Otra vez Te veo, aún si no te veo. #poesia #canciones #sentimientos ♬ sonido original - Octavio
ll
sábado, 20 de diciembre de 2025
Te veo, aún si no te veo
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Catando su presencia
Ella apareció y con ella, el vino tinto, color de historia viva, cobró vida sin necesidad de copa. Lejos del rojo profundo del caldo inexperto, vestía la hondura violeta oscuro del vino maduro: un matiz que se posaba sobre su piel como una esencia antigua y multisensorial, como si hubiera elegido llevar puesto el secreto mejor guardado de un gran Bordeaux, una promesa de calor, aroma y tacto prohibido antes siquiera de acercarse.
Su ropa no era de un color cualquiera. Era fuego lento, ceñido a sus formas con la precisión de un amante que conoce cada curva, resaltando la suavidad de la luz allí donde la sombra se volvía promesa. Así, en ella, el vino tinto dejaba de ser tono para volverse una segunda piel: palpitante, magnética, deseable.
Y se extendía sobre ella como si hubiera encontrado al fin su lugar natural, derramándose con generosidad y cubriéndola en una caricia densa y envolvente. Se volvía tacto puro, aterciopelado y carnoso, calor que late bajo la superficie como la memoria viva de la uva madura recién exprimida, ofreciendo su espesura con la languidez de quien se entrega sin reservas.
Entonces, cuando la cercanía se volvió profunda y los contornos comenzaron a fundirse en un abrazo, el aroma ascendió, embriagador e íntimo: notas de cereza carnosa y pétalos oscuros; un aliento cálido de frutos abiertos al sol que liberan su dulzor prohibido. Ese perfume llenó el espacio cercano, se coló en la respiración e hizo que el pecho se expandiera buscando más, como si el aire mismo se hubiera vuelto mosto denso y deseable.
La mirada no podía sino beberlo todo: el contraste de la claridad rendida al vino intenso, sus hermosos ojos oscuros, color de la noche que guarda los secretos del vino, la forma en que ese tono delineaba y velaba a la vez lo que apenas se ocultaba. Cada movimiento era un sorbo lento; cada pausa, el instante cargado antes de llevar la copa a los labios.
Así, la sensualidad se volvía estado absoluto. No había distancia posible: ella estaba allí como un vino de guarda, vivo, palpitante, invitando a perderse en su hondura. Y quedaba esa certeza callada que no admite palabras: ese color no se lava ni se desvanece. Se queda en la piel, grabando en la memoria su cuerpo, como la mejor cosecha que uno desea volver a probar, una y otra vez, hasta la última gota.
martes, 16 de diciembre de 2025
Efecto Doppler a la moda
Era una hora cualquiera del día, de esas que se desdibujan en la rutina diaria, cuando de pronto todo se detuvo. Ella estaba allí, como siempre, con sus ojos hermosos fijos en cualquier otra cosa que no fuera yo.
Había algo en ella que, como siempre, me robaba la mirada. Un distractor habitual convertido, en ese instante, en una fuerza gravitatoria irresistible.
Esta vez, sin embargo, no era solo distracción; mi dedicación mutó a la percepción repentina de algo extraordinario.
Mi atención se detuvo en el diseño del patrón que adornaba su pantalon: en la geometría impecable de esas bandas oscuras y claras alternadas. Siempre me ha gustado como luce en ella ese diseño, no puedo explicar por qué. Creo que me gusta cómo la arropa, cómo la abraza y la hace parecer ágil, activa, como una gacela dispuesta a jugar en la estepa abierta. En realidad se ve particularmente hermosa cuando lo usa.
Oculto aún a su mirada, en algún momento comprendí que aquella sensación que me erizaba la piel iba más allá de la mera sensibilidad estética. Era algo más intenso, algo que alcanzaba el rango de ley física.
Mientras caminaba hacia mi, dudé si esa danza prodigiosa podía llamarse simplemente "caminar". De pronto, la revelación se hizo evidente: ella alteraba, sutilmente, la realidad a su alrededor.
Es que ella no avanzaba simplemente en el espacio; su sola presencia generaba una poderosa onda invisible que influenciaba todo a su alrededor. Y esas bandas en su pantalón, ese patrón lineal que proyectaba sus piernas, parecía ser la expresión visible de su poderosa influencia. Como si aquellas bandas oscuras y luminosas fueran el rastro tangible de una perturbación mística que se propagaba en todas direcciones.
Al acercarse a mi, experimenté una especie de efecto Doppler visual y silencioso: la realidad frente a ella se comprimía, el tiempo parecía acelerarse en una alta frecuencia de lo inevitable, y las líneas del entorno se apilaban en una intensidad fuera de lo común.
