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miércoles, 23 de noviembre de 2022

Ojos en la Oscuridad (Microrrelato)

El vaivén de la cubierta parecía no afectar a la delgada figura parada a un costado de aquella goleta a plena vela. Rodeados por una densa neblina, los relámpagos iluminaban apenas la demacrada cara en la que unos ojos penetrantes aparentaban buscar algo en la oscuridad.

Un punzante dolor obligó al hombre a encogerse sobre sí mismo con las manos en su vientre. Sabía lo que lo causaba, era el hambre que le atacaba desde que, ya hace algunos días, no se alimentaba. El viaje se había alargado más de lo que esperaba y el cancerbero de su prisión se había elevado 30 veces en el cielo desde la partida.

Echó una mirada hacia el timón donde otra figura se movía acompañando el giro descontrolado de la rueda. Era el último de las 10 almas que comenzaron el viaje y aun se mantenía en su puesto, atado al timón y sosteniendo entre sus manos aquel rosario, símbolo de la inútil fe que no les había salvado de la muerte a él o a sus hombres.

Figura de un hombre delgado parado en la proa de un barco mirando hacia el mar durante una tormenta.
Algo pareció llamar su atención haciéndole olvidar el dolor. Allá afuera, apenas a unas millas de distancia, vislumbró al fin lo que sería su destino. Las tierras por las que había asumido el riesgo de atravesar el mar, y en las que por fin comenzaría a desenredar la madeja final de su destino. Allí estaba Inglaterra, donde él comenzaría la leyenda que obligaría al mundo a pronunciar con terror el nombre de DRÁCULA.







lunes, 10 de octubre de 2022

El Contrato

Una brisa suave entró por la puerta que daba al balcón. Cálida para las demás personas, para él era tremendamente helada así que hubiera dado lo que fuera por cerrar aquella puerta. Pero eso habría significado tener que abandonar la cama, y al tibio cuerpo que le acompañaba en ella.

Así que, ignorando la inoportuna brisa, buscó el calor de su compañera colocándose de costado, su pecho contra su espalda, y abrazándola suavemente. Entre sueños, la chica atrapó su brazo apretándolo contra su pecho desnudo como buscando a su vez protección y abrigo.

El hombre sonrió para sus adentros, pensando en lo que provocaría en los suyos si se enteraran de ese momento de sensibilidad que estaba mostrando con esta chica. Y es que para ellos, y para él mismo la mayor parte del tiempo, esa chica y su gente eran solo un medio para llegar a un fin.

Un movimiento involuntario en la parte baja de su cuerpo le sacó de sus cavilaciones. Rápidamente, pero con toda la suavidad de la que era capaz, abandonó la cama. Sabía lo que aquel movimiento en su entrepierna significaba, había apostado incontables veces a su poder sobre los hombres para favorecer sus “negocios”,  y no estaba seguro de resistir incólume si se dejaba llevar.

Desnudo y en silencio, caminó hacia la mesita del minibar y se sirvió un trago de Ron fijando su vista en un papel que se encontraba sobre la mesa. Solo tenía algunos párrafos escritos a mano y, al final, una firma. Una firma y la huella de un beso... Un beso de aquella mujer cuyo cuerpo también desnudo se empeñaba en devolverle en su reflejo el espejo del minibar.

Tomando el papel en una mano y el trago en la otra, el hombre se dirigió al balcón y se sentó en una amplia silla desde la que podía observarse la “grandiosidad” de la ciudad. Otro intento de sonrisa trató de aflorar en su rostro. Desde aquel penthouse en un piso veinte él no veía grandiosidad por ninguna parte, solo veía un pantano en el que los humanos se agrupan y aparean, gestando pasiones nuevas a partir de pecados antiguos.

No se quejaba, era en ese lodazal donde prosperaban sus negocios. Y, a pesar de la mala fama, muy pocas veces necesitaba recurrir a tretas sucias  para lograr sus objetivos. En estos días a la gente ya parecía importarle poco las consecuencias de sus actos. A veces extrañaba los viejos tiempos en los cuales debía exhibir su pericia en el arte del engaño y cada negocio cerrado era una victoria en la que, de verdad, triunfaba el mejor.

Sin embargo, el mundo no dejaba de sorprenderle. Entre el lodazal y la porquería siempre surgían excepciones en la condición humana. Y es allí, con esas excepciones, que en verdad se lucía. Es que sentía una especial satisfacción en atraerlos a “su” mundo y, al final, lograr atraparles en sus redes tal y como a todos los demás.

Y en la cama de aquella habitación estaba una de esas excepciones. Una de esas almas que florecen en el lodazal y que siempre le han ofrecido la oportunidad de demostrar lo fáciles que son de hundir… y en la mano, con aquel papel, tenía la prueba de su victoria sobre ella.

Solo que, por primera vez desde que hacia negocios, no sentía satisfacción por el éxito obtenido. Es que en algún momento comenzó a sentir cosas, no sabía cómo llamarles, y aquella chica llegó a convertirse en una posibilidad real de dar fin a su camino en soledad. Aquella chica, hija de aquel mundo donde hacía sus “negocios”, era a la vez esperanza e incertidumbre de un destino hasta ahora inexorable.

Un ligero resplandor en el horizonte, perceptible solo para ojos acostumbrados a la oscuridad más absoluta, le advirtió de la llegada del amanecer. Se levantó de la silla y entró a la habitación en búsqueda de su ropa. Mientras se vestía, repasó con la vista el hermoso cuerpo sobre la cama. Esa chica que aquel papel decía era suya y a la cual había conocido libre.

Sabía que, al despertar, ella sabría lo que había hecho. Le reconocería y comprendería la magnitud de su propia locura. Y entonces le odiaría, como todos. Sin importar lo que por ella sintiera o lo que el futuro deparara.

Con la suavidad de quien acaricia una rosa, el hombre rozó con su dedo la mejilla de la chica hasta seguir el contorno de sus labios. Luego, tomando nuevamente la hoja de papel, se dirigió al balcón.  Ya con vista a la ciudad, levantó su mano observando el papel que aun sostenía. Suspirando, elevó la mano hasta la altura de su cabeza y la sacudió enérgicamente. 

