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martes, 24 de marzo de 2026

Acordes en el silencio

Durante meses, Julián había convertido su habitación en un mausoleo de papel. Sus cuadernos desbordaban de una caligrafía errática, letras tensas que destilaban una amargura espesa. Cada estrofa era un epitafio improvisado, un torpe intento de asesinar un amor que nunca le había pertenecido. Aun así, los ojos de aquella mujer, de una oscuridad profunda color de la noche, seguían infiltrándose en sus silencios como huéspedes indeseados.

Su guitarra, compañera fiel en aquel duelo interminable, vibraba con un dramatismo que no parecía agotarse. Las notas, densas y cansadas, se hundían en el aire como si cargaran el mismo peso desde hacía demasiado tiempo.

Pero aquella tarde algo en la madera cambió. Al sentarse en el borde de la cama, Julián sintió una rigidez extraña en las cuerdas, como si el instrumento hubiera envejecido de golpe. Probó el acorde menor que siempre abría la puerta del abismo; el sonido salió opaco, sin la resonancia emocional de otras veces. Frunció el ceño, ajustó una clavija y respiró hondo. Lo intentó de nuevo. La nota se apagó al instante, absorbida por la caja, como si la guitarra se negara a seguir proyectando lamentos.

Insistió por tercera vez con un rasgueo brusco, casi desesperado. Solo surgió un trasteo metálico, un quejido seco y desprovisto de armonía. Ya no era un simple fallo técnico: era pura resistencia.

Desconcertado, aflojó la tensión de su mano izquierda. El cuerpo se detuvo, pero la mente, en cambio, se deslizó hacia el recuerdo de aquellos ojos inmensamente hermosos que tanto desorden habían provocado. Mientras su pensamiento vagaba por ese territorio conocido, su mano derecha, movida por una ligereza involuntaria, rozó las cuerdas en un gesto ascendente y casi tímido.

Y entonces ocurrió.

La guitarra respondió con una claridad inesperada, un destello sonoro que lo hizo parpadear. No era el llanto habitual: era un eco limpio y vibrante que se encendía desde dentro con una energía dorada. Por un instante dudó si lo había imaginado, pero el sonido permanecía allí, suspendido en el aire, luminoso y firme.

En ese momento comprendió, sin necesidad de palabras, que algo se había sellado en su interior. Las cuerdas ya no querían sostener su tragedia. El instrumento, más sabio que su dueño, había decidido que el duelo había cumplido su ciclo.

Julián exhaló un suspiro largo, como si liberara meses de tensión acumulada. Sus hombros descendieron y, en ese gesto sencillo, sintió que una grieta se abría en el peso que cargaba. Observó las cicatrices del barniz, golpes antiguos, roces de noches intensas, y entendió que, aunque su amor seguía intacto, aquellos ojos color de la noche seguían moviéndose dentro de él.  Pero ya no desde la herida. Lo que antes había sido un ancla se convertía ahora en un impulso suave, en una gratitud inesperada por haber conocido esa oscuridad profunda que, paradójicamente, le había enseñado a anhelar la luz.

Intuyó entonces que ese amor no correspondido, junto con cada fracaso que lo acompañó, no habían sido castigos, sino desvíos necesarios: manos invisibles que lo empujaban hacia donde realmente debía estar. Sus vacíos ya no parecían agujeros negros, sino espacios despejados, listos para recibir algo nuevo.

Con una sonrisa que llevaba mucho tiempo sin sentir, sus dedos buscaron una posición abierta y luminosa. El acorde mayor estalló en la habitación con una claridad expansiva, y el aire entero pareció vibrar con él. Un ritmo ágil y vivo brotó de la madera, como si la guitarra celebrara la decisión incluso antes que Julián.