Cuando me pasó de largo, el aire no se cerró de inmediato a su espalda, sino que se estiró lentamente, dejando un rastro de vacío que se demoraba en disiparse. El espacio se alargaba en una baja frecuencia grave, una longitud de onda que tardaba en volver a la normalidad. Por un instante, el mundo entero quedó fuera de fase, modulado por aquel andar hermoso, a la vez sublime e inefable.
No fue un simple caminar. Fue la prueba de que, para el observador adecuado, una sola persona puede ajustar la resonancia del universo entero.
Nota: El efecto Doppler es la ilusión de que las ondas, de sonido, de luz o de presencia, modifican su ritmo según se acercan o se alejan. Es el eco del movimiento: un canto agudo al aproximarse, un murmullo grave al partir.
Así también son sus ojos hermosos: al acercarse se tornan intensos, vibrando en la aguda proximidad; y al alejarse se vuelven graves, dejando un eco suave que se prolonga en la memoria.
miércoles, 24 de septiembre de 2025
Ella, el epicentro
Ese día, él llegó al café con una inquietud leve, como si el tiempo hubiera resbalado un segundo fuera de sitio. No era tristeza ni alegría, sino una incomodidad invisible, como si el mundo tocara una melodía distinta sin pedir permiso. El murmullo de las conversaciones y el aroma del café recién molido parecían normales, demasiado normales, como si la rutina escondiera algo que estaba a punto de romperse.Y entonces, ella entró sin anunciarse, como siempre. Llevaba esa camisa de mangas largas que usaba contra el sol, y su cabello oscuro suelto, un torbellino que desafiaba peines, pero que él adoraba por su rebeldía. Era pequeña, sí, pero con una presencia que movía el aire. Caminaba como si la ciudad la meciera a su ritmo.
Él la miró. Algo cedió, o tal vez se lo imaginó. El suelo, al parecer, también.
Sintió que su centro se inclinaba hacia ella, como si su cuerpo olvidara las leyes del equilibrio. La cucharilla en su taza tintineó sola. ¿Era su pulso… o era el mundo?
El vaso vibró. La lámpara osciló. Sus rodillas flaquearon. No supo si era amor o falla tectónica.
Ella se acercó al mostrador, pidió un café con un “por favor” tan suave que hizo sonrojar al barista. Sonrió al tomar la taza, y el universo pareció plegarse en torno a su gesto. Las ventanas zumbaron, un cuadro se torció, un cliente dejó caer su teléfono. Él, convencido, pensó: claro, todo cede a su paso magnético.
La mesa se agitó. Una taza rodó. Y aún así él creyó que era su propio pulso, hasta que un grito lo alcanzó desde lejos: “¡temblor!”. Pero apenas lo registró; seguía atrapado en esos ojos que guardaban un secreto del universo.
Ella permaneció quieta. Sostuvo la taza con calma, frunciendo apenas el ceño, como si aquel terremoto fuera un rompecabezas menor. Luego, sin apuro, caminó hacia la puerta. No corría. No temblaba. Solo giró el rostro hacia él, fugazmente, y en ese instante todo volvió a sacudirse dentro de él.
La siguió con la mirada, embobado, arrullándola hasta que cruzó el umbral, suspendido en una nube tibia, con el mundo vibrando como una sinfonía invisible.
Un vaso se quebró a su lado y, por fin, la realidad lo abofeteó. “¡Mierda, está temblando!”, exclamó, recordando de golpe el café, el caos, el peligro. Se lanzó hacia la salida, chocando con una mesa, el corazón aún enredado en ella, pero los pies, al fin, huyendo con los demás.
lunes, 1 de septiembre de 2025
Ella... Ella es Perfecta
No en el sentido hueco de las palabras gastadas,
sino en cómo respira,
en cómo sus ideas fluyen con claridad serena,
en la manera en que su presencia no irrumpe,
sino que afina el mundo.
Se revela impecable en su modo de construir,
en su mirar sin prisa,
en las palabras que acarician,
en la forma de sostener sin dejar sentir el peso.
Y en su mirada, que se posa sin esfuerzo,
tiene ojos color de la noche:
no por la oscuridad, sino por la hondura sin fin.
Asomarse a ellos es entrar en un cielo callado,
donde cada estrella custodia un secreto.
una candidez sin máscara,
una ternura que no pide permiso,
una fragilidad que no resta fuerza,
sino que invita a protegerla,
como se guarda lo que da sentido.
Un gesto suyo es cuidado.
Su silencio abre espacio.
Y hasta en una decisión, discreta,
levanta refugio de respeto.
Nada en ella desentona:
ni la risa, ni el andar, ni su manera de habitar el mundo.
Todo parece hecho para acompañar sin peso,
para inspirar sin alzar la voz.
A veces pienso que, si el universo debiera justificar su existencia,
bastaría con mostrarla.
Y mientras ella basta para el universo,
yo sigo buscando razones para justificarme.