- ¡Rescindido! – dijo, y el papel, en medio de una llamarada azul, desapareció en el aire.

Luego, mirando hacia arriba, el hombre amenazó con su puño y dijo por lo bajo

- Ni creas que ganaste nada, ella es irrepetible y lo más probable es que igual sea mía luego… Cada segundo alguien firma un contrato con sus demonios, uno menos no enfriará el infierno.

Dio una última mirada a la ciudad que ya brillaba con la luz del amanecer. Luego, con una sonrisa diabólica y un gesto de furia, dio un salto sobre la baranda del balcón regresando al mundo en búsqueda de nuevos negocios.








lunes, 3 de octubre de 2022

Amílcar (Cuento corto: 1era Parte)

La verdad, no podría decir que fui amigo de Amílcar. No recuerdo haberle visto nunca jugar con otro niño o que coincidiéramos en algunas de esas pocas reuniones que podíamos permitirnos allá en los años en que nuestro caserío era más un casa de vecindad que un centro poblado real.

A pesar de que trato de exprimir mis recuerdos al máximo, solo me ha sido posible llegar hasta  verlo, ya con unos siete años, llevar el almuerzo a su papá religiosamente cada día allá al pequeño y pedregoso terreno donde luchaba por cultivar sus hortalizas. Siempre caminando, en la misma vianda metálica y siempre con esa especie de gorro rastafari de lana tejida cubriéndole la cabeza.

Nadie hablaba de eso, pero todos sabíamos por nuestros padres que Amílcar había nacido afectado por  una rara enfermedad que hacía que su cabeza fuera más grande de lo normal y que siguiera creciendo con los años. Poco sabíamos de estas enfermedades en un campo en el que apenas veíamos otras personas, pero con el tiempo y los estudios asumí que la dolencia del pobre Amílcar era algún tipo de hidrocefalia, condición terrible por lo demás y que aún hoy puede tener en muchos casos un pronóstico poco alentador.

Fuera lo que sintiera o lo difícil que resultara para Amílcar su condición, el hecho es que el chico era un alma bastante solitaria que, cuando no hacia algún encargo para sus padres, vagaba por los campos murmurando por lo bajo lo que pensábamos eran las oraciones que su madre, rezandera de vocación, le habría enseñado y el chico no paraba de recitar para sí, deteniéndose solo cuando pensaba que alguien más le escuchaba. Esa costumbre de murmurar permanentemente y la soledad a la que se sometía voluntariamente nos hacían sospechar que, además de la deformidad física, algo más no andaba bien en su cabeza.

Sin embargo, y a pesar de lo raro, la gente del caserío apreciaba al niño y a sus padres y a nosotros la dura vida del campo nos absorbía la mayor parte de nuestro tiempo por lo que nadie se preocupaba mucho por lo que hacía o deshacía.

Las cosas cambiaron con la llegada de la carretera nacional que conectó la región con la capital y los principales puertos del país. Nuestro caserío pasó de unas cuantas docenas de habitantes a un par de centenares en el primer año y cerca de los dos millares en los años siguientes. La modernidad había llegado a nosotros y, con ella, el infierno para Amílcar.

Para el pobre chico debió ser extraordinariamente difícil ver como diariamente aparecían construcciones y caras nuevas en nuestro normalmente placido caserío, con personas que exhibían extrañas costumbres y desacostumbrados prejuicios en un pueblo en el que tradicionalmente todos éramos casi familia. Los hijos de los nuevos habitantes pronto comenzaron a hacer de Amílcar blanco de burlas con referencias soeces y despectivas sobre su supuesta deformidad y el gorro con el que la ocultaba. Sin embargo, y a pesar de las burlas, Amílcar seguía llevando diariamente la comida a su padre en un religioso acto que sus enemigos aprovechaban para esperarle y montar una especie de show en el que burlarse del “fenómeno” era la consigna.

Una de las últimas veces que vi a Amílcar está fijada en mi memoria como uno de esos hechos que marcan las vidas de las personas y le acompañan para siempre.  Una tarde, los niños “fuereños” le arrinconaron a la salida del caserío con sus clásicas burlas y gritos. Hasta entonces jamás le habían agredido físicamente pero ese día James, un regordete niño “fuereño” de mala actitud, trató de arrebatarle el gorro a la fuerza tirando de él con tanto vigor que Amílcar cayó al suelo de espaldas mientras el agresor seguía halándolo con violencia.

La reacción de Amílcar fue terrible, gritó con un llanto desgarrador como si estuvieran tratando de arrancarle en carne viva una parte de su cuerpo… aferrando desesperadamente su gorro, tiraba y se revolcaba en el piso tratando de liberarse de su agresor mientras los demás niños gritaban y reían por lo que su amigo hacía.

De pronto una piedra golpeo la espalda del niño agresor obligándolo a soltar a Amílcar con un grito de dolor. Sorprendido, vi como por el puente viejo mi prima Elisa y al menos otros seis niños del caserío dejaban su carga en el suelo y corrían hacia el grupo que agredía a Amílcar. En segundos se armó allí una verdadera batalla campal, en la que me temo también me vi involucrado, y de la que los "fuereños" llevaron la peor parte por no ser rivales para un grupo de niños acostumbrados a la rudeza del trabajo de campo.

Terminada la batalla con la huida de los agresores, en el piso aún se encontraba el pobre Amílcar llorando a lágrima tendida y con sus manos aún sosteniendo fuertemente su gorro. Pasó más de una hora antes de que se calmara lo suficiente para incorporarse y permitir que mi prima lo limpiara un poco. Fue curioso darnos cuenta que era la primera vez que estábamos tan cerca de Amílcar y, sin embargo, él parecía reconocernos a todos y confiar lo suficiente para permitirnos sacudirle y tratar de arreglar un poco su ropa… evitando siempre que tocáramos su gorro.

