Cada paso que damos por el mundo es, en esencia, un acto silencioso de siembra. Portamos en las manos semillas invisibles: palabras, silencios, esfuerzos, que dejamos caer como gotas de lluvia en terreno ajeno, soñando a veces con ver brotar jardines que sabemos nunca serán nuestros.
En ese ir dejando huellas, aprendemos con el tiempo una verdad más profunda: el primer surco no se abre en la tierra que pisamos, sino en la tierra tibia de nuestro propio interior.
No importa si el horizonte nos regresa una cosecha dorada o si el campo se demora en un aparente letargo. El verdadero fruto nace en el mismo instante en que sembramos con el corazón abierto. En ese gesto, la tierra interior despierta, se remueve y comienza a respirar con nueva vida.
Así, casi sin advertirlo, comprendemos que al tender una palabra de aliento o una guía firme, la primera alma que se nutre es la nuestra. En ese acto, la nobleza se reconoce, se ilumina y se expande como un amanecer dentro del pecho. La siembra se ha vuelto espejo: en ella nos contemplamos más verdaderos.
Pero la transformación no se detiene en la superficie. Cada semilla que entregamos echa también una raíz hacia nuestro centro más vivo, forjando una identidad que ya no mendiga vientos de aplausos, sino que se yergue, serena y firme, en la callada coherencia del acto. Así, lo que ofrecemos al mundo se convierte, misteriosamente, en el humus donde nosotros mismos crecemos.
Desde esta comprensión nace una serenidad profunda: la de cultivar sin condiciones ni demandas, sabiendo que el mayor tesoro no se guarda en graneros lejanos, sino en la paz humilde de habernos convertido en el terreno fértil donde la bondad germina y florece.
Al final, no somos lo que logramos recolectar en el camino, sino la huella que dejamos y la vida secreta que, en silencio, germinó en nuestro pecho mientras creíamos estar haciendo florecer el mundo.


Hola Octavio, acabo de entrar en bloguers.net y, como ves, el mundo es un pañuelo. Leyéndote, entiendo algo que siempre he pensado: cuando escribimos creemos que sembramos para los demás, pero el primer terreno que se transforma es el nuestro. Igual que en una clase quien más aprende es el profesor, en la vida quien más crece es quien siembra. Un saludo.
ResponderEliminarHola. eso es correcto. Cada palabra que escribimos, me atrevería a decir que cada letra, es un golpe de cincel con el que damos forma a nuestro interior. Desde este lado, escribir podría considerarse casi que un acto un poco egoísta, en realidad somos nosotros los que sacamos el mayor beneficio. Gracias por comentar.. un abrazo
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