Quizá ahí está la grieta.
Porque, sin embargo…
hay un detalle,
apenas un susurro,
pero definitivo.
Su único defecto:
¡no está conmigo!.
Y el mundo, sin ella,
lunes, 18 de agosto de 2025
Donde late Distinto
mirando largo rato hacia el mismo lugar,
como quien espera que algo se revele entre la niebla.
Pero allí, donde insiste la mirada,
no hay nada.
Ni un destello mínimo,
ni una sombra que sugiera movimiento.
Solo bruma, quietud,
y una puerta tras la que se esconde un espacio hueco.
esperando que el eco se vuelva voz,
que olvidó mirar el marco:
sin huellas, sin calor, sin historia.
Como un farol encendido frente a un campo desierto,
gastando su luz en una dirección sin respuesta.
el corazón se escucha a sí mismo:
“ya basta de mirar allí,
ya basta de esperar donde nada nace”.
Porque incluso la niebla, cuando se contempla demasiado,
empieza a parecer promesa.
Y no lo es.
sino respuesta.
Y el vacío ya no es misterio,
sino frontera.
el corazón se gira.
No hacia el olvido,
sino hacia lo que sí respira:
una hoja que cae con intención,
una brisa que roza sin urgencia,
una presencia que no reclama ser vista.
algo comienza a encenderse suave,
como un calor que sostiene desde dentro.
No es lo que buscaba,
pero es lo que lo sostiene.
sábado, 9 de agosto de 2025
Hoy Elijo Quedarme
Hoy elijo quedarme: ser luz que no reclama llegada, ofrecerle mi abrigo sin deuda. Ser apoyo que no ahoga la flor, cimiento que acompaña en silencio, mirada que no teme su vuelo.
con el amor como guía y la certeza de que la vida guarda auroras que aún no he visto.
martes, 5 de agosto de 2025
El Universo Susurra en una Mirada... ¡Entrada 100!
El día despertó sin alardes, como si supiera que lo extraordinario no necesita anunciarse. No hubo señales visibles, solo una brisa que rozó distinto, una luz que se demoró en la esquina de mi ventana, el canto suave de las aves que parecían susurrar algo sagrado. Lo sentí antes de entenderlo: una vibración leve, como si el cosmos respirara más cerca de mí.
Guiado por esa certeza sutil, comencé el día con una chispa de esperanza. Estaba envuelto en la rutina, sí, pero con el alma abierta. Había en mí una búsqueda callada, una necesidad profunda de encontrar algo que estuviera a la altura de este número: cien. Quería una verdad que tocara fondo. Anhelaba una belleza que no necesitara explicación. Buscaba una grieta en esa rutina que me hablara sin voz. Algo que celebrara... sin ruido.
Y entonces, sin aviso, ocurrió.
En un segundo, el mundo exterior se desvaneció, dejando solo el eco de mi alma. El tiempo pareció inclinarse, como si el día girara hacia un centro secreto. El aire se volvió más denso, hecho de memorias antiguas. Las sombras adoptaron forma de deseo, y la luz comenzó a brotar desde adentro.
Todo era distinto.
Mis pensamientos se volvieron espejos, reflejando paisajes que siempre llevé dentro. El corazón, ese animal que a veces duerme, despertó con un temblor suave, como si alguien lo hubiera llamado por su verdadero nombre.
Fue un instante suspendido, como si el reloj se hubiera detenido para dejar paso a la eternidad. Una caída sin vértigo. Una revelación sin palabras. Una epifanía que lo abarcó todo. Una mirada.
En esa mirada, todo se alineó.
Y entonces lo supe. Justo hoy, cuando buscaba algo que honrara este umbral, el infinito me lo entregó sin ceremonia: me regaló el momento de mirarme en esos ojos negros, ojos que parecen guardar galaxias, con pestañas que tiemblan como alas de un pájaro nocturno.
Esos ojos fueron mi respuesta, mi refugio, mi verdad. En ellos encontré todo lo que no sabía que buscaba: la profundidad, el misterio, la celebración.
Y también una promesa.
Una promesa sutil pero luminosa: que la vida, incluso en su forma más silenciosa, guarda instantes capaces de despertarnos por completo. Que basta estar presentes, atentos, con el alma dispuesta, para que el milagro ocurra. Que en medio del paso de los días, existen encuentros capaces de devolvernos a nosotros mismos, como si por fin recordáramos lo que siempre supimos.
Porque hay miradas que no solo ven: también revelan. Y en esa revelación suave, sin estruendo, entendí que el verdadero regalo no fue ver esos ojos, sino reconocerme en ellos.
