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domingo, 29 de marzo de 2026

Euler y la Geometría del Caos

A Mateo Salcedo las matemáticas le habían secuestrado la vida durante tres días. Cuarentón, con barba incipiente y cabello negro ya muy canoso, había llegado a un punto en el que no distinguía si estaba resolviendo problemas o si los problemas lo estaban resolviendo a él. Su único compañero en ese encierro académico era Euler, su gato: un felino negro, solemne, con la actitud de un profesor jubilado que supervisa todo sin mover un músculo de más.

Aquella mañana, con la cabeza aún espesa por la falta de sueño, Mateo abrió la laptop con la esperanza ingenua de que el ejercicio de optimización se hubiera vuelto más amable durante la noche. Apenas apoyó los dedos en el teclado, Euler apareció caminando con la gravedad de un inspector académico y, sin pedir permiso, se sentó justo frente a la pantalla, bloqueando la mitad inferior con precisión geométrica.

—Magnífico —murmuró Mateo—. Te ubicas exactamente en el punto donde mi productividad tiende a cero. Un mínimo absoluto.

Euler bostezó, satisfecho.

— Ah. El humano intenta concentrarse. Procedo a intervenir.

Mateo intentó moverlo, pero el gato se dejó caer sobre el teclado con la densidad de un meteorito. La pantalla se llenó de letras sin sentido.

—Estoy escribiendo mi paper— evaluó Euler— Sobre la fragilidad de la concentración humana.

—Perfecto —suspiró Mateo. Un algoritmo estocástico. Impredecible, caótico y, encima, calienta el teclado.

Cansado de la lucha, y de ver la pantalla convertida en un jeroglífico, Mateo cambió al cuaderno. Apenas lo apoyó sobre la mesa, Euler lo siguió sin apuro y se acostó encima con una exactitud casi quirúrgica.

Superficie plana detectada. Ocupación prioritaria.

—Necesito escribir —dijo Mateo, ya sin energía para la ironía.

Euler lo miró como quien piensa: "Escribe en otro dominio"

Después de varios minutos sin avanzar una sola línea, Mateo se rindió a una pausa inevitable. El cuerpo pedía un respiro antes que la mente, así que fue a la cocina a preparar café.

Allí, como si lo hubiera estado esperando, el gato reapareció y se ubicó justo en el punto donde las trayectorias del refrigerador y la estufa formaban un ángulo de colisión inevitable.

—Simulación de obstáculos activada. Nivel de dificultad: humano cansado.

Mateo hizo una maniobra digna de un curso de cinemática avanzada para no pisarlo.

—Vector felino intercepta vector humano —murmuró mientras esquivaba la cola—. Resultado probable: café derramado.

La taza cayó segundos después.

—Experimento validado. Datos suficientes.

De regreso en la mesa, desesperado pero aún obstinado, Mateo reorganizó todo como si se tratara de un problema de programación lineal: laptop a la izquierda, cuaderno a la derecha, taza lejos del borde. Observó el conjunto con un orgullo breve, casi infantil.

—Listo. No hay ningún punto donde puedas estorbar.

Euler lo contempló en silencio.

Desafío aceptado.

Saltó a la mesa, giró una vez sobre sí mismo y se acomodó exactamente en el único espacio libre que Mateo necesitaba para apoyar el brazo.

—Eso no es geometría —dijo Mateo, vencido—. Eso es malicia pura.

Euler ronroneó: "Hipótesis confirmada".

El día se le fue desarmando entre intentos fallidos, sin que Mateo supiera bien en qué momento había dejado de luchar de verdad. Cuando quiso darse cuenta, la noche ya estaba instalada.

Al caer la noche, sin fuerzas para seguir estudiando, se acostó en la cama con el cuaderno aún abierto. No quería leer, pero tampoco podía cerrarlo. Sentía la solución cerca, como una palabra en la punta de la lengua, y esa sensación le tensaba aún más el cuerpo. Tenía la nuca rígida, los hombros duros, la persistente impresión de estar fallando en algo simple.

Euler saltó a la cama y lo observó en silencio, evaluando el sistema.

  • Variable ansiedad: alta.
  • Variable esperanza: mínima.
  • Intervención requerida.

Eligió entonces su lugar.

No se acostó sobre el cuaderno.

No ocupó el pecho.