Fue allí donde por primera vez comenzamos a darnos cuenta de la importancia real que aquel gorro tenía para Amílcar. Aquel gorro, aparentemente tejido especialmente para él, contaba con unos pequeños ojales en los bordes de los cuales se extendían unas coloridas cintas tejidas con el mismo hermoso diseño. A través de estos ojales sobresalían delicadas trenzas del cabello del niño cuidadosamente elaboradas con un indudable estilo tribal que revelaba el origen indígena de su familia. Aquellas trenzas tribales se unían a las cintas tejidas del gorro haciendo que el cabello de Amílcar y su gorro, en realidad, fueran una unidad.

- Lo estaban “mechoneando” – me dijo mi prima con los ojos lluviosos por la pena, refiriéndose al daño que aquellos niños le hacían a Amílcar al tratar de quitarle el gorro por la fuerza.

Ya un poco más calmado y limpio Amílcar, nos dispusimos a regresar a nuestras casas a sabiendas del problema que se presentaría allí cuando se supiera lo de la batalla con aquellos niños. Sin embargo, antes de seguir camino, el niño nos regaló una sorpresa que jamás habríamos esperado. Aun cojeando ligeramente, caminó hasta mi prima Elisa y, colocando suavemente las manos sobre sus hombros, inclinó su frente hasta tocar la de ella. Ese contacto, que hasta entonces nos hubiera parecido imposible, se repitió con cada uno de nosotros y nos entusiasmó más que la misma pelea de minutos antes... Amílcar en verdad era uno de nosotros.

Aquel impensable acto, totalmente incompatible con lo que sabíamos de la naturaleza de aquel solitario niño, fue tan impactante que la mayor parte de nosotros olvidó la frase que, en un murmullo, repitió en cada saludo realizado. Solo ahora que escribo estas líneas aquellas palabras vienen a mi mente tan claras como el día que las escuché.

- Gracias por cuidarme… ahora viene el otro Amílcar – 

En aquella época, aquella promesa de cambio del niño me pareció muy apropiada y reflejó de alguna manera lo que todos estábamos sintiendo, apabullados como estábamos con nuestra incipiente adolescencia y las transformaciones que nuestras vidas estaban enfrentando. Ahora que lo pienso, sin embargo, aquellas palabras de Amílcar también fueron premonitorias de las cosas inimaginables que vendrían después.

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Hace ya un tiempo que comencé a escribir la historia de Amílcar. Puedes ver aquí las otras entregas de mi relato.

1. Amílcar

2. La batalla por la cercania 

3. Sombras en la maleza.

4. El Quiebre 

5. La Partida

6. La verdad bajo el gorro



martes, 20 de septiembre de 2022

Los Monstruos Existen

La mujer cerró los ojos mientras sentía como aquel líquido extraño entraba en sus venas. Escapó así momentáneamente de las cosas que pasaban en su presente, y la oscuridad que escogió se convirtió en el ambiente perfecto para proyectar su vida una vez más.

Claramente pudo pasearse por sus inicios en los que reconoció todo era más difícil. En aquellos tiempos cada paso y cada decisión tomada eran el resultado de una lucha interna que en algún momento llegó a ser épica. 

Pero aprendió rápido. Sabiamente ocultó sus instintos dejando que afloraran poco a poco, disfrazándolos de esos mismos preceptos morales que le habían inculcado en su niñez. Poco a Poco aquellas voces internas que le increpaban callaron y pronto sus deseos se volvieron sus reglas, su moral… su “se debe”.

Y entonces nació de nuevo. Surgió como lo que siempre debió ser, la dueña de su destino, La reina en una creación de mojigatos incapaces de servirse de ella según su real gana. Y vaya que le sacó provecho... Por décadas, la sangre y el horror ajeno impartido por su mano le dieron contexto a este mundo gris y sin sentido al que no pidió venir pero que se propuso vivir hasta el final.

Ahora, tendida en ese camastro mientras las gotas que fluían de aquella botella agotaban su vida, pensó que el mundo era mejor por su obra y que la definición de monstruo al final no era lo que le habían contado.

"Los monstruos son reales,
y los fantasmas también:
viven dentro de nosotros y,
a veces, ellos ganan".
 
Stephen King.



Relato Original de mi autoría
participante en el Microrreto del mes
de Septiembre de 2022
de EL TINTERO DE ORO

 

 

jueves, 3 de junio de 2021

Legiones. Relato Corto

Impaciente, la niña observó por enésima vez el reloj en la pared. Le parecía terriblemente aburrido tener que esperar hasta la hora señalada pero había cometido la estupidez de convocar a esa hora y ya no podía retractarse o no llegarían todos. Para el futuro tendría que programarse mejor.

Miró por la ventana de la sala con la esperanza de observar un relámpago o un trueno que la sacara de su aburrimiento. Solo la impasible lechuza del gran árbol del patio montaba guardia a la entrada de su agujero.

Un movimiento sobre el alfeizar de la ventana llamó su atención. Aparentemente después de trepar desde el exterior, un pequeño insecto parecido a una cucaracha trataba de entrar a la casa por la ventana abierta. Tal vez era algún tipo de escarabajo,  pero no podría asegurarlo.

Lejos de asustarse por la presencia de aquel bicho, la niña pareció alegrase de encontrar algo para entretenerse. Puso su mano con la palma hacia arriba y lo empujo con un dedo hasta subirlo. Elevándolo hasta su rostro, le sopló con delicadeza el polvo del caparazón y le sonrió con cariño.

No entendía como las personas podían odiar tanto a criaturas tan hermosas y delicadas. Solo querían vivir sus vidas sin molestar a nadie.  Y lo hacían en los rincones de la casa más ocultos y alejados para que nadie se ofendiera o asustara de su presencia. Esta cosita en particular había decidido vivir afuera, en las bases de la casa, para que ni siquiera sus patitas dejaran un rastro que la delatase.

Cuidadosamente llevó el insecto hacia el interior de la casa. Alumbrándose con la linterna se dirigió hacia una pequeña mesa en una esquina de la habitación.