Y así, sin ruido, comprendí que el universo también celebra, a su manera.
martes, 29 de julio de 2025
Amor Sin receta (o cuando el amor se cocina sin miedo)
Ernesto, Napoleón y el arte de pasear con dignidad
Ernesto Ramírez lucía una barriga respetable, un corazón inquieto, y un chihuahua llamado Napoleón que sufría de complejo de rottweiler. El pequeño perro ladraba con furia a camiones, motocicletas y hojas secas que se movían sospechosamente. Caminaba con la dignidad de un emperador exiliado, y Ernesto lo seguía como si fuera su guardaespaldas personal.
Jubilado del banco, Ernesto vivía en una casa decorada con tapetes que parecían mapas de países imaginarios y cuadros torcidos que él juraba que estaban "en estilo diagonal expresionista", fuera lo que fuera eso. Su rutina era simple: despertar tarde, leer el periódico como si fuera una novela de suspenso, y pasear a Napoleón por el barrio.
Pero cada mañana, había una parada obligatoria: la biblioteca. No por los libros, claro, sino por Carmen.
Carmen era la bibliotecaria. Pelo plateado recogido en un moño impecable, gafas de marco rojo, y una voz que hacía que hasta los manuales de impuestos sonaran poéticos. Ernesto la miraba como quien contempla una obra de arte que no se atreve a tocar. Ella, por su parte, lo saludaba con cortesía... y cero interés romántico.
Ernesto había intentado impresionarla con frases como:
—¿Sabías que los libros también suspiran cuando los cierras?
—Napoleón y yo creemos que la poesía está subestimada.
—¿Te gustan los hombres que saben distinguir entre Borges y el menú del día?
Nada funcionaba. Carmen sonreía, pero seguía siendo un misterio.
Un martes cualquiera, Ernesto entró a la biblioteca con Napoleón en brazos, porque el perro había decidido que ese día no caminaría si no era sobre mármol. Mientras fingía leer la contratapa de un libro sobre jardinería japonesa, escuchó a Carmen conversando con una amiga entre los estantes.
—A mí me fascinan los hombres que saben cocinar —decía Carmen con esa voz que hacía que hasta los diccionarios sonaran como poesía.
—¿Cocinar? —respondía la amiga.
—Sí. Hay algo en el aroma de una buena salsa que me derrite. Me parece íntimo, generoso... y muy sexy.
Ernesto sintió que el universo lo empujaba por la espalda. Su corazón latía como si estuviera en una carrera de relevos sin equipo. Se escondió detrás de una estantería, fingiendo buscar libros de horticultura, mientras su mente se llenaba de pensamientos contradictorios: ¿Cocinar? ¿Yo? ¿Sexy? ¿Dónde queda la salsa en el supermercado?
Napoleón lo miraba con esa expresión que solo los chihuahuas con complejo de rottweiler pueden tener: una mezcla de juicio, incredulidad y “no lo hagas, humano”.
Pero Ernesto ya estaba en trance. Se acercó a Carmen con una sonrisa nerviosa y una valentía que parecía prestada.
—Carmen — empezó, con voz temblorosa — he estado pensando... bueno, no pensando exactamente, más bien sintiendo... y me preguntaba si... este sábado... te gustaría venir a cenar a mi casa. Yo... cocinaré para ti.
Carmen lo miró con sorpresa. No se rió. No se burló. Lo observó como quien encuentra una nota escrita a mano en medio de un libro olvidado.
— ¿Tú cocinas? — preguntó, con una mezcla de curiosidad y cautela.
— Sí... bueno, no profesionalmente. Pero tengo mis momentos. Algunos involucran fuego. Otros, vino. Pero todos con intención.
Carmen sonrió, no por la propuesta, sino por la forma en que Ernesto la decía. Había algo en su torpeza que le resultaba entrañable. Algo que no había visto en los hombres que hablaban de recetas como si fueran tratados de guerra.
— Está bien — dijo finalmente —. Acepto. Pero solo si Napoleón aprueba el menú.
Ernesto se rió, aliviado. Napoleón estornudó.
— Eso cuenta como aprobación, ¿no?
Salieron de la biblioteca. Ernesto flotaba. Napoleón lo seguía con cara de “¿Qué hiciste, humano?”. Ernesto murmuraba:
—¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?
Supervivencia romántica y queso en cantidades sospechosas
Desde que Carmen dijo “acepto”, Ernesto entró en modo supervivencia romántica. Sabía que no podía improvisar con pan y queso. Esta vez, tenía que cocinar de verdad. O al menos fingirlo con convicción.
Su primera parada fue YouTube. Buscó “cómo cocinar para impresionar sin morir en el intento”. Los resultados eran variados:
- Un chef argentino que gritaba más de lo que cocinaba.
- Una señora mexicana rodeada de cinco hijos y dos gallinas.
- Un joven italiano que hablaba de pasta como si se tratara de filosofía existencial.
Ernesto intentó hacer lasaña. Confundió el horno con el microondas y terminó con queso fundido en la lámpara. Napoleón ladró como si hubiese presenciado un crimen.
