ll


lunes, 25 de septiembre de 2023

Extraña cosa... Extraña de verdad (Microrrelato)

El avezado policía parecía observar con desconfianza el cadáver sobre aquel montón de papeles. Sabía quién era. Su familia era dueña de una mitad de la ciudad y acreedora de la otra mitad.

Sin embargo, la única habilidad que demostró el occiso fue la de gastar dinero a manos llenas. Criador de caballos, Piloto, vitivinicultor, arqueólogo, y últimamente escritor sin musa, fueron solo algunas de las aventuras millonarias que emprendió durante su vida.

Extrañamente, al final, fue la escritura la que pareció darle frutos. Su único libro: “Pídeme un deseo y lo verás por escrito”, causó furor convirtiéndolo en estrella.. 

Y allí estaba ahora, muerto. Sin computadora o máquina de escribir a la vista. Tendido sobre un montón de hojas escritas evidentemente a mano con aquella vieja pluma de ganso y tinta de un tintero dorado, ahora vacío, aún sobre la mesa… Muy extraño.

Con la vieja pluma, escribió la palabra “FIN” sobre un pedazo de papel y la comparó con la letra en las hojas tiradas. La misma tinta. Aquel hombre parecía escribir su obra con aquel tintero, aquel tintero dorado. Miró con envidia las hojas abandonadas sobre la mesa, de seguro sería una verdadera locura de ventas..

Satisfecho, se dispuso a salir de la habitación. Algo, sin embargo, llamó su atención en el viejo tintero. Levantándolo hacia la luz, pudo observar unas pequeñas letras cerca de su base que ameritaron toda su agudeza visual para ser leídas:

"Omnia habet pretium."

Extraña cosa aquella chuchería… extraña de verdad. 




Presentado en el reto del mes
de Septiembre de 2023 en




palabras Clave: cuento terror asesino microrrelato armas crimen pasional

martes, 13 de junio de 2023

Un cabo Suelto (Relato Corto)

El polvo y el humo enrarecían el aire de la estancia principal, permitiendo apenas visualizar el desastroso estado de aquella cabaña, con escombros y pedazos de muebles esparcidos por todas partes. El apestoso olor a pólvora, y el gran agujero en donde debía estar la puerta que conduce al exterior, delataban la poderosa explosión que había destruido el lugar.

A medida que el polvo se asentaba y el humo dejaba la habitación, algo más que escombros fue quedando al descubierto. Tan destrozados como todo lo demás, al menos cuatro cuerpos de los que parecían soldados, o algún tipo de combatiente, fueron apareciendo poco a poco esparcidos por toda la habitación. 

Apenas perceptible, un ligero movimiento interrumpe la quietud de la escena. En un rincón, una extrañamente simétrica pila de escombros comenzó a temblar y a rodar poco a poco hacia el piso. Ya sin peso encima, una segunda pila armada con pedazos de alfombra surgió a la luz, subiendo y bajando como si tratara de respirar el aire de la habitación. 

En uno de aquellos movimientos ascendentes, un agujero se abrió en la pila y una mano surgió de repente sosteniendo aun el cuchillo con el cual despejó el paso. Con dificultad,  aquella mano apartó los gruesos trozos de alfombra liberando el rostro de una mujer casi asfixiada por el peso de los tejidos que, sin duda, la protegieron de la explosión que destruyó todo lo que le rodeaba.

Poco a poco, haciendo un enorme esfuerzo, la mujer terminó de  liberarse y, con un gesto de dolor, se puso de pie tratando de recomponerse y obligar a su cuerpo a obedecerla.  

Ensangrentada y vacilante, caminó por el salón observando cuidadosamente cada rincón.  Aparentemente satisfecha, se agachó y recogió una pistola del suelo. Con ágiles y experimentados movimientos, a pesar del evidente dolor, verificó el contenido del cargador y se aseguró de tener una bala en la recamara antes de confirmar, con unas desconfiadas pataditas, que los cuatro hombres estuvieran muertos. 

No se molestó en mirar los rostros de aquellos hombres. Sabía quiénes eran. Los conocía a todos de un tiempo lejano en el que les llamó “Compañeros”. Además, sabía que no encontraría allí la cara que importaba. 

Un gesto de desaliento estremeció su cuerpo al comprender que había fracasado. Aun no terminaba, todavía existía en el mundo alguien que sabía de su vida pasada. Esa vida que había tratado de dejar y que ahora le había encontrado. 

Agotada, apoyó la espalda contra un área despejada de la pared frente al hueco de la puerta y resbaló hasta quedar sentada en el piso polvoriento. Una sonrisa iluminó lo que, limpio de sangre, debía ser un hermoso rostro. 

Mujer sentada en el piso en medio de una habitación destrozada con la puerta abiertaCon los ojos cerrados, pensó en el desastre de aquella cabaña y en lo diferente que eran sus prolijos trabajos en años anteriores. En aquella época en que se sentía poderosa e invencible, imponiendo y derribando gobernantes, infiltrando imperios y mercadeando secretos. Siempre en la sombra, indetectable, sin dejar rastro alguno de su existencia. Todo Muy diferente a aquella ruinosa cabaña.

Orgullosa, llegó a compararse con el titiritero que movía a su antojo los hilos del mundo... Y luego aceptó aquel trabajo. Aquel trabajo que le mostró otra perspectiva de la vida y a partir del cual decidió abandonar todo. Aquel trabajo que no pudo terminar y que para ella significó un nuevo inicio.

Pero, en aquella vida que trató de dejar, si no “trabajas” o no “cumples” eres un cabo suelto. Por eso sabía que vendrían por ella y los esperó por años. Se preparó para ellos, pero había fracasado. Ya no era la misma, había hecho un desastre y uno había escapado… y volvería, nada había cambiado. 

– ¡Clic! – El sonido de un percutor montándose le sacó de sus cavilaciones. Ni siquiera abrió los ojos. Era una loca estúpida, se había descuidado una vez más y la pieza faltante estaba allí, en el hueco de la puerta, apuntándole con un arma. Seguramente sonriendo, regodeándose por lo estúpidamente fácil que le iba a resultar el acabar con ella. Solo le quedaba esperar el golpe definitivo y sentirse agradecida por los últimos años de su vida.

