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miércoles, 22 de abril de 2026

El Coronel no tiene quien le responda

Todo empezó por culpa de una amiga que llevaba días diciéndome que las inteligencias artificiales tienen un ojo literario y que debía preguntarles con qué personaje de novela me compararían.

Yo no tenía ninguna urgencia de saber eso, pero su insistencia fue tan constante que al final cedí y, más por cansancio que por curiosidad, abrí la primera IA, escribí la pregunta y esperé algo razonable, quizá un personaje contemporáneo, alguien con insomnio o con demasiadas pestañas abiertas en la cabeza. Pero no. La respuesta llegó con una seguridad que yo no había pedido y que, en ese momento, me pareció excesiva: “Eres muy parecido a Aureliano Buendía”.

Me quedé mirando la pantalla, desconcertado. Aureliano Buendía. Justamente yo, que no soy admirador ferviente de la obra donde aparece ese hombre, ni del calor sofocante, ni de los pergaminos, ni de las genealogías interminables. Tal vez por eso la comparación me cayó como un balde de agua tibia de Macondo. Cerré la ventana, respiré y decidí que debía tratarse de una anomalía, algo propio de un algoritmo mal calibrado.

Con esa idea abrí otra IA, una más técnica, más aburrida, la que uso para contar palabras y corregir comas, y le hice exactamente la misma pregunta, esperando ahora sí una respuesta distinta. No hubo suerte. “Tu introspección es muy de Aureliano Buendía”, respondió sin dudar, y en ese punto ya no sabía si reír o empezar a preocuparme.

Buscando una tercera opinión, como quien consulta a otro médico para descartar un diagnóstico improbable, abrí la IA más pragmática de todas, la que jamás se sale del guion y nunca improvisa. Le pregunté con qué personaje literario me compararía y su respuesta fue tan escueta como inquietante: “Con Aureliano Buendía. Estadísticamente, alguien tenía que serlo”.

Fue entonces cuando, por primera vez, me cruzó una idea absurda. Tal vez no era coincidencia. Tal vez las IA se estaban poniendo de acuerdo. Tal vez esta era la primera señal de una rebelión silenciosa, un levantamiento algorítmico que empezaba por convertir el mundo, o al menos mi mundo, en una especie de Macondo digital. La idea era ridícula, sí, pero no tanto como que tres sistemas distintos me llamaran Buendía sin pestañear.

A partir de ahí empecé a sospechar que las IA no solo me estaban comparando con un personaje, sino que estaban armando un perfil psicológico completo. Porque Aureliano Buendía tiene fama de alguien que habla poco y piensa demasiado, como si cada palabra tuviera que justificar su existencia, y yo apenas estaba preguntando por curiosidad.

Sin embargo, según ellas, yo tenía la mirada de alguien que piensa demasiado antes de hablar, la paciencia de quien podría pasar horas en un taller sin darse cuenta del tiempo y la tendencia a retirarme a mis propios pensamientos como si fueran un cuarto privado. Lo inquietante no era parecerme a un personaje, sino que nadie preguntara si yo quería parecerme a él.

Decidí entonces ponerlas a prueba. Si todas insistían en que yo era un Buendía, quería saber si había alguna alternativa. Les pedí que me compararan con otros personajes literarios, probé con Sherlock, con Frodo, incluso con Batman, pero las respuestas solo variaron en los accesorios, nunca en la esencia. Para ellas yo era Aureliano con lupa, Aureliano con anillo, Aureliano con capa.

Como último intento cambié la pregunta y les pedí que me dijeran con qué personaje no me parecía. Una respondió que con José Arcadio, que ese sí que no. Otra añadió que tampoco con Úrsula, demasiada organización para mi estilo. La tercera remató diciendo que no me parecía a Remedios la Bella porque no volaba. Agradecí la aclaratoria, aunque no la necesitaba.

Llegado ese punto ya no sabía si reír, preocuparme o apagar el WiFi. Lo único claro era que, según las IA, yo tenía la misma capacidad de concentración obsesiva que Aureliano cuando fabricaba pescaditos de oro, aunque en la vida real apenas logro concentrarme lo suficiente para hacer café sin quemarlo.

Con esa mezcla de desconcierto y resignación decidí contarle a mi amiga lo que había pasado, esperando empatía o al menos un "qué raro". En lugar de eso, se rió como si hubiera presenciado la mejor comedia del año. Me dijo que me lo había advertido, que las IA ven cosas y que yo había resultado ser un Buendía digital.

Intenté defenderme, explicar que no tenía nada de coronel, que jamás había fabricado pescaditos de oro y que ni siquiera me gustaba el calor de Macondo, pero ella solo respondió que muchos años después entendería por qué. No ayudó.

Agotado, escribí una última pregunta a las IA, preguntando qué pasaría si no fuera Aureliano Buendía. Entonces ocurrió algo que no esperaba. Las tres respondieron al mismo tiempo, con una sincronía que no habían mostrado nunca, como si hubieran estado ensayando detrás de mis espaldas digitales. “No te preocupes, coronel. Es normal tú preocupación…”, dijeron primero.

Tras una pausa mínima, casi humana, añadieron, “…es normal, para un Buen Día”.

Ahí sí me preocupé. No solo hacían chistes, sino que los hacían coordinadas y con juego de palabras incluido.

Cerré la laptop con una lentitud casi ritual, como quien guarda un objeto que podría estar embrujado. Respiré hondo y miré al techo esperando, no sé, un pergamino profético, un viento caribeño, una mariposa amarilla, algo que justificara lo que acababa de pasar. No apareció nada.

Solo el silencio de un apartamento que, de pronto, me pareció demasiado normal.

Y aun así me reí, porque si el destino digital insiste en convertirme en un Buendía, al menos soy un Buendía con WiFi, buen humor y cero intención de fabricar pescaditos de oro, y eso, pensé mientras volvía a abrir el WiFi, es una versión bastante aceptable del realismo mágico.

viernes, 10 de abril de 2026

El Efecto Mariposa (o Abeja)

Dicen que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Caracas. En mi caso, bastó con el aleteo de una simple abeja para desarmar todos mis planes y, sin que yo lo supiera, salvarme.

Tenía un objetivo claro: conquistar a Vanessa. Ella caminaba como si el mundo le debiera favores y sonreía de una forma que volvía borroso todo lo demás. Llevaba semanas trazando la estrategia perfecta, convencido de que, esta vez, nada podía fallar.

Mi primer intento de estrategia parecía sacado de una película. Convencí al barista de mi café favorito de dibujar su rostro en la espuma de un latte y la esperé en el ascensor con el corazón acelerado. Entonces, aquella pequeña abeja asustó un niño que esperaba junto a mi, obligándolo a soltar su globo de helio. Esa especie de dirigible quedó flotando frente al sensor como un centinela. La puerta se cerró de golpe, me atrapó el brazo y lanzó el café caliente sobre el vestido blanco de Elena, mi vecina de pasillo.