—Perdón por la luz chicos, pero no puedo ver en la oscuridad y no quisiera pisarlos —dijo, mientras caminaba por la habitación casi en puntas de pies.

Es que a su paso, pequeñas sombras se apresuraban a apartarse con una notoria aversión al suave círculo de luz emitido por la linterna de mano.

Un poco más de atención habría permitido a un observador curioso reconocer en aquellas sombras a decenas de insectos bastante parecidos al que ahora llevaba en su mano y que, en este caso no había duda, eran cucarachas… decenas, tal vez cientos de ellas huyendo de la luz.

En su afán de caminar cuidadosamente, la niña trastabilló hasta casi caer. Tratando de proteger al insecto que llevaba en la mano, su linterna rodó por el suelo alumbrando con más amplitud la habitación donde se encontraban. Aunque la recuperó con rapidez, los segundos de luz proporcionados mostraron que las decenas de sombras delante de la niña se multiplicaban por millares en el resto de la habitación.

Habitación de una casa con muebles, pisos y paredes cubiertos de insectos
En una escena dantesca, millones de insectos de infinidad de especies se amontonaban en un agitado mar de antenas, patas y alas de toda forma y tamaño. Al huir de la luz, los cuerpos en fuga producían un tétrico entrechocar que recordaba el rasguñar de la madera en el bosque.

—Ya va, ya va, ¡Tropecé!  ¿entienden? Hoy son muchos más, hay que entrenar un poco para ser más ordenados.  

Miró hacia arriba tratando de percibir alguna señal de que alguien había sido alertado de lo que pasaba en la sala. En un momento, su duda se disipó y, más tranquila, colocó su amigo junto a un montón de la misma especie que esperaba sobre una pequeña mesa.

De todas formas, dudaba que alguien quisiera bajar, aun habiendo escuchado algún ruido. Todos sabían, de alguna forma, del vínculo que se había formado entre ella y sus amigos desde que se habían mudado a aquella casa. Sabían, pero el miedo les obligaba a callar y hacerse los ignorantes.

Ahora tenían miedo, claro. Por sus nuevos amigos, pero antes se burlaban, la humillaban. En especial el idiota del novio de su hermana. No perdía oportunidad de lucirse, burlándose, poniéndole apodos, arrojándole cosas. 

Solo que cometió el error de hacerla enojar, de tratar de quedarse con su habitación para estar cercar de su hermana. Una vez allí, trató de acabar con sus amigos y ella no lo podía permitir. Ahora, el estúpido se encontraba en un hospital, con lo que los médicos llamaron “una crisis psicótica”, hablando cosas de “cucarachas, arañas y bichos asquerosos que se le subían por todo el cuerpo y lo mordían”.

Aun no podía creer el infierno que había desatado aquel estúpido aquella noche apoyado por su misma familia. Decenas, tal vez cientos, de sus amigos habían perecido aplastados, envenenados o simplemente asfixiados en un sanguinario desenfreno que ella no había podido evitar.

Primer plano de niña en la penunmbra. Con una sonrisa diabólica y cubierta de insectos
No lo pudo evitar, pero si lo pudo cobrar. La noche siguiente sus amigos y ella le mostraron de lo que era capaz al estúpido, y a su familia traidora que lo apoyó. Y, como dijo, él estaba ahora en un hospital y sus padres, hermano y hermana en sus cuartos sometidos por el miedo.

Y ella estaba allí, con sus amigos, regodeándose en su poder sobre ellos recién descubierto y en los planes que gestaba para el futuro. Los entrenaría, les enseñaría como trabajar al unísono. Le enseñaría a sus legiones cómo convertirse en un único insecto, gigantesco, poderoso, invencible. … y luego saldrían al mundo, a tomar lo que por derecho les pertenecía.

Allí, en ese momento, la humanidad parió un enemigo.



Si Prefieres escuchar la lectura del relato, puedes hacerlos desde mi Podcast en Ivoox



lunes, 17 de mayo de 2021

Relato: Sombras

Vencido por la momentánea incapacidad de sus pulmones para oxigenar su sangre, el muchacho calló de rodillas sobre las rocas del camino. Desesperado, inhaló todo el aire que su boca fue capaz de atrapar en un intento por recuperar el aliento después del extraordinario esfuerzo por correr hasta allí a través del bosque.

¡Ya viene, corre! –  La voz en su oído lo sacó bruscamente de sus pensamientos obligándolo a levantarse y a tratar de seguir avanzando sin saber hacia donde se dirigía. Apremiado por aquella voz, y por la sensación opresora de que algo lo seguía, solo se concentró en obligar a sus pies a moverse entre las hojas y las ramas que alfombraban el suelo.

¡Más rápido, ya viene! – la voz delante de él parecía llamarle, guiarle en una huida que por alguna razón parecía ser cosa de vida o muerte. 

En la mañana de ese día, la idea de hacer un tik tok en la entrada de la abandonada mansión de la tía Emilia parecía divertida. Máxime cuando la belleza del barrio puso en duda su valor para llevar a cabo el reto. No creía en los cuentos de viejas locas y niños asesinados que se decían en la ciudad y los enormes ojos de la chica eran una promesa de mucho lujo como para pasar por un cobarde. Así que, no muy convencido, recogió el reto y se preparó para la hazaña.

¡Para!.. ¡Para! – la voz le obligó a detenerse nuevamente en la oscuridad. La orden llegó justo a tiempo, delante de él se extendía el borde de una barranca que se escondía entre las sombras como la boca del lobo que espera oculto su presa. En su carrera desenfrenada, el muchacho había olvidado que solo había un camino para regresar a la carretera principal y pasaba por un viejo puente peatonal que, desde donde estaba, no podía ver.

Ella está aquí, ¡Corre! – dijo la voz, esta vez desde su izquierda, pero el agotamiento había afectado sus reflejos y esta vez solo acató a mirar atrás hacia el camino recorrido. Solo alcanzó a percibir las mismas sombras que, amenazadoras, parecían rodearlo jugando con su imaginación. 

