había regresado a la región y trabajaba como médico forense en la capital provincial, a solo unas horas de lo que ahora era un pueblo grande y ruidoso. El caserío de mi niñez había crecido hasta convertirse en un barrio periférico de la ciudad extendida, pero la carretera vieja seguía allí, serpenteando entre barrancos que casi nadie visitaba.

La policía envió un cadáver sin identificar, encontrado en uno de esos barrancos, en un tramo que solía quedar aislado cuando llovía demasiado. La ficha era escueta: hombre adulto, sin documentos, posible caída accidental. Nada fuera de lo común. Nada que interrumpiera la rutina de alguien acostumbrado a tratar con cuerpos sin historia.

El cuerpo llegó envuelto en una sábana húmeda, con olor a tierra mojada y hojas podridas. Al retirarla, lo primero que vi fue un gorro de lana viejo, descolorido, tan gastado que los colores parecían manchas sin forma. No lo reconocí de inmediato. Estaba limpio, demasiado limpio para alguien encontrado en un barranco. Pensé que quizá alguien lo había lavado. No le di más vueltas y seguí el protocolo.

Examiné las manos callosas, las uñas sucias y la piel marcada por años de intemperie. Era evidente que aquel hombre había vivido lejos de todo. Nada en él me hablaba del caserío, ni de mi infancia, ni de la noche del puente.
Hasta que llegué al cráneo.

Tomé el borde del gorro para retirarlo. La lana estaba rígida, como si se hubiera secado al sol durante días. Al tirar con cuidado sentí una resistencia inesperada, casi obstinada. Lo giré apenas y entonces vi, en un pliegue casi borrado por el tiempo, un rombo rojo. Luego una línea verde. Después, un patrón que conocía mejor que mi propio nombre.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

Era el gorro de Amílcar.
El mismo que nadie podía tocar.
El mismo que latía.
El mismo que era parte de él.

No grité ni me desmoroné. Retrocedí un paso, como cuando era niño y veía venir a los fuereños por el camino. Sin darme cuenta, me refugié en el rincón más oscuro de la sala. En mi mente, aquel rincón era el mismo al que tantas veces había escapado de sus burlas y de sus piedras. Me dejé caer contra la pared fría, con las rodillas recogidas, y lloré. Lloré sin control, como no lo hacía desde aquella noche en el puente.

Pensé en Elisa.

En cómo, después del golpe, nunca volvió a ser del todo la misma.

En cómo su cuerpo sanó, pero su mirada quedó lejos.
En cómo se fue apagando despacio, sin reproches ni explicaciones.

Murió años después, en silencio, como todo lo que rodeó aquella noche. Y yo, que tanto la quise, ni siquiera fui capaz de despedirme.

Lloré por ella.
Lloré por él.
Lloré por el niño que fuimos y por el hombre que nunca pudimos salvar.

No sé cuánto tiempo estuve allí. Solo cuando el cuerpo empezó a perder el frío de la madrugada entendí que no podía quedarme. Me limpié la cara con el dorso de la mano, respiré hondo y volví a la mesa.

Entonces ya no vi a un desconocido. Vi al niño que murmuraba oraciones, al adolescente que se escondía en el monte, al muchacho que tembló en el puente mientras todo se venía abajo. Me puse los guantes con lentitud y regresé al gorro.

Lo levanté poco a poco. La lana se resistía, como si no quisiera separarse de la piel. Noté entonces que la forma del cráneo no era regular. Bajo el tejido había protuberancias suaves, hundimientos y líneas que no correspondían a la anatomía humana. Pensé en fracturas antiguas, en cicatrices mal soldadas.

Aparté el cabello con cuidado. Cada mechón revelaba un poco más. Primero, una sombra extraña en la nuca. Me detuve: las lágrimas me nublaban la vista. Respiré hondo y continué. Al separar otro mechón apareció un pliegue que parecía un párpado cerrado. Más allá, una curva suave, casi una comisura.

No era un rostro completo.
Era apenas la insinuación de uno, oculto entre la piel y el cabello.
Como si algo hubiera intentado formarse y se hubiera quedado a medio camino.

Me temblaban las manos. El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho. Recordé de pronto un caso perdido entre mis libros de estudio: craniopagus parasiticus. Un gemelo incompleto, adherido al cráneo del otro. Un hermano que nunca terminó de nacer.