Intentó arroz. El video decía “fácil y rápido”, pero Ernesto logró una pasta gris de consistencia cerámica. Lo usó para tapar una grieta en la pared.
Compró tres libros de cocina: uno francés, uno vegetariano, y otro que parecía escrito por un poeta en ayuno. Subrayó frases como “sofrito con carácter” y “textura emocional del puré”, sin entender nada. Napoleón se comió una esquina del libro vegetariano como protesta.
Desesperado, comenzó a visitar los puestos de comida del barrio. Don Lucho, el arepero de la esquina, le enseñó a voltear una arepa sin perder la dignidad. Maritza, la reina del pastelito, le dijo:
— Mijo, si no sabes cocinar, hazlo con cariño. Y si no tienes cariño, échale queso.
Ernesto tomó nota. Compró queso. Mucho queso.
El pollo existencial y la cena que casi fue incendio
El sábado amaneció soleado, como si el universo quisiera darle a Ernesto una falsa sensación de esperanza. Se levantó temprano, se afeitó con esmero, se puso su mejor camisa (la que no tenía manchas de café) y su delantal favorito: el que decía “Chef por accidente”.
Napoleón lo observaba desde su cojín, con esa mirada de rottweiler filosófico que decía: “Hoy es el día. Hoy se quema la casa”.
Ernesto intentaría preparar Coq au vin. Sonaba sofisticado. Los ingredientes estaban listos:
- Pollo (entero y confuso).
- Vino tinto (una botella para la receta, otra para los nervios).
- Champiñones, cebolla, ajo, zanahorias.
- Hierbas aromáticas que olían a jardín recién regado.
La receta decía “marinar el pollo en vino durante dos horas”. Ernesto pensó: “¿Y si lo marino en cariño y me tomo el vino?”
A la tercera copa, hablaba con el pollo:
— Tú y yo, amigo, tenemos una misión. Tal vez no salgas crujiente, pero saldrás con dignidad.
La cocina olía a vino, humo y desesperación. Ernesto cantaba boleros con una cuchara de madera. El sartén protestaba. El horno emitía sonidos sospechosos.
El pollo terminó en la licuadora. Las zanahorias aparecieron en el baño. Nadie sabe cómo.
Faltaban veinte minutos para que Carmen llegara. Ernesto miró el desastre:
- El pollo parecía una escultura abstracta.
- La salsa tenía la consistencia de una novela experimental.
- El vino… se había ido.
- Él… estaba ligeramente mareado, pero emocionalmente comprometido.
Sopa emocional, vino sobreviviente y un perro que sabía más que todos
Carmen entró con una sonrisa que no era cortesía, sino curiosidad genuina. Llevaba un vestido azul con estampado de libros abiertos. Napoleón, que normalmente ladraba a todo lo que respiraba, la olfateó, se acostó a su lado y pareció decir: “Esta sí. Esta es buena gente”.
Ernesto, nervioso pero decidido, la condujo al comedor. Había puesto la mesa con esmero: mantel sin manchas, copas que no combinaban pero brillaban, y una vela que olía raro, pero lucía romántica.
— ¿Qué preparaste? — preguntó Carmen.
— Una reinterpretación libre de Coq au vin — dijo Ernesto —. Muy libre. Tan libre que podría ser otra cosa.
La sopa (porque todo se convirtió en sopa) tenía pollo, zanahorias rebeldes y una salsa con emociones propias. Carmen la probó, cerró los ojos y sonrió.
— Está… inesperada.
— ¿Eso es bueno?
— Es como leer un poema que no rima, pero te hace sentir cosas.
El vino sobreviviente fue servido. Napoleón se sentó entre ellos, como mediador diplomático. Hablaron de libros, de viajes no hechos, de canciones que dolían sin saber por qué.
Carmen habló de su juventud en Mérida, de un amor que se fue sin despedirse, de cómo los libros la salvaron. Ernesto confesó que lloraba con comerciales de café y que escribió una carta de amor a una planta que murió en invierno.
—¿Y qué decía la carta? — preguntó Carmen.
— “Querida Hortensia: si alguna vez decides volver, prometo regarte con poesía y no con agua del grifo.”
Carmen rió con esa risa que no se finge. Ernesto no necesitaba impresionar. Solo estar.
El postre inesperado y la confesión que no estaba en el menú
Ernesto, con el sudor de quien ha enfrentado batallas con sartenes y recetas contradictorias, presentó el postre: una gelatina que parecía haber sobrevivido a una guerra de frutas. Algunas rodajas de kiwi flotaban como náufragos. Las fresas, dramáticas, miraban al horizonte.
Carmen arqueó una ceja.
— ¿Esto también es reinterpretación libre?