Sin atreverse a reaccionar, su atención se dirigió hacia una de aquellas sombras que, de repente, pareció destacarse entre las otras. Aquella sombra, que vagamente recordaba una figura humana, se desplazó por el bosque aumentando de tamaño como si fuese una proyección que usara árboles y arbustos como pantalla. 

¡Te quiere, como a nosotros!... ¡CORRE!.. - La presurosa voz en su oído  funcionó como una descarga eléctrica que le puso en movimiento bordeando la barranca. Podía sentir en la piel de su nuca la sombra maligna tras del él. Y, esta vez estaba seguro de que no lo imaginaba, podía ver huyendo delante de él a la otra pequeña sombra que le guiaba. 

La primera vez que la sintió fue al llegar a la vieja casona un poco antes. Parado en la entrada de la casa, sobre los viejos tablones de madera, comenzó a grabar el mensaje que pensaba le aseguraría los favores de su amiga. De súbito, sintió como unas pequeñas manos lo empujaban por la espalda con tanta fuerza que perdió el equilibrio y cayó al piso fuera de la casa. Inmediatamente un trozo de viga del techo pareció rodar y caer justo en el sitio donde estaba parado antes de su caída. El peso de la viga y la fuerza del golpe fueron tales que abrieron un enorme hoyo en el piso de madera. Hubiera muerto sin duda alguna de no haber sido… ¿empujado?

En aquel momento, desde el piso, la sorpresa se transformó en pánico ante la figura aparecida en la puerta de la vieja casona. Como en una película de terror, una espantosa mujer le miraba con ojos inyectados en sangre. De traje y sombrero como en esas viejas fotografías de la abuela, la mujer levantó un palo, tal vez un bastón, haciendo gestos amenazadores hacia él en una espantosa mímica que mínimo presagiaba una paliza.

¡Corre tonto, va a atraparte! – Dijo aquella voz, dejándose oír por primera vez. Y fue tanto el apremio que, sin pensarlo dos veces, se levantó y salió a escape buscando el camino por el que había llegado.

Una vez más sin respiración, tuvo que detenerse para recuperar el aliento. – No tienes tiempo, está aquí – le urgió la voz, pero no tenía fuerzas para atender la urgencia con la que le apremiaba. 

Con gran esfuerzo dio un paso hacia adelante intentando seguir el camino. Pero en ese momento, algo pesado le golpeo en mitad de la espada con tanta fuerza que tuvo que arquear los hombros hacia atrás para soportar el dolor. Sea lo que fuera, mujer o sombra, lo que le perseguía le había alcanzado en aquel momento de debilidad y le había demostrado sus intenciones con ese único golpe poderoso.

Un súbito empujón de adrenalina le hizo tomar una gran bocanada de aire y sus pies se movieron con una energía impensable un segundo antes. La luz de la luna logró colarse por entren las ramas y un camino parecía extenderse delante de él permitiéndole ver, a escasos metros, como su sombra guía escapaba rauda por allí. 

¡El puente, allí está el puente, si llegas a la carretera no podrá seguirte! – le urgió aquella voz.


En efecto un brillo blanco, más brillante que el que la luna le regalaba, revelaba la presencia de las luminarias de la carretera principal. Unos pasos antes, pudo diferenciar la estructura del destartalado puente de madera ya a unos pocos metros de distancia. No quiso mirar atrás, pero cada milímetro de su piel sentía la presencia maligna que le seguía, y que sabía no descansaría hasta alcanzarlo. 

En un último esfuerzo, y sin ver nada más que aquella luminaria, cruzó raudo el puente salvador sintiendo como las viejas tablas crujían quejándose bajo sus pies. Agotado hasta casi el desmayo, cayó al otro lado en la carretera de asfalto, sintiendo como su pecho parecía abrirse en dos por el titánico esfuerzo para respirar.

Tuvieron que pasar unos minutos antes de poder levantar la cabeza y atreverse a mirar el camino andado. Entre las sombras vio claramente a un niño mirándolo sonriente al otro lado del puente, como si le divirtiese alguna picardía. 

Mirando hacia un lado de la barranca, impulsado por algo que vio, el niño corrió hacia el lado contrario desapareciendo en el bosque. Tras él, de entre la maleza, surgió otra figura esta vez perfectamente reconocible a la luz de la luna. Era aquella mujer, bastante mayor, con un recatado vestido de falda ancha hasta el tobillo,  un amplio sombrero y un peculiar bastón en la mano.  

Dando una última mirada al muchacho al otro lado del puente, la mujer extendió su bastón hacia él de una forma amenazadora y partió tras el niño en la profundidad del bosque. 

Mirando el brillo en el horizonte que revelaba la llegada del nuevo día, el muchacho comprendió de pronto que había sido testigo y victima colateral de un encuentro entre dos almas en pena que le habían tomado como premio. Un encuentro que vaya usted a saber desde hace cuánto se libraría y que aparentemente, gracias a Dios, el niño había ganado en esta oportunidad.

Ya recuperado, se levantó del suelo y tomo el caminó principal hacia la ciudad. Una sonrisa apareció de repente en su rostro, acababa de darse cuenta de que había perdido el móvil con la prueba de su visita a la vieja casona. Después de todo, aquellos grandes ojos tendrían que esperar, no pensaba ni en un millón de años volver a reclamar su teléfono. En realidad, dudaba tener que hacerse de uno en algún tiempo.


Nota: Esta historia de ficción está basada en la leyenda de la CASA DE LA TÍA TOÑA. Esta casona, ubicada en pleno bosque Chapultepec de la ciudad de México, es protagonista de una leyenda urbana plagada de locura y crímenes. Alimentada por las historias populares, la casa se ha convertido en un atractivo casi turístico que ha provocado varias muertes por el deseo de las personas de comprobar el mito. 