Ya no era una marcha fúnebre. Era un latido que afirmaba la supervivencia. Los recuerdos que antes lo hundían se integraron en la melodía como adornos sutiles, y mientras la música fluía sin ataduras, Julián supo que tanto su creación como su alma habían encontrado, por fin, la forma de curarse.

domingo, 8 de febrero de 2026

El Arquitecto del Silencio

Hombre adulto con insomnio observa su teléfono Móvil en una noche  de vigilia
La medianoche no llegó con el golpe de un reloj, sino con un bostezo gélido que se instaló en mi cuarto como huésped indeseado. Primero apagó el tic-tac lejano de mi reloj; luego, el zumbido del refrigerador y el ronroneo del ventilador. Quedó solo el zumbido amplificado de mi sangre contra el tímpano y el parpadeo azul del teléfono que vibraba una vez más sobre la mesa… pantalla negra, como si esperara por mí. Intenté ignorarlo, pero el silencio se hizo eléctrico: un grito ahogado con tono de notificación.

Allí estaba yo, en vigilia insomne, viendo agonizar la luz de la lámpara sobre los restos de mi devoción. Entonces oí un carraspeo seco, como el crujido de un pergamino olvidado en una cripta, que brotó de aquel rincón donde la penumbra se volvía líquida.

Interrogar a la sombra, cuando la luz se ha marchado a iluminar otro rostro, es empresa vana —susurró una voz que se filtraba desde las grietas de la razón.

De la oscuridad, emergió una silueta envuelta en una levita raída. No vi sus ojos, pero traía consigo un aroma anacrónico: tinta fresca, tabaco rancio y el frío mineral de tierra removida. Sus dedos dejaron leves manchas oscuras en el brazo de la silla, como si la madera absorbiera su sustancia espectral. Se sentó en la orilla de mi cama y me observó con una fijeza que convertía mi sangre en plomo.

Hombre adulto afectado por una desilución observa la visita del espectro de alguien que en verdad ha perdido.. Edgar Allan Poe
Tú perdiste a una mujer que camina bajo el mismo sol que tú, pero que jamás te reconoció como destino —continuó—. Yo también conocí ese invierno del alma, aunque mi pérdida olía a flores de cementerio. Escucha el aire mi viejo amigo. Tu, arquitecto de nadas: el dolor tiene la misma frecuencia en todos los siglos.

Ella nunca fue mía —confesé—. Fui andamio de su alegría, siervo de una felicidad que usó para mirar otro horizonte. Me desangré en silencios para que ella tuviera voz. Ahora que sabe cantar, se la ofrece a un extraño.

La figura se inclinó hacia la luz. Reveló una frente pálida y vasta como lápida, cabello oscuro que vibraba con electricidad fúnebre. Una sonrisa amarga, casi un rictus, se dibujó bajo el bigote.

Tu tragedia es más refinada que la mía. Yo perdí a una mujer que amé; tú perdiste a una que nunca te amó. Convertiste barro en oro; y el ídolo, al brillar, miró hacia otro lado. Ella no solo se llevó las llaves de tu alma: se llevó la luz que instalaste en su mirada para que otro viera el camino.

Se puso en pie con la elegancia letal de un ave de rapiña. En la pared, la luz de la lámpara proyectó forma de alas negras, pesadas, eternas.

¿Qué hago ahora con este “nunca más”? —pregunté. La frase me amputaba el futuro.

Esa frase es mi herencia, no tu condena —replicó—. Mi cuervo la graznaba desde un busto pálido; el tuyo grazna en el parpadeo de una pantalla que se niega a llenarse. Tu “nunca más” es más feroz: no sentencia el fin de un amor, sino el fin de una ilusión. No es que ella se haya ido: sino que nunca estuvo donde construiste tu altar.

Se acercó. Olí el invierno en sus ropajes. Sacó de la levita una pluma cuya punta brillaba con luz negra, como una astilla de noche pura.

Edgar Allan Poe entrega una pluma a un hombre adulto, que perdió a quien nunca tuvo, para que comience a escribir su propia historia
Escribe —ordenó—. No sobre lo que no fue, pues ya es página en blanco que no te pertenece. Escribe sobre el hombre que se vació para alimentar un incendio que no le dio calor. Haz que tu naufragio rime con la eternidad. No hay belleza tan terrible como un sacrificio sin testigos.