— Es una metáfora de mi vida: dulce, confusa y con trozos que no sé cómo llegaron ahí.
Ella probó la gelatina. Hizo una pausa. Lo miró con una sonrisa traviesa.
— Ernesto… dime la verdad.
— ¿Sí?
— No sabes cocinar, ¿verdad?
Justo entonces, Napoleón, que hasta ese momento había estado tumbado, se incorporó. Lo miró fijamente, solidario pero inquisitivo. Parecía decir: “Y ahora, humano... ¿qué harás?”
Ernesto sintió que el alma se le encogía como espagueti mal cocido. El silencio se volvió espeso. Carmen lo observaba con una mezcla de ternura y picardía que desarma cualquier defensa. Napoleón, firme, parecía el jurado emocional de la escena.
— ¿Qué te hace pensar eso? —intentó Ernesto.
— La sopa tenía emociones. El pollo parecía haber pasado por terapia. Y esta gelatina… esta gelatina está en crisis existencial.
Ernesto bajó la mirada. Napoleón se acercó lentamente, se sentó junto a él y apoyó la cabeza en su pierna. Como diciendo: “Confiesa. No estás solo.”
—No sé cocinar — dijo al fin —. Lo más elaborado que he hecho antes de esto fue calentar arepas en la tostadora. Y una vez… quemé el cereal.
Napoleón parpadeó. No juzgó. Solo lo miró como quien ha visto cosas peores en el parque.
—¿Quemaste el cereal? —preguntó Carmen.
—Sí. No preguntes cómo. Fue un momento muy oscuro.
Silencio. Ernesto sentía que hasta los cubiertos lo juzgaban. Pero entonces, Carmen se rió. No una risa burlona, sino una carcajada luminosa, como abrir una ventana en medio de una tormenta.
— ¿Y entonces por qué hiciste todo esto?
— Porque quería que esta noche fuera especial. Porque tú me gustas. Porque pensé que si lograba que el pollo no se rebelara, tal vez tú verías que lo intenté.
Napoleón lo miró con respeto renovado. Caminó hacia Carmen y le lamió la mano. Como si dijera: “Este humano es torpe, pero tiene buen corazón.”
— ¿Sabes qué es lo más especial de esta cena? — dijo Carmen —. Que es la primera vez que alguien cocina para mí sin saber hacerlo, solo para complacerme, a pesar del temor. Eso… eso vale más que cualquier receta francesa.
Ernesto sintió cómo el pánico se derretía como queso sobre arepa caliente. No había sido perfecto. Pero había sido real.
Napoleón se acomodó entre ellos, como quien sabe que el amor, aunque torpe, ha triunfado.
—¿Entonces… me das otra oportunidad? —preguntó Ernesto.
—Claro. Pero la próxima vez, cocinamos juntos.
—¿Y si quemamos el cereal?
—Nos comemos el vino.
Rieron. Ernesto respiró. Carmen lo miró con complicidad. Y Napoleón, satisfecho, se tumbó a sus pies, como quien sabe que el caos emocional también puede tener final feliz.
Epílogo: El arte de limpiar el desastre y dejar huellas
La cena había terminado, pero la cocina parecía el escenario de una batalla entre ingredientes con voluntad propia. Restos de cebolla llorada, cucharones abandonados como soldados caídos, y una sartén que claramente había visto cosas que prefería no recordar.
Ernesto contemplaba el caos con la expresión de quien ha sobrevivido a una guerra sin saber si ganó. Carmen, a su lado, observaba todo con una mezcla de asombro y risa contenida.
—¿Esto lo hiciste tú solo? —preguntó, levantando una cuchara que parecía un pincel de arte abstracto.
—Sí. Y parte de mí no sabe cómo sigo vivo.
Napoleón se asomó desde el pasillo, olfateó el aire y retrocedió con dignidad. “Esto no es para mí”, parecía decir.
—Bueno — dijo Carmen, arremangándose —. Dijimos que cocinaríamos juntos. Pero creo que hoy toca sobrevivir juntos.
Y así comenzó la segunda parte de la velada: la limpieza. Entre risas, bromas sobre utensilios con traumas y una esponja que parecía rendirse cada cinco minutos, restauraron el orden.
Ernesto lavaba mientras Carmen secaba. Cada plato era una excusa para una nueva anécdota. La cocina, poco a poco, dejó de parecer un campo de batalla y se convirtió en un espacio compartido. Un lugar donde el desastre no era vergüenza, sino historia.
—¿Sabes? — dijo Carmen mientras guardaba los vasos—. Esta ha sido una de las noches más especiales que he tenido en mucho tiempo.
Ernesto se detuvo, con las manos aún mojadas.
— ¿Por la gelatina existencial?
— Por ti. Por lo que hiciste. Por cómo lo hiciste. Por no esconderte detrás de nada.