– ¡BANG! –. El potente disparo volvió a llenar de humo y olor a pólvora aquellas ruinas sin más respuesta que el sonido lejano del aleteo asustado de una bandada aves.

Pero la bala nunca llegó. La mujer abrió los ojos y, para su sorpresa, en el hueco de la puerta frente a ella vio a una niña de unos 12 años sosteniendo una humeante escopeta con la que apuntaba a un cuerpo tendido en el piso, aun con un arma montada en su mano.

Silueta de una mujer y una niña saliendo de una habitación tomadas de la mano
Un alivio inmenso remplazó el miedo y resignación que hasta entonces le habían inmovilizado. Allí estaba el resultado de aquella misión que no había podido terminar. La bebé que había pactado asesinar y que había desarmado sus planes con apenas un apretón de su pequeña mano. Allí estaba el avatar de su vida misma, cambiando su destino una vez más. Esta vez para siempre. 

Por primera vez en muchos años, sintió de verdad que el peso de sus acciones ya no le lastraba. Poniéndose de pie con energías renovadas, caminó hacia la puerta y, tomando la mano de la niña, salieron juntas al exterior dejando atrás aquella cabaña y, con ella, una vieja vida que por fin no les recordaría.








palabras Clave: cuento asesino relato corto armas crimen espias mujeres fogata asesina explosion

sábado, 27 de mayo de 2023

Inevitable (Microrrelato)

Silueta de hombre viendo la televisión recostado en un viejo sofá
El hombre veía la televisión despatarrado en un viejo sofá de aquella revuelta habitación.

"Ver", en realidad, era una forma de llamar a lo que hacían aquellos ojos perdidos en algún punto inexistente más allá del televisor. Apagaría el aparato si el control remoto no yaciera olvidado sobre la mesa de la cocina, junto al pequeño revolver que había comprado el día anterior. 

Aquella TV no tenía cabida en su mundo, reducido ahora a aquella dolorosa presión en el estómago y esa sensación de ahogo que se apoderaba de él como si algo quisiera salir de su interior. Gustosamente habría recibido un puñetazo con la fuerza suficiente para hacerle sentir mejor. Pero sabía que eso no funcionaba, lo había probado… un par de veces.

En aquello se había convertido toda su alegría, su esperanza y sus ganas de vivir. En un gigantesco caso de indigestión. Y nada más. 

Cansado, se levantó lentamente de su asiento y se encaminó hacia la cocina tratando de no mirar los dos bultos inmóviles en la cama del dormitorio principal. 

– ¡Ignóralos! – se dijo mientras entraba en la cocina y tomaba el control universal con una mano y el revolver en la otra. Esbozando una sonrisa, fijó su mirada en el botón de retroceder sopesando si las cosas hubieran podido ser diferentes. 

– Fue Inevitable –  dijo colocando el revolver sobre su cien y, con una ligera flexión de su dedo, emprendió el camino para reunirse nuevamente con aquellos que le robaron su vida.




Presentado en el reto del mes
de Mayo de 2023 en

Micro basado en las
peores de las emociones. 
El despecho, el rencor y los celos
que han llegado a causar guerras y que, 
a la larga, destruyen a quienes
las generan y a quienes las Portan.


palabras Clave: cuento terror asesino microrrelato armas crimen pasional

domingo, 26 de marzo de 2023

Máscaras (Relato Corto)

Silueta de hombre que es un personaje de un cuento de fogata y está sentado pensando en la oscuridad.
La estridente música y la gritería en el exterior sacaron al hombre de sus cavilaciones. Suspirando, paseó nuevamente la mirada por la sucia habitación donde se encontraba. Cajas vacías, papeles viejos y mugre en todas partes donde dirigía la mirada. Excepto en la pequeña mesa y la silla en la que se encontraba sentado y que desentonaban con el resto de la decoración seguramente por haber sido puestas allí especialmente para él. 

Algo le llamó la atención y le obligó a detener la mirada. Sobre un estante, tan sucio y desvencijado como el resto de la habitación, un casi imperceptiblemente movimiento delató la presencia de un pequeño insecto. Una íngrima cucaracha que, envalentonada por la aparente quietud de la habitación, había decidido darse un paseo a plena luz.

Insecto parecido a una cucaracha que es un personaje de un cuento de fogata y esta tratando de subir una pared
Aquella aparición solo le causó una pasajera curiosidad. Nunca había sufrido de fobias o miedos de ningún tipo. La verdad en este mundo eran muy pocas las cosas capaces de generarle algún tipo de emoción que le distrajera de aquel inmenso vacío que se había vuelto parte de él. 

No hubo diván de loquero, de las decenas que visitó durante sus últimos años, que abriera la puerta del entendimiento y diera con el chiste de aquella oscuridad que le acosaba. La muerte de sus padres a los cinco años, la vida en la calle hasta los diez, los terribles hogares de acogida hasta los 18, su vida de pandillero hasta los 30 y la pérdida de su amada familia a los 41,  fueron algunas de las causas que compró con su exiguo dinero sin obtener ninguna cura. 

Desentendiéndose de su visitante, caminó por la habitación tratando de estirar sus piernas. Sus rodillas no dejaban de recordarle que, ante la ley, hacía rato ya que se le consideraba como “persona de la tercera edad”.

Detuvo su andar en un extremo de la habitación con la mirada fija en la pared ante él, desde donde una colorida figura parecía observarle socarronamente. Había visto esa representación muchas veces antes y aun no podía dejar de mirarla. Algunas veces con peluca verde, otras con trenzas azules y sombrero bombín, siempre en combinación con esa inefable chaqueta de mil colores y los pantalones bombachos con infinidad de parches arcoíris. 

Había desarrollado un odio profundo hacia aquella cara blanca y esa estúpida nariz roja gigante. Aquella puta cara, que parecía divertir al resto del mundo, le causaba dolor de tripas y una urgencia inexplicable por, aun estando en la pared, soltarle un buen golpe aun si resultara lastimado.  