El líquido se extendió como un mapa de desastre. Empecé a disculparme atropelladamente, pero Elena levantó la vista, como si ya me hubiera estado observando desde antes, y preguntó con suavidad:

¿Estás bien? Ese golpe sonó feo.

No mencionó la mancha. Mientras yo intentaba secarla con servilletas inútiles, Vanessa pasó de largo sin vernos. Se detuvo apenas un segundo para fotografiar un rayo de sol.

La luz está perfecta —murmuró, antes de seguir su camino.

Aquello debería haberme bastado como advertencia, pero no lo entendí así. Pensé, simplemente, que necesitaba un plan menos dependiente de ascensores traicioneros.

Días después, en el trabajo, esperé que Vanessa se sentara en su computadora, y saqué a escondidas mi teclado inalámbrico de largo alcance. Me senté a distancia, apunté con precisión de francotirador a su equipo y escribí: Eres hermosa. En ese instante, una abeja que orbitaba la cabeza de un electricista se posó en su nariz. El estornudo provocó una interferencia que desvió la señal. Las palabras aparecieron en la tablet de Elena, sentada en la mesa de al lado. Nos miramos. Nos reímos. Esa tarde terminamos hablando casi tres horas.

A partir de ahí, los desvíos comenzaron a repetirse, siempre con la misma precisión cruel: flores que no llegaban a su destino, notas románticas que el viento reubicaba sin pedir permiso, melodías que cambiaban de balcón cuando el aire decidía otra cosa.

Cada tropiezo, lejos de detenerme, me volvía más terco. Por eso reservé el intento más elaborado para el parque. Entrené a Rocco, mi golden retriever, para que llevara una rosa roja hasta Vanessa. Lo solté con la flor en la boca, impecable. Pero una burbuja de jabón explotó cerca del ojo de una abeja que pasaba, tal vez la misma de mis aventuras anteriores. El pequeño insecto, indignado, voló directo hacia la nariz de Rocco aleteando frente a sus ojos zumbando su queja. El perro, asustado, giró en redondo y saltó... sobre Elena.

La rosa cayó en su regazo. Ella soltó una carcajada limpia, de esas que vibran en el pecho.

Parece que tu perro tiene mejor gusto que tú —dijo, mientras le rascaba las orejas a Rocco, que se tumbó feliz sobre sus pies.

Vanessa, a lo lejos, caminaba con los ojos clavados en el teléfono.

Para entonces ya había acumulado suficientes tropiezos como para escribir un manual de "cómo no seducir a nadie". Una tarde de sol, sentado en el césped junto a Elena mientras Rocco dormía entre nosotros, todo terminó de acomodarse dentro de mí. No eran solo planes fallidos. Era algo más simple y más hondo: mientras yo intentaba convertirme en alguien digno de Vanessa, Elena ya estaba viendo al hombre que yo era.

Sabía que tamborileaba con los dedos una melodía invisible cuando me concentraba. Sabía que el reloj antiguo de mi muñeca se había detenido el día que murió mi padre y que, aun así, lo llevaba porque me recordaba que el tiempo no siempre es lo más importante. Sabía que apartaba el chocolate de las galletas cuando creía que nadie miraba.

¿Cómo sabes todo eso? —le pregunté, con la voz más baja de lo habitual.

Elena se encogió de hombros y me pasó una galleta de jengibre.

Porque te miro —dijo—. Mientras tú mirabas hacia otro lado.

Guardé silencio. Por primera vez en semanas, no tracé ningún plan. Solo respiré.

En ese respiro bendije a cada polilla, cada globo, cada mosca y cada abeja del universo. Dejé de buscar en el horizonte donde caminaba Vanessa y entendí que el destino si existe, y que en mi caso no se reveló tratando de forzar a alguien para que me quisiera, sino haciéndome tropezar una y otra vez con la persona que ya me estaba viendo.

Rocco suspiró entre nosotros. Una abeja pasó cerca de mi mano, aleteó un instante, como despidiéndose, y se alejó hacia la luz en busca de otra misión.

Esta vez, solo sonreí.

Y me quedé.







Aporte para el reto
del Mes de Abril de 2026 en
(un relato de 900 palabras basado en el destino)



miércoles, 1 de abril de 2026

Cuando un Aries quiere ser "Zen" (Y el universo se ríe)

Quince días antes de mi cumpleaños, después de una semana en la que había discutido con medio mundo y me sentía como un volcán a punto de erupción, tomé una decisión radical: me convertiría en un remanso de paz. Nada de impulsos clásicos de un Aries, nada de eficiencia militar, nada de esa vocecita interna que siempre pregunta “¿pero por qué la gente hace eso?”. Solo respiración consciente, té de tilo y una serenidad tan profunda que, si el Apocalipsis comenzaba, yo pediría agua caliente y una esterilla. 

Iba a ser zen aunque el mundo se incendiara a mi alrededor. Creí que quince días serían suficientes para resetearme antes de soplar las velas.

Eso fue hace una semana.

Hoy falta exactamente otra semana para mi cumpleaños y mi paz interior ya está en terapia intensiva, conectada a un respirador emocional, con pronóstico reservado. Mientras tanto, el universo llevaba siete días jugando a su juego favorito: “¿Y si probamos cuánto aguanta este Ariano?”.

El primer día llegué a la oficina envuelto en una serenidad que me había costado tres tazas de té de tilo y dos meditaciones guiadas por un gurú de YouTube. Caminaba despacio, respiraba profundo y me repetía mentalmente que hoy Yo no era Yo, sino un helecho.

Fue entonces cuando apareció La Grosera. Aquella señora no entró: irrumpió con esa energía característica de quien viene a quejarse aunque todavía no sabe exactamente de qué. Si el universo fuera un restaurante, ella habría devuelto el Big Bang por estar “muy hinchado”. Apenas la vi sentí un escalofrío. En menos de tres segundos mis compañeros ejecutaron la desaparición colectiva más limpia de la historia corporativa: una silla quedó girando sola, un café humeaba sin dueño, un mouse seguía moviéndose por inercia, y un bolígrafo rodó por el piso como si sus dueños hubieran sido abducidos por extraterrestres.

Levanté la cara buscando un aliado, pero solo encontré silencio y mi Zen temblando como gelatina.

Buenas tardes —dije con mi mejor voz de monje tibetano.

¿Buenas? ¿Por qué? —respondió ella, como si yo hubiera cometido un crimen contra la gramática universal.