Comenzó a desvanecerse, integrándose en la mancha de tinta de la noche. Antes de marcharse dejó sobre la mesa un rastro de ceniza y una verdad que se clavó como puñal gótico:

No busques bálsamo en Galaad. Para los que amamos sin ser elegidos, solo queda la majestuosidad del desastre.

Me quedé a solas con mi sombra. Estiré los dedos y me senté frente al resplandor azulado de la computadora. La pluma de Poe, ahora sé quién era aquella sombra, descansaba en el borde del escritorio, recordatorio de que el dolor no era desperdicio, sino noble materia prima.

Ya no miré el teléfono. Mis manos, que tanto habían trabajado para esculpir un trono de cristal a quien prefirió el yermo, se posaron por fin sobre el teclado. Las teclas comenzaron a sonar como picoteo rítmico de ave sobre madera: obsesivo, necesario. Sentí el roce de alas invisibles en la nuca: ya no era miedo, sino mandato.

Hombre adulto escribe en una computadora. dispuesto a usar su dolor como materia prima para sus palabras.
Con un suspiro que sacó el último resto de esperanza inútil, tecleé la primera frase, frontera entre pasado e inmortalidad:

“Ella fue la deidad de un templo que nunca quiso habitar; hoy le devuelvo sus llaves y sus silencios, mientras yo me quedo con el fuego, con esta pluma y con la gloria de haber amado incluso en el vacío…”

El cursor ya no parpadeaba en espera. Latía en ritmo, como un corazón que, por fin, late solo para sí. Las alas se aquietaron. En la pantalla apareció algo que no era silencio.

Que el olvido le sea leve. A mí me quedan las palabras para volverme eterno.








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del Mes de Febrero de 2026 en
(escribir un relato en el que aparezca un personaje histórico.)







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miércoles, 10 de diciembre de 2025

La huida

Llegué con el alma limpia, el cuerpo en calma y la certeza de no volver a caer. Creí que todo estaba firme, que ya nada podría torcer el camino.

Y entonces  ella entró.

No fue un gesto cualquiera. Fue una irrupción de luz que recogió el mundo entero y lo encerró en su figura.

Sus ojos , oscuros, color de la noche, se abrieron como abismos. En ellos cabían galaxias extinguidas y constelaciones que aún no tienen nombre.

No tuve defensa. Mi voluntad se deshizo como ceniza bajo aquella mirada que era a la vez absolución y condena. Me pregunté si era ella tan poderosa o si era yo quien se entregaba sin remedio.

Intenté bajar los párpados, volver la cara… Pero ¿cómo negarle la vista al paraíso cuando late a solo un palmo de distancia?

Caí. 

Una sola mirada bastó para ser suyo otra vez. Entero, sin restos. Me quedé allí, inmóvil, perdido en la inmensidad de sus ojos, como quien se abandona al mar sabiendo que ya no tocará tierra nunca más. Hasta que, cuando ya no quedaba nada por rendir, algo se alzó en mí. una última brizna de instinto. 

Entonces huí.

Un movimiento puntual, exacto, casi militar. Una estrategia desesperada para apartarme un instante de su poder antes de desaparecer del todo. Le di la espalda al Edén con el cuerpo todavía temblando, consciente de que solo me escapaba por un tiempo.

Porque sé lo que ella espera. y sigo intentando dárselo, aunque lo que entrego sea apenas la sombra de lo que arde dentro de mí.

Aun así, en esta tregua que yo mismo me impuse, sus ojos me acompañan. Oscuros, heraldos de la noche, arden como faros que nadie enciende. Ya no son solo recuerdo de lo perdido. son la promesa intacta de lo que volverá a suceder.

Y en la pregunta que nunca calla, si es su poder o mi amor desmedido, late ahora una certeza más peligrosa que todas: que regresaré, mañana o pasado, con la voluntad bien firme y la esperanza intacta de su mirada.

Aun sabiendo que esa misma mirada será, otra vez,  mi caída.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Ella, el epicentro

 Ese día, él llegó al café con una inquietud leve, como si el tiempo hubiera resbalado un segundo fuera de sitio. No era tristeza ni alegría, sino una incomodidad invisible, como si el mundo tocara una melodía distinta sin pedir permiso. El murmullo de las conversaciones y el aroma del café recién molido parecían normales, demasiado normales, como si la rutina escondiera algo que estaba a punto de romperse.