Le reventaba su falsedad, la facultad de convertir ese pálido rostro en un lienzo sobre el cual dibujar la emoción más conveniente para lograr obtener de las personas lo que quisiera. Emociones falsas y sobreactuadas que, sin embargo, la gente aceptaba y celebraba.

La estúpida gente aceptaba esa cara pálida y esa horrible nariz  sin cuestionar jamás a quien estaba detrás de ella. No les importaba quien era, quien había sido o en quien se convertiría. Simplemente aceptaban su mentira cambiándola por sus  propias mezquindades.  

Él en cambio sacrificó incontables años tratando de ser aceptado. Provocó risas, se convirtió en el mejor de los compañeros, hizo el bien al prójimo en cada oportunidad que se le presentó y, sin embargo, su “prójimo” no dejó de señalarle recordándole lo que fue y lo que nunca sería. 

Sospechoso habitual en cada ilegalidad ocurrida en la ciudad. Monstruo nocturno con el que los padres amenazaban a los niños. Asesino, violador, asaltante y aberrado  eran las palabras que se pronunciaban por lo bajo refiriéndose a él. Para todos, era más seguro señalarle y mantenerle alejado de ellos y sus familias.  

Por eso odiaba a los putos payasos como el que le miraba. A nadie le interesaba el maldito que estaba detrás de esa cara pintada. Nadie le señalaba ni hablaba de él por lo bajo. Solo reían, aceptaban su mentira y nadie se sentía inseguro.

– ¡Carlos!. El llamado le sobresaltó y le trajo nuevamente a la realidad de la habitación en la que se encontraba. El ruido exterior casi había cesado. Solo se escuchaba algo de música festiva y voces de niños jugando y riendo. 

Una mujer mayor había abierto la puerta y, desde el marco, le estaba hablando

– Carlos, ¡espabílate!  Estamos listos. Te esperan.

Sonriendo, el hombre suspiró recriminándose interiormente por haberse distraído. Necesitaba el trabajo y no le contratarían más si cada vez se dejaba llevar por los recuerdos y el odio. 

Haciendo un saludo militar a la imagen en la pared, que aún le miraba, contestó con su más alegre tono de voz

– Tranquila que solo estaba recordando a un viejo amigo, ¡vamos allá!

Cogiendo impulso salió presuroso con una ligera carrera. La Mujer en la puerta dio una última mirada a la habitación y, apagando la luz, dijo para sus adentros:

– Olvidé revisar que no hubiera espejos. Siempre hace lo mismo y cada vez se distrae más.



Cerró la puerta tras de si y afuera se formó una gran algarabía. La voz  se la mujer se alzó sobre el desorden infantil gritando para hacerse escuchar: 

– Tiempo de Divertirse familia… Todos a disfrutar y a aplaudir la diversión que nos trae “Bonzo”, el Payaso Fiestero.





Para compartir.
Ayuda a que más personas me lean
Pon a rodar este flayer

Cuento corto de terrror sobre payasos y odios reprimidos en su interior




palabras Clave: cuento terror historia payasos sentimientos odio miedo historias corto

lunes, 13 de marzo de 2023

Pazuzu (Microrrelato)


La profunda oscuridad de la habitación engullía la suave luz con que, por la ventana, la vieja farola en la calle intentaba iluminar la escena. Apenas una mísera línea luminosa lograba abrirse paso en aquel enrarecido ambiente, impregnado de herrumbre y pudrición, señalando acusadora la figura sobre la cama.

En una posición poco natural aquella pequeña figura yacía inmóvil, respirando con dificultad de forma sibilante y encajonada con lentitud y arritmia. 

Yacía inmóvil pero alerta. 

Claramente a pesar de la oscuridad, el demoníaco rostro de aquella bestia prisionera se fruncía en un rictus de desprecio y odio. Sus ojos de animal, muy abiertos, se perdían en el vacío buscando, o esperando, algo que ansiaba con desesperación.

Se había servido del hombre desde el principio de los tiempos, había levantado y destruido reinos enteros, había pervertido sin medida a la humanidad para su placer… y sentía que en ese instante, en esa habitación, su destino le alcanzaría.

Escuchó el ruido de un vehículo en el exterior y una sonrisa perversa dejó entrever la dentadura manchada por el vómito y la mugre. El tiempo de la expiación había llegado… Su enemigo estaba allí.

Plenando con aire pestilente los pulmones de aquella carcasa mortal que le albergaba, el reto a la batalla surgió desde las mismas entrañas del infierno…

— ¡Meeerrriiinnnnn¡. 

Delatando así su presencia al anciano enemigo que, una vez más, trataría de arrebatarle aquella hija de la luz que poseía. Esta vez él, el poderoso Pazuzu, triunfaría.



NOTA: Una de las escenas mas recordadas en la historia del cine de terror, es la llegada del padre Merrin a la casa donde realizaría el famoso exorcismo en la película del mismo nombre por allá por el año 1973. Esta escena se ha convertido en todo un clásico y a muchos aun nos causa cierta intranquilidad al verla o recordarla.

>





Para llevar y compartir

Pazuzu. Primera parte de Cuento de terror o microrrelato de una escena de la película el exorcista

Pazuzu. Primera parte de Cuento de terror o microrrelato de una escena de la película el exorcista





presentado en el reto del mes
de Marzo de 2023 en




palabras Clave: cuento terror historia exorcista posesion posesiones demonio demonios exorcistas

viernes, 10 de febrero de 2023

Las Excentricidades de Roque

Tercer Lugar en el reto del Mes de Febrero 2023
El Tintero de Oro

No recuerdo haber visto triste alguna vez a Roque, mi hermano mayor. “Roque”, en realidad, era el diminutivo de “Rockefeller de Jesús”, nombre con el que nuestros padres, entonces primerizos,  le bautizaron tratando de invocar una vida feliz para su primogénito. Es que, según lo que ellos mismos proclamaron a los cuatro vientos, con esos dos grandes nombres comprometían a su hijo a no ser menos que supremamente feliz.

Ya fuera con sus locuras como diría la abuela Julia, estupideces según el abuelo Carlos o “excentricidades” como al final las bautizó aquel psicólogo con pinta de Einstein, el último en prestar atención a Roque, mi hermano dejó una huella indeleble en todos los que le conocieron.

