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martes, 24 de marzo de 2026

Acordes en el silencio

Durante meses, Julián había convertido su habitación en un mausoleo de papel. Sus cuadernos desbordaban de una caligrafía errática, letras tensas que destilaban una amargura espesa. Cada estrofa era un epitafio improvisado, un torpe intento de asesinar un amor que nunca le había pertenecido. Aun así, los ojos de aquella mujer, de una oscuridad profunda color de la noche, seguían infiltrándose en sus silencios como huéspedes indeseados.

Su guitarra, compañera fiel en aquel duelo interminable, vibraba con un dramatismo que no parecía agotarse. Las notas, densas y cansadas, se hundían en el aire como si cargaran el mismo peso desde hacía demasiado tiempo.

Pero aquella tarde algo en la madera cambió. Al sentarse en el borde de la cama, Julián sintió una rigidez extraña en las cuerdas, como si el instrumento hubiera envejecido de golpe. Probó el acorde menor que siempre abría la puerta del abismo; el sonido salió opaco, sin la resonancia emocional de otras veces. Frunció el ceño, ajustó una clavija y respiró hondo. Lo intentó de nuevo. La nota se apagó al instante, absorbida por la caja, como si la guitarra se negara a seguir proyectando lamentos.

Insistió por tercera vez con un rasgueo brusco, casi desesperado. Solo surgió un trasteo metálico, un quejido seco y desprovisto de armonía. Ya no era un simple fallo técnico: era pura resistencia.

Desconcertado, aflojó la tensión de su mano izquierda. El cuerpo se detuvo, pero la mente, en cambio, se deslizó hacia el recuerdo de aquellos ojos inmensamente hermosos que tanto desorden habían provocado. Mientras su pensamiento vagaba por ese territorio conocido, su mano derecha, movida por una ligereza involuntaria, rozó las cuerdas en un gesto ascendente y casi tímido.

Y entonces ocurrió.

La guitarra respondió con una claridad inesperada, un destello sonoro que lo hizo parpadear. No era el llanto habitual: era un eco limpio y vibrante que se encendía desde dentro con una energía dorada. Por un instante dudó si lo había imaginado, pero el sonido permanecía allí, suspendido en el aire, luminoso y firme.

En ese momento comprendió, sin necesidad de palabras, que algo se había sellado en su interior. Las cuerdas ya no querían sostener su tragedia. El instrumento, más sabio que su dueño, había decidido que el duelo había cumplido su ciclo.

Julián exhaló un suspiro largo, como si liberara meses de tensión acumulada. Sus hombros descendieron y, en ese gesto sencillo, sintió que una grieta se abría en el peso que cargaba. Observó las cicatrices del barniz, golpes antiguos, roces de noches intensas, y entendió que, aunque su amor seguía intacto, aquellos ojos color de la noche seguían moviéndose dentro de él.  Pero ya no desde la herida. Lo que antes había sido un ancla se convertía ahora en un impulso suave, en una gratitud inesperada por haber conocido esa oscuridad profunda que, paradójicamente, le había enseñado a anhelar la luz.

Intuyó entonces que ese amor no correspondido, junto con cada fracaso que lo acompañó, no habían sido castigos, sino desvíos necesarios: manos invisibles que lo empujaban hacia donde realmente debía estar. Sus vacíos ya no parecían agujeros negros, sino espacios despejados, listos para recibir algo nuevo.

Con una sonrisa que llevaba mucho tiempo sin sentir, sus dedos buscaron una posición abierta y luminosa. El acorde mayor estalló en la habitación con una claridad expansiva, y el aire entero pareció vibrar con él. Un ritmo ágil y vivo brotó de la madera, como si la guitarra celebrara la decisión incluso antes que Julián.

Ya no era una marcha fúnebre. Era un latido que afirmaba la supervivencia. Los recuerdos que antes lo hundían se integraron en la melodía como adornos sutiles, y mientras la música fluía sin ataduras, Julián supo que tanto su creación como su alma habían encontrado, por fin, la forma de curarse.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Lucas (Microrrelato)

El hombre, ahora anciano, volvió a la casa familiar tras tres décadas. Ya de noche, salió solo al corral. Se dejó caer en el banco de piedra donde su padre, y antes el padre de su padre, desgranaron habas. Desde allí, con los párpados cerrados, escuchó crujir el viejo tejado mientras aspiraba con honda nostalgia el aire oloroso a tierra recién llovida y a pino quemado. 

Alzó la mano temblorosa, el Parkinson no perdona, y señaló Alnilam, la estrella del centro del cinturón de Orión.

Mira, Lucas… tu estrella –. susurró, como si el niño aún estuviera encaramado al tejado.

Lucas siempre había sido un loco de las constelaciones. A los cinco años ya las nombraba todas y decía que cuando fuera mayor se iría a vivir entre ellas. Se colgaba de aquel tejado diariamente a ver sus estrellas mientras comía naranjas.

El recuerdo llegó entero: risas, naranjas robadas, rodillas raspadas, la vocecita gritando: "te doy una mañana, papá. Estoy ocupado". Él abajo, fumando, sonriendo.

Una lágrima rodó lenta por la barba gris.

Sacó el teléfono y escribió al número de Lucas:

 – Estoy aquí, guárdame naranjas para mañana

Pulsó enviar, guardó el móvil sin esperar respuesta y alzó la vista. Alnilam parpadeó.

Desde la puerta iluminada, una suave voz femenina lo llamó:

– Papá… ya traen el ataúd.

Se levantó despacio.

Dio un paso hacia la casa. Desde Alnilam, los ojos traviesos de Lucas lo miraban fijamente con amor, como cuando tenía cinco años y nada malo podía pasar.

Entró.







Aporte para el reto
del Mes de Noviembre de 2025 en
(Un micro inspirado en una constelación)






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miércoles, 25 de junio de 2025

Contra el viento

Camino contra el viento.

Sobre mí, un cielo que se desgarra en grises. Cada ráfaga, un gesto de ruptura. Como si el día también estuviera cediendo.

Avanzo y, con cada paso, abro una despedida que nadie nombra, que nadie escucha.

El viento me roza la piel, no con violencia, sino con la precisión de quien sabe dónde cortar. Me arranca, sin apuro, las voces que guardé demasiado tiempo.

No sé por qué me atrae. Tal vez porque su furia no exige explicaciones. O porque pesa menos que el recuerdo que llevo en los huesos.

Hay en él una ternura amarga. Como una caricia que hiere sin querer. Borra con tinta invisible lo que callé. Las culpas alojadas bajo mis costillas. Las ausencias que crujen como pasos en una casa vacía.

A veces, susurro ese nombre.... Sí, ese que arde en los días más limpios.

Y el viento lo roba. Lo alza, lo disuelve. Se lo lleva hacia algún lugar donde ya no puede doler. Lo arrastra hasta perderlo en la sombra de lo que elegí no recordar.

El viento no cura. Pero empuja. Despeina los miedos. Sacude la memoria. Y por un instante, uno solo, me hace creer que nada fue tan real.

Que tal vez puedo dar un paso sin mirar atrás. Con el rostro lavado de nombres. Con los pies más ligeros que el eco de lo que perdí.

Ajusto mi chaqueta.

Aún húmeda. Aún con ese olor que no sé si extraño.

Y camino.









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