Y entonces, ella entró sin anunciarse, como siempre. Llevaba esa camisa de mangas largas que usaba contra el sol, y su cabello oscuro suelto, un torbellino que desafiaba peines, pero que él adoraba por su rebeldía. Era pequeña, sí, pero con una presencia que movía el aire. Caminaba como si la ciudad la meciera a su ritmo.

Él la miró. Algo cedió, o tal vez se lo imaginó. El suelo, al parecer, también.

Sintió que su centro se inclinaba hacia ella, como si su cuerpo olvidara las leyes del equilibrio. La cucharilla en su taza tintineó sola. ¿Era su pulso… o era el mundo?
El vaso vibró. La lámpara osciló. Sus rodillas flaquearon. No supo si era amor o falla tectónica.

Ella se acercó al mostrador, pidió un café con un “por favor” tan suave que hizo sonrojar al barista. Sonrió al tomar la taza, y el universo pareció plegarse en torno a su gesto. Las ventanas zumbaron, un cuadro se torció, un cliente dejó caer su teléfono. Él, convencido, pensó: claro, todo cede a su paso magnético.

La mesa se agitó. Una taza rodó. Y aún así él creyó que era su propio pulso, hasta que un grito lo alcanzó desde lejos: “¡temblor!”. Pero apenas lo registró; seguía atrapado en esos ojos que guardaban un secreto del universo.

Ella permaneció quieta. Sostuvo la taza con calma, frunciendo apenas el ceño, como si aquel terremoto fuera un rompecabezas menor. Luego, sin apuro, caminó hacia la puerta. No corría. No temblaba. Solo giró el rostro hacia él, fugazmente, y en ese instante todo volvió a sacudirse dentro de él.

La siguió con la mirada, embobado, arrullándola hasta que cruzó el umbral, suspendido en una nube tibia, con el mundo vibrando como una sinfonía invisible.

Un vaso se quebró a su lado y, por fin, la realidad lo abofeteó. “¡Mierda, está temblando!”, exclamó, recordando de golpe el café, el caos, el peligro. Se lanzó hacia la salida, chocando con una mesa, el corazón aún enredado en ella, pero los pies, al fin, huyendo con los demás.

Corrió calle abajo, sonriendo. Su enamoramiento era una emergencia, digna de una alerta sísmica personal. Con ella como epicentro, su vida se había vuelto una zona de desastre, y él, feliz, el único loco dispuesto a quedarse bajo los escombros.

viernes, 11 de julio de 2025

Meteorología del Corazón

Hombre joven sentado en el borde de una cama, envuelto en bufanda, con expresión melancólica y una carta en mano. Rodeado de pañuelos, una taza de té y palabras flotando como vapor.
Ernesto había recibido la noticia como un golpe seco en el centro del pecho: no era correspondido. Y como buen alma sensible (y propensa al exceso), su cuerpo respondió de inmediato con un espectáculo de síntomas dignos de una tragedia con música de violines y fondo de ventisca. Al mas perfecto estilo de los poetas mas enamorados y románticos de la historia.

Primero fue la tos: no una cualquiera, sino una tos con prestigio literario, descendiente directa de la que aquejó a tantos poetas antes de su último suspiro. Ernesto la aceptó con resignación romántica:

Así comienza... —murmuró entre carraspeos— como en las novelas tristes: una tos, una carta sin enviar... y el telón final cayendo sin aplausos.

La garganta le ardía… —por las palabras que nunca nos dijimos—, pensó. Según él, no era un ardor cualquiera, sino el fuego acumulado de frases no pronunciadas, de disculpas sin cuerpo y promesas que jamás llegaron a nacer. Tragaba cualquier sonido como quien intenta hacer pasar un nudo con agua tibia, con la certeza de que cada sorbo tropezaba con letras no dichas. Su voz salía rasposa, como si tuviera que empujar las vocales a codazos.