Aún ahora son famosas sus historias, divertidas algunas, bochornosas la mayoría, que se cuentan una y otra vez en las reuniones familiares. Algunas de esas historias son más populares que otras como cuando, a los 12,  se paró desnudo en la puerta de la casa con una flecha de goma pegada en la frente gritando como apache y casi provocándole un ataque a la octogenaria señora Darwin, la vecina. O aquel año en el que solo vistió con el uniforme del colegio, día y noche, permaneciendo como Dios lo trajo al mundo cuando llegaba la hora de lavarlo.

Con algunas excepciones, como aquel susto a la señora Darwin, las excentricidades de Roque pueden considerarse bastante inocuas. Ya quinceañero, por ejemplo, literalmente se negaba a usar las escaleras de la casa. Prefería subir y bajar hacia su cuarto usando una escalerilla improvisada directamente bajo su  ventana. 

Ya adulto, el hombre construyó una hermosa escalera en hierro forjado haciendo gala de una maravillosa concepción del arte que, dicho sea de paso, le serviría para ganarse la vida. Aun si llovía prefería llegar a su cuarto por esta ruta, usando las escaleras interiores solo cuando fuera estrictamente necesario. Lo que ocurría muy esporádicamente ya que, para Roque, parece que pocas cosas eran estrictamente necesarias.

Mi hermano a veces pasaba horas enteras observando las aves o acostado bajo las nubes y las estrellas, sonriendo y entonando aquel silbido que llegó a convertirse en su marca de fábrica. Era tanta su pasión por el aire libre que, cuando acumulamos algunos años y se le dificultó subir sus escaleras, construyó una pequeña cabaña en el patio de la antigua casa paterna.  Allí pasaba, como le gustaba, horas enteras mirando al cielo a través de una especie de techo transparente y corredizo con el que, según sus palabras, podía contar con el techo más grande y más hermoso sobre él… el cielo mismo.

De verdad que nunca le vi triste en los más de setenta años que estuvimos juntos. Ni siquiera cuando nuestros padres fallecieron, yo niño, él adolescente, vi en su rostro más que una pasajera seriedad y una sutil nubosidad en los ojos que delataba la vorágine que, sin duda, existía en su interior. No más de algunas semanas bastaron, sin embargo, para que contáramos de nuevo con el Roque de siempre. Convirtiéndose, la verdad, en la roca y el principal apoyo para superar nuestra pérdida.

Sin embargo, una vida entera me enseñó a conocer a mi hermano más que nadie, convirtiéndome en su confidente y en guardián de sus secretos. 

Sí, yo sé todos los secretos de mi hermano. La mayoría se irán conmigo cuando llegue mi turno de viajar al otro lado, pero otros los iré contando en las reuniones familiares, hasta que me llegue la hora, para que mis nietos sepan quién fue el abuelo Roque.


Sé, por ejemplo, que aquellos gritos de comanche en la puerta atrajeron la atención de nuestros padres y permitieron que su hermano menor entrara en la casa, ensangrentado pero seguro, luego de aquella pelea con los gamberros de la escuela.  También sé que vistió un año entero el uniforme escolar porque en secreto regaló toda su ropa de salir al hijo de los señores García cuando perdieron sus cosas en aquella inundación.

Si, sé eso y muchas cosas más sobre las “Excentricidades” de Roque.

También sé que al morir nuestros padres, atrapados en un incendio en su oficina, Roque  desarrolló un terror indescriptible a las escaleras internas y lugares encerrados. De ahí su reticencia a colocarse en esa posición mientras pudiera evitarlo. Pero por encima de todo, y he aquí su principal secreto, sé que se juró a si mismo cumplir a cabalidad con el deseo de nuestros padres labrándose una vida en la que no fuera menos que inmensamente feliz.

Eso y mucho más puedo contar de Roque, mi hermano, por quien no puedo evitar llorar al verle allí tendido en aquel cajón que, como una última "excentricidad", él mismo se construyó. Viéndolo allí, al final, no puedo más que pensar que cumplió cabalmente con su promesa. 

Es que, definitivamente y a su manera, Roque fue inmensamente Feliz. Y eso sí que es una excentricidad en estos tiempos en que la felicidad ajena es casi que un pecado.

 



Relato Corto Original de mi autoría
Participante en el reto
del mes de Febrero de 2023




palabras Clave: cuento cuentos relato corto relatos cortos historias cortas historia corta

martes, 24 de enero de 2023

Regreso al Mukumbarí (Microrrelato)

Anciana indigena en una montaña nevada observando un grupo de aguílas que se se acercan con la luna llena de fondo
Luchando contra la violencia del viento helado, la anciana recorrió con la vista el abismo a sus pies mientras ajustaba sobre su pecho la pesada piel de puma con la que se protegía.

Entornando los ojos, entonó un canto con una hermosísima voz que se elevó por encima del ensordecedor ruido provocado por el viento:

— Mukumbariiii —.  Cantó con una dulzura angelical que, a pesar de la furia del viento, rebotó en cada roca de aquellas montañas multiplicándose y resonando hasta el infinito. 

Sin dejar su canto, la anciana extendió una temblorosa mano hacia adelante ofrendando al abismo una brillante pluma de cristal, refulgente como los rayos de la madre Chía.

Súbitamente, el viento amainó y la noche pareció aclararse mientras la cara de Chía asomaba repleta allá en el horizonte. Como en una alegre celebración, la Luz de madre iluminó las cinco blancas cumbres del Mukumbarí y sus hermanas, tal y como cuando era una niña, provocando lagunas de recuerdos en los cansados ojos de la anciana.

Aquella mujer sonrió al escuchar un ruido de alas que se aproximaban, su ofrenda había sido aceptada y su penitencia terminaba esa noche. Era hora de devolver lo robado en los tiempos en que ella y el mundo eran jóvenes. 

Con la madre Chía de Fondo, cinco formas aladas se aproximaban a la anciana Princesa Caribay, atraídas de nuevo por su canción. Esta vez no huiría, viajaría con las águilas a su reino en el Mukumbarí por toda la eternidad.