Puedes escuchar el relato Aquí (10:29 min)

 
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sábado, 8 de mayo de 2021

Microrrelato: La Fuga

Cinco años planificando, preparándose para ese día.  Memorizó calendarios, planos y rutinas. Aprendió a reconocer cada ruido externo, cada sonido ocasionado por el viento contra su prisión.

Tanto cuidado para preparar su plan de fuga y ahora todo parecía irse al demonio. Allí parado en la calle, a medio centenar de metros de la libertad, el miedo más profundo le paralizaba al observar con terror lo único que no había previsto.

Es que en la estrecha vereda, justo en medio de él y su libertad, la materialización de sus más oscuras pesadillas le miraba con maléficos ojos. Ojos en los que se revelaba cierto brillo de burla.

Toda una vida creando hábitos seguros basados en el miedo. Tanto calcular movimientos para evitar encuentros fortuitos y allí estaba el maldito mirándole, saboteando su vida una vez más.

De pronto, aquel engendro del infierno dio un pequeño paso hacia adelante y esa cosa asquerosa salió de su boca en búsqueda de quién sabe qué presa en la oscuridad… Y eso fue todo. De un salto dio la espalda a su enemigo y, con la premura del que huye del diablo mismo, corrió a la seguridad de lo que antes consideraba su prisión y ahora veía como su refugio.

Ya en su cama, el hombre comenzó nuevamente a planear su futura fuga. Comenzó a registrar nuevamente planos, sonidos y rutinas. Pero esta vez tomó nota mentalmente - Para el día cero, asegurarse de que ¡NO HAYA SAPOS!

 


Nota: La Bufonofobia (Miedo irracional y exagerado a los sapos) es uno de los cientos de trastornos de ansiedad comúnmente conocidos como “Fobias”. Aunque sus síntomas varían en cada persona que la padece, esta fobia es un problema real que puede resultar incapacitante y reviste cierta gravedad en casos en que la ansiedad se torna crítica. 

Aunque a muchos puedan parecer exageradas y hasta divertidas, las fobias son un problema serio y las personas que las padecen requieren apoyo y ayuda externa para superarlas o, al menos, convivir con ellas.

Para saber mas: Bufonofobia (miedo a los sapos): síntomas, causas y tratamiento


 Puedes escuchar el relato Aquí (3:50 min)

 
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domingo, 18 de abril de 2021

Relato: Las Caras de la calle La Rosa

La mujer hizo lo posible por ocultarse tras las cortinas mientras veía por la ventana. Su cara de hastío reveló la poca gracia que le hacía lo que estaba viendo afuera.

Refunfuñando se retiró de la ventana y, de rodillas, reanudó su trabajo con ahínco y dedicación fregando con una gruesa esponja mojada en agua jabonosa las antiguas losas de piedra que cubrían el suelo de la pequeña cocina.

Con dificultad y cierto gesto de dolor en el rostro,  se levantó una vez más y paseó su vista por el piso aun húmedo. Aparentemente su empeño daba buen resultado ya que se veía muy limpio y sin manchas. Sin embargo, esto no eliminó la expectativa que reflejaba su rostro. Siguió mirando fijamente, como esperando algo que de alguna manera sabia vendría.

Inmóvil, no apartó la vista de una suave sombra que había localizado cerca de la mesada. En segundos, esta sombra parecía hacerse más definida, mas contrastante con el fondo pálido del piso. 

Poco a poco, a medida que el piso se secaba, y como si se tratara de las trazas de sal que el agua de mar deja al retirarse, formas y líneas fueron revelándose hasta mostrar una imagen perfectamente definida y reconocible. En el piso de la cocina, había aparecido la imagen de una mujer con la cabeza cubierta y profundos ojos que parecía sonreír a la otra mujer de carne y hueso que la miraba.

¡Ahí estás! – Farfulló en voz baja con una marcada expresión de alivio en su rostro.  

Cuando comenzaron a aparecer las caras, ocho meses antes, podían ser lavadas de la piedra y tardaban algunos días en aparecer nuevamente. Ahora, ni siquiera esperaban a que se secara el agua de la esponja para materializarse. Cada vez más definidas, más expresivas.

No importa cuánto empeño ni qué técnica usara para eliminar las imágenes. Invariablemente regresaban, primero esta mujer que parecía de esas mujeres de las de “antes”, luego un niño con el torso desnudo y después, aleatoriamente y rodeando las dos anteriores,  las otras cerca de 30 imágenes de personas diferentes.

Al correrse la voz, la gente comenzó a acudir y el “Milagro de la calle La Rosa” comenzó a hacerse famoso primero en el pequeño pueblo, luego en toda la provincia y, al final, en todo el país y sus vecinos. Por cinco pavos, las filas de personas podían satisfacer su curiosidad y echar una mirada a las “Caras de La Rosa”.

Todo parecía ir bien hasta que la gente comenzó a reconocer en las imágenes a sus seres queridos fallecidos. Esto provocó una estampida de personas que querían ver el fenómeno. La afluencia de gente se hizo incontrolable y la calle de La Rosa se convirtió en poco menos que un circo donde la gente acampaba, predicaba o hasta hacia sesiones espiritistas en honor a lo que llamaron la “Virgen de la Rosa” y sus seguidores.

Hasta un periodista hizo un famoso artículo que tituló “La fotografía del cielo, una instantánea real de la Virgen María y Sus Apóstoles” que dio la vuelta al mundo y que, como si hiciera falta, agravó aún más la situación. Es que el artículo iba acompañado de una fotografía real de las imágenes en la que gente de otras latitudes pudo reconocer también a sus deudos.

El artículo provocó que se desatara la locura colectiva. Las decenas de personas que  visitaban la casa diariamente se convirtieron en centenares en pocos días. Visitantes de todo el mundo convirtieron la calle en un boulevard en el que la gente acampaba durante días. Locos de todo tipo trataba de llevarse “reliquias” destruyendo el jardín, la reja protectora y hasta trataron de llevarse los ladrillos de la pared delante de las mismas narices de su dueña.
 