No reclamó la almohada.

Se acomodó justo contra su costado, apoyando la cabeza en el brazo de Mateo, en el punto exacto donde su peso y su calor podían hacer efecto. El ronroneo comenzó lento, constante, como una función suave que amortigua un sistema inestable.

Mateo sintió cómo la respiración se le alargaba sin darse cuenta. Los hombros cedieron. La mano dejó de aferrar el cuaderno.

Y, en esa calma, en ese intervalo mínimo donde dejó de forzar la mente la solución apareció. Primero como una intuición tibia; luego, como una certeza clara. El error no estaba en la función, sino en la restricción. Bastaba con redefinir el dominio para que el punto crítico se volviera evidente.

—Era eso… —susurró, sorprendido.

Euler abrió un ojo.

El dominio siempre es el problema.

Mateo sonrió y acarició al gato.

—Gracias, colega.

Euler cerró los ojos.

Optimización emocional completada. Humano estabilizado. Procedo a dormir.

Y Mateo, por primera vez en días, sintió que todo estaba en equilibrio. No porque hubiera dominado las matemáticas, sino porque, gracias a un gato, había encontrado el punto exacto donde dejar de luchar y, por fin, descansar.

lunes, 12 de enero de 2026

Guardián de la memoria

¿Quién podrá decirme dónde guardo lo que no recuerdo?

Fernando Pessoa (Quizá) 


Hoy leí esta frase y pensé:

Somos guardianes de un tesoro, pero perdimos la llave.

Cargamos maletas cuyo contenido parece borrado, aunque su peso aún nos dobla la espalda. En la buhardilla del pecho se amontona lo que la memoria jubiló: nombres sin voz y el color de tardes que nos cambiaron.

Preguntar dónde está lo olvidado es preguntar quién vive dentro de nosotros al cerrar los ojos. Porque lo olvidado no muere; permanece, como un nudo en la garganta o un olor que trae la nostalgia.

No somos, entonces, solo el relato cómodo que contamos. También somos un archivo silencioso que espera a que el azar nos devuelva lo que fuimos. La memoria no se pierde; solo aguarda en un rincón cuyo mapa no sabemos leer.

Y sin embargo, mientras cargamos el peso de lo olvidado, guardamos también un incendio que no elegimos. Un fuego que nos calienta y nos consume a la vez.

Por eso, mientras llevamos las maletas del olvido, en el pecho nos arden llamas que no se apagan: rostros que se resisten al borrón, ojos profundos como la noche, voces en salas imposibles de cerrar. Y el sabor intacto de instantes que el corazón reaviva cada día.

Podríamos preguntarnos, entonces, ¿por qué no podemos soltar lo que sí recordamos? Porque lo inolvidable no espera: irrumpe. Se vuelve pulso furioso, herida al roce o llamarada al cruzar una calle que fue nuestra.

Así que no somos solo el relato editado para sobrevivir, ni el archivo que aguarda en la sombra. Somos, sobre todo, la hoguera inextinguible de lo que sentimos. Ella nos recuerda, con crudeza luminosa, la versión más viva y dolorosa de nosotros mismos.

Lo amado no se pierde; solo se transforma en un fuego eterno cuyo calor ya no sabemos apagar.

Al final, tanto el peso de lo olvidado como el fuego de lo recordado nos moldean. No somos una memoria o una ausencia, sino el paisaje que ambas fuerzas tallan. Nuestro contexto no se construye con lo que elegimos guardar o soltar, sino con la tensión permanente entre el peso que nos dobla y la llama que nos obliga a seguir en pie.

martes, 2 de septiembre de 2025

No estoy roto, estoy desbordado....

No sé si me habita la depresión
o solo un desorden distraído.

A veces me descubro
como quien deja la puerta entreabierta
para que el viento desordene sus papeles.

Mis ojos se extravían.
Me pierdo en los bordes de las cosas:
el temblor de una cortina,
el reflejo en una taza vacía,
el silencio que nadie nombra.

De ese vacío nace una marea antigua,
con el rostro de palabras calladas,
con el peso de esperas sin nombre.

De esa marea se levanta mi sombra:
llega antes que yo,
se sienta en la silla más quieta
y observa cómo me olvido.

No estoy roto.
Estoy desbordado.