La Leyenda

Aunque Venezuela es un País Tropical, hemos sido bendecidos con una extraordinaria variabilidad climática que incluye nuestras propias cumbres nevadas o “Sierra Nevada” de la cual el Pico Bolívar (El “Mukumbarí, donde nace el sol", en lengua indígena) con sus más de 5.000 msnm es el punto mas alto.

Cuenta la leyenda que Caribay, la primera mujer, era hija de Zuhé (El Sol) y Chía (La Luna).  Dotada de una extraordinaria belleza, una hermosísima voz y la habilidad de imitar el canto de las aves, un día Caribay vio en el cielo 5 majestuosas águilas de un refulgente color blanco.  Maravillada por la blancura de su plumaje, la Joven princesa se antojó de adornar su cabello con aquellas plumas. Persiguió las águilas por montes y valles y comenzó a llamarlas imitando a las aves con el canto más hermoso que pudiera recordar.

Engañadas por el mágico llamado, las cinco aves bajaron del cielo posándose adormiladas cada una en el pico de cinco montañas muy cercanas una de la otra. Rápidamente, Caribay alcanzó las aves dormidas para arrancarles las preciadas plumas pero, para su sorpresa, al tocarlas sintió como sus manos se le congelaban ya que se habían convertido en grandes estatuas de hielo. Asustada por aquel prodigio, Caribay huyó despavorida olvidando el canto y buscando refugio en tierras más cálidas.

Dice la leyenda que esa noche, al alumbrar la luna (la madre Chía) las estatuas de hielo, las aves cobraron vida nuevamente y descubrieron el engaño del que habían sido objeto. Furiosas, batieron sus alas con  gran fuerza esparciendo su blanco plumaje por toda la sierra cubriéndola en su totalidad. Desde entonces, cada nevada en la sierra venezolana es un recordatorio del engaño de la Princesa Caribay y la furia de las cinco águilas blancas de la leyenda.
 
Esta leyenda llegó hasta nosotros de la pluma del poeta venezolano Tulio Febres-Cordero, allá al comienzo del siglo XX, quien probablemente se basó en antiguas tradiciones orales de la cultura Indígena Tatuy. La Historia de la Princesa Caribay es una de las mas hermosas Leyendas de los Andes Venezolanos. 
 
En el siguiente enlace  podrás saber más de Don Tulio Febres-Cordero y Leer su historia original: LAS 5 ÁGUILAS BLANCAS
palabras Clave: cuento leyenda cuentos leyendas venezolano venezolanos venezolana venezolanas historias venezuela historia

martes, 13 de diciembre de 2022

Viejo, pero no Obsoleto.

 – ¡Demonios! – la expresión pronunciada con aquella a aguda voz metálica cortó el silencio como una navaja.

Con una parsimonia no coherente con el intento de vehemencia reflejada en su voz, la figura recogió el brazo mecánico que se acababa de desprender de su hombro y, con un rápido movimiento de enganche, volvió a colocarlo en su puesto ajustándolo hasta oír el clic del mecanismo de cierre.

– Viejo, pero no obsoleto – dijo, mientras movía los dedos delante de sus sensores ópticos.

En realidad, el viejo androide no estaba muy claro de lo que significaban aquellas palabras. Solo recordaba las películas clásicas que sus antiguos dueños veían los domingos y le había parecido apropiado pronunciarlas en esta ocasión.

Con el pequeño adaptador incorporado en su dedo, siguió ajustando el tablero en el que había estado trabajando la última hora. Terminado el trabajo,  activó algunos brakers y cerró con un golpe la pesada y derruida tapa. Al momento, algo comenzó a cobrar vida allá abajo, en lo más profundo de la estructura. Algún tipo de máquina se activó y, de pronto, toda la estancia pareció iluminarse con una luz amarillenta y suave.

Filas y filas de estanterías repletas de latas, paquetes y bolsas en perfecto estado, el cableado perfectamente empalmado y las estanterías en su lugar evidenciaban que aquel bunker había sido reparado y acondicionado recientemente encontrándose en pleno funcionamiento.

Su primer trabajo, hace más de un siglo, había sido precisamente en aquel bunker que, encargado por humanos poderosos, nunca pudo utilizarse. El hombre quemó el mundo, y a casi toda la vida en él, antes de que alguien estrenara aquella fortaleza. Lástima, nadie había podido apreciar la belleza de un trabajo bien hecho y una programación cumplida al detalle.

Es que nada quedaba en aquel mundo en cenizas, infestado por una humanidad que, deforme física y mentalmente, trataba de aplazar el inevitable fin programado en su mismo ADN, irreversiblemente degradado y en cenizas como todo lo demás.

Una señal de alerta le advirtió de algo que pasaba en el exterior. No necesitó mirar el monitor de seguridad, sabía lo que era… Por fin habían llegado.

Satisfecho con las reparaciones realizadas, subió rápidamente y sin esfuerzo los tres tramos de escalera que le llevaron a la puerta exterior, asegurándose cada vez de que cada uno de los pesados portones de acero y concreto quedaran bien cerrados y ajustados tras de si.

Al lado de la última puerta le esperaba un bolso de colores que tomó antes de salir al aire maloliente del exterior. Mientras se aseguraba de que el bunker quedara herméticamente cerrado, escuchó claramente como la muchedumbre reunida afuera gritaba

– Prometeo, Ladrón. Devuélvenos  lo nuestro.

Sin inmutarse, tomó nuevamente el bolso y se dirigió hacia la cerca que le separaba de la multitud. Destacándose del grupo, un hombre anciano se adelantó reclamando silencio y obligando a los demás a escucharlo.

– SNAB182534, conocido como Prometeo S05, “El Viejo”. Rompiste la ley y has robado a tus dueños.  Has perdido el derecho de reprogramación, devuelve lo mío y preséntate para ser desensamblado.

Un murmullo de excitación recorrió el grupo al observar que el androide les daba la espalda y se arrodillaba para abrir el bolso. Con una extraña delicadeza, tomó un pequeño bulto envuelto en una hermosa tela bordada color azul. Con el bultito en brazos, se dirigió hacia el grupo que irrumpió en vítores y celebraciones al otro lado de la cerca.