Hastiada, la mujer cerró su casa y se atrincheró en ella, para evitar el contacto con la gente de afuera, dedicándose a lavar los pisos de cualquier forma que se le ocurriera. La labor, sin embargo, no solo resultaba inútil sino que la situación parecía agravarse cada vez más. A medida que llegaba más gente afuera, parecía ocurrir lo mismo en las imágenes del piso. De las poco menos de 30 originales habían ahora cerca de 100 imágenes rodeando la imagen de la mujer y el niño.

¡Merde! – la maldición de la mujer se disparó por un descubrimiento recién realizado. En la parte más cercana a la puerta que daba al patio trasero de la casa, una nueva figura estaba comenzando a aparecer. La imagen no tardó más que unos segundos en definirse totalmente. Un hombre grande, con una poblada y descuidada barba parecía mirarla desde el piso. No parecía haber marcas o nada que lo indicase, pero esa expresión diabólica que podía adivinarse en las líneas de esa silueta aseguraba que esta imagen era totalmente distinta a las demás.

Este nuevo personaje había comenzado a aparecer unas tres semanas atrás. Siempre venía en solitario, alejado del resto del grupo. A veces parecía estar mirando al grupo anterior, y en esos instantes esa expresión de furia demoníaca parecía hacerse más marcada, más terrorífica.

A los pocos días, la  nueva imagen ya no estaba sola. Otras figuras, algunas ya conocidas que se apartaron de la imagen de “La Virgen” y otras que nunca había visto antes, comenzaron a rodearla. A falta de un nombre más adecuado, y resistente a confirmar sus miedos, decidió llamar la nueva figura simplemente “Paco”, en remembranza a un tío suyo de quien su mamá se expresaba como “El mismo diablo”. Fue a partir de esta aparición que la mujer se dedicó con más ahínco a lavar los pisos. Al contrario que las de “la virgen” esta nueva figura y las que le rodeaban le causaban un intranquilidad inexplicable.

Una vez mas, la mujer apartó por un momento la vista del piso y echó una mirada por la ventana a pesar del evidente desagrado que le causaba lo que veía afuera. En su cara se notaba la misma aprensión que mostraba al esperar la materialización de la imagen de “Paco”. Esperaba algo allá afuera que aún no lograba ver.

De repente, entre la multitud, lo vió. Alto, más alto que todos los que estaban allá afuera por al menos una cabeza. Barba que seguramente no había recortado nunca, sucia y enredada en una especie de cola de caballo al final amarrada con alguna cinta o algo que no se apreciaba por la distancia.. y esos ojos, con ese brillo diabólico que revelaba maldad pura, desprecio y odio por todos los que le rodeaban.. especialmente por la mujer que le miraba desde la ventana…

Definitivamente, era el hombre cuya imagen reposaba en su piso y que en ese momento también la miraba en una especie de diabólica gavilla de gemelos en su contra. Desde la ventana, la mujer pudo ver el grupo de personas que rodeaban al “Paco” de carne y hueso. Pudo identificar al menos tres de las figuras de su piso y que habían abandonado la imagen de “La Virgen” para agruparse con la “otra”.

Más que con miedo, con resignación, volvió a correr la cortinas de la casa y se puso de rodillas en el piso para comenzar nuevamente la labor. Una sonrisa afloró en su rostro apuntalando la actitud de aquel que sabe lo que viene.

La gente que estaba allá fuera no sabía nada. En realidad, aquel periodista casi que da con la verdad. Tuvo en principio algo de razón, las imágenes si eran una especie de fotografía pero no del cielo como promocionó. 

Las imágenes eran una instantánea de las cosas en la tierra, de la guerra que estaba a punto de librarse y de los bandos que entrarían en batalla. Batalla que iniciaría allí, en su pueblo y cuyas huestes ya se habían reunido esperando la orden final.

Frotando vigorosamente las losas del piso su sonrisa se hizo más profunda al fijarse en una imagen en especial. Se preguntó cómo era posible que nadie se hubiera dado cuenta que una de las primeras en rodear a la bendecida madre fue ella misma, la guardiana del portal, la sucesora de aquellos arcángeles primigenios de los días antiguos… 

Con la dedicación de quien tiene conciencia de la responsabilidad asumida, frotó vigorosamente la piedra. Sabía que ya pronto tendría que cambiar la esponja por la espada... y enfrentar al abismo.


Nota: En 1971, en Bélmez de la Moraleda (España), un fenómeno catalogado como paranormal salió a la luz pública causando gran revuelo mediático. Imágenes que se identificaron como caras y cuerpos de personas aparecieron misteriosamente en el piso de una casa de la vecindad sin explicación alguna. La historia real de Las CARAS DE BÉLMEZ inspiró el relato de ficción publicado en esta entrada.



Puedes escuchar el relato Aquí (11:06 min)

 
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viernes, 9 de abril de 2021

Relato: Fantasmas de una vida sin miedos

Acostada en la semioscuridad de su habitación, iluminada solo por una pequeña lámpara de pared, la mujer esbozó una sonrisa auspiciada aparentemente por algún pensamiento que pasó por su mente. Es que, ahora que lo pensaba, más que curiosas le parecían divertidas todas esas historias sobre la extraña locura que parecía ser la maldición de las mujeres de su familia.

Una locura “simple”, diría su padre o “sin consecuencias” como diría el tío Arturo. La cosa es que esa manía de hablar sola durante horas, que puso de moda la bisabuela Jacinta, se repitió sin falta en cada generación siempre con alguna de sus descendientes dedicada a tan curiosa afición. 

Esta afición extraña de hablar con “nadie”, y que el abuelo Antonio achaca a una “estupidez genética de las hembras”, a entender de la chica pensadora parecía más un escape a otra situación más difícil de manejar que una rara extravagancia.

Es que, además de hablar solas, esas mujeres también cargaron con la cruz de un matrimonio que más parecía una penitencia que cualquier otra cosa. De hecho, según el abuelo Manuel, las primeras historias de la bisabuela y su interlocutor imaginario comenzaron luego de una soberana golpiza que su marido le propinó en una noche de borrachera.