Napoleón, desde su rincón, levantó la cabeza. Atento. Silencioso.
— Hace mucho que un hombre no me impresiona — continuó Carmen —. Y tú lo hiciste. No por lo que cocinaste, sino por atreverte a hacerlo.
Se acercó a Ernesto, lo miró con ternura y le dio un beso en la frente.
— Buen principio —susurró.
Ernesto no respondió. Tenía el corazón lleno y las palabras ocupadas en no estorbar.
Carmen tomó su bolso, acarició a Napoleón, que la miró con respeto, y salió por la puerta con una sonrisa que se quedó flotando en el aire.
El silencio volvió. Ernesto miró la cocina limpia como si fuera un símbolo de algo más profundo.
Entonces, Napoleón se acercó. Lo miró fijamente y ladró. Una sola vez. Firme. Claro. Como diciendo: “Bravo, humano. Lo lograste.”
Ernesto sonrió.
—Gracias, compañero.
Napoleón se tumbó a sus pies. Y en ese instante, Ernesto supo que no había terminado nada. Apenas comenzaba.
Porque a veces, el amor no entra por la puerta con flores ni frases perfectas. A veces llega disfrazado de desastre, de sopa emocional y de gelatina en crisis. Y si uno se atreve a mostrarse torpe, honesto y dispuesto a aprender, entonces algo cambia.
No todo se arregla en una noche. Pero hay noches que abren ventanas. Que limpian rincones. Que enseñan que el valor no está en saber hacerlo todo bien, sino en atreverse a hacerlo con el corazón en la mano.
Y esa noche, entre platos lavados y un perro sabio, Ernesto descubrió que el principio más valioso… es el que se construye con esperanza.
miércoles, 23 de julio de 2025
Bonitos son los gatitos..
Escribimos porque hay algo dentro que no nos deja dormir.
Y sacarlas es la única forma de respirar.
que nos rompen la mirada,
que nos obligan a ver el mundo con otros ojos.
Y escribir es la única forma de sostener ese caos sin rompernos.
emociones que no caben en el cuerpo,
silencios que gritan.
hasta que lo convertimos en texto.
Lo ofrecemos como quien se abre el pecho.
Con miedo.
Con esperanza.
Con el alma al descubierto.
Lee.
Y con una palabra,
“bonito”,
desarma el pedazo de alma que ofrecimos.
Como un garabato en la esquina de una libreta.
Como si no hubiera sangre entre las líneas.
Como si escribir no nos arrancara el aliento.
La palabra que se usa cuando no se quiere mirar más allá.
Cuando lo incómodo se maquilla.
Cuando lo profundo se reduce a una superficie amable.
Es crudo.
Es urgente.
Es real.
El temblor de una emoción que gotea entre las costillas.
El intento desesperado de entender lo que nos quiebra.
Es el regalo de un mundo que solo existe
porque alguien nos hizo sentirlo.
“está bonito”,
no entendiste nada.
Porque no es indiferencia:
es convertir lo visceral en un adorno.
Pero esto que sangra en palabras no es ternura.
Es un grito.
Un abismo.
Una verdad que quema.
al menos no la disfraces.
lunes, 21 de julio de 2025
El universo en su mejilla..
A veces, sin previo aviso, me descubro habitando la curva de su rostro, esa llanura serena donde el tiempo se desvanece. Me recuerda a un pétalo que tiembla al alba. Frágil, sí, pero cargado de promesas. O al tulipán que se abre sin temor a ser herido.
Su esencia es un jardín que florece al roce, una caricia que transforma la quietud en ritual, en idioma secreto. Cada contacto es un pacto invisible, un temblor que se aprende de memoria.
Mientras trazo en su piel la huella de lo que somos, me pregunto: ¿acaso la belleza más intensa habita en lo apenas tocado?
Y entonces, en un instante, su roce me eleva más allá del tiempo. No hay relojes, ni ruido, solo un latir que me disuelve. Me deslizo hacia el universo que es ella, donde los pulsos son constelaciones y los suspiros, cometas fugaces que iluminan mi tránsito.
Es un cosmos íntimo: diminuto, un secreto entre dos almas; pero a la vez infinito, un deseo que no cabe en palabras. Allí soy luz que no cansa, eco sin retorno, viajero sin mapa.Y cuando regreso, nunca del todo, aún llevo su universo adherido a mi tacto, como el aroma que queda tras la tormenta, como la ternura que vuelve a rozar su mejilla.
jueves, 17 de julio de 2025
Desde este lado
Hay fronteras que no llegan de golpe. Nacen despacio, como líneas que se dibujan en tu presencia sin que lo notes al principio. No las construye uno, pero ahí están: firmes, silenciosas, como una costura de sombra en la niebla, trazadas sin consulta, sin voz propia.
Uno no elige enfrentarlas, pero un día se da cuenta de que ya vive dentro de ellas.