Hombre cubierto por mantas temblando entre cuadernos abiertos y tinta derramada. Tiene los ojos brillantes y los dedos rígidos. La atmósfera sugiere nieve interior y versos atrapados
Soportaba los escalofríos como si fueran telegramas sentimentales atrapados entre el pecho y la espalda. Ernesto vivía aquellos temblores como poesía en movimiento. Cada tiritón era una frase de amor temblando de arrepentimiento. Su espalda parecía ensayar un vals con la ausencia, y sus manos, dos actores de tragedia griega, se estremecían como si recordaran todos los rozes que nunca llegaron. Se tapaba con mantas no para abrigarse, sino para contener el drama. Para él, no cabía la menor duda: su temperatura bajaba al mismo ritmo que su dignidad afectiva.

Los músculos, por su parte, le dolían como si toda la poesía contenida en su corazón se desbordara contra ellos sin tregua. Era un dolor lírico, no médico. Las metáforas que no escribió se le acumulaban en la nuca, apretaban las vértebras, trepaban por los hombros como versos reprimidos buscando salida. Las piernas se tensaban con estrofas no caminadas, los brazos ardían de tanto imaginar abrazos incondicionales. Hasta los dedos, rígidos, se le entumecían de tanta caricia pensada y nunca enviada. Dolía, sí, pero con sintaxis impecable.

y lo peor eran los ojos. Lloraban por reflejo, aunque Ernesto los atribuía a su costumbre de mirar demasiado al pasado. Los párpados ardían por contener escenas que no ocurrieron. Y la nariz, roja como una declaración ignorada, no dejaba de gotear por pura tristeza líquida. Cada pañuelo usado se convertía en testimonio húmedo de un afecto no recibido.

Y entonces vino el frío.

Aquel frío glacial que se le metía por los tobillos y se instalaba en su pecho como una emoción mal ventilada. Ernesto no dudaba, decía que la ausencia extraía el calor del mundo y se manifestaba como un descenso de temperatura corporal. Que su alma, privada del calor humano que añoraba, se convertía en un tempano de hielo.

El amor no correspondido —explicaba envuelto en mantas— congela desde dentro hacia fuera.

Hombre contemplando la nieve desde una ventana, envuelto en bufanda bordada con perritos. En el cuarto hay velas, poemas inacabados, y aliento en forma de corazones rotos.
Dormía con bufanda, como quien hereda el hábito de un poeta maldito. Se la enrollaba al cuello como si con ella pudiera evitar que se le escaparan los suspiros. Como Baudelaire, pero con menos glamour y más congestión nasal”, pensaba, envuelto en lana y dignidad (Aunque el poeta seguramente sospecharía de su bufanda con imágenes bordadas de perritos). Aquella bufanda no era solo un abrigo: era una declaración. Un símbolo de su fragilidad elegante, de su necesidad de envolver el cuello antes de que la emoción lo ahogara.

Y a cada amigo, (no necesitaba serlo tanto, con que fuera conocido bastaba) que lo visitaba, les explicaba con voz quebrada:

Lo que mi cuerpo enfermo proclama, es el corazón escribiendo en carne. Cada escalofrío es una estrofa. Cada estornudo, un adverbio herido. Y todo esto que gotea... es sintaxis líquida.

Exhibió día a día su drama de amor no correspondido, alardeando de su sufrimiento poético a quien quisiera escucharlo... sufriendo su tragedia como nunca poeta alguno lo había hecho. Hasta que, una tarde, encendió la televisión.

Y una voz neutra, infaliblemente práctica, pronunció la frase fatal:

Una ola polar de origen ártico afecta a gran parte del territorio provocando una epidemia de resfriados. Se recomienda abrigo extremo ante las bajas temperaturas.”

Silencio.

Los pañuelos dejaron de caer, los suspiros entraron en pausa. Y Ernesto, con la bufanda desatada y las metáforas tambaleando, pensó:

¿Y si no era ella? ¿Y si solo era Groenlandia…y su estúpido clima glacial?