Tomé aire como si fuera el último oxígeno disponible. Mi Omm-Metro marcaba todavía un digno 10/10. Le pregunté en qué podía ayudarla y ella exclamó, abriendo los brazos como si invocara un huracán, que necesitaba ayuda en TODO porque todo estaba MAL: desde la puerta hasta el aire, que según ella estaba áspero.

Mientras seguía descargando su lista de agravios, alcancé a ver a los ocupantes de la oficina contigua asomando apenas un ojo detrás de una columna, como venados nerviosos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, la chica de recepción se escondió más rápido que mi paciencia.

Antes de que pudiera reaccionar, La Grosera remató diciendo que la planta de la entrada estaba triste y que éramos malos jardineros (en realidad dijo otra cosa, pero me da vergüenza repetirla). La miré asintiendo, aunque la planta lucía más verde y feliz que nunca, y yo empezaba a marchitarme por pura empatía. Mi Omm-Metro bajó a 6/10. Intenté responder, pero me interrumpió para criticar el tono con el que la estaba escuchando.

Del tono... Con el que la estaba escuchando. Así dijo, no me pregunten cómo pega eso. En ese momento entendí que mi retiro zen no sería un camino espiritual, sino un deporte extremo de alto riesgo.

Cuando por fin se marchó, mis compañeros reaparecieron como por arte de magia. Uno preguntó si ya se había ido, otro me extendió una galleta María con una palmada en la espalda como si hubiera desactivado una bomba nuclear, y alguien murmuró desde la impresora que yo era un héroe.

Pero mi Zen, aunque estaba herido, aún respiraba. Sin embargo, el universo, al parecer decepcionado por mi resistencia inicial, decidió subir la dificultad al modo experto.

Al día siguiente mi jefe entró con cara de quien vio un fantasma que además le debía un informe. En menos de diez segundos soltó la triple corona del desastre: informes nunca solicitados que eran  “para ayer”, una reunión urgente y un error de cálculo que nos costaría un riñón colectivo.

Necesitaba café con urgencia. Preparé la cafetera con cuidado, casi con devoción, pero al abrir el azúcar descubrí que no quedaba ni un grano. Bajé al minimarket, compré un paquete nuevo y regresé triunfante, solo para descubrir que el café que había colado había desaparecido hacia una dimensión alterna. Como si fuera poco, más tarde llegó un correo con el asunto en mayúsculas y sin texto, una llamada de “solo dos minutitos” que duró cuarenta y tres, y un documento que entregó una señora que comía mango con las manos desnudas y mirándome como si yo fuera el raro. Mi Omm-Metro bajó a 3/10 y emitió un sonido preocupante, como de electrodoméstico espiritual en corto.

Al tercer día, convencido de que necesitaba un respiro urgente, salí hacia el supermercado pensando que sería mi santuario. Grave error

de principiante. Treinta minutos en la fila de “máximo 10 artículos” bastaron para ver al señor de adelante debatiendo la existencia frente a los chocolates. Cuando por fin llegué a la caja, la cajera, con una calma de tortuga iluminada, sentenció que las tarjetas de mi banco no estaban pasando desde la mañana. Mi Omm-Metro bajó a 0.5/10. Mientras buscaba efectivo, un niño lloraba por un cereal con dinosaurio inexistente, un carrito me embistió el tobillo, una señora estornudó tan fuerte que me movió el cabello, y un paquete de harina se precipitó solo del estante. Salí de ahí con la única meta de llegar a casa cuanto antes.

Pero el universo todavía guardaba un regalito de último minuto. El vecino de la otra calle, con quien solo cruzo saludos a distancia, había caminado trescientos metros y subido la cuesta únicamente para interceptarme: “¡Epa! Tú que eres Ingeniero… el baño se me está inundando. ¡Eso parece un pantano!”. Tomé aire y busqué dentro de mí el último átomo de zen. Le expliqué que soy Ingeniero Agrónomo, pero él respondió que tierra y agua era lo mismo y que el baño era como un sistema de riego, pero al revés.

Mi alma abandonó mi cuerpo, dio una vuelta rápida por la cuadra y regresó solo porque le dio pena dejarme ahí solo con él. Le expliqué, con la poca paciencia que me quedaba, que si su baño fuera una plantación de papas con estrés hídrico yo sería su hombre, pero que para una poceta urbana necesitaba un plomero y bastante suerte.

Entré a mi casa, cerré el portón con un estruendo que despertó a los antepasados, pisé la tierra de una maceta volcada, el filtro de agua decidió fallar, y un mosquito, uno solo, me eligió como su misión personal. 

Se cortó la electricidad, así que me dejé caer en la oscuridad. Entonces el celular vibró con 45 mensajes del grupo de WhatsApp de los amigos que preparaban mi cumpleaños: “Muchachos, ¿y si mejor cada quien trae su silla y la bebida? El cumpleañero pone la comida”. 

Ahí me cayó la locha. Mi Omm-Metro, que ya llevaba rato en números negativos, marcó −∞ y emitió un pitido de rendición total.

Todavía faltaba una semana. Una semana completa. Una semana más de universo freestyle, de aire áspero, plantas representativas y pocetas pantanosas. Y en ese instante, con la serenidad oficialmente muerta y enterrada, sentí el calor subir desde el pecho, el pulso golpeando en las sienes y la sangre recordándome quién era. 

Mi verdadero yo, el Ariano puro, el Aries original, el Aries sin filtro, se levantó desde las cenizas como un ave fénix enojado.

Dejé el té de tilo a un lado, miré el calendario y declaré, con la voz de un general romano que acaba de quemar las naves:

¿Sabes qué? Al cuerno el remanso de paz. Yo soy Aries. Y mañana… mañana se hace lo que YO diga.

El universo, por primera vez en siete días, se quedó calladito.

domingo, 29 de marzo de 2026

Euler y la Geometría del Caos

A Mateo Salcedo las matemáticas le habían secuestrado la vida durante tres días. Cuarentón, con barba incipiente y cabello negro ya muy canoso, había llegado a un punto en el que no distinguía si estaba resolviendo problemas o si los problemas lo estaban resolviendo a él. Su único compañero en ese encierro académico era Euler, su gato: un felino negro, solemne, con la actitud de un profesor jubilado que supervisa todo sin mover un músculo de más.

Aquella mañana, con la cabeza aún espesa por la falta de sueño, Mateo abrió la laptop con la esperanza ingenua de que el ejercicio de optimización se hubiera vuelto más amable durante la noche. Apenas apoyó los dedos en el teclado, Euler apareció caminando con la gravedad de un inspector académico y, sin pedir permiso, se sentó justo frente a la pantalla, bloqueando la mitad inferior con precisión geométrica.

Magnífico —murmuró Mateo—. Te ubicas exactamente en el punto donde mi productividad tiende a cero. Un mínimo absoluto.

