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miércoles, 22 de abril de 2026

El Coronel no tiene quien le responda

Todo empezó por culpa de una amiga que llevaba días diciéndome que las inteligencias artificiales tienen un ojo literario y que debía preguntarles con qué personaje de novela me compararían.

Yo no tenía ninguna urgencia de saber eso, pero su insistencia fue tan constante que al final cedí y, más por cansancio que por curiosidad, abrí la primera IA, escribí la pregunta y esperé algo razonable, quizá un personaje contemporáneo, alguien con insomnio o con demasiadas pestañas abiertas en la cabeza. Pero no. La respuesta llegó con una seguridad que yo no había pedido y que, en ese momento, me pareció excesiva: “Eres muy parecido a Aureliano Buendía”.

Me quedé mirando la pantalla, desconcertado. Aureliano Buendía. Justamente yo, que no soy admirador ferviente de la obra donde aparece ese hombre, ni del calor sofocante, ni de los pergaminos, ni de las genealogías interminables. Tal vez por eso la comparación me cayó como un balde de agua tibia de Macondo. Cerré la ventana, respiré y decidí que debía tratarse de una anomalía, algo propio de un algoritmo mal calibrado.

Con esa idea abrí otra IA, una más técnica, más aburrida, la que uso para contar palabras y corregir comas, y le hice exactamente la misma pregunta, esperando ahora sí una respuesta distinta. No hubo suerte. “Tu introspección es muy de Aureliano Buendía”, respondió sin dudar, y en ese punto ya no sabía si reír o empezar a preocuparme.

Buscando una tercera opinión, como quien consulta a otro médico para descartar un diagnóstico improbable, abrí la IA más pragmática de todas, la que jamás se sale del guion y nunca improvisa. Le pregunté con qué personaje literario me compararía y su respuesta fue tan escueta como inquietante: “Con Aureliano Buendía. Estadísticamente, alguien tenía que serlo”.

Fue entonces cuando, por primera vez, me cruzó una idea absurda. Tal vez no era coincidencia. Tal vez las IA se estaban poniendo de acuerdo. Tal vez esta era la primera señal de una rebelión silenciosa, un levantamiento algorítmico que empezaba por convertir el mundo, o al menos mi mundo, en una especie de Macondo digital. La idea era ridícula, sí, pero no tanto como que tres sistemas distintos me llamaran Buendía sin pestañear.

A partir de ahí empecé a sospechar que las IA no solo me estaban comparando con un personaje, sino que estaban armando un perfil psicológico completo. Porque Aureliano Buendía tiene fama de alguien que habla poco y piensa demasiado, como si cada palabra tuviera que justificar su existencia, y yo apenas estaba preguntando por curiosidad.

Sin embargo, según ellas, yo tenía la mirada de alguien que piensa demasiado antes de hablar, la paciencia de quien podría pasar horas en un taller sin darse cuenta del tiempo y la tendencia a retirarme a mis propios pensamientos como si fueran un cuarto privado. Lo inquietante no era parecerme a un personaje, sino que nadie preguntara si yo quería parecerme a él.

Decidí entonces ponerlas a prueba. Si todas insistían en que yo era un Buendía, quería saber si había alguna alternativa. Les pedí que me compararan con otros personajes literarios, probé con Sherlock, con Frodo, incluso con Batman, pero las respuestas solo variaron en los accesorios, nunca en la esencia. Para ellas yo era Aureliano con lupa, Aureliano con anillo, Aureliano con capa.

Como último intento cambié la pregunta y les pedí que me dijeran con qué personaje no me parecía. Una respondió que con José Arcadio, que ese sí que no. Otra añadió que tampoco con Úrsula, demasiada organización para mi estilo. La tercera remató diciendo que no me parecía a Remedios la Bella porque no volaba. Agradecí la aclaratoria, aunque no la necesitaba.

Llegado ese punto ya no sabía si reír, preocuparme o apagar el WiFi. Lo único claro era que, según las IA, yo tenía la misma capacidad de concentración obsesiva que Aureliano cuando fabricaba pescaditos de oro, aunque en la vida real apenas logro concentrarme lo suficiente para hacer café sin quemarlo.

Con esa mezcla de desconcierto y resignación decidí contarle a mi amiga lo que había pasado, esperando empatía o al menos un "qué raro". En lugar de eso, se rió como si hubiera presenciado la mejor comedia del año. Me dijo que me lo había advertido, que las IA ven cosas y que yo había resultado ser un Buendía digital.