Y entonces lo entendí.
Era el otro Amílcar.

No un espíritu.
No un demonio.
No una fantasía.

Había estado allí todo el tiempo, empujando, obligándolo a resistirse a su propio cuerpo. Los murmullos, el latido bajo el gorro y la fuerza desbordada de aquella noche cobraban sentido. No fue maldad. Fue una crueldad de la naturaleza, una lucha que nadie más vio.

Al apartar el último mechón encontré algo más: una trenza pequeña, delgada, casi deshecha, atrapada entre la lana y la piel. La reconocí al instante. Era de Elisa. Ella se la había dado. Él la había guardado. Hasta el final.

Me quedé largo rato con la trenza entre los dedos. Comprendí que, aunque ella ya no estaba y yo no pude despedirme, ellos dos habían seguido acompañándose en silencio, lejos de todos nosotros.

Cerré el informe sin mencionar nada de lo que había visto. Sabía que nadie preguntaría. Solo yo conocería la verdad.

Salí al pequeño jardín detrás de la morgue, corté unas flores silvestres parecidas a las que él dejaba en la ventana de Elisa y las coloqué sobre su pecho. Acomodé el gorro con el mismo cuidado con que su madre lo hacía y escribí una nota personal al final del informe, una que nadie más leería:

"Elisa, ya lo encontré."

Apagué la luz. La sala quedó en penumbra. Al salir, me pareció sentir que el peso de la lana se acomodaba apenas, como un suspiro final. Tal vez fue solo cansancio. Tal vez no.

Lo único cierto es que, por primera vez, Amílcar, los dos, ya no tenían que luchar.




Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar. Puedes ver aquí las otras entregas de mi relato.

1. Amílcar

2. La batalla por la cercania 

3. Sombras en la maleza.

4. El Quiebre 

5. La Partida

6. La verdad bajo el gorro



viernes, 20 de marzo de 2026

A la antigua entonces

La tormenta no era un accidente. Nunca lo era cuando ellos dos se encontraban.

Él llegó primero al borde del rascacielos, envuelto en un abrigo oscuro que le pesaba como si el cuerpo humano le quedara estrecho. El viento le azotaba la ropa y, por un instante, su silueta pareció alzarse más alta de lo posible contra el cielo encapotado. Bajó la vista. La ciudad respiraba abajo en su sueño eléctrico, luces parpadeando como almas indecisas que aún no sabían si quedarse o partir.

Ella apareció poco después. Avanzó serena, elegante, caminando por el borde como si la lluvia la hubiera estado esperando desde siempre. Al llegar a su lado, rozó el vacío con un dedo, midiendo la caída con una familiaridad que helaba la sangre. Esta vez no sonrió.

Se miraron. Entre ambos persistía la misma intimidad antigua: aquel instante remoto en que sus caminos se separaron, cuando una mano se tendió hacia abajo y la otra, detenida por un corazón dividido, no la retuvo.

Siempre eliges las alturas —dijo ella al fin, con una sonrisa cansada, casi humana—. Como si aún extrañaras algo que perdiste hace mucho.

Él sostuvo la mirada. En sus ojos brillaba una luz quieta, antigua, como si hubiera visto amanecer cuando el mundo aún era silencio.

Y tú siempre eliges el borde —respondió.

El viento empujó sus palabras antes de que continuara—. Como si aún recordaras la caída.

La palabra quedó suspendida entre ellos, pesada. No era un mito ni una metáfora: era un recuerdo compartido, una fractura que había alterado todo lo que vino después.

Ella bajó la mirada un instante y luego sonrió, sin burla, solo con un agotamiento que parecía venir de muy lejos.

No me arrepiento —susurró—. Allá arriba… solo había un guion. Uno solo.

Alzó la vista hacia la ciudad—. Aquí improvisan. Se equivocan. Se pierden. Y aun así siguen caminando.

Él negó con suavidad, como quien ya ha pronunciado esa respuesta demasiadas veces.

No se trata de soltarse —dijo.

Desvió la vista hacia las luces. El cuello le dolía, como si cargar esa idea tuviera un peso físico—. Se trata de recordar.