Euler bostezó, satisfecho.

— Ah. El humano intenta concentrarse. Procedo a intervenir.

Mateo intentó moverlo, pero el gato se dejó caer sobre el teclado con la densidad de un meteorito. La pantalla se llenó de letras sin sentido.

Estoy escribiendo mi paper evaluó Euler Sobre la fragilidad de la concentración humana.

Perfecto —suspiró Mateo. Un algoritmo estocástico. Impredecible, caótico y, encima, calienta el teclado.

Cansado de la lucha, y de ver la pantalla convertida en un jeroglífico, Mateo cambió al cuaderno. Apenas lo apoyó sobre la mesa, Euler lo siguió sin apuro y se acostó encima con una exactitud casi quirúrgica.

Superficie plana detectada. Ocupación prioritaria.

Necesito escribir —dijo Mateo, ya sin energía para la ironía.

Euler lo miró como quien piensa: "Escribe en otro dominio"

Después de varios minutos sin avanzar una sola línea, Mateo se rindió a una pausa inevitable. El cuerpo pedía un respiro antes que la mente, así que fue a la cocina a preparar café.

Allí, como si lo hubiera estado esperando, el gato reapareció y se ubicó justo en el punto donde las trayectorias del refrigerador y la estufa formaban un ángulo de colisión inevitable.

Simulación de obstáculos activada. Nivel de dificultad: humano cansado.

Mateo hizo una maniobra digna de un curso de cinemática avanzada para no pisarlo.

Vector felino intercepta vector humano —murmuró mientras esquivaba la cola—. Resultado probable: café derramado.

La taza cayó segundos después.

Experimento validado. Datos suficientes.

De regreso en la mesa, desesperado pero aún obstinado, Mateo reorganizó todo como si se tratara de un problema de programación lineal: laptop a la izquierda, cuaderno a la derecha, taza lejos del borde. Observó el conjunto con un orgullo breve, casi infantil.

Listo. No hay ningún punto donde puedas estorbar.

Euler lo contempló en silencio.

Desafío aceptado.

Saltó a la mesa, giró una vez sobre sí mismo y se acomodó exactamente en el único espacio libre que Mateo necesitaba para apoyar el brazo.

Eso no es geometría —dijo Mateo, vencido—. Eso es malicia pura.

Euler ronroneó: "Hipótesis confirmada".

El día se le fue desarmando entre intentos fallidos, sin que Mateo supiera bien en qué momento había dejado de luchar de verdad. Cuando quiso darse cuenta, la noche ya estaba instalada.

Al caer la noche, sin fuerzas para seguir estudiando, se acostó en la cama con el cuaderno aún abierto. No quería leer, pero tampoco podía cerrarlo. Sentía la solución cerca, como una palabra en la punta de la lengua, y esa sensación le tensaba aún más el cuerpo. Tenía la nuca rígida, los hombros duros, la persistente impresión de estar fallando en algo simple.

Euler saltó a la cama y lo observó en silencio, evaluando el sistema.

  • Variable ansiedad: alta.
  • Variable esperanza: mínima.
  • Intervención requerida.

Eligió entonces su lugar.

No se acostó sobre el cuaderno.

No ocupó el pecho.

No reclamó la almohada.

Se acomodó justo contra su costado, apoyando la cabeza en el brazo de Mateo, en el punto exacto donde su peso y su calor podían hacer efecto. El ronroneo comenzó lento, constante, como una función suave que amortigua un sistema inestable.

Mateo sintió cómo la respiración se le alargaba sin darse cuenta. Los hombros cedieron. La mano dejó de aferrar el cuaderno.

Y, en esa calma, en ese intervalo mínimo donde dejó de forzar la mente la solución apareció. Primero como una intuición tibia; luego, como una certeza clara. El error no estaba en la función, sino en la restricción. Bastaba con redefinir el dominio para que el punto crítico se volviera evidente.

Era eso… —susurró, sorprendido.

Euler abrió un ojo.

El dominio siempre es el problema.

Mateo sonrió y acarició al gato.

Gracias, colega.

Euler cerró los ojos.

Optimización emocional completada. Humano estabilizado. Procedo a dormir.

Y Mateo, por primera vez en días, sintió que todo estaba en equilibrio. No porque hubiera dominado las matemáticas, sino porque, gracias a un gato, había encontrado el punto exacto donde dejar de luchar y, por fin, descansar.

martes, 29 de julio de 2025

Amor Sin receta (o cuando el amor se cocina sin miedo)

Ernesto, Napoleón y el arte de pasear con dignidad

Ernesto Ramírez  lucía una barriga respetable, un corazón inquieto, y un chihuahua llamado Napoleón que sufría de complejo de rottweiler. El pequeño perro ladraba con furia a camiones, motocicletas y hojas secas que se movían sospechosamente. Caminaba con la dignidad de un emperador exiliado, y Ernesto lo seguía como si fuera su guardaespaldas personal.

Jubilado del banco, Ernesto vivía en una casa decorada con tapetes que parecían mapas de países imaginarios y cuadros torcidos que él juraba que estaban "en estilo diagonal expresionista", fuera lo que fuera eso. Su rutina era simple: despertar tarde, leer el periódico como si fuera una novela de suspenso, y pasear a Napoleón por el barrio.

Pero cada mañana, había una parada obligatoria: la biblioteca. No por los libros, claro, sino por Carmen.

Carmen era la bibliotecaria. Pelo plateado recogido en un moño impecable, gafas de marco rojo, y una voz que hacía que hasta los manuales de impuestos sonaran poéticos. Ernesto la miraba como quien contempla una obra de arte que no se atreve a tocar. Ella, por su parte, lo saludaba con cortesía... y cero interés romántico.

Ernesto había intentado impresionarla con frases como:

¿Sabías que los libros también suspiran cuando los cierras?

Napoleón y yo creemos que la poesía está subestimada.

¿Te gustan los hombres que saben distinguir entre Borges y el menú del día?

Nada funcionaba. Carmen sonreía, pero seguía siendo un misterio.

Un martes cualquiera, Ernesto entró a la biblioteca con Napoleón en brazos, porque el perro había decidido que ese día no caminaría si no era sobre mármol. Mientras fingía leer la contratapa de un libro sobre jardinería japonesa, escuchó a Carmen conversando con una amiga entre los estantes.

A mí me fascinan los hombres que saben cocinar —decía Carmen con esa voz que hacía que hasta los diccionarios sonaran como poesía.

¿Cocinar? —respondía la amiga.

Sí. Hay algo en el aroma de una buena salsa que me derrite. Me parece íntimo, generoso... y muy sexy.