Hombre confundido frente a un televisor que muestra una ola polar. En la habitación hay pañuelos, tazas, versos esparcidos y otras personas con bufandas estornudando. Diario abierto con frase final escrita.
De pronto, todo cobraba sentido: las tazas masivas de té de hierbas en la oficina , los ojos llorosos en el vagón del metro, las bufandas épicas en la calle, los sonetos interrumpidos por estornudos... No era un nuevo romanticismo trágico colectivo. Era tan solo un vulgar frente polar, una miserable e insensible irregularidad climática.

Decepcionado, guardó su libreta de versos, encendió el calefactor, y añadió una nota a su diario íntimo:

Hoy descubrí que el alma no da fiebre. Pero el invierno… el invierno te deja igual de roto.

Desde entonces, cada vez que alguien le habla del amor, Ernesto se abriga exorcizando cualquier resfriado.

Por si acaso.

martes, 8 de abril de 2025

Demonios

Recostado en su cama, envuelto por una oscuridad que parecía devorar el espacio, el hombre mantenía la mirada fija en un punto inexistente sobre su cabeza. Con sus sentidos agudizados por el miedo, percibía cómo el aire a su alrededor se tornaba denso, envolviéndolo en una especie de sudario invisible que comenzaba a robarle el aliento. 

Con desesperación, se atrevió a mirar a su alrededor tratando de observar el lugar en el que se encontraba, buscando la razón de su desasosiego. Su corazón golpeó sus costillas con furia al observar solo una oscuridad viscosa y opresiva, que rechazaba incluso el más mínimo destello de luz. Ni un pequeño brillo, ni el más mínimo resquicio luminoso parecían atravesar aquella improbable negrura que le rodeaba.

Con gran esfuerzo, movió sus manos, hasta ahora crispadas sobre su pecho, y se aferró con fuerza a lo que parecía ser una sábana que le cubría, buscando un ancla que le permitiera asegurarse al mundo físico, una conexión tangible con la realidad que detuviera la deriva de su cuerpo en lo que le parecía una pesadilla.

Cerró los ojos con fuerza, como si quisiera contener alguna amenaza interior, y se concentró en su respiración. Contó mentalmente hasta cuatro mientras inhalaba, sintiendo el leve ascenso de su pecho, y luego exhaló lentamente, contando hasta seis, tratando de expulsar la opresión que lo asfixiaba. Repitió el ciclo un par de veces, como un mantra silencioso en la negrura, sintiendo como, con cada exhalación su corazón se calmaba y el aire fluía mas fácilmente en sus pulmones.

Más calmado, aguzó el oído, intentando identificar el murmullo habitual de una casa, una calle, algo que revelase un mundo físico a su alrededor. Intentó al menos percibir el leve movimiento del aire sobre su piel, la sutil diferencia de temperatura en distintas zonas de la habitación. Nada. Era como si el espacio a su alrededor se hubiera vuelto estático, inmóvil, como si el propio aire hubiera contenido la respiración.

De pronto, algo cambió. No fue un sonido, ni un movimiento visible en la negrura absoluta. Fue una sensación, una punzada fría que se clavó en la base de su nuca y se extendió por toda su espina dorsal. Sintió que el aire a su alrededor se condensaba, como si una presencia invisible hubiera llegado, desplazando la quietud con su existencia. La certeza lo invadió como una ola helada: ya no estaba solo. 

Una presión sutil se posó sobre su pecho, no el peso conocido de la ansiedad ya controlada, sino algo externo, malévolo, que se había acomodado a horcajadas sobre él. Un escalofrío recorrió su cuerpo, un terror primitivo, instintivo, que le gritaba peligro. Intentó moverse, pero sus músculos estaban agarrotados, paralizados por un miedo que trascendía lo racional. Era como si una fuerza invisible lo mantuviera inmovilizado, disfrutando de su creciente angustia. 