Ella lo observó con una mezcla de ternura y fatiga, como si aquella convicción le resultara tan pesada como a él mismo.

Tú esperas que encuentren fe —dijo, rozando otra vez el borde, esta vez con menos firmeza—. Yo espero que encuentren descanso.

Volvió a mirarlo—. Tú quieres que recuerden quiénes podrían ser… y yo quiero que dejen de castigarse por no lograrlo.

La tormenta pareció contener el aliento. Un relámpago quedó suspendido un segundo más de lo natural, como si algo superior dudara antes de intervenir.

Ella suspiró y contempló la ciudad como quien recuerda batallas demasiado antiguas para nombrarlas.

Últimamente nos enfrentamos de formas muy limpias. Susurros en redes. Ideas sembradas donde nadie ve la mano. Tú empujando esperanzas en figuras visibles; yo disolviéndolas en multitudes anónimas.

Su voz descendió—. Pero extraño cuando el conflicto tenía peso. Cuando dolía en las manos.

El viento silbó entre ellos. Él asintió, y al hacerlo sus hombros cedieron apenas, como si algo invisible se aflojara.

Yo también lo extraño. Estas eras nos han vuelto sutiles… casi olvidables.

Miró el borde, y por primera vez no dio un paso más cerca—. Aquí al menos no fingimos.

Guardaron silencio. La lluvia golpeaba el concreto como un recuerdo insistente.

Entonces ella alzó la vista. En sus ojos había un brillo juguetón, teñido de nostalgia.

¿A la antigua, entonces?

Él sonrió por primera vez. Fue breve. Le dolió un poco.

A la antigua.

Cerró los ojos. Al abrirlos, algo cedió dentro de él. La luz brotó de su espalda no como un estallido, sino como una herida que vuelve a abrirse. Las alas emergieron con un estruendo opaco, pesadas, inmensas, y titubearon un segundo antes de extenderse por completo, como si el cuerpo recordara el costo.

Ella dejó caer su máscara. El fuego oscuro la envolvió, no con furia, sino con una densidad antigua. Sus ojos se volvieron pozos sin fondo y, aun así, en ellos persistía algo cercano a la compasión.

Él alzó una lanza de luz. La muñeca le tembló, apenas.

—No te enfrento por odio.

Los látigos de sombra surgieron en torno a ella, lentos, como si escucharan antes de obedecer.

Ni yo por rencor —respondió—. Solo… no creemos en el mismo mañana.

La ciudad seguía viva debajo, ignorante, respirando.

—¿Listo? —preguntó ella.

Él dudó. Fue menos de un segundo. Suficiente.

Desde antes de la Caída.

Y se lanzaron uno contra el otro.

No para vencer.

No para borrar al otro.l

Sino para que, abajo, entre luces indecisas y sueños eléctricos, nadie pudiera descartar del todo su derecho a la duda.



miércoles, 24 de septiembre de 2025

Ella, el epicentro

 Ese día, él llegó al café con una inquietud leve, como si el tiempo hubiera resbalado un segundo fuera de sitio. No era tristeza ni alegría, sino una incomodidad invisible, como si el mundo tocara una melodía distinta sin pedir permiso. El murmullo de las conversaciones y el aroma del café recién molido parecían normales, demasiado normales, como si la rutina escondiera algo que estaba a punto de romperse.

Y entonces, ella entró sin anunciarse, como siempre. Llevaba esa camisa de mangas largas que usaba contra el sol, y su cabello oscuro suelto, un torbellino que desafiaba peines, pero que él adoraba por su rebeldía. Era pequeña, sí, pero con una presencia que movía el aire. Caminaba como si la ciudad la meciera a su ritmo.

Él la miró. Algo cedió, o tal vez se lo imaginó. El suelo, al parecer, también.

Sintió que su centro se inclinaba hacia ella, como si su cuerpo olvidara las leyes del equilibrio. La cucharilla en su taza tintineó sola. ¿Era su pulso… o era el mundo?
El vaso vibró. La lámpara osciló. Sus rodillas flaquearon. No supo si era amor o falla tectónica.

Ella se acercó al mostrador, pidió un café con un “por favor” tan suave que hizo sonrojar al barista. Sonrió al tomar la taza, y el universo pareció plegarse en torno a su gesto. Las ventanas zumbaron, un cuadro se torció, un cliente dejó caer su teléfono. Él, convencido, pensó: claro, todo cede a su paso magnético.