Por mis grietas se filtran
memorias que no viví,
promesas que no pedí.

Camino dentro
de una fotografía borrosa,
buscando el instante
donde el dolor se funde en paisaje.

Y allí, en la niebla,
algo germina en secreto.
A veces, una flor crece
sin que nadie la haya sembrado.

Y en medio de ese germinar incierto
confío en alguien
que nunca llega.

Y en su ausencia crece la flor
que yo no sembré.

No la miro,
pero sé que espera.

Aunque el cuerpo pese
como siglos de lluvia,
aunque el alma se pliegue
como una flor sin sol,

escribo para nombrarla.

Todavía estoy aquí,
entre la lluvia y la flor,
como si alguien hubiera dejado
una puerta abierta al milagro.

lunes, 11 de agosto de 2025

Al abrigo del Padre, permanecemos.

Hay días en que el mundo parece inclinarse, como si el suelo perdiera por un instante su firmeza. El viento cambia de rostro, los caminos se desdibujan y el tiempo se vuelve un espejo borroso. En ese vaivén incierto, una voz suave late en el fondo del pecho y nos recuerda el rumbo.

Y caminamos.

A veces con pasos firmes, otras con temblores en las rodillas, pero siempre hacia adelante. Sembramos con manos limpias, con intención clara. Y aunque la lluvia tarde o el sol se esconda, confiamos en que la cosecha llegará: no por azar, sino por justicia.

Los cambios se ciernen como tormentas que parecen quebrarnos; los vientos contrarios nos retienen y nos hacen dudar de la estabilidad del terreno. Sin embargo, prevalecemos. No por fuerza propia, sino por la luz que nos habita. Somos guerreros del espíritu, los que enarbolan las banderas del Padre, los que avanzan no por lo que ven, sino por lo que creen.

El Padre nos inspira, nos impulsa, nos fortalece. Nos da la resiliencia para transformar las circunstancias y surgir victoriosos desde los escombros de viejos contextos, con una fe que no se rinde y una esperanza que no se apaga.

Nuestra esperanza no nace del optimismo vacío, sino de una certeza profunda: el Padre nos sostiene. Él ve más allá de lo que entendemos, no se confunde con apariencias ni se limita por calendarios. Es la fuente de todo bienestar, el refugio que no falla, el origen de cada promesa que florece en su tiempo.

Por eso no dependemos de títulos ni de puestos, ni de lo que una situación específica nos provoque. Nuestro éxito no se mide en ascensos ni en aplausos, sino en la paz que sentimos al hacer lo correcto, en la quietud que nos envuelve cuando hemos sido fieles a lo que Él nos pidió.

Los cambios no nos quiebran: nos enseñan, nos afinan, nos revelan más de lo que somos.

Y si alguna vez dudamos, que sea solo para recordar que la esperanza no es ingenua: es valiente. Que la fe no es ciega: es sabia, como quien avanza en la noche guiado por la forma invisible del amanecer. Que la resiliencia no es dureza: es ternura que se niega a rendirse.

Todo saldrá bien. Porque el Padre es fiel. Porque su voluntad es buena. Y nosotros permanecemos: con fe, con certeza, con una esperanza que no se apaga.

jueves, 7 de agosto de 2025

Confía en Él, la Fuente

Cuando todo tiembla, el suelo bajo tus pies, el corazón en su latir incierto, y el mundo parece deshacerse en sus propias dudas, hay una voz que permanece. No se quiebra, no se apaga. Es la voz del Padre.

No grita ni exige; susurra con firmeza, como un río que murmura entre piedras pulidas, fresco y claro, arrullando el silencio, constante, eterno, aunque nadie lo contemple. Es esa voz la que sostiene el alma cuando las fuerzas se agotan, cuando las respuestas no llegan y las puertas parecen cerrarse.

Y es entonces, cuando el peso de la incertidumbre amenaza con hundirte, que más necesario se hace confiar.

Confía. No porque el camino sea claro a tus ojos, sino porque Él lo ha trazado con un propósito que trasciende tu mirada. No porque el día sea fácil. Cada hora descansa en sus manos, manos que nunca tiemblan, que no conocen el cansancio.

En su mirada no hay sombra de incertidumbre, y en su voluntad no hay error. Él es la fuente, no el reflejo. El origen, no la consecuencia.