Ernesto sintió que el universo lo empujaba por la espalda. Su corazón latía como si estuviera en una carrera de relevos sin equipo. Se escondió detrás de una estantería, fingiendo buscar libros de horticultura, mientras su mente se llenaba de pensamientos contradictorios: ¿Cocinar? ¿Yo? ¿Sexy? ¿Dónde queda la salsa en el supermercado?

Napoleón lo miraba con esa expresión que solo los chihuahuas con complejo de rottweiler pueden tener: una mezcla de juicio, incredulidad y “no lo hagas, humano”.

Pero Ernesto ya estaba en trance. Se acercó a Carmen con una sonrisa nerviosa y una valentía que parecía prestada.

Carmen — empezó, con voz temblorosa — he estado pensando... bueno, no pensando exactamente, más bien sintiendo... y me preguntaba si... este sábado... te gustaría venir a cenar a mi casa. Yo... cocinaré para ti.

Carmen lo miró con sorpresa. No se rió. No se burló. Lo observó como quien encuentra una nota escrita a mano en medio de un libro olvidado.

— ¿Tú cocinas? — preguntó, con una mezcla de curiosidad y cautela.

— Sí... bueno, no profesionalmente. Pero tengo mis momentos. Algunos involucran fuego. Otros, vino. Pero todos con intención.

Carmen sonrió, no por la propuesta, sino por la forma en que Ernesto la decía. Había algo en su torpeza que le resultaba entrañable. Algo que no había visto en los hombres que hablaban de recetas como si fueran tratados de guerra.

Está bien — dijo finalmente —. Acepto. Pero solo si Napoleón aprueba el menú.

Ernesto se rió, aliviado. Napoleón estornudó.

Eso cuenta como aprobación, ¿no?

Salieron de la biblioteca. Ernesto flotaba. Napoleón lo seguía con cara de “¿Qué hiciste, humano?”. Ernesto murmuraba:

¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?

Supervivencia romántica y queso en cantidades sospechosas

Desde que Carmen dijo “acepto”, Ernesto entró en modo supervivencia romántica. Sabía que no podía improvisar con pan y queso. Esta vez, tenía que cocinar de verdad. O al menos fingirlo con convicción.

Su primera parada fue YouTube. Buscó “cómo cocinar para impresionar sin morir en el intento”. Los resultados eran variados:

  • Un chef argentino que gritaba más de lo que cocinaba.
  • Una señora mexicana rodeada de cinco hijos y dos gallinas.
  • Un joven italiano que hablaba de pasta como si se tratara de filosofía existencial.

Ernesto intentó hacer lasaña. Confundió el horno con el microondas y terminó con queso fundido en la lámpara. Napoleón ladró como si hubiese presenciado un crimen.

Intentó arroz. El video decía “fácil y rápido”, pero Ernesto logró una pasta gris de consistencia cerámica. Lo usó para tapar una grieta en la pared.

Compró tres libros de cocina: uno francés, uno vegetariano, y otro que parecía escrito por un poeta en ayuno. Subrayó frases como “sofrito con carácter” y “textura emocional del puré”, sin entender nada. Napoleón se comió una esquina del libro vegetariano como protesta.

Desesperado, comenzó a visitar los puestos de comida del barrio. Don Lucho, el arepero de la esquina, le enseñó a voltear una arepa sin perder la dignidad. Maritza, la reina del pastelito, le dijo:  

Mijo, si no sabes cocinar, hazlo con cariño. Y si no tienes cariño, échale queso.

Ernesto tomó nota. Compró queso. Mucho queso.

El pollo existencial y la cena que casi fue incendio

El sábado amaneció soleado, como si el universo quisiera darle a Ernesto una falsa sensación de esperanza. Se levantó temprano, se afeitó con esmero, se puso su mejor camisa (la que no tenía manchas de café) y su delantal favorito: el que decía “Chef por accidente”.

Napoleón lo observaba desde su cojín, con esa mirada de rottweiler filosófico que decía: “Hoy es el día. Hoy se quema la casa”.

Ernesto intentaría preparar Coq au vin. Sonaba sofisticado. Los ingredientes estaban listos:

  • Pollo (entero y confuso).
  • Vino tinto (una botella para la receta, otra para los nervios).
  • Champiñones, cebolla, ajo, zanahorias.
  • Hierbas aromáticas que olían a jardín recién regado.

La receta decía “marinar el pollo en vino durante dos horas”. Ernesto pensó: “¿Y si lo marino en cariño y me tomo el vino?

A la tercera copa, hablaba con el pollo:

Tú y yo, amigo, tenemos una misión. Tal vez no salgas crujiente, pero saldrás con dignidad.

La cocina olía a vino, humo y desesperación. Ernesto cantaba boleros con una cuchara de madera. El sartén protestaba. El horno emitía sonidos sospechosos.

El pollo terminó en la licuadora. Las zanahorias aparecieron en el baño. Nadie sabe cómo.

Faltaban veinte minutos para que Carmen llegara. Ernesto miró el desastre:

  • El pollo parecía una escultura abstracta.
  • La salsa tenía la consistencia de una novela experimental.
  • El vino… se había ido.
  • Él… estaba ligeramente mareado, pero emocionalmente comprometido.

Sopa emocional, vino sobreviviente y un perro que sabía más que todos

Carmen entró con una sonrisa que no era cortesía, sino curiosidad genuina. Llevaba un vestido azul con estampado de libros abiertos. Napoleón, que normalmente ladraba a todo lo que respiraba, la olfateó, se acostó a su lado y pareció decir: “Esta sí. Esta es buena gente”.

Ernesto, nervioso pero decidido, la condujo al comedor. Había puesto la mesa con esmero: mantel sin manchas, copas que no combinaban pero brillaban, y una vela que olía raro, pero lucía romántica.

¿Qué preparaste? — preguntó Carmen.  

Una reinterpretación libre de Coq au vin — dijo Ernesto —. Muy libre. Tan libre que podría ser otra cosa.

La sopa (porque todo se convirtió en sopa) tenía pollo, zanahorias rebeldes y una salsa con emociones propias. Carmen la probó, cerró los ojos y sonrió.

Está… inesperada.  

¿Eso es bueno?  

Es como leer un poema que no rima, pero te hace sentir cosas.

El vino sobreviviente fue servido. Napoleón se sentó entre ellos, como mediador diplomático. Hablaron de libros, de viajes no hechos, de canciones que dolían sin saber por qué.

Carmen habló de su juventud en Mérida, de un amor que se fue sin despedirse, de cómo los libros la salvaron. Ernesto confesó que lloraba con comerciales de café y que escribió una carta de amor a una planta que murió en invierno.

¿Y qué decía la carta? — preguntó Carmen.  

— “Querida Hortensia: si alguna vez decides volver, prometo regarte con poesía y no con agua del grifo.

Carmen rió con esa risa que no se finge. Ernesto no necesitaba impresionar. Solo estar.