La mesa se agitó. Una taza rodó. Y aún así él creyó que era su propio pulso, hasta que un grito lo alcanzó desde lejos: “¡temblor!”. Pero apenas lo registró; seguía atrapado en esos ojos que guardaban un secreto del universo.

Ella permaneció quieta. Sostuvo la taza con calma, frunciendo apenas el ceño, como si aquel terremoto fuera un rompecabezas menor. Luego, sin apuro, caminó hacia la puerta. No corría. No temblaba. Solo giró el rostro hacia él, fugazmente, y en ese instante todo volvió a sacudirse dentro de él.

La siguió con la mirada, embobado, arrullándola hasta que cruzó el umbral, suspendido en una nube tibia, con el mundo vibrando como una sinfonía invisible.

Un vaso se quebró a su lado y, por fin, la realidad lo abofeteó. “¡Mierda, está temblando!”, exclamó, recordando de golpe el café, el caos, el peligro. Se lanzó hacia la salida, chocando con una mesa, el corazón aún enredado en ella, pero los pies, al fin, huyendo con los demás.

Corrió calle abajo, sonriendo. Su enamoramiento era una emergencia, digna de una alerta sísmica personal. Con ella como epicentro, su vida se había vuelto una zona de desastre, y él, feliz, el único loco dispuesto a quedarse bajo los escombros.

martes, 29 de abril de 2025

Una Carta sin Enviar

Para ti, que sigues siendo mi gran amiga... aunque ya no lo parezca.

Te escribo porque el silencio pesa. Porque cada palabra no dicha se  me queda entre el pecho y la garganta, reclamando un lugar donde hacerse verdad.

Te respeto y te quiero, más de lo que imaginas, por todo lo que haces creyendo sinceramente que es lo mejor para mí. Te alejas para protegerme, guardas silencio como quien ofrece refugio, levantas muros suaves e invisibles pensando que ahí, detrás, estoy a salvo. Pero no sabes, no alcanzas a ver, que esa distancia tuya me duele más que cualquier herida directa. Que tu ausencia me hiere justo donde más te guardo.

Y yo, desde este lado, me retiro también. Me callo, me escondo, creyendo que eso es lo que tú deseas y necesitas. Que desaparecer es un acto de consideración. Que no estar es otra forma de quererte. Así seguimos girando en este círculo sin salida. Tú cuidándome a tu manera, yo alejándome a la mía. Nos protegemos tanto que terminamos por herirnos. Nos queremos tanto, que olvidamos cómo permanecer sin rompernos.

Entre los dos seguimos apagando la magia. Día tras día, palabra tras palabra no dicha. Poco a poco, sin misericordia, estamos matando ese lazo que alguna vez fue luz, ese vínculo poderoso que nos permitía cruzar abismos, construir oportunidades, inventar belleza en medio del caos. Somos nosotros, no el tiempo o las circunstancias, quienes estamos dejando que la oscuridad devore lo que alguna vez nos unió.

Sin embargo, cuando pienso en ti. Cuando viene a mi mente esa mujer con los ojos color de la noche, tan hermosos como lejanos, algo en mí aún arde. Como si la amistad, incluso herida, incluso ahora, no quisiera rendirse. Como si esperara, todavía, que alguno de los dos recuerde cómo volver.

No te escribo para pedirte nada. Solo para que sepas que, aunque todo esto esté pasando, sigo aquí. Que lo que fuimos no ha muerto en mí. Y que si alguna vez decides mirar hacia adentro o hacia atrás, vas a encontrarme en el mismo lugar: firme, sincero, sin reproches… con la ternura intacta.

Con afecto,

Yo

martes, 17 de diciembre de 2024

Colores del Alma

Los Colores

Una gélida ráfaga de viento azotó el rostro de aquel hombre, obligándole a retroceder bruscamente de la ventana arrebujándose en su chaqueta. Con los ojos clavados en el paisaje invernal exterior, frotó vigorosamente sus manos entumecidas, buscando desesperadamente calor antes de enfundarlas en los gruesos guantes de cuero que extrajo de su bolsillo.