Todo lo que sana, eleva y es bueno brota de Él, como la luz que no pide permiso para amanecer, sino que irrumpe, dorada y tibia, sobre los campos dormidos.

No hay bienestar que no encuentre su raíz en su amor, ni paz que no florezca desde su misericordia, como un refugio abierto a todo corazón que busca.

Por eso camina, aunque la niebla cubra tus pasos. Descansa, incluso si las respuestas se esconden en el silencio. Porque confiar en el Padre no es cerrar los ojos, es abrir el alma.

Es saber que si Él es la fuente, nunca faltará el agua. Jamás escaseará el pan. Siempre habrá consuelo.

Y si alguna vez dudas, recuerda: no es tu fuerza la que te sostiene, sino la suya, un amor que no se agota.

En Él, todo es posible. Porque Él no solo da vida… Él es la vida: el latido eterno que respira en ti, y en todo lo que respira.

miércoles, 16 de julio de 2025

El silente: Cuando la culpa persigue.

I. Antes del Silencio

A veces, justo antes de que algo se rompiera en su vida, el aire se espesaba. Como si el mundo, por un instante, contuviera la respiración. Mateo lo sentía llegar en el espíritu mucho antes de ver ninguna manifestación física.

Primero era la opresión en el pecho, luego el silencio: no el natural, sino uno que ahogaba los sonidos, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Y después, sin falta, el dolor. Una pérdida. Un accidente. Una despedida que no debía ocurrir.

Tardó un poco en establecer la relación, pero el patrón era claro: cada vez que la alegría lo rozaba, el Silente aparecía.

No tenía rostro, solo una superficie lisa como piedra mojada, donde la luz se negaba a entrar. No tenía voz, pero su presencia era un grito mudo. No caminaba. No llegaba. Solo estaba. Como si la felicidad de Mateo fuera una afrenta que debía corregirse.

Al principio, solo fue una sensación, una idea... una grieta apenas perceptible en su realidad. 

La primera vez que lo intuyó, fue el día en que su madre murió.

Mateo había regresado a casa tras años de distancia, con la esperanza de coser las grietas viejas. Cocinaron juntos. Rieron. El aroma de las especias llenaba la cocina. Ella le enseñó de nuevo a doblar las empanadas, como cuando era niño, sus manos temblorosas guiando las suyas.

Esa noche, mientras ella dormía, Mateo sintió el aire detenerse. En la penumbra del pasillo, entre el vaivén de la cortina, algo pareció moverse. Tal vez fue un reflejo. Tal vez no.

Al amanecer, su madre no despertó.

Los recuerdos de esa noche lo perseguían, pero no tanto como lo que sintió antes de que ocurriera. Como lo que vendría después.

II. Toda Luz Tiene su Precio

La segunda vez fue cuando se enamoró.

¡Que hermosa era Amalia! Su risa limpiaba el aire. Enredaba un mechón de cabello cuando estaba nerviosa. Sus ojos lo hacían sentir menos roto. Durante algunos meses, Mateo pensó que la tristeza lo había olvidado, que su condena había caducado.

Una noche, al final, caminaban por la orilla del río. Amalia frunció el ceño: “El aire... pesa, ¿no lo sientes?”, murmuró. Luego, entre risas, le dijo que lo amaba.

Y el mundo calló. Como si alguien hubiera apagado su latido.

En el reflejo del agua, Mateo vio algo. Un contorno borroso, inmóvil, contra la corriente. No dijo nada.

Al día siguiente, un accidente de transito se llevó a Amalia y, con ella, toda esperanza de una vida feliz.

Mateo no lloró. No por que no sintiera dolor. Sino porque comenzaba a reconocer que cada lágrima parecía convocar al Silente.

Intentó comenzar de nuevo. Otra ciudad, otro nombre, un trabajo sin vínculos. Por un tiempo, funcionó.

Hasta que Javier, un compañero que siempre traía café para todos, lo invitó a cenar. Hablaron de sus ciudades natales. Javier le mostró una foto de su hijo, un niño de ojos brillantes que soñaba con ser astronauta. Mateo rió. Sintió algo tibio en el pecho, como un sol que ya no recordaba.

Esa noche, un frío repentino atravesó la habitación. En la ventana, contra la luna, el Silente lo observaba.

Horas después, Javier recibió una llamada: su hijo había muerto en un incendio.