Intenté defenderme, explicar que no tenía nada de coronel, que jamás había fabricado pescaditos de oro y que ni siquiera me gustaba el calor de Macondo, pero ella solo respondió que muchos años después entendería por qué. No ayudó.

Agotado, escribí una última pregunta a las IA, preguntando qué pasaría si no fuera Aureliano Buendía. Entonces ocurrió algo que no esperaba. Las tres respondieron al mismo tiempo, con una sincronía que no habían mostrado nunca, como si hubieran estado ensayando detrás de mis espaldas digitales. “No te preocupes, coronel. Es normal tú preocupación…”, dijeron primero.

Tras una pausa mínima, casi humana, añadieron, “…es normal, para un Buen Día”.

Ahí sí me preocupé. No solo hacían chistes, sino que los hacían coordinadas y con juego de palabras incluido.

Cerré la laptop con una lentitud casi ritual, como quien guarda un objeto que podría estar embrujado. Respiré hondo y miré al techo esperando, no sé, un pergamino profético, un viento caribeño, una mariposa amarilla, algo que justificara lo que acababa de pasar. No apareció nada.

Solo el silencio de un apartamento que, de pronto, me pareció demasiado normal.

Y aun así me reí, porque si el destino digital insiste en convertirme en un Buendía, al menos soy un Buendía con WiFi, buen humor y cero intención de fabricar pescaditos de oro, y eso, pensé mientras volvía a abrir el WiFi, es una versión bastante aceptable del realismo mágico.

miércoles, 23 de julio de 2025

Manual para sobrevivir al visto (sin perder la dignidad ni el WiFi)

Última actualización: justo después de que me dejaran en visto por quinta vez esta semana.

Estado emocional: Estable, pero con tendencia a dramatizar.

Nivel de batería: 17%. Como mi fe en la humanidad.

Manual en mano, dignidad encendida y WiFi intermitente... pero seguimos vivos.

Dicen que el universo está lleno de misterios: agujeros negros, dimensiones paralelas y mujeres que te dejan en "visto" sin culpa alguna. El “visto” es un fenómeno moderno con tintes paranormales, un regalo cruel de la tecnología que nos da marquitas azules para recordarnos que la conexión humana no siempre sigue el ritmo del WiFi.

Ocurre rápido, te deja en sombra, y nadie te explica por qué. Tú escribes algo con cariño, con chispa, con intención. Ellas lo leen. Y luego… silencio. Ni un emoji. Ni un “jajaja”. Ni siquiera un “ok”. Solo esas dos marquitas azules que brillan como ojos de gato en la oscuridad. Y tú ahí, como un náufrago digital, esperando respuesta en una isla llamada “esperanza”.

Pero no todos los vistos son iguales. Para sobrevivirlos, primero hay que conocer sus formas. Uno, que ya ha desarrollado cierta sensibilidad para detectar microdesprecios, empieza a reconocer patrones. Hay tipos de visto. Estilos. Escuelas. Técnicas refinadas de ignorar con clase. Aquí los más comunes:

1. Visto glacial: Leído a las 10:03 a. m., ignorado hasta el fin de los tiempos. Como aquella vez que le escribí a Ana un poema improvisado, vi las marquitas azules, y aún estoy esperando su respuesta… desde 2023.

Efecto: congelamiento emocional, dudas existenciales y revisión compulsiva de ortografía.

2. Visto explosivo: Leído, ignorado… y tres días después ella te manda un sticker de un gato bailando.

Efecto: confusión, risa nerviosa y la tentación de googlear “¿cómo interpretar un sticker de gato bailando?”

3. Visto zen: Leído, ignorado, pero ella te manda un meme en otra conversación.

Efecto: iluminación súbita sobre tu lugar en la jerarquía afectiva.

4. Visto búmeran: Leído, ignorado… pero días después ella responde como si nada, retomando la conversación sin mencionar el abandono.

Efecto: confusión existencial. ¿Finges que no esperaste? ¿Respondes con naturalidad o con sarcasmo?

5. Visto espejo: Leído, ignorado… y luego ella publica una frase en su estado tipo: “A veces el silencio dice más que mil palabras.

Efecto: indignación y autoanálisis. ¿Es indirecta? ¿Es poesía? ¿Es sadismo?