Y entonces toca aprender a quedarse. No por elección, sino por esa forma de obediencia que brota del respeto, o del miedo, o de algo más profundo y que ninguna de esas palabras alcanza a nombrar.
Lo difícil no es el muro. Es el esfuerzo que te exige sostenerte del lado que no se cruza. Porque cruzar sería un gesto breve, una llama que no pregunta. Pero quedarse… quedarse es otra cosa.
Quedarse es apagar el fuego sin perder el calor, contener el cuerpo cuando todo en él arde, resistir sin testigos ni aplausos.
Y cuando se tiene una naturaleza que arde, que reacciona, que lucha, permanecer se vuelve una batalla silenciosa. Decirse “quédate” cuando cada célula grita “salta” es nadar contra un río que nace en tu propia sangre. No es quietud, es guerra interna. Cada día, cada instante, el cuerpo suplica: moverse, romper, decir su verdad.
Pero tú te sostienes. No por debilidad, sino por una fuerza que se parece demasiado al sacrificio.
Hay días en que el deseo se vuelve físico. No una idea, no una nostalgia, sino una urgencia que recorre la piel, que se instala en el pecho como un animal que late y empuja desde dentro. Entonces recuerdas el muro.
Y no, no duele. Lo que hiere es fingir que no lo ves, que no lo sientes, que no lo sueñas. Porque cada fibra quiere saltarlo. No para huir, sino para tocar, para sumar, para estar.
Y sin embargo, uno se obliga a permanecer. A sostenerse en la quietud, a respetar el límite que no pidió. Y esa obligación no es noble, ni heroica. Es pesada. Es amarga. Es una forma de fidelidad que parece encubrir una vulgar renuncia.
Desde aquí, a veces, veo caer la lluvia del otro lado. No es tormenta, pero arrastra esa tristeza que se reconoce sin tocarla. Y sé , con esa certeza que no necesita pruebas, que podría sumar sin desbordar, enriquecer sin alterar, ser sin invadir, proteger sin agobiar.
Pero permanezco. No por calma. No por conformidad. Sino porque hay límites que, aunque ajenos, se vuelven mandato. Y aun cuando las sombras breves del otro lado también ensombrecen mi corazón, sigo aquí. Sosteniéndome donde no se me llama, frente a lo que no elegí, como quien guarda el fuego para no incendiar la quietud.
Y así permanezco, en la penumbra del deseo, esperando, quizás, que un día caigan algunos ladrillos, y pueda cruzar sin herir, y lograr que la lluvia, al fin, se detenga.
domingo, 13 de julio de 2025
Refugio en la memoria..
En medio de una rutina que exige tanto y devuelve tan poco, llega el recuerdo: una sensación cálida, tenue, persistente.
Extraño esos ojos de noche. Profundos como un cielo sin luna. No por su ausencia, sino por el refugio que fueron. No eran promesa ni certeza. En su mirada encontré una tregua. Un lugar donde el alma podía quitarse el abrigo. Dejar de resistir. Simplemente quedarse.
Hubo un tiempo, breve pero suficiente, en que esos ojos fueron más que mirada. Fueron un susurro de gestos, de silencios compartidos, de encuentros que entendían sin hablar. En ellos hallé compañía en el caos. La certeza de que no todo debía enfrentarse solo. En los días más oscuros, su presencia bastaba para empequeñecer el miedo, para volver el mundo, por un instante, menos hostil.Y aunque esos días hayan quedado atrás, su eco persiste. A veces, el recuerdo no solo visita: se arraiga. En los días en que la soledad pesa y el mundo agobia, esos ojos de noche, que ya no me miran, siguen siendo amparo. Su fuerza me sostiene, aunque solo viva en la memoria.
Claro que los añoro. Cómo no hacerlo, si aún desde la memoria siguen siendo abrigo. Pero ese añorar ya no me rompe. Me sostiene. Lo que alguna vez fue refugio afuera, ahora brilla en mí como una lámpara encendida en el cansancio. Ya no es espera. Ni deseo. Ni ausencia. Es fuerza. Es memoria que abraza desde dentro, como si al evocarla, el corazón recordara que alguna vez fue visto, comprendido, sostenido.
Y en ese espacio donde el recuerdo se vuelve fuerza, el acto de evocar revela su verdadera forma. Añorar no es un acto triste. Es una ceremonia silenciosa de amor persistente, una forma de habitar lo que alguna vez nos sostuvo.
Y eso basta. No porque cierre la herida, sino porque la convierte en cimiento. Una raíz invisible que sostiene. Un faro que guía sin necesidad de volver atrás. Porque hay amores que, aún si no fueron, no se extinguen: se enraízan. Y desde lo invisible, nos sostienen.

