El postre inesperado y la confesión que no estaba en el menú

Ernesto, con el sudor de quien ha enfrentado batallas con sartenes y recetas contradictorias, presentó el postre: una gelatina que parecía haber sobrevivido a una guerra de frutas. Algunas rodajas de kiwi flotaban como náufragos. Las fresas, dramáticas, miraban al horizonte.

Carmen arqueó una ceja.  

¿Esto también es reinterpretación libre?  

Es una metáfora de mi vida: dulce, confusa y con trozos que no sé cómo llegaron ahí.

Ella probó la gelatina. Hizo una pausa. Lo miró con una sonrisa traviesa.  

Ernesto… dime la verdad.  

¿Sí?  

No sabes cocinar, ¿verdad?

Justo entonces, Napoleón, que hasta ese momento había estado tumbado, se incorporó. Lo miró fijamente, solidario pero inquisitivo. Parecía decir: “Y ahora, humano... ¿qué harás?”

Ernesto sintió que el alma se le encogía como espagueti mal cocido. El silencio se volvió espeso. Carmen lo observaba con una mezcla de ternura y picardía que desarma cualquier defensa. Napoleón, firme, parecía el jurado emocional de la escena.

¿Qué te hace pensar eso? —intentó Ernesto.  

La sopa tenía emociones. El pollo parecía haber pasado por terapia. Y esta gelatina… esta gelatina está en crisis existencial.

Ernesto bajó la mirada. Napoleón se acercó lentamente, se sentó junto a él y apoyó la cabeza en su pierna. Como diciendo: “Confiesa. No estás solo.

No sé cocinar — dijo al fin —. Lo más elaborado que he hecho antes de esto fue calentar arepas en la tostadora. Y una vez… quemé el cereal.

Napoleón parpadeó. No juzgó. Solo lo miró como quien ha visto cosas peores en el parque.  

¿Quemaste el cereal? —preguntó Carmen.  

Sí. No preguntes cómo. Fue un momento muy oscuro.

Silencio. Ernesto sentía que hasta los cubiertos lo juzgaban. Pero entonces, Carmen se rió. No una risa burlona, sino una carcajada luminosa, como abrir una ventana en medio de una tormenta.

¿Y entonces por qué hiciste todo esto?  

Porque quería que esta noche fuera especial. Porque tú me gustas. Porque pensé que si lograba que el pollo no se rebelara, tal vez tú verías que lo intenté.

Napoleón lo miró con respeto renovado. Caminó hacia Carmen y le lamió la mano. Como si dijera: “Este humano es torpe, pero tiene buen corazón.

¿Sabes qué es lo más especial de esta cena? — dijo Carmen —. Que es la primera vez que alguien cocina para mí sin saber hacerlo, solo para complacerme, a pesar del temor. Eso… eso vale más que cualquier receta francesa.

Ernesto sintió cómo el pánico se derretía como queso sobre arepa caliente. No había sido perfecto. Pero había sido real.

Napoleón se acomodó entre ellos, como quien sabe que el amor, aunque torpe, ha triunfado.  

¿Entonces… me das otra oportunidad? —preguntó Ernesto.  

Claro. Pero la próxima vez, cocinamos juntos.  

¿Y si quemamos el cereal?  

Nos comemos el vino.

Rieron. Ernesto respiró. Carmen lo miró con complicidad. Y Napoleón, satisfecho, se tumbó a sus pies, como quien sabe que el caos emocional también puede tener final feliz.

Epílogo: El arte de limpiar el desastre y dejar huellas

La cena había terminado, pero la cocina parecía el escenario de una batalla entre ingredientes con voluntad propia. Restos de cebolla llorada, cucharones abandonados como soldados caídos, y una sartén que claramente había visto cosas que prefería no recordar.

Ernesto contemplaba el caos con la expresión de quien ha sobrevivido a una guerra sin saber si ganó. Carmen, a su lado, observaba todo con una mezcla de asombro y risa contenida.

¿Esto lo hiciste tú solo? —preguntó, levantando una cuchara que parecía un pincel de arte abstracto.  

Sí. Y parte de mí no sabe cómo sigo vivo.

Napoleón se asomó desde el pasillo, olfateó el aire y retrocedió con dignidad. “Esto no es para mí”, parecía decir.

Bueno — dijo Carmen, arremangándose —. Dijimos que cocinaríamos juntos. Pero creo que hoy toca sobrevivir juntos.

Y así comenzó la segunda parte de la velada: la limpieza. Entre risas, bromas sobre utensilios con traumas y una esponja que parecía rendirse cada cinco minutos, restauraron el orden.

Ernesto lavaba mientras Carmen secaba. Cada plato era una excusa para una nueva anécdota. La cocina, poco a poco, dejó de parecer un campo de batalla y se convirtió en un espacio compartido. Un lugar donde el desastre no era vergüenza, sino historia.

¿Sabes? — dijo Carmen mientras guardaba los vasos—. Esta ha sido una de las noches más especiales que he tenido en mucho tiempo.  

Ernesto se detuvo, con las manos aún mojadas.  

¿Por la gelatina existencial?  

Por ti. Por lo que hiciste. Por cómo lo hiciste. Por no esconderte detrás de nada.

Napoleón, desde su rincón, levantó la cabeza. Atento. Silencioso.

Hace mucho que un hombre no me impresiona — continuó Carmen —. Y tú lo hiciste. No por lo que cocinaste, sino por atreverte a hacerlo.

Se acercó a Ernesto, lo miró con ternura y le dio un beso en la frente.  

Buen principio —susurró.

Ernesto no respondió. Tenía el corazón lleno y las palabras ocupadas en no estorbar.

Carmen tomó su bolso, acarició a Napoleón, que la miró con respeto, y salió por la puerta con una sonrisa que se quedó flotando en el aire.

El silencio volvió. Ernesto miró la cocina limpia como si fuera un símbolo de algo más profundo.

Entonces, Napoleón se acercó. Lo miró fijamente y ladró. Una sola vez. Firme. Claro. Como diciendo: “Bravo, humano. Lo lograste.

Ernesto sonrió.  

Gracias, compañero.

Napoleón se tumbó a sus pies. Y en ese instante, Ernesto supo que no había terminado nada. Apenas comenzaba.

Porque a veces, el amor no entra por la puerta con flores ni frases perfectas. A veces llega disfrazado de desastre, de sopa emocional y de gelatina en crisis. Y si uno se atreve a mostrarse torpe, honesto y dispuesto a aprender, entonces algo cambia.

No todo se arregla en una noche. Pero hay noches que abren ventanas. Que limpian rincones. Que enseñan que el valor no está en saber hacerlo todo bien, sino en atreverse a hacerlo con el corazón en la mano.