Tratando de exponerse lo menos posible, recorrió con la mirada el parque abarrotado de gente, ocho pisos más abajo, frente al edificio de diez plantas en el que se encontraba. Desde su posición podía ver claramente la mayor parte del parque, especialmente la rotonda central, que ese día parecía estar lista para algún tipo de evento público. Efectivamente, una gran cantidad de sillas perfectamente alineadas y una pequeña tarima indicaban que algún tipo de acto público se realizaría aquel día. 

El hombre parecía estar menos interesado en los preparativos y más en las personas que paseaban por el parque. Algunas de ellas, bien arropadas, habían ocupado las sillas vacías en la rotonda, mientras que la mayoría caminaba rápidamente hacia un destino indeterminado. Basado en su propia experiencia, el hombre asumió que el ambiente terriblemente frío era la principal causa del rápido alejamiento de los transeúntes y del poco interés en el acto que se preparaba.

Nunca había sabido el cómo ni mucho menos el por qué. Pero desde que tenía memoria, su percepción del mundo había sido singular. Su infancia, aparentemente normal, estuvo marcada por un don peculiar: la capacidad de ver el alma de las personas a través de un aura de colores que revelaba sus emociones más profundas. Este don, que lo maravillaba, también lo sumía en un misterio que nunca terminaría de descifrar. Roja si estaban enojadas o estresadas, naranja en las personas alegres, rosa para las personas enamoradas. Pronto aprendió las ventajas de visualizar el estado de ánimo de las personas en un mundo donde las máscaras eran la norma.

Con el tiempo, aprendió que los colores que veía no solo indicaban estados emocionales momentáneos, sino que también revelaban matices que delataban rasgos de personalidad más profundos. Así, con una sola mirada, podía identificar a las personas extrovertidas, románticas e incluso neuróticas, simplemente evaluando los colores que irradiaban.

Curiosamente, había descubierto que la gente era más simple de lo que parecía. Inspeccionando sus almas, como le gustaba llamarlo, solía encontrar que, con todas sus variaciones, siempre predominaba un color base en cada persona. Así, podía identificar a la gente por su color principal: rosa, verde, gris o rojo, este último siendo el color característico de personas enojadas y permanentemente neuróticas que en alguna ocasión llegó a conocer.

En ese caso, por ejemplo, la plaza se desplegaba como un lienzo monocromático de blanco, azul y gris. Colores que sin duda evocaban la gélida inclemencia del día, lo que parecía ser la principal preocupación de quienes transitaban por allí. Sin embargo, esa sensación momentánea no podía ocultar completamente los matices de la personalidad de cada una de esas personas, que él aún era capaz de reconocer.

Un movimiento inusual en el extremo derecho del parque captó su atención. Algo intensamente brillante y colorido apareció de pronto, acelerando su pulso y trayendo consigo una emoción que creía perdida. Lo identificó de inmediato, pero el reconocimiento no disminuyó la alegría que lo embargó, ni el retorno de una fe que lo había abandonado hacía tiempo.

La Visión

Aquella rareza que había aparecido en la plaza alegró el corazón de aquel hombre y le trajo hermosos recuerdos de un pasado pleno de felicidad. Un aura multicolor, brillante como el reflejo del sol, delató la presencia de una hermosa chica que caminaba por el camino principal hacia la rotonda. Sin ningún apuro, parecía disfrutar de un agradable paseo por la helada plaza tal y como lo hubiera hecho en una cálida mañana de verano. Esto por si solo hubiera ya hubiera sido raro. Sin embargo el hombre no podía apartar la mirada de la hermosa aura arcoíris que irradiaba la chica. 

Brillante, intensa, densa y consistente, su aura parecía impregnar todo a su alrededor. Incluso las personas que se encontraban con ella parecían perder la tonalidad fría que el clima les otorgaba, asumiendo brillos y ribetes coloridos. Aquella chica realmente parecía contagiar de color a los demás.

Ante aquella rareza de visión, el hombre invocó los recuerdos de otra visión similar, rescatando de su memoria tiempos en los cuales el mundo parecía más simple y más manejable. En aquellos días, otra chica con el alma en colores se había convertido en su vida, demediándola en un antes y un después, marcando para siempre su destino.