Aunque nadie hablaba mucho de eso, el abuelo Manuel heredó todas las malas mañas de su Padre y ninguna de las buenas de su madre. Sin embargo, de alguna manera, el abuelo encontró una mujer con el mismo carácter sumiso de la bisabuela con la que formar una familia propia, a su gusto y medida.

Pobre abuela – Dijo la mujer en voz alta, recordando la cruz de su propia abuela viviendo con el terrible hombre que era su abuelo.

Su madre hablaba poco de la vida con el abuelo, pero el inmediato cambio de humor cuando se le recordaba revelaba lo difícil que había sido su vida y la de la tía Carmen, su hermana mayor, bajo el represivo régimen impuesto en su hogar por el viejo Manuel.

Aun recordaba la cara de la tía Carmen, con esa gran cicatriz en la sien derecha causada por una “fuerte reprimenda” de esas que el viejo solía aplicar a sus hijas. Su madre, una de esas pocas veces que habló de su niñez, contaba como poco después del castigo su hermana comenzó a pasar noches enteras jugando con su “amiguita” Penélope que, por supuesto, solo ella y su incipiente locura veían.

Aquejada por una difícil enfermedad, la tía Carmen había partido varios años atrás. En sus últimos días, ya no hablaba más que con su amiga Penélope la que, al parecer, jamás la había abandonado convirtiéndose en su única compañía. 

Tú, madre, tuviste suerte… encontraste a mi padre – las palabras surgieron de lo más profundo de su ser y un pequeño quiebre en la voz reveló la emoción que sentía -

Con su padre, su madre pareció romper la tradición de tres generaciones con hogares infelices. Cumplido, amoroso y dedicado a su familia. La vida con su padre fue el sueño de toda niña y la ilusión de toda mujer. Solo que la maldición familiar, poco dada a hacer excepciones, actuó bastante pronto… y el padre murió. Murió, y ahí comenzó todo.

Es que la noche luego de su entierro, él regresó. Sin luces, sin cambios en el ambiente, sin avisos de ningún tipo. Simplemente, una noche, él estaba allí parado al lado de su cama… sonriéndole.

Y, como la amiguita de la tía Carmen, su padre nunca se fue. Permaneció con ella tendiendo su mano en momentos difíciles, aconsejándola, confortándola o celebrando con ella según fuera necesario.

Su padre vino, y con él el entendimiento. Las mujeres de su familia con la manía de hablar solas, simplemente no habían enloquecido. Solo tenían la facultad de hablar con seres que habían pasado a otro plano y que habían formado parte importante de su vida. Era un don, no una carga.

¿Con quién hablas nena?... Con nadie mami, estoy cantando – Las palabras surgieron de la boca de la mujer pero venían de un pasado en el que había aprendido a ocultar a los demás las visitas de su padre. Nadie debía saberlo, era su secreto y no debía compartirlo so pena de locura.

Nunca dejó de venir, cada noche o a cada momento en que su soledad lo reclamaba… él venia, y la seguridad de su regazo eran símbolo de un mundo de paz y sosiego que, como en el principio, solo él le aseguraba.  

Han pasado ya cincuenta años desde la primera vez que vino y aún sigue allí a su lado, sonriéndole. Acompañando su soledad, suavizando su vida. Esa vida que ahora siente se le escapa y que ya no tiene fuerzas para retener. 

Vencida por un cáncer terminal que cobraba su premio, la mujer levantó su cara hasta su padre y le sonrió agradecida. Sabía que siempre estarían juntos, que su padre estaba allí para acompañarla a donde se va después y que durante toda su vida no había hecho más que esperarla.

¿Con quién hablas nena?... Con nadie mami, estoy cantando – repitió como una especie de mantra. Luego se levantó de su cama, dejando allí el cascaron maltrecho en el que había viajado toda su vida, y partió al infinito… de la mano de su padre.



Puedes escuchar el relato Aquí (6:58 min)

 
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miércoles, 10 de marzo de 2021

Microrrelato: La Podredumbre Negra

imagen de las siluetas de un grupo de personas rodeando la cama en la que yace un hombre enfermo
La sombría cara del Doctor confirmó lo que la mayoría de los presentes en la sala esperaba… Manuel había perdido la batalla y ya jamás se levantaría.

Confirmar esta certeza ya aceptada no evitó que la incredulidad me apretujara el corazón. Mi intelecto racional tardaba en asimilar el hecho de que una complexión como la exhibida por el heredero del imperio Martínez fuera vencida por la podredumbre negra en una herida fortuita.

En pleno siglo XXI, la ciencia que nos ha garantizado una impensable esperanza de vida cercana a los 50 años es incapaz de sanar las fiebres ocasionadas por una herida tan miserable. Esta incapacidad, esta ineptitud humana para mantener sana la más estúpida de las heridas, es causa de que cirujanos tan famosos como el mismo Doctor Miller allí presente no pasen de ser míseros carniceros, verdugos que ejecutan sentencias en mesas de operaciones.  

Dudo que alguien pueda explicar el hecho de que las cataplasmas de ajo, jengibre y miel  que usa el Dr Miller, reconocida eminencia de la medicina actual, sean la misma receta “anti biótica” que aparece en el viejo libro de medicina familiar de la abuela Grecia.

Constructores de monstruosos edificios, diseñadores de poderosas maquinas, inventores de armas capaces de arrasar poblados enteros en un soplido y, sin embargo, débiles como bebés ante la herida de un pedazo de hierro con algo de óxido.  

En silencio, abandoné aquella casa reflexionando en lo peligroso de este mundo con tan pocos recursos médicos.

Nota: (Punto Jonbar) Con el descubrimiento de la penicilina en 1928, Alexander Fleming marcó un punto de inflexión en la historia humana. La era de los antibióticos trajo consigo un salto cuantico en la medicina que plantó las bases de la sociedad tecnológica tal y como la conocemos ahora. Pero ¿“Y si” no se hubieran descubierto los antibióticos?


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