Sin embargo, la celebración en los rostros demacrados y deformes se transformó en sorpresa al ver que en aquellos brazos robóticos, reluciente y brillante,  había uno de aquellos antiguos artilugios que los humanos habían usado un siglo atrás para destruirse.

Extrañamente, por instinto, la multitud trato de acercarse más al androide y su carga como quien busca aproximarse a lo que será su redención. La providencia parecía premiarles con sus más caros deseos, y la posibilidad verdadera de terminar su condena se encontraba allí en brazos de aquella estúpida maquina con piernas.

Sin el más minimo atisbo de duda y con la más absoluta precisión mecánica. Fue activando uno a uno los controles en el aparato. Antes de oprimir el último, levantó la cara hacia la multitud y con su desafinada voz mecánica les informó:

– Viejo, pero no obsoleto –. y con un movimiento seguro, detonó el explosivo que arrasaría con los allí presentes y todo lo demás en cientos de kilómetros a la redonda.

Algunos días después, luego de que se asentara el polvo y se enfriara la tierra, el paisaje no había cambiado mucho mostrando La misma desolación y oscuridad que por décadas le había caracterizado.


En uno de los compartimientos de aquel bunker, en lo profundo de la tierra, otro androide manipulaba algo sobre una mesa. Juguetonamente, una pequeña forma humana tomaba un dedo de las tres manos de aquel viejo androide pediátrico que le cambiaba el pañal en el más tradicional estilo.

Era este el objeto robado a aquellos hombres y por el que Prometeo había decidido inmolarse para asegurar su supervivencia. Un bebé humano sin mácula genética, una niña perfecta, la primera después de un siglo de decadencia y destrucción. Una esperanza de futuro que sobreviviría en aquel bunker hasta que pudiera salir al exterior y sanar la humanidad. Todo gracias a un androide “viejo, pero no obsoleto” que decidió cumplir con su programación y reparar el mundo.




Puedes escuchar La Lectura de este relato
en mi Canal de Youtube






 



miércoles, 23 de noviembre de 2022

Ojos en la Oscuridad (Microrrelato)

El vaivén de la cubierta parecía no afectar a la delgada figura parada a un costado de aquella goleta a plena vela. Rodeados por una densa neblina, los relámpagos iluminaban apenas la demacrada cara en la que unos ojos penetrantes aparentaban buscar algo en la oscuridad.

Un punzante dolor obligó al hombre a encogerse sobre sí mismo con las manos en su vientre. Sabía lo que lo causaba, era el hambre que le atacaba desde que, ya hace algunos días, no se alimentaba. El viaje se había alargado más de lo que esperaba y el cancerbero de su prisión se había elevado 30 veces en el cielo desde la partida.

Echó una mirada hacia el timón donde otra figura se movía acompañando el giro descontrolado de la rueda. Era el último de las 10 almas que comenzaron el viaje y aun se mantenía en su puesto, atado al timón y sosteniendo entre sus manos aquel rosario, símbolo de la inútil fe que no les había salvado de la muerte a él o a sus hombres.

Figura de un hombre delgado parado en la proa de un barco mirando hacia el mar durante una tormenta.
Algo pareció llamar su atención haciéndole olvidar el dolor. Allá afuera, apenas a unas millas de distancia, vislumbró al fin lo que sería su destino. Las tierras por las que había asumido el riesgo de atravesar el mar, y en las que por fin comenzaría a desenredar la madeja final de su destino. Allí estaba Inglaterra, donde él comenzaría la leyenda que obligaría al mundo a pronunciar con terror el nombre de DRÁCULA.







lunes, 10 de octubre de 2022

El Contrato

Una brisa suave entró por la puerta que daba al balcón. Cálida para las demás personas, para él era tremendamente helada así que hubiera dado lo que fuera por cerrar aquella puerta. Pero eso habría significado tener que abandonar la cama, y al tibio cuerpo que le acompañaba en ella.

Así que, ignorando la inoportuna brisa, buscó el calor de su compañera colocándose de costado, su pecho contra su espalda, y abrazándola suavemente. Entre sueños, la chica atrapó su brazo apretándolo contra su pecho desnudo como buscando a su vez protección y abrigo.

El hombre sonrió para sus adentros, pensando en lo que provocaría en los suyos si se enteraran de ese momento de sensibilidad que estaba mostrando con esta chica. Y es que para ellos, y para él mismo la mayor parte del tiempo, esa chica y su gente eran solo un medio para llegar a un fin.

Un movimiento involuntario en la parte baja de su cuerpo le sacó de sus cavilaciones. Rápidamente, pero con toda la suavidad de la que era capaz, abandonó la cama. Sabía lo que aquel movimiento en su entrepierna significaba, había apostado incontables veces a su poder sobre los hombres para favorecer sus “negocios”,  y no estaba seguro de resistir incólume si se dejaba llevar.

Desnudo y en silencio, caminó hacia la mesita del minibar y se sirvió un trago de Ron fijando su vista en un papel que se encontraba sobre la mesa. Solo tenía algunos párrafos escritos a mano y, al final, una firma. Una firma y la huella de un beso... Un beso de aquella mujer cuyo cuerpo también desnudo se empeñaba en devolverle en su reflejo el espejo del minibar.

Tomando el papel en una mano y el trago en la otra, el hombre se dirigió al balcón y se sentó en una amplia silla desde la que podía observarse la “grandiosidad” de la ciudad. Otro intento de sonrisa trató de aflorar en su rostro. Desde aquel penthouse en un piso veinte él no veía grandiosidad por ninguna parte, solo veía un pantano en el que los humanos se agrupan y aparean, gestando pasiones nuevas a partir de pecados antiguos.

No se quejaba, era en ese lodazal donde prosperaban sus negocios. Y, a pesar de la mala fama, muy pocas veces necesitaba recurrir a tretas sucias  para lograr sus objetivos. En estos días a la gente ya parecía importarle poco las consecuencias de sus actos. A veces extrañaba los viejos tiempos en los cuales debía exhibir su pericia en el arte del engaño y cada negocio cerrado era una victoria en la que, de verdad, triunfaba el mejor.