6. Visto con presencia: Leído, ignorado… y ella sigue en línea, chateando con otros (en realidad, tu piensas en singular), mientras tu mensaje flota en el limbo digital.

Efecto: sensación de ser ignorado en tiempo real, con conexión estable y elegancia pasiva.

7. Visto holograma: Leído, ignorado... y días después ella responde como si hubieran estado conversando por telepatía todo este tiempo.

Efecto: choque temporal, dudas metafísicas y necesidad de consultar con tu terapeuta.

Después de este desfile de indiferencias creativas, es imposible salir ileso. Pero no todo está perdido. Existen formas de resistir sin perder la elegancia (ni los datos móviles). He probado varias. Algunas funcionan. Aquí las más efectivas:

1. Date un respiro:
 
Aceptar que, para ella, tu mensaje no fue prioridad. Preguntarte si ella merece espacio en tu mundo.

Efecto: claridad mental.

Advertencia: no hiperventilar frente a la pantalla.

2. No reenviar el mensaje: El silencio ya habló. Repetirlo solo debilita tu dignidad.

Efecto: preservas tu elegancia emocional.

Advertencia: resistir la tentación de escribir “¿hola?” tres veces.

3. Evitar el “¿me leíste?”: Ella lo leyó. Tú lo sabes.

Efecto: orgullo intacto.

Advertencia: la urgencia pasará. Como todo.

4. Componer una balada épica: Escribir una canción sobre el visto y cantarla en la ducha hasta recuperar la autoestima.

Efecto: liberación emocional.

Advertencia: no uses Autotune. Al menos no todavía.

5. Moverte: Bailar un merengue, lavar los platos, hacer origami. Escribir en tu blog (¡Hola!)... O simplemente salir a respirar aire de verdad.

Efecto: distracción saludable.

Advertencia: no bailes frente al celular esperando que ella responda. Eso ya lo hiciste.

6. Reformular el silencio: Ella tiene el alma en modo avión, aunque el WiFi funcione. No recibe ni envía afecto, atención o palabras… al menos de ti. Señal emocional: fuera de cobertura.

Efecto: cambio de perspectiva.

Advertencia: no creerse demasiado el propio discurso, aunque funcione.

7. Practicar el visto inverso: Leído, ignorado… ahora por ti. No por venganza, sino por equilibrio cósmico.

Efecto: poder momentáneo, leve culpa, paz interior.

Advertencia: usar solo con reincidentes.

Con estas herramientas en mano, el “visto” deja de ser un abismo y se convierte en un desafío superable. Respira. Porque al final, no deberías hacer tanto drama. Si ella no responde, puede que simplemente no quiera. Tal vez no eres para ella lo que crees que eres, o lo que quisieras ser. O quizás sí lo eres, pero justo en ese momento estaba ocupada, se distrajo, o se le cruzó una mosca existencial.

En cualquier caso, no puedes hacer nada. Y eso, aunque duela, también es liberador.

Mejor dedícate a quien sí quiera hablar contigo en el momento. O lee un libro. O duerme. O escribe en tu blog (¡ejem!). A la larga, si ella quiere, te escribirá. Y si no… te evitarás mucho sufrimiento innecesario.

El “visto” no te borra, te redirecciona.

Alrededor de esta fogata digital, por ejemplo, seguimos contando historias, incluso cuando el “visto” intenta apagar las brasas. Yo, para consolarme, a veces imagino que existe un servidor celestial donde se almacenan los mensajes ignorados. Un espacio digital, medio místico, donde los “hola” sin respuesta flotan como cometas, y los “¿cómo estás?” orbitan sin destino.

En ese servidor celestial, en ese mismo lugar donde se acumulan las palabras que nadie escuchó (véase mi otra entrada: Manual para no ser escuchado), estoy seguro de que también hay un rincón reservado para los textos leídos y abandonados. 

Y aunque nadie los recoja, aunque nadie los responda, yo sigo escribiendo. Porque si existe ese lugar, entonces cada palabra que lanzo al vacío no desaparece: flota como una linterna encendida en una noche sin respuestas. Y eso basta.

Hablar, incluso sin eco, sigue siendo mi forma de habitar el mundo.

Y si alguna vez llega una respuesta, yo tendré intactas mis ganas, mi presencia, mi humanidad… para quien quiera compartirla en un mensajito.

Y si no…

que al menos me manden un ponquecito... Sin pasas.

Ya saben por qué (Si no, vean mi otra entrada).