Aquella chica de su pasado exhibía la misma exuberante aura colorida que él observaba hoy en esa plaza. Una novedad para él, la atracción fue inmediata y una relación profunda surgió entre ambos. Creativa, empática y energética, la positiva personalidad de la chica se grabó en él, y juntos se convirtieron en una fuente de alegría para todos los que los conocían.

Fueron días extraordinarios, pero no duraron. El demonio llegó y se llevó todo lo que él había considerado maravilloso alguna vez.

El demonio

Lo vio una sola vez, coincidiendo con la mejor época de su vida. Caminando solo por aquel mismo parque. Por primera vez vio en aquel joven algo que nunca pensó pudiera existir: un aura densa, negra y de apariencia pastosa, le palpitaba y reptaba alrededor con un aspecto terrorífico. A diferencia de las demás, esta aura era completamente oscura, sin transparencias y extrañamente parecía moverse hacia las personas como si tuviera vida propia, tratando de arroparlas. 

La curiosidad invadió al hombre. Le parecía extraordinario haber encontrado dos variantes de aura tan diferentes después de toda una vida entre manifestaciones monocromáticas de las mismas emociones. Envalentonado por la experiencia multicolor, no dudó en acercarse a aquella nueva alma y estrechar su mano al presentarse. El efecto fue aterrador, un viaje de ida y vuelta al infierno que casi acaba con él. 

Al momento de estrechar aquella delgada mano, sintió como algo pesado y pegajoso le tomó por el brazo y, desde allí, rápidamente le cubrió por completo. Sentimientos de ira, odio, miedo y un sinfín de emociones negativas adicionales surgieron y crecieron en él al mismo tiempo provocando una sensación de ahogo que, por momentos, parecía presionar su pecho con tal intensidad que podría hacerlo estallar. No pudo resistir más y calló desmayado al suelo.

Despertó, días después, en la cama de un hospital con su chica multicolor a su lado. Sin rastros de aquella aura negra en su alma, seguramente por los cuidados recibidos. A partir de entonces, con el corazón y el espíritu fuertemente afectados por la experiencia vivida, las cosas no fueron iguales. Su propia alma, de alguna manera, ya no tenía color y el arcoíris de su compañera parecía no tener la suficiente fuerza para remediarlo.

Trató de seguir su vida, de olvidar aquel encuentro. Pero una obsesión oscura anidó y creció sin medida dentro de él. Persiguió a aquel hombre sin descanso durante años. Sin saber nada de él, siguió cada pista, cada mención, cada detalle oculto que pudiera llevarle a encontrarle. Dedicó su vida a encontrar a aquel demonio, perdiendo en el camino absolutamente todo lo que, hasta aquel contacto, había sido importante para él. Lo entregó todo, incluyendo a su amor multicolor. Hastiada, aquella chica se había escapado para pintar arcoíris en las almas ajenas hacía ya unos años. 

Y ahora, al final de todo lo vivido, de todo aquel sacrificio, el hombre estaba allí mirando oculto desde aquella ventana a una nueva improbabilidad. La fortuna le había traído, en una nueva alma, la visión multicolor perdida años atrás como un recordatorio de que siempre hay esperanza.

El Final

Entretenido en la visión de aquel ángel multicolor, el hombre olvidó prestar atención a lo que ocurría en la rotonda al centro de la plaza. El ruido de un equipo amplificador le sacó violentamente de su abstracción y le obligó a concentrarse nuevamente en el objetivo de su vigilancia. Poco a poco las sillas se habían ocupado casi en su totalidad y aparentemente el acto para el que estaban allí se preparaba para comenzar. 

Un presentador llamó al orden y las personas se acomodaron rápidamente para escuchar a quien estaba en la pequeña tarima. Desde su puesto atrás de la ventana, el hombre pudo observar al detalle los movimientos de todas las personas asistentes. Sin embargo, su interés estaba puesto solo en encontrar algo en particular que parecía escapar a su mirada.

Súbitamente, algo le atrajo desde la entrada norte de la plaza. Su corazón dio un vuelco y comenzó a palpitar desaforadamente al detectar un repentino oscurecimiento del ambiente en el camino que conducía desde allí a la rotonda. Sabía lo que significaba, el momento que tanto había esperado llegaba por fin.