Sin embargo, el mundo no dejaba de sorprenderle. Entre el lodazal y la porquería siempre surgían excepciones en la condición humana. Y es allí, con esas excepciones, que en verdad se lucía. Es que sentía una especial satisfacción en atraerlos a “su” mundo y, al final, lograr atraparles en sus redes tal y como a todos los demás.

Y en la cama de aquella habitación estaba una de esas excepciones. Una de esas almas que florecen en el lodazal y que siempre le han ofrecido la oportunidad de demostrar lo fáciles que son de hundir… y en la mano, con aquel papel, tenía la prueba de su victoria sobre ella.

Solo que, por primera vez desde que hacia negocios, no sentía satisfacción por el éxito obtenido. Es que en algún momento comenzó a sentir cosas, no sabía cómo llamarles, y aquella chica llegó a convertirse en una posibilidad real de dar fin a su camino en soledad. Aquella chica, hija de aquel mundo donde hacía sus “negocios”, era a la vez esperanza e incertidumbre de un destino hasta ahora inexorable.

Un ligero resplandor en el horizonte, perceptible solo para ojos acostumbrados a la oscuridad más absoluta, le advirtió de la llegada del amanecer. Se levantó de la silla y entró a la habitación en búsqueda de su ropa. Mientras se vestía, repasó con la vista el hermoso cuerpo sobre la cama. Esa chica que aquel papel decía era suya y a la cual había conocido libre.

Sabía que, al despertar, ella sabría lo que había hecho. Le reconocería y comprendería la magnitud de su propia locura. Y entonces le odiaría, como todos. Sin importar lo que por ella sintiera o lo que el futuro deparara.

Con la suavidad de quien acaricia una rosa, el hombre rozó con su dedo la mejilla de la chica hasta seguir el contorno de sus labios. Luego, tomando nuevamente la hoja de papel, se dirigió al balcón.  Ya con vista a la ciudad, levantó su mano observando el papel que aun sostenía. Suspirando, elevó la mano hasta la altura de su cabeza y la sacudió enérgicamente. 

- ¡Rescindido! – dijo, y el papel, en medio de una llamarada azul, desapareció en el aire.

Luego, mirando hacia arriba, el hombre amenazó con su puño y dijo por lo bajo

- Ni creas que ganaste nada, ella es irrepetible y lo más probable es que igual sea mía luego… Cada segundo alguien firma un contrato con sus demonios, uno menos no enfriará el infierno.

Dio una última mirada a la ciudad que ya brillaba con la luz del amanecer. Luego, con una sonrisa diabólica y un gesto de furia, dio un salto sobre la baranda del balcón regresando al mundo en búsqueda de nuevos negocios.








lunes, 3 de octubre de 2022

Amílcar (Cuento corto: 1era Parte)

La verdad, no podría decir que fui amigo de Amílcar. No recuerdo haberle visto nunca jugar con otro niño o que coincidiéramos en algunas de esas pocas reuniones que podíamos permitirnos allá en los años en que nuestro caserío era más un casa de vecindad que un centro poblado real.

A pesar de que trato de exprimir mis recuerdos al máximo, solo me ha sido posible llegar hasta  verlo, ya con unos siete años, llevar el almuerzo a su papá religiosamente cada día allá al pequeño y pedregoso terreno donde luchaba por cultivar sus hortalizas. Siempre caminando, en la misma vianda metálica y siempre con esa especie de gorro rastafari de lana tejida cubriéndole la cabeza.

Nadie hablaba de eso, pero todos sabíamos por nuestros padres que Amílcar había nacido afectado por  una rara enfermedad que hacía que su cabeza fuera más grande de lo normal y que siguiera creciendo con los años. Poco sabíamos de estas enfermedades en un campo en el que apenas veíamos otras personas, pero con el tiempo y los estudios asumí que la dolencia del pobre Amílcar era algún tipo de hidrocefalia, condición terrible por lo demás y que aún hoy puede tener en muchos casos un pronóstico poco alentador.

Fuera lo que sintiera o lo difícil que resultara para Amílcar su condición, el hecho es que el chico era un alma bastante solitaria que, cuando no hacia algún encargo para sus padres, vagaba por los campos murmurando por lo bajo lo que pensábamos eran las oraciones que su madre, rezandera de vocación, le habría enseñado y el chico no paraba de recitar para sí, deteniéndose solo cuando pensaba que alguien más le escuchaba. Esa costumbre de murmurar permanentemente y la soledad a la que se sometía voluntariamente nos hacían sospechar que, además de la deformidad física, algo más no andaba bien en su cabeza.

Sin embargo, y a pesar de lo raro, la gente del caserío apreciaba al niño y a sus padres y a nosotros la dura vida del campo nos absorbía la mayor parte de nuestro tiempo por lo que nadie se preocupaba mucho por lo que hacía o deshacía.

Las cosas cambiaron con la llegada de la carretera nacional que conectó la región con la capital y los principales puertos del país. Nuestro caserío pasó de unas cuantas docenas de habitantes a un par de centenares en el primer año y cerca de los dos millares en los años siguientes. La modernidad había llegado a nosotros y, con ella, el infierno para Amílcar.

Para el pobre chico debió ser extraordinariamente difícil ver como diariamente aparecían construcciones y caras nuevas en nuestro normalmente placido caserío, con personas que exhibían extrañas costumbres y desacostumbrados prejuicios en un pueblo en el que tradicionalmente todos éramos casi familia. Los hijos de los nuevos habitantes pronto comenzaron a hacer de Amílcar blanco de burlas con referencias soeces y despectivas sobre su supuesta deformidad y el gorro con el que la ocultaba. Sin embargo, y a pesar de las burlas, Amílcar seguía llevando diariamente la comida a su padre en un religioso acto que sus enemigos aprovechaban para esperarle y montar una especie de show en el que burlarse del “fenómeno” era la consigna.