No había lógica. No había escapatoria.

Solo una certeza: cada vez que Mateo se acercaba a la luz, el Silente venía a apagarla.

Huyó. Cambió de ciudad más veces de las que podía contar. Evitó amistades, amores, incluso sonrisas. Aprendió a vivir en la penumbra, en una neutralidad emocional que lo protegía. Porque el Silente no buscaba su cuerpo. Buscaba el brillo en sus ojos, el calor de sus risas, todo lo que lo hacía humano.

III. El Día que Calló

La culpa no nació del dolor. Nació del silencio.

Simón había sido su amigo de infancia. Compartían tardes en la vieja biblioteca del pueblo. Leían juntos poesía en voz alta, con una emoción que hacía temblar las palabras. Se entendían sin hablar. Simón era frágil, valiente en lo que importaba. Mateo lo admiraba en secreto, sintiéndose indigno de su luz.

El día que Simón murió, Mateo estaba allí.

No lo empujó. No lo golpeó. Pero lo vio. Vio cómo un grupo de chicos lo rodeaba, lo insultaba, lo empujaba. Dio un paso. Solo uno. Luego bajó la vista. Cuando la levantó, Simón ya caía. Su cabeza golpeó la piedra. Su cuerpo quedó inmóvil.

Y Mateo eligió callar. Dijo que llegó tarde. Que lo encontró inconsciente. Nadie dudó. Nadie preguntó demasiado.

El “creador”, su maestro, su padre adoptivo, lo abrazó. Lloró con él.

—Te protegeré siempre —le prometió.

Mateo intentó seguir. Durante años, cambió de ciudad, de nombre, de vida. Alguna vez escribió una carta anónima contando la verdad, pero la rompió. Temía al juicio ajeno y al suyo propio. Escapó de su vida y apostó su redención al tiempo, al olvido.

Pero el Silente no lo había olvidado.

Ni a él.

Ni a los otros.

Con el tiempo, supo qué les ocurrió a los chicos que atacaron a Simón. No todos al mismo tiempo. No de forma evidente. Pero uno por uno, sus vidas se deshicieron.

Uno murió solo, en un accidente absurdo.

Otro se quitó la vida tras años de adicción.

Otro fue encontrado en la calle, sin nombre, sin memoria.

El Silente no sabía de redención. Solo cumplía el mandato que lo había despertado: castigar al culpable, acompañarlo hasta vaciarlo.

Mateo lo comprendió no por pruebas, sino por presencia. Porque cada vez que el silente llegaba a él o los otros, lo sentía en el alma como una sombra que marca sin tocar. Porque él no solo fue testigo. Fue quien dejó que la verdad muriera con Simón.

Y por eso, el Silente no lo destruyó. Lo acompañó y le mostró lo que hacia a cada uno de los otros.

IV. La Promesa que Rompió al Mundo

Mateo solía caminar solo. No por gusto, sino por necesidad. Evitaba el contacto con las personas como quien esquiva un espejo: no por miedo a lo que ve, sino por temor a lo que refleja. Sus caminatas eran una forma de silenciar el ruido del mundo, y a veces, si la carga en su espíritu era demasiado grande, podían durar horas.

Una de esas caminatas se prolongó más de lo debido. El sol ya no estaba, y los árboles comenzaban a parecerse entre sí. Fue entonces, sin saber cómo, que se encontró en un lugar que le parecía vagamente conocido.

El lugar le parecía vagamente conocido porque lo era: la casa del creador. Pero no como él la recordaba. El abandono de años la había transformado. Donde antes había orden, ahora había polvo. Donde antes había luz, ahora había sombra. Aunque La casa seguía en pie, era más un recuerdo que una estructura. Las paredes, cubiertas de polvo; los muebles, envueltos en ese silencio que no proviene del abandono, sino del tiempo detenido. Mateo no había vuelto desde su muerte. Y ahora, cada paso parecía una profanación íntima, un retorno a algo que no estaba preparado para perdonar.

Subió las escaleras con lentitud, como si cada peldaño le exigiera una confesión. En su mente apareció la imagen del creador con la llave al cuello, esa que nunca explicó, esa que parecía pesar más que el metal. Al final del pasillo, detrás de una puerta que siempre había estado cerrada y que ahora pendía de un solo gozne, encontró el cuarto.