Rápidamente ajustó su chaqueta y dio un empujón a la ventana, abriéndola por completo y afinando su visión, escudándose en la oscuridad de la habitación. Desde la oscuridad pudo ver, claramente esta vez, a un grupo de personas que se aproximaban al centro de la plaza. Con las manos aferradas a la ventana, debió realizar un esfuerzo sobrehumano para aquietar la zozobra que causaba en su corazón la terrible oscuridad que acompañaba a aquellas personas.

Un aplauso generalizado del grupo de personas que esperaban recibió a los recién llegados. Apretones de manos, abrazos y besos se propagaron en aquella bienvenida mientras el hombre observaba, esta vez con terror, cómo el azul exhibido hasta ahora por los presentes se iba oscureciendo con cada saludo y cada contacto con los recién llegados. Conteniéndose, se obligó a sí mismo a esperar a su objetivo; no era el momento de intervenir, debía asegurarse de que todo acabara allí.

Pronto, su paciencia se vio recompensada. El grupo de hombres recién llegados tomó posiciones alrededor de la tarima, sentándose en sillas especialmente colocadas para ellos. Un hombre alto, con un grueso abrigo y sombrero, se dirigió en solitario hacia la tarima y el micrófono colocado en ella. El momento había llegado.

Una extraña paz y tranquilidad invadió al hombre en la ventana. Con una calma impensable hacía apenas unos instantes, se inclinó y recogió del suelo el arma de francotirador que había dejado preparada. Con pasmosa sangre fría, colocó un soporte fabricado exprofeso y, apoyando el arma contra su hombro, buscó a su blanco a través de la mira de largo alcance. No fue difícil encontrarlo y fijarlo; la oscuridad que irradiaba lo hacía resaltar por encima de todos los demás.

Mientras trataba de ajustar el arma a sus palpitaciones y al viento helado que entraba por la ventana, se remontó involuntariamente a aquel día en que hizo contacto con aquel demonio. Por un momento cerró los ojos, reviviendo las sensaciones de aquel día y el impacto que las emociones recibidas habían causado en él. Pero esas emociones no habían venido solas; las acompañaron visiones de un futuro que llegaría con el ascenso al poder del demonio y sus acólitos. Un futuro apocalíptico, de destrucción y sufrimiento para la humanidad. Un futuro que él evitaría, allí y ahora.

Apartando por un segundo la mirada de la mira del arma, se fijó en la oscuridad que había invadido a casi todos los presentes en aquel acto. El demonio se había vuelto extremadamente poderoso y nadie parecía poder, o tal vez querer, resistírsele. Decidido, volvió la vista a la mira, dispuesto a terminar su misión autoimpuesta. Un escalofrío le recorrió la espalda; a través de su mira telescópica, pudo observar desde la plaza cómo aquel demonio había detenido sus arengas y, a pesar de la distancia, le miraba fijamente, con un rictus de odio deformándole el rostro y una actitud desafiante.

¿Cómo era posible? ¿Cómo sabia?... sus preguntas jamás tuvieron respuesta. Un fuerte golpe echo al suelo la puerta de aquella habitación y un grupo de hombres uniformados y armados entraron violentamente.

– ¡Arma! – . Gritó uno de los uniformados. Y cinco disparos acabaron con la vida de aquel hombre que veía el alma en colores y, probablemente, con las esperanzas de la humanidad.

Mientras tanto, abajo en la plaza, el demonio escapaba al futuro, protegido por sus seguidores.

Epilogo

En medio del desconcierto y el miedo, los asistentes a aquella reunión política comentaban entre ellos los extraños acontecimientos recientes. Los disparos que se escucharon en aquel edificio lejano y la repentina huida del candidato fueron el tema de multitud de comentarios desinformados e historias inventadas. El odio y el miedo habían calado tan hondo en aquellas almas que pocos se dieron el tiempo para fijarse en aquella hermosa chica de trenzas negras que vagaba entre ellos, saludándoles, preguntando por los hechos y tratando de calmarles.

Pocos se fijaron en aquella chica, y aún menos se preguntaron cómo su miedo, odio y deseo de venganza se transformaban en calma y sosiego tras su contacto. Pocos le dieron importancia a este encuentro y a la esperanza que significaba. Nadie se dio cuenta del arcoíris que, por aquel día, calmó la tormenta.