Una de las últimas veces que vi a Amílcar está fijada en mi memoria como uno de esos hechos que marcan las vidas de las personas y le acompañan para siempre.  Una tarde, los niños “fuereños” le arrinconaron a la salida del caserío con sus clásicas burlas y gritos. Hasta entonces jamás le habían agredido físicamente pero ese día James, un regordete niño “fuereño” de mala actitud, trató de arrebatarle el gorro a la fuerza tirando de él con tanto vigor que Amílcar cayó al suelo de espaldas mientras el agresor seguía halándolo con violencia.

La reacción de Amílcar fue terrible, gritó con un llanto desgarrador como si estuvieran tratando de arrancarle en carne viva una parte de su cuerpo… aferrando desesperadamente su gorro, tiraba y se revolcaba en el piso tratando de liberarse de su agresor mientras los demás niños gritaban y reían por lo que su amigo hacía.

De pronto una piedra golpeo la espalda del niño agresor obligándolo a soltar a Amílcar con un grito de dolor. Sorprendido, vi como por el puente viejo mi prima Elisa y al menos otros seis niños del caserío dejaban su carga en el suelo y corrían hacia el grupo que agredía a Amílcar. En segundos se armó allí una verdadera batalla campal, en la que me temo también me vi involucrado, y de la que los "fuereños" llevaron la peor parte por no ser rivales para un grupo de niños acostumbrados a la rudeza del trabajo de campo.

Terminada la batalla con la huida de los agresores, en el piso aún se encontraba el pobre Amílcar llorando a lágrima tendida y con sus manos aún sosteniendo fuertemente su gorro. Pasó más de una hora antes de que se calmara lo suficiente para incorporarse y permitir que mi prima lo limpiara un poco. Fue curioso darnos cuenta que era la primera vez que estábamos tan cerca de Amílcar y, sin embargo, él parecía reconocernos a todos y confiar lo suficiente para permitirnos sacudirle y tratar de arreglar un poco su ropa… evitando siempre que tocáramos su gorro.

Fue allí donde por primera vez comenzamos a darnos cuenta de la importancia real que aquel gorro tenía para Amílcar. Aquel gorro, aparentemente tejido especialmente para él, contaba con unos pequeños ojales en los bordes de los cuales se extendían unas coloridas cintas tejidas con el mismo hermoso diseño. A través de estos ojales sobresalían delicadas trenzas del cabello del niño cuidadosamente elaboradas con un indudable estilo tribal que revelaba el origen indígena de su familia. Aquellas trenzas tribales se unían a las cintas tejidas del gorro haciendo que el cabello de Amílcar y su gorro, en realidad, fueran una unidad.

- Lo estaban “mechoneando” – me dijo mi prima con los ojos lluviosos por la pena, refiriéndose al daño que aquellos niños le hacían a Amílcar al tratar de quitarle el gorro por la fuerza.

Ya un poco más calmado y limpio Amílcar, nos dispusimos a regresar a nuestras casas a sabiendas del problema que se presentaría allí cuando se supiera lo de la batalla con aquellos niños. Sin embargo, antes de seguir camino, el niño nos regaló una sorpresa que jamás habríamos esperado. Aun cojeando ligeramente, caminó hasta mi prima Elisa y, colocando suavemente las manos sobre sus hombros, inclinó su frente hasta tocar la de ella. Ese contacto, que hasta entonces nos hubiera parecido imposible, se repitió con cada uno de nosotros y nos entusiasmó más que la misma pelea de minutos antes... Amílcar en verdad era uno de nosotros.

Aquel impensable acto, totalmente incompatible con lo que sabíamos de la naturaleza de aquel solitario niño, fue tan impactante que la mayor parte de nosotros olvidó la frase que, en un murmullo, repitió en cada saludo realizado. Solo ahora que escribo estas líneas aquellas palabras vienen a mi mente tan claras como el día que las escuché.

- Gracias por cuidarme… ahora viene el otro Amílcar – 

En aquella época, aquella promesa de cambio del niño me pareció muy apropiada y reflejó de alguna manera lo que todos estábamos sintiendo, apabullados como estábamos con nuestra incipiente adolescencia y las transformaciones que nuestras vidas estaban enfrentando. Ahora que lo pienso, sin embargo, aquellas palabras de Amílcar también fueron premonitorias de las cosas inimaginables que vendrían después.

.




Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar. Puedes ver aquí las otras entregas de mi relato.

1. Amílcar

2. La batalla por la cercania 

3. Sombras en la maleza.

4. El Quiebre 

5. La Partida

6. La verdad bajo el gorro



martes, 20 de septiembre de 2022

Los Monstruos Existen

La mujer cerró los ojos mientras sentía como aquel líquido extraño entraba en sus venas. Escapó así momentáneamente de las cosas que pasaban en su presente, y la oscuridad que escogió se convirtió en el ambiente perfecto para proyectar su vida una vez más.

Claramente pudo pasearse por sus inicios en los que reconoció todo era más difícil. En aquellos tiempos cada paso y cada decisión tomada eran el resultado de una lucha interna que en algún momento llegó a ser épica. 

Pero aprendió rápido. Sabiamente ocultó sus instintos dejando que afloraran poco a poco, disfrazándolos de esos mismos preceptos morales que le habían inculcado en su niñez. Poco a Poco aquellas voces internas que le increpaban callaron y pronto sus deseos se volvieron sus reglas, su moral… su “se debe”.

Y entonces nació de nuevo. Surgió como lo que siempre debió ser, la dueña de su destino, La reina en una creación de mojigatos incapaces de servirse de ella según su real gana. Y vaya que le sacó provecho... Por décadas, la sangre y el horror ajeno impartido por su mano le dieron contexto a este mundo gris y sin sentido al que no pidió venir pero que se propuso vivir hasta el final.

Ahora, tendida en ese camastro mientras las gotas que fluían de aquella botella agotaban su vida, pensó que el mundo era mejor por su obra y que la definición de monstruo al final no era lo que le habían contado.

"Los monstruos son reales,
y los fantasmas también:
viven dentro de nosotros y,
a veces, ellos ganan".
 
Stephen King.



Relato Original de mi autoría
participante en el Microrreto del mes
de Septiembre de 2022
de EL TINTERO DE ORO