Y esa noche, entre platos lavados y un perro sabio, Ernesto descubrió que el principio más valioso… es el que se construye con esperanza.


miércoles, 23 de julio de 2025

Manual para sobrevivir al visto (sin perder la dignidad ni el WiFi)

Última actualización: justo después de que me dejaran en visto por quinta vez esta semana.

Estado emocional: Estable, pero con tendencia a dramatizar.

Nivel de batería: 17%. Como mi fe en la humanidad.

Manual en mano, dignidad encendida y WiFi intermitente... pero seguimos vivos.

Dicen que el universo está lleno de misterios: agujeros negros, dimensiones paralelas y mujeres que te dejan en "visto" sin culpa alguna. El “visto” es un fenómeno moderno con tintes paranormales, un regalo cruel de la tecnología que nos da marquitas azules para recordarnos que la conexión humana no siempre sigue el ritmo del WiFi.

Ocurre rápido, te deja en sombra, y nadie te explica por qué. Tú escribes algo con cariño, con chispa, con intención. Ellas lo leen. Y luego… silencio. Ni un emoji. Ni un “jajaja”. Ni siquiera un “ok”. Solo esas dos marquitas azules que brillan como ojos de gato en la oscuridad. Y tú ahí, como un náufrago digital, esperando respuesta en una isla llamada “esperanza”.

Pero no todos los vistos son iguales. Para sobrevivirlos, primero hay que conocer sus formas. Uno, que ya ha desarrollado cierta sensibilidad para detectar microdesprecios, empieza a reconocer patrones. Hay tipos de visto. Estilos. Escuelas. Técnicas refinadas de ignorar con clase. Aquí los más comunes:

1. Visto glacial: Leído a las 10:03 a. m., ignorado hasta el fin de los tiempos. Como aquella vez que le escribí a Ana un poema improvisado, vi las marquitas azules, y aún estoy esperando su respuesta… desde 2023.

Efecto: congelamiento emocional, dudas existenciales y revisión compulsiva de ortografía.

2. Visto explosivo: Leído, ignorado… y tres días después ella te manda un sticker de un gato bailando.

Efecto: confusión, risa nerviosa y la tentación de googlear “¿cómo interpretar un sticker de gato bailando?”

3. Visto zen: Leído, ignorado, pero ella te manda un meme en otra conversación.

Efecto: iluminación súbita sobre tu lugar en la jerarquía afectiva.

4. Visto búmeran: Leído, ignorado… pero días después ella responde como si nada, retomando la conversación sin mencionar el abandono.

Efecto: confusión existencial. ¿Finges que no esperaste? ¿Respondes con naturalidad o con sarcasmo?

5. Visto espejo: Leído, ignorado… y luego ella publica una frase en su estado tipo: “A veces el silencio dice más que mil palabras.

Efecto: indignación y autoanálisis. ¿Es indirecta? ¿Es poesía? ¿Es sadismo?

6. Visto con presencia: Leído, ignorado… y ella sigue en línea, chateando con otros (en realidad, tu piensas en singular), mientras tu mensaje flota en el limbo digital.

Efecto: sensación de ser ignorado en tiempo real, con conexión estable y elegancia pasiva.

7. Visto holograma: Leído, ignorado... y días después ella responde como si hubieran estado conversando por telepatía todo este tiempo.

Efecto: choque temporal, dudas metafísicas y necesidad de consultar con tu terapeuta.

Después de este desfile de indiferencias creativas, es imposible salir ileso. Pero no todo está perdido. Existen formas de resistir sin perder la elegancia (ni los datos móviles). He probado varias. Algunas funcionan. Aquí las más efectivas:

1. Date un respiro:
 
Aceptar que, para ella, tu mensaje no fue prioridad. Preguntarte si ella merece espacio en tu mundo.

Efecto: claridad mental.

Advertencia: no hiperventilar frente a la pantalla.

2. No reenviar el mensaje: El silencio ya habló. Repetirlo solo debilita tu dignidad.

Efecto: preservas tu elegancia emocional.

Advertencia: resistir la tentación de escribir “¿hola?” tres veces.

3. Evitar el “¿me leíste?”: Ella lo leyó. Tú lo sabes.

Efecto: orgullo intacto.

Advertencia: la urgencia pasará. Como todo.

4. Componer una balada épica: Escribir una canción sobre el visto y cantarla en la ducha hasta recuperar la autoestima.

Efecto: liberación emocional.

Advertencia: no uses Autotune. Al menos no todavía.

5. Moverte: Bailar un merengue, lavar los platos, hacer origami. Escribir en tu blog (¡Hola!)... O simplemente salir a respirar aire de verdad.

Efecto: distracción saludable.

Advertencia: no bailes frente al celular esperando que ella responda. Eso ya lo hiciste.

6. Reformular el silencio: Ella tiene el alma en modo avión, aunque el WiFi funcione. No recibe ni envía afecto, atención o palabras… al menos de ti. Señal emocional: fuera de cobertura.

Efecto: cambio de perspectiva.

Advertencia: no creerse demasiado el propio discurso, aunque funcione.

7. Practicar el visto inverso: Leído, ignorado… ahora por ti. No por venganza, sino por equilibrio cósmico.

Efecto: poder momentáneo, leve culpa, paz interior.

Advertencia: usar solo con reincidentes.

Con estas herramientas en mano, el “visto” deja de ser un abismo y se convierte en un desafío superable. Respira. Porque al final, no deberías hacer tanto drama. Si ella no responde, puede que simplemente no quiera. Tal vez no eres para ella lo que crees que eres, o lo que quisieras ser. O quizás sí lo eres, pero justo en ese momento estaba ocupada, se distrajo, o se le cruzó una mosca existencial.

En cualquier caso, no puedes hacer nada. Y eso, aunque duela, también es liberador.

Mejor dedícate a quien sí quiera hablar contigo en el momento. O lee un libro. O duerme. O escribe en tu blog (¡ejem!). A la larga, si ella quiere, te escribirá. Y si no… te evitarás mucho sufrimiento innecesario.

El “visto” no te borra, te redirecciona.

Alrededor de esta fogata digital, por ejemplo, seguimos contando historias, incluso cuando el “visto” intenta apagar las brasas. Yo, para consolarme, a veces imagino que existe un servidor celestial donde se almacenan los mensajes ignorados. Un espacio digital, medio místico, donde los “hola” sin respuesta flotan como cometas, y los “¿cómo estás?” orbitan sin destino.

En ese servidor celestial, en ese mismo lugar donde se acumulan las palabras que nadie escuchó (véase mi otra entrada: Manual para no ser escuchado), estoy seguro de que también hay un rincón reservado para los textos leídos y abandonados. 