Sintió un ligero cambio en la temperatura cerca de su rostro, un aliento helado que no era el suyo. Un hedor sutil, casi imperceptible, rancio y antiguo, envolvió sus fosas nasales.  Sintió como aquel ser invisible se inclinaba sobre él, y en lo más profundo de su mente, escuchó estas palabras:

"Soy la carta escrita que nunca se envió,
el suspiro escondido que nadie adivinó.
Soy mirada anhelante que no encuentra eco,
el puente invisible al huidizo afecto.
Soy ofrenda silente en un altar vacío,
el canto sin aire en un silencioso nido.
Soy la espera constante de la mirada ajena,
la flor solitaria que a nadie serena.

 .- ¿Quién soy? Falla, y cada noche vendré a devorar lo poco que queda de ti… acierta y serás libre.

Con las garras de la ansiedad intentando asfixiarlo una vez más, una claridad inesperada floreció en el interior del hombre. El acertijo de aquel demonio invisible, en vez de enigma desalentador, resonó en su mente con una tonalidad diferente, despojado de su veneno.

Es que, en aquel momento, el hombre recordó. Recordó al viejo enemigo que, noche tras noche, sin falta acudió a torturarle en sus pesadillas, a recordarle lo que había perdido, a destruir lo poco que quedaba de su espíritu tratando de atarlo definitivamente en aquella oscuridad y evitando su reconstrucción. Noche tras noche había venido. Y, noche tras noche, aquel demonio había ganado.

Pero aquella noche sería diferente.

Con voz firme, nacida de la profunda e inconsciente cicatriz de incontables noches de ansiedad, el hombre respondió. Las palabras, meditadas en secreto durante breves respiros de vigilia, se alzaron firmes en la negrura de su pesadilla: 

- ¡Te llamas desamor... y ya no tienes poder sobre mí!

Al pronunciar la última sílaba, una cálida oleada de energía recorrió su cuerpo, liberándolo de la opresión en su pecho y la rigidez que hasta ahora habían atenazado sus músculos. Las sombras a su alrededor se replegaron, perdiendo su forma amenazante. Sintió cómo los lazos invisibles que lo ataban se rompían, liberándolo de su yugo… aquel demonio invisible, ya no estaba.

Abrió los ojos. La oscuridad había desaparecido y reconoció nuevamente su habitación. Una luz suave se filtraba a través de las cortinas y el brillo de  un nuevo amanecer inundaba el espacio, tiñendo las paredes de tonos rosados y naranjas. Una promesa vibrante de un nuevo comienzo.

Por la puerta de su balcón, los primeros rayos del sol dibujaban un horizonte de esperanza, anunciando un nuevo día… un nuevo comienzo libre de cargas. Ahora, era libre. 







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domingo, 2 de marzo de 2025

La papelera (Microrrelato)

La papelera, abarrotada, negó refugio al papel arrugado que voló hacia ella, dejándolo caer al suelo junto a media docena más de hojas maltratadas. Las hojas caídas, junto a las que colmaban aquel depósito de fracasos, daban mudo testimonio de la sequía creativa que consumía al hombre sentado frente al escritorio.

El desastroso estado de su cabello y barba, así como la camisa desabotonada y arrugada, combinaban con los vasos de café vacíos y los platos sucios que lo rodeaban. Juntos, componían un cuadro que proclamaba con elocuencia las largas horas que había consagrado a aquel arduo menester. 

Con la cabeza entre las manos, el hombre escrutaba su cerebro buscando entre sus recuerdos un destello de la musa que le devolviera las palabras perdidas. Pero solo encontró el vacío. 

Había ofrendado cada ápice de su ser, alma y corazón, construyendo un universo de devoción para aquella mujer que había sido su todo. Y aquel universo, aquel mundo mágico, se desmoronaba por la falta de atención, ignorado por aquellos hermosos ojos del color de la noche que lo alimentaban. 

Con el dolor en los ojos, leyó la única línea en el papel sobre la mesa: 

Yo la amaba

Con desesperación arrugó el papel y lo arrojó al cementerio de tristezas en la papelera al fondo… y escribió en una nueva hoja

Ella eligió. Yo no supe hacer que me amara

y colocando nuevamente la cabeza entre sus manos, escrutó su cerebro, tratando de encontrar la musa que había perdido…










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