Aquel cuarto no era un estudio. Ni siquiera una simple habitación. Era un santuario del dolor. El aire, espeso, se aferraba a las cosas como si protegiera lo que quedaba. En el centro, una mesa cubierta de papeles: notas con tinta corrida, frases tachadas con furia, dibujos de símbolos antiguos. Un amuleto roto. Un círculo de madera grabado con signos que el creador había descrito cuidadosamente en sus apuntes como protecciones contra el mal, partido en dos.

Y, al centro, una hoja más reciente, colocada con una delicadeza que contrastaba con el resto. Reconoció la letra enseguida. La había visto en libros, en cuadernos de recetas, en cartas escritas para él cuando era niño.

“Te protegeré siempre.”

La promesa estaba ahí. La misma que había escuchado en los momentos de consuelo, de miedo, de pérdida. Debajo, una línea escrita con una caligrafía temblorosa, como si el dolor hubiera guiado la mano:

“Y si no puedo protegerte, que el dolor encuentre al culpable. Que lo acompañe. Que lo vacíe.”

Una frase tachada más abajo:

“Si el culpable no es uno, que el dolor los encuentre a todos.”

Mateo sintió una punzada que no era miedo, ni siquiera culpa. Era comprensión. Comprendió que el creador, que siempre había sido un hombre de lógica, de manos firmes y corazón callado, se quebró cuando perdió a Simón. Y que esa ruptura, esa desesperación, no buscó venganza ni castigo. Buscó sentido. Equilibrio. Una forma de no enloquecer ante la injusticia.

No fue un hechizo. Fue una súplica. Pero el mundo escuchó.

El Silente no fue creado. Fue despertado. No por odio, sino por amor.

V. Lo que no se dijo

La verdad no liberó a Mateo. Lo quebró. Porque, en ese quiebre, el Silente encontró su momento.

Permaneció de pie, sin lágrimas ni temblores. Sólo su cuerpo suspendido en una quietud que no era paz, sino rendición. Por un instante, lo odió. No al Silente. A sí mismo. A su silencio. A cada instante en que pudo hablar y no lo hizo. Gritó, con la garganta rasgada por años de contención:

—¡No lo maté! ¡No fui yo!

La casa no respondió. El silencio, sin embargo, cayó como una sentencia inevitable.

Entonces lo sintió.

No escuchó pasos. No vio movimiento. Simplemente supo que el Silente ya estaba allí. No entró por la puerta. No emergió de la sombra. Solo ocupó el espacio, como si siempre hubiera estado esperándolo.

Estaba en el centro del cuarto, justo donde la promesa había sido escrita. Alto, inmóvil, sin rostro. La superficie de su piel parecía absorber la luz. El aire se volvió espeso. Las sombras se estiraron, como si intentaran apartarse de él.

Mateo lo miró. No con desafío, ni con miedo. Lo miró como quien contempla su reflejo por última vez.

—Fuiste llamado por quien me amó —dijo, apenas en un susurro—. Y aun así, viniste por mí.

El Silente no respondió. Ni siquiera se movió. Pero el mundo pareció inclinarse hacia él.

Mateo cerró los ojos. No por terror. Por agotamiento. Porque ya no quedaba dentro de él nada que pudiera resistir.

VI. Después del Silencio

La casa está en silencio.

La luz del amanecer entra por la ventana abierta. El polvo flota en el aire, suspendido en los rayos dorados. Todo está quieto. Todo parece esperar.

La mesa sigue en el centro del cuarto. La silla está caída de lado, como si alguien se hubiera levantado con prisa… o desaparecido.
No hay señales de lucha. No hay huellas. No hay voces.

Mateo ya no está.

No se fue caminando. No huyó. No dejó rastro. Simplemente dejó de estar. Como si el Silente lo hubiera recogido sin ruido, sin ceremonia. Como si su presencia hubiera sido necesaria solo hasta ese momento.
No hay testigos. No hay destino. Solo la ausencia.

Y sin embargo, algo permanece. No en los cuerpos, sino en el aire. En los objetos que no se mueven. En los gestos que se repiten sin saber por qué. En los silencios que ahora pesan distinto.

Porque hay silencios que se imponen. Y hay silencios que se eligen.
Mateo eligió el segundo..