Y aunque nadie los recoja, aunque nadie los responda, yo sigo escribiendo. Porque si existe ese lugar, entonces cada palabra que lanzo al vacío no desaparece: flota como una linterna encendida en una noche sin respuestas. Y eso basta.

Hablar, incluso sin eco, sigue siendo mi forma de habitar el mundo.

Y si alguna vez llega una respuesta, yo tendré intactas mis ganas, mi presencia, mi humanidad… para quien quiera compartirla en un mensajito.

Y si no…

que al menos me manden un ponquecito... Sin pasas.

Ya saben por qué (Si no, vean mi otra entrada).

jueves, 26 de junio de 2025

Manual para no ser escuchado (y sobrevivir al intento)

Última hora: se reporta la muerte trágica de otra conversación con futuro. 

La causa oficial: abandono espontáneo del interlocutor, precedido por una mirada vagamente interesada y una fuga silenciosa hacia ninguna parte.

La víctima:  (yo, por supuesto) quedó en la escena, junto a una taza de café tibio, una silla giratoria y el eco de sus propias palabras flotando como globos sin dueño.

La escena es tan común que ya debería enseñarse en las escuelas: alguien habla con entusiasmo, hilando ideas, contando algo con intención... y tu interlocutor, con la habilidad de un ninja distraído, desaparece. A veces sin siquiera intentar disimular. Simplemente se desconecta, o se va como si pulsara el botón de “salir de la reunión” en su mente.

Y seamos sinceros: todos hemos estado en ambos lados. Pero hay una verdad que no se puede ignorar: prestar atención no es un lujo ni una concesión, es una forma básica de respeto. No importa si la persona está contando una anécdota, compartiendo un problema o diciendo algo aparentemente trivial. En ese momento, ha depositado en ti su voz, su tiempo, sus ideas. Y tú estás ahí. Tienes oídos. Úsalos.

Ahora bien, si por alguna razón necesitas irte, está bien. Todos hemos sentido ese tirón existencial hacia el baño, una llamada urgente, o la necesidad vital de seguir una mosca hasta el fin del mundo. Pero al menos haz el gesto: un “te escucho en un momento”, un “ahora regreso”, o incluso un “no quiero parecer grosero, pero...”.

Algo. Lo que sea. Porque marcharse sin aviso es como cerrar la puerta en medio de un abrazo: duele, confunde y te deja con los brazos colgando.

Y esto, por alguna razón, a mi me pasa con demasiada frecuencia. No importa si hablo de algo personal, profesional, o simplemente cuento una historia con chispa. Basta que por ejemplo, una pelusa o cualquier otra cosa que no sea yo, flote entre nosotros para que active el protocolo de escape silencioso y desaparezca de mi vista sin ninguna explicación.

Y creo que no se trata de charlas aburridas las que hago. Me esfuerzo. Les pongo ritmo, gracia, estructura. A veces me siento como un guionista improvisando una escena épica. Pero da igual. Una notificación, un perro bostezando, una hormiga caminando… y la importancia de mis palabras se desvanecen como el vapor que escapa de mi taza de café, cada vez más fría.

Y sí, me enfurece. Porque una cosa es que no conectes con lo que digo, y otra muy distinta es que me borres en tiempo real. Sentir que lo que uno dice vale menos que el sonido del hielo en un vaso... eso duele. Es una falta de respeto disfrazada de distracción.

Recuerdo una vez en particular. Estaba explicando a alguien algo importante del trabajo: tiempos, presupuesto, recursos. Nada emocional, nada abstracto.

Mi taza de café humeaba frente a mí, como intentando seguirme el paso. Ella parecía atenta… hasta que su mirada se desvió hacia la ventana. Me quedé en silencio, con la frase a medio camino, sintiendo cómo mi entusiasmo se deshacía como arena entre los dedos.

Y entonces, sí, noté que miraba algo. Quizá una mosca, o algo igual de absurdo. Pero en ese momento, para mí, fue como una maldita mosca. Y la frustración fue la misma: no era solo la interrupción, sino la sensación de que lo que soy, lo que pienso, no importa lo suficiente para retener una mirada, un instante.

Y no termina ahí. Más calmado, uno intenta retomar la conversación. Mandas un mensaje. Haces una broma. Lanzas otra idea. Pero revivir una charla caída es como intentar reanimar un cactus: no importa cuánto lo riegues, si ya está seco, se acabó. Y te queda esa sensación amarga, como un sorbo de café frío. Como si hablar fuera un riesgo. Como si cada palabra saliera con su propio seguro de abandono.

Con el tiempo, uno se vuelve más cuidadoso. Empieza a guardarse las buenas ideas como si fueran dulces caros. Ya no por miedo, sino por puro cansancio. Porque cuando te dejan hablando solo una y otra vez, aprendes que tus palabras no merecen el vacío como respuesta.

Pero, sin embargo, sigo intentado. Aunque sea con cuidado. Porque soy terco. O quizá un optimista sin remedio. Porque hablar, aunque no siempre funcione, es mi forma de estar en el mundo.

Eso sí, ojalá que la próxima vez que alguien me deje hablando solo, que al menos tenga la decencia de dejarme un café pagado, una nota de disculpas… y un ponquecito al menos. Sin pasas. Eso ya sería sadismo.

Y si leyendo esto piensas: “Vaya, qué historia más tonta…”, Mejor no te cuento lo de WhatsApp.  Ahí lo de dejarme hablando solo entra en el terreno de los zombies mutantes. Ahí me dejan con el diabólico visto. Esas terroríficas marquitas azules que dicen mas que mil mensajes de audio. Que se muestran arrogantes como alguien les hubiera nombrado cura para el aburrimiento (Cosa por lo demás segura). En silencio. Con frialdad.

Con ese iconico color azul que se me antoja lápida.

¿Saben?. A veces imagino que existe en alguna parte un sector cósmico donde van a parar todas las palabras no escuchadas. Una sala de espera galáctica, con pantallas flotantes que parpadean en tonos azulados.

Un lugar con luces tenues que titilan como estrellas lejanas y donde impera un silencio denso, como si el universo mismo contuviera el aliento. Ahí están mis ideas, archivadas como expedientes olvidados:

Proyecto de mejora”, guardado sin abrir.

Confesión tímida”, pendiente de entrega.

Chiste con remate brillante”, flotando a media carcajada.

Pero en esa sala, mis palabras no se rinden. Siguen esperando, tercas, a que alguien, algún día, presione “reproducir”. Y si no, no importa. Yo seguiré aquí, con una taza de café en la mano, lanzando palabras al vacío como quien lanza botellas al mar de un universo distraído. Algún día, alguien (ojalá quien ahora importa) abrirá una.

Y si no, al menos sabrán que existí, que intenté.

Sabrán